lunes, 3 de septiembre de 2018

La escena del restaurante Gentile Bellini.


Sábado, 3 de noviembre de 2002, 13:00 hrs.

En el restaurante Gentile Bellini del barrio San Marco, bebiendo agua mineral sobre una mesa a espaldas de un ventanal, se hallaba Anna Berton, la hija del propietario de la gelateria "Il dolce d'Oro". La razón para esperar con paciencia y fingir una sonrisa ante los comensales que iban llegando era simple: había citado a Ricardo Liukin, empleado de su padre, para conversar. Hacía días que habian acordado el encuentro y antes de que se hiciera un minuto más tarde, llegó el invitado con una gran sonrisa.

-Riccardo! - solía pronunciar ella.
-Me da gusto verte, Anna.
-Siéntate que vas a contarme todo lo que has hecho.
-¿Cómo está tu padre?
-Fue con mis hijos y sus amiguitos a una fiesta en Mestre.
-¿Y tu marido?
-Con ellos para vigilarlos.
-Me alegra mucho.
-¿Tus niños, Riccardo?
-Adrien está en el casino con Yuko porque se interesó en las hojas de cálculo, mi hija se fue a pasar el día entrenando con Leoncavallo y de Andreas no tengo idea. Sólo sé que tenía que ver a la novia.
-¿Qué hay de los otros dos?
-Miguel llegó a casa a las nueve de la mañana y Tennant se enteró de un empleo de sommelier en una tienda de ultramarinos y fue a ver qué pasa.
-Será una lástima no tener a Tennant en la gelateria. Mi padre me contó que tiene buen gusto con los licores.
-Las ventas han mejorado desde que elige los ingredientes.
-Pero tienes más talento que él.
-Nunca se lo digas.

Anna y Ricardo se sonrieron mutuamente mientras él comenzaba a sentirse fuera de lugar. El restaurante Bellini era elegante y pretencioso, enfocado en maridajes y con hermosas mesas de madera que todo el tiempo estaban juntas; además de una barra en la que podía verse como los chefs elaboraban los platos más variopintos. Al fondo, existía una enorme cava con vinos internacionales y poco a poco, el lugar iría llenándose hasta el anochecer. Era un sitio con muchas reservaciones.

Luego de elegir el maridaje sencillo en el menú y de ver como se colocaban varias copas, Ricardo se dio cuenta de que el personal no dejaba de contemplarlo. No era por su facha sencilla de camisa blanca y pantalón oscuro o por los ademanes que delataban sus conocimientos como cocinero. No. La razón era la presencia de Anna, que era muy guapa, con abundantes rizos negros, cejas de arco y una nariz recta puntiaguda y pequeña que no daba oportunidad de ignorar sus labios rosa pálido, delicados y grandes. Cuando la mujer sonreía, parecía que se los mordía un poco aunque a Ricardo se le figuraba que veía a un pequeño tiburón inofensivo. Ella llevaba una blusa blanca de tirantes finos y un pantalón verde pino que la estilizaba mucho. Era delgada y podía decirse que era de la estatura de Ricardo, motivo que la hacía calzar flip flops en lugar de las sandalias que acostumbraba.

-¿Qué tendrás que todos voltean y murmuran?
-No lo sé, Anna.
-Están hablándose al oído frente a nuestra cara.

Ricardo volteó a ver y creyó reconocer a algunos meseros que había visto en la Calle de la Casseleria.

-Sé quiénes son. Le pedían autógrafos a Maeva.
-¿Maeva? ¿La actriz de la que me contaste?
-Sí.
-¿La fueron a ver a la filmación?
-Antier dimos un paseo y nos toparon.
-¿Saliste con ella? Dímelo todo, quiero detalles.
-Te llamé para decirte que Sergei Trankov había ido a ver a mi hija y nos retuvieron en la oficina del Servizio de no sé qué...
-Intelligenza.
-Exacto e interrogaron a Maeva.
-¿Por qué?
-Le regalaron un diamante que resultó ser traficado por Trankov.
-¡No es cierto!
-Como no pudimos salir porque estaban con la pesquisa, Maeva se sentó junto a mí y charlamos.
-¿Ella se te acercó?
-Pongámoslo así.
-Te dije que le gustas.
-Ella es espectacular.
-¿Se lo has dicho?
-No me quiero apresurar.
-¿Cuánto tiempo se va a quedar en esta ciudad?
-Dos semanas más.
-Entonces no es apresurado, amigo.

El primer tiempo del maridaje inició poco después con un champagne de color dorado y gran ligereza acompañado por unas láminas de papa fritas envueltas en jamón curado con alioli y una salsa picante, así como un pan de tomate crujiente y pequeño, del tamaño de una tarjetita.

-¿Qué pasó después? - retomó Anna.
-Me escapé con ella, es la verdad.
-¿Qué hicieron?
-La llevé por pasta y platicamos.
-¿De qué?
-De sus películas, un poco de nosotros y brindamos con agua mineral.
-¿Qué te dijo?
-Es divorciada.
-No tiene pinta.
-También es modelo
-De eso si tiene cara.
-Es muy famosa.
-Tan famosa que ni sabía de su existencia.
-Pasé la noche viendo sus películas.
-Esa atracción es seria.
-Me asusta.
-No tienes por qué. Esposa no tienes y tus hijos no son chicos.
-Eso dices porque los tuyos no han crecido tanto.
-Mejor sigue con cosas de Maeva ¿La besaste?
-¿Tenía qué?
-¡No se va a quedar!
-No pensé que fuera tiempo.
-Lo que menos tienes son horas para estar con ella. Ni siquiera tendrías que haber venido conmigo.
-Anna, estoy desconcertado.
-Bueno sí pero con ella aviéntate como estés, tenso, enojado, triste, como sea.
-Llevo apenas diez meses viudo, no creo que pensar en otra mujer sea lo mejor.
-Coincido en que diez meses no es mucho tiempo pero tampoco es prematuro.
-¿Lo dices en serio?
-Yo no entiendo nada de viudez ni separaciones pero a los diez meses puedes empezar a levantar la mirada y ver a alguien.
-Ella me preguntó si otra mujer me ha gustado.
-¿Qué respondiste?
-Mencioné a Judy.
-¿La niña?
-Es veinteañera.
-Por lo que me has dicho, se comporta como niña.
-Hoy no le haría caso a Judy, soy viejo.
-No lo eres.
-Maeva comentó lo mismo.
-¿En serio?
-Tuve que ir con mis hijos y la dejé en Castello pero nos citamos otra vez y ayer la llevé a las dunas en Lido.
-¿A las dunas? ¿Qué hicieron?

La charla entró en una breve pausa y llegó el segundo tiempo. Unas sardinas marinadas en aceite de oliva, ajo y cerezas y unas tostaditas de sashimi de atún, tomate y jabugo con mayonesa de albahaca se acompañarían con un vino blanco Domecq Boucheron y en ese punto, Ricardo quiso que lo atacara una fuerte carcajada, sin conseguirlo. No sabía por qué había entrado en Gentile Bellini si no podía tomarlo en serio y el vino disfrazaba el ego del chef principal.

-Caminé con Maeva y tomamos fotografías. Para las citas no soy complicado - añadió Ricardo al calmar sus ganas de burla.
-¿Sólo eso?
-A ella le encantó.
-¿Cómo sabes? ¿Te lo dijo?
-No quería irse.
-¿Qué pasó después?
-Pasamos a una taberna, bebimos unas cervezas y luego la dejé en su hotel.
-¿Entraste a su habitación por lo menos?
-Ni siquiera a la recepción.
-Riccardo!
-La respeto.
-Debiste tomar una copa con ella en privado.
-No estoy listo.
-Vuelvo a lo mismo ¿listo para qué?
-No me quiero involucrar más.
-De eso se trata en este momento ¿por qué no te relajas y le preguntas a ella hasta dónde le parece bien llegar? No creo que sólo le interese tu compañía.
-Sería muy extraño dormir con ella.
-¿Le tienes miedo al sexo?
-Hablo de pasar una noche, no necesariamente de verla sin ropa.
-¿Cuándo fue la última vez que estuviste con una mujer?
-Anna...
-¿Fue con tu esposa?
-No.
-¿Con quién?
-¿Importa?
-En este momento sí... ¿Te acostaste con alguien en estos meses?
-De acuerdo... Una vez y me va a matar un amigo si se llega a enterar.
-¿Qué? ¿Era una mujer casada?
-No, no.
-¿Qué tan cercano es tu amigo?
-Digamos que bastante, uno de los mejores.
-No sé por qué no me enfado con esto.
-Fui impulsivo.
-¿Quién era ella?
-Una vendedora de flores.
-¿Cómo la conociste?
-En mi trabajo anterior en Tell no Tales. La vi pasar durante meses cada mañana y tarde con su carreta. A veces le ayudaba.
-¿Ella sabía que eras amigo de su novio?
-No.
-¿Lo hiciste a propósito?
-Sí.

Anna Berton guardó silencio cuando la comida continuó con un arroz seco con carpaccio de camarones y alioli servido en la misma sartén donde se había cocido. A ella comenzaba a molestarle ver a los meseros curioseando.

-Riccardo, no te creía capaz de hacer algo así.
-Ni siquiera yo.
-¿Cómo se dio?
-Antes de irme a Hammersmith. Hallé a esta chica cerca de mi departamento de soltero.
-¿El que no quieres poner en renta?
-Ese mismo. Hacía calor y me le acerqué pero en vez de saludarla, noté que estaba triste y le dije que se sentiría mejor si íbamos a mi habitación.
-¿Así, directo?
-¿Tanto te impacta? Tienes la boca abierta.
-Cualquiera te golpea la cara si llegas con eso.
-Ella no.
-¿Aceptó fácilmente?
-No te estarías enterando.
-No puedo creer que con la novia de tu amigo fueras atrevido y con Maeva parezcas un primerizo.
-No es lo mismo.
-No entiendo.
-Que Maeva es una mujer hecha y derecha y no creí que me atrajera como idiota.
-¿Y la vendedora?
-Nos divertimos un momento y se acabó esa historia.
-¿Cuándo fue esto?
-En mayo o junio, más o menos.
-Como mujer te lo reprocharía, como tu amiga no he decidido.
-Anna, sé que no hice bien pero tenía una necesidad que calmé con esa jovencita y ahora con Maeva no me es cómodo expresarla.
-Los hombres son iguales. Cuando se tienen que involucrar salen corriendo.
-El problema es que quiero conocer a Maeva.
-¿Ella ha dormido con alguien desde su divorcio?
-Salió con un colega.
-¿Por qué Maeva parece dispuesta a esta mini relación y tú sólo dices que no?
-Anna, sabes que me levanto cada mañana con más y más recuerdos borrados y parece mentira pero no sé qué pasó en ese bacaro en el que estuvimos juntos.
-¿El día que la encontraste?
-Es la primera vez que pierdo un evento cercano.
-¿Nada llega a tu mente?
-Le avisé al neurólogo ayer.
-¿Prefieres admitir que puedes ser un sinvergüenza en lugar de lo importante?
-Sólo me queda conversar de lo que no he olvidado.

Otro vino blanco de nombre impronunciable fue servido y llegó a la mesa un bogavante a la brasa con ajo y parmentier ahumada. Era evidente que a Ricardo no le interesaba esa parte de la comida y devoró aquel bocado con fastidio. Luego aguardó a que arribara un vino tinto Contino para sentir que por fin le servían algo decente. El carré de cordero con canelones de berenjena, piñones y parmesano era el plato estrella del lugar y en aquella versión reducida, resaltaba un sabor familiar que le daba nostalgia.

-Este chef cree que conoce al maestro Ferrán.
-¿De qué hablas Riccardo?
-A que copió esta receta.
-¿Estás seguro?
-A Ferrán no le agradaba experimentar con cordero; lo respetaba. Después de las tonterías que nos han hecho probar aquí, me parece lógico que nos cambien la jugada y se pongan serios por una vez.
-¿Me equivoqué de restaurante, verdad?
-No, Anna. Así era yo, como este principiante que va a la segura. Quizás he tenido miedo de ello toda mi vida.
-¿De lo seguro?
-Mi abuelo decía que yo era muy arrojado y no disfrutaba las cosas. De niño solía pelearme por cualquier motivo y de adolescente hacía locuras de las que tampoco me acuerdo. Sólo sé que el día que llegué con el chef Ferrán, me di cuenta de que aprendería a hacer espumas, esferas, crocantes y esas cosas que me harían famoso pero que necesitaban paciencia y me echó de su cocina hasta que entendí que lo mío era guisar lo de siempre con las técnicas de siempre. Con la comida soy ortodoxo.
-¿Por qué nunca has escrito un libro?
-No me tientes, Anna.
-Mi parte de editora me llama. Ahora que volví a la oficina he pensado en unas críticas de cocina con recetas.
-La única historia que me interesa contar es la de mi hija.
-Riccardo...
-Olvidé su nombre.

La mujer enmudeció un instante y contempló a su amigo acabando con su vino.

-Lo siento.
-Anna, tú y yo sabemos que esto iba a pasar.
-¿Carlota lo sabe?
-¿Carlota? ¿Es el nombre de mi hija? Va con su cara.
-Cuando te di el empleo en la gelateria, lo hice por ella.
-Te lo pedí.
-¿Por qué no me dijiste que lo de la memoria era tan grave?
-Anna, he escrito cada noche lo que Carlota ha hecho durante su vida.
-¿Desde hace cuánto?
-Dos años.
-¿Por qué? ¿Tardaron en diagnosticarte?
-Además de eso...Es la única de mis hijos que estoy olvidando.
-¿Te han dicho la razón?
-Es el cerebro, nada tiene sentido.
-Hay trastornos de memoria selectiva ¿y si cambias de médico?
-Ja ja ja, lo mismo le pasó a mi abuelo.
-Pero hay avances muy importantes.
-Anna, tengo el manuscrito en el cajón de mi dormitorio.
-¿En qué estás pensando?
-Si tiene calidad, publícalo.
-¿Qué? Es tu hija.
-Es mi punto de vista sobre ella.
-No sólo es llegar y leerlo; habrá que corregirlo, cuidar la edición, conseguir la aprobación de mi jefe y que Carlota sepa que saldrá a la venta.
-Dénle las regalías.
-Es difícil que una publicación tenga éxito.
-Es más complicado que me guste el vino blanco y llevo unas copas.

Ricardo siguió sonriendo.

-Escribiré que hoy fue el día que me dijeron que mi hija se llama Carlota.
-Te doy un consejo.
-Oigo.
-Ve con Maeva luego de que hagas eso.
-Anna...
-Riccardo, aprovecha tu tiempo.

En ese instante, se dio paso a los postres. Un gin tónic con espuma de frambuesa y una manzana asada hojaldrada con crema de limón acompañados de un vino Chateau Costeau le fascinaron a Anna.

-El arroz y el postre son lo mejor aquí.
-Coincido.
-¿En qué estábamos, Riccardo?
-No recuerdo.
-No mientas.
-Je, quedamos en que aproveche el tiempo.
-Visita a Maeva, en serio. No sabemos si serás funcional mañana y dos semanas son mucho tiempo.
-No voy a acordarme de ella después.
-Tómalo como una aventura.
-No debo pensar en eso.
-¿Por qué te niegas el gusto? ¿No extrañas un abrazo o un beso?
-Maeva me dejará atrás.
-Y tú a ella.
-Sabes a qué me refiero.
-¿No sería mejor arriesgarte?
-No le gustaría a mi hija.
-No se entera si no le cuentas. Hay asuntos que no son suyos y este es uno.
-Maeva ha convivido con los niños.
-Pero no los va a meter a la misma alcoba. Ni siquiera tiene que explicarles nada.
-Es un tema sensible para ellos.
-No te vas a casar de nuevo.
-No pienso solamente en mí.
-A Maeva la encontrarás una vez en la vida y le gustas.
-Son dos semanas, cierto.
-Tienes que avanzar, vete de aquí.
-¿Podrías escribir esta charla y dármela el lunes?
-Claro.
-Mi hija es Carlota.
-Sí.
-No olvides ponerlo.
-¿Dónde estarás?
-Te cuento en el trabajo si todavía soy funcional. Adiós Anna.
-Ciao, Riccardo.

El señor Liukin dejó pagada la cuenta y se marchó del restaurante Gentile Bellini dispuesto a compensar a Anna Berton con un café y con escuchar sus habituales quejas sobre la tarea de sus hijos o los problemas de salud de su padre. Aun impulsado por el dilema, tomó dirección rumbo a la Calle Grigolina para ver a Carlota pero retrocedió. La Piazza di San Marco era más cercana y el hotel Ducale estaba en la calle aledaña. Llegó allí sin decidirse a preguntar pero se introdujo sin anunciarse y halló a Maeva Nicholas en el bar de la planta baja, disfrutando un martini y una vista al Canal San Marco.

-¡Ricardo! Qué sorpresa, esperaba verte más tarde.
-¿En dónde?
-Iba a ir por cicchetti a Gislon.
-¿Planeabas "coincidir" conmigo?
-Me dijiste que te gusta pasar el sábado por la noche allí.
-Es verdad. Ayer lo mencioné y no sé por qué no te hice la invitación.

Maeva sonrió y él la miró bien. Ella vestía un pantalón con rayas naranjas y rojas, su cabello estaba arreglado con una coleta y su bolso negro era pequeño y sin adornos.

-Tomo un trago por los nervios - admitió Maeva al notar que no iba a quedarse sin palabras.
-¿Nervios?
-No te vería hoy porque no lo acordamos y hace unos minutos pensaba que tomaría la iniciativa.
-Hace un momento decidí venir. Se supone que iría a la práctica de ¿Carlota? y ¿qué rayos? Maeva ¿te puedo invitar una copa?
-Estamos aquí.
-No aquí.
-¿Dónde? Porque te digo que sí.
-Brindamos primero y luego subimos.
-¿A mi cuarto?
-¿Te apetece?

Maeva consumió su trago sin dejar de observar a Ricardo y con una gran sonrisa añadió:

-Tengo minibar.
-Es perfecto.
-¿Puedo preguntar?
-Adelante.
-¿Celebramos?
-No.
-¿Sólo es una copa?
-Es lo que tú quieras, Maeva.

Ricardo besó a la mujer brevemente y se dirigió al tercer piso de su mano. Ella tembló un poco. Él colocó el letrero de "no molestar" antes de asegurar la puerta.

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