martes, 9 de octubre de 2018

El Trofeo Bompard (Primera parte)


Aunque habría preferido quedarse un rato en la gelateria Il dolce d'Oro o dar un pequeño paseo por Cannaregio, Carlota Liukin navegó por la Laguna di Venezia rumbo a Tessera apenas salió de la escuela. Su padre, sus hermanos, una gran maleta y Maeva Nicholas le acompañaban en aquella travesía al tiempo que Romain Haguenauer aguardaba por ella en el aeropuerto mientras le informaban que la Federación Francesa les tenía un anuncio a su llegada a París.

-¿Estás bien, hija? - preguntó Ricardo Liukin.
-Estoy revisando la lista con la tarea.
-Me parece bien.
-Tendré examen de biología cuando vuelva.
-¿Te dieron tus horarios?
-Maurizio dijo que no los ha recibido pero guardé una hojita con los que me dio Haguenauer.
-Esperemos que sean los mismos.
-Ojalá.
 -Cielo, no quiero locuras.
-¿Cuáles?
-No quiero que te vayas con Guillaume ni con nadie de paseo, no corras persiguiendo a alguien, cero peleas y por favor, si te topas a Trankov o a Joubert, pasa de largo.
-¿A Trankov?
-Quise decir, al señor Safin.
-Marat no es un señor.
-¿Pero entiendes a qué me refiero?
-Voy a verlo a la Copa Davis.
-No quiero que te quedes cerca de él. Te lo pido encarecidamente.

Carlota sabía que no obedecería ningún punto y su padre creía estarla viendo tomando el tour con Marat por Montmartre cuando Maurizio Leoncavallo se quitó los audífonos y tomó la palabra. Hasta ese momento, los Liukin habían olvidado que venían con él.

-Debimos tomar el tren.
-Geronimo nos trae gratis - replicó Ricardo Liukin y ambos notaron que Carlota tomaba muchas fotografías y molestaba a su hermano Andreas con una dona de limón.

-Hizo lo mismo cuando fuimos a Burano - dijo Ricardo.
-¿Nunca está quieta?
-En los viajes jamás.
-¿Debo preocuparme?
-Tienes mucho que aprender, Maurizio.

El puerto de Tessera recibió a los Liukin en medio de una gran actividad y atracaron cerca de un estacionamiento luego de que la capitanía de puerto les asignara lugar junto a un bote aun más grande.

-Grazie, Geronimo! Ti voglio bene! - exclamó Carlota abrazando a su amigo.
-Prego, mi piace aiutarti. Me saludas a Marat cuando lo veas.
-Hecho.
-Buona fortuna! Trae la medalla a casa.
-Haré lo que pueda.
-Buen viaje.

El resto agradecían a Geronimo dándole la mano y en un momento, Maurizio Leoncavallo se apartó un poco para contestar una llamada que parecía ponerlo de buen humor.

-Seguro es Katarina - murmuró Ricardo y optó por adelantarse junto con su hija algunos metros, ambos contentos de que la entrada al aeropuerto fuera tan cercana. Una cantidad inmensa de turistas iban y venían y la fila para el tren se extendía por el lugar. Cada fin de semana se repetía la escena, ocasionando que los carabinieri resguardaran las entradas celosamente para contener tumultos. De acuerdo al boleto de Carlota, la sala de espera de salidas internacionales se hallaba al costado izquierdo y el módulo de documentación se encontraba aun vacío, quizás porque faltaban dos horas para el vuelo y los futuros pasajeros iban llegando poco a poco.

-¿Llevas el pasaporte, la credencial de la federación y tus patines? - preguntó Ricardo.
-Llevo todo, papá.
-¿Los vestidos?
-En la maleta.
-Hará frío en París ¿tienes abrigos suficientes?
-Con paraguas y botas.
-Judy te recibirá en su bistro y estarán tus amigos ¿los llevarás a todos lados contigo, verdad?
-Le prometí a Amy que iríamos de compras.
-Carlota, cuídate.
-Claro que sí, papá.

Ricardo Liukin abrazó a su hija mientras atravesaban la puerta.

-Hazle caso a Maragaglio, por favor.
-No me dejará hacer nada.
-No te separes de él, hija.
-¿Es necesario que vaya?
-Solicitaron asignarte escolta en Francia y con Trankov suelto...
-Papá...
-Maragaglio es tu amigo.
-¿Qué quieres decir?
-Si cometes fechorías, lo más seguro es que él te las cubra y me vean la cara.

Carlota se rió mientras intentaba leer las indicaciones en un gran corredor y veía varias puertas que dirigían a tiendas duty free, cafeterías u oficinas de todo tipo.

-El aeropuerto de Hammersmith es más chico - comentó Andreas al alcanzarlos.
-¿De dónde sale tanta gente? Ni siquiera en el tren fue molesto - se quejó Ricardo y siguiendo unas señales de flecha, dio con una enorme sala de color blanco, custodiada por varios módulos de documentación pertenecientes a diversas aerolíneas y vigilantes estrictos que escudriñaban cada maleta, bolsa y bolsillo con minuciosidad. Sabía que si Carlota atravesaba los filtros, no volvería a abrazarla por días. La sensación de perderla, la que lo recorría cada mañana cuando no lograba identificar algún momento con ella en su niñez, le producía cosquilleo en la espalda y la abrazó fuertemente.

-Por una vez hazme caso, cielo. No des lata - suplicó Ricardo.
-Maragaglio no me dará permiso de ir a ningún lado.
-No hablo de lo que él diga. Carlota, hablo por mí.
-Papá...
-Tuvimos muchas dificultades en París. No quiero que esta vez tengas consecuencias.

La joven estrechó aun más fuerte a su padre y aunque no hacía promesas, iba a intentar meterse en la menor cantidad de problemas posibles. De entrada, Joubert Bessette anhelaba encontrarse con ella y sabía que debía enfrentarlo.

-Iré a cambiarme. No puedo llegar a París con el uniforme del hockey - notó Carlota y Ricardo no le soltó la mano hasta que Maeva Nicholas se les aproximó junto al resto de la familia.

-¿Podrías ayudar a mi hija con su ropa? No es seguro que vaya al tocador con tanta gente aquí.
-Por supuesto, Ricardo. Volveremos pronto - dijo la mujer alegremente y con resistencia, Carlota la siguió hasta una puerta azul próxima. No había nadie dentro.

-¿Le has dicho a papá qué clase de actriz eres? - preguntó Carlota reprochante al encerrarse en uno de los toilet.
-Aun no. Sólo sabe de las otras películas.
-¿Cuándo piensas hacerlo?
-No lo sé, es complicado.

La joven Liukin salió rápidamente con su nuevo atuendo impecable.

-Si le haces daño a mi papá, estás muerta.
-Tu padre es un hombre decente.
-Se merece la verdad sólo por eso.
-¿Entenderá?
-¡Claro que no!
-Ricardo tiene razón. Eres como él.
-No cambies el tema.
-Tampoco tú me entiendes.

Carlota respiró hondo y procedió a levantar su cabello frente a un gran espejo

-Mis hermanos te han visto, mi entrenador te ha visto, Yuko y Tamara te han visto ¡hasta Maragaglio se sabe tus películas!
-Pero Ricardo no y tengo miedo. Así como tú que tienes miedo de no estar con Marat.
-No es lo mismo... ¿Quién te dijo de Marat?
-Quizás pensé en cómo deshacerte de Maragaglio.
-Tengo un plan.
-¿Sabías que no tiene equipo de apoyo?

Carlota volteó hacia Eva.

-¿Será mi guardaespaldas?
-¿Qué esperabas? ¿Un dispositivo de seguridad? No estás en una cinta con Statham, Carlota.
-Maragaglio es súper atento, no te lo quitas de encima.
-Pero hay dos lugares que él no puede controlar.
-¿Cuáles?
-Tu habitación y la pista de hielo.
-¿Qué tienes pensado?
-Tu hermano Andreas me contó que eres rápida y que tienes una amiga llamada Adelina de la que Maragaglio no sabe nada. Tal vez le llamé.
-Adelina es molesta.
-Te organizó una cita con Marat a solas.
-Es sospechoso.
-Marat y tú se verán en Montmartre el lunes a las cinco de la tarde.
-Él me habría avisado.
-Tengo el mensaje de voz.

Eva sacó su celular y enseguida lo extendió a Carlota para que ésta pudiera escuchar los detalles de la cita. Aunque Marat fuera invitado al Trofeo Bompard y pudieran salir en cualquier momento, el burlar a Maragaglio iba a hacerlo mucho más divertido.

-Maeva ¿por qué haces esto?
-Después de la práctica, Adelina pasará por ti al vestidor. Afuera te esperará una motocicleta.
-¿Quién conducirá?
-Tu amigo Guillaume.

Carlota abrió la boca asombrada.

-En serio ¿por qué?
-Porque Andreas y yo no somos tus únicos cómplices en Venecia, chica.

Maeva sonrió mucho y ayudó a Carlota a doblar su ropa de hockey antes de abandonar el tocador y comentarle que sus botines y chaqueta mostaza estaban de moda, así que causaría revuelo en París. Las mallas, la falda sobre las rodillas y una blusa con transparencias, todo en negro, hacían que la joven Liukin luciera como modelo de revista.

-¡Te ves muy bonita, Carlota! - exclamó Shanetta James al verla en el corredor y luego de saludarse con un par de besos en las mejillas, ambas notaron que el grupo estaba completo. Morgan Loussier saludaba a los Liukin amablemente y Yuko Inoue había llegado corriendo a despedirse.

-¡Déjame abarazarte, Carlota! - exclamó Yuko.
-Te voy a extrañar.
-Mantendré nuestra habitación muy limpia.
-Muchas gracias.
-Trankov te ve el martes.
-¿A qué hora?
-A las nueve de la noche, en el jardín de la Torre Mélies.
-¿Dónde es eso?
-Así se llama el edificio donde vive tu amiga Judy.
-Arigato, Yuko san!
-De Maragaglio ni te pereocupes. No podrá entrar al jardín aunque quiera.
-¿Por qué pensamos que es tonto?
-Porque no conoce algunos de tus secretos.

Carlota y Yuko volvieron a apretarse al mismo tiempo que Maurizio Leoncavallo concluía su charla telefónica y no podía ocultar que había escuchado buenas noticias. Todos lo miraban expectantes.

-Me llamaron de Milán porque no pudieron contactar a Karin - comentó.
-¿Es importante? - preguntó Ricardo.
-Es algo que sólo puedo hablar con ella.
-La verás en París.
-Trataré de tranquilizarme.
-Carlota te hará enfadar pronto, seguro.

Los Liukin trataban de adivinar qué clase de avisos pondrían a Leoncavallo feliz cuando sintieron una punzada en la boca del estómago de forma simultánea: Maurizio Maragaglio caminaba hacia ellos de la mano de su esposa y sus tres hijos, formando una imagen familiar muy sana. De no haberse enterado de la aventura de éste con Alondra Alonso, no se habrían cruzado de brazos y menos se hubiesen permitido recibirle con caras largas.

-Señor Liukin, buenas tardes - dijo Maragaglio extendiendo la mano.
-¿Cómo le va? Un gusto con su mujer.
-¿Los he presentado?
-En la cena de la semana pasada.
-Es cierto.
-Un placer verla.
-Mi dispiaccio por este retraso. Había papeles en la oficina que requerían mi firma.
-No se preocupe.
-¿Carlota está lista?

La joven Liukin superó su malestar un momento y abrazó a Maragaglio por saludo además de repetir el gesto con su mujer.

-Te ves preciosa, Carlota- añadió él sin una intención en particular.
-Se lo agradezco.
-Tengo que hablar contigo. Diseñé un plan para tu seguridad y tu padre lo aprobó.
-¿Puede ser más tarde?
-Por supuesto. Lo que sugiero es que te despidas ahora.
-Pero falta mucho.
-Debes documentar tu equipaje, pasar una revisión y encontrarte con Haguenauer en la próxima sala. Son las reglas desde el año pasado.
-No podré hablar con papá.
-Me temo que no.
-No quiero irme.
-Es el protocolo estándar de vuelos internacionales. Despídete.

Ricardo Liukin iba a abrir la boca pero en vez de eso, estrechó a su hija con fuerza. El no querer separársele era evidente y los demás se limitaron a decir adiós, con la lógica excepción de Maragaglio, a quien sus hijos apretaban con mucho cariño y su esposa le permitía tomar en brazos al más pequeño para luego besarle y pedirle que se cuidara. Shanetta y Morgan, creyendo que sobraban, se adelantaron, no obstante, arribara el profesor Scarpa de último momento para despedirse.

-Maestro, no lo esperábamos - dijo Maurizio Leoncavallo y Morgan Loussier miró a su tío con enorme sorpresa.

-Carlota, mucha suerte en París - deseó Scarpa.
-Gracias y prometo entregar mi reporte de los etruscos a mi vuelta - aseguró ella.
-Lo leeré con interés hasta entonces. Diviértete.

Morgan eligió no acercarse e hizo un ademán para indicar que se marchaba mientras su mente ataba cabos. Era obvio que sólo Shanetta y él sabían que Scarpa era el marido de Kati Winkler, así que el ingenuo Maurizio Leoncavallo respiraba tranquilo sin sospechar que su secreto erótico con su hermana había traspasado las paredes de un cuarto de escobas en Salt Lake City.

Al mismo tiempo, Carlota Liukin abrazaba a sus hermanos y cuando llegó el turno de Andreas, no dudó en susurrarle al oído que ya sabía lo que ocurriría durante su viaje.

-Pero no abras la boca, cucaracha. Haz lo que Adelina te diga.
-No me llames cucaracha, Andreas.
-Marat te va a estar esperando en Sacré Coeur, no llegues tarde.
-¿Por qué me ayudas?
-Maragaglio me cae mal.
-En serio.
-Oye cuca, estás enamorada de Marat.
-No estoy enamorada.
-No quiero que el idiota de Joubert te haga llorar y Marat te defendió una vez.
-Joubert me quiere.
-Lo sé, cucaracha.
-Me siento mal.
-Ni siquiera Trankov pudo con Marat.
-¿Qué quieres decir?
-Me lo saludas en París. Adrien y yo queremos cuñado.

Carlota rió mucho y pronto, se dio cuenta de que Miguel no se atrevía a pedir nada.

-Le mandaré besos a Katarina de tu parte.
-Señorita Liukin, no es necesario.
-Le haré un regalo por ti ¡Ella te extraña mucho!
-¿De verdad?
-Te llamó en la madrugada para contarte lo que pasó con su programa corto ¡Katarina te quiere, Miguel!

Maurizio Maragaglio volteó hacia los Liukin al oír mencionar a su prima y decidió, mirando severamente a Miguel Louvier, que era momento de marcharse.

-¡Nos vemos en una semana, papá! - señaló Carlota y su padre le ayudó a llevar su maleta al módulo de documentación. Ninguno quería soltarse.

-Me asusta que regreses a París.
-Estaré bien.
-Carlota, llama cuando llegues y me mantendré al pendiente. Tengo el número de Judy, la madre de tu amigo Anton dijo que irán a recibirte y Maragaglio tiene todo preparado para que vayas al tenis y a tus compromisos sin retrasos.
-Papá, no estés triste.
-Es la primera vez que te vas.
-Me escapé antes.
-Te regresaron al día siguiente, no cuenta.
-¿Era mi otro comodín?
-¿Cuántos crees que te quedan?
-Jajaja... Ninguno.
-Te irá bien en Bompard.
-Gracias.
-Sigues las indicaciones de tu coach.
-Es un trato.
-Toma tus patines.
-Papá, te amo.
-También te amo, Carlota.

Maurizio Maragaglio aguardó a que aquel momento concluyera para sostener los hombros de Carlota y se dirigieron a una fila para pasar una revisión. Ella no dejaba de mirar a su padre y luego de que le devolvieran el bolso con sus botines, atravesó el umbral hacia la sala de espera. Romain Haguenauer la recibió enseguida con un abrazo y Maragaglio le ofreció cortésmente un asiento para exponerle su plan de escolta. Maurizio Leoncavallo continuaba en el exterior y mirando fijamente al señor Liukin, pronunció:

-Mi primo y yo cuidaremos bien de Carlota. Confíe en mí. Lo veremos el próximo domingo - y dio la mano para cerrar el pacto. Acto seguido, pasó el filtro y se reunió con sus estudiantes para iniciar el trabajo.

-Siempre lloro cuando mi esposo se va - confesó Susanna Maragaglio mientras se asomaba como podía para verlo por el cristal - De inmediato se pone a organizar su llegada y lo que hará. Él no descansa aunque tenga tiempo libre.
-¿Qué tan buen vigilante es? - curioseó Ricardo Liukin.
-Es el mejor. Llegó a Intelligenza porque tarde o temprano atrapará a Sergei Trankov. Es muy tenaz y ahora le importa que no le hagan daño a Carlota.
-¿Daño?
-Maurizio sospecha que Trankov intentará acercarse de nuevo. Me alegra que insistiera en ser un guardia personal en esta misión.

A Ricardo no le gustó escuchar aquello a pesar de que se lo habían informado durante la semana y deseó aproximarse a Carlota para advertirle sobre no dar un solo paso en falso.

-Señor Liukin ¿Es cierto que trabaja en "Il dolce d'oro"? - prosiguió Susanna.
-Así es ¿se le ofrece algo?
-Llevaré a los niños por gelati y no quiero pasar con la competencia.
-Tenemos de sabor mantequilla.
-¿Vamos?
-¿En este momento?
-La polizia está por pedirnos que nos marchemos.

La familia Liukin notó que la seguridad del aeropuerto retiraba a los acompañantes del corredor y por suerte para Ricardo, Carlota giró su cabeza al exterior, agitando su mano en un adiós breve y con una sonrisa hermosa y amplia.

-Niños, es hora de irnos - anunció Ricardo y el grupo lo siguió al exterior sin decir palabra; acaso Miguel que anhelaba saber qué tipo de obsequio podría conseguir Carlota y si éste le gustaría a Katarina. En el bote de Geronimo, el grupo se limitaba a comentar de lo terrible del tráfico en viernes y de los cruceros que atracaban en San Marco descaradamente.

Luego de navegar un largo rato, Ricardo Liukin ayudó a Susanna Maragaglio a descender y vio a dos de sus hijos adelantarse a la gelateria. Los demás seguían a los niños pensando que eran traviesos cuando Anna Berton salió furiosa del local. Maeva y Yuko se hicieron a un lado y Susanna sujetó más fuerte a su bebé.

-¿Qué haces aquí? - gritó Anna.
-Vine por gelati para mis hijos.
-¡Sabes que no puedes venir!
-Quiero que los niños vean a su abuelo.
-¡Estás vetada de este negocio! 
-Sólo quiero que nuestro padre vea que sus nietos están bien.
-Atenderemos a los niños pero te vas enseguida.
-Anna, no puedo seguir peleada con ustedes.
-¡Tienes prohibido acercarte!
-Han pasado muchos años.
-¡No puedes volver mientras sigas casada con ese idiota de Maragaglio, Susanna!

Ricardo Liukin se apartó lentamente y resolvió entrar a la gelateria a servirle a los niños algún postre que los mantuviera ocupados mientras Anna y Susanna discutían fuertemente pero dentro, la escena no era mejor.

El viejo Berton había reconocido a sus nietos y reprimiendo su enfado, llenaba unas copas con gelato de chocolate y de stracciatella. Los Liukin optaron por cerrar la boca y seguir la corriente digiriendo sus propias copas mientras Ricardo y Maeva contemplaban a Anna sin entender que ocurría. Todos habrían preferido quedarse en el aeropuerto aunque, considerando el gentío que arribaba a Venecia, era lamentable que nadie hubiera podido acompañar a Carlota a París.

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