lunes, 15 de octubre de 2018

Katarina y Maurizio (Primera parte)


Venecia, Italia.

La discusión entre Anna Berton y Susanna Maragaglio continuaba y los Liukin la contemplaban desde el interior de "Il dolce d'oro" mientras comían pastel de gelato de chocolate sin decir nada. Estaban incómodos pero eran buenos espectadores y luego de un enorme rato, Ricardo Liukin resolvió acabar con ello. Maeva se cruzó de brazos pero se entendía que lo apoyaba.

-Ya niñas, sepárense - dijo Ricardo interponiéndose entre Anna y Susanna y las dos callaron enseguida.

-Hay curiosos ¿no sienten pena?
-Siento pena por Susanna.
-Anna...
-¿Qué quieres Riccardo? Mi padre de seguro está furioso ¿Por qué la trajiste?
-Porque me lo pidió. Dijo que no iría con la competencia.
-Tiene prohibido acercarse.
-¿Por qué no me dijiste que la señora Susanna es tu hermana?

Anna no contestó.

-Oigan, entiendo que no soy bienvenida - intervino Susanna.
-Pudo explicarme antes - reclamó Ricardo.
-No creí que mi hermana estaría aquí; yo pensaba ver a mi padre.

La voz de Susanna era apagada pero conciliadora.

-Traeré a tus hijos. No te preocupes por la cuenta - terminó Anna y se introdujo al local a llamar a sus sobrinos disimulando la tensión del ambiente. Afuera, Ricardo y Susanna continuaban con la conversación.

-No pensé que causaría problemas, lo siento tanto.
-Comprendo, señora Maragaglio.
-Ricardo, en serio lo lamento. Quizás me permita invitarle un café.
-No es necesario.
-¿Podría pasar por mi casa más tarde? Quiero compensarlo.
-No se disculpe.
-Es que lo metí en este lío y me gustaría dejar claro que no pretendía importunar
-No se preocupe, no soy agraviado.

Susanna Maragaglio se mordía el labio inferior y rascaba su cabello con la mano izquierda para disimular su vergüenza. Sus niños corrieron hacia ella.

-Díganle adiós a su tía Anna - decía la mujer y miraba a su hermana como si supiera que acabaría con una cachetada si volvía a mencionar cualquier disculpa.

-¿No te despides de mi bebé? - preguntó ingenuamente.
-Sí. Déjame abrazarlo - pidió Anna y besó al pequeño sin evitar mencionar que era una desgracia que se pareciera a Maurizio Maragaglio.

-Eh, basta - pronunció Ricardo Liukin y Susanna recibió de regreso a su hijo para enseguida retirarse con un escueto "ciao" y la cabeza baja. Anna la veía caminar rumbo al embarcadero de San Marco sin intención de detenerla y no le interesó agregar nada. El viejo Berton estaba asomado y Ricardo sentía que había cometido un error.

-No es tu culpa - le murmuró Maeva y él tomó sus manos para centrarse.

-¿Qué habrá pasado?
-Maragaglio... Eso escuché.
-Tienes razón, Maeva.
-Ese hombre se hace querer.
-Es un tipo simpático.
-Jajaja ¿No te agrada, Ricardo?
-Quiso impresionarte.
-No lo consiguió.
-Pero supe que nunca seremos amigos.

Maeva sonrió y besó a Ricardo satisfecha por aquella respuesta antes de que Anna Berton entrara y saliera velozmente de la gelateria.

-Riccardo ¿tienes tiempo?
-¿Qué necesitas, Anna?
-¿Podemos hablar? Esto no puede repetirse.
-De acuerdo.
-En privado.
-Ah... Bien, voy a avisarle a los chicos.
-Maeva, te lo robo.

El señor Liukin tomó un par de minutos para encargarle a Miguel el cuidar de los demás y luego fue con Anna rumbo al vecindario de San Polo, próximo a Mercato Rialto. Cuando la mujer se deprimía, iba a una terraza japonesa por sake. Ricardo pensó que era otra indirecta para obligarlo a decidir sobre escribir un libro de cocina.

-Traigan la selección de sashimi, el platón de sushi especial, el takoyaki con aderazo extra, sake en vaso de madera y dos copas con vino blanco - ordenó Anna apenas le asignaron mesa y tomó asiento en un cojín grande y cómodo sin dejar de tocarse la frente.

-¿Estás bien?
-¡Claro que no, Riccardo!
-No te enojes conmigo.
-¡Llevaste a mi hermana al negocio!
-No sabía... Olvidaste explicarme detalles.
-Es mi culpa ¿En serio te pidió llevarla a la gelateria?
-¿Qué tiene de malo?
-Creí que estaría en el aeropuerto con el idiota de su marido.
-Vinimos de allí.
-¿De verdad?
-Fui a dejar a mi hija para que tome su vuelo a París.
-Susanna dijo que Maurizio viaja hoy.
-Es el escolta de Carlota.
-¿Esa es la misión? ¡Pobre niña!
-¿Hay algo de lo que no me enterado?
-¿Que Maurizio Maragaglio es un idiota?
-Anna, estás molesta y a lo mejor no me incumbe pero me arrastraste aquí.
-¿Qué te digo?
-Lo que está pasando. Mis hijos y yo no teníamos que ver tu pelea.

Ricardo respiró desconcertado y sorbió un poco de agua mineral para calmarse más.

-Discúlpame, es que ese Maragaglio me pone de malas - contestó Anna.
-¿A quién no?
-A Alondra Alonso.
-¿También lo sabes?
-¿Quién te contó?
-Son muy obvios.
-Yo los he visto en Giudecca. Susanna no me cree.
-Tómales una foto.
-He tratado de convencerla de que me acompañe al hotel donde esos dos van después del trabajo.
-¿Tan descarado?
-También lo he visto salir de la casa de esa mujer.
-Creí que era una aventura de oficina.
-Cuatro años no son para una aventura de oficina.

Ricardo exhaló con la boca.

-Tu hermana lo ha de saber.
-No conoces a Susanna y no es la única infidelidad que le sé a ese imbécil.
-¿De veras?
-Cuando eran novios, él iba y venía de Milán y siempre con perfumes de mujeres diferentes en la camisa.
-Entonces así se arreglaron tu hermana y Maragaglio, déjalos en paz.
-No puedo meterme eso en la cabeza.
-Susanna es consciente lo que hace.
-Tiene cuarenta y dos años y sigue pensando en príncipes azules.
-Anna...
-Siempre decía "Maurizio regresará, ya verás".
-No sé cómo lo tomaría si mi hija dijera algo así.
-Mi padre y yo nos cansamos de advertirle a Susanna.
-Dudo que les haga caso.
-¿Sabías que el tipo vino primero por mí? ¡Una hermana no debe recoger lo que la otra tira!
-No lo culpo.
-Gracias pero no me pones de buenas.

La expresión tiburonesca de Anna delataba una pequeña sonrisa por el halago recibido.

-El tal Maragaglio insistió en que tuviéramos una cita y me tenía harta.
-¿Hace cuánto fue eso?
-Veinticinco años.
-Acabas de decirme tu edad.
-No importa, estoy furiosa.
-¿Cómo lo conociste, Anna?
-El cretino me vio en Milán y me siguió durante las vacaciones por Fieles Difuntos. Quiso pasarse de listo en la gelateria.
-¿Qué hizo?
-Pensó que podía impresionar a una chica si escapaban sin pagar.
-Eso es una niñería.
-¡El tipo era un pobre idiota!
-Tranquila.
-Era la primera vez que Maragaglio viajaba sin su abuelo.
-¿Cómo dio con tu hermana?
-Susanna cubría el turno de los martes y él fue a buscarme. En mi defensa, ella sabía que había un zoquete molestando.

Anna Berton no paraba de mirar al exterior y al recibir la comida, se apresuró a probar el salmón junto con una salsa de ciruela.

-No imagino a Maragaglio de joven.
-Se parecía mucho a su primo- dijo la mujer con la comida en la boca.
-Eso explica todo.
-Siempre ha usado lentes. Juro que con más aumento cada que los cambia.
-Eso lo frustra.
-¿Cómo sabes?
-Hoy le costó trabajo leer el itinerario de vuelos cuando llevó a Carlota a la sala de espera.
-Si este imbécil quería una prueba más de que su familia son los Leoncavallo, ahí la tiene.
-¿De qué estás hablando? - preguntó Ricardo Liukin mientras probaba con timidez un poco de sushi con camarón.

-Maragaglio ni siquiera es su apellido. Él es Maurizio Leoncavallo, como el primo - replicó Anna con desdén.
-¿Por qué usaría un nombre diferente?
-Te diría que es para que no lo confundan pero no es cierto.
-No he visto su firma.
-Maragaglio era el apellido del hippie que se casó con su madre.
-¿Es ironía?
-Fue el primer padrastro. El segundo era un carcelero.
-Eso tiene más coherencia.
-Pero el abuelo era una pesadilla. Maragaglio le tenía terror.

El señor Liukin abrió un poco más los ojos y recordó que en la cena familiar de los Leoncavallo prácticamente santificaban al heroico abuelo y el propio Maragaglio dirigía el homenaje.

-El señor era partigiano. Con eso tenía para que su palabra fuera ley - proseguía Anna Berton.
-Los Leoncavallo lo extrañan.
-Porque era espléndido con sus nietos pero con Maragaglio era el demonio.
-¿Por qué?
-El viejo Leoncavallo se creyó eso de que era un héroe de Italia y se volvió muy duro con su familia. Su hija Carolina se escapó porque no lo soportó más.
-Me sorprende escucharlo.
-Que no te engañe el altar en el que pusieron a ese tipo.
-¿Lo conocías, Anna?
-Para mi desgracia.
-¿Era malo?
-El viejo Leoncavallo odiaba a Maragaglio. Le prohibió usar el apellido familiar.
-¿Razón?
-Porque su madre Carolina, era una borracha en Bari y un día fue a botar al niño en casa de los Leoncavallo en Milán.
-No esperaba saber esto.
-La mujer ni siquiera supo quien la embarazó de Maragaglio.

Ricardo Liukin se contuvo de permanecer con la boca abierta y bebió de golpe un trago de sake.

-El abuelo Leoncavallo tuvo que criar al nieto pero todo el tiempo lo llamaba "bastardo" y lo humillaba delante de quien fuera diciéndole que era el hijo de una puta.
-Me cuesta creer lo que me cuentas, Anna.
-Los Leoncavallo son una familia de hombres. El abuelo decidía con quienes se casaban y cuántos hijos iban a tener, qué carrera iban a estudiar o que trabajo iban a conseguir. Imagínate cómo se volvieron con las mujeres cuando Carolina Leoncavallo se descarrió.
-No quiero pensarlo.
-El tipo le dijo a Maragaglio que no merecía ser un Leoncavallo y más de una vez lo negó como nieto. Incluso llegó a golpearlo en público si se presentaba con su apellido real.

Ricardo notó que Anna intentaba no llorar.

-Maragaglio debió cansarse.
-Cuando el viejo Leoncavallo supo que este imbécil tenía sexo con mi hermana, nos armó un escándalo en la gelateria.
-Qué prepotencia.
-Eso no fue lo peor, Riccardo. Maragaglio estaba paralizado de miedo y permitió que insultaran a Susanna llamándola "puta de mierda". Mi padre quiso defenderla y ella no lo dejó.
-¿Es una broma?
-También vimos cómo Leoncavallo la golpeó en el rostro.
-Qué cobardía.
-Susanna no quiso abandonar a Maragaglio y papá la corrió. Luego supimos que se había casado con él y vivían con ese viejo desgraciado en Milán. Fue tan humillante.
-Motivo suficiente para no recibirla más.
-Riccardo, yo sé que matarías a cualquiera que toque a tu hija ¿nos entiendes ahora?
-Susanna no vuelve, entendido.
-Ojalá ella hubiera sido Katarina para que Maragaglio tuviera los pantalones de darle su lugar.
-¿Katarina?

Ricardo Liukin no supo qué sentir cuando oyó aquel nombre y si no se hubiera tratado de la novia de su hijo Miguel, la conversación habría terminado.

-A Katarina le fue terrible con el abuelo también - añadió Anna.
-¿El tipo tuvo tiempo de esconderle el diario o qué?
-Cuando nació esa niña, fue una tragedia. Nunca había visto un bebé tan abandonado ni suplicando.
-¿Suplicando?
-Los Leoncavallo esperaban otro niño y habían comprado cosas para recibirlo. Lo sé por qué Susanna consiguió un cochecito y había encargado ropa en el taller Bassani aquí en Venecia.
-¿Qué les hizo pensar eso?
-Si un Leoncavallo se pone a engendrar, casi seguro saldrán varones.
-Son tan iguales...
-¿Escalofriante, no?
-Parecen calca exacta, hasta Maragaglio.
-El caso es que tenían la fiesta preparada y de repente sale el médico a decir que felicita a la familia por la llegada de una niña.
-No puedo imaginarme el momento.
-El abuelo se puso a maldecir y los padres de Katarina no estaban dispuestos a llevarla con ellos.
-Pero la quieren. La familia le dio un regalo y felicitaciones por su cumpleaños.
-Por favor, Riccardo. No conoces a esa familia de misóginos idiotas.
-No la abandonaron en el hospital.
-Porque el hermano se derritió de amor cuando la vio.
-¿El entrenador de mi hija?
-Ese mismo. Supe que cambiaba los pañales, la bañaba, le daba de comer y la abrazaba mucho pero si él no estaba, Katarina se la pasaba gritando sin que nadie la atendiera.
-No suena creíble, Anna.
-Pregúntale cuando vuelva de París.
-No concibo algo así.
-El abuelo la trataba muy mal. La hacía llorar por todo o jalaba su cabello. También le quitaba los juguetes o le hablaba con groserías.
-¿Nadie le ponía un alto al anciano?
-Katarina tenía miedo y en la escuela no podía pasar un día sin acabar en un rincón deshecha en lágrimas. El único que estaba con ella y la hacía reír era su hermano.
-Eso explica tantas cosas...
-Cuando Katarina cumplió diez años fue horrible.
-¿Qué pasó?
-El hermano le regaló una muñeca y Susanna un peluche de conejo. La niña se puso a jugar a la boda y el abuelo la vio cuando la muñeca le daba un beso al conejo. El viejo cacheteó a Katarina y le destrozó la muñeca.
-No puede ser.
-El hermano enseguida la abrazó pero el tipo ese dijo que la iba a enderezar porque no iba a aceptar a otra puta en su casa.
-¿Ese cobarde no sabía otra palabra?
-Le arrebató el conejo a Katarina con el pretexto de que le iba enseñar respeto por los varones y Maragaglio le reventó la cara por fin.
-Debió ser un gran momento, Anna.
-Maragaglio le dijo al abuelo que nunca volviera a meterse con Katarina y le advirtió a los demás que si le pegaban o se burlaban de ella, correrían con peor suerte.
-Es que...
-Susanna me contó que su marido se sintió muy ofendido porque la familia se refirió a su madre como "la puta" y tuvo pánico de que así empezaran a llamarle a Katarina. El abuelo se rió después del puñetazo y le dijo a Maragaglio que al fin se había vuelto un hombre, tenía el derecho de ser un Leoncavallo y era el nuevo líder de la familia.
-Esta historia me da asco.
-Para consuelo de Katarina y Maragaglio, el viejo se murió al día siguiente y la niña consiguió dos muñecas.
-El final parece guión de Les Luthiers.

Ricardo Liukin lanzó una carcajada contagiosa para luego mirar a Anna y preguntarse por qué le contaría esas cosas. Por supuesto, la mujer continuaba furiosa pero desahogar aquellos secretos parecía sentarle bien y brindó mientras una sensación de ligereza recorría su cuerpo.

-Deberías escribir un libro Riccardo.
-¿De qué serviría?
-Te acabo de dar material.
-Preferiría hacer el recetario.
-Es una lástima. Tienes talento y creo que los Leoncavallo merecen un escarmiento.
-¿Por qué no se los das?
-Porque tengo una hermana y además sospecho que tú sabes algo que yo no.
-No tengo idea.
-Si Maurizio Leoncavallo no fuera el entrenador de tu hija, me dirías qué explica tantas cosas.

Ricardo Liukin optó por seguir la comida sin mencionar cosa alguna y se limitó a pensar qué clase de familia eran los Leoncavallo y si habían fingido que Carlota les simpatizaba el día de la cena. No le daba igual. Por algo Katarina había dicho que su familia "venía de una fábrica" y esos hombres Leoncavallo, tan iguales, tan parecidos a una pintura, daban terror si se observaba con atención. En la imaginación de Ricardo, los diferentes, es decir, Katarina, Maurizio y el propio Maragaglio parecían rogar auxilio si se colocaban junto a ellos.
 

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