lunes, 1 de octubre de 2018

Esto es Skate America (Primera parte)


Venecia. Viernes, ocho de noviembre de 2002.

Maurizio Maragaglio se despertó poco antes de las cuatro mañana y abandonó su lugar en la cama de Alondra Alonso mientras se preguntaba cuánto tiempo más gozaría de la tolerancia de su esposa o podría engañar a sus hijos sobre su trabajo. Recoger del piso su camisa o colocarse el pantalón luego de una ducha rápida no le resultaba cómodo e hizo el menor ruido para no perturbar el sueño de la pequeña Ariana en el cuarto de junto. La niña se había puesto muy contenta por recibir un hada de peluche de manos de él y la tenía abrazada con una gran sonrisa en el rostro.

-Tengo algo que hacer - dijo Maragaglio antes de que Alondra preguntara por qué se iba y descendió las escaleras sin voltear. Conservó la misma actitud cuando pisó la calle y en medio de la fría madrugada veneciana, caminó por la Fondamenta del Nani del barrio Dorsoduro hasta un bacaro de mala muerte llamado Osteria al Squero, junto al Squero di San Trovaso, es decir, un taller donde se fabricaban góndolas.

-¡Maurizio! No habías venido - saludó alegremente la chica de la barra y él enseguida tomó sitio al lado de un tipo que abría una gran botella de alcohol de hierbas.

-Agente Maragaglio, qué gusto verlo - dijo aquél.
-¿Bebiendo antes del trabajo? ¿No es malo para un buzo?
-Estuve cubriendo doble turno durante Fieles Difuntos, vete al diablo.
-Jajaja, eres el mismo de siempre, Giampiero.
-¿A qué viniste?
-No quiero molestar en casa.

La joven encargada enseguida colocó una cerveza frente a Maragaglio y a petición de éste, cambió el canal de televisión sin chistar.

-Grazie di cuore, bella - agradeció Maragaglio y Giampiero comenzó a reírse antes de proseguir la conversación.

-Oye Maurizio ¿Vas a ver a la Katarina?
-No quise despertar a mis hijos.
-¿Con qué pretexto te saliste de la casa?
-Ni siquiera llegué.
-¿Dónde estabas?
-Por ahí.
-¿Con tu amiga Alondra?
-Tal vez.
-La única ventaja es que esa mujer no puede pedirte explicaciones.

Giampiero decidió ordenar su propia cerveza y luego de darle el trago, le preguntó a Maurizio Maragaglio cómo iba el caso de Elena Martelli.

-No puedo hablar de eso.
-Sé que no tienen evidencia para avanzar.
-He dejado el asunto en manos de la Polizia. Lamento no ser de ayuda, Giampiero.
¿Qué hace Intelligenza entonces?
-Guardamos lo que hay... ¿Aún tomas ese licor que huele igual al perfume que hallamos en la niña?
-Lo dejé. Ahora bebo éste - Giampiero sostuvo su botella y añadió - Es más amargo, deberías probarlo.

Maragaglio sintió la curiosidad y colocó un vaso pequeño frente a su amigo. El aroma de aquél líquido se parecía a la albahaca y al beberlo, el amargor adormecía la lengua y quemaba la garganta.

-Es corriente... Giampiero ¿desde cuándo bebes basura?
-Desde que quiero ser un mal alcohólico.
-¿Para qué?
-Tengo el cerebro de un terminal ¿qué más da?
-Brindemos por eso.

A Giampiero Boccherini le causaba gracia que Maragaglio ingiriera más licor y despreciara un poco la cerveza para recargar los codos sobre la barra mientras prestaba atención a la pantalla. Por la hora, no había comentaristas y un grupo de seis patinadoras sobre hielo salían en medio de los gritos ensordecedores del público que abarrotaba el Madison Square Garden.

-¿Cómo le está yendo a tu prima? - preguntó Giampiero.
-Bien, está de estreno.
-¿De qué?
-Su hermano le cambió una rutina.
-No entiendo.
-No hace falta, Katarina ha entrenado mucho.
-La reconocí el otro día en Santa Croce con Miguel Louvier ¿Son novios, no?
-No me recuerdes a Miguel, por favor.
-Es un buen tipo.
-No le conviene a Katy.
-Tú no le convienes a tu mujer.
-¿Por qué somos amigos?
-Porque no te volteo la cara luego de que me trataste como perro en interrogatorio.
-Giampiero, sabes que el caso de Elena me tenía nervioso. El fiscal Caresi no sabe hacer preguntas.
-¿No fue el que te ayudó cuando se perdió la niña Liukin?
-Cualquiera tiene un buen día.
-¿Esa Liukin entrena con tu prima, verdad?
-¿Quién te contó?
-Las vi juntas en Grigolina.

Maurizio Maragaglio sonrió y posó sus ojos en la pantalla cuando la imagen de Katarina, con su vestido azul oscuro y su pañoleta en el cuello apareció varias ocasiones en los seis minutos de calentamiento en pista y se escuchaba al público eufórico a las menciones de Sasha Cohen y Michelle Kwan.

-¿Todavía es jueves en América? - consultó Giampiero.
-Son las nueve de la noche en Nueva York.
-Katarina no te deja dormir.
-Me molesta que Mauri no haya ido con ella.
-¿Por qué no fuiste en su lugar?
-Tengo trabajo.
-La última vez que te vi feliz fue cuando la trajiste aquí hace ¿seis meses? Pensé que te habías decidido.

Maragaglio miró risueño a Giampiero y luego volvió a atender el evento de patinaje. No sabía quien se hallaba actuando pero no era lo suficientemente buena para dar una sorpresa.

-Quiero que me digas algo, Giampiero ¿Es cierto que Elena Martelli te dijo que se casaría contigo?

Ambos soltaron una sonora carcajada y dieron grandes tragos a sus cervezas para poder acabarlas y concentrarse en el otro licor.

-Esa niña tenía cada disparate.
-No respondes mi pregunta.
-¿Para qué, Maragaglio? ¿Cambia algo?
-Lo supieron en toda la ciudad.
-También te tiró las cartas y descubrió lo que no querías.
-Eso es diferente.
-¿Tu mujer sospecha?
-¿De Alondra? Sí.
-De Katarina.
-¿Quieres que acabemos a trompadas en el canal de Giudecca?
-Nada que no ocurriera antes.

Ambos compartieron un tercer trago de alcohol mientras oían las notas de otra jovencita que parecía tener potencial.

-¿Cómo van las cosas con tu primo? - siguió Giampiero.
-Mauri no me ha dicho si seré su padrino.
-¿Se casa?
-Por fin.
-Cada quien se ahorca como quiere.
-Aunque mandó a su novia a Nueva York y estoy esperando que me digan que se peleó con Katy.
-¿Eso te agradaría?
-No... En realidad, no sé. Karin Lorenz no me simpatiza.
-¿Es una mujer vieja, verdad?
-¿Cómo sabes?
-Tu primo no comparte la costumbre de esconder sus amores.

Maragaglio brindó consigo mismo luego de aquella sentencia y pensó. Se veía estúpido aguardando por Katarina en televisión y no era la primera vez que la chica de la barra y el mismo Giampiero creían lo mismo. Respirando hondo, ajustó un poco sus molestos anteojos, notando que se hallaba enfadado desde hacía días y había anticipado tantas respuestas, que las tenía olvidadas.

-Me estoy volviendo ciego - mencionó.
-Al fin hay algo que mata más rápido que mi cáncer - rió Giampiero.
-Esta miopía no tiene remedio.
-¿Te resignas?
-Mi destino siempre ha sido ver nada.
-Dicen que sin los ojos, uno siente más.
-No tardaré en dejarme los lentes cuando quiera tocar a alguien.
-¡No vale la pena, Maurizio! No haces el amor con la única mujer que quieres.

Sasha Cohen era presentada en televisión y luego de una ronda de licor más, Maurizio Maragaglio debió admitir que era una rival demasiado buena. El público se veía extasiado y con Michelle Kwan en la espera, se preveía que a Katarina Leoncavallo le tocaba el escenario más difícil.

-"5.9, 5.9, 5, 9...... Sasha Cohen, from the United States of America, is in first place" - daban a conocer el sonido local y el gráfico de la pantalla, dejando a Giampiero impresionado.

-¿Quién supera eso?
-Mi Katy.
-Claro... Oye Maragaglio ¿recuerdas que apostamos a que ella ganaría medalla olímpica?
-No.
-Qué extraño. Fue una madrugada como ésta, tú y yo bebimos una botella de vodka sin etiqueta.
-¿Hice tal barbaridad?
-Te pregunté por qué te quedaste en casa en lugar de acompañarla.
-¿Qué contesté?
-Que eras un idiota.
-¿Cuántas veces he dicho lo mismo?
-Tienes cuatro años haciéndolo, perdí la cuenta.
-¿Tanto?

A Maragaglio le sorprendió saberlo y consumió de golpe un par de vasitos de ese alcohol insoportable y cada vez más turbio.

-Nunca te dije que ganaste la apuesta. Te debo un vino de esos caros - concluyó Giampiero y se quedó como hipnotizado mientras Michelle Kwan inducía al público al delirio y el jurado parecía en lágrimas.

-Esto va a ser malo - declaró Maragaglio mientras intentaba negarse que aquel performance le había encantado. Las marcas de Kwan oscilaban entre 5.9 y 6.0, que, por la experiencia de contemplar tantos torneos, indicaban que eran casi inalcanzables.

-Ya va la Katarina - mencionó Giampiero.
-Estoy preocupado - aceptó Maurizio Maragaglio.
-Dile de mi parte que se ve bien.
-Siempre ha sido bonita.

El bar quedaba en silencio y esa frase de "Next skater, representing Italy: 2002 olympic bronze medalist" alegraba mucho a Maragaglio pero oír "Katarina Leoncavallo" llegaba a sonrojarlo un poco. No importaba que el público neoyorquino aplaudiera apenas o que los parroquianos de ese hoyo atendieran el espectáculo porque los obligaba la gentil joven encargada: Katarina se había puesto un coqueto tono de labial rojo y unos elegantes guantes para lucir como una sofisticada parisina. Aquello le hizo recordar a Maragaglio que tenía una misión encomendada a iniciar por la tarde y había cometido el error de no descansar lo suficiente. De cualquier manera, estar en ese bacaro maloliente y oscuro le hacía sentir menos solo.

-Forza Katy, sé que puedes - susurró al escuchar los primeros acordes de una canción que se había aprendido a pesar de no entender una palabra y de que los acordeones le molestaran cuando se desvelaba.

-Oh la là, mademoiselle! - gritó Giampiero.
-Espera, va a saltar el triple flip - triple toe ¡ahí está!
-Maragaglio, no entiendo.
-Cállate.
-Uy, se iba a tropezar.
-¡Cálmate Katy! Vamos por otro salto... Respira, tranquila ¡qué lutz! Mucho mejor que en el torneo pasado.
-¿Te sabes todas esas cosas del patinaje?
-No, sólo las básicas. No conozco el nombre de esas piruetas que está haciendo.

Katarina se percibía muy contenta y lograba que el público aplaudiera o callara conforme se iba desarrollando su coreografía. A Giampiero Boccherini le fascinaba el desplante aquel y acabó cantando junto a Maurizio Maragaglio aun cuando el ejercicio terminaba.

-Viva Katarina! - gritó alguien por ahí mientras se festejaba en el bacaro y Maragaglio brindaba de nuevo en silencio.

-Como que no se ven peleadas tu prima y Karin - señaló Giampiero.
-Ocurrirá ¿vuelves a apostar?
-¿Una pasta en tu casa?
-¿Quieres que mi esposa me asesine?
-¿Y no lo mereces?

Ambos no pudieron contener una nueva risotada y la chica de la barra les retiró las botellas de cerveza y licor para dejarles enfrente un par de copas de vino y algunas croquetas de pollo y mozzarella rebozada con tal de que alargaran su estancia un poco. Maurizio Maragaglio besó a aquella mujer en la mejilla y como siempre, le diría "sei la migliore, bella mia".

-"The marks for Katarina Leoncavallo from Italy are:..." - se escuchó fuerte y claro.

-"5.9, 5.9, 5.9, 5.9, 5.9, 5.8, 5.9, 5.9, 5.9, 5.9" - Hasta el ignorante Giampiero podía saber que la nota técnica no era la mejor de la noche a pesar de ser extraordinaria. Ese descuido de Katarina después de un salto aparentaba tener un pequeño costo.

-"Artistic impression marks are: "6.0, 6.0, 6.0, 5.9, 6.0, 5.8, 6.0, 5.9, 5.9, 5.9. Katarina Leoncavallo from Italy is placing first after the Ladies Short Program. Thank you".

En la Osteria al Squero hubo felicitaciones a Maragaglio y él se apresuró a tomar el vino cuando Giampiero se levantó en medio de ese pequeño festejo para repetir "¡Maurizio, eres un idiota!" pero su voz parecía un amargo reproche. El silencio se hizo en el lugar.

-Eso ya lo sé, Giampiero. Siéntate y déjanos brindar un poco más porque le fue bien a Katy - respondió Maurizio Maragaglio segundos más tarde sin sobresaltarse, creyendo que su amigo estaba ebrio y daba señales de que lo sacaran para llevarlo a casa.

-Llevo cuatro malditos años viéndote beber tus miserias.
-Giampiero ¿estás bien?
-¿Qué se siente ser tan imbécil, Maurizio? - susurró.
-¿Qué se siente ser un alcohólico?
-Me da resaca y ya está ¿pero tú? Sentado ahí, siendo miserable.
-Creí que el miserable eras tú.
-No he perdido veinticinco años de mi vida con una esposa y una amante que me aburren.
-¡No te metas con mi familia!

Maragaglio se levantó enojado.

-Mírate, Maurizio. Tienes mujeres y todavía le coqueteas a la ragazza de esta pocilga - murmuró Giampero sin olvidar la voz baja.
-Vámonos.
-¿Sabes? No pondría un pie aquí para lamentarme por Katarina. Yo estaría alcanzándola en América.
-Cierra la boca y larguémonos.
-¡Vienes aquí desde hace cuatro jodidos años!
-Cierra la boca o lárgate.
-¡La Katarina está en América! ¡Ve por ella!
-¿A qué?
-A decirle que la familia, la amante, los hijos, su estúpido hermano se pueden ir al demonio ¡Que se jodan!
-¡Que te callas!
-Lo que pasa es que eres un cobarde, Maragaglio.
-Repítelo y te reviento antes que el tumor de la cabeza.
-¿Qué? ¿No puedes tomar el vuelo a Nueva York pero piensas en la prima como la mujer que nunca has tenido?
-Eres hombre muerto.
-¡Que se te van los ojos! No paras de mirarle el pecho cuando la tienes de frente.

Maurizio Maragaglio respondió con un fuerte puñetazo y Giampiero se defendió con otro certero golpe. La joven de la barra gritaba asustada mientras la clientela esquivaba a aquel par de bravucones que destrozaban lo que había cerca, al tiempo que el amanecer comenzaba a manifestarse y el ruido de la riña llegaba hasta un grupo de buzos que iniciarían el turno matutino en la Fondamenta del Nani. A las cinco, la Osteria del Squero era su parada obligatoria para enterarse de las novedades acontecidas durante la noche. Giampiero Boccherini, como compañero suyo, contaba con su incondicional lealtad, a costa del aprecio que pudieran sentir por Maurizio Maragaglio. Aunque nadie les contara el motivo de ese pleito o se confundiera con pugna de borrachos, el jefe de aquella cuadrilla ordenó la separación de esos dos amigos y los buzos más jóvenes procedieron, llevándose a cada uno por lados opuestos de la calle.

El frío matinal iba cediendo a la frescura del otoño cuando Maurizio Maragaglio notó que le había tocado la mala suerte de que Miguel Ángel Louvier fuera el encomendado de llevarlo a casa. Tal y como cabría esperar, el chico no le hacía preguntas y se limitaba a contenerle las fuerzas mientras improvisaba un camino para evitar navegar en un canal. En ese instante, en las estaciones de buzos ya se sabía de la pelea y en la de Dorsoduro era Giampiero quien relataba cómo Maragaglio le había destrozado la nariz luego de discutir sobre patinaje. Ni una sola palabra acerca de Katarina Leoncavallo fue dicha y es que, a pesar de detestar su indecisión, Boccherini no era un tipo que traicionara los secretos del único confidente que tenía.

Luego de caminar mucho y de forcejear un larguísimo tramo, Maurizio Maragaglio acabó contemplando a Miguel llamando a la puerta de la familia Leoncavallo en la Calle del Pignater. Previsiblemente, fue Susanna Maragaglio, quien, angustiada pero acostumbrada, abrió la puerta y abrazó a su marido luego de verle las señales de la golpiza.

-¿Qué pasó? - preguntó mientras se contenía de empezar a cuidarlo.
-Un incidente de copas, señora. Nada grave - replicó Miguel.
-¿Con quién?

El joven Louvier iba a decir algo cuando Maragaglio se adelantó y de mala gana lo admitió.

-Con Giampiero ¿con quién más?
-¿Otra vez? - se exaltaba la mujer.
-Bebimos licor corriente. Mucho licor corriente. Lo haremos de nuevo cuando vuelva de la misión y esté tan agotado que lo último que quiera sea venir a mi casa. Dormiré. Me voy a París a las tres.

Maragaglio entró con enorme enfado a su domicilio y azotó la puerta de su recámara sin importar que su esposa y Miguel no dieran crédito a su actitud. Seguía oscuro afuera así que los chismosos se quedarían con la intriga de los gritos.

Por otro lado y recargado justo en la entrada para que nadie pudiera acompañarlo, Maurizio Maragaglio miró su cama, sus cortinas, el escritorio que usaba cuando tenía que revisar algún documento pendiente de la oficina.... Se quitó al fin los lentes, comprobando que a distancias cortas su vista era buena todavía y por primera vez en veinticinco años, unas saladas y frías lágrimas rodaban por su rostro y podía probarlas con su reseca boca. Sufría. Lamentaba. Se culpaba. Se acobardaba. La cobardía causa más dolor que la traición.

Intuyendo que Susanna iba a querer entrar a la habitación, se apartó del umbral y ella, sin estar molesta, le contempló con una sonrisa enorme, una que había permanecido veinticinco años con ellos.

-Fui a ver cómo le iba a Katarina, perdóname - dijo él.
-Lo imaginé. No llegas a casa cuando patina de madrugada ¿Cómo salió?
-Es primera del programa corto, habrá que esperar a mañana.
-Estarás en París y no podrás verla.
-Alisté mi equipaje ayer.
-Te voy a extrañar.
-También yo a ti... Es una semana.
-¿Irás solo?
-No me despegaré de la niña Liukin ni de mi primo.
-Ten cuidado.
-Cuenta con ello.
-¿Vas a descansar?
-Duerme conmigo, Susanna.
-¿Qué?
-¿Quieres hacer el amor?

Susanna Maragaglio miró los ojos de Maurizio, renunció a sus dudas sobre la pelea y se despojó de la bata creyendo que su cuerpo desnudo, a pesar de la cicatriz por una cesárea y sus incontables estrías en las piernas, aun seducía, atraía. Él, sin embargo, era diferente desde la última vez: había perdido algo de peso, sus brazos eran más fuertes, sus canas eran más cortas. Su forma de besar era más prolongada y estremecía a su esposa posando los labios en su cadera, en sus muslos, en sus dedos. Maurizio Maragaglio no quiso colocarse los lentes pero tampoco quería abrir los ojos: En su mente, la mujer extasiada era Katarina Leoncavallo y aquella era una escena hermosa, llena de amor, por encima de la lujuria o el placer.

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