lunes, 2 de diciembre de 2013

La danza de las galletas (La sonata del hielo)



Tell no Tales:

Bérenice Mukhin caminaba hacia Poitiers cuando sonaron las campanas anunciado las tres de la tarde. Varias personas corrían y sonaban las sirenas de la policía. Entre la gente que se alejaba de la zona, se hallaba Anton Maizuradze.

-¿Por qué la gente huye? - le preguntó Bérenice, tomándolo del brazo.
-¿Qué no sabes? Han prohibido vagar en "zonas culturales".
-¿Tan temprano?
-Todo es culpa del loco que disparó a un niño. Ya me voy.
-¿Dónde vives? Te llevo.
-¿Y qué ahora sí me metan al bote con razón? No gracias.
-No lo harán.
-Si me ven contigo, no me bajarán de vándalo.
-No llegarás a tu barrio a tiempo, no hay guerrilleros que te cuiden el paso. 
-Anda ¿cómo sabes?
-Ni los Rostova han venido por aquí.
-Tú eres una. 
-Ahora trabajo por mi cuenta, vámonos.
-No me acerco a gente que ni conozco, perdón.
-Me llamo Bérenice.
-Lo leí en el diario.
-¿Ves? Si sabes quien soy.
-Pero no si eres buena persona.
-Nunca te haría daño.
-Eso dices, no me consta.
-¿Es que nadie confía en nadie?
-Es que se roban a los niños usando chicas que hacen ojo remi.
-¿Ojo qué?
-Mira, voy atrasado con mi mamá y la policía solo arresta a los morenos, a los indigentes y a los rusos como yo, no quiero problemas, adiós.
-¡Oye! En tu vecindario puede haber patrullas.
-Los Korobeynikov nos cuidan.
-¿Desde cuándo?
-Desde que tu banda les hizo el favor de correr a las fuerzas del mal antes del cateo.
-¿Cuáles fuerzas del mal?
-¿Cómo que cuáles? ¡Los polis!
-¿Quiénes son esos?
-¡La policía! ¿De quiénes hablamos?
-No te ¿escuche? bien. 

Bérenice mordía su dedo meñique con insistencia y miraba al niño casi deseando no haberlo interpelado.

-Mejor llego a mi barrio, hay kermés de galletas y no quiero que me ganen las de nuez.
-¿Ker... qué? Me estás hablando en chino.
-Kermés, es algo así como una feria de ventas y como los "grupos étnicos" no podemos abandonar nuestro "ghetto" después de las tres, pues aprovechamos que ningún habitante finolis de Poitiers o del centro nos va a comprar galletas. Adiós.
-Perdón ¿qué es un ghetto?
-Todo mundo lo sabe, si tú no, investígalo.

"Argumentazo" pensó Bérenice, cuestionándose también que era "argumento" y por qué usaba palabras que no comprendía para definir situaciones o cosas que no la molestaban pero si la desconcertaban.

-¿Podría ir a comer galletas? 
-Si quieres, cada bolsita cuesta unos diez centavos.
-No tengo dinero.
-Hay charolas de prueba.
-¿Me llevas? Tengo hambre.
-Traje un blini ¿lo quieres?
-¡Dámelo!
-Bueno, de nada. Ahora si me desaparezco.
-Gracias.

Anton sacudió la mano derecha como despedida pero la ansiedad de Bérenice con su bocado era tal, que él dejó de lado su malhumorada actitud y recordando su buen corazón, le pidió que lo acompañara a casa.

-Vivo en el barrio ruso.
-Me gusta mucho ir.
-Nada más le aviso a mi mamá que estoy bien y nos vamos a devorar galletas ¿Te parece?
-¿En serio?
-Yo invito, además el vaso con leche es gratis.
-¡Eres un niño hermoso! ¡Déjame besarte la mejilla!
-¡Ay, me vas a sonrojar! 
-Perdón, ji.
-Soy Anton "el besable".
-¿Ah sí? Yo diría que eres "Anton el bonito"
-Señorita que ayudo, me da cariño. Me envidiarían en otros lugares.... Hey, ¿Por qué nos vamos hacia De Gaulle?
-Porque podemos huir más rápido, nada más corre.
-¿Cómo en barata anual o como si me persiguiera Hacienda?
-¿Cómo la segunda? ¿Qué es Hacienda?
-¡Entonces vámonos como si debiera hasta los calzones! 

Bérenice se echó a reír aunque no entendía el chiste del todo. Mientras iniciaba su carrera en el parque, se le ocurrió aprovechar un charco cercano y aventó al niño; encontrándose éste con la novedad de que salía de un espejo en Pushkin y la joven detrás de él.

-¡Con una ...! ¿Qué pasó?
-Cruzamos el reflejo.
-¿Cómo lo hiciste?
-Un juguetito resolvió todo.
-Me caí en agua sucia.
-No, en realidad pasamos de un lado a otro, es algo muy simple. 
-Estoy bien seco.
-Y a salvo, supongo.
-Mi mamá atiende un puesto cerca de la fuente, ¿vienes?
-Creí que estabas sorprendido.
-Lo que quería era llegar, gracias. 
-Si necesitas otro atajo...
-La próxima vez llevaré bicicleta. 
-No es tan veloz.
-Pero me salvaré el pellejo solito. Sígueme, te daré galletas de manzana.
-Las galletas que conozco son de harina.
-Por acá las hacemos de lo que sea, hasta de carne de burro.
-¿Comen burro?
-Es broma; pero hay un montón de cosas que le puedes poner a una galleta, hasta hay de comida para perro.
-Qué locura.
-No le digas a los fanáticos perrunos que son ridículos.
-No, nunca.
-Venga, a comer.

Bérenice aplaudió como si hubiera visto a un malabarista o a un bombero rescatando ancianos, creyendo igualmente en su buena suerte ya que era su segundo día consecutivo probando bocado.

-¡Blinis rellenos de queso feta a cinco centavos!, ¡Lleve su galletón de coco!, ¡Pase a saborear nuestros rellenos de cereza!, ¡Dos por uno en la compra de galletas de naranja!" - se oía y Bérenice tomaba los trocitos de las charolas, fingiendo que regresaría a adquirir cualquier cosa más tarde. Anton le ayudaba a disimular diciendo que su presupuesto era de dos euros y le alcanzaba hasta para llevarse por cincuenta centavos un pan relleno de galletas de chocolate.

-Pero no me lleno.
-Te compro otro blini ¿de qué lo quieres?
-De algo grasoso.
-¡Deme dos de queso! - gritó el niño al aproximarse al vendedor que acaba de instalarse.
-Tengo con relleno de galletas saladas y queso amarillo - Añadió el hombre
-Suena original, dos por favor.
-Por un centavo más te doy el bote de nieve para la guerra de las cinco. 
-Necesito dos.
-El centavo y son tuyos.
-Es una ganga, en otros puestos están a siete.
-Los comerciantes nuevos estafan a los vecinos.
-Se creen muy listos.
-Bueno, nunca me ha gustado robar. Aquí están tus blinis y te entrego tu espuma.
-Diez centavos, incluye propina de cuatro.
-¡Qué generoso!
-Buena tarde.

Pero el vendedor reconoció a Bérenice al levantar la cara.

-Señorita, usted no debería caminar por estos rumbos.
-No sé por qué lo dices.
-Los Rostova no han pasado a este lado y Matt apenas me dio permiso para ganarme algo en esta feria.
-¿Eres del espejo?
-Tengo la cara plana y la nariz de cuchillo.
-Tienes comida.
-Gasté mis ahorros en este negocio, necesito madera para ayudar a la brigada de reparaciones con los parques de nuestro lado.
-Me han hablado de las brigadas.
-Deberías unirte.
-No podría ayudar mucho.
-La próxima semana colocaremos macetas y cercas nuevas ¿quieres venir? 
-Me gustaría.
-Pregunta por mí, me llamo Luiz. Me llaman "Bob" por mi cabeza de palmera.
-¿Qué es "Bob"?
-Quien sabe.
-¡Así que hay otra Tell no Tales en el espejo! No estaba loco - intervino Anton - Es que mi reflejo es medio siniestro.
-Entonces no ves tu reflejo, ves a tu gemelo - contestó Bérenice.
-¿Y es raro?
-No. 
-Entonces lo seguiré saludando.
-No lo hagas, da miedo.
-Bueno, lo que la dama diga... Voy a ver a mi mamá, espérame aquí Bérenice.
-Soy de palo.
-Eh, si traes onda.

Anton se separó unos pocos metros y la joven comenzó a mover su cabeza al ritmo de la música ambiental, asumiendo que se encontraba permitido hacerlo. Luiz por su parte alternaba la preparación de blinis con la de café y sirvió un vaso.

-Toma.
-No.
-Las bebidas son de cortesía.
-La leche es gratis, no sé lo demás.
-No cobro el café, de verdad.
-Gracias.
-¿Qué haces aquí?
-Ayude al niño a irse de Poitiers y me invitó galletas.
-¿Te dijo que este festival se pone muy loco?
-¿Cómo?
-Además de la guerra de nieve hay concursos para elegir a la mejor vestida del festival y al feo más falso.
-Nunca había oído de algo así.
-También está la competencia de quien acaba las ventas primero y parece que yo no ganaré.
-Necesitas llamar la atención.

Bérenice masticó su blini y poniéndose a bailar, anunció:

-¡Disfrute del sabor a galletas saladas con queso amarillo en nuestros blinis y pregunte por el precio para la nieve artificial! ¡Todo barato, todo delicioso, café sin costo y reciba gratis un beso mío! ¡Aproveche y presuma, no habrá otro día!

-No es necesario tanto entusiasmo.
-¿Por qué no? Además, me gustó lo que haces.
-A tu banda no le agradó.
-No soy una Rostova.

Bérenice sonreía muy confiada y contenta de que un grupo de pequeños se acercara. A cada uno le repartía besitos en la frente.

-También hay blinis con relleno de oreo - anunció Luiz y al instante se formó una fila curiosa. Bérenice complacía a cada uno de los clientes.

-Me voy un momento y empieza la revolución - señaló Anton al pasar nuevamente.
-Deberías probar el blini de oreo.
-Te traje de las galletas de mamá, Bérenice.
-Te lo agradezco mucho.
-Te conseguí un sombrero de brillitos y un saco plateado.
-¿Para qué?
-El premio a la mejor vestida.
-Gracias, no estoy interesada.
-Pues deberías, mira a tus fans.
-¿Qué fans? 
-Las chicas de allá.
-Son mini - yos.
-Si te pones esto, les ganas... Ah si, te mandaron un paletón de avena.
-Oh, ¿quién?
-Ellas.
-Mira, las saludo.

Las jovencitas enseguida se acercaron a Bérenice.

-¡Me gusta el color de tu cabello! ¿Crees que si me lo tiño me quede parecido? - dijo una.
-¿Cómo consigues el tono de tu labial? ¿Es cierto que se te ocurrió usar vestidos cortos para que la ropa no te estorbara? - añadió otra. En aquel momento, Bérenice tomó el sombrero de mano de Anton y se lo colocó para comenzar a diferenciarse del grupo que la rodeaba.

-El labial es grosella con café y uso vestidos porque los pantalones dan calor y estorban, los vestidos más largos no dejan correr y los leotardos aprietan. Usaría una lycra para no mostrar mi ropa interior pero el sudor es incómodo y de plano odio los brassieres: nunca ajustan, hay que acomodarlos todo el tiempo, además se marcan y los encajes raspan ¿quién querría sufrir? yo no.

Las chicas anotaban las recomendaciones de su "gurú fashion", ignorando por supuesto que ella en realidad carecía de dinero y su imagen atrevida era resultado de una escasez de materiales que la orillaban a confeccionar prendas diminutas que hicieran rendir hasta el último centímetro de tela de pésima calidad que llegaba a sus manos. No obstante, Bérenice también les jugaba una broma engañándolas con el asunto del labial, mismo que era un rojo quemado convencional que se hallaba en cualquier tienda y no la combinación que les había dado. Otras preguntas iban relacionadas con su banda decorativa en la frente (aunque en esa ocasión no la traía), si tenía un tatuaje, qué aconsejaba para tonificar las piernas o de donde había salido el vestido negro con corbata que llevaba. 

-Ay, qué chicas, ¿desde cuando lo vulgar es digno de un aplauso? Todas se ven ridículas - se escuchó en la fila para adquirir blinis.

El comentario era de la autoría de Audrey Phaneuf, cansada de que Bérenice se apareciera hasta en la sopa. Junto a ella, su amigo Elliot Cohen le pedía en voz baja que omitiera su punto de vista por un momento o se disculpara porque estaba siendo inoportuna.

-No voy a retractarme, nadie le dice a Bérenice Mukhin que sus idioteces con su pandilla de quinta o con cantantitos de octava no son graciosas y bueno, ella y sus seguidoras visten como rameras baratas.

Se suscitó un silencio incómodo que se rompió con el murmullo de "nos insultó Bérenice" por parte de una chica que rodeaba a la pandillera. 

-¡No le hables así! - clamó Luiz a Audrey dejando su puesto.
-Déjalo, sé como resolverlo - le respondió Bérenice -Anton, dame un bote de nieve, por favor.

El chico Maizuradze accedió y Bérenice se acercó a Audrey con una sonrisa y agitando la espuma.

-¿Qué vas a hacer? ¿Llenarme de nieve artificial? Mejor vete de aquí, tonta.
-¿Cómo te llamas?
-Audrey Phaneuf.
-Audrey, mira, que critiques mi actitud o que no te gusten mis amigos pasa; que me llames vulgar es gracioso...
-De pena ajena tu risa.
-Pero que te burles de mis fans que ahora son mis amigas y me llames ramera no te lo permito.
-No llores.
-¿Para qué discutir?

Bérenice abrió el bote y roció nieve artificial a la boca de Audrey, ocasionando que los presentes se alegraran por ese acto. Elliot Cohen ni siquiera disimulaba que no estaba en desacuerdo con la pandillera mientras veía a su compañera limpiarse.

-Bien, voy a portarme de la forma más madura que conozco y no voy a tolerar las agresiones de esta mujer salvaje... Dame dinero, Elliot.
-Audrey, piensa tres veces que vas a hacer.
-Ya lo hice.

Audrey abandonó su lugar y sin pedir permiso agarró un bote con espuma, justo de los que Luiz vendía.

-¿Así que te crees muy chistosa? ¡Trágate esto!

Bérenice Mukhin sintió como su rostro se llenaba de espuma y los ojos se le irritaban; sus admiradoras se apresuraban en empaparla.

-No vuelva a arrojarle nieve a Bérenice o no dudaré en usar mis botes en su contra, señorita - advirtió Luiz.
-¡Elliot, defiéndeme!
-¿No pensarán desatar una guerra de nieve ya?

"¡Guerra de nieve!" gritó Anton y se puso a rociar a todos los niños que se le atravesaban. A Bérenice le pareció una gran idea y aprovechando a sus seguidoras, armó sus propios enfrentamientos contra Audrey, Elliot y todo el mundo. La batalla incluía jugar con los participantes del concurso del falso feo y Bérenice ofrecía tips a sus fans para llamar la atención de aquellos muchachos. 

-Eres bastante genial, Bérenice - dijo Luiz. Ella entonces, se volcó a perseguirlo y llenarlo de espuma, sin olvidar que a las seis tenía una cita con los Liukin en la calle Göetze. 

*Significado de ghetto (el vocablo "gueto" es igualmente correcto):
  Barrio cerrado o aislado en que eran obligados a vivir los judíos en la Edad Media. judería.
  Barrio aislado o cerrado de algunas ciudades de Alemania, Italia y otros países en que fueron obligados a vivir los judíos durante los gobiernos nazi o fascista.
  Barrio o parte de una ciudad en que viven personas de una misma cultura, etnia o procedencia: el gueto negro de Nueva York.

martes, 26 de noviembre de 2013

La belleza en la nieve (Serie Navideña "La sonata del hielo")

Collage de Julia Lipnitskaya/Créditos a Alessia Giulia y Molto piú di uno sport en facebook.

Hammersmith:

El teniente Maizuradze rentó una camioneta al lado de su hija y partió rumbo a una playa cercana. La carretera estaba vacía pero era recta y larga, se distinguían los pantanos a los costados y escasos vehículos circulaban hacia el mismo rumbo.

-Dile a tus amigas que lo siento por quitarles la cerveza.
-No están enojadas.
-Lo dices porque están dormidas allá atrás.
-Nos cansamos mucho, nos hace falta sueño.

Viktoriya bostezó sin perder de vista a su padre y ajustó las cintas de su sudadera.

-¿Invitaste a Trankov?
-Sí, Zamo le avisó, nos agrada tu amigo.
-No lo somos.
-¿Por qué le hablas?
-Es un colega de la resistencia, dejémoslo así.
-Uno muy guapo.
-No lo voltees a ver.
-Paso.
-Tú y yo tenemos que charlar, por cierto. 
-¿De?
-Me vas a explicar lo de Andrew Bessette, no te salvarás.
-Será luego.
-Ojalá seas convincente.

La joven inclinó su cabeza hacia la derecha y miró el retrovisor. Dijera lo que dijera, su padre seguiría insatisfecho. 

-Hace calor ¿no deberías quitarte ese suéter?
-Sudadera.
-¿No te incomoda?
-Tengo escalofríos.
-¿Te sientes enferma?
-No, es más bien algo raro... No sé es que me da frío, nervios, algo.
-¿Por qué?
-Es por Carlota Liukin o como se llame.
-¿Qué hay con ella?
-¿No has sentido que cuando pasa junto ti, todo se vuelve frío? Como si congelara el aire.
-Tal vez porque va muy rápido.
-Entonces ¿sabes de qué estoy hablando?
-De repente me pone un poco la piel de gallina pero casi siempre está corriendo así que es por eso.
-¿De dónde la conoces, papá?
-Es amiga de tu hermano.
-¿Él no te ha dicho nada?
-¿Parecido? No, yo creo que de tan enamorado ni cuenta se da.
-¿Le gusta esa niña?
-Digamos que Anton pasa por la edad de la punzada.
-No soy la única con esa sensación de que ella trae una onda extraña.
-¿Y eso?
-Anoche estaba platicando con mis amigas y Carlota se nos acercó por una foto; Zamo juntó su mejilla con ella y le dijo que estaba helada. Después la chica se fue y nos dimos cuenta de que nuestra agua se congeló. No habían pasado ni cinco minutos. 
-Una de ustedes metió su bebida a la hielera sin querer.
-Era agua caliente dentro de un termo, lo acabábamos de llenar.
-Coincidencia.
-Esa tal Carlota me pone los pelos de punta, más con ese dije que siempre lleva.
-¿Cuál? Nunca se lo he visto.
-Es que lo trae debajo de la ropa pero nunca se lo quita.
-¿Cómo es?
-De plata, es como un corazón pero tiene una ¿virgen María? en una barca y sosteniendo unas rosas. 
-Me es familiar.
-No debería, ni que lo hubieras visto en un álbum de los Maizuradze.

Él frenó de golpe, mirando perplejo a su hija. Exhaló profundamente, bajó la ventanilla y se estacionó en un carril confinado para autos averiados cuando consiguió recuperarse.

-Sal del auto.
-¿Qué sucede, papá?
-Fuera.
-No quisiera saber pero va, me salgo.

Ambos descendieron como si hubieran tenido una contingencia y se aproximaron a una valla de madera húmeda y podrida.

-Dime que estás mintiendo.
-¿Con qué? ¿De qué hablas?
-¡Del dije, Viktoriya!
-¿Para qué te iba a decir mentiras con un simple corazón?
-¿Viste lo que traía dentro?
-¿Se abre? Lo he visto cerrado.
-Por Dios, ¿No hay posibilidad de que estuvieras mal?
-Reconocería esa joya en cualquier lado, ¿me creerás que la soñaba hasta que la tuve enfrente?
-¿Por qué no me lo mencionaste?
-Era un sueño recurrente, de lo más normal.
-¡Eso no es usual!
-¿Cómo iba a saber?
-¿Se lo confiaste a alguien?
-No que recuerde.
-Viktoriya, te voy a pedir un favor.
-Adelante.
-Nunca tuvimos esa charla, nunca supiste del corazón, no tienes ni la más mínima idea. Guarda el secreto.
-Es un hecho.
-Sólo no lo converses con nadie. Sube, luego pensaré qué hacer.

Vika se colocó en su lugar, desconcertada. Intuía tensión en su padre pero no le dirigió la palabra para no alterarle más, se recostó sobre su costado derecho y poco a poco, los ojos le fueron pesando. 

Vika no se había enterado de que estaba dormida y que el viento tropical le arrullaba cuando le pareció llegar a un bosque perdido. Ella lucía un abrigo negro y un sombrero típico ruso cuando una música de piano captó su atención y caminó por un sendero de grandes dunas de nieve y pinos inmensos. A su alrededor, todo se cubría de capas blancas y resplandecientes que le herían los ojos. Si daba pasos, sus piernas se hundían. Al cabo de varios instantes, arribó a una especie de claro, en donde una silueta femenina pero semi infantil agitaba los brazos y le bastaba posar las yemas de sus dedos para colmar de nieve aquel espacio cuyo verdor al cabo de un suspiro desaparecía. 

La figura lucía un vestido azul, pero la prenda desprendía hielo y los adornos del mismo eran copos cristalizados de una belleza indescriptible.

La silueta jugaba con la nieve y danzaba con gracia. El bosque era suyo y se percibía mayor frío conforme transcurrían los minutos. Viktoriya no obstante, alcanzó a percatarse de algo extraordinario: Alrededor caía una lluvia de diamantes que se adherían al vestido y las manos o bien, caían en espiral en torno al fantasma mientras sujetaba con fuerza un corazón que colgaba de su cuello. Vika no se aproximaba y abrió los ojos cuando su padre estacionaba la camioneta en un lugar cercano a la playa.

La percepción de que Carlota Liukin era la protagonista del sueño se hizo muy patente. Algo tan simple como pensar en ella, atraía una brisa extrema que daba temor sentirla, así fuera un roce. Viktoriya intentó olvidar el asunto, pero hallar a aquella chica en el mar, acompañando involuntariamente a Trankov, le dio un susto.

Al igual que el resto del mundo, Vika se subyugaba ante la belleza y la presencia gélida de Carlota, pero creía que en un descuido se transformaría en la imagen del bosque y sin piedad, le helaría la entrañas.

domingo, 17 de noviembre de 2013

El primero de los pretendientes


Annabelle Prölß y Ruben Blommaert / Fotografía de D&H Höppner© y www.annabelle-ruben.com


Enero, 1915

Lía Liukin recorría la ciudad buscando una droguería en donde le atendiesen justo la mañana que un barco de inmigrantes atracaba, causando expectación en los periodistas que buscaban información sobre la guerra en Europa. De acuerdo a los muchos curiosos, los nuevos vecinos estaban más que bienvenidos y procurarían mantenerlos lejos de la "plaga" que representaban los dorados.

-¿Serán franceses? A esta ciudad le vendría bien recibir gente sofisticada - comentaba una anciana que evitaba rozar una especie de mantilla con Lía al notar que estaba a su lado. La chica la miró alegremente, solo para evitar reírse.

-No lo creo, señora. Es un barco ruso - Comentó un corresponsal del diario de la ciudad de Toud.
-¿La guerra ha sido tan cruda? - preguntó Lía.
-Eso dicen. Para ser un conflicto corto ha involucrado a casi toda Europa.
-Entonces durará un año.
-Hay rumores de que las cosas empeoran.

Lía miró su canasta inmediatamente, pensando que en otras embarcaciones se encontraban decenas de personas buscando refugio. 

-¿Qué más ha sabido?
-Se presume que Alemania ganará, los países se han quedado sin dinero para financiar sus tropas.
-¿Tan rápido?
-Fue una guerra sorpresiva y con los nuevos inventos hay que hacer gastos.
-¿Cuáles?
-Gases venenosos, vehículos de motor, ametralladoras, aviones..
-¿Aviones?
-Se han construido muchos en pocos años, para los militares son indispensables.

Lía había oído mucho sobre aviones en fechas recientes: que eran de acero, que alcanzaban poca velocidad, que no mantenían su vuelo; ahora el columnista le decía que desde ellos se era capaz de disparar y arrojaban bombas, desbaratando a los anteriormente invencibles cañones o hundiendo barcos y arrasando ciudades enteras.

-Son una maravilla de la ingeniería a pesar de todo - concluyó el buen hombre. Ella se preguntaba como algo así podía ser bueno y se figuró que Matt Weymouth le respondería algo similar si le relataba lo que esas máquinas, que al menos ella nunca había visto, permitían realizar. 

-¿Ha venido a conocer a los visitantes? - inquirió el columnista.
-No, solo busco una droguería.
-Qué lástima, pude entrevistarla.
-¿Para qué?
-Pedirle su opinión, se nota su interés en asuntos internacionales.
-Me han contado poco, nadie sabe bien qué causó la guerra. Han dicho que mataron a un archiduque pero tampoco de eso hay que fiarse.
-Parece estar al tanto.
-No, solo son rumores populares - agregó Lía con inocencia.
-De algún lado debió salir.
-Pregunte a los tellnotellianos que vuelven a casa, ni ellos sabrían qué decirle.

El reportero se limitó a tomar un par de notas y preparar las placas para tomar la fotografía que ilustraría su artículo, al igual que otros colegas. Era también llamativo ver a los trabajadores del muelle barriendo las calles aledañas y colocando lienzos rojos con detalles dorados en el barco al tiempo que otros preparaban un carruaje y adornaban las esquinas con arreglos florales.

-¿Quién viajaría desde Rusia que se toman tantas molestias? -dijo la anciana.
-Un miembro de la realeza, señora - contestó Lía antes de irse con sigilo y constatar que una banda naval de Tell no Tales se dirigía al lugar a mostrar su respeto. Pronto, una multitud acaparó las banquetas y la chica aceleró el paso. Por dondequiera que fuese, se topaba con policías que animaban a la gente a salir de los edificios y a colgar mantas rojas.

-"Deberé avisar pronto" - pensó ella poco antes de llegar al convento donde se hospedaba y hallar a sus padres casi en la puerta.

-Lía, ¿Te has enterado de por qué nos piden estar fuera? - preguntó Goran Liukin.
-Un barco ruso ha llegado, padre.
-Eso no es motivo para tanto alboroto.
-Es por el visitante.
-Aunque debo preguntar: ¿Qué hacías en la calle? No te di permiso de pasear.
-Fui a las droguerías.
-¿Por qué razón?
-Prometí reponer tu hierba quemada, creí que alguien la vendería.
-Te he dicho que nadie conoce la planta.
-No está demás preguntar.
-Es inútil buscarla en una ciudad donde no saben de qué estás hablando.
-No me han dejado entrar a ningún local, es por la ley.
-Esa que de nada sirve.
-También hay lugares donde no podemos estar "por ser dorados", como la plaza principal. Intenté caminar por ahí para llegar a la herbolaria nueva pero me echaron.
-La vida se nos volvió difícil con estos políticos.
-Por eso fui al muelle, pero vi el barco y muchos periodistas. Están decorando las calles y enviaron una carroza.
-¿Tirada por mulas o por caballos?
-Caballos.
-¿Familia real? ¿Será un príncipe ruso?
-Han puesto telas rojas y motivos dorados, me pareció ver un águila negra imperial en una bandera y un escudo de armas. No lo tomes por certeza, no lo comprobé, pero el príncipe Wilhelm Van Cleave* ha vuelto, papá.
-¿Qué hace a bordo de un navío no alemán? 
-Han puesto rosas blancas, orquídeas y alcatraces; seguramente él ha conseguido una esposa o una prometida y la ha traído.
-Entonces no es conveniente verlo pasar. Ayúdame con la silla de tu madre y prepara la sala de descanso de nuestra celda.
-Me quedaré leyendo para ella, si me lo concedes.
-No, Lía. Permanece en tu habitación bajo llave, no abras la puerta del balcón ni te asomes al patio.

Sumisa, Lía siguió las órdenes de su padre, más por acabar con su propia curiosidad que por una genuina convicción de obedecerlo. Sin hablar, ayudó a colocar a su madre en una silla mecedora y le cubrió con una manta tejida blanca, besando su frente en el acto. Lía tomaría su llave con las ganas de que su padre le dijera que podía permanecer en ese sitio, pero él reiteró su determinación al notar que ella se resistía. La joven asentó y apenas aseguró el cerrojo de su propia habitación, encendió sus tres quinqués, segura de que el ruido de la muchedumbre no la perturbaría si mantenía su distancia de la puerta del balcón. 

Aislada y sin ocupaciones, Lía se consagró a revisar sus pertenencias recuperadas entre los escombros de su casa en el campo, hallando una caja de marfil pintada a mano donde solía atesorar sus cartas. La mayoría estaban un poco quemadas de los extremos, pero los textos no habían sufrido, si acaso la tinta era más oscura, definiendo mejor los trazos. Las letras eran pequeñas pero elegantes.

-"Te ofrezco un sueño, uno que al cristalizarse unirá nuestros corazones y nos inflamará con pasión por el resto de nuestras vidas. El sueño más noble que se tiene y que un hombre sólo puede realizar una vez, en mi caso te es entregado con fuerte convicción. ¡Dulce Lía! ¡No existe algo más sublime!... Una bella vida, un sueño de amor". - Se leía en una de esas misivas, que corría con la suerte de los papeles que se conservaban como archivo muerto, salían a la luz un segundo y se olvidaban para siempre.

-"No me olvides" - se pedía en otra. Lía meditaba por qué no se había deshecho de ellas, tal vez por cierta conmiseración con el desafortunado admirador. Sólo Dios sabría. 

-Lía Nathalie, te amo - oyó al cabo de unos minutos, dejando sus misivas sobre el colchón y retirando el candado que la apartaba del balcón. Matt Weymouth había dicho la contraseña y al verse, se apresuraron en cerrar. Él traía consigo algunos bocadillos y una botella de vino, proponiendo escaparse para un picnic en la pradera aprovechando la bulla al exterior.

-Mi padre se daría cuenta, no tardará en revisar que siga aquí.
-¿Por qué te ha encerrado? 
-El desfile.
-¿Te castigó?
-No he faltado, es solo que no desea que vea a la comitiva.
-Ni siquiera sabemos quienes son.
-Yo si.

Lía echó el vistazo a su cama y levantó el desastre.

-Debes marcharte, tu familia recibirá una invitación o el alcalde querrá que platiques sobre tus proyectos con las visitas. Hoy no es bueno que te escondas, Matt.
-No te comprendo.
-¿Crees que eres el único que me ha ofrecido séquitos y cortes o me ha rondado hasta conseguir un saludo al menos? Si lo has dado por hecho por el comportamiento de mi padre y su afán de alejar a cualquiera que osa hacerlo, eres un ingenuo y también un iluso. He recibido más propuestas de matrimonio que miradas tuyas, he podido escoger entre mercaderes y ministros y aún así he descartado cada sueño de amor por irrealizable. Alguna vez reyes y príncipes me buscaron y juraron compartir sus coronas y posesiones porque alguien les mencionó mi existencia y viajaron y viajaron para dejarse deslumbrar e irse con nada. Uno de ellos espera salir de su barco para ser vitoreado a esta hora y por respeto me quedo con el candado puesto, porque nadie sabe si finalmente me ha olvidado. Por los detalles puedo adelantar que ahora se ha casado, pero he de evitar que me tope en la calle.

La joven bajó la cabeza, constatando que Matt era un hombre celoso pero no destructivo ni posesivo.

-Eres el único, Matt - susurró Lía.

Él se preguntaba quién sería el pretendiente, si ella había sentido algún afecto, si le decía esto por enojo o por sinceridad.

-El príncipe Wilhelm Van Cleave era el más entusiasta y dadivoso, recuerdo que sus regalos y cartas dibujaban hermosas utopías sobre una vida sin sufrimientos.
-Nadie rechaza al hijo de un Káiser.
-No se atrevió a dirigirme la palabra ¿cómo podía enamorarme de él si no lo conocía? Y soñaba más de lo admisible. Los gobernantes no viven sueños de amor, dirigen con mano dura. Él no construiría su imperio, sólo viviría la ilusión de un reino feliz y jamás me gustó un poeta. Él y el resto no lo entendieron.
-Lía, yo también soy un soñador. 
-No, Matt. No eres un romántico.
-¿Entonces que soy?
-Un constructor.
-No tengo con qué levantar una columna.
-Te equivocas, sé que comenzaste a excavar los cimientos del ferrocarril sin ayuda y apartas las rocas del lugar donde has planeado alzar un barrio. Si te dijeran que debes prescindir de los albañiles y los arquitectos y hacer todo por ti mismo, pasarías el resto de tu vida erigiendo lo que te viniera en gana... Matt, tu no sabes lo que pensé cuando me hablaste por primera vez, pero supe que eras diferente, te gusta lo tangible y lo comprobable, así debas desafiar al tiempo para ver cientos de trenes en la estación que levantes ¿qué mujer en este mundo encuentra semejante hombre sin haberlo soñado? Yo jamás lo soñé. Eres un hombre que concreta, eso es más que suficiente para mí.

Matt Weymouth tomó asiento en el colchón, pasando por alto las hojas a su alrededor, viendo a Lía con interrogantes infinitas. Ella lucía titubeante. 

-Podríamos hablar luego, Matt.
-¿Por qué yo pude acercarme a ti?
-Por demostrar interés. Eso hasta la fecha es muy seductor.
-Jamás habías dicho eso.
-Hay tantas cosas que me encantaría hacerte sentir en lugar de hablarlas...

Matt Weymouth se incorporó velozmente y vió el rostro de Lía a contraluz, confirmando que pese a lo revelado, la inocencia de la joven no era una farsa. No había amores previos ni sonrisas obsequiadas antes de él, ni siquiera besos al aire o saludos sutiles.

 Lía Nathalie Liukin poseía secretos pequeños y mucho silencio sobre sí misma; pero el amor era la gran excepción entre los recuerdos de una vida casi monótona y plena de aislamiento. Afuera, el mundo se agitaba y se revolvía, pero en esa habitación oscura había cabida únicamente para los momentos íntimos.

Matt Weymouth besó a la joven y le abrazó con ternura largamente. Ambos respiraban con calma.

Goran Liukin no se apareció.