lunes, 8 de diciembre de 2014

Un instante de magia (Los relatos del adviento)



Sergei Trankov se ocultaba en el distrito XIII de París y volvió a su apartamento después de buscar a la familia Liukin por semanas. Convencido de que acercarse a ellos le acarrearía dificultades, no se había atrevido a preguntarle siquiera a Tennant Lutz qué podía hacer o a Adelina Tuktamysheva donde ir y le necesidad de lejanía le traía una ansiedad incesante.

-Si pudiera deshacerme de esta cosa - clamaba mientras se aseguraba de que su ropa cubriera bien el dije de Carlota Liukin, mismo que colgaba de su cuello y lo lastimaba terriblemente, ocasionándole sangrados por un roce profundo que se antojaba más doloroso. Él prefería no imaginar la causa para no quitársela y arriesgarse a perderla, así Lubov intentara infructuosamente sanarlo a diario.

-Carlota ¿dónde estás? - repetía al tiempo que su mujer trataba de llamar su atención besando sus mejillas y tomando asiento a su lado con un poco de algodón y agua oxigenada.
-Esa playera tiene más sangre que las otras, déjame ver.
-Lubov, estoy bien.
-Levanta los brazos.
-No me quites la ropa.
-Sergei ¿no te das cuenta? Tus heridas están peores, mira esta llaga y la piel se te escama ¡Ay, Dios! El dije se te entierra en el pecho, quítatelo.
-¡No, Lubov!
-Suéltame.
-No intentes hacer nada.
-¡Mi muñeca duele! Sergei…
-Si encuentro a Carlota Liukin, se lo daré enseguida.
-¿No has podido con eso?
-No.
-Te lastimaste, te aliviaré.

Lubov logró desprenderse de Sergei y buscó más agua oxigenada entre las repisas, al tiempo que la sangre adquiría una apariencia rojo brillante.

-Esto no va a doler - mencionó ella, despojándolo de la camisa y posando un poco de algodón en la herida más grande. Como él casi gritara, la mujer le tapó la boca.

-Perdona, es que no deben oírnos.
-Lubov, no sigas.
-Te puede dar una infección.
-Estoy bien.
-No digas eso.

Lubov entonces le besó la mejilla largamente.

-Voy a curarte - señaló enseguida y él no se resistió.

-Cuesta trabajo quitarte la sangre, siento que te lastimo. Mira estas marcas, dame ...

Sergei volvió a sujetarla fuertemente, pero la mirada angustiada de la mujer le hizo ceder.

-Esta cadena debe quedarse guardada en otro lado, eres tan sensible...

Lubov continuó frotando delicadamente el pecho de Sergei y lagrimeba por ver como la piel continuaba levantándose.

-Iré a buscar a esa niña por ti y le diré lo que su dije te ha hecho.
-¿Qué ganarías? Es inseguro que andes por ahí.
-¿Y cuándo te vas no pasa nada?
-No quiero que hables con Carlota Liukin.
-Sergei, no saldrás así.
- Ocúpate de tus cosas.
-Estoy angustiada.
-No sé por qué.
-Nunca te había visto tan mal, ni siquiera cuando los marinos te golpeaban.
-Me corté, no es grave.
-Has perdido muchísima sangre, te ves enfermo, ve a la cama.
-No, Lubov, tengo que salir.
-¡Sergei, te siento un poco frío!
-¡No te importa! - exclamó violentamente y se incorporó.
-¿Dónde vas?
-Me daré una ducha.
-Sergei, te estás tambaleando.
-No te fijes.
-Déjame aliviarte - sosteniéndolo.
-Lubov, tengo que entregarle a Carlota ese dije.
-Ven, te sentirás mejor con un jugo y primero te ayudaré con un baño tibio, no te esfuerces.

De forma torpe, Lubov Trankova condujo a Sergei a la regadera, lo desnudó por entero y dejó que el agua arrastrara la sangre hasta que el chorro llegó al piso totalmente transparente, mientras alistaba algo de jabón en una esponja para frotar las llagas sin presionar. Él batallaba por no quejarse.

-Qué horribles son estas marcas, no te pongas esa cadena por favor... Eso, relájate.

La mujer continuó besando a Sergei cuánto podía, acariciándolo y contemplándolo, sabiendo que era lo más cercano al tipo de contacto íntimo que anhelaba con todas sus fuerzas y que era posible que nunca sucediera.

-¿Te sientes mejor?
-Sí.
-Sergei, mírame. No vuelvas a hacerte daño, te lo ruego.

Él agitó la cabeza suavemente.

-Vamos, debo darte azúcar.

Lubov agarró una toalla y con sumo cuidado, secó el cuerpo de él y lo abrazó por última vez antes de vestirlo y recostarlo.

-Bebe, es jugo de durazno y creo que hay galletas, come todas. Iré por más antiséptico, no te muevas.

Pero Sergei no hizo caso. Lubov atravesaba la puerta de su habitación cuando él sujetó el dije y huyó por la ventana con un par de botas en mano, mismas que calzó en un tejado cercano. Los rayos del sol le ocasionaban ardor pero la sensación dolorosa le era indiferente al saltar de edificio en edificio hasta Montmartre, preguntándose en que balcón hallaría a Carlota Liukin o en que banqueta o rincón podría apartarla del gentío y demostrarle dos cosas: que era incapaz de quedarse con algo que no era suyo y sobretodo, que estaba vivo.

-¿Dónde estás, niña? - clamaba con insistencia mientras resbalaba en un techo y sufría en consecuencia otro sangrado, pero por el dije que hendía la palma de su mano derecha.

-¡Rayos! Carlota me va a matar - gritó antes de detener su marcha y percibir sus labios resecos. El temblor de su cuerpo era más intenso.

-Esta vez no me siento bien - pronunció antes de caer. Fue tal el ruido que hizo al golpear su cabeza, que alguien fue a revisar su techo.

-No se preocupe, sé a quien llamar - aseguró un muchacho que al notarlo agotado, realizó una rarísima seña de auxilio cubriendo sus ojos tres veces y tronando los dedos, misma que atendió Tennant Lutz con velocidad inmediata.

-¿Y tú eres?
-Luke Cumberbatch.
-¿Cómo sabes el código de Trankov?
-Memoria fotográfica.
-Nos cuidamos mucho.
-Recuerdo hasta lo que no se ve.
-¿Cuánto tiempo lleva el jefe aquí?
-No conté.
-¿Por qué no le levantaste la cara por lo menos?
-Porque respira y está ensangrentado.
-Lo regresaré con su mujer, gracias.
-Oye, Trankov está buscando a una Carlota.
-Lo sé.
-¿Sabes de cuál está hablando?
-Me prohibieron revelarle cualquier aspecto de ella.
-Mientras tanto, que bueno que él se mate.
-Algo pasó en Hammersmith, quédate con eso.

Lutz sujetó a Trankov y con la colaboración de Cumberbatch, lo cargó en hombros.

-Tennant, llévame con Carlota Liukin - susurró el guerrillero.
-Lo siento, le prometí a su mujer que ...
-¡Quiero terminar con algo! ¿Me llevas con Carlota o te acuchillo aquí mismo?
-Trankov, te ves mal.
-¿Qué hay que hacer para que obedezcas?
-Hey Lutz - intervino Cumberbatch - no sigas negándote. Trankov necesita médico y Carlota Liukin fue internada en Bércy.
-¿Carlota está en un hospital? - preguntó Sergei - Lutz ¿por qué nadie se tomó la molestia de avisarme?
-No quisimos exponerlo.
-¡Me habrían evitado esto!
-Es peligroso, hay periodistas en todas partes.
-¿Eso me ha detenido antes?
-No.
-Me las arreglaré.
-¿Qué hacemos con el testigo?
-Intégralo al grupo, es más inteligente que tú - replicó el hombre antes de sentirse fortalecido y dar grandes saltos a otras azoteas. Sergei Trankov parecía un gato.

El boulevard Bercy estaba al otro lado del puente y a diferencia del Distrito XIII, había que caminar mucho para llegar a cualquier lugar. El guerrillero lo comprendió sin hacer aspavientos, consciente de que un tropiezo o un parpadeo hacia atrás lo convertiría en un ser reconocible y por ende, perseguido.

-"Me planto, averiguo donde metieron a Carlota, le dejo el dije y me voy" - pensaba insistentemente y se echó a correr por el puente, seguro de que su pijama lo disfrazaba muy bien. El sol continuaba molestándolo pero pasar por el río le aseguraba cierta brisa fresca y un poco de sombra en el último tramo, sitio en el que debía tomar la decisión de ir por la izquierda o dar una vuelta para llegar a la parte trasera del hospital, que desde su distancia se veía algo alejado.

-¡Adelina! - exclamó al recordar que le había pedido ser casi la sombra de los Liukin pero ella tardó en aparecer, debido a que su labor le causaba pereza.

-Hola, amado líder, ¿qué pasó, amado líder?
-A buena hora te dignas venir.
-Es que no estaba lista.
-Creí que conocías las reglas.
-Me las sé de memoria, lo que no significa que las respete ¡dah!
-No tendrás regalo de cumpleaños.
-No te acordaste de cuándo fue, líder.
-Pero no hay tiempo de regañarte, llévame con Carlota Liukin.
-Ja, ja, ja ¿es broma?
-No me alegra que no lo sea.
-Pues mi respuesta es "no iremos"
-¿Qué? ¿Tú también te niegas?
-Acuerdo grupal.
-¡No te atrevas Adelina!
-No es mi decisión, líder.

Adelina decía adiós cuando Trankov perdió la paciencia y le apretó el brazo.

-¿Qué haces?
-Se te acabó la buena suerte, a mí me pones enfrente de Carlota o no pasas de esta tarde.
-No eres capaz.
-¿No?
-¡Me duele!
-No estoy jugando, ¡camina!

Atemorizada, la chica tomó el rumbo adecuado sin osar dejar de fingir que paseaba alegremente si un transeúnte le miraba, absteniéndose también de asustarse más por constatar que el guerrillero podía ser un enemigo letal si se le hacía enfurecer. Prácticamente, había que dar gracias porque él aun estaba en plan "amable"

-Carlota tiene una cama en Pediatría - dijo Adelina con apremio a una cuadra de distancia - Si llegas por la puerta principal, tienes que ir atrás de la recepción.
-¿Otra ruta de entrada?
-En emergencias a un costado, el lugar te quedaría al fondo.
-¿Algo más?
-Busca el número 502 en la habitación del pasillo central, hay como doce niñas compartiendo el sitio.
-Lárgate y no abras la boca.
-¡Pero Carlota va mucho al jardín!
-¿Dónde?
-Atrás de Pediatría hay una puerta.
-Adelina, no te conviene guardarme secretos.

Trankov se apartó con el único afán de hacerse pasar por un paciente o al menos burlar la seguridad, pero las sugerencias de Adelina eran imprácticas y notando que existía una puerta de servicio al lado de emergencias, tomó la alternativa.

-"Veamos, no hay una bata o un uniforme... Una bata, me salvé, ahora un mapa o algo... Oncología a la derecha, traumatología en la misma dirección, ¡pediatría! al frente, el jardín ¿habrá otra entrada? No y sí, sólo agacho la cara".

Inseguro, él se coló por el corredor, mezclándose entre los enfermos y asegurándose de que el personal no le preguntara nada, en vista de que el reflejo le devolvía una imagen poco saludable de sí mismo y su postura firme se debilitaba, recordando súbitamente su malestar.

-"Soporta un poco más, el jardín está ahí" - se ordenó al visualizar el paso a un metro. Deteniéndose para recuperar un poco el aliento, comenzó a buscar a Carlota Liukin entre los arbustos, observándola finalmente en una banca, leyendo y recibiendo el sol.

-¿Por qué no estás sola? - dijo al distinguir a una enfermera que se iba, probablemente para volver un poco más tarde. Al ser la única oportunidad, él se apresuró a terminar todo.

-¿Carlota, eres la única dentro? - preguntó fuertemente. Con su voz, ella cerró su novela al instante, se levantó y asustándose, esperó por la figura de Sergei Trankov.

-Carlota ... - dijo él. La joven tenía la piel erizada y casi imaginaba la respiración del guerrillero cuando una brisa movió su cabello.

-Te devuelvo tu dije.
-Ponlo en el pasto.
-Quiero dártelo.
-Lo recogeré.
-No sería lo mismo.
-Me da igual.
-A mí no. Carlota, tú me salvaste la vida.

La joven giró, abriendo más los ojos de contemplar a Sergei Trankov aproximándose. Notándolo tan mal, ella deseó por un momento abrazarlo, pero en su lugar le dio la espalda y recogió sus cosas.

-He venido de muy lejos, creí que te daría gusto verme.

Ella lo miró de nuevo, nerviosa porque él sangraba.

-Tu dije me lastima, tómalo por favor.

Carlota jamás había escuchado al guerrillero suplicarle algo tan en serio y le arrebató la cadena sin dirigirle la palabra.

-Te lo agradezco, niña.

Pero cómo él cayera rendido, Carlota lo tomó en brazos, sin saber si debía ayudarlo. Entonces las lágrimas se descubrieron en el rostro de ella, mismas que se escurrían en él y aliviaban su dolor. Al acariciarle las mejillas, la chica presintió que la misma muerte los rondaba y por cuidar a Sergei, lo cubrió con una cobija.

-Mi pulso es tan insignificante - comentó él.

Carlota en cambio, lloró más, pero el viento comenzó a girar alrededor de ella e inició una delicada lluvia de cristales de hielo que cubrió el jardín y se extendió por la ciudad lentamente, llenando de reflejos de colores hasta el mínimo espacio.

-Como en Hammersmith ... - murmuró Sergei Trankov y Carlota Liukin, evocándolo igualmente, se inclinó a estrecharlo con más fuerza y después de mirarlo a los ojos, lo besó en los labios.

-¿Qué hiciste? - cuestionó el guerrillero con vitalidad, pero la joven no contestó y él, un poco aterrado, se levantó y se apartó, notando que cada vez una lágrima de ella se estrellaba,  se transformaba en un diamante.

-Carlota...

Ella se vio rodeada de aquella fina lluvia y dio sus pasos hacia atrás, cerrando los párpados para conservar al hombre estando de pie como un hermoso recuerdo y no cómo él reaccionaba ya, pidiéndole que conversara, pero ella tan paradójicamente feliz, cerró la puerta del jardín y congeló el cerrojo. Los cristales de hielo formaban lindas figuras pero los que tocaban a Sergei Trankov borraban sus heridas, aunque él experimentara un miedo increíble a que Carlota Liukin le retirara el habla y en su lugar, se contentara con manifestarle un amor imposible.

lunes, 1 de diciembre de 2014

El escape (Primer cuento de la serie navideña "Los relatos del adviento")


Forza Caro!

Tamara Didier y Judy Becaud acordaron almorzar juntas cuando el turno de la primera como cuidadora de Carlota Liukin concluyera. Ambas parecían tener mucho de que contarse y aun así, su conversación se limitaba a sus episodios recientes, como el bochorno del restaurante con Miguel Ángel y el disgusto por una visita a la madre de Judy para pedir un préstamo, sin ignorar su creciente parloteo sobre Viktoriya, a quien miraban celosas.

-A veces agradezco que el teniente Maizuradze se haya marchado; se ahorró la úlcera provocada por Gwendal.
-A mí no me contó que tenía una hija más.
-Nadie sabía antes de esta mudanza tan catastrófica.
-Pero ella parece buena persona.
-No sé que le vio él.
-Yo tampoco; cuando le hablé en el aeropuerto parecía tan afectada.
-Si los Maizuradze lloran es en serio, lo sabré yo.
-Cuando Gwendal llegó, sentí que hasta se ponía un poco contenta.
-Entonces me retracto; Vika derramaba lágrimas de payaso.
-¡Tamara!
-¡Por favor! Es obvio que las usó para que el otro baboso anduviera detrás de ella. ¡No sé cómo no se me ... no se te ocurrió!

Vika había escuchado claramente, pero como sabía la historia entre Tamara y Gwendal, hasta entendía semejante comentario y elegía retirarse con él para evitar que las palabras subieran de tono.

-No puedo creer que Gwendal tenga novia.
-Honestamente yo casi le jalo el cabello a esos dos.
-¿Si lo haces, puedo hacerte segunda?
-Te estás volviendo mala, Judy.
-No, pero me caería bien desquitarme con ese papanatas.
-Papanatas, qué palabra.
-Será divertido si lo hacemos, que bueno que estamos juntas.

Tamara y Judy rieron un poco, evitando al máximo seguir a la pareja con la mirada. A su lado, Carlota Liukin tomaba asiento.

-¿Ese buen humor es por qué?
-¡Joubert!
-¡Se reconciliaron, qué lindo!
-Gracias, Judy.
-Te brillan los ojitos, te ves tan hermosa... Con esa carita ¿quien se quedaría enojado siempre?
-Voy a vomitar - intervino Tamara.
-Estoy siendo amable y digo la verdad.
-Párale a tu pastel.
-Ay, está bien.
-Liukin ¿harías el inmenso favor de volver a tu cama? Se supone que no te puedes mover.

Carlota contuvo su felicidad y se levantó delicadamente para ir a su dormitorio.

-Tamara ¿y mi papá?
-Viene en camino.
-Gracias y Haguenauer te estaba buscando.
-¿Por qué no me dijiste enseguida?
-Casi se me olvidaba.
-Pero a mí no se me puede olvidar nada tuyo.
-Fue sin querer. Voy a descansar.
-Te acompaño - dijo Judy y se incorporó haciendo la seña de que volvería. Tamara asentó y fue por más café, sabiendo que Haguenauer andaría cerca de la máquina expendedora y al igual que ella, rellenaría su vaso, alistándose para platicar sobre cualquier noticia.

-¿Quién te llama? - preguntó al verlo.
-Pasquale Zazoui, sólo para saber cuando retomo mi programa en Lyon.
-Carlota te va a extrañar.
-Posiblemente tú también.
-Contigo mantengo contacto a diario.
-Es curioso: nunca hemos dejado de hablarnos.
-Eso nos vuelve amigos reales.
-¿Le anuncio a Carlota que es hora de decirnos adiós?
-Los tres debemos resolver esto.
-Los cuatro.
-¿Quién es el cuarto?
-Ricardo Liukin.
-Cierto, no sabe que te vas.
-He llamado a coreógrafos, entrenadores y gente que podría ayudar.
-Gracias.
-¿Estás preparando tu comparecencia, Tamara?
-He escrito un borrador, nada extenso.
-Viene una época fuerte ¿no crees?
-¿Hay noticias?
-Malas.
-¿Multas?
-¿Al grano?
-Por favor.
-No quiero ser quien te avise.
-Romain Haguenauer, lo que sea, ya lo esperaba.
-Necesitas un abogado, juntar tus documentos y si tienes ahorros es hora de sacarlos.
-¿Estoy demandada?
-La federación no te defenderá; la fiscalía italiana te fincó cargos.
-¿Luca Fabbri fue acusado?
-Para tu consuelo, sí.
-¿Por posesión?
-Ambos tendrán que responder por el EPO y adicionalmente fuiste acusada por suministro de drogas; te salvaste a medias del asunto de las anfetaminas.
-Comprendo.
-¿Irás a enfrentar el proceso antes de la orden de Interpol?
-¿Van a pedirla?
-Si no te presentas en un mes, la prensa amará tus fotos esposada.
-Con esto y lo de Carlota me declaro con el año arruinado.
-Esa es otra cuestión que no te va a gustar.
-¿Por qué?
-La federación se toma muy en serio lo que Fabbri dijo y te van a notificar que estás vetada de toda actividad relacionada con el patinaje artístico por tiempo indefinido.
-¿Vetada?
-Se acabó, Tamara; al menos por ahora concéntrate en defenderte.
-Oh, lo estoy tomando tranquilamente.
-Hay un extra, tu alumna.
-¿Carlota? ¿Qué procede?
-Te removieron de su equipo técnico; si conoces a alguien que desee trabajar con ella o que no la odie, estará bien.
-¿Estoy desempleada?
-Los Liukin se volverán locos sin ti.
-No me necesitan.
-Dependen de tus reglas, lo sabes.
-¿Ricardo se enteró de esto?
-¿Por qué crees que viene? Recibió el oficio.
-¿Qué voy a hacer?
-No conozco abogados.
-No tengo un solo centavo.
-¿Sirven 100€? Es mi saldo disponible.
-Tendré que trabajar en... No sé hacer nada.
-Tienes talento, hay cosas que te pueden ayudar, en el periódico ofrecen de todo.
-Seré niñera.
-¿Segura?
-Haguenauer, préstame tu celular.
-¿A quién le vas a hablar?
-A nadie, voy por un diario.
-¿Estás bien?
-No me volveré loca.

Tamara actuaba cierto optimismo y aquello le permitió alejarse de su amigo para perderse entre el personal del hospital y los pacientes, yendo hacia el exterior sin levantar la vista del piso. En la banqueta había una cabina telefónica y ella se introdujo con el fin de contar las monedas que traía en el bolsillo, constatando su escasa suerte.

-Prefiero ir a la cárcel - se reprochó y abandonó la cabina para cometer el robo de una cartera, pero terminó devolviéndola y disculpándose; no sin huir de la escena.

-Adelina podría serme útil - caviló y fue a buscarla cerca, pero con tan mala suerte que la otra se negó a escucharla, alegando que no le interesaban sus problemas.

-Dame dinero, te lo pagaré.
-Si vas a entrar al bote, no me conviene.
-Nunca he querido un solo favor tuyo, pero el tren a Biarritz no tarda en salir.
-¿Serás una prófuga?
-Es una forma de verlo.
-20€
-Debí tomar el dinero de Haguenauer cuando pude.
-No digas que soy tacaña, ¿para que te alcanzan otros treinta?
-El pasaje de tren sencillo y tal vez un autobús después.
-¿Qué vas a hacer?
-Sé que compraste un celular ¿me lo prestas?
-Llama, pero si te pasas de dos minutos te lo quito.
-Hecho.

Adelina entregó con recelo su aparato y Tamara se apresuró en marcar aunque el resultado tardara y como resultado se estresara.

-¿Mamá?... Rayos, que no se corte ... ¿mamá? ¿por qué tardaste en contestar? ... ¡No me cuelgues! ¡Mamá! ... Ya te entiendo, déjame hablar... Me gusta escucharte pero ... ¡No me interesa si papá se cayó! ... Mamá, me urge ... Sé que siempre grito, pero... Mamá, voy a Biarritz... En tren llego a las seis y media ... Voy sola ¿cuántas veces te he dicho que no tengo novio?... No tendré uno ahora y no conseguiré compañía de aquí a mañana... Ni amigas ... ¡Dile a papá que no soy lesbiana y que no se meta!... No traigo equipaje ... No me gustan las frazadas ... No me estás oyendo, mamá es urgente.... Sí, sí estoy llorando... ¿Sólo podrías ir por mí?

Adelina no reclamó la tardanza después de que acabara esa charla.

-Gracias.
-¿Voy contigo?
-Quedamos en que no me has visto.
-Hoy por ti, mañana por mí.
-Nos vemos.

Tamara abrazó a la chica inesperadamente y esta última se vio a sí misma deseando suerte y desprendiéndose de más dinero para que la otra no pasara hambre en el tren. Poco después, la dejó de ver.

Caminando rumbo al hangar, Tamara Didier aprovechó para detenerse ante los puestos de fruta, preguntado a varios vendedores de donde provenía su mercancía mientras se animaba a comprar el boleto a Biarritz y atendía el sonido de los anuncios de salidas y llegadas.

-¿Saben a qué hora sale el tren?
-En quince minutos.
-Es mucho tiempo.
-Pero hay una corrida a Bayonne.
-Eso sería perfecto, ahí podría conseguir un pasaje a Biarritz o ...
-¿A qué pueblo va?
-Hasparren.
-Le queda más cerca Biarritz.
-Es que si pudiera marcharme rápido...
-Mejor vaya más directo, suerte.
-Gracias, buenas tardes.

La mujer dio media vuelta y se dirigió a la taquilla, en donde se colocaban los nuevos horarios para las corridas de las siguientes tres horas. El lugar estaba lleno y la venta fluía lenta, pero ella le pidió de favor a alguien que le obtuviera el billete sencillo. En medio de ese lugar, ella creía sentir un peso cada vez más aplastante.

-Tome, su tren está en el hangar ocho.
-Se lo agradezco, ¿hago algo por usted?
-Déjelo así.
-Tenga buen viaje.
-Igualmente.

Insegura y con un poco de frío, Tamara buscó el punto de salida y un vagón que le gustara. Sin derecho a una litera por pagar lo más barato y obsesivamente preocupada por permanecer sola en el camino, se aferró pronto a un asiento junto a la ventana, pensando en calmar sus nervios con un insignificante té; por otro lado, sus periódicos estaban abiertos en la sección deportiva y perfectamente doblados, como si fuera a consultarlos de vez en vez por incredulidad. Sabía que nadie iría por ella y no tendría encuentros casuales con gente que la reconociera, así que prestó atención al momento en que el convoy cerró sus puertas y recorrió los primeros metros mientras decenas de manos se despedían al exterior.

-Cuando estemos cerca de Arcongues ¿me avisaría? - solicitó ella al inspector.
-Con gusto señorita.
-Gracias, ¿tendrá algún diario de allá o de algún pueblo cercano?
Por supuesto, se lo traigo si gusta.
-En realidad, busco un mapa del Pays Basque*
-Guardaremos uno por allí, antes los diarios de allá publicaban varios a cada rato.
-Lo sé bien.
-Zer poza! Ez dago beste inor gogoratu**.
-Mesedez, frantses elebakarra.***
-Es una pena, su voz suena más interesante cuando no ahoga las erres.

Tamara observó al oficial con un poco de enfado pero este prosiguió.

-¿Dónde va?
-Quiero pasear, no tengo un destino.
-¿Sin equipaje?
-Viajo ligero.
-¿Por qué comenzar en Biarritz?
-Es una escala.
-¿Qué lugar busca?
-Hesparren.
-¿El pueblo o el valle? Están más cercanos a Donibane Lohizune****
-¡Saint Jean de Luz!
-Es el mismo pueblo.
-Saint Jean de Luz es más reconocible.
-No entre los lugareños.
-Si hubiera un tren desde París, lo abordaría.
-¿Por qué Hesparren?
-Ahí viven mis padres.
-Ahora todo tiene sentido.

Tamara asentó y el otro se levantó para volver a sus labores. Una vez fuera de París, no conversaron más.

En la travesía, poco a poco se iban mostrando una serie de paisajes cada vez más campestres y el viento cálido se hacía más presente cuando la mujer decidió levantarse y contemplar a los pasajeros que tomaban fotos o que lidiaban con sus niños mal portados. Algunos eran vascos y otros sólo querían conocer la región por curiosidad o por disfrutar de un barato fin de mes en hoteles poco conocidos e innumerables posadas. Ninguno iba a Hesparren y nadie mencionaba que pasaría por ahí; los menos hablaban de cruzar a España por Hendaye o pasar la noche en la propia Saint Jean de Luz antes de tomar ruta por Uzrugne. Tamara conocía muy bien la zona y figuraba lo que cada viajero habría de toparse; no obstante admitiera en su interior que no hallaba Hesparren y que se perdía cada vez que trataba de volver. Era tal vez por el desdén que le provocaba el campo.

Después de las cinco de la tarde, la joven mujer retornó a su asiento y a su lectura y no hizo el menor caso al personal que servía mesas o limpiaba el corredor; mostró su boleto de nuevo al encargado y se abstuvo de pedir un lápiz aunque tuviera ganas de escribir algunas líneas. En su lugar, prefirió armar barcazas pesqueras como las de Saint de Luz y jugar con ellas el resto de la tarde, consciente de que lucía extrañamente tonta. Afuera, el ambiente era frío pero ella, acostumbrada, no tiritó y menos se inmutó ante la calefacción del tren, misma que podía ser insoportable y le daba una sensación desagradable en los pies.

-Esta estación es Arcongues.
-Gracias.
-En veinte minutos llegamos a Biarritz, buen viaje.
-Como sea, gracias.

Sin hacer el menor gesto, Tamara clavó la mirada en la ventana y pronto notó que sudaba un poco. Estaba cerca del mar, así que era de esperarse y entendió que era hora de decirle "hola" al viento que la fastidiaba y a un sol brillante que le bronceaba en contra de su voluntad. Apenas y reconoció la entrada a Biarritz y había una muchedumbre en las calles, preparándose para una noche similar a la española, con bares y antros que escupirían gente a las seis de la mañana.

-Debí pedir el billete a Bayonne - susurró incorporándose para ser la primera en salir. Al detenerse el tren y abrir las puertas, ella saltó aliviada.

-¡Tamara! ¡Tamara es por acá! - gritaba alguien, pero su voz apenas se detectaba hasta que un hombre alto, con barba descuidada y un poco larga se aproximó.

-La loca es tu madre, camina.

Ella nada contestó y de mal talante siguió a su padre hasta la salida del hangar.

-¡Mi pequeña! Que bueno que nos visitas...
-Si nos visitara no tendríamos que venir por ella.
-¡Bernard!
-Es la verdad.
-No le hagas caso, Tamara. Tenía deseos de verte, de saber de ti, hace tanto que no llamabas.
-Mucha alharaca y lo que quieran pero conduje tres horas y ahora quiero volver a casa.
-La granja está a una hora - añadió Tamara.
-Tu padre se perdió, dimos varias vueltas.
-Se perdió, claro.

Los tres tomaron dirección al exterior y aun con la luz del día, se distinguía un jeep blanco muy viejo al que el padre de Tamara veía con satisfacción mundana.

-¿Dónde está la camioneta que les regalé?
-En el depósito de chatarra.
-¡Papá!
-Tamara, tu padre bromea, en realidad la cambio por esto.
-No es en serio.
-Me cabe más mercancía - remató el hombre.
-Mamá ¿por qué lo dejaste?
-Es que Bernard tiene razón.
-La camioneta era tuya.
-Pero no era tan práctica, con el jeep él va y viene sin problemas, lleva los pedidos y hasta salimos de vez en cuando.
-Al mercado en Espelette o a ver estúpidas cabras.
-Tu padre compró unas para hacer nuestro propio queso y no depender de la granja de Annick.
-¿La vendedora dejó de ser su amante?
-¡Tamara, por Dios que dices!
-¡Él se la pasaba metido con esa tipa!
-Le enseñó a fabricar queso casero.
-Eso me asqueó.
-Sólo sube al auto, se hace tarde.
-¡Ya oíste a tu madre! Tengo prisa, alguien debe prepararme la cena.
-¡Cocínala tú mismo!
-¡Anne, controla a tu hija!
-¡También soy tuya!
-Tamara, basta. Bernard, conduce por favor

Tamara se cruzó de brazos y cubrió su rostro con el suéter que su madre le daba. Ambas viajaban en la parte trasera.

-Voy a tomar el camino a Saint Jean de Luz y la desviación al pueblo - anunció el padre.
-¿No sería más fácil ir derecho?
-No es un tour, Anne.
-Pero sería bonito que Tamara viera lo nuevo.
-No hay una gasolinería en treinta kilómetros, mañana tendré que conducir a Hesparren a conseguir que me llenen los recipientes y el tanque.
-Creí que habías ido esta mañana.
-Fui a vender calabazas, no tuve tiempo.
-Pero llegaste con unos galones llenos.
-Debo surtir más si quieres ir a la playa el domingo.
-Te pedí que me trajeras pescado a la casa para no ir de madrugada.
-Paso mañana, a ver si te despiertas para que lo elijas.
-¿Dejarían de discutir? Me va a estallar el cerebro - dijo Tamara.
-Nadie está discutiendo, hija. Tu padre se olvidó de algo.
-Es lo mismo desde 1970.
-¡Luego dices que yo soy el que empieza, Anne!
-Tamara, por favor.
-¿Le vas a decir algo?
-Cálmate.
-¡Mamá, él es que está molestándonos!
-Esta vez quiero la fiesta en paz, contrólate hija.
-¡Ah...! ¡Ay!

Tamara apretó los dientes y giró la cabeza a donde no pudiera ver a su padre, no obstante su madre tratara en vano enseñarle los rebaños y los letreros verde pastel de la carretera, como si las novedades estuvieran encerradas ahí.

-¿Sabes que el castillo ahora es una granja de hortalizas? Cuando queremos una buena col, nos basta llevar una canastita de chiles+.
-Qué emocionante...
-Hija, te gustará acompañar a tu padre, las personas son muy amables.
-Si la familia que viviera allí no fuera tan convenenciera, te creería.
-Ahora nos atienden los hijos de Patxi Herranz.
-Júrame que no dijiste eso.
-Fran y Arantxa te aprecian mucho.
-Son de la clase de gente a la que ni de chiste le hablo.
-Fran todavía pregunta por ti, lo dejaste enamorado.
-Lo abandoné en una fiesta de verano a media frontera.
-No le importó.
-Con que no me lo encuentre, mejor.

El resto del trayecto fue silencioso, adecuado para aclimatarse y ver como los trigales se teñían de los colores naranja del crepúsculo mientras el horizonte se oscurecía en tonos morados. Ocasionalmente se leía "Hesparren" al lado de una flecha que indicaba a la izquierda, pero la desviación indicada era una que se hallaba junto al viñedo del vecino más proximo a la granja de los Didier. Tamara a lo lejos veía la casa de sus padres, toda de madera y de fachada azul, con un pequeño estacionamiento para bicicletas al frente y la diminuta bodega a la izquierda si veía de frente, además de un árbol enorme atrás.

-Bienvenida a casa, hija - expresó su madre cuando el jeep se detuvo.
-Bajen rápido porque guardaré esta chatarra - remató el padre.
-La educación es ejemplar.
-Tamara, ahora no.
-Mamá ¿por qué hay que aguantarle las groserías?
-No las hace con intención.
-¡No lo defiendas!
-Cocinaré la cena y no voy a enojarme antes, tú me vas a ayudar a poner la mesa y todos contentos ¿de acuerdo?

Tamara descendió con enojo creciente y con mala cara aseó sus manos en el fregadero. Tal vez, la impresión por regresar hubiera sido menos desagradable de no constatar que el comedor estaba demasiado grande y la sala se reducía a un sofá cercano a la puerta. ¿Qué había sucedido?

-Tu padre construyó una chimenea y en la cocina hay un horno de piedra ¿no te parece bonito?
-¿Cuándo hizo eso?
-Estrenamos en Navidad; yo te invité pero estabas muy lejos. En un momento tendré listo todo, el vino está arriba de la alacena.
-¿Qué harás?
-¿Comida? Morcilla con huevos, el favorito de mi hija y su padre.
-Ese es un desayuno.
-Es una ocasión especial, como cuando sacabas una estrellita en la escuela. Comías del plato de tu padre.
-¿Por qué no me morí de chiquita? - exclamó la joven al ver como Bernard Didier parecía recordar esos instantes al entrar con leños para encender fuego y acomodaba latas de cerveza en el refrigerador.

-No toques mi reserva 1993 - dijo él, aunque Tamara se diera cuenta de que era la única botella de tinto.
-Celebremos que nuestra hija vino a vernos.
-Porque tiene problemas.
-Bernard...
-Lee cualquier periódico para que sepas que necesita dinero.
-¡Calla!
-Es la verdad. Si le urge pagar al abogado, que trabaje.
-¡No arruines el momento, Bernard!
-Lo siento, pero me fastidia que venga para que la salvemos.
-Ella sabe que si se queda, tiene que ocuparse de algo en la casa.
-Si a esas vamos, hay un huerto de manzanas en el patio que requiere un cuidador. Tamara, empiezas a las seis de la mañana y ganarás 5€ la hora.
-Pensaba ir a la pista a pedir que me dejen encargarme del grupo de niños; como no son competidores, yo podría ... - añadió Tamara.
-Tienes toda la tarde para recoger manzanas y llevarlas a prensar ¿La cena estará lista en cinco minutos?

Anne Didier respondió que sí y frotó un poco la espalda de Tamara para reconfortarla.

-Tu padre ha puesto las reglas, yo te ayudaré de todos modos.
-Gracias.
-¿Me contarías qué pasó?
-Hoy no.
-Es que en los diarios te acusan de cosas terribles.
-Créelas.
-Mira, de Luca Fabbri no sé mucho, lo trajiste una vez a la casa, era un buen muchacho, muy risueño. Me ayudó a sacar el estofado del horno ¿te acuerdas?
-Sí, él era considerado.
-¿Es cierto que le diste unas sustancias para que compitiera?
-También las tomé.
-¿Qué estabas pensando?
-En ganar, mamá. Luca bajó su nivel y le ayudé, mal, pero lo hice.
-Tamara ¿cómo vas a salir de esto?
-No lo sé.
-Llamaré a ... Algún amigo abogado he de conocer, estaremos juntas ¿sí?
-Mamá, perdón por no hablarte antes.
-Tamara, está bien. Coloca los cubiertos, llevaré las copas.

La joven procedió a arreglar la mesa y colocó servilletas cuando su madre, alegre, anunció que el guiso estaba en su punto. La familia Didier no era muy protocolaria, no obstante, la situación ameritaba un poco de esmero y el ansiado silencio era un detalle que se agradecía. Bernard Didier tomaba el vino cada vez que veía a su hija y se abstenía de mirar a su esposa, que, compasiva, le sonreía a los dos, como si esperara que se sentaran a charlar al día siguiente.

-Perdón, no me siento bien.
-Tamara ¿llamo a un médico?
-Te va a decir que no me enfermé, mamá. Perdón.
-Oh, te acompaño ... Bernard, recoge todo, usa el lavatrastes.... Tamara, te llevo una toalla.

Anne Didier alcanzó a su hija en el baño, en donde la escena de rechazo era de rutina.

-Te acostumbrarás a la comida, ya verás. Te daré muchas vitaminas, te pondré fuerte, recoger manzanas te hará mucho bien, necesitas aire, ideas distintas en la cabeza. La morcilla fue demasiado pero mañana un plato de avena caliente te sentará.
-¡Tengo anorexia, mamá!
-No te doy permiso de impedirme meterte el bocado al estómago y me importa un comino si me dicen que tu recuperación es voluntaria o que debes comenzar poco a poco. Soy tu madre y te ordeno que comas todo lo que prepare porque en la corte no tendrás tiempo de reponerte. Cepíllate los dientes, usa el enjuague bucal del botiquín y descansa un poco. Te sacaré una pijama para que duermas lo más que puedas; preparé tu cama antes de ir a Biarritz.

Tamara bajó la cabeza y lavó su boca, un poco avergonzada ante su madre, que enseguida volvía a su buen humor y ponía una gran almohada en el colchón de su hija.

-¡Anne, voy a ver quien toca! - gritó Bernard, ocasionando que su esposa saliera con él para enterarse de lo que pasaba. Como en la regadera había una ventana, Tamara asomó la cabeza.

-"¿Arnaud Mélenchon? ¿Ese chef idiota?" - pensó - "¿Qué hace aquí?" - y eligió ir con sus padres, mismos que no pronunciaban palabra todavía.

-¡Mélenchon!
-Tamara, vuelve dentro - pidió su madre.
-¿A qué vino?
-¡Qué sorpresa! La hija no olvidó de dónde viene.
-Vete al diablo, ¿qué te trae por aquí?
-Vine por los famosos pimientos de Bernard Didier, los que son mejores que los de Espelette.
-¿También por calabazas?
-No estaría mal hacer un asado con las mejores verduras de la granja Didier.
-¿Otra cosita que se te ofrezca?
-Oye, Bernard ¿Pronto cosecharás manzanas? Veo que tu mejor empleada está lista.
-¡Hijo de pu...!
-Tamara, te creía educada, tu madre es decente.
-Los Didier no te venden, retírate.
-Tus padres negocian.
-No dicen pío.
-Deja a los adultos arreglarse, niña.
-Primero robas nuestras semillas y después nos arrebatas terrenos ¿por qué habría de tratarte bien? ¡Lárgate Mélenchon!
-¿Si no te hago caso, qué?
-Te echaré a escopetazos, ¿quieres averiguar?
-Bernard, controla a tu hija.
-Tengo que darle la razón- respondió el señor Didier - No hago tratos con idiotas.
-Es ilegal negarme la venta.
-Te quedaste con la mitad de los huertos de mi familia, deberías tener tus propios pimientos.
-Demandaré.
-Tú demandas y te llevo a la corte por apropiarte también el nombre del valle para tu estúpido hotel - reviró Tamara.
-Nadie te apoyaría.
-Tan segura estoy de que hay gente furiosa, que no seríamos los únicos en patearte el trasero y expulsarte del valle. Adiós Mélenchon ... Por cierto, tu comida sabe a tierra ¿lavas tus hortalizas u obligas a tus clientes a comer "súper natural? A Sanidad le va a encantar como llevas tu "concepto verde".
-Eso es mentira.
-Pero no tus platillos quemados, esos que dices que son innovadores "porque sale el sabor real cuando quitas lo negro"... Ja ja, lárgate.
-Eres una pésima defensora.
-Y tú un pseudo chef, imbécil.
-Me daré una vuelta mañana, será un placer ver como te cortas con los manzanos y te caen arañas, Tamara.

Ella no agregó más y Artaud Mélenchon subió a su vehículo.

-Hija, ven descansa.
-Mamá...
-Fue mucho por hoy, temprano vas a preguntar por el empleo y el huerto te espera. Te arroparé.

Tamara accedió y se introdujo a la casa, notando que la chimenea funcionaba y en las habitaciones se gozaba de la temperatura perfecta.

-Ya te acostaste.
-No me cubrí.
-Aquí está la sábana, luego la cobija, el cobertor y la frazada.
-Detesto las frazadas, mamá.
-Pero te confortan.

Anne Didier besó la frente de su hija y comenzó a arrullarla, cantándole como si fuera su bebé todavía y abrazándola para que el sueño llegase pronto.

-Mi niña, ¿qué voy a hacer contigo? - se lamentó y su marido se acercó.
-¿Se durmió?
-No se despertará.
-¿Qué te ocurre?
-Bernard ¿cómo la apoyaremos?
-¿En serio?
-Lo leímos, Bernard.
-Tamara debe defenderse sola.
-Presiento que no podrá, no sin nosotros.
-Tu hija está grande.
-¿Notaste que es anoréxica todavía? Le sostuve el cabello mientras me esforzaba en no llorar y la amenacé con obligarla a acabarse la avena de mañana; no recuerdo bien que le dije.
-Ese es su problema.
-¿Si se muere, seguirás creyendo lo mismo?
-No le des remedio, ella está consciente de lo que hace.
-Bernard, estamos hablando de nuestra hija.
-Resolverle la vida le hará más daño.
-Por eso la obligamos a cooperar aquí y me gusta que haya pensado en algo por su cuenta para juntar lo que pueda, pero la posibilidad de que vaya a la cárcel es real, no estoy dispuesta a que termine allí y menos así de mal como está. Que haya hecho trampa, que consuma drogas, que haya tomado desiciones estúpidas y mintiera no me tiene feliz y estoy de acuerdo en que afronte sus consecuencias; pero en el camino perdió a un bebé, tiene el metabolismo hecho pedazos y nadie la escucha ni la aprecia ¿Cómo la voy a abandonar? ¡Se está muriendo, Bernard!
-Anne...
-Es nuestra hija.

Bernard Didier se recostó al lado de Tamara y con su mujer, repitió la canción de cuna hasta el cansancio. Ninguna palabra adicional se podía pronunciar.
Aurtxoa Seaskan, canción de cuna vasca. Historia y traducción, clic aquí.


*País vasco.
**¡Qué alegría! Nadie más lo recordaba.
***Por favor, sólo francés.
****Donibahe Lohizune es el nombre en euskera del pueblo francés Saint Jean de Luz.
+Los chiles son conocidos como pimientos picantes o ajíes en Sudamérica y España.

domingo, 23 de noviembre de 2014

El mundo cambia



Judy Becaud había decidido despedirse del teniente Maizuradze y fue al aeropuerto días antes de saber que Carlota Liukin se hallaba en el hospital Bercy. Temerosa por la actitud distante de su marido y con una canasta en las manos, se había instalado en una sala de espera frente a una chica que insistentemente utilizaba su celular y temblaba llorosa.

-¿Cuánto tiempo vamos a esperar? - reclamó Jean Becaud.
-Lo que se necesite - respondió Judy.
-Te citó a las ocho y son las doce.
-Ten paciencia, él nunca nos quedaría mal.

Judy volvió a mirar a la jovencita que ahora miraba a uno y otro lado y de pronto pedía al teléfono y en un forzado francés que no la dejaran sola.

-Ven por mí - le dijo a un amigo y colgó. La señora Becaud entonces quiso ser compasiva.

-¿Te puedo...? Bueno, ¿podemos ayudarte en algo?
-No, gracias.
-¿Esperabas a alguien?
-Vine a buscar a mi papá.
-Oh, lo siento.
-Creo que él ya se fue.
-Vuelvo a ofrecerte una disculpa.
-¿Tiene pañuelos?
-Aquí, toma.
-Usted también lleva muchas horas sentada.
-Un amigo dijo que ... Tampoco encontré a quien vine a despedir.

Las dos se miraron detenidamente, una quedando más impresionada por la perfección de la otra pero con el suficiente desánimo para ignorar aquello y continuar con su agitación.

-Judy, vámonos - pidió Jean Becaud.
-Dame un minuto.
-Diez segundos.
-¿Estarás bien? - preguntó Judy a la chica.
-Sí, le avisé a alguien que me quedé aquí.
-De acuerdo, ¿no quieres nada?
-No, estoy bien.
-Debo irme, adiós.
-Adiós.

Judy se incorporó, sintiéndose triste por no poder hacer más, pero con la piel erizándosele por saberse cerca de una presencia conocida.

-¡Vika! ¿Cómo estás? ¿Qué pasó?
-Papá no se despidió de mí, no sé a que hora se fue, desperté muy temprano y no lo encontré, vine y supe que su vuelo salió, pregunté si él lo había tomado y escuché que no, creí que se le había hecho tarde y esperé mucho.
-No llores.
-No sé dónde está, tampoco me dijo donde va, no sé qué hacer.

Judy Becaud oía incrédula la voz de Gwendal Mériguet consolando a la desconocida, misma que le estrujaba con fuerza.

-¡Se fue a la guerra y no me despedí!
-Vika... Hoy haré todo lo que digas.

Gwendal abrazó a la chica con mayor fuerza y alzó la vista para reconocer a Judy, quien ciertamente lo observaba un poco esquiva, retrocediendo para no interrumpir y volviendo con su marido, quien por caminar con prisa y estar de espaldas, no se enteraba.

A Judy Becaud le afectó esa escena casi de inmediato, pensando que las coincidencias eran terribles, pero en el caso de Gwendal Mériguet algo tenía sentido: Él ni siquiera la había visto con el interés de antes y aquel acto en sí, no constituía novedad alguna. Lo que ocasionaba una reacción era el hecho de verlo genuinamente identificado en la preocupación de una joven que quien sabe de donde conocería, pero que se mostraba reconfortada con él y viceversa.

Ese pensamiento consumió a la señora Becaud por la tarde, cuando alejada del aeropuerto y voluntariamente asomada por la ventana de su apartamento, vio a su marido, intentando encontrarle alguna virtud que no lo redujera a un pobre diablo frente a un patán como solo Gwendal podía serlo, pero entre más buscaba, más se convencía de que había tomado las decisiones correctas al huir de Tell no Tales y permanecer casada. Jean era una pésima persona la mayoría de las veces, pero nunca le había hecho falsas ilusiones como el otro y de alguna forma, poseía mucho encanto. Cuando él, quizás adivinando esa conclusión, se aproximó para saber más, notó que en un portón cercano el mismísimo Gwendal introducía una llave y se encontraba a Tamara Didier, con quien no hablaba. Un poco después, Adrien Liukin salía para ver la calle.

-¿Sabías que estaban aquí?
-No, Jean.
-¿Qué bien, no?
-Podemos invitarlos a nuestro café.
-Veré que hay en la despensa.

Sin embargo, Judy no se atrevió a salir a la calle durante la semana y se contentó con ver como la familia Liukin desfilaba sin alcanzar a descubrirla, a pesar de que en el ventanal se distinguía su presencia. Asimismo atinaba a ver arreglos florales que constantemente recibía Ricardo Liukin con gesto pesaroso.

-Deberíamos visitarlos - sugirió su esposo, pero ella continuaba tomando su distancia debido a que Gwendal iba y venía constantemente, casi siempre acompañado por la misma jovencita de antes.

-"Nada tengo que hacer ahí" - se repetía y recordaba como había estado a punto de abandonar a Jean - "Qué tontería, de lo que me salvé" - y volvía su trabajo, indecisa de al menos de saludar a Tamara y pedirle que le guardara el secreto de su estancia.

-Si quiere, yo voy por usted - le ofreció un día Luke Cumberbatch y ella le tomaba la palabra cuando Joubert Bessette pasó enfrente de su local, haciéndola cambiar de opinión.

-¡Joubert, Joubert! - exclamó la mujer y el chico atendió de inmediato.

-¿Ju..? ¡Judy!
-¡Joubert, que alivio hablar con alguien!
-¿Qué haces aquí?
-Me mudé con Jean, ya sabes por trabajo.
-Qué bien, ¿quieres que le diga a alguien?
-No, sé donde están es que me dieron ganas de saludarte ¡y a Carlota! Extraño mucho a Carlota, ¿le dirías que me gustaría pasar a saludarla?
-Mmh, Carlota...
-¿Qué pasa?
-Está en el hospital, tuvo un problema en un oído, nada grave.
-¿Irás a verla pronto? Te podría acompañar.
-No, yo he tenido cosas que hacer.
-Ya veo, ¿pero le darías mis saludos?
-Le llamaré.
-¿Y si lo hacemos de una vez?
-¿Te urge?
-¿Podrías decirme si está bien? Así no sería inoportuna.
-La última vez estaba perfecta, si le ha pasado algo, no he sabido.
-¿Por qué?
-Judy, yo le pasaré el recado. Tamara irá a cuidarla, sirve que se entera.
-Creí que tú le avisarías a Carlota.
-No, pero con gusto se lo pediré a alguien más.
-¿Pasó algo contigo?
-No, es sólo que estoy ocupado.
-Es que cuando Carlota se sentía mal, tú eras el primero en no separársele.
-Ahora es diferente.
-¿Todo está como lo dejé?
-¿Qué quieres decir?
-Carlota y tú siguen juntos ¿verdad?

Joubert separó un poco sus labios pero no dijo palabra.

-¡No! ¿Qué sucedió?
-Judy, no quiero ser grosero pero no hablo de eso.
-Perdóname, es que yo los creía tan contentos.
-No te fijes.
-¿En qué hospital puedo preguntar?
-En Bércy.
-Ay, no sé llegar.
-El metro te deja en la esquina.
-Bueno, es que hay un problema.
-¿Cuál?
-No tengo dinero para pagar el metro - murmuró la señora Becaud.
-¿Te presto?
-Tal vez si le pido a Jean...
-Judy ¿tu intención es pedirme que te lleve?
-No, como crees.
-Quiero la verdad.
-Rayos... ¿Por favor?
-Oye, no quiero visitarla.
-¿Por qué no? ¿Se enojaron mucho?
-No sólo eso.
-¿Le hiciste algo malo?
-Estoy molesto y no le contesto el teléfono.
-¡No, Joubert! ¡No hagas eso!
-Judy, tengo ... Estoy con otra cosa, disculpa que no te ofrezca dejarte cerca; le pasaré tu mensaje a quien pueda dárselo a Carlota. Buen día.

Judy Becaud quedó de una pieza por unos segundos, pero recuperando el valor, sujetó el brazo de Joubert.

-Necesito ver a Carlota, te pido por las buenas que me dejes en el hospital.
-No tengo tiempo, disculpa.
-Esto me urge.
-No quiero pasar a ver cómo está Carlota, no insistas.
-Claro que lo harás, grosero.
-¡No puedes obligarme!
-¡Pero te puedo suplicar de rodillas!
-¿Qué? ¡No!.... ¡No hagas una escena!
-¡Entonces vamos!
-¿Qué parte de "no quiero saber de Carlota" no se entiende?
-"No quiero saber de Carlota"
-Argh.
-Joubert, te lo ruego.
-No te... Levántate, por favor.
-Ni siquiera tienes que pasar, con que me dejes en la puerta está bien.
-Sólo levántate.
-¿Y si te pidiera que me acompañes?
-¡Pero qué te sucede!... Judy, por dios.
-Prométeme que al menos la vas a saludar.
-¿Por qué estoy aquí?
-Hazlo por mí
-¿Y no vuelves a hacer estos berrinches?
-No, para nada, lo juro.
-De acuerdo, toma mi casco.
-¡Viaje en moto! Qué generoso.

Joubert aun dudaba pero Judy Becaud se colocó en su lugar y él prendió su moto sin chistar, queriendo ser un poco cortés. Durante el viaje, prefirió ignorar un poco el tráfico y preguntaba con insistencia a la mujer si estaba cómoda y la alertaba sobre la distancia, el viento y otros motociclistas.

-Es aquí, ¿todo en orden?
-Manejas muy mal.
-Perdón.
-Casi muero del susto, pero lo que cuenta es que llegamos completos.
-Bueno, entre más rápido, mejor.
-¡Hey! ¿No querrás pasar así nada más?
-¿Ahora?
-Sé amable y lindo, regálale a Carlota unas flores.
-Eso no.
-Pero tienes que ser educado, te sugiero sus favoritas.
-Judy, no vengo feliz.
-Pero habla con ella, las flores son para calmarse.
-¿Por qué en cada hospital hay un vendedor?
-Porque los enfermos se sienten mejor si reciben regalos.
-Carlota no está enferma.
-Tal vez, pero no le caería mal algo bonito.

Judy Becaud sonrió y Joubert la siguió hasta la florería ambulante al lado de la puerta. Como el chico eligiera camelias blancas, ella no objetó y hasta confió en que no saldría huyendo al adelantarse para registrarse en la recepción.

-Buenas tardes o días, soy Judy Becaud y busco a Carlota Liukin.
-¿Otra periodista?
-Soy amiga de su familia.
-Ayer una reportera de TF1 trató de hacerse pasar la prima, ¿por qué le creería a usted?
-Es que yo la conozco, puede preguntar y no vengo sola, me acompaña Joubert Bessette.
-Ajá, todos podemos soñar.
-Es en serio, ¡Joubert, ven acá! ... Espere un segundo ¡Joubert!

Como el chico sintiera pena por Judy, regresó a su lado.

-¿Qué quieres?
-Que no te vayas, por ejemplo.
-Oh, lo siento - intervino la enfermera - Qué gusto que venga por aquí, joven Bessette. Señorita, discúlpeme ¿gusta esperar en el corredor? Hay asientos ahí.
-Bueno, me parece.
-Rápido, por favor.

Joubert y Judy fueron guiados al fondo, a un sitio donde escasa gente pasaba. La mujer distinguió enseguida a Tamara Didier cuando abandonaba un dormitorio, pero prefirió pasar de largo para que no la reconociera. Ocasionalmente, unos grupos de niñas corrían por ahí, pero Joubert pronto fue detenido por sus admiradoras adolescentes, entre ellas Coralie Pokora.

-¡Chico! Pensé que ya no venías.
-Es algo rápido.
-¿Después vamos por ahí?
-Tengo un ensayo.
-Te acompaño, ya casi dejo de cuidar a mi hermanita.

Judy no prestó atención a esto, dado que en Tell no Tales las muchachas se ponían locas ante Joubert. Continuando con su paso, dobló a la izquierda.

-Carlota fue a caminar, pero ya regresa - anunció la enfermera.
-Ojalá le guste verme, hay tanto que contarnos.
-Qué sorpresa que el joven Bessette haya venido con usted.
-Lo conozco desde hace tiempo, lo mismo que a la niña.
-Entonces no la ha visto, ella ha cambiado.

Deteniéndose de golpe, Judy abrió más los ojos cuando, imprevistamente, se encontró nuevamente a Gwendal con compañía.

-La señorita Liukin es muy querida, su tío está muy atento a diario.
-¿Quién está con él?
-Viktoriya Maizuradze.
-La conozco.
-¿También?
-De vista, intercambiamos unas palabras en el aeropuerto.
-Ellos no lo admiten pero son novios.
-¡Qué!

La exclamación de Judy fue tan fuerte, que apretó los labios e inútilmente quiso esconderse, pero Tamara la había escuchado tan claro, que la abrazó en segundos.

-¡Amiga!
-¡Tamara! Qué bien luces.
-Gracias, tú ¿el vestido es nuevo?
-Eso quisiera.
-¿Cuándo volviste a París?
-En mayo.
-¡Me hubieras avisado!
-Fue improvisado.
-Dime que te estás divorciando.
-Quiero más a mi esposo que antes.
-¿Viniste con ese inútil?
-¿Sigues soltera?
-Me ganaste.
-Ok, luego hablamos; conseguí que Joubert me trajera, supe lo de Carlota y no me aguanté las ganas de visitarla.
-¿Joubert? Pero ya terminó su historia.
-Estamos aquí.
-Qué bien. Judy, te extrañé.

Las mujeres se apretaron mutuamente y continuaron conversando sobre sí mismas, al grado de olvidar que una estaba de paso y la otra a cargo de una joven Liukin que al verlas, decidió tomar otro pasillo sin importar que cierta alegría le provocara el reencontrarse con una amiga muy querida. El ánimo no le daba para ese impulso mientras a escondidas, continuaba marcando el número telefónico de Joubert Bessette y rezando para que este al fin le contestara.

-¡Carlota! - la llamó Miguel Ángel al hallarla.
-Mensajero, lo que hayas traído se puede quedar en mi cama, luego lo reviso.
-Es que no ha sido un regalo.
-¿Qué te trae por aquí? ¿Una carta?
-No, perdón.
-¿Entonces? ¿Eres un fan? ¿Te pagaron en una revista? ¿Un autógrafo?
-Calma, no voy a molestarte.
-¡Tienes toda la semana aquí!
-Porque hice lo que me pediste.
-¿Qué cosa?
-Lo que estuvo en mí para que no llores.
-¿Qué quieres?
-Avisarte que logré encontrar a Judy Becaud.
-Ya la vi.
-Pero gracias a ella, Joubert Besette ha venido a verte.
-¿Dónde está?
-Cerca de tu cuarto.

Carlota susurró algo para sí misma y emocionada, retomó el paso, sin importarle que su cabello estuviese enredado y sus ojos enrojecidos, que su atuendo fuera una bata y que calzara sus pantuflas desgastadas. Con cierta distancia, ella iba escuchando más la voz del joven Bessette y se iba llenando de lágrimas más intensas. Sólo le bastaba cambiar de pasillo para comprobar que era él.

-¡Joubert! - exclamó al concretar su descubrimiento. Hubo enseguida un silencio general y quienes los rodeaban se detuvieron sólo para quedar boquiabiertos ante el rostro de Carlota, tan expresivo del dolor que había experimentado en días; tan esperanzado en esos instantes. Joubert Bessette enmudeció también un poco y se apartó de sus admiradoras sin olvidar el ramo de camelias.

-Parece que te veré luego, Joubert - mencionó Coralie Pokora, pero este contestó con un "no" bastante claro y la ignoró para colocarse enfrente de la joven Liukin.

-Carlota...
-¡Joubert! - abrazándolo.
-Te traje un obsequio y tenemos que hablar.
-Está bien.
-Vamos, ¿quieres dar una vuelta?
-El jardín de este hospital es bonito.
-Pondré tus flores en ... ¿Tu florero está ocupado?
-Ayer lo vacié.
-Andando.
-¿Quieres chocolates?
-Claro, nos hacen falta.
-Y al fin podré decirte que pienso de tu demo.
-¿En serio?
-Adelina me hizo una copia ¡ojalá no nos volvamos a enfadar!

Joubert abrazó a Carlota y ella paró su llanto. Los demás se hacían a un lado para que salieran en paz.



lunes, 17 de noviembre de 2014

El abandono del pasado





Luiz despertó a Bérenice más o menos a las diez de la mañana, cuando la nieve había cedido su lugar a un cielo lluvioso y no se podía abrir la ventana porque el viento apagaría la estufa. Para que ella se sintiera más animada, él había tenido la ocurrencia de llevarle un pequeño desayuno a la cama.

-Gracias.
-Creo que ya no tuvimos pizza para la cena.
-¿Tenemos hambre, no?
-Te preparé café, o bueno, un intento es que no tenía mucho.
-No importa, se ve rico.

Bérenice mandó un beso y con gran apetito mordió un trozo quemado de lo que se suponía era el manjar del día anterior y dio el sorbo a un agua con sabor a tierra, pero lo hacía con tal apetito que aquellos desastres parecían delicias.

-Encontré una cajita con dulces rancios para quitarte el sabor de ...
-Gracias Luiz, tenía mucha hambre y esto sabe muy bien, no quiero caramelos.
-Podemos cruzar y comprar una malteada.
-Estoy bien, eres un gran cocinero, Luiz.

El chico comenzaba a dudar que Bérenice hablara en serio, sin embargo era lo que sucedía y en un abrir y cerrar de ojos, ella había dejado limpio el plato.

-Debería darme un baño.
-No hay agua en el edificio.
-Es que quería visitar a papá y ahora tengo el cabello hecho un desastre.
-Él no lo notará.
-¿En serio?

Luiz no respondió pero ayudó a la mujer a levantarse y se abstuvo de verla vestirse cuando ella le contaba que había soñado que jugaba en la nieve.

-También soñé contigo.
-¿Qué estaba haciendo?
-Es muy raro Luiz, te quedaste parado.
-¿Qué más pasó?
-Nada, por eso no le presté mucha atención y olvidé casi todo.
-Qué lástima.
-¿Cuando regresemos podríamos hacernos bolita?
-Sí, lo que quieras.
-Deséame suerte con papá.
-Bérenice, tengo que decirte algo.

Ella alzó el rostro como si se hubiera confundido y al ponerse un gorro, su mirada se tornó interrogante.

-Tu padre vino ayer.
-No entiendo cómo pudo.
-Un espejo.
-Tiene sentido.
-Ponte contenta, todo saldrá bien.

Bérenice sonrió y pronto se acercó al lavabo para asear su boca y Luiz le preparaba una manta para que dejara de tiritar.

-¿Nos iremos caminando?
-Afuera hace mucho frío.
-Bueno, tengo mi balín. Luiz, estoy nerviosa.
-Estoy contigo, calma.

Bérenice besó la frente del chico e insegura, se colgó de su brazo antes de abrir un portal y constatar que su padre no se hallaba solo, pero pasando saliva, decidió tener un poco de valentía y atravesó el espejo a sabiendas de que el momento era el menos indicado.

-Buenos días, señor Mukhin - saludó Luiz - Hemos venido a visitarlo.
-Hola, creí que vendrían más tarde.
-Bérenice tenía muchas ganas de verlo.
-Ella puede notar que me encuentro bien.

La joven bajó la cabeza y juntó sus manos.

-¿Gustan chocolate? Se nota que han pasado una pésima noche.
-Dormí como bebé - respondió Bérenice impulsivamente.
-Por alguna razón te ves cansada, demasiada fiesta provoca ese mal aspecto.

Luiz no supo qué decir y ella apretaba los labios por la vergüenza que sentía ante su padre furioso y la posibilidad de que el invitado que lo acompañaba estuviese escuchando. Con talante infantil, Bérenice tomó asiento en el sillón y apoyó su rostro entre sus dedos antes de que sus ojos miel brillaran un poco más y los posara al frente.

-Matt Rostov vino a tomar algo y ya se va - Mencionó Roland Mukhin con voz menos severa.
-Qué.. Es bueno que te atienda todavía.
-Es un viejo amigo, nos frecuentamos.
-Al menos no te quedas solo.
-¿Sabes que Matt ahora trabaja en un hospital? Es bueno que no pierda la práctica.
-Me alegra.
-En el otro lado se puede obtener medicina, ¿es admirable su labor, no crees?

La joven no tuvo ganas de contestar y no comprendía que su padre mencionaba esas novedades en un intento de volverla consciente de lo mal que había actuado una vez más. Bérenice se limitó a voltear hacia la cocina y confirmar que el doctor Rostov ingería una manzana y no le importaba su presencia.

-Matt me contó sobre su nueva compañera, Courtney. Ella también se dedica a atender pacientes y se ha convertido en una asistente o algo similar.
-Mira, qué bien.
-Pero Luiz es un chico muy hábil, aprende de todo, eso es muy útil.
-Es un gran hombre.
-Perfecto para una niña como tú.

Los presentes voltearon hacia Roland Mukhin ante tal sentencia.

-Matt, llegarás tarde a cubrir tu turno.
-Señor Mukhin, me llevo otra fruta.
-¿Para Courtney?
-Por supuesto, hasta luego.
-Cuídate.

Luiz realizó un ademán de despedida y Matt Rostov cruzó hacia su destino mientras Bérenice le veía partir con la curiosidad de saber quien sería la tal Courtney.

-Matt no acepta que no tardará en invitar a salir a su compañera.
-¿Qué te ha dicho?
-¿De qué?
-De esa mujer.
-Tú sabes que Matt no habla mucho, él simplemente hace las cosas.
-Es que me sorprende.
-Él encontró a una chica lista, es natural que busque su atención.
-Es que él no suele ser amigo de nadie.
-Matt no quiere la amistad de Courtney.

Bérenice usó sus yemas para posar su cabello detrás de las orejas y después los colocó en sus labios.

-¿Pasaron buena noche?
-Sí, papá.
-Me alegra ¿desayunaron?
-Luiz me sirvió algo en la cama.
-Qué detalle y más con el frío.
-Después él me dijo que habías ido a vernos ayer.
-Quería saber si no tenías problemas.
-No, ninguno.
-Es bueno que hayan venido, ¿van a quedarse?
-Pasamos a saludar.
-Está bien, de todas formas he encontrado qué hacer.
-Luiz y yo pensamos es ir al otro lado.
-Les encargaría un poco de miel.
-¿Quieres venir?
-No, Bérenice.
-Papá...
-Cuando vuelvan les pediré algo.
-¿Y si no nos fuéramos?
-Luiz ¿le dijiste por qué estuve en tu apartamento?
-No, señor, es mejor que usted lo haga.
-Concuerdo. Bérenice, ve a tu cuarto.
-¿Por qué?
-Puse tu sábana favorita, ve a dormir decentemente.
-No quiero darte más dolores de cabeza.
-Precisamente por eso, además se nota que te hace falta descansar. Luiz, ¿me pasarías una taza con té que dejé en la cocina? Tengo que tratar algo contigo.

La joven no sabía si obedecer pero le llamaba la atención lo que su padre señalaba y con cierta premura se dirigió a su antigua habitación y cerró la puerta.

-Luiz, siéntate y cuéntame ¿cómo pasaron la noche?
-Tranquilos, aunque yo dormí aparte.
-No era necesario aclararlo.
-No lo menciono por eso.
-¿Por qué no platicaste con Bérenice sobre anoche?
-No creí que fuera bueno que se hiciera ilusiones, usted se molestó bastante con ella.
-Acepto que me enfadé pero hace falta alegría aquí.
-¿En serio desea que ella vuelva?
-La extraño, Luiz.
-Ella le iba a pedir perdón.
-No hace falta.
-Ella creía que usted no le volvería a dirigir la palabra.
-No me permitiría semejante acción... Cambiemos de tema.

El hombre tomó un poco de té y sonrió para continuar su charla.

-¿Bérenice se porta bien?
-¿Cómo?
-Supongo que no se han enojado aunque sería muy pronto todavía.
-¿Discutir? No, hasta el momento no ha habido dificultades.
-Pero han ido a muchos lugares.
-Disfrutamos pasear.
-¿Conversan mucho?
-Sí, ella siempre parece tener algo de que decir.
-¿Y tú?
-Escucho, es que en comparación no he vivido.
-Con el tiempo esa barrera se desmorona.
-Ojalá.
-¿Bérenice te ha enseñado sus medallas?
-¿Cuáles?
-Qué raro, ella siempre las presume. Hay una caja debajo del librero, te mostraré.

Luiz no demoró en tomar tal y la extendió al señor Mukhin, que retiró la tapa con una enorme sonrisa.

-Mira, las puso en orden.
-¿Por qué tiene tantas?
-Las ganó cuando era gimnasta, yo no he contado cuántas son.
-¿Por qué me dijo que había sido mala?
-Bérenice era excelente, creí que se sentía orgullosa.
-¿Por qué mentiría?
-Tal vez no sintió confianza.
-Pero yo me habría sentido muy feliz.
-Al parecer, ella no tanto.

Ambos siguieron atisbando preseas y criticando sus diseños poco antes de que Bérenice saliera de su habitación con ropa limpia y su cabello húmedo, poniendo cara de desagradable sorpresa con la escena enfrente.

-¡Esas son mis cosas, nadie puede agarrarlas!
-Perdón, creí que a Luiz le gustaría verlas.
-Estaban en el piso y ahí deben quedarse, no quiero que las toquen ni que pregunten.

La chica metió sus premios y los sepultó entre las plantas próximas, reiterando que no toleraría que las volvieran a tocar o mencionaran el tema.

-De acuerdo, pero no voy a olvidar el lugar en el que ocultaste esa caja.
-Papá, por favor no saques nada.
-Estaba siendo amable con Luiz.
-Basta, de todas las cosas que tal vez merezco, ésta no era una.
-Bérenice, por un momento pensé que hablar de tus logros con este muchacho estaría bien.
-Pues es malo.
-¿Por qué? Eras una estupenda atleta, el Gobierno Mundial te condecoró.
-Eso se acabó y Luiz no tenía que saberlo.
-Tarde o temprano se iba a enterar.
-Por algo le dije que no servía para la gimnasia y debió quedarse así.
-¿Dónde vas?
-¡A estar sola!
-Entonces ¿te perderás la noticia?
-¿Cuál?
-Que vuelves a esta casa y Luiz vivirá contigo.

Bérenice reaccionó sosteniéndose en una pared.

-Este chico te quiere, tú también a él ¿no sería mejor que ambos se quedaran en este lugar? Hay agua caliente, reparé el lavavajillas, tenemos donde almacenar comida y ...
-¿Dónde dormiría? ¿Qué se supone que haría aquí dentro?
-Luiz puede estar en tu habitación y ayudaría con la limpieza; además ambos trabajan y al final del día se verían aquí.
-Tengo poco tiempo con él.
-Pero quién los desea juntos, soy yo.

Bérenice no podía más con la pena y no respondió más que para excusarse por irse un momento, cruzando hacia la Tell no Tales en la que Matt Rostov parecía esperarle en el patio del hospital.

-¿Oíste todo?
-No pensé que con Luiz las cosas eran distintas.
-Le mentí, Matt.
-¿Motivo?
-¡No quería que supiera que todo me estaba saliendo bien en la vida!
-Bérenice, no es verdad.
-¡Luiz nunca tuvo nada, él jamás iba a conseguir nada!
-¿Cuál es el problema?
-Que era gimnasta, Matt. Le quitaba el pan de la boca a cualquiera para ganar una mugrienta imitación de oro, derrochaba dinero del erario para mantenerme perfecta, ofendo a mis vecinos con solo pasar por la calle ¡porque todos saben cual era el trabajo real de una gimnasta! ¡A una gimnasta la bañaban en champagne, la vestían con sedas, le concedían privilegios y a cambio pasaba tiempo entre alcobas! ¡Tú me viste! ¡No sé cómo no te daba asco besar mi boca cuando el mismo día la usaba para obtener un perfume nuevo o unos aretes!
-Bérenice, ya pasó.
-Luiz me importa mucho, por eso no le platiqué, ¡ni me atrevo a pedirle nada!
-Otro se habría ido con tu aborto ¿te das cuenta de que por unas medallas tampoco va a dejarte?
-No, Matt. Yo buscaba poner mi vida atrás, que Luiz estuviera conmigo sin que se enterara de todo ¿por qué no puedo?

Matt Rostov no agregó una sola palabra y condescendiente, abrazó a Bérenice hasta que apareció la doctora Courtney Diallo por ahí.

-Tengo trabajo.
-¿Ella es tu amiga?
-Sí, Bérenice.
-Ve, suerte.
-Gracias y por favor, no llores ni te angusties, Luiz es un chico que te quiere.

Matt Rostov sonrió y Bérenice agitó su mano para decir adiós, mientras Courtney los contemplaba sin atinar a sentir algo al respecto salvo una pequeña alegría cuando su compañero se resistió a voltear hacia atrás.

martes, 4 de noviembre de 2014

La fuerza del corazón


¡Te amo, Miguel!*

En las calles de París se disfrutaba un hermoso verano todavía y Miguel Ángel pensaba en cuál sería un buen detalle para presentarse ante Carlota Liukin y comenzar su trabajo, aunque no sabía que esperar. El viejo del muelle no le había dado detalles sobre ella y otros ángeles no la ubicaban bien, aunque la mayoría aconsejaban llevarle una tarjeta de las que vendían en los kioscos y unas flores para no asustarla. Él no estaba muy seguro.

-¿Si quiere decirle "hola" a una joven, le regalaría algo? - le preguntó a la vendedora de periódicos.
-La tarjeta no se vería muy bien.
-Lo imaginé, entonces ¿qué podría ser apropiado?
-Depende ¿ella le gusta?
-Quiero conocerla nada más.
-Con el saludo es suficiente ¿para qué quiere un regalo?
-Tengo entendido que la chica es un poco difícil.
-Es hora de que le digas adiós, amigo.
-Usted es muy sincera.

Desconcertado, Miguel Ángel se alejó con cortesía y caminó varias cuadras con una mano en la nuca, cuestionándose por que deseaba tanto agradarle a Carlota.

-¿Hay un ángel que me guste ayudar? ¿un querubín? ¿Dios? - pensó antes de que el olor a chocolate lo atrajera a una repostería llamada "Ladurée", en dónde la concurrencia no permitía ver los mostradores y los murmullos resultaban molestos. Era un día de ventas muy ajetreado.

-¡Necesito más macarones de fresa! ¡Se han tardado con los de limón! - gritaba una de las empleadas y casi enseguida sus peticiones se cumplían mientras los clientes le exigían rapidez.

-¿Ahora qué? - se dijo Miguel cuando una mujer le pidió que le cediera el paso y otra tropezó con él, haciéndola saber que estorbaba. Él intentaba adaptarse al ritmo y captó que debía formarse para mínimo saber a qué lugar había entrado, aunque los arreglos florales le indicaran que era confiable y podía relajarse, además de suprimir sus ganas de mirar a los demás para descubrir que clase de personas eran.

-¿Qué hace ahí? Le ayudo a comprar lo que quiera - Mencionó la voz grave de otro ángel que se hacía pasar por vendedor del local. Miguel sonrió de alivio.

-¿Qué le trae a la Tierra? ¿Un demonio desatado?
-Hay muchos, pero no vengo a arrojarlos al infierno.
-¿Qué se le ha ocurrido al viejo del muelle?
-Emplearme de niñero.
-¡Ja ja ja! Bienvenido al trabajo rudo, General.
-¿Es malo?
-Se pondrá peor.
-Los ángeles de la guarda no se quejan.
-Porque sus labores son tan pesadas que no tienen energía para hacerlo.
-De todas formas no duermo, supongo que no habrá diferencia.
-General, no sea tan optimista.

El ángel tomó una caja color verde pastel e introdujo un surtido de macarones, pero, por tratarse de Miguel, tomó otra oscura, misma a la que metió más de aquellos bizcochos, pero solamente de chocolate.

-30€ por favor.
-De acuerdo y gracias, Dios te bendiga.
-Igualmente, suerte.

Miguel pagó mientras se sentía extraño y se percataba de que llegar al Boulevard Bercy le llevaría al menos una media hora de tráfico y si caminaba se tardaría más pero eligió la segunda alternativa antes de que, debido a la importancia de su misión, se le facilitaran nuevamente las cosas. Edwin Bonheur salía a su encuentro en la esquina.

-Suba, tome mi casco.
-¿Desde cuándo te gustan las motocicletas?
-¿Usted se acuerda de mí?
-Sí, de todos.
-Lo llevo ¿Dónde vamos?
-Hospital Bercy, tengo que ver a alguien.
-¿Un enfermo?
-Algo así, es una chica.
-Mmh, ¿los macarones son para ella? Buena elección.
-¿En serio?
-A todas les gustan.
-¡Oh, espera! Entonces no.
-¿Por qué?
-No quiero que piense que es como las demás.
-Bueno, recibir un regalo de Ladurée no es de todos los días.
-Pero si las mujeres aman los macarones, debo darle algo más.
-¿Quién es la afortunada?
-No es una mujer precisamente, es una ¿joven? ¿jovencita?
-Bien, entiendo el dilema ¿puedo saber quién es?
-Carlota Liukin, una patinadora estrella o algo así.

Edwin miró al suelo y estaba tan serio, que Miguel se percató de que algo no andaba bien.

-Carlota es delicada.
-¿Caprichosa?
-Refinada.
-¿Los macarones son...?
-Casi perfectos, sólo hay que comprar té.
-¿La conoces bien?
-Miguel, no soy quien para pedirle o sugerirle pero no se haga su amigo.

Los dos caminaron un poco hasta un expendio de té y Edwin se hizo cargo de adquirir la mezcla que la joven prefería, tratando de no pensar en lo que había pasado con ella y sonriendo apenas al ver a Miguel que elegía hacerse de unas flores.

-¿Violetas? Son las favoritas de Carlota.
-¿De verdad?
-Lo dejaré en el hospital.
-¿Escondes algo?
-Cuídela bien, lo merece.
-¡Eras su ángel de la guarda!

Edwin afirmó y se dispuso a conducir con velocidad, mientras su compañero aumentaba sus expectativas y se imaginaba que Carlota Liukin era especial y de gran corazón, alguien tan única que el trabajo de protegerla se tornaría alegre y grato.

-Llegar a Bercy nos va a tomar mucho.
-Me prohibieron volar.
-Entiendo.
-Te agradezco traerme, ¿qué tan lejos está el hospital?
-Bastante, ¿por qué?
-Me voy corriendo.
-¡Es París!
-Edwin, sé lo que hago. Adiós.

Miguel corrió por Champs - Elysées hasta desviarse a la ribera del Sena, prosiguiendo en línea recta, creyendo que hacía bien en dejar a Edwin atrás. Sin darse cuenta, la gente lo dejaba pasar y el reloj le ofrecía la insólita oportunidad de permanecer detenido algunos instantes, motivándolo a llegar en lugar de renunciar, como de repente era tentado. El hospital del boulevard Bércy se vislumbraba curiosamente hermoso.

-¿Qué le digo cuando la tenga enfrente? ¿La verdad? Bueno es que no puedo mentir, pero ¿si no me cree? Es la primera vez que hago esto, ¿es tan difícil? - clamaba y se entusiasmaba más, al grado de notar que alrededor de él se desprendía un ligero halo de luz. Alrededor, el ambiente se inundaba de una energía muy fuerte y toda la maldad que podía albergarse en el boulevard era desterrada en su totalidad, alegrando a los que caminaban por ahí. El sol brillaba un poco más, pero no molestaba.

-Aquí es, tranquilo Miguel, regístrate y di que traes un regalo - se señaló así mismo, con la esperanza de que en la recepción no le colocaran una traba. Una vez en la puerta, se limitó a ir despacio.

-Buenas tardes, ¿habitación de Carlota Liukin, por favor? - pronunció sintiéndose torpe.
-¿Quien la busca?
-Un regalo, ¿Ladurée?
-No está permitido entrar con alimentos.
-Disculpe es que..
-¿Joubert Bessette mandó todo esto?
-¿Qué?
-Es que la señorita Liukin lo llama y lo llama, tuvieron una discusión terrible pero veo que fue un enojo de los que se olvidan rápido ¿Usted es el mensajero?
-Se confunde...
-No cubra al joven Bessette, es más, ni anotaré que usted estuvo por aquí. Pediatría está a su izquierda, la señorita se encuentra en la habitación 25B ¡corra, corra!

La enfermera se incorporó y tomó de la mano a Miguel, quien a duras penas sostenía sus obsequios y dudaba sobre lo que ocurría ¿Por qué alguien imaginaba que Joubert Bessette ... ? Bueno, no interesaba tanto pero el asunto debía quedar claro antes de que cualquier enredo se hiciese más grande o la situación se prestara para un nuevo problema. El aroma a té avisaba que el encuentro con Carlota Liukin estaba a punto de darse.

-¡Niñas, no corran! - dijo la enfermera al poner los pies en el sitio correcto y algunas se detuvieron en seco al contemplar a Miguel.

-¿Y Carlota? - siguió la mujer.
-En la ventana, no ha soltado el teléfono - contestó la pequeña más parlanchina.
-¿El joven Joubert ha contestado?
-No y ella ha estado llorando.

Miguel Ángel permaneció en la puerta, como un espectador del alboroto y de una silueta etérea en la ventana. Todo se oía perfectamente.

-¡Señorita Liukin! El médico le ha dicho que no debe usar este aparato.
-Es que le quiero pedir perdón a Joubert y no responde; le he marcado desde ayer.
-No te preocupes, te ha mandado unos detalles.
-¿En serio?
-Sí ¿quieres verlos?

Carlota asentó y volteó hacia Miguel Ángel, mismo que pasó saliva y miró al suelo.

-¿Quién es él?
-El mensajero.
-Supongo que hay que darle propina. ¿Alguien me daría mi bolso?
-Aquí está, señorita.
-Se lo agradezco... Chico ¿podrías decirme qué me mandó Joubert?

Miguel intentaba hilvanar un argumento coherente pero el tono de voz de Carlota Liukin sonaba tan ansioso que le mencionó únicamente lo que traía.

-Macarones, té y unas violetas.
-Sólo Joubert sabe que los macarones son mis favoritos.
-Son de Ladurée.
-¡Al fin probaré algo de ahí! Debieron ser costosos.
-Unos son de diferentes sabores, la otra caja tiene los de chocolate.
-¡Adoro los de chocolate! Estaba ahorrando hasta hace poco para comprar macarones en mi cumpleaños y compartirlos con él durante nuestro baile... Mensajero, gracias.
-Pondré sus flores en la mesita.
-¿Joubert añadió una nota?
-No hay...
-Con los regalos basta, ahora tendré que preparar un té muy refrescante y hacer una tarjeta ¡necesitaré acuarelas y lápices de colores! Dibujaré París como si la viera desde una colina y en el cielo voy a poner que quiero mucho a Joubert ¡le va a encantar!

Miguel se sentía fuera de lugar ante tal escena pero un repentino resplandor multicolor con cristales de hielo apareció ante sus ojos, forzándolo a mirar a Carlota Liukin, de quien provenía esa bellísima imagen.

-"Nunca vi algo igual" - pensó él.

La joven por su lado colocaba las violetas al lado de su cama y pedía atentamente que le trajeran agua caliente al tiempo que sus compañeritas de cuarto escudriñaban los regalos con asombro y regresaban a sus fantasías de cuentos de hadas, con Joubert Bessette como protagonista.

-Mensajero, ¿me harías un favor? - pidió Carlota tímidamente.
-Eh... Bueno.
-¿Le dirías a Joubert que se lo agradezco mucho?
-Es que los regalos...

Miguel Ángel enmudeció y sonrió como si estuviera perdiéndose en la imagen de ella, motivo por el que se alejó lentamente al cabo de unos segundos, incapaz de mencionar cualquier cosa, incapaz de pensar en su nueva tarea, incapaz de todo, menos de continuar sorprendiéndose mientras llegaba a la banqueta y le daban deseos de desplegar las alas, manifestar la luz que guardaba en su propio cuerpo y pasar la tarde a solas para pensar en Carlota Liukin, cuya belleza se reflejaba en un alma que nadie más que él iba a descubrir jamás.

*Foto tomada de facebook.com/miguelangelmunoz, créditos al autor.