sábado, 17 de diciembre de 2016

Las noches de Mónaco: Carlota conoce a Marat


Marat Safin se dirigió al Country Club y lo primero que encontró fue a su hermana que se le echó en brazos y una familia que le rodeaba con enorme alivio. Las noticias sobre Tell no Tales eran desoladoras.

-¿Dónde estabas? ¡Nos preocupamos mucho, Marat!
-Vine en cuánto pude.
-No llamaste y no te localizábamos en ningún lado.
-Estoy bien, me estás ahogando.
-¡No nos vuelvas a tener angustiados!
-Oye, basta Dinara, regresé y ya.
-¡Anna preguntó por ti!
-¿Anna?
-¡Tu novia no se ha cansado de insistir por informes, se va a poner muy contenta de tenerte aquí!

"Anna... La había olvidado" pensó Marat indiferente y optó por estrechar la mano de su padre, también sin emoción.

-Me alegra verte, hijo.
-Gracias.

La familia Safin prácticamente había formado una fila para abrazar a Marat y los amigos de éste se turnaban para darle palmadas en la espalda. Algo había en él que, al igual que toda la gente del espejo, podía ser inexpresivo y frío con las personas reales y aun así tener la facha de agrado y empatía que disimulaba su origen. El lector debe saber que los Safin no habían salido del espejo y por ende, desconocían su carencia de parentesco con Marat.

-Tu madre y yo no hemos dormido esta semana, ella pensó que te había sucedido algo.
-Les habrían llamado.
-Bienvenido a casa.

Sólo Mikhail Safin sospechaba que Marat tenía algo raro pero nada encajaba para confirmarlo. Quizás el olvido repentino de algunas cosas y el trato a Dinara le podían dar pistas pero eran tan parecidos que no podía negarse así mismo la idea de que aquél joven compartía su sangre.

-Es extraño pero quiero preguntar en donde estuviste, hijo.
-Con Bérenice, una amiga.
-No conoces a ninguna Bérenice.
-Bérenice fue mi primera novia.
-Tu primera novia fue una niña llamada Raisa en secundaria.
-¿Nunca mencioné a Bérenice?

Mikhail Safin dijo que no y Marat se encogió de hombros, notando que hablaba de su dimensión original.

-Necesitas descansar, Marat.
-Gracias.
-¿Dónde vas?
-Tengo algo que hacer ¿puedo dejar mi maleta contigo?
-Claro.
-Los veo más tarde.

Dinara alcanzó a decirle "adiós" a su hermano y éste ni siquiera le volteó a ver, puesto que no le interesaban los Safin ¿Por qué estaba con ellos?

Al mismo tiempo pero en la comisaría, los Liukin continuaban con su escándalo y la policía no lograba que al menos uno de ellos guardara silencio para explicarles que procedía una vez que el juez los tuviera enfrente. Ni siquiera Yuko Inoue razonaba ante los gritos y el alboroto culminó con su detención, porque a esas alturas se había involucrado en una discusión estúpida sobre el lugar donde los niños pasarían la noche, ya que pretendía cumplir las órdenes de Andrew Bessette al pie de la letra.

-Le agradezco no apartar de mi vista a mis hijos - mencionó Ricardo irritado y lo metieron en una celda con Miguel y Tennant. A ese punto, Adrien tomaba un asiento cercano para consagrar su estancia en la resolución de sopas de letras y Carlota tomaba otro frente al escritorio del juez, dándole la espalda para que no la viera llorar.

-Buenas tardes ¿puedo saber porque han metido gente en dos celdas?
-Dos de los involucrados alteraron el orden público en la capilla de Santa Devota, el otro causó ruido excesivo y la señorita tuvo otro desorden aquí fuera - dijo un oficial.
-Nombres de los acusados, por favor.
-Yuko Inoue, ciudadana japonesa de 31 años, alteración del orden público y discusión violenta, Miguel Ángel Louvier, ciudadano español de 19 años, discusión violenta, Ricardo Liukin, ciudadano de Tell no Tales de 44 años de edad, alteración del orden público, discusión violenta, agresión a la autoridad y daño a un vehículo oficial y Tennant Lutz, ciudadano escocés con 17 años, intervención en un arresto judicial y discusión violenta.
-Saquen a ese muchacho, es ilegal encerrarlo, espósenlo en una silla y llamen a los cónsules que correspondan. Lo siento por los niños, trátenlos bien.

Adrien aprovechó la indicación para pedir un vaso con jugo y Carlota se levantó sin prestarle atención.

-¿Dónde vas? - preguntó Ricardo.
-¡A buscar a Andreas!
-¡Carlota te prohíbo que abandones este lugar!
-¿Qué quieres que haga?
-¡Nada!
-Andreas tiene que venir.
-Hago el reporte de robo y ya.
-¿Para qué lo quieres encerrado? ¡Él tiene el dinero que nos podría sacar de aquí! Lo traeré, lo prometo.
-No quiero que vayas sola.

El juez miró a Carlota desesperada y se preocupó porque Mónaco tenía una gran vida nocturna y desde el atardecer podría tornarse peligroso para una chica sola. No era viable tener un problema con los turistas y en la comisaría se tenían archivados varios incidentes con menores.

-Encuentre a su hermano, señorita, luego fijaremos las multas ¿Responderán por todos?

Carlota escudriñó su maleta antes de responder y encontró un pequeño capital.

-Tengo 30€ ¿no me sirve, verdad?
-El joven Miguel Ángel tiene la acusación menos grave.
-¿Cuánto es?
-No puedo liberarlo sin notificar al gobierno español que lo tenemos aquí.
-¡Rayos!.. Le avisaré a Andreas, vuelvo pronto.
-Aguarde, el general Bessette le tiene en gran estima, es probable que le ayude si lo localizamos.
-¿El general Bessette?
-Señorita Carlota, lamento conocerla en estas circunstancias.
-Llámelo, por favor.

"¡No!" gritaron Yuko, Ricardo y Miguel y el juzgador volteó a verlos enseguida.

-No necesitamos ayuda, Carlota, trae a tu hermano de inmediato.
-Pero papá...
-Es una orden, ni respondas.
-Está bien.

Con la cara enrojecida por no poder hacer más, Carlota aseguró su maleta y salió corriendo a la calle, imaginando que Andreas había ido a una casa de juego o a la playa a ver chicas. Sólo se ocurrió mostrar una foto de él a la gente que iba encontrando, con lógicos resultados nulos y perdiéndose, ya que era más fácil hallar a la princesa Roxanne que recibir ayuda.

Marat por su cuenta caminaba para respirar y su sensación de asfixia no lo dejaba en paz cuando se detuvo abruptamente en el vecindario de La condamine, bastante alejado del country club y junto al barrio de Montecarlo. Como sospechaba, Mikhail Safin había tenido la paciencia de seguirle, aguardando un descuido para acercársele, cosa que hizo. A Marat le sofocaba tener cerca a los Safin y le daban ataques parecidos al asma a menudo.

-¿Te sientes bien, hijo?
-Perdón por irme así.
-Supuse que no te sientes bien, el viaje fue pesado.
-No, sólo fue lo de siempre.
-Desde hace mucho tus bienvenidas terminan contigo ausente en la fiesta. Tienes muchos amigos a los que les importas, tu hermana te adora y tu madre y yo queremos seguir cerca de ti.
-¿Por qué me dices eso?
-Dejaras de ser ruso si te gustara que te hablara de lo que ya sabes. No seas distante con tu madre y con Dinara, es un consejo.
-Está bien.
-Supongo que terminaste con Anna.
-Hace mucho y no se va.
-Tendrás que demostrárselo.
-¿Más?
-Sigue enamorada de ti.
-Yo no siento algo.
-¿Bérenice?
-Una buena amiga.
-¿Primera novia? No lo sabía.
-Se casará y es mamá.
-Al fin sonreíste.
-Vi a Carlota Liukin en la estación, vine a buscarla.
-No sabré nada de Bérenice, de acuerdo.
-¿Crees que Carlota siga allí?
-¿Por qué te interesa?
-Vi el anuncio de una exhibición hípica con recaudación de fondos para ayudar a los damnificados de Tell no Tales.
-¿Qué tiene ella que ver?
-Podría convencer a los asistentes de donar más dinero, ella es tellnotelliana, no le dirían que no ¿No has leído las noticias?
-Aun no.
-La familia Izbasa desfalcó al erario, Tell no Tales está en quiebra.

Marat era muy serio al respecto y quería ayudar de alguna manera, así que encontrarse fortuitamente con Carlota Liukin era una oportunidad que no iba a desperdiciar.

-¿Altruista tú? Eso es nuevo.
-Me voy.
-Te acompaño.
-No, gracias, este es un asunto mío.
-Encuentra a esa chica.
-Supongo que nos vemos luego.

Marat se levantó a prisa, queriendo coincidir pronto con la joven Liukin, misma que pasó junto a él en la calle Princess Caroline, sin que advirtieran siquiera el uno del otro. Él continuaba pensando en la estación de tren y ella creía distingur a Andreas en cada esquina, desilusionándose cuando confirmaba su error. Para no seguir dando vueltas, Carlota terminó yendo por la línea costera, misma en la que llegaría más fácil al casino y a las playas en donde las vacacionistas exhibían exóticos pasos de baile. Primero pasó por el puerto, en donde yates de todo tipo atracaban y los magnates se saludaban entre sí, acordando reunirse en los eventos sociales nocturnos de caridad y los príncipes italianos organizaban fiestas privadas con paparazzi.

-Busco a Andreas Liukin - dijo Carlota a un capitán de la marina.
-Pasó por aquí, se fue con una chica al country club.
-¿Dónde está eso?
-Sigue derecho pero está un poco apartado, es más fácil ir en moto.
-¡Muchas gracias!
-¡No vas a llegar a pie!

Carlota se despojó del calzado y corrió en la arena sin otra esperanza que la de distinguir a Andreas antes de que apostara o perdiera su bolso en medio de su abrupta parranda. Por ese motivo, no tenía conciencia de la hora ni de los lugares llenándose de gente.

Sin embargo, Marat dio pronto con la estación y se topó con la estancia vacía. Temeroso de que los Liukin hubiesen tomado un tren, recorrió el lugar preguntando por ellos, enterándose del pleito de Andreas en la casa de cambio y que la familia había ido de visita a Santa Devota después de comprar lugares en la corrida a Venecia del día siguiente.

Marat no perdió tiempo en ir a la capilla, misma que cerraba a las cuatro de la tarde. Un grupo de turistas en tour salían del sitio cuando se le ocurrió ver si los Liukin no estaban dentro. Extrañado de no reconocer a Carlota, preguntó al seminarista a cargo.

-Estuvo aquí pero no se quedó mucho.
-No es posible.
-Su familia causó un alboroto y la policía se los llevó a la comisaría.
-¿Está seguro?
-El padre Pierre los acusó, estaban interrumpiendo misa.
-¿Padre quién? No importa, gracias.
-De nada, vaya con Dios.

Marat se apresuró para dar con la comisaría, intrigado de saber en que estaban metidos los Liukin para presentarse con el juez. Los desmanes eran comunes en el país.

Simultáneamente, Carlota continuó dando pasos al country club, segura de que Andreas estaba haciendo uno de sus disturbios y casi podía contar con que derrocharía las fichas del casino y perdería la mayoría mientras se caía de borracho o se besuqueaba con quien fuera.

-¿El country club? - consultaba con quien se dejara y no se rindió hasta que dio con un edificio de arquitectura neoclásica en el que la gente entraba y salía en sandalias y shorts o con indumentaria ecuestre. La puerta era de cristal y la atravesó sin ningún problema, preguntando por Andreas en recepción en lugar de saludar y adentrándose sin que nadie se lo impidiera. Así, Carlota dio con el restaurante y con la familia Safin, capturando la atención de Dinara Safina y de Mikhail Safin, que había vuelto a la fiesta para no alterar a nadie.

-¡Pobre niña! ¿Te pasó algo? - inquirió Dinara.
-Estoy buscando a mi hermano.
-¿Cómo se llama?
-Andreas Liukin, es él - señaló mostrando la foto.
-No lo hemos visto, lo siento pequeña.
-¿Liukin dijiste? - intervino Mikhail Safin - ¿Marat viene contigo?
-¿Quién? - respondió la chica.
-Mi hijo quiere localizarte desde que llegó, toma asiento, lo llamaré.
-No entiendo.

Mikhail Safin tomó su celular para avisarle a Marat, advirtiendo que los pies de Carlota eran un desastre y su cabello también.

A pesar de la insistencia, Marat apagó el teléfono al entrar a la comisaría y al igual que Carlota, no saludó, limitándose a hacer preguntas.

-Salió hace unas tres horas, dijo que iba por su hermano - confesó el juez.
-La espero.
-¿Para qué quiere a Carlota? - habló Ricardo desde la celda - ¿Quién es usted?
-Marat Safin.
-Carlota lo vio en la estación - añadió Yuko.
-¿Qué desea, señor Safin? - continuó Ricardo.
-Hablar con la señorita Carlota, es importante.
-Entonces tendrá que decírmelo porque soy el padre de esa mocosa y ya me cansé de que los chicos la sigan como idiotas.
-Es por un evento de beneficencia.
-Mi hija no irá.
-Se recaudarán fondos para Tell no Tales.
-Respondí que no.
-Estuve en la ciudad durante los derrumbes, las cosas están muy graves.
-Supe algo de eso, se cayó el asilo.
-Todo el barrio Nanterre se vino abajo y Marchelier desapareció también.
-¿Qué?
-No terminan de contar a los muertos y no hay fondos para reconstruir.
-En Tell no Tales pagamos el impuesto por emergencias, nunca se ha necesitado ayuda.
-¿Cuál es su nombre, señor?
-Ricardo Liukin.
-Señor Liukin, estoy obligado a decirle que los Izbasa robaron todo.
-¿Qué es todo?
-Tell no Tales está en bancarrota  desde hace seis meses.
-No, las cosas estaban bien.
-¿Necesita el periódico?

Ricardo se recargó incrédulo en la pared.

-¿Me dirían que hacen aquí encerrados? - siguió Marat.
-Nos peleamos - le contestó Adrien Liukin, dejando su silla y colocándosele enfrente - ¿Eres el nuevo novio de Carlota?
-No.
-Sólo la buscan sus novios.
-No la conozco.

Marat se acercó al juez y sin mediar nada, declaró:

-Diga a cuánto asciende la multa, yo respondo.
-Si es así, debemos llamar a las autoridades consulares.
-¿Por qué no lo ha hecho?
-Por la señorita Carlota. En cuanto llegara con su hermano, liberaría a su familia sin cargos, no pensaba retenerlos aquí.
-¿Por qué la dejó ir sola?
-Mandé a un oficial a seguirla.
-¿Habría manera de sacar a los Liukin ahora?
-¿Sin intervención de los consulados?
-Entre más rápido salgan de aquí, encontraremos a Carlota y a su hermano.
-La multa total es cara.
-¿Cuánto?
-3000 €, le explico los cargos...
-No es necesario ¿aceptan tarjeta?
-Dejen salir a los acusados y quítenle las esposas al muchacho de allá, no quiero volver a verlos aquí dentro.

Yuko suspiró aliviada y apenas le abrieron, Adrien la abrazó para que fueran los demás y no él quienes llevaran el equipaje. Ricardo, menos entusiasta, prefería reservarse los cuestionamientos a Marat, que sin mediar otras palabras le describía los barrios de Mónaco y lo que cabía en ellos para darse una idea del lugar en el que Carlota podía estar. De Andreas no se dijo nada.

Al tiempo que los Liukin pisaban la calle, Carlota esperaba por informes en el country club, mientras la familia Safin y sus amistades trataban de tranquilizarla y le daban pañuelos para contenerle las lágrimas. La chica no sabía que hacer y sentía un poco de culpa por haber parado su búsqueda, misma que de todas formas resultaría inútil por no poder accesar al casino de ser el caso y no tenía membresía, invitación o dinero para la entrada completa a las instalaciones del club.

-El señor Andreas se encuentra en el hipódromo - le avisó un camarero - ¿Gusta anunciarse o aguarda al final del evento de carreras?
-¿Señor Andreas?
-Mientras sea generoso con las propinas...
-¡Qué grosero es usted! ..... ¡Y ese idiota se está gastando lo que tenemos!

Los Safin no imaginaban que palabras eran las más adecuadas en ese momento y justo Carlota se había callado cuando otra mesera depositó una copa de helado en su sitio, indicando que "el señor Andreas" se la enviaba por cortesía.

-¡Yo lo mato! - gritó Carlota y más de uno tuvo que sujetarla para no permitirle sus imprudencias. A esas alturas, a ella no le importaba portarse bien y sus ganas de golpear a su hermano le ocasionaron perder su pulsera y su suéter.

-Llamaré de nuevo a Marat - anunció Mikhail Safin y esta vez, si hubo respuesta.

Aun en la zona de La Condamine, los Liukin nombraban a Carlota en voz alta creyendo que no había ido lejos, Adrien se reía porque la conocía y Marat accedió a dar entrada a la llamada de su padre.

-¿Marat?
-¿Qué sucede?
-¿Por qué apagaste el teléfono?
-Fui a la comisaría.
-¿Tuviste un problema?
-Encontré a los Liukin.
-¿Que?
-Larga historia, ahora hay que localizar a Carlota.
-Intentaba contactarte porque esa niña ha estado aquí y se encuentra muy alterada.
-¿Cómo llegó?
-Vino por el hermano.
-Díganle que su familia la verá allá.
-No tardes.

Marat concluyó la conversación y juntó a los Liukin para darles aviso.

-Carlota fue al country club y parece que su hermano también.
-Menos mal - suspiró Ricardo.
-Lo malo es que debemos cruzar La Condamine, Montecarlo y Larvotto, son tres kilómetros pero se darán cuenta de que caminar no es lo ideal.
-Carlota lo hizo.
-El detalle es que tenemos prisa.
-¿Todo derecho al este?
-Sí.
-Corran.

Miguel Ángel y Tennant obedecieron sin chistar, mientras Yuko y Adrien caminaban tan rápido como les era posible y Ricardo llevaba el equipaje, negándose a la ayuda de Marat.

-Hizo suficiente ¿no cree?
-Es por Carlota.
-Es por un evento en el que usted ha puesto interés.
-Tal vez pero usted pasaría la noche en prisión con dos de sus hijos perdidos.
-¿Sabe que no puedo pagarle lo de la multa?
-Por el momento arreglemos esto.
-¿Quién le dijo que Carlota está en el club?
-Mi padre.
-¿Cómo dio....?
-No lo sé, le consta que lo acabo de escuchar.

Los Liukin no dijeron palabra el resto del camino, estaban extenuados y un poco escépticos de la buena voluntad de Marat, mismo que habría preferido marcharse por la línea costera en vez del asfalto, ya que los bares de Mónaco podían ser molestos. Convencido de que probablemente estaba rodeado de personas que no le compraban su apariencia amable, se limitó a que lo siguieran, sintiéndose observado por Miguel. Al igual que los mortales, Marat no exentaba de mostrar su alma ante un ángel, siendo inconsciente de ello.

-Te ayudaré con el evento de caridad - aseguró Miguel a Marat escueto y acaso se apresuró un poco más.

Al interior del club, Carlota tenía cada vez menos paciencia y apenas lograba controlarse en una silla, su hermano le salía con un nuevo detalle como mandarle una revista o un postre y ese mote de "señor Andreas" que le alteraba los nervios. Tan ocupada estaba haciendo coraje, que no se dio cuenta de que los Safin se agolpaban en la puerta y cambiaban sus semblantes de hartazgo por unos de expectativa cuando la joven de recepción tuvo la gentileza de anunciarles que Marat arribaba al lugar. A nadie sorprendió que no anduviera solo.

-¡Marat! - suspiró Dinara Safina - Tardaste mucho.
-¿Cuándo encontraron a Carlota? Por favor, no me abraces.
-Desde las cuatro y está asustada, no ha comido ni nada.

Marat exhaló profundo.

-Señor Liukin, ahí está Carlota - exclamó, ni siquiera la había volteado a ver aun.

Ricardo en cambio, se aproximó a su hija con un poco de vergüenza pero ella se levantó y lo apretó enseguida, llorando en el acto.

-Andreas está en el hipódromo.
-Gracias, Carlota.
-No puedo pasar.
-Pero yo sí.... ¿Estás bien?
-Sí.
-¿Te lastimaste?
-No.
-Yuko, ¿me apoyaría aquí? Tengo que ir por Andreas.

Yuko se colocó junto a Carlota y Ricardo fue enseguida a las instalaciones hípicas, sin mediar palabras con nadie.

-¿Cómo salieron de la cárcel? - preguntó Carlota.
-El señor Marat Safin pagó nuestaras multas.
-¿El del retrato?
-Te estaba buscando.
-¿Por qué?
-Mejor que te lo explique él.
-Le agradeceré.
-Mejor cuando venga tu padre.
-¿Los sacó a todos, a Tennant, a Miguel...?
-Tennant san tiene las marcas de las esposas en sus muñecas.
-Perdón por irme así, es que pensé que encontraría a Andreas.

Carlota lloró más fuerte y su hermano Adrien aprovechó para sentarse a su lado, no para consolarla, sino para comerse los postres, ya que le habían contado que Andreas los tenía pagados.

-¿Marat es tu novio? - preguntó con la boca llena.
-No sé ni quien es.
-Tu novio me sacó del bote, así que me cae bien.
-¡No lo conozco!
-Te invitó a un baile ¿no te dijeron?
-¿Qué?
-Te quiere llevar a un evento de beneficencia, Carlota - agregó Yuko.

Carlota Liukin poco a poco se iba calmando.

-Le agradezco, Marat - pronunció sin quitar los ojos del piso - Cuente conmigo para la beneficencia, se lo debo.

Marat no atinó a replicarle.

-Señorita Carlota, el señor Andreas le manda esta tarjeta - avisó una camarera que se atrevió a confiar.
-¿De qué es?
-De una estancia en el hotel Métropole, todo incluido.
-¿Para mí?
-E invitados.
-¿Cómo consiguió esto?
-Me mandó decir que estará en el Grand Casino y la ve mañana.
-¿Casino? ¿No estaba aquí?
-Se acaba de ir, dijo que recuperaría el valor de su bolso, señorita.
-¿Qué hizo qué con mi bolso?
-No puedo darle información al respecto.
-Mi celular, el dinero de papá y los boletos a Venecia estaban allí.
-Me dijeron que le diera a usted uno de los premios que el señor Andreas obtuvo en las carreras, disfrute su estancia en el Metropole.
-¿Se fue al casino?
-Sí.
-¿Tiene dinero para apostar?
-Parece que sí.
-Le voy a romper la boca. Esto es personal.

Carlota se levantó velozmente, con una postura de gato erizado y los ojos inflamados, como ardiendo de ira. Olvidándose del agotamiento, de la gente y lo desconocido que le era Mónaco, se dirigió a la salida con fuerza sorprendente, sin que nadie la retuviera, pero Marat tuvo otra idea.

-No vayas.
-¡Cierra la boca!
-¿Quieres perderte otra vez?
-¡Tengo que cobrárselas a ese zoquete!
-¡Deja eso, causarás problemas!
-Prometí traer a Andreas y lo jalaré de las orejas.

Carlota prosiguió su camino pero Marat efectuó su plan de ir detrás para retenerla en plena calle puesto que anochecía.

-¿Por qué haces esto?
-¿Hacer qué?
-Ir por tu hermano cuando no puedes pasar del portón de una casa de juego.
-Ya aclaré que esto es personal.
-Exageras.
-¡Andreas debió a ir a la comisaría con mi padre!
-¡Pero no lo hizo!
-Lo que había en mi bolso era todo lo que teníamos y lo necesitábamos, no me diga que ese idiota no merece que le rompa los dientes.
-No lo hagas.

Marat sujetó la muñeca derecha de Carlota con firmeza, nervioso de enojarla más.

-No lo hagas - repitió.

Carlota enrojeció totalmente y por primera vez, giró para contemplar el rostro de él detenidamente, inhibiéndose de darle batalla.

-Gracias - dijo la joven y abrazó a Marat con impotencia. Las lágrimas de Carlota bañaban sus pies desnudos.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Las noches de Mónaco: Un episodio para olvidar


Tell no Tales del espejo, 9:20 pm:

-¿Han visto a Marat? - preguntó Bérenice a sus padres al llegar a casa con Luiz. Ambos habían tenido un día pesado y lo que menos esperaban era una sorpresa de ese tipo, sobretodo porque tenían una cita.

-Marat dijo que debía arreglar unas cosas, luego nos visita - comentó Roland Mukhin.
-Habría avisado con tiempo.
-Algo vio con el espejo pero regresará, lo conoces bien.

Bérenice eligió terminar la conversación y prefirió abrazar a su bebé, presintiendo que Marat no la quería ver.

Mónaco, 2:00 pm.

-No podemos quedararnos en la estación porque nos detendería la policía - anunció Yuko.
-Buscaremos un hospedaje barato.
-Las casas de huéspedes cobran 250€ por persona, señor Ricardo.
-¡Mil setecientos cincuenta por nosotros! ¿Es que viven rodeados de oro?
-Mónaco es muy caro, hicieron bien en comprar comida en Niza.
-Dormiremos en la calle.
-Tampoco puede, son quinientos de multa por cada uno o quedarse en una celda y barrer las calles tres días.
-Bien, iremos a prisión, niños andando.

Ricardo jaló las maletas con dificultad y sus hijos lo siguieron al exterior, desde donde se podía ver Port Hercule y cerca, la capilla de Santa Devota, a la que pasaron para tomar la sombra no sin experimentar un mal momento en la escalinata de la misma. Nadie podía desatar el nudo del equipaje y Miguel lo cortó, causando que este rodara hacia abajo y los niños Liukin debieran correr tras él.

-¡Mis zapatos! - gritó Carlota al abrirse su baúl y por coincidencia resbaló, raspándose en la frente y ocasionando las risas de todos.

-¡No es gracioso, me duele!
-Carlota, deja tu drama.
-¡Estoy sangrando! ¡Papá!
-No sabes cuánta pena siento. Levántate y límpiate, te veo adentro.

Miguel y Andreas recogieron las pertenencias de Carlota en plena carcajada y la sonriente Yuko se acercó para tomarla de la mano y ayudarla con un poco de agua oxigenada.

-¿Te sientes mejor?
-Se supone que no debo golpearme la cabeza.
-¡Ya sé!
-¿Qué?
-Es que mucha gente se pega y luego se siente mal pero lo tuyo es pequeñito. Quedaste como nueva.
-Con una raya en la cara.
-Vamos con tu papá.
-¡No te rías!
-No es a poropósito.
-Mmh... Gracias.
-Vamos.

Ambas regresaron con el grupo y Yuko imitó a Carlota al persignarse en la puerta. El interior de la capilla era tan oscuro que las luces estaban encendidas, se celebraba misa con escasa afluencia y un fuerte olor a flores se transformó en uno de cera pese a no haber velas suficientes.

-Aquí de casaron su Majestad la pirincesa Régine y su hija la pirincesa Roxanne.
-Qué romántico.
-Casi todos los pirincipes de Mónaco lo han hecho en la iglesia de Saint Charles, dicen que a ellas no las dejaron porque el pueblo creía que eran inmorales.
-¿Pero tuvieron lindas bodas?
-Eso sí pero esas cosas no son lo mío ¿me disculpas? Tengo una llamada.

Carlota dijo que sí y Yuko salió a contestar, vigilante de que no la siguieran.

-Disculpe el retraso señor Bessette.
-¡Vi caer a mon princesse! ¿Por qué no la han llevado al hospital?
-¿La vio?
-¡Conteste Yuko!
-Es que no fue nada.
-Llévela a revisión, no le estoy preguntando.
-No creo que su padre quiera.
-La hago responsable.
-Sí, hágalo.
-¿Sabe donde van a dormir?
-No tienen lugar y parece que tampoco billetes.
-Busque un lugar bonito y pague usted.
-Tampoco tengo presupuesto.
-¿Nada puede hacer bien?
-Señor...
-¡Cállese Yuko! Comience a trabajar en serio o se olvida de su empleo.
-No puedo perderlo.
-Quiero a Carlota en el hospital y que la revisen hasta que no quede duda de que estamos en orden, luego consiga unas habitaciones bonitas para los Liukin y me llama.
-Está bien.
-Otra cosa, Yuko: si se pasa de lista, recuerde ese local de pescado por el que su familia ha sacrificado tanto...
-Voy a hacerlo.

Andrew Bessette colgó y Yuko se dirigió nuevamente a la capilla, ubicándose junto a Ricardo.

-Tenemos que buscar una posada hasta mañana.
-¿Conoce un lugar barato?
-A lo mejor nos reciben en una casita de Les revoires.
-¿Dónde?
-Es un bario donde vive la clase media y es un poco más barato que los otros.
-No puedo pagar más de doscientos por persona.
-Yo me haré cargo de mi estancia.
-Entre más tarde más caro ¿verdad?
-Así funciona.
-Niños, vámonos - ordenó Ricardo a los demás y Adrien, un poco indiferente replicó:

-Andreas no está.
-¿Qué dijiste, hijo?
-Andreas se fue cuando entramos y se llevó el bolso de Carlota. Luego viene.
-¿Sabes dónde encontrarlo?

Adrien regresó a su actitud ausente y Carlota constató que su hermano se había llevado sus cosas.

-¡Mi celular estaba allí! ¿Y para qué rayos quiere mi labial? No tengo ni un centavo.
-Tu hermano es un miserable.
-¡Papá!
-¡Metí las fichas del casino y los boletos del tren en tu bolsa!
-¿Por qué hiciste eso?
-¡Porque nunca pierdes nada!
-¡Pero tú traías mis cosas!
-¿Qué voy a hacer con ustedes tres?
-¡No me metas en esto!
-¡Si estamos aquí es por tu culpa señorita! Adrien ni siquiera me dijo lo que estaba pasando ¡Y Andreas ya se ganó que lo encierre en prisión!
-¡Tranquilo!
-¡Los tres me tienen harto!
-¡Vamos a buscar a Andreas!
-¡Nos quedaremos aquí y cuando veamos a un oficial levantaremos el reporte de robo!
-¡Papá, tenemos que ir por él!

Ricardo no pudo decir nada. Los Liukin habían olvidado que se hallaban en misa y el sacerdote había llamado primero a la policía, razón por la que dos agentes esposaron a Ricardo "por alterar el orden" sin mediar explicaciones.

-¡Suéltenlo! - intervino Tennant empujando a todos y lo arrestaron igualmente.

-¡Mi hijo mayor cometió un robo! ¡A él deberían llevarlo a la comisaría!
-¡No lastimen a papá! - dijo Carlota y Miguel la sujetó fuertemente.

-No intervenga, señorita. Iremos por su padre enseguida, guarde la calma.
-¿Dónde se habrá metido Andreas?
-Lo encontraremos.
-No tenemos para ninguna multa
-Podemos sacar a Tennant.
-¿De qué me sirve Tennant?
-¡Cállese y haga lo que le digo!

Aquél grito fue un error de Miguel Ángel. Al igual que con Ricardo y Tennant, los oficiales interpretaron su actitud como una agresión y lo detuvieron sin más.

-Ay no ¡Miguel no hizo nada! - protestó Carlota y fue tras él y su padre. En la escalinata, nadie atendía sus ruegos y su padre alcanzó a patear la puerta de una patrulla para realizar una petición.

-Mis hijos se van a quedar solos ¿no pueden encerrarlos con nosotros?
-¿Qué? - gritó Carlota.
-Esta niña y un niño no deben pasar la noche solos. Mi hijo Adrien es autista ¿desean que mi hija lo mate?

Uno de los policías volteó a ver a Carlota y accedió al traslado. Yuko terminó llevando a Adrien de la mano hasta el vehículo y luego tomó el equipaje para acomodarlo en la cajuela. Carlota acabó en el asiento del frente, con una mancha en el cabello que nunca supo que era y con un zumbido en los oídos, producto de otro episodio de berrinche de Adrien. Yuko le decía como podía que el asunto se arreglaría. No tenían tres horas en Mónaco y aquello se tornaba en pesadilla.

-Creo que no vamos a Venecia mañana - murmuró Ricardo y Carlota se cubrió la cara. Estaba sonrojada de vergüenza.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Las noches de Mónaco: La chica del tren


El tren arribó a Niza a las diez de la mañana y la mayoría de los pasajeros descendieron por ser su destino, dejando los vagones solitarios y a los vigilantes agotados.

Tennant bajó en la estación como se tenía previsto, no obstante volviera poco después con su boleto a Mónaco y agua de granada para detener el calor húmedo que sofocaba al exterior.

-¿La empanada es de carne? - preguntaba Carlota Liukin a una vendedora musulmana en la puerta.
-Se llama sfiha, es de cordero.
-Deme dos, por favor.
-También traigo unos panecillos con dátiles y té con hierbabuena.
-Quiero un vaso de té.
-¿No prueba los dátiles?
-¿Qué es eso?
-Son unos frutos dulces del desierto.
-Nunca he visto uno... Me llevo dos panecillos entonces.
-También traigo licor de dátil.

Tennant entonces intervino.

-¿Licor? ¿Cuánto cuesta?
-15 € y no deben verle o la policía le quita la botella - contestó la vendedora.
-Entiendo, ¿cuánto es por todo?
-16€
-Tome veinte y quédese con el cambio.
-¡Qué generoso!
-La policía viene, gracias por todo.

Carlota y Tennant volvieron al interior y sobre una mesa colocaron sus alimentos, a la espera de Ricardo y Adrien que habían salido también por el desayuno.

-Gracias, Tennant - dijo Carlota.
-De nada ¿todo bien?
-Sí ¿te sientes mejor?
-¿Donde está tu mensajero?
-Dijo que tenía que hacer algo.
-¿Te dejaron sola?
-Andreas fue a jugar a las máquinas.
-Iré por él.
-Gracias.
-¿Guardarías mi botella?
-Claro.
-Cuéntame diez minutos y estaré con él de vuelta. No te muevas, Carlota.
-Ten cuidado.

Tennant Lutz caminó por la estación hasta el vestíbulo y se enteró pronto de la existencia de un pequeño casino en el que se entretenían los viajeros cuando necesitaban dinero. No tardó en hallar a Andreas enfrente de un tragamonedas y por lo que se apreciaba, no podía ganar alguna cantidad.

-Vámonos o perderemos el tren.
-¿A quién le importa?
-Bueno, se dice que en Niza hay muchos ladrones.
-Desperdicié monedas, larguémonos.
-Carlota se quedó en el tren.
-Eso explica por qué Ricardo no vino por mí.
-Nadie ha regresado.
-¿No quieres probar tu suerte?
-No sacaría nada.
-Intenta.
-Después nos vamos con Carlota.

Tennant depositó la moneda que le restaba y jaló la palanca del tragamonedas, esperando fallar como siempre. A punto de dar la media vuelta, la máquina emitió un sonido y comenzaron a salir varias monedas que alcanzó a sostener en sus manos.

-Ese tragamonedas da dos premios más después de sacar el primero. Les sugiero aprovecharlo porque todavía no se dan cuenta en el casino - dijo una mujer con rasgos asiáticos y Andreas movió a Tennant de lugar, apostando en el acto. Se repitió la escena del juego anterior y al final, aprovechó la última oportunidad, recibiendo un premio más grande. Por disimular, echó otra moneda y fingió que la suerte se le agotaba.

-Gracias - le dijo Tennant a aquella chica y se echó a correr con Andreas hacia el tren. Un vigilante estaba por asegurar la puerta del vagón pero al verlos los dejó pasar con mala cara.

-¿Dónde estaban? - reprochó Ricardo.
-Ganando una fortuna - respondió Andreas, colocándose atrás de él para contar su dinero y Tennant decidió pagar el préstamo que le había hecho el señor Liukin.

-¿Cuánto ganaron?
-Yo cien.
-Felicitaciones Tennant ¿y Andreas?
-Bastante más que yo.

Los Liukin ponían atención a la cuenta de Andreas cuando se oyó un grito femenino suplicando que le dejaran abordar. De poca gana, el vigilante hizo caso, a pesar de que la marcha estaba iniciando.

-Muchas gracias - dijo la mujer y Tennant la reconoció enseguida.

-¿Cómo sabías lo del tragamonedas? - le dijo por saludo y ella respondió sonriente.

-Es que llevaba la cuenta desde hace rato.
-¿Por qué no jugaste?
-Porque no puedo, pero me alegra que ustedes ganaran.
-Debemos agradecerte.
-No lo hice para recibir algo.

Ricardo contempló a la mujer con extrañeza y advirtió que al igual que él, tampoco viajaba porque lo deseara. La virtud del observador no le era agradable a menudo.

-Ricardo Liukin, mucho gusto.
-Yuko Inoue.
-Gracias por ayudar a los chicos.
-De nada.
-¿Gusta algo? Le invitamos.
-Así estoy bien.
-Es que vamos a desayunar y no quisiéramos incomodarla.
-Tengo almendaras para compartir.
-Bienvenida, tome asiento.

Yuko Inoue tampoco portaba un gran dinero.

-Quiero presentarle a mis hijos, ella es Carlota, Adrien y bueno, Andreas.
-¡Qué lindos niños!
-Él es Tennant, un amigo nuestro...
-Hola ¿Tennant san? Es un nombre raro.
-Compramos algunas cosas con los vendedores de la estación, esto es socca y creo que esto es pizza.
-Se llama pissaladière y no lleva salsa de tomate. La socca es una crepa de harina de garbanzo y aceite de oliva.
-Querían venderme socca de un metro de diámetro.
-Es que ese es el tamaño tradicional pero los turistas se llevan algo más chico.
-Está enterada de estas cosas, Yuko.
-Es que he vivido en la zona mucho tiempo.
-¿Es de Corea?
-De Japón.
-Oh, disculpe.
-No se ¿preocupe? Casi siempre me dicen que soy china.

Carlota miraba a Yuko con interés y ésta fijaba su atención en la botella de licor que aun permanecía sobre la mesa.

-¿Es de dátiles? - preguntó y Tennant replicó.
-Según sí.
-Es muy fuerte, la gente de Niza luego se emboracha.
-Tendré cuidado.
-También hay un alcohol de granada que es como un puñetazo.
-No vi nada de eso.
-Es que se acaba rápido pero lo puedes encontrar en Mónaco muy barato, nada más escóndelo porque te lo quitan las autoridades.
-¿Está prohibido? Perfecto.
-Es que lo venden los migarantes ilegales.

Tennant sonrió y tomó un poco de socca mientras imaginaba si en la escala en Mónaco iba a tener tiempo de buscar botellas, esperando que no costaran más que en Niza y pudiera pasar desapercibido con la policía.

Mediodía, estación de tren en Montecarlo, Mónaco.

Con puntualidad, Andrew Bessette se paró en el andén cuando arribaba el tren con los Liukin y de inmediato tomó su celular para realizar una llamada misteriosa en la que solicitaba mantener vigilada a Carlota en todo momento así como reportar sus movimientos ¿Cómo se había enterado de tal viaje?

-Sugiero que desista de sus planes con Carlota o me veré obligado a darle una fuerte lección - le advirtió Miguel Ángel.
-¡Ah, el mensajero de mon princesse!
-¡Nunca vuelva a llamarla de esa forma que yo puedo ver como tiene el corazón y si alguien le cobrará con el alma soy yo!
-Qué miedo.
-Advertido está.

Miguel se dio cuenta de que sujetaba a Andrew Bessette del cuello y éste le miraba creyendo que el discurso era tonto de sobra, no obstante, se detuviera la marcha del tren y ninguno de los dos abandonara su posición.

-Carlota necesita a su sirviente.
-Joubert a su padre.
-No lo metas en esto.
-Usted no se atreva a ponerle un dedo encima a la señorita Liukin.
-¿Eres su guardaespaldas?
-Y sé dar palizas.

Miguel soltó a Andrew Bessette cuando los vagones abrieron y fue donde los Liukin, que honraban su costumbre de enredar las maletas durante los viajes. En el forcejeo, Andreas jaló el cabello de Carlota y se desató otro pleito fraterno en el que Adrien se tiraba al piso para evitar las agresiones pero lanzaba aturdidores gritos para fastidiar a todos, recibiendo en respuesta que sus hermanos lo levantaran para hacer de él un escudo humano. Ricardo intentaba frenar a los chicos y Tennant separar a la joven Liukin cuando una potente voz clamando "¡basta!" acabó por provocar el esperado dolor de oídos que interrumpió el momento con inmediatez. Andreas aprovechó para propinar un último tirón al pelo de su hermana.

-¡Qué pena para su padre semejante trío de cínicos desvergonzados! ¡Le dije Carlota que usted se ve especialmente pésima y sin clase! Y ustedes, Andreas y Adrien ¡olvidan que a ninguna mujer se le levantan la voz y la mano! ¡Su hermana también es una dama!
-¿Miguel, dónde te habías metido? - preguntó Carlota.
-He llegado a la estación que es lo importante. Señor Liukin, lamento intervenir de esta forma pero no puedo tolerar que se le falte al respeto y como puede ver, ahora estará más tranquilo. Buenas tardes.

Carlota bajó los ojos y Ricardo le tomó de la mano sin decirle nada, haciéndole la seña a Tennant de que llevara el equipaje. Andreas y Adrien los siguieron sin agregar nada y Yuko fue por detrás, asustándose al reconocer a Andrew Bessette, apresurando el paso para no tartamudear.

La estación a diferencia de la Niza no permitía vendedores en los corredores y escaseaba de viajeros, no obstante, fuera un lugar bonito con enormes vitrales y fuentes a los que valía tomarles una foto. A los Liukin les sorprendía que el lugar fuera subterráneo y se vieron forzados a cerrar los ojos cuando lograron salir de ahí.

-Creía que no estaba oscuro allá dentro - declaró Ricardo mientras se acostumbraba - ¿Pudiste deshacer el nudo del equipaje, Tennant?
-En eso estoy.
-Bueno, iré por los billetes a Venecia, no se muevan de aquí. Tennant, encárgate de Carlota por favor. Adrien vienes conmigo.... Yuko ¿usted se queda aquí o va a otro lado?
-También voy a Venecia - contestó ella.
-Qué coincidencia ¿va a comprar su boleto de una vez?
-Lo acompaño.
-Bien y olvido algo.... ¡Andreas! tú.... Haz lo que quieras.

Ricardo no disimulaba la molestia con sus hijos y Carlota prefirió auxiliar a Tennant, en un gesto de amabilidad repentina inspirada por Miguel, que se encontraba con ella luego de unos momentos.

-Perdón por la escena, Miguel - le dijo en cuanto éste se posicionó de pie junto a Tennant.

-A quien le debe disculpas es a su padre.
-De todas formas siento pena contigo.
-Haría bien en permanecer tranquila y escuchar órdenes.
-Perdón, Miguel.

Tennant no creía lo que escuchaba ¡Carlota se diculpaba con alguien sinceramente! ¿Miguel si le imponía respeto o eran los cinco minutos más amables del día?

-Señorita Liukin, su padre viene enojado, le aconsejo prudencia.
-Se ve mal.
-Le haré frente, sólo no hable.

En efecto, Ricardo abandonaba la cercana taquilla muy molesto y Yuko se cuidaba de no añadir palabras a la conversación, temiendo que los Liukin volvieran a contagiarse del mal humor.

-El tren a Venecia salió hace dos horas, tendremos que quedarnos aquí hasta mañana ¿Dónde fue Andreas?
-No lo sabemos - replicó Tennant.
-Ahora hay que buscarlo, lo que nos faltaba.
-Tal vez esté aquí fuera.
-Tennant, acompáñame.... Yuko ¿puede....?
-¿Quedararme con los niños? ¿Por qué no? - contestó la mujer y Carlota la invitó a sentarse en la banca cercana, estableciendo conversación inmediata. Adrien, ignorado, prefirió descifrar el nudo de las maletas mientras escuchaba.

-¿De qué parte de Japón vienes? - quiso saber Carlota.
-Vengo de Kyoto y vivía en Tokio, tengo familia en Saitama y en un pueblito de Honshu, cerca del monte Fuji ¿lo conoces?
-¿Monte Fuji? Lo conozco por estampas.
-Está muy bonito.
-¿A qué te dedicas?
-Soy contadora.
-¿Desde cuándo vives en Niza?
-Llegué a los veinticuatro porque me contrató una cadena de hoteles en Japón que estaba en expansión y les llevaba las cuentas.
-Qué bien ¿y ahora te mandaron a Venecia?
-Eh, sí, voy a ser la contadora de un hotel cerca de una plaza.
-Vas a ver cosas muy bonitas.
-Pero no sé italiano.
-Yo tampoco.
-¿Qué vamos a hacer?
-¡Ir de compras!

Carlota y Yuko comenzaron a reírse y platicar de productos de belleza ocasionando que Adrien perdiera el interés y mejor se dedicara a ver a Andreas, que cambiaba unas monedas por fichas de casino en una casa de valores al costado derecho de la entrada en la estación. Raro que los demás no lo hubiesen notado, salvo Miguel, que optaba por levantar al mismo Adrien y llevarlo con su hermano, dejando a Carlota y Yuko solas.

-Si eres patinadora, entonces podrías ser famosa en mi país.
-¿De verdad, Yuko?
-Y conocerías mucha gente. Es que en Japón ser famoso da muchas cosas.
-¡Un día iré a Japón!
-Tienes que ir en primavera para que veas florecer la sakura.
-¿Sakura?
-Cerezos.
-¡Conozco los cerezos! El bosque de Tell no Tales está repleto y es muy bonito.
-No sabía que fuera de mi país también había.
-¡Son súper rosas! Guardé una bolsita con hojas de recuerdo.

Ambas continuaban muy distraídas a pesar de los anuncios de salidas y llegadas de los trenes y comparaban los contenidos de sus bolsos de viaje cuando los gritos de Andreas se escucharon en la estación debido a un malentendido con Adrien, que imprudente, había arrojado al piso las fichas de juego.

-Es peligoroso que vean a tu hermano con valores del casino - comentó Yuko y se levantó a salvar a Andreas, pidiéndole a Miguel que le ayudara. Eran tantas las fichas que al poco tiempo, el enfado de Andreas provocó que su padre finalmente lo encontrara y al igual que Tennant, ayudara a arreglar el desorden.

Mientras tanto, Carlota se quedó en su lugar, retomando su objetivo de desligar el equipaje sin resultados. Se entretuvo tanto que apenas alzó la vista de manera involuntaria, fijó su curiosidad en una chaqueta negra un poco vieja y estaba por apartarla cuando el perfil del hombre que la portaba se reflejó en un cristal. Carlota entonces continuó contemplándolo y él, sintiendo esa aura extraña se giró a descubrirla, sonriendo por circunstancia y sin intenciones, prosiguiendo su ruta normal sin darle importancia.

Carlota Liukin en cambio, se precipitó a sacar sus lápices y sus hojas y dibujó un retrato del joven que acababa de pasar.

-¡Andreas, esto es ya es el límite! ¡Tienes prohibido jugar en el casino y más te vale darme todo lo que traigas! - gritaba Ricardo de vuelta con sus hijos y Yuko retomaba su sitio junto a Carlota.

-¿Marat Safin?
-¿Quién?
-Hiciste un lindo retrato.
-Es de un chico que andaba por aquí.
-Es de Marat Safin y vive aquí en Mónaco.
-¿Lo conoces?
-No pero lo he visto en el Hôtel de París y en el Country Club.  Es tenista profesional.
-¿Tenista? Nunca escuché de él.
-A lo mejor nos lo encontramos en la calle.

Carlota resolvió terminar con sus trazos en calma y con cierta ayuda de Yuko en lo que el regaño a Andreas terminaba. Tennant, Miguel y Adrien permanecían como espectadores y el general Bessette los espiaba desde un rincón, ordenando de nuevo por celular algunas cosas. El teléfono de Yuko vibró enseguida.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Las noches de Mónaco (Serie navideña y octava temporada)


Gare de Lyon, París.

-Me... Me voy con ustedes - pronunció Tennant Lutz con voz apagada y Ricardo Liukin volteó a verlo desconcertado. El chico portaba una valija muy pequeña y parecía necesitar aprobación para atreverse a marcharse.

-De acuerdo, Tennant.
-Gracias.
-¿Traes dinero?
-El suficiente para bajar en Niza.
-De acuerdo, dámelo.
-Perdón si los molesto.
-¿Cómo te enteraste de nuestro viaje?
-Judy Becaud es muy escandalosa, yo estaba en el hotel.
-Bueno, no importa mientras sólo lo sepa ella. Iré por los boletos, te encargo a los chicos, Tennant.
-Bien.

Ricardo Liukin se colocó en la fila en la taquilla de la estación mientras Carlota tomaba asiento sobre su maleta y Adrien se concentraba en resolver una sopa de letras. Andreas tampoco fingió su desdén.

-¿También te largas? - inició agresivo.
-No me gusta París - contestó Tennant.
-Cállate, Carlota es fanática de la ciudad.
-No quiero estar aquí, es todo.
-Ojalá pensáramos lo mismo que tú.

Andreas miró a sus hermanos y Tennant pasó saliva por los nervios, temeroso por seguir hablando.

-Conseguí dos literas, Andreas tendrás que dormir en un asiento - anunció Ricardo al regresar - Tennant, puedes quedarte con nosotros hasta la mañana ¿te parece?

El joven Lutz apenas respondió sí, depositando su insignificante equipaje entre el de la familia Liukin en un arrebato de confianza ante la ausencia de preguntas. Aunque no era su intención, el chico mostraba un talante exaltado y Ricardo creyó que tenía un problema. Si era grave, no iba a dudar en deshacerse de él.

-Salimos a las 11:45, quiero que Carlota y Adrien vayan a la cama cuando abordemos, no hagan escándalo y no se peleen - ordenó Ricardo.
-Dile eso a Adrien, que grita por todo.
-Podrías empezar por darle el ejemplo, Andreas.
-Dáselo tú, eres el papá.
-Gracias, acabas de mostrarle a tu hermano lo tonto que es un bocón.

Tennant Lutz levantó la mirada y se admiró de Ricardo. Sin aspavientos ni gritos había puesto a su hijo mayor en su lugar y Adrien parecía entender la lección aunque su atención prestada fuera poca. Carlota en cambio revisaba su celular y el señor Liukin resolvió quitárselo, sin mediar negociaciones.

-¡Iba a preguntar cómo sigue Joubert!
-Te avisaré cuando sepa algo.
-¡Pero el teléfono es mío!
-Yo lo pago.

Ricardo apagó enseguida el teléfono ante el gesto berrinchudo que recibía en respuesta. De todas formas, la chica estaba castigada, perdiendo cualquier derecho de replicar en su defensa.

-Tennant, tú y yo tenemos que hablar - terminó el señor Liukin, procediendo a imitar a su hija con su equipaje.

En el andén había poca gente y los trenes arribaban vacíos después de haber hecho escalas en Bélgica o España. El que esperaban los Liukin provenía de Alemania y según la información del boleto, era de marcha lenta, cosa que impacientaba más a los tres hermanos y causaba risa en Ricardo, que sabía que así los tendría controlados un rato. Únicamente para evitarse malas caras, prefirió no comprar la cena; los burritos le disgustaban a Carlota lo suficiente para encabezar una rebelión anti - mudanza.

11:45 Gare de Lyon, interior del tren.

-¡Quítate Andreas!
-¡Quítate tú, cucaracha!
-¿A quién le dijiste cucaracha?
-¡Carlota cucaracha!
-¡Cállate idiota!
-¡Ya basta! - intervino Ricardo en la discusión y empujó a Carlota a su habitación, cerrando la puerta en su cara. A Andreas le sostuvo por la capucha de su sudadera y lo sentó a fuerza en la sección que le correspondía, colocándole al lado el equipaje para que no pudiera moverse ni ocasionar problemas. Tennant se había situado junto a la ventana del lado opuesto y Ricardo se sentó frente a él, ordenando dos cafés en el acto.

-Te invito, Tennant, relájate.
-Gracias.
-Se nota que tienes frío.
-¿Qué hace?
-Te doy mi bufanda.
-No me toque
-Perdón, no sabía que te iba a incomodar.
-Ah... Lo siento, olvídelo, gracias.

Tennant bajó los ojos y se disponía a depositar su cabeza sobre la mesa cuando alguien tocó en la ventana para llamarlo.

-¿Svante? - murmuró y se incorporó para encontrarse con él en la entrada del vagón, próxima a cerrar.

-¿Qué haces aquí? ¿Quién te dijo?
-"Iba a visitarte en el hotel" - escribió Svante en su pizarrón.
-¿Para qué?
-"Preguntar cómo sigues".
-Estoy bien.
-"¿Por qué te vas?"
-Es algo de último minuto.
-"Te habría acompañado".
-No voy solo.
-"Perdón"
-Discúlpame, Svante.
-"No te preocupes ¿Piensas volver?"
-No lo sé, realmente no quiero.
-"Iré a visitarte".
-Gracias.
-"¿Somos amigos?"
-Sí, adiós.

Svante alcanzó a besarle la frente cuando el tren cerraba y Tennant retomó su sitio, bebiendo el café de golpe y agitando su mano en despedida; Svante hacía lo mismo en el andén.

-¿Es tu amigo? - preguntó Ricardo.
-Creo que sí.
-¿No estás seguro?
-A decir verdad, le intereso.
-¿Algo romántico?
-Ha querido cuidarme.
-¿Cuidarte?
-De todas formas estoy en deuda con él.
-¿La pagarás algun día?
-No puedo.

Ricardo no intentó saber a qué se refería Tennant. El tal Svante poco a poco quedaba atrás al iniciar la marcha y el inspector del vagón le recordaba la pequeña escala en Niza a los viajeros nuevos, recomendándoles no abandonar sus lugares y aguardar a los vendedores de comida hasta que se aproximaran a las ventanas.

-¿A dónde va señor? - reanudó Tennant la charla y Ricardo pidió más café.

-A Italia pero el tren que necesito sale de Montecarlo.
-Nunca he ido a Italia.
-Supongo que tampoco a Mónaco.
-No tengo dinero.
-Carlota me había dicho que tenías un trabajo.
-Me pagaban poco.
-¿Eras cantinero?
-Ayudante en una sex shop.
-¿No eres menor de edad?

Tennant afirmó con la cabeza .

-Tienes la misma edad de Andreas ¿tus padres nunca te cuidaron?

El joven Lutz sacó un cigarrillo en respuesta.

-Disculpa, Tennant.
-Mis abuelos cuidaron de mí.
-¿Por qué dejaste Jamal?
-Mi abuela murió hace poco y después de diciembre no hay trabajo ni turistas.
-Te entiendo, mi abuelo también me crió y sé que es pasar vacas flacas.
-Mi madre está en la cárcel con cadena perpetua.
-¿Puedo saber qué hizo?
-Mató a cinco personas a golpes.
-Que terrible, disculpa....
-No me avergüenza.
-¿En serio?
-La gente tiene días malos y a veces eso pasa.
-¿Matar a cinco?
-Mi mamá era ejecutiva de la bolsa de valores.
-De repente me parece coherente.
-La llevaron al límite.

Ese relato le recordó a Ricardo lo que había sucedido con Joubert Bessette en Cobbs.

-Mi padre también vive - continuó Tennant.
-¿Qué hace para vivir?
-Se dedicaba a elaborar licor con mi abuelo.
-¿Qué pasó con él?
-Se quedó internado en un hospital.
-Tennant, de verdad me disculpo por preguntar.
-Está bien, de todas formas me quedé solo.
-¿Por qué?
-Mi padre es adicto a la heroína y tiene una orden restrictiva desde que trató de inyectarme ketamina con una aguja infectada.
-Sin comentarios.
-Él tiene VIH.
-Debe ser difícil.
-Trabajo desde niño y pasé mucho tiempo destilando con mi abuelo.
-¿Te gusta llenar botellas?
-El alcohol es una de mis pasiones, estudié mucho para ser enólogo.
-¿Vas a trabajar como tal?
-Cuando sea un adulto, por ahora sólo puedo servir tragos.

Tennant estaba orgulloso de su familia y Ricardo intuía que se hallaba conversando con el único sano de un clan de extravagantes psicópatas. El muchacho se atrevía a contarle porque no tenía dónde ir o quizás era una manera de pedir ayuda.

-Dime Tennant ¿hay alguien a quien puedas llamar?
-Mi hermana también está en la cárcel
-¿Nadie?
-Tengo otro hermano pero quien sabe cómo encontrarlo.

Tennant fumaba con resignación.

-El tabaco corrompe el paladar - comentó Ricardo.
-Quise probarlo.
-¿Por qué?
-Hasta antes de hoy ni siquiera tomaba café.
-¿Te excita?
-¡No, nada!
-Oye, lo decía en el sentido de que te sobreestimula.
-¡No, no siento nada especial! Por favor, no me toque ...
-¿Qué te sucede?

Tennant se levantó y desapareció velozmente por el pasillo, Ricardo fue tras él, preocupado.

Al mismo tiempo, Carlota Liukin salía de su camarote para quejarse por los gritos de su hermano Adrien y rápidamente, Andreas Liukin giró su cabeza con furia.

-¡No fastidies, Carlota!
-¡Ayúdame!
-¡Dale un chocolate!
-¿Tienes uno?
-¿No puedes conseguirlo sola?
-¡Mi papá me acaba de quitar la mesada!
-¿Todavía tenías dinero?
-Iba a comprar unos guantes y mis revistas.
-¡Yo te pedí prestado y me dijiste que no tenías nada!
-¡No te quise dar porque lo querías para un estúpido videojuego!
-¿Y a ti qué te importa? Igual te lo pagaba.
-¡No se me dio la gana!
-¡Eres una cucaracha!
-¡Que no me digas cucaracha!
-¡Por tu culpa también nos mudamos, bruja!
-¡Discúlpate por eso!
-¡Claro que no! ¡Bruja cucaracha!
-¡Ay, cállate idiota!

Carlota se fue a los golpes con Andreas y Adrien gritó más fuerte, atrayendo las miradas de los pasajeros y del vigilante, que dejó pasar a un chico que se aprestaba a terminar el alboroto.

-¡Ea, que se termina ya! ¡Andreas quédese en su lugar como se lo ordenaron y cierre la boca! Adrien, usted vaya a su cama y espere a que le atiendan, el chocolate no le urge y usted señorita Carlota, cálmese de una buena vez ¡se ve terrible peleando! Ese comportamiento no es propio de una jovencita elegante.
-Carlota es una corriente, en su cumpleaños se descontó a una chica - añadió Andreas socarrón y su hermana se le lanzaba de nuevo hasta que fue sujetada por las manos y arrojada al dormitorio en donde Adrien continuaría con su pataleta un buen rato.

Mientras el boletero le buscaba para que calmara a sus hijos, Ricardo se halló en un baño, con el abrigo de Tennant en brazos y éste vomitando sin poderse detener. Por si las dudas, en el botiquín de la pared había pastillas contra el mareo y pasta de dientes, quizás útiles para gente normal, pero por la escena, Ricardo supo que aquél chico se había tragado una enorme angustia y una amarga vergüenza.

-¿Te sientes mejor? - le preguntó después de diez minutos.
-No me toque, por favor.
-¿Por qué lo haría, Tennant?
-Necesito un abrazo pero no quiero que confunda las cosas.
-¿Por qué me aprovecharía?
-Porque no pondría resistencia.

Tennant se aseó la boca y Ricardo lo miró bien: Cabello recién cortado, rostro pequeño con ojos grandes, aspecto aniñado.... Era perfecto para gustarle a cualquiera y con mayor justificación al verlo moverse con esa postura grácil que le delataba la edad.

-¿Resistirte a qué?
-Sólo no me toque, por favor.
-Tennant, tranquilo.
-Quite su mano de mi hombro.
-Claro.
-Creo que me enfermé.

Ricardo aguardó pacientemente hasta que Tennant tomó su abrigo y se lo colocó mientras tiritaba de frío.

-Ahora puedes contarme lo que hiciste.
-¿Qué dice?
-Tennant, una cosa es que no quieras que alguien te toque y otra que por algo tan simple como una conversación te pongas mal ¿Las palabras que usé te incomodan?
-No.
-Entonces no te entiendo.
-Me sentí un poco mal.
-Si quieres hablar, te espero en dónde estábamos, si no, te despediré en Niza por la mañana y te pido de una vez que no te acerques a mi familia. Con tu permiso.

Ricardo dejó el tocador sin conceder un segundo y retomó el asiento de momentos atrás, sin prestar atención a las recomendaciones del vigilante del vagón respecto a poner orden con sus hijos.

-Ellos no gritan ahora - contestó apenas y dio el sorbo al café que le quedaba, consciente de que Tennant le miraba a lo lejos sin carácter ni fuerzas para presentársele. Sin embargo, Ricardo recordó la confianza que el chico le tenía y que por aquella razón no había escondido la singularidad del clan Lutz; así que le concedió crédito y se acercó a él después de darse cuenta de que Andreas cabeceaba sobre las maletas.

-Toma asiento, Tennant.
-Gracias.
-Aquí nadie nos oye, dime.
-Perdón por malinterpretar sus palabras.
-Descuida.

Tennant Lutz exhaló profundo.

-Tuve sexo con un chico.
-Así que eso era. No te sientas equivocado por eso, tampoco tienes que esconderlo.
-No entiende, señor Liukin.
-¿Te lastimó?
-¡No soy gay!
-De acuerdo.
-¡No me mire así! Créame, por favor.
-Te creo, no te alteres.
-Es que .... Nadie sabría que le digo la verdad.
-Tennant, sólo pregunté si el tipo te lastimó.

El muchacho asentó con ojos llorosos.

-Me acosté con él porque estaba frustrado, furioso. Me desahogaba ¿comprende?
-¿No tomaste en cuenta que era un hombre?
-Al principio me negué, no soy homosexual; él me había encontrado en la calle, me asaltaron esa noche. Desperté y estaba desnudo en una cama cuando vi a este chico, lo eché y me vestí pero pensé que me había hecho algo y cuando lo quise confrontar me llevó de nuevo a la habitación y me quitó la ropa, luego dijo que me ayudaría y que me quería, que me daría lo que yo deseara, que lo haríamos una vez... Me convenció y sólo me atreví.
-¿Te traicionó?
-En la mañana me dejó un sobre con 50 €, como si me hubiera pagado por un servicio.
-¿Es lo que te tiene así?
-Fui a buscarlo y le partí la nariz.
-¿Qué es lo que te duele?
-Que confié en él ¿En qué clase de idiota me convierte eso?
-¿Conocías a este muchacho?
-Lo vi una vez antes.
-¿No le hablaste?
-No.
-¿Le preguntaste por qué estabas desnudo en esa cama?
-Sí pero no recuerdo la respuesta.
-¿Había alguien más?
-Cumber ¿lo conoce? Se disculpó conmigo esta tarde.
-Sé quien es ¿qué tuvo que ver?
-Cerró la puerta cuando me vio con el chico y luego me acompañó a golpearlo y me presentó a Svante.
-¿El que se despidió de ti?
-Svante me ayudó, me escribió que debía entender lo que pasó.
-Tennant, yo seré menos blando: El tipo con el que estuviste abusó de ti.
-¿Qué debo hacer?
-Romperle la nariz fue una gran idea.

Tennant lloraba y Ricardo, en un arrebato paternal, le abrazó en consuelo, comprobando que no estaba frente a un niño.

Observando atento se hallaba otro joven que había colocado una mesa y un par de sillas al lado de la habitación de Carlota Liukin, misma que salió en pijama y con el cabello alborotado después de pelear con su hermano Adrien, que ahora dormía plácidamente en la parte de arriba de la litera.

-Buenas noches, señorita Carlota - dijo el chico.
-¿Miguel?
-Compré algo de sushi ¿gusta cenar?
-Gracias, tengo hambre.
-¿No va a tener otro round con sus hermanos?
-Espero que no.
-Tuve que intervenir, no deseo que usted sea más castigada.
-¿Eras tú?
-Los regañarán por la mañana de cualquier forma.
-¿Cómo lo sabes?
-Conozco a su padre.

Carlota alzó la mirada antes de tomar asiento.

-¿Qué le pasa a Tennant?
-Pensé que no se fijaría en él.
-Es raro ver a mi papá abrazando a alguien que no sea yo.
-Tennant lo necesita.
-¿Y por qué estás aquí?
-Trabajo para usted ¿lo recuerda?
-No tengo con qué pagarte.
-No estoy aquí por dinero.
-¿Entonces?
-Carlota, por el momento disfrute su sushi, aun hay bastante camino por recorrer.

Carlota se encogió de hombros y tomó unos palillos para degustar sus alimentos, comprobando que no faltaban la salsa de soya ni una copa de helado de matcha y vainilla.

-Sabes lo que me gusta, Miguel.
-Es fácil al prestar atención.
-¿Por qué no me acompañas? Toma la mitad de mis rollitos.
-No, gracias.
-Si mi padre te ve, te va a matar.
-No lo hará, confíe en mí.

Carlota volteó de nuevo hacia Tennant y constató que éste se iba calmando poco a poco, en parte porque Ricardo no decía palabra y prefería seguir invitándole café, porque el trayecto a Niza no era cálido ni se podía observar por la ventanilla.

martes, 1 de noviembre de 2016

El cuento de día de muertos: La bicicleta


Tell no Tales del espejo:

-¿Alguien sabe dónde está Andreas? - preguntó Micaela Mukhin a su familia una noche durante la cena. Después de un silencio breve, Roland Mukhin contestó:

-Sigue en la Fuerza Aérea, es general de grupo.
-Vaya, logró ser alguien.
-Aun combate a partidarios del Gobierno Mundial en el continente negro, llegaron cartas con su nombre.
-¿Puedo leerlas?
-Te las daré después de la cena pero son cuatro.
-No importa, colocaré su sitio en la mesa y cuando regrese no tendrá que buscarlo.

Micaela procedió a acomodar una silla al lado de su propio asiento y después continuó degustando macarrones con queso muy contenta, mirando a Bérenice con falsa calidez.

-Encontré la tumba de Kuragin - dijo la mujer de repente y Roland depositó sus cubiertos en el plato, con la resignación de la noticia por ser esperada.

-¿Dónde está?
-En la Tell no Tales real, en el cementerio de la playa.
-¿Quién lo enterró?
-Alguien me dijo que un niño estaba ahí y cuando quisieron darme un escarmiento me lo mostraron.
-Micaela....
-Lo mejor fue reconocerlo, se veía apacible y sonriente, no llevaba mucho tiempo muerto cuando lo vi. Sé que sigue allí porque le daba miedo a la gente que estaba conmigo. Le echaron tierra encima y unas flores, Kuragin siempre sacó lo mejor de la gente.

Aquél relato mórbido provocó que Luiz y Marat abandonaran rápido el apetito y Bérenice permaneciera callada mientras intentaba librarse del impulso por llorar que no la dejaba en paz desde que podía ver a su madre.

-Quiero visitar a Kuragin ¿quien me acompaña? - dijo Micaela alegre - Seguro habrá mucha gente y a nadie le extrañará si ponemos cosas y tomamos un refrigerio.

Roland Mukhin sonrió y aceptó el plan con idéntica sonrisa, desconcertando más a Bérenice que alcanzaba a murmurar:

-Mañana tengo que trabajar.
-Es una lástima, te contaremos luego - sentenció Micaela y prosiguió la cena a pesar del gesto asombrado de Bérenice por la indiferencia de sus padres.

-¿Podrías darme tu balin rostov? No cruzaremos Roland y yo sin él.
-Sí, mamá. Toma.
-Gracias, prometo abrirte el portal para que no llegues tarde a tu empleo ¿Vas a llevar al bebé a la guardería?
-Supongo que no.
-Está bien, así tendré más tiempo de conocerlo.

Bérenice reprimió sus ganas de ponerse grosera y terminó con su plato velozmente para tener derecho de retirarse pronto. Ya lo hacía cuando su padre invitó a Luiz y a Marat al paseo sin discreción alguna y aunque se negaron, la atmósfera era de exigencia. Los Mukhin necesitaban ayuda con las compras funerarias como flores y pintura para quitar lo gris de la tumba, también trasladar a Roland Mukhin entre las rocas iba a ser un problema.

-No se hable más, estamos de acuerdo - concluyó Micaela Mukhin y Bérenice pudo irse a su habitación, en donde golpeó el colchón una y otra vez para deshacerse de su coraje. No entendía porque su madre era tan fría y menos porque se había adaptado velozmente a la dinámica familiar, sin darles tiempo de hacerle preguntas o una bienvenida.

Día siguiente, Tell no Tales real:

Tell no Tales no celebraba a sus muertos por ninguna razón. A decir verdad, era una ciudad que prefería olvidarlos hasta que otro familiar ocupara un lugar junto a los parientes. Así debía ser y así se hacía. El cementerio de la playa, sobre una cuesta gris, escasamente recibía visitas de gente que mostraba lo bien que le estaba yendo en la vida; había copias de exámenes aprobados y títulos universitarios, collares, la medalla de Verner Tomos continuaba colgada de una cruz. Los profanadores preferían sustraer cuerpos del servicio forense o del hospital antes que pararse allí y los ladrones contaban sus botines lejos de ese lugar que era custodiado no por un velador, sino por un cuervo viejo que tosía cuando llegaban personas.

Aquella semana era excepcional. Tell no Tales enterraba a las víctimas de los derrumbes, en su mayoría amados abuelos y jóvenes oficinistas que dejaban hermanos pequeños como hijos únicos y tardíos de padres cuya energía iba en caída libre pasados los cuarenta y siete años. Alguna señora comentaba como un anciano había cubierto a su mujer durante la caída del asilo y los rescatistas los habían encontrado abrazados y fallecidos. En otro extremo se contaba la historia de un veinteañero contador al que un muro aplastó con tanta fuerza que los sesos salieron como la fruta de una lata. El cuervo volaba a la altura de los rostros de la gente y se detenía cada que se abría una fosa y se depositaba al nuevo huésped, como si calculara cuánto le tomaría recorrer el cementerio a partir de ese día para cumplir con sus labores y sobretodo, para atrapar larvas en el tiempo adecuado. Como también tenía suerte, los niños le echaban migajas y las almacenaba al lado de una lápida cuya última visita sucedió ese mismo enero. El cuervo recordaba bien ese entierro porque una niña llamada Carlota Liukin lo había ahuyentado y tiempo después no apareció un sólo insecto para comer, por lo mismo, era un lugar seguro para guardar provisiones y dormir.

Sin embargo, ese cuervo notaba una diferencia esa tarde. Una de las tumbas anónimas con vista al mar no tenía la sombra que debía a las tres de la tarde y celoso de su puesto, se posó sobre ella, alerta.

En el Panorámico sin embargo, se contaba una historia más evasiva o cuando menos divertida. La zona de bares era una fiesta de miserables borrachos que con el colapso habían perdido todo, de niños de familias pudientes que pasaban el día en las barras comiendo guisos con arroz y jugando con otros chicos de clase baja o rusos y gente de Blanchard cuyo barrio pobre contaba con la paradoja de tener cimientos firmes y ser inmune a la ola de destrucción que el descontrolado canal St. Michel ocasionaba sin piedad en el lujoso vecindario de Nanterre. En cuestión de horas, la autoridad le había pedido a la gente más despreciada que diera asilo a los damnificados hasta encontrar solución a la emergencia.

La cantina de Don Weymouth no era la excepción. Bérenice y Evan Weymouth lidiaban con peticiones de jugo, pelotas, crayolas tiradas y al mismo tiempo, separaban a los ebrios, limpiaban vómitos y rezaban porque la cerveza y el salkau no se agotaran para no ser ellos los encargados de desatar una batalla campal por la que los niños harían sus apuestas. De un bando estaban los acomodados ejecutivos y del otro los rudos pescadores, ambos con posibilidades serias de irse a los golpes, unos por volverse desgraciados y los otros por tener que ayudarlos. La policía sólo esperaba y en el mercado cercano se habían agotado los dulces que entrarían en juego.

-¡Jefe! Ya es mi hora de comida - avisó Bérenice y salió a la calle, misma en la que seguía el carnaval de la decadencia. Ni el puesto de kebab o los hot dogs de enfrente estaban exentos de interminables filas y con hambre, Bérenice caminó al mercado, recordando que a esa hora sus padres estarían con Kuragin. A Bérenice le ponía triste que aun esa mañana le negaran la invitación para ir y que por elaborar su picnic, no pensaran en ella ni para pasar a dejarle un almuerzo.

En su camino, Bérenice recordó a Kuragin, un pequeño que detestaba los panecillos de harina y no le gustaban sus clases en la escuela, escapándose cuando podía. La familia se preguntaba hasta la fecha qué había hecho el niño para que el Gobierno Mundial no hiciera más que llevárselo y al menos, su destino era caso resuelto, asumiendo que sus ejecutores fueran conocidos.

-Deseo verlo - susurró al llegar a la calle vecina y constatar que las cocineras le anunciaban a la multitud que las raciones de comida se agotaban y volvieran mañana. Entre la lluvia de reclamos y los caninos que hurgaban sobras junto a una gran pared se formó un remolino violento y asustada, Bérenice regresó corriendo a la cantina, cerrando la puerta tras de sí. Todo indicaba que la amenaza de una pelea colectiva estaba por concretarse y al oír que de salkau en buenas condiciones nada quedaba, se puso a sacar a los clientes más propensos a la furia, esperanzada de evitar la destrucción del local mientras el bullicio del exterior crecía. Tentada por confirmar sus sospechas, la joven volteó a la calle, viendo en cambio a Marat detenerse frente a la banqueta. Bérenice no se contuvo y salió a su encuentro, mismo que le provocó una sonrisa cuando él le extendió la mano y le hizo la seña de subir.

-¡Gracias Marat! - exclamó y se colocó detrás de él en una bicicleta amarilla.

-¿Me llevarás con Kuragin? - preguntó ella con timidez ante la obviedad y se sujetó fuerte de la cintura de Marat al bajar por la altísima cuesta que llevaba al corredor de la playa. El cementerio continuaba alejado y él pedaleó lo suficiente para detenerse un momento frente a una juguetería ambulante en la que quería elegir un regalo para el niño difunto: un globo, un papalote, un perro de plástico o una pelota, tal vez unos dardos. Mientras escogía, Bérenice se despojó de las sandalias y corrió a mojarse los pies, igual a cuando era chica y Kuragin la retaba a pasarse los huesos de pollo mientras permanecía de pie ante al mar tranquilo. El cielo era rosado y Marat se le acercó al adquirir un pequeño papalote azul.

-Si vas a llorar, es la hora.
-El Pacto se llevó a Kuragin, Marat.
-No sé qué decir.
-Nunca me aprendí su cara.
-¿Qué edad tenías cuando se fue?
-Siete creo.
-¿Era mayor que tú?
-Era más pequeño, mi mamá guardó su pañoleta roja.
-¿Tu hermanito era inteligente?
-No lo sé, conmigo jugaba mucho. Sólo me acuerdo de eso, en una playita como ésta, con nuestras bicicletas, él escribía en la arena y rodábamos en la orilla todos los días.
-Qué divertido.
-Me dolió ver que mi mamá lloró mucho cuando lo perdimos y ahora está tan contenta....
-Tranquila.
-Es que no entiendo por qué, si no puede abrazar a Kuragin ni hablarle.
-¿No será que tú sientes eso?

Bérenice pateó el agua con enojo.

-No lo puedes cambiar - dijo Marat con atrevimiento.
-Es que esperaba encontrarlo para decirle que lo quiero mucho.

Marat no entendía de muertos ni de tristeza puesto que jamás había perdido a nadie y sólo podía guardar silencio ante las tragedias porque evitarlas era ingenuo. Él prefería creer que estaría listo para afrontarlas al tiempo que Bérenice retomaba su camino sin preguntarle si le prestaba su bicicleta. Yendo en línea recta por intuición, la joven descubrió que el lugar era muy similar a donde Kuragin y ella acostumbraban pasar el tiempo, pero era un poco más bonito y cuidado, con palmeras en las cuales les habría gustado subirse para cortar un coco y compartirlo. Marat corría detrás y en la cuesta del cementerio volvió a tomar el control, ascendiendo con dificultad hasta que la bicicleta se atascó en la arena.

-¡Te reto a una carrera! - gritó Bérenice y los dos corrieron con dificultad hasta tocar terreno plano y seco, divisando una lápida pintada de verde y un árbol decorado con farolitos de papel. Estaba claro que se trataba de la morada de Kuragin y Micaela y Roland Mukhin interpretaban canciones alegres con una guitarra. Luiz cargaba en brazos al bebé Scott y miraba curioso un funeral a la distancia.

-Viniste, Bérenice - saludó Roland Mukhin - ¿Te gusta? Kuragin quedó frente al mar.
-Es precioso.
-¿Quieres un bocadillo? Tu madre hizo empanadas de fruta.
-Gracias.
-¿Estuviste llorando?
-¿Se nota mucho?
-No te preocupes, tu madre y yo nos sentíamos igual que tú.
-¿Y por qué están felices hoy?
-Porque encontramos a nuestro hijo y nadie puede hacerle daño.

Bérenice abrazó a su padre y se sentó sobre la tumba para devorar empanadas, posando los ojos en el horizonte.

-Nos acompaña un cuervo - notó Luiz al cabo de un rato.
-Le daré de comer, él ha cuidado a Kuragin estos años - añadió Micaela Mukhin pero el animal prefirió huir a su refugio.

Aquel cuervo era listo. La morada de Kuragin Mukhin había cambiado de color y de sombra, un aura siniestra se dejaba percibir y la sorpresiva visita no dejaba lugar a dudas: Los Mukhin no pertenecían al orden natural. Ese lugar que tanto se había esforzado por cuidar y que usaba para pasar algunas tardes ahora se transformaba en un altar de angustia y tristeza, en el que había sucedido algo tan macabro que más valía dejarlo en su sitio sin aproximarse. Los Mukhin y Marat le daban desconfianza y por sus rostros vacíos, se aterrorizó.