Marat Safin se dirigió al Country Club y lo primero que encontró fue a su hermana que se le echó en brazos y una familia que le rodeaba con enorme alivio. Las noticias sobre Tell no Tales eran desoladoras.
-¿Dónde estabas? ¡Nos preocupamos mucho, Marat!
-Vine en cuánto pude.
-No llamaste y no te localizábamos en ningún lado.
-Estoy bien, me estás ahogando.
-¡No nos vuelvas a tener angustiados!
-Oye, basta Dinara, regresé y ya.
-¡Anna preguntó por ti!
-¿Anna?
-¡Tu novia no se ha cansado de insistir por informes, se va a poner muy contenta de tenerte aquí!
"Anna... La había olvidado" pensó Marat indiferente y optó por estrechar la mano de su padre, también sin emoción.
-Me alegra verte, hijo.
-Gracias.
La familia Safin prácticamente había formado una fila para abrazar a Marat y los amigos de éste se turnaban para darle palmadas en la espalda. Algo había en él que, al igual que toda la gente del espejo, podía ser inexpresivo y frío con las personas reales y aun así tener la facha de agrado y empatía que disimulaba su origen. El lector debe saber que los Safin no habían salido del espejo y por ende, desconocían su carencia de parentesco con Marat.
-Tu madre y yo no hemos dormido esta semana, ella pensó que te había sucedido algo.
-Les habrían llamado.
-Bienvenido a casa.
Sólo Mikhail Safin sospechaba que Marat tenía algo raro pero nada encajaba para confirmarlo. Quizás el olvido repentino de algunas cosas y el trato a Dinara le podían dar pistas pero eran tan parecidos que no podía negarse así mismo la idea de que aquél joven compartía su sangre.
-Es extraño pero quiero preguntar en donde estuviste, hijo.
-Con Bérenice, una amiga.
-No conoces a ninguna Bérenice.
-Bérenice fue mi primera novia.
-Tu primera novia fue una niña llamada Raisa en secundaria.
-¿Nunca mencioné a Bérenice?
Mikhail Safin dijo que no y Marat se encogió de hombros, notando que hablaba de su dimensión original.
-Necesitas descansar, Marat.
-Gracias.
-¿Dónde vas?
-Tengo algo que hacer ¿puedo dejar mi maleta contigo?
-Claro.
-Los veo más tarde.
Dinara alcanzó a decirle "adiós" a su hermano y éste ni siquiera le volteó a ver, puesto que no le interesaban los Safin ¿Por qué estaba con ellos?
Al mismo tiempo pero en la comisaría, los Liukin continuaban con su escándalo y la policía no lograba que al menos uno de ellos guardara silencio para explicarles que procedía una vez que el juez los tuviera enfrente. Ni siquiera Yuko Inoue razonaba ante los gritos y el alboroto culminó con su detención, porque a esas alturas se había involucrado en una discusión estúpida sobre el lugar donde los niños pasarían la noche, ya que pretendía cumplir las órdenes de Andrew Bessette al pie de la letra.
-Le agradezco no apartar de mi vista a mis hijos - mencionó Ricardo irritado y lo metieron en una celda con Miguel y Tennant. A ese punto, Adrien tomaba un asiento cercano para consagrar su estancia en la resolución de sopas de letras y Carlota tomaba otro frente al escritorio del juez, dándole la espalda para que no la viera llorar.
-Buenas tardes ¿puedo saber porque han metido gente en dos celdas?
-Dos de los involucrados alteraron el orden público en la capilla de Santa Devota, el otro causó ruido excesivo y la señorita tuvo otro desorden aquí fuera - dijo un oficial.
-Nombres de los acusados, por favor.
-Yuko Inoue, ciudadana japonesa de 31 años, alteración del orden público y discusión violenta, Miguel Ángel Louvier, ciudadano español de 19 años, discusión violenta, Ricardo Liukin, ciudadano de Tell no Tales de 44 años de edad, alteración del orden público, discusión violenta, agresión a la autoridad y daño a un vehículo oficial y Tennant Lutz, ciudadano escocés con 17 años, intervención en un arresto judicial y discusión violenta.
-Saquen a ese muchacho, es ilegal encerrarlo, espósenlo en una silla y llamen a los cónsules que correspondan. Lo siento por los niños, trátenlos bien.
Adrien aprovechó la indicación para pedir un vaso con jugo y Carlota se levantó sin prestarle atención.
-¿Dónde vas? - preguntó Ricardo.
-¡A buscar a Andreas!
-¡Carlota te prohíbo que abandones este lugar!
-¿Qué quieres que haga?
-¡Nada!
-Andreas tiene que venir.
-Hago el reporte de robo y ya.
-¿Para qué lo quieres encerrado? ¡Él tiene el dinero que nos podría sacar de aquí! Lo traeré, lo prometo.
-No quiero que vayas sola.
El juez miró a Carlota desesperada y se preocupó porque Mónaco tenía una gran vida nocturna y desde el atardecer podría tornarse peligroso para una chica sola. No era viable tener un problema con los turistas y en la comisaría se tenían archivados varios incidentes con menores.
-Encuentre a su hermano, señorita, luego fijaremos las multas ¿Responderán por todos?
Carlota escudriñó su maleta antes de responder y encontró un pequeño capital.
-Tengo 30€ ¿no me sirve, verdad?
-El joven Miguel Ángel tiene la acusación menos grave.
-¿Cuánto es?
-No puedo liberarlo sin notificar al gobierno español que lo tenemos aquí.
-¡Rayos!.. Le avisaré a Andreas, vuelvo pronto.
-Aguarde, el general Bessette le tiene en gran estima, es probable que le ayude si lo localizamos.
-¿El general Bessette?
-Señorita Carlota, lamento conocerla en estas circunstancias.
-Llámelo, por favor.
"¡No!" gritaron Yuko, Ricardo y Miguel y el juzgador volteó a verlos enseguida.
-No necesitamos ayuda, Carlota, trae a tu hermano de inmediato.
-Pero papá...
-Es una orden, ni respondas.
-Está bien.
Con la cara enrojecida por no poder hacer más, Carlota aseguró su maleta y salió corriendo a la calle, imaginando que Andreas había ido a una casa de juego o a la playa a ver chicas. Sólo se ocurrió mostrar una foto de él a la gente que iba encontrando, con lógicos resultados nulos y perdiéndose, ya que era más fácil hallar a la princesa Roxanne que recibir ayuda.
Marat por su cuenta caminaba para respirar y su sensación de asfixia no lo dejaba en paz cuando se detuvo abruptamente en el vecindario de La condamine, bastante alejado del country club y junto al barrio de Montecarlo. Como sospechaba, Mikhail Safin había tenido la paciencia de seguirle, aguardando un descuido para acercársele, cosa que hizo. A Marat le sofocaba tener cerca a los Safin y le daban ataques parecidos al asma a menudo.
-¿Te sientes bien, hijo?
-Perdón por irme así.
-Supuse que no te sientes bien, el viaje fue pesado.
-No, sólo fue lo de siempre.
-Desde hace mucho tus bienvenidas terminan contigo ausente en la fiesta. Tienes muchos amigos a los que les importas, tu hermana te adora y tu madre y yo queremos seguir cerca de ti.
-¿Por qué me dices eso?
-Dejaras de ser ruso si te gustara que te hablara de lo que ya sabes. No seas distante con tu madre y con Dinara, es un consejo.
-Está bien.
-Supongo que terminaste con Anna.
-Hace mucho y no se va.
-Tendrás que demostrárselo.
-¿Más?
-Sigue enamorada de ti.
-Yo no siento algo.
-¿Bérenice?
-Una buena amiga.
-¿Primera novia? No lo sabía.
-Se casará y es mamá.
-Al fin sonreíste.
-Vi a Carlota Liukin en la estación, vine a buscarla.
-No sabré nada de Bérenice, de acuerdo.
-¿Crees que Carlota siga allí?
-¿Por qué te interesa?
-Vi el anuncio de una exhibición hípica con recaudación de fondos para ayudar a los damnificados de Tell no Tales.
-¿Qué tiene ella que ver?
-Podría convencer a los asistentes de donar más dinero, ella es tellnotelliana, no le dirían que no ¿No has leído las noticias?
-Aun no.
-La familia Izbasa desfalcó al erario, Tell no Tales está en quiebra.
Marat era muy serio al respecto y quería ayudar de alguna manera, así que encontrarse fortuitamente con Carlota Liukin era una oportunidad que no iba a desperdiciar.
-¿Altruista tú? Eso es nuevo.
-Me voy.
-Te acompaño.
-No, gracias, este es un asunto mío.
-Encuentra a esa chica.
-Supongo que nos vemos luego.
Marat se levantó a prisa, queriendo coincidir pronto con la joven Liukin, misma que pasó junto a él en la calle Princess Caroline, sin que advirtieran siquiera el uno del otro. Él continuaba pensando en la estación de tren y ella creía distingur a Andreas en cada esquina, desilusionándose cuando confirmaba su error. Para no seguir dando vueltas, Carlota terminó yendo por la línea costera, misma en la que llegaría más fácil al casino y a las playas en donde las vacacionistas exhibían exóticos pasos de baile. Primero pasó por el puerto, en donde yates de todo tipo atracaban y los magnates se saludaban entre sí, acordando reunirse en los eventos sociales nocturnos de caridad y los príncipes italianos organizaban fiestas privadas con paparazzi.
-Busco a Andreas Liukin - dijo Carlota a un capitán de la marina.
-Pasó por aquí, se fue con una chica al country club.
-¿Dónde está eso?
-Sigue derecho pero está un poco apartado, es más fácil ir en moto.
-¡Muchas gracias!
-¡No vas a llegar a pie!
Carlota se despojó del calzado y corrió en la arena sin otra esperanza que la de distinguir a Andreas antes de que apostara o perdiera su bolso en medio de su abrupta parranda. Por ese motivo, no tenía conciencia de la hora ni de los lugares llenándose de gente.
Sin embargo, Marat dio pronto con la estación y se topó con la estancia vacía. Temeroso de que los Liukin hubiesen tomado un tren, recorrió el lugar preguntando por ellos, enterándose del pleito de Andreas en la casa de cambio y que la familia había ido de visita a Santa Devota después de comprar lugares en la corrida a Venecia del día siguiente.
Marat no perdió tiempo en ir a la capilla, misma que cerraba a las cuatro de la tarde. Un grupo de turistas en tour salían del sitio cuando se le ocurrió ver si los Liukin no estaban dentro. Extrañado de no reconocer a Carlota, preguntó al seminarista a cargo.
-Estuvo aquí pero no se quedó mucho.
-No es posible.
-Su familia causó un alboroto y la policía se los llevó a la comisaría.
-¿Está seguro?
-El padre Pierre los acusó, estaban interrumpiendo misa.
-¿Padre quién? No importa, gracias.
-De nada, vaya con Dios.
Marat se apresuró para dar con la comisaría, intrigado de saber en que estaban metidos los Liukin para presentarse con el juez. Los desmanes eran comunes en el país.
Simultáneamente, Carlota continuó dando pasos al country club, segura de que Andreas estaba haciendo uno de sus disturbios y casi podía contar con que derrocharía las fichas del casino y perdería la mayoría mientras se caía de borracho o se besuqueaba con quien fuera.
-¿El country club? - consultaba con quien se dejara y no se rindió hasta que dio con un edificio de arquitectura neoclásica en el que la gente entraba y salía en sandalias y shorts o con indumentaria ecuestre. La puerta era de cristal y la atravesó sin ningún problema, preguntando por Andreas en recepción en lugar de saludar y adentrándose sin que nadie se lo impidiera. Así, Carlota dio con el restaurante y con la familia Safin, capturando la atención de Dinara Safina y de Mikhail Safin, que había vuelto a la fiesta para no alterar a nadie.
-¡Pobre niña! ¿Te pasó algo? - inquirió Dinara.
-Estoy buscando a mi hermano.
-¿Cómo se llama?
-Andreas Liukin, es él - señaló mostrando la foto.
-No lo hemos visto, lo siento pequeña.
-¿Liukin dijiste? - intervino Mikhail Safin - ¿Marat viene contigo?
-¿Quién? - respondió la chica.
-Mi hijo quiere localizarte desde que llegó, toma asiento, lo llamaré.
-No entiendo.
Mikhail Safin tomó su celular para avisarle a Marat, advirtiendo que los pies de Carlota eran un desastre y su cabello también.
A pesar de la insistencia, Marat apagó el teléfono al entrar a la comisaría y al igual que Carlota, no saludó, limitándose a hacer preguntas.
-Salió hace unas tres horas, dijo que iba por su hermano - confesó el juez.
-La espero.
-¿Para qué quiere a Carlota? - habló Ricardo desde la celda - ¿Quién es usted?
-Marat Safin.
-Carlota lo vio en la estación - añadió Yuko.
-¿Qué desea, señor Safin? - continuó Ricardo.
-Hablar con la señorita Carlota, es importante.
-Entonces tendrá que decírmelo porque soy el padre de esa mocosa y ya me cansé de que los chicos la sigan como idiotas.
-Es por un evento de beneficencia.
-Mi hija no irá.
-Se recaudarán fondos para Tell no Tales.
-Respondí que no.
-Estuve en la ciudad durante los derrumbes, las cosas están muy graves.
-Supe algo de eso, se cayó el asilo.
-Todo el barrio Nanterre se vino abajo y Marchelier desapareció también.
-¿Qué?
-No terminan de contar a los muertos y no hay fondos para reconstruir.
-En Tell no Tales pagamos el impuesto por emergencias, nunca se ha necesitado ayuda.
-¿Cuál es su nombre, señor?
-Ricardo Liukin.
-Señor Liukin, estoy obligado a decirle que los Izbasa robaron todo.
-¿Qué es todo?
-Tell no Tales está en bancarrota desde hace seis meses.
-No, las cosas estaban bien.
-¿Necesita el periódico?
Ricardo se recargó incrédulo en la pared.
-¿Me dirían que hacen aquí encerrados? - siguió Marat.
-Nos peleamos - le contestó Adrien Liukin, dejando su silla y colocándosele enfrente - ¿Eres el nuevo novio de Carlota?
-No.
-Sólo la buscan sus novios.
-No la conozco.
Marat se acercó al juez y sin mediar nada, declaró:
-Diga a cuánto asciende la multa, yo respondo.
-Si es así, debemos llamar a las autoridades consulares.
-¿Por qué no lo ha hecho?
-Por la señorita Carlota. En cuanto llegara con su hermano, liberaría a su familia sin cargos, no pensaba retenerlos aquí.
-¿Por qué la dejó ir sola?
-Mandé a un oficial a seguirla.
-¿Habría manera de sacar a los Liukin ahora?
-¿Sin intervención de los consulados?
-Entre más rápido salgan de aquí, encontraremos a Carlota y a su hermano.
-La multa total es cara.
-¿Cuánto?
-3000 €, le explico los cargos...
-No es necesario ¿aceptan tarjeta?
-Dejen salir a los acusados y quítenle las esposas al muchacho de allá, no quiero volver a verlos aquí dentro.
Yuko suspiró aliviada y apenas le abrieron, Adrien la abrazó para que fueran los demás y no él quienes llevaran el equipaje. Ricardo, menos entusiasta, prefería reservarse los cuestionamientos a Marat, que sin mediar otras palabras le describía los barrios de Mónaco y lo que cabía en ellos para darse una idea del lugar en el que Carlota podía estar. De Andreas no se dijo nada.
Al tiempo que los Liukin pisaban la calle, Carlota esperaba por informes en el country club, mientras la familia Safin y sus amistades trataban de tranquilizarla y le daban pañuelos para contenerle las lágrimas. La chica no sabía que hacer y sentía un poco de culpa por haber parado su búsqueda, misma que de todas formas resultaría inútil por no poder accesar al casino de ser el caso y no tenía membresía, invitación o dinero para la entrada completa a las instalaciones del club.
-El señor Andreas se encuentra en el hipódromo - le avisó un camarero - ¿Gusta anunciarse o aguarda al final del evento de carreras?
-¿Señor Andreas?
-Mientras sea generoso con las propinas...
-¡Qué grosero es usted! ..... ¡Y ese idiota se está gastando lo que tenemos!
Los Safin no imaginaban que palabras eran las más adecuadas en ese momento y justo Carlota se había callado cuando otra mesera depositó una copa de helado en su sitio, indicando que "el señor Andreas" se la enviaba por cortesía.
-¡Yo lo mato! - gritó Carlota y más de uno tuvo que sujetarla para no permitirle sus imprudencias. A esas alturas, a ella no le importaba portarse bien y sus ganas de golpear a su hermano le ocasionaron perder su pulsera y su suéter.
-Llamaré de nuevo a Marat - anunció Mikhail Safin y esta vez, si hubo respuesta.
Aun en la zona de La Condamine, los Liukin nombraban a Carlota en voz alta creyendo que no había ido lejos, Adrien se reía porque la conocía y Marat accedió a dar entrada a la llamada de su padre.
-¿Marat?
-¿Qué sucede?
-¿Por qué apagaste el teléfono?
-Fui a la comisaría.
-¿Tuviste un problema?
-Encontré a los Liukin.
-¿Que?
-Larga historia, ahora hay que localizar a Carlota.
-Intentaba contactarte porque esa niña ha estado aquí y se encuentra muy alterada.
-¿Cómo llegó?
-Vino por el hermano.
-Díganle que su familia la verá allá.
-No tardes.
Marat concluyó la conversación y juntó a los Liukin para darles aviso.
-Carlota fue al country club y parece que su hermano también.
-Menos mal - suspiró Ricardo.
-Lo malo es que debemos cruzar La Condamine, Montecarlo y Larvotto, son tres kilómetros pero se darán cuenta de que caminar no es lo ideal.
-Carlota lo hizo.
-El detalle es que tenemos prisa.
-¿Todo derecho al este?
-Sí.
-Corran.
Miguel Ángel y Tennant obedecieron sin chistar, mientras Yuko y Adrien caminaban tan rápido como les era posible y Ricardo llevaba el equipaje, negándose a la ayuda de Marat.
-Hizo suficiente ¿no cree?
-Es por Carlota.
-Es por un evento en el que usted ha puesto interés.
-Tal vez pero usted pasaría la noche en prisión con dos de sus hijos perdidos.
-¿Sabe que no puedo pagarle lo de la multa?
-Por el momento arreglemos esto.
-¿Quién le dijo que Carlota está en el club?
-Mi padre.
-¿Cómo dio....?
-No lo sé, le consta que lo acabo de escuchar.
Los Liukin no dijeron palabra el resto del camino, estaban extenuados y un poco escépticos de la buena voluntad de Marat, mismo que habría preferido marcharse por la línea costera en vez del asfalto, ya que los bares de Mónaco podían ser molestos. Convencido de que probablemente estaba rodeado de personas que no le compraban su apariencia amable, se limitó a que lo siguieran, sintiéndose observado por Miguel. Al igual que los mortales, Marat no exentaba de mostrar su alma ante un ángel, siendo inconsciente de ello.
-Te ayudaré con el evento de caridad - aseguró Miguel a Marat escueto y acaso se apresuró un poco más.
Al interior del club, Carlota tenía cada vez menos paciencia y apenas lograba controlarse en una silla, su hermano le salía con un nuevo detalle como mandarle una revista o un postre y ese mote de "señor Andreas" que le alteraba los nervios. Tan ocupada estaba haciendo coraje, que no se dio cuenta de que los Safin se agolpaban en la puerta y cambiaban sus semblantes de hartazgo por unos de expectativa cuando la joven de recepción tuvo la gentileza de anunciarles que Marat arribaba al lugar. A nadie sorprendió que no anduviera solo.
-¡Marat! - suspiró Dinara Safina - Tardaste mucho.
-¿Cuándo encontraron a Carlota? Por favor, no me abraces.
-Desde las cuatro y está asustada, no ha comido ni nada.
Marat exhaló profundo.
-Señor Liukin, ahí está Carlota - exclamó, ni siquiera la había volteado a ver aun.
Ricardo en cambio, se aproximó a su hija con un poco de vergüenza pero ella se levantó y lo apretó enseguida, llorando en el acto.
-Andreas está en el hipódromo.
-Gracias, Carlota.
-No puedo pasar.
-Pero yo sí.... ¿Estás bien?
-Sí.
-¿Te lastimaste?
-No.
-Yuko, ¿me apoyaría aquí? Tengo que ir por Andreas.
Yuko se colocó junto a Carlota y Ricardo fue enseguida a las instalaciones hípicas, sin mediar palabras con nadie.
-¿Cómo salieron de la cárcel? - preguntó Carlota.
-El señor Marat Safin pagó nuestaras multas.
-¿El del retrato?
-Te estaba buscando.
-¿Por qué?
-Mejor que te lo explique él.
-Le agradeceré.
-Mejor cuando venga tu padre.
-¿Los sacó a todos, a Tennant, a Miguel...?
-Tennant san tiene las marcas de las esposas en sus muñecas.
-Perdón por irme así, es que pensé que encontraría a Andreas.
Carlota lloró más fuerte y su hermano Adrien aprovechó para sentarse a su lado, no para consolarla, sino para comerse los postres, ya que le habían contado que Andreas los tenía pagados.
-¿Marat es tu novio? - preguntó con la boca llena.
-No sé ni quien es.
-Tu novio me sacó del bote, así que me cae bien.
-¡No lo conozco!
-Te invitó a un baile ¿no te dijeron?
-¿Qué?
-Te quiere llevar a un evento de beneficencia, Carlota - agregó Yuko.
Carlota Liukin poco a poco se iba calmando.
-Le agradezco, Marat - pronunció sin quitar los ojos del piso - Cuente conmigo para la beneficencia, se lo debo.
Marat no atinó a replicarle.
-Señorita Carlota, el señor Andreas le manda esta tarjeta - avisó una camarera que se atrevió a confiar.
-¿De qué es?
-De una estancia en el hotel Métropole, todo incluido.
-¿Para mí?
-E invitados.
-¿Cómo consiguió esto?
-Me mandó decir que estará en el Grand Casino y la ve mañana.
-¿Casino? ¿No estaba aquí?
-Se acaba de ir, dijo que recuperaría el valor de su bolso, señorita.
-¿Qué hizo qué con mi bolso?
-No puedo darle información al respecto.
-Mi celular, el dinero de papá y los boletos a Venecia estaban allí.
-Me dijeron que le diera a usted uno de los premios que el señor Andreas obtuvo en las carreras, disfrute su estancia en el Metropole.
-¿Se fue al casino?
-Sí.
-¿Tiene dinero para apostar?
-Parece que sí.
-Le voy a romper la boca. Esto es personal.
Carlota se levantó velozmente, con una postura de gato erizado y los ojos inflamados, como ardiendo de ira. Olvidándose del agotamiento, de la gente y lo desconocido que le era Mónaco, se dirigió a la salida con fuerza sorprendente, sin que nadie la retuviera, pero Marat tuvo otra idea.
-No vayas.
-¡Cierra la boca!
-¿Quieres perderte otra vez?
-¡Tengo que cobrárselas a ese zoquete!
-¡Deja eso, causarás problemas!
-Prometí traer a Andreas y lo jalaré de las orejas.
Carlota prosiguió su camino pero Marat efectuó su plan de ir detrás para retenerla en plena calle puesto que anochecía.
-¿Por qué haces esto?
-¿Hacer qué?
-Ir por tu hermano cuando no puedes pasar del portón de una casa de juego.
-Ya aclaré que esto es personal.
-Exageras.
-¡Andreas debió a ir a la comisaría con mi padre!
-¡Pero no lo hizo!
-Lo que había en mi bolso era todo lo que teníamos y lo necesitábamos, no me diga que ese idiota no merece que le rompa los dientes.
-No lo hagas.
Marat sujetó la muñeca derecha de Carlota con firmeza, nervioso de enojarla más.
-No lo hagas - repitió.
Carlota enrojeció totalmente y por primera vez, giró para contemplar el rostro de él detenidamente, inhibiéndose de darle batalla.
-Gracias - dijo la joven y abrazó a Marat con impotencia. Las lágrimas de Carlota bañaban sus pies desnudos.
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