domingo, 28 de septiembre de 2014

Los nuevos momentos, segunda parte. (El árbol de la vida).


El susto por los sonidos de "Super Mario Party" duró hasta que Bérenice y Luiz tuvieron la pizza enfrente. Era enorme.

-Siento como si fuera Navidad - comentó ella con la boca abierta mientras incontables uvas rojas y verdes seducían sus ojos miel. El tamaño de una sola rebanada era alucinante y la cantidad de queso era excesiva. A la chica sin embargo, también le recordó una época anterior, una en la que nada tenía consecuencias y había sido muy amada; un otoño de días dorados y un invierno azul muy acogedor.

-Siento como si fuera Navidad - repitió con un suspiro.
-Pues feliz día - contestó Luiz. Aunque ambos hubieran deseado comer con prisas, el sabor les hizo pensar que ya habían probado una igual.

-Esta muy rica.
-¿No te recuerda algo?
-Las pizzas del espejo, pensé que no las conocías.
-Era lo único decente que comíamos, no sé por qué las tengo en mente - confesó ella.
-¿Sigues triste?
-No, pero tienes razón, hablaré con mi padre más tarde.

Por algún motivo, Bérenice volteó hacia el chico, comprobando que se sentía insegura a su lado, pero contenta.

-"¿Lo amaré?" - se preguntaba y notaba que no deseaba ser la parlanchina de siempre por un día.

-¿Te diviertes?
-Sí, Luiz.
-¿Nada mal para una cita improvisada, verdad?
-Es agradable, aunque me espanten con sus inventos raros.
-Es la primera vez que entro a un sitio así.
-También yo.
-Te ves cansada.
-¿Vamos por Pacman?
-Primero te doy un beso.

Luiz apretó un poco a Bérenice contra sí y besó sus labios con ternura. Ella sólo sentía sus piernas temblar y otra sensación de euforia que se esforzaba por contener detrás de un gesto de sorpresa.

-Hora de caminar.
-Vi un mapa por ahí, el Atari está a la izquierda.
-Qué atento eres, chico lindo.
-Casi olvidamos la pizza.
-A papá le gustará probarla.

Bérenice giró sobre sí y salió del garden room con la cabeza baja, aparentando hallarse distraída cuando deliberadamente tropezaba con las personas que iban acaparando el área disfrazadas de zombies con tal de descubrirles el rostro y burlarse en secreto, pensando que era ilógico pretender ser un muerto o divertirse con la podredumbre. Ni siquiera Luiz creía que actuar así fuera atractivo y casi a codazos leves le abría el paso a su chica, ignorando el olor a plástico que en cualquier momento provocaría que cualquiera deseara no respirar. La exhibición de Playstation era la causa del tumulto.

-"Asistentes con pulsera azul pasan primero" - se informaba con un altavoz y Bérenice la mostró al muchacho que apenas mantenía cerrada la puerta, enterándose que Luiz no podía pasar.

-Él no trae un pase especial.
-Pero viene conmigo.
-¡Han comprado algo?
-Pizza.
-¿Tienen su nota de compra?
-¿Qué es eso?

La mirada del edecán fue de extrañeza y el suspenso se apoderó de Bérenice.

-De acuerdo, pasen... ¡oh! debo escanear de todas formas tu brazalete.
-¿Para qué?
-Te acabas de ganar un PSP.
-Perdón pero no comprendo ni la letra "a" de los que acabas de decir.
-Este es el boleto para que lo cambies por tu premio. Habrá fotos con Jill Valentine y Chris Redfield, sólo preséntate en nuestro stand principal, es el que está iluminado de rojo.
-¿Bien?
-Anunciaremos que eres la ganadora antes de nuestra conferencia, por si quieres pasar a nuestro templete.
-No, prefiero estar abajo.
-Nada más dame tu nombre.
-Bérenice Marinho.

La chica posó sus dedos sobre sus labios rápidamente, anonadada por lo que acababa de pronunciar de manera tan espontánea.

-Anoté tu nombre, adelante y diviértanse.

Bérenice y Luiz atravesaron el portal con cautela y fueron deslumbrados por una pésima instalación neón que lastimaba si no se miraba al suelo o el visitante no se empañaba en ir hacia un túnel con luz negra.

-Qué ternura - comentó él con ironía cuando la botarga de un tal "Némesis" quiso asustarlo, pero lo terrorífico eran nuevamente el ruido ambiental y Bérenice reaccionando como si mataran a alguien, captando en el acto que los zombies servían para comer carne humana fresca.

-Es horroroso.
-No es tan tonto si lo piensas.
-¡Vámonos, esto me pone nerviosa!
-¿No quieres tu regalo?
-¿Lo recogerías por mí?
-Lo que tu quieras, Bérenice.
-Voy al Atari, está aquí junto.
-De acuerdo, tranquila.
-Perdón.

La joven abandonó el módulo sin más y Luiz se apresuró a canjear el boleto sin revisar siquiera qué contenía la caja que le daban o la bolsa "de seguridad" que evitaría el robo del preciado obsequio y cuando le dijeron que estaban listos los edecanes oficiales de la compañía para tomarse las placas, él se marchó cortésmente. Las exclamaciones miedosas de Bérenice continuaban desde el túnel y él se apresuró a alcanzarla.

-Quiero irme de aquí.
-Está bien.
-Esto es mucho para mí ¿Cómo puede gustarle a la gente ver monstruos? ¡Ellos comen sangre, te sacan las tripas y no se detienen!
-Son juegos, no los volverás a tener enfrente.
-¡Mira, ahí está Pacman!

La chica aceleró el paso y su cambio de humor llamaba la atención de los presentes, que pocos minutos antes casi pedían que se fuera. Luiz se reía con ella en contraparte.

-¡Pacman! ¡Te amo Pacman! - declaró ella al abrazar la botarga de su personaje predilecto y pedirle a los que traían cámaras instantáneas que la retrataran y le regalaran las imágenes a cambio de besos en la mejilla.

-¿No participarás en el torneo? - le preguntó Luiz.
-Jugaré un poquito... Me dio gusto conocerte, adorado Pacman.

Bérenice no lo pensó dos veces y enseguida se apoderó de un Atari ayudada por su pulsera azul. Detrás, Luiz se limitaba a sentirse satisfecho por ella y en repetidas ocasiones le acarició el cabello, detectando que ese gesto enchinaba la piel de ambos y los desconcentraba, provocando que la chica perdiera las partidas inmediatamente.

-¿Aun deseas que nos vayamos?
-Creo que sí, chico lindo, vi a Pacman y fue bonito acordarme de mi viejo Atari, no hay más que ver.
-¿Te cansaste?
-Me voy a dormir pronto.
-¿Quieres una playera?
-Con los amigos de Pacman.

Los dos no tardaron mucho en conseguir el souvenir; de hecho había centenares de lotes con diseños de Pacman y Bérenice eligió el primero que se le atravesó antes de localizar un espejo de tamaño regular, escondido entre un stand y más mercancía.

-Nadie nos observa - añadió Luiz al cerciorarse de que podían colarse. Ella arrojó un balín Rostov y cruzaron a su dimensión con poca precaución, razón por la que una ráfaga helada llenó sus ropas de nieve, aunque no se molestaron

-En casa tengo algo de chocolate, por si quieres una taza.
-¿Eres el hombre perfecto con cabeza de palmera?
-No ¿por qué?
-¿Me dejas quedarme contigo?
-Sí, yo dormiré en la sala.
-No hagas eso, no me gusta dormir sola.
-Nos hacemos bolita pero mis cobijas son chicas.
-No importa.
-¿Cómo estás?
-Dime que no volveremos a ir a una "convención tec...", como se diga.
-Lo prometo.

Ella entonces se dedicó a tomar el rumbo que Luiz deseara, absteniéndose de ir a la derecha para presentarse con su padre. El ambiente se tornaba tan inhóspito que Bérenice colocaba un gorro en su cabeza y decía que no era posible, que el verano estaba a la mitad.

-Es el espejo, aquí el clima no te avisa - replicó él mientras intentaba orientarse. El hielo ocasionaba que los edificios y las plazuelas se vieran exactamente igual y si se tocaba alguna señalamiento o mapa, estos se hacían pedazos.

-Ven, mi departamento está aquí.
-¿Cómo sabes que es lugar correcto?
-Le puse una puerta nueva, cuando acabe la tormenta bajaré para ver si resiste.

Bérenice se introdujo con prisa y frotó sus brazos apenas Luiz aseguró la entrada. El edificio tenía un patio pequeño y lo cruzaron hasta una escalera precaria, poco iluminada, húmeda y rechinante; el chico vivía en una buhardilla poco comfortable.

-Encenderé la estufa.
-Gracias.
-Pasa, pasa, ¿gustas tomar asiento? El sofá es muy suave.
-Ja ja ja, no me hables como si fuera tu primera novia.
-Lo siento, Bérenice, es que no había tenido visitas.
-Gracias por recibirme.
-Creo que estás cansada.
-Muero de sueño.
-No parece.
-No traje pijama.
-Oh, una camisa vieja te caería bien.

Ambos sabían que se estaban precipitando en algo, no sabían bien en qué, pero él acomodó una almohada sobre su cama que estaba próxima y le ofreció a ella descansar ahí.

-Eres muy gentil, Luiz - replicó Bérenice, tomando la ajustada prenda negra y ocultándose en una esquina para cambiarse, con la urgencia de despojarse de su sudadera, su gorro y sus leggins para quedar liberada y caminar por la buhardilla, mirar por la ventana y sonreír por la pequeñez del espacio.

-Nos quedó mucha pizza, ¿cenamos luego? Con suerte la serviré con vino.
-¿Guardas botellas, chico lindo?
-Sólo dos, pero es nuestra navidad ¿no?
-Me peinaré ¿crees que me vea linda?
-Tú ya eres ....

Cuando Luiz giró su cabeza, quedó mudo. La espalda desnuda de Bérenice invitaba al tacto y la breve cintura se convertía en un objeto de deseo irresistible y absoluto que sin precaución era motivo de obsesión. Menos mal que ella se colocó la camisa porque un segundo más iba a desatar en él la tentación de tocarla.

-Ya se siente el calor - comentó ella al levantarse.
-La estufa sirve.
-Sentémonos juntos.
-¿Te doy una manta?
-¿Para qué? Terminaré sudando y las piernas se me pondrán como chicle.
-Bueno, lo que tú digas.
-Oye - abrazándolo - me gusta tu casa, creo que mi lugar favorito será este sofá.
-Hasta dan ganas de cerrar los ojos y pasar la noche sobre él.
-Nunca duermo en la sala.

Ella miró al joven de forma muy seria, al grado de inhibirlo y desalentarlo hasta de apretarla contra sí. Bérenice se incorporó de inmediato y dándole la espalda, se dirigió a la cama.

-Nos vemos mañana - añadió bostezando. Él observó sus pies en contraparte, tratando de no pensar que se había equivocado. Bérenice se cubría con una sábana y abrazaba la almohada con fuerza, sin voltear ni fijarse en la pared, cayendo rendida al poco tiempo, por aburrimiento.

-Todo me salió mal - sentenció Luiz al constatar que ella no le respondía y hasta roncaba un poco - Por algo me gusta esta chica - y se disponía guardar la cena en una hielera antes de extinguir el fuego; no obstante llamaran a la puerta y él hiciera esperar al insistente visitante.

-Discúlpeme por no...
-No te preocupes Luiz, ¿puedo pasar?
-Adelante, señor Mukhin ¿gusta tomar algo?
-¿Te puedo sugerir quitar el espejo de la estancia?
-Lo retiraré ¿llegó usted por ahí?
-¿Bérenice se encuentra?
-Descansa.
-No la despiertes pero vine a buscarla.
-Iríamos a verlo mañana.
-No será necesario, ¿cómo se ha portado?
-Todo bien, muy calmado.
-¿Qué tiene esa bolsa?
-Un regalo.
-¿Lo compraste? ¿Para quién es?
-Ella lo ganó, estuvimos en un festival de cosas... Tecnología.
-¿Fueron al otro lado? Ya veo.
-A Bérenice le asustaron los zombies.
-¿Perdón?
-Gente vestida de muerto ... Y juegos con muertos, zombies.
-Qué raro que le den miedo, no lo sabía.

Luiz pasó saliva pero el señor Mukhin prosiguió:

-¿Le has visto el color de la piel?
-Ella es muy blanca.
-Descolorida, dirás. Como te digo, es muy extraño que le aterren ciertas cosas ¿acaso ella no te recuerda a un muerto?

El chico no se atrevió a contestar.

-Cuando estuvo enferma, tomó cordial para mantenerse caliente.
-Creo que todos lo bebíamos.
-No como medicina permanente.
-¿Por qué me está hablando de esto?
-Luiz, no esperes que Bérenice sea buena ¿me comprendes?
-Señor, no creo que sea el indicado para advertirme nada.
-Lo sé, pero no lo respeto.
-¿Qué insinúa?
-El cordial es un buen licor pero tú y yo sabemos para qué sirve.
-No le creo.
-Luiz, ésta no es mi hija, no puedo... No le he dicho.
-Ella lo ama.
-Si Bérenice fuera mi hija, sería una persona muy distinta.
-Ella es cariñosa, atenta, algo despistada pero...
-Mataron a mi hija en la revolución, Luiz. Esa que ves ahí es cualquier cosa, un zombie.

El muchacho creyó que su piel se erizaba, pero en mal modo.

-A veces la he visto conseguir cordial en el lugar donde trabaja, no sabe que la vigilo desde mi espejo.
-¿Por qué lo toma tanto?
-Yo vi su cuerpo devastado por la sífilis cuando parecía que la rebelión estaba fracasando. Un militar la contagió después de forzarla a darle servicio y aventarle unas monedas... Matt Rostov hizo lo que pudo ¿por qué no funcionó? Él se la llevó cuando yo la descubrí en su habitación, no tenía pulso y estaba fría. Matt me aseguró que Bérenice seguía viva y unos días después, llegó caminando con ... Enseguida noté que la mujer que tenía enfrente no seguía enferma pero era tonta, lenta, inconsciente y ni siquiera es una caricatura. Mi hija nunca fue una estúpida y de pronto, Matt me decía que eran las consecuencias, que Bérenice había pasado mucho tiempo sin respirar, pero ahora ni siquiera la reconozco. La dejé vivir conmigo porque no tenía dónde ir, por lástima... Quiero que vuelva.
-¿Qué?
-No me queda nadie y ella se esfuerza en ser mi pequeña, no me gustaría que la pasara mal por mi culpa. Luiz, llévala de regreso y quédate con nosotros, te lo ruego.

La reacción del muchacho fue de total silencio y de puntillas, fue a comprobar que Bérenice no estuviese despierta, sin importarle que el señor Mukhin aprovechara el momento para marcharse, seguramente con la ayuda de alguien en el reflejo de la ventana.

-Bérenice, yo dudo que tu padre no te quiera, por algo ha venido - murmuró - Mañana todos quedaremos muy contentos y nada de esto habrá pasado, yo lo fingiré.

Preocupado, Luiz se colocó al lado de ella, besando su nuca en el acto y tomándola por la cintura, cautivado por esa silueta flacucha, pero irónicamente atlética, que sobrevivía respirando tenuemente, con latidos lentos.

Bérenice soñaba que recibía besos interminables; Luiz no demoró en compartir tal hecho.




domingo, 14 de septiembre de 2014

Los nuevos momentos (Serie "El árbol de la vida")


Imagen cortesía de tumblr.com e instagram @nathaliepechalat


Al abandonar el hospital, Bérenice se percató de que su padre merecía que le explicara la verdad sobre su ausencia y apenas atravesó el espejo, se encontró con que él la esperaba, echándosele en brazos en el acto y llorando.

-Vamos a casa, allá me cuentas todo.
-Perdón, papito, no te quise preocupar.
-Estás aquí, es lo que cuenta.

Ella se incorporó y miró atrás para tomar a Luiz de la mano y ayudarlo con los regalos del hospital mientras Roland Mukhin omitía preguntar de dónde venían tantas cosas.

-¿Qué pasó con el trabajo? ¿Tendrás problemas, Bérenice? - mencionó en su lugar.
-Yo la sustituyo unos días - aseveró Luiz.
-Gracias, jovencito. Hija, creo que este es el mejor de los novios que has tenido.

Ella miró al chico sin incomodidad y caminaron sonriéndose constante pero sutilmente, debido a que el llanto de la muchacha aun corría por sus mejillas y parecía pensar en cómo se le trabaría la voz al relatar lo ocurrido.

Las calles de la Tell no Tales del espejo aparentaban un aspecto más aceptable y Bérenice no tardó en saber que Luiz había barrido el vecindario para recibirla y reparado los escalones rotos de la escalera del edificio donde ella vivía. Las dudas la asaltaban respecto a las intenciones de aquél muchacho, experimentando por primera vez en su vida una suerte de miedo, como el que se tiene cuando llega lo que no se ha tenido nunca. La puerta principal de esa columna de apartamentos casi iguales nunca le pareció tan pequeña hasta que cruzó por ella después de constatar que vendrían unas jornadas nubladas de acuerdo a un vecino que se creía experto en predecir el clima y colocaba grasa en esa entrada para evitar el rechinar que molestaba a la anciana del primer piso.

Nunca, desde que su padre había vuelto con ella, Bérenice supo de gente que le ayudara a ascender con la silla de ruedas, ni visto la condescendencia de saludarlo.

-¿Cuándo cambiaron? - musitó.
-Al conocer a Luiz - le respondió Roland con idéntica intriga. Al ingresar los Mukhin a su departamento, Bérenice observó con pequeña alegría las ventanas rodeadas de flores y el piso de madera reluciente.

-Lo estuvimos arreglando para ti - confesó Luiz y ella se precipitó a situar sus regalos sobre la mesa del comedor y correr a su alcoba para sorprenderse de ver su cama tendida con sábanas nuevas; o al menos, las que ella había escondido para no gastarlas.

-Es hermoso.
-¿Ya viste la pared? Le dibujamos ramitas de cerezo, tu padre me dijo que antes te gustaban mucho.
-Siguen encantándome, gracias chico lindo.

Bérenice abrazó a Luiz y al obsequiarle un beso y acariciarle el cabello, dijo:

-Tengo que conversar con papá, puedes quedarte en el pasillo.
-Es mejor venir más tarde a buscarte.
-No, Luiz. Mi padre necesita de ti y si se pone mal, tú lograrás tranquilizarlo.
-No llores.
-Es que esta vez si lo defraudé.

La joven dejó a su novio y dio los pasos necesarios hacia su sala, lugar en el que su padre examinaba las hojas de una orquídea morada y pequeña. El señor Mukhin le preguntó "¿qué tienes? ¿quieres decirme algo?" y ella se arrodilló para verle el rostro. Era extraño, pero en el pasillo no se escuchaba nada y Luiz atisbaba a Bérenice acariciando las mejillas de Roland y la expresión de éste último que vacilaba entre el enojo y la disculpa. Se intuía que ella le estaba relatando con detalles todo lo que había hecho mientras el buen hombre se contagiaba de las lágrimas. Sin preámbulos ni insinuaciones previas, Bérenice se asumía irresponsable y tonta segundos anteriores a agitar la cabeza, ver al piso y revelar con aparente ahogamiento la pérdida de su bebé. Luiz supuso lo último con exactitud. La chica se recargaba en el regazo de su padre y este posaba sus dedos sobre su cabeza mientras asimilaba lo que iba escuchando.

Nunca un joven de la naturaleza de Luiz había comprendido sin mucho esfuerzo que el silencio podía tornarse más fuerte con los gestos adecuados. Bastaba con humedecerse los labios para indicar un sentimiento de contención y el señor Mukhin era tan expresivo que su tiesa postura se tornaba imperceptible. Bérenice por su lado fijaba sus ojos miel en la ventana, buscando el reflejo de alguien más antes de finalizar abruptamente con un nombre. En los labios de su padre se leía claramente un "¡él! al tiempo que la sentía más aferrada a estar de rodillas. No cabían mayores certezas: este no era un error cualquiera.

-Perdóname papito, por favor - clamaba ella y su padre le tomaba la cara, absteniéndose de darle una cachetada - Dime algo, papá.
-Niña, vete.
-¿Qué? Papá, regáñame, castígame con algo, prohíbeme salir del espejo...
-Te quiero fuera de mi casa.
-Pero...
-Creo que fui muy claro, Bérenice.

La chica se levantó con rapidez, horrorizada porque su padre no deseaba tenerla cerca y le negaba el habla desde ese momento.

-Papá, no...

Luiz se aproximó para apaciguar los ánimos.

-Llévatela, no me interesa si regresa o no.
-Señor...
-Tengo dinero en una cajita azul, que duerma en un sitio limpio.
-No tomaré sus billetes.
-Luiz, es en serio. La señorita va a otro lugar, aquí no es bien recibida y está muy grandecita para saber lo que hace, mañana recogerá sus cosas.
-Puede vivir conmigo.
-En donde escoja. Adiós Bérenice.

La joven estrechó a Luiz y él le besó la frente como consuelo.

-No le digas nada, conmigo estarás bien.
-¿Por qué me hace esto?
-Está molesto, hazle caso y mañana hacen las pases.
-¡Papá, dime por qué!
-Bérenice, piensa un poquito, tu papá necesita estar solo.
-¡Que me perdone!
-Dale tiempo, tranquilícense.
-¡No te quise defraudar, papito!..Te quiero.

Luiz tomó a la mujer de los hombros y prácticamente por la fuerza, la sacó de ahí. Ella atinaba a recargarse en la pared del corredor y sujetar al chico para no caerse.

-No tengo problemas si te limpias la nariz con mi playera.
-Me siento muy mal, no pensé que mi papá reaccionaría así.
-Al rato se le pasa el enojo, él es muy comprensivo.
-Me advirtió que evitara más locuras y fue lo primero que no hice.
-Pero no habrá nuevas ¿verdad?
-Tengo que disculparme más.
-¡Bérenice, espera! ¿Qué ganas llamando a la puerta? Tu padre también tiene qué pensar sobre esto.
-¡No sé que hacer, Luiz!

El chico miró a Bérenice a los ojos y la besó nuevamente en la cabeza.

-Tengo una idea, salgamos de aquí.
-¿Irnos del espejo? ¿A dónde?
-Veremos que hay. Lo primero es buscar algo de comer, te ves muy pálida.

Desganada, la joven siguió a Luiz sin permitirse mirar otra cosa que no fuese el cerrojo del departamento y no estaba segura de si estaba tomando la decisión correcta al no insistir con recibir una disculpa, considerando tal vez, que con un "perdón" extra, su padre se ablandaría y por lo menos le diría "ve a tu cuarto, estás castigada".

-Tell no Tales próspera, otra vez.
-¿Y ahora?
-Tenemos algo de presupuesto, ¿qué se te antoja?
-En realidad nada.
-Bérenice, no llores, tienes que descansar y ponerte contenta... Te traeré una bebida, ¿quieres agua o algo con fruta?
-¿Dulce?
-Perfecto, no te muevas de aquí, ya vengo.

La mujer se sentó en el suelo y permaneció estática, como si no tuviera qué hacer. Sin sus sensuales atuendos, ella no era notada por nadie o eso pensó cuando, por la tardanza de Luiz, alzó la cabeza y descubrió que en la calle próxima había un gentío y un desorden descomunal, despertándole la curiosidad.

-¿Qué pasa? - inquirió a la nada y por arte de magia, Lleyton Eckhart le contestaba.

-A alguien se le ocurrió que era buena idea organizar una convención de tecnología con entrada libre en el parque.
-¿Tec... qué?
-Eso mismo creo.
-¿Qué hace aquí?
-Mi amiga Maddie se vistió con una botarga, ni siquiera se ha dado cuenta de que huí de ella ¿Tú quieres ir allá?
-No entiendo de qué se trata.
-Los disfrazados dicen que es divertido.
-Pero no hay música.
-Todavía no es hora pero hay un torneo de cartas de no se qué caricatura y todos esperan el anuncio de una compañía de consolas.
-¿Videojuegos?
-¿Te gustan?
-¡Pacman! Aún recuerdo cuando recibí una copia, no recuerdo bien quien me la regaló.
-Ya no lo fabrican pero medio mundo habla de juegos de zombies.
-¿Quién querría jugar eso?
-Maddie por ejemplo.
-Bueno, cada quién. Me dio gusto verlo, señor.
-Luces tan diferente sin esos vestidos.
-Me cansé de usarlos, mi novio me ayudó a elegir ropa nueva después de salir del hospital.
-¿Novio?
-Es al que estoy esperando.
-No sabía que tú...
-¡Me dio un montón de cosas cuando me enfermé! Yo pensaba que él no había sido pero en estos días ha ganado algo y me está consintiendo mucho, es un amor.
-Pero yo ...
-Fue muy amable en ir a verme, señor, aunque fuera porque lo mandó la policía.
-Oh, Bérenice, era de rutina, no era mi intención molestarla.
-Está bien, lo veré luego.
-¿Regresarás tan pronto al trabajo?
-Me pidieron que tomara unos días; mi novio me sustituirá.
-Ah, el novio.
-Hasta pronto.

Lleyton sintió que Bérenice estaba cortando de tajo aquella conversación y él estaba quedando como idiota, no sabía exactamente la razón. Ella se alejaba de las jardineras y no tardó en perderla entre la creciente muchedumbre que se agolpaba allí con tal de pasar a la dichosa convención y presumir sus compras, o en todo caso su asistencia porque nadie imaginaba realmente de qué iba aquella fiesta de ventas.

-¡Bérenice! - gritó Luiz y ella se le apareció de frente.

-¿Dónde estabas?
-La gente se amontona, no quise estorbarles.
-Me parece bien, te traje un jugo.
-Está gigante.
-Lo conseguí allá adelante.
-¿En los videojuegos?
-¡Y con la pulsera durazno te hacen descuentos en comida!
-¿Qué?
-Ponte la tuya, sígueme.
-¿Cómo vamos a entrar?
-Hay una cortina por ahí donde pasan los VIP.
-¿Cómo te dieron las pulseras?
-¡Con la compra del jugo, me dijeron que era de un sabor premium!
-¿Qué cosa?
-¡Nadie en Tell no Tales come mangostán y tampoco jaca! Cuando los vi en el menú pensé que te iban a gustar.
-Hace tanto que no los pruebo ... ¿Entonces sabes leer?
-¡Adentro está divertido! ¡Hay una sección de Atari y una botarga!
-¿En serio?
-¡También un torneo de Pacman!

Bérenice se entusiasmó repentinamente y jaló a Luiz entre la multitud cuando este le indicó por donde llegar a un acceso para personas con pulsera durazno, mismas que estarían en las primeras filas de un lanzamiento "mundial" y en una fiesta lounge por la presentación de un prototipo portátil.

-Es como entrar a una caricatura - susurró ella al ver una especie de techo transparente e "inteligente" que funcionaba con paneles solares y proyectaba los logotipos de las compañías involucradas en la feria, los horarios de las conferencias y diversos colores.

-Wow ¡es un bonito lugar, Luiz!
-¿Qué tal el jugo?
-Está muy rico ... ¡Mira! Hay chicas disfrazadas como marineras, ¿qué dice el letrero de arriba?
-"Sailor senshi store"
-¿Qué venden?
-Juguetes y ¿cristales de plata? ... Son bastones de plástico, qué lastima.
-Yo habría querido uno, mejor veamos otras cosas.

En los primeros stands, Bérenice miraba con azoro una cantidad impresionante de muñecos y accesorios de diversos personajes que no conocía, productos de belleza y ropa japonesa; ella no perdía la oportunidad de probarse una que otra prenda y adquirir por unos centavos una mascarilla de algas rojas que prometía dejarle las mejillas como porcelana.

-Si el resto no fuera tan caro - comentaba ella cuando una edecán con peluca azul trataba de disuadirla de llevarse otro tratamiento facial o una crema elaborada con arroz. Luiz sólo contemplaba a su chica inundando de preguntas a cualquiera que quisiera ofertarle chucherías y sonreía cuando ella callaba.

-¿Habrá algo más interesante? - preguntó Bérenice al desalentarse finalmente por las ficticias gangas y porque recordó que más adelante estaban los juegos de Atari, su único interés restante en vista de que no entendería lo demás.

-Bienvenidos al área de cómputo y arte digital - les anunció otra edecán que escaneaba las pulseras durazno - Los llevaré a la sección de novedades para que las prueben antes de la conferencia de Capcom; también tenemos lo más reciente de Microsoft y prototipos de Apple ¿Les avisaron del sorteo de un PSP?
-Nadie nos habla de nada - contestó Luiz.
-Cuiden bien la pulsera, a las seis dirán quién gana. Disfruten nuestra galería multimedia y tenemos garden room para descansar. Veo que traen un vaso jumbo, permítanme verificarlo -Bérenice y su novio se miraron con desconcierto - ¿A quién le pertenece?
-A ella.
-Bien señorita, le coloco un distintivo azul, le da derecho a usar los prototipos de la compañía que guste.
-Sólo busco el Atari - replicó ella.
-Esa sección está detrás del área de prueba de Nintendo. Buenas tardes.

Los novios agitaron las manos por despedida y adoptando la actitud de entrar a un nuevo mundo, plagado de botargas que Luiz identificaba como "Kirby" o "Zelda" con sólo leer los letreros alrededor, siempre y cuando la luz roja de la dichosa exposición de arte le permitiera verlos.

-Un tal Ronald Lam programó las imágenes.
-Alguien avísele que es un pésimo artista - manifestó Bérenice poco antes de librar esa parte y toparse con un "Halo: Combat Envolved Experience" que no era más que un módulo para jugar, simular disparar armas láser y llevarse más juguetes inútiles.

-¿Se animan a retar a alguien? - dijo un joven y Luiz agarró el control de un Xbox a pesar de que no lo entendía. Se hartó rápido de la acción.

-Qué aburrido - manifestó y continuó curioseando al tiempo que su chica se topaba con una muestra de celulares recién llegados de Corea del Sur y reproductores de música portátil.

-Señorita, esto le parecerá increíble - exclamó un expositor.
-¿De qué se trata?
-De una pantalla táctil.
-¿Perdón?
-Toque.

La cara de Bérenice delataba un poco de miedo, pero por no quedar mal colocó sus dedos en el aparato.

-¡Ah! ¿Qué hice?
-La máquina estaba en reposo y volvió a ponerla en activo.
-¿Algo así como un descanso?
-Es para que ahorre energía pero justo ahora, usted ve el escritorio.
-¿Dónde? No hay ninguno aquí.
-Me refiero a los gráficos de la pantalla.
-¿Los dibujitos?
-Se llaman "íconos", presione uno.
-A ver ... ¡Lo descompuse!
-Je je je, no señorita, lo que pasa es que seleccionó un juego y está cargando.
-¡No entiendo!
-Ya está comenzando, ¿oye la música?
-¿Qué sigue?
-Si elige "Play" la partida iniciará, hay botón de "Settings" para configurar el idioma, el volumen, la apariencia de su personaje y "Exit" para regresar al escritorio.
-Qué lindo pero es hora de que vaya por allá, vine por Pacman.
-¿Es muy complicado, verdad?
-¿Qué?
-Explicar que acaba de pasar.
-Algo así.
-Es el futuro ¿por qué no lo sigue usando?

Bérenice sin embargo, dijo adiós, abrumada en parte por un prematuro exceso tecnológico que distaría mucho de conseguirse en el espejo. Lo último que alcanzó a oír fue el comentario de que esa pantalla era apenas un experimento rudimentario.

-Necesito descansar un poco - anunció ella a Luiz cuando éste dejó de lado su curiosidad por los teléfonos. El garden room era próximo y Bérenice se hundió en un puff apenas puso los pies en la zona.

-¡Cuánta comida hay para escoger! - agregó impresionada cuando volteó a los stands que la rodeaban. En cada mesa había una computadora, carritos de servicio con agua y té disponibles y un monitor en la parte central en la que se transmitía una partida de "Mario Party 4", cuyos personajes eran parecidos a los de la pantalla táctil. La chica notó enseguida que para solicitar el servicio, lo único que tenía que hacer era oprimir un botón plateado.

-Buenas tardes, ¿qué se les ofrece? - dijo una muchacha con buen humor.
-Queremos el menú - replicó Luiz.
-Tenemos pasta, hot dogs, crepas, ensaladas, pizzas, malteadas y sushi.
-¡Pizza! - exclamaron Bérenice y su novio al unísono.
-Tenemos individuales, medianas y grandes.
-¿Para dos?
-La mediana basta. Las variedades son: napolitana clásica, setas con queso de cabra, ajo, higos y uvas.
-¿Cuál prefieres Bérenice?
-Uvas ... Muchas uvas.
-De acuerdo, ¿me permiten escanear uno de sus brazaletes?
-Te toca, Luiz.
-20€ por favor. ¿Alguna bebida? Hay cerveza clara, vino, jugos de frutas, sodas italianas y agua carbonatada con sabor a flores.
-Estamos bien.
-En un momento traigo su orden.

Ambos asentaron ante la mesera y quizás delatando la ignorancia, omitieron abrir la laptop que tenían enfrente y se asustaban con el sonido del juego de "Mario" que los demás disfrutaban a su alrededor, aunque Luiz se sobreponía brevemente, encontrándoles gracia a los personajes y relacionando a su novia con la princesa Peach, que siempre necesitaba ser rescatada.

Bérenice lo abrazaba y se tapaba el rostro.
(Continuará)...

miércoles, 27 de agosto de 2014

El cuento de Palestina (II)


"La bandera palestina ondea frente a la Iglesia de la Natividad en Belén, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad" / Fotografía cortesía de El País (elpais.com) 

-Señor Nazrallah, por favor, no quiero que se meta en dificultades. Hay que razonar.
-¿Qué dice? ¡Son desgracias lo que viene a dejar!
-Estoy consciente de que no soy bienvenido pero deme un minuto...
-¡Ni uno más!

El teniente Maizuradze suspiró un poco asustado y junto sus manos.

-¿Cómo comete el descaro de rezar?
-No estoy haciéndolo, simplemente trato de encontrar una manera de calmarnos.
-¿Qué quiere?
-Charlar, es por Válerie.
-De mi nieta está todo muy claro.
-En absoluto, las cosas han cambiado.
-Si no es para devolvérnosla...
-Quisiera que supiera unas cuantas cosas.
-Que Allah me perdone por no defenderla.

Abdellatif Nazrallah bajó su arma y miró a Maizuradze con impotencia.

-Ilya, larguémonos de aquí - intervino Vladimir Putin que a codazos se abrió espacio entre los curiosos.
-¡No te metas!
-¡Cállate! Ya vi suficiente.

El teniente levantó su maleta y se dio la media vuelta mientras Putin lo jalaba de la playera hasta un negocio cercano.

-¿Qué ordenarán? - preguntó el mesero que los recibió.
-¡Café! Mucho café y fuego que necesito tabaco - ordenó Maizuradze con un tono alterado.
-¿Qué cigarros prefiere?
-¿Aún fabrican habanos en esta ciudad?
-Pocos, ¿gusta uno?
-Una cajetilla estará bien.
-Son 10 dinares.
-¿Y por lo demás?
-Se paga al final.
-Putin, ordena algo.
-¿Qué recomiendas?
-Tabbouleh para el caballero, por favor.

Ilya Maizuradze temblaba y con torpeza encendió un habano delgado que despedía un aroma agradable.

-Oye, hay niños.
-¡No me interesan! ¿No ves que sus padres occidentales los hacen respirar porquerías?
-Ilya, el café te pondrá más nervioso.
-Debo pensar.
-Te acaban de apuntar con una kalashnikov.
-Con razón de sobra, ahora tengo que esperar a que pase la oración de las doce y tal vez el señor Nazrallah me reciba.
-¿Quién es?
-¡El hombre que me apuntó!
-¿Por qué demonios vas a ponerte enfrente de él?
-Porque puedo y porque debo. No intervengas o te vacío la pistola de Nazrallah ¿entendiste?

Él acabó su primera taza y con prisa sirvió la segunda, no sin derramar un poco de café al suelo.

-Lo que me falta es encontrarme a Nikita Tukhalyan por aquí. Hasta él tiene motivos para asesinarme.
-¿Estás hablando del terrorista checheno?
-¡No, Vlad! ¡De una hermana de la caridad!
-¿Tú sabías que Tukhalyan se encuentra aquí y no informaste?
-¡Por supuesto que no! ¿Qué hubieras hecho? ¿Mandar una invasión o entrar de incógnito a arrestarlo? No seas estúpido, Tukhalyan está contenido quedándose en Belén.
-¿Me llamaste estúpido?
-Sólo a ti se te ocurre andar donde no te llaman ¿Y qué, vas a desperdiciar la ensalada?
-Me quitaste el hambre.
-¡Ya te la sirvieron y ahora te la tragas!

Maizuradze sabía que contaba con escasos minutos antes de imposibilitársele deshacerse de Vladimir Putin y antes de que sucediera otra cosa, le pidió al mesero que le permitiera usar el teléfono.

-La línea no funciona siempre.
-No importa ... ¡Vlad! Voy a llamar a casa - Putin asentó - Espérame aquí.

El mesero le indicó cuando tomar el teléfono de la barra y Maizuradze fingió usarlo mientras le prestaba atención a las manecillas del reloj.

-¿Cuánto hay que pagar? - preguntó segundos más tarde - Mi compañero está en la mesa cercana a la puerta, sólo fue café y la ensalada.
-4 dinares.
-Perfecto, me marcho, ¿le diría a mi amigo que tuve algo que hacer?
-Lo que guste.

Maizuradze estrechó la mano por el favor y partió con velocidad rumbo al hogar de los Nazrallah, decidido a enfrentarse a lo que fuera. Los vecinos sólo le recomendaban irse y otros le pedían que no ocasionara un desaguisado previo a la oración.

-¡Señor, no nos moleste más! - solicitó Aliyah Nazrallah al abrir la puerta.
-Es por Válerie, es algo serio.

Aliyah se colocó su velo y salió de su casa.

-¿No debe orar?
-¡Que Allah me perdone! Mi padre no lo escuchará si no lo convenzo y usted tiene que explicarme qué desea, vamos.

El teniente Maizuradze se dejó llevar hasta una plazuela desierta, con el temor de que alguien los viera y denunciaran a la mujer por no cumplir con su obligación de musulmana.

-Bien ¿qué le hizo tomar el viaje hasta acá y qué pretende arreglar?
-Aliyah, discúlpeme.
-¿De qué?
-De esta inconveniencia, quise pasar por esta ciudad para solucionar nuestros problemas y poder avisar que asenté en documentos la voluntad de ambas partes pero he logrado causar disgustos en su lugar y no me enorgullecería que esta situación quede inconclusa.
-¿Quería negociar con mi padre?
-En realidad no, sólo anunciarle que en mi testamento hay un apartado respecto a Válerie y su custodia.
-¿Se va a morir, señor?
-Espero que no, pero parto a la guerra y ese es el otro punto.
-¿Por qué no empezó por ahí?
-Porque los recuerdos son muy fuertes y no deseo que mi historia termine allá.
-Mi padre lo odia.
-No se permita concebir esa idea de su padre, él tiene razón en este caso pero por una vez quise dar una justificación débil. Aliyah, somos familia.

La mujer desvió su mirada al lado derecho.

-¿Válerie es feliz?
-Bastante, ella es muy risueña, se aloca como su hermano.
-¿Hermano?
-La he criado como si fuera mi hija, no le he dicho que es mi nieta.
-¿Sabe de nosotros?
-Mi esposa únicamente.

Aliyah se cubrió el rostro con su velo y se marchó a prisa, volteando insistentemente y conteniendo exclamar que el teniente Maizuradze era un hombre malo. Éste desde su sitio vio al sol y captó que se había equivocado antes de volver a tierra y percatarse de que en Belén, al igual que en todos lados, llegaban las revistas del corazón en lugar de insumos.

-¿Dejan pasar esto? ¿Qué hace Carlota Liukin en la portada de ... Ellie Magazine Israel? ¡Paris Match también! ¡Y las niñas las compran!... Mejor me dejo de tonterías, abrir la boca un poco con Aliyah fue imbécil, quizás es momento de irme.

Él levantó sus pertenencias y decidió salir en dirección al desierto, contando con conseguir a alguien que deseara llevarlo de vuelta al muro de Jerusalén Este y pretextar ante los agentes israelíes que su ficticio objetivo era una inspección preliminar. Bajando por una cuesta no prolongada, contempló a numerosos habitantes retomando sus actividades y a algunos policías dando indicaciones a los guías de turistas sobre el horario de entrada a una mezquita.

-La cereza del pastel es Tukhalyan - susurró al verlo acercarse justo al kiosko de revistas. Era el vendedor.

-¿Maizuradze? - llamó - ¿De nuevo querrá arrestarme?
-¡Déjate de tonterías!
-¿Entonces? ¿Fue al que casi le dispara mi suegro?

El teniente Maizuradze se dirigió hacia Tukhalyan y para ahorrarse más chascos, tomó un par de publicaciones y las hojeó con premura.

-¿Por qué has venido?
-Tu sobrina.
-¿Y qué? A nadie le importa lo que digas.
-Tal vez, pero aclarar las cosas no está demás.
-Lo que tu hijito le hizo a mi esposa no tuvo nombre, pero tu canallada se lleva las palmas.
-No nos engañemos, eras partidario de abandonar a Válerie en la nieve y hacer no se qué con Samira.
-A ella la escondí para que no la mataran en el pueblo; la bebé no me importaba pero a mi suegro sí y a Samira también. Ella se humilló para impedir que usted se llevara a Válerie ¿se acuerda? No Maizuradze, usted no es una buena persona.

El teniente Maizuradze tomó asiento en una piedra y Tukhalyan atendió a un par de niñas antes de imitarlo.

-¿Por qué te casaste con Aliyah?
-Su padre me pidió que no me separara de ellos cuando Samira se mató.
-Nunca he buscado su perdón por esto.
-Lo que duele es que usted pudo salvarla y no quiso.
-Iba a cometer una locura con la niña, sólo se la arrebaté.
-¡Estuve ahí! ¡La ayudé a recuperar a su hija, usted no cumplió sus promesas!
-¿Cuáles? Válerie comía todos los días, tenía ropa nueva y su casa era más que apropiada ¡ustedes la raptaron en la guardería!
-¡Usted le juró a Samira que nosotros la criaríamos y que nos arreglaría la residencia en Moscú y a cambio nos deportaron!
-Tukhalyan, no eres palestino.
-No es el tema... Pasa el tiempo y menos entiende que no queremos nada con usted.

El teniente Maizuradze reflexionó un momento.

-Los traicioné porque creí que Válerie sería tratada como un error.
-Sus abuelos y Aliyah nunca serían capaces.
-También valoré la situación, ¿qué le iban a decir cuando preguntara como nació o quién es su padre? ¿le hubieras dicho "soy yo? Pensé que si asumía la responsabilidad, evitaríamos que sufriera y no se enteraría de que Vasily agredió a Samira... Opté por educarla junto a mi hijo Anton y nunca he mencionado que los Nazrallah son su familia.
-¿Ni siquiera de su madre le dijiste algo?
-Tú mataste a Vasily a granadazos y Samira se hizo estallar en el metro, no tengo nada en contra de Abdellatif, su mujer y su hija pero no era justo para Válerie crecer con tanto dolor rodeándola; fue ahí cuando decidí que yo sería su padre.

Nikita Tukhalyan bajó la cabeza.

-Tu suegro por dignidad no me escuchará ni me dará una oportunidad pero regresaré a Chechenia y es probable que suceda otra calamidad.
-¿Viniste a avisar que atacarás a nuestra gente?
-Es una misión de reconocimiento, no hay intención armada pero tus amigos están en riesgo.
-Yo deserté.
-No Tukhalyan, tú huiste de la milicia y volviste a hacer lo único que aprendiste en la vida que es repartir propaganda, perdón, venderla.
-Maté a tu hijo y no me odias.
-Una parte de mí, sabe que Vasily se ganó ese final horrible.

Maizuradze abrió su valija y la cerró de inmediato al constatar que no llevaba agua consigo.

-¿Qué nos iba a anunciar? - preguntó Tukhalyan con curiosidad.
-Que en mi testamento les cedí la tutela de Válerie.
-¿En serio?
-Ella tiene nacionalidad rusa, puede sacarlos de aquí.
-¿Cree que mi esposa o mi suegra desearán abandonar su hogar?
-Los rodea un muro, el alimento es escaso por temporadas, las escuelas carecen de lo necesario y los israelíes los masacran cuando se les pega la gana ¿qué niña merece vivir así? Tukhalyan, has estado en dos lugares donde no hay piedad con nadie, eres el primero en saber que Palestina es una gran nación y que su gente amerita justicia pero que hace que los niños sean infelices y Válerie... Yo no quise que ella pasara por esto.
-¿Y los Nazrallah?
-Cometí un daño irreparable; anhelaba probar que me arrepiento sin descanso.

Tukhalyan y Maizuradze no tenían ánimos de pelearse. El primero se consagró a su venta y el segundo en adquirir con una vendedora ambulante el aperitivo que habrían de compartir mientras los turistas iban y venían sin prestarles atención.

-Traje Cremisan, mafghoussa y sambusak.
-Buena elección.
-¿Hablará con Abdellatif?
-Por Allah.
-Amén
-¿Válerie es musulmana?
-Cristiana ortodoxa por la Iglesia Rusa.
-¿Por qué?
-Es la fe de mi comunidad, de mi hijo, mía; Válerie usa velo en el templo y en las fiestas pero cada Pascua vamos a la mezquita de Tell no Tales a ofrecer nuestra buena voluntad y en Ramadán regalamos qatayef y compartimos la oración de las cinco. Un día iremos a la Meca, bueno, eso quiero si Dios me lo permite.
-Una pregunta más ¿qué le dijo Samira cuando usted tomó a Válerie en el tren y le ofreció ir por ayuda?
-¿Estás seguro de lo que pides?
-Sí.
-Que pensó que te amaba, Tukhalyan.

El teniente Maizuradze posó su mirada al frente fugazmente, sonriendo apenas, figurándose el atardecer en el desierto y añadió:

-Pero Válerie era el amor de su vida.

Glosario del cuento aquí:  Gastronomía Palestina  
Con la colaboración de Enrique Arturo Olivares González.

domingo, 24 de agosto de 2014

El cuento de Palestina

Este cuento no pretende herir susceptibilidad alguna pero de antemano antepongo el derecho a la libre expresión. 

Al ver que apenas daban las tres de la mañana, el teniente Maizuradze determinó dormir un poco más antes de salir hacia el aeropuerto. Su maleta estaba en la puerta y Viktoriya cabeceaba en la sala, esperando acompañarlo en el último momento.

-Sólo a mí se me ocurre tener tantos pendientes antes de la guerra - suspiró al sentarse en un sillón y hundirse en él en vista de que no disfrutaría de uno en tiempo indefinido, aunque sabía que no era la última vez.

-¿En Moscú me ofrecerán asiento en otro? -preguntó con la ironía más mala que se había dicho así mismo en sesenta y seis años de vida y cerró los ojos para tomar una ligera siesta.

-No, despierta - Y como último esfuerzo se levantó y abrió la puerta para recibir una brisa fresca.

-Estuve a punto de pulsar el timbre.
-¿Putin?
-No acostumbro venir por mi mejor hombre.
-Escucho.
-¿Un habano?
-No fumas.
-Tampoco tú.
-Creí que nos veríamos hasta la audiencia en Moscú.
-Intercepté una comunicación muy interesante y el registro de un boleto de avión ¿Que harás en Jerusalén?
-No te interesa.

Ilya Maizuradze accedió a tomar el tabaco y al encenderlo, miró al lado opuesto.

-Los israelíes no te dejarán pasar.
-Por eso voy como civil.
-Ilya, no quiero meterme en lo que no me importa pero no entiendo este movimiento.
-¿Me espías pero no te imaginas que voy a hacer? Creo que es hora de cambiar a alguien en el servicio de inteligencia.
-No es la primera vez que vas, pero el Mossad te conoce y la situación es muy delicada por tu pasado en la KGB.
-¿Ni siquiera ellos han descubierto mis intenciones? 
-¿Las tienes?
-A las ocho me voy.
-Lo que sea que pretendas, puede ser peligroso. Te acompaño.
-¿No te colocaría en una mala posición política? Mejor paga el boleto de turista de alguien y finjamos que no me sigues.
-Nuestras relaciones con Israel son inexistentes y una visita sorpresa podría ser un gran inicio.
-Buena suerte.
-No seas sarcástico, Maizuradze.
-Soy una desventaja insorteable. 
-Hay algo que no me has contado.
-No te incumbe.

El teniente Maizuradze apagó el habano y se aprestó a cerrar la entrada momentáneamente.

-Hagas lo que hagas, Ilya, no sueltes esto.
-¿Qué es?
-Un seguro de vida.
-No te comprendo.
-Es una tarjeta del Gobierno Mundial, da acceso total a lo que gustes. Tu buen amigo Sergei Trankov te la envía en vista de que si le compartiste tus planes.
-¿Qué hiciste con él?
-Dejarlo escapar como pediste; luego me mandó un telegrama con ese pase. Hasta la fecha no sé a dónde pudo haber ido.
-Por lo pronto haré que te creo, spasibo Vladimir. 

Los dos estrecharon manos y Putin giró a su derecha, rumbo a la esquina. En un vehículo negro y perfectamente camuflado, lo esperaban sus guardias.

-¿De regreso, señor Presidente?
-No, envíen mi maleta a Israel. Ilya Maizuradze y yo realizaremos una visita secreta.

El personal se apresuró a tomar posición y el vehículo se alejó lentamente de ahí. Putin observaba por una ventanilla como iniciaba una ligera llovizna.

-Adiós Vlad - murmuró el teniente Maizuradze y se dispuso a volver al interior cuando oyó que le hablaban.

-¿Lutz? - cuestionó y éste le cubrió la boca mientras le ordenaba a Adelina Tuktamysheva que fuera por el equipaje.

-¡Trankov! - gritó alguien y la figura de este hombre sostuvo a Maizuradze con fuerza tremenda.

-Lutz, no le digas ni a tu sombra que pasé por aquí - ordenó el guerrillero y se marchó con Maizuradze, no sin antes dejarlo inconsciente.


Puesto de control, Jerusalén este, diez treinta, hora local.

-Este hombre traía la identificación del Gobierno Mundial, aquí dice que es imperativo que lo dejen pasar.
-Parece enfermo.
-Que sea problema de los palestinos, no nuestro.
-Le sellaré el pasaporte.
-¿No será un terrorista?
-¿Quién le obsequió la credencial?
-Según la computadora, Andrew Bessette.
-Entonces ha de ser un hombre de confianza, ¿revisaste su equipaje?
-Nada importante, ni doble fondo.
-¡Señor Maizuradze, puede irse! - exclamó una mujer de escasos veinte años, miembro de las fuerzas armadas.

-Menos mal, llegar aquí me costó un disgusto.
-La puerta está al frente, cuando vuelva sólo muestre su tarjeta.
-¿Siempre son tan severos aquí?
-¿A qué va a Palestina?
-¿Misión gubernamental?
-Entonces va contra Hamas.
-Usted lo dijo.
-Tráiganos a esos terroristas.
-No quiero recordarle el origen de esta situación, señorita. No es muy halagador para su bandera.

La chica guardó silencio y el teniente Maizuradze atravesó una reja de acero pequeña que parecía palidecer como protección si se observaba un muro gigante de concreto gris. Del otro lado, un oficial palestino lo recibía con una sonrisa.

-Bienvenido, teniente Mai...
-No me conoce, simule eso - susurró.
-¿Por qué?
-No entro aquí por medios muy legales.
-¿En serio?
-Sólo revisa esta tarjeta, pon un sello y mírame como si me odiaras.
-Pero yo lo estimo.
-Hice enojar a una miembro del ejército israelí.

El oficial abrió más los ojos y se apresuró en concluir su labor.

-¡Pase! - señaló el hombrecillo con cortesía y el teniente Maizuradze se alejó unos escasos metros con su maleta para despedirse y ver como cientos de personas en una zanja con papeles en mano, aguardaban su turno en la inspección para saber si podían entrar o no a Israel.

-Dios, a veces dudo sobre tu concepto de "hijos" - dijo al cielo y recorrió parte del pedestre terreno hacia la camioneta descubierta de una familia. Cortésmente preguntó al padre si podía llevarlo.

-¿Dónde?
-Bayt Lahm.
-¿Habla árabe?
-Fluido.
-Qué bueno, porque a éste no le entendemos.

El teniente Maizuradze asomó la vista al interior y al ver al desafortunado pasajero, se echó a reír.

-Jajaja, ¿como lo dejaron subir?
-Con dinero.
-Ese buen Vlad, tan generoso... Ambos nos dirigimos a Bayt Lahm.
-Suba.
-Una pregunta: ¿Será posible que usted conozca a la familia Nazrallah?
-Sólo a unos Nazarallah, pero viven en Ramallah.
-De acuerdo ¿con quien tengo el gusto?
-Qasim Abdelmalek.
-Ilya Maizuradze, gracias.

El teniente abordó y se colocó delante de Putin, quien veía con horror el atuendo informal de su compañero.

-¿Quién te avisó mi destino?
-Trankov. Oye ¿es cierto que te secuestró?
-Me avergüenza no contradecirlo. Y por patear mi maleta, Adelina Tuktamysheva no tendrá regalo.
-Todo tu entrenamiento sirvió de nada.
-Pero estoy aquí, igual que tú.
-No podía dejarte solo; al final tendrás que explicarme el motivo de tu presencia en este lugar.
-Qué remedio.

La camioneta inició la marcha y el teniente Maizuradze se dedicó a contemplar el paisaje con auténtico placer. Las colinas delataban la siembra de hortalizas y el cielo estaba especialmente despejado.

-Hará frío en unos días, no mucho - avisó en árabe y sacó de su equipaje una carpeta.

-Traigo un presente, Vladimir.
-¿Para quién?
-Te voy a pedir que permanezcas a varios metros y que no entres conmigo a ningún lugar.
-¿Es inseguro?
-No puedo afirmar que las cosas saldrán bien.

Putin permaneció callado el resto de la travesía y el teniente Maizuradze revisaba la pulcritud de su playera blanca y sus tenis estilo vans, pensando que era la última ocasión que aceptaba la ropa prestada de Sergei Trankov.

-Bayt Lahm está cerca - avisó Qasim Abdelmalek; el viento levantaba un poco de arena.

-¿Qué es Bayt Lahm? - preguntó Putin.
-Bayt Lahm, Bethelem o Belén, de las tres formas te refieres a la misma ciudad.
-¿Vas a la Natividad, Ilya?
-No es un viaje religioso, aunque me gustaría pasar.
-¿Le avisaste a alguien que venías?
-Trankov, sólo él.
-¿Por qué?
-No te metas, Vlad.

La camioneta se detuvo en la entrada de la ciudad y el teniente Maizuradze bajó con sus cosas y un par de billetes para recompensar el amable gesto de transportarlo sin preguntar de dónde venía.

-Nosotros seguimos hasta Hebrón.
-Dios le acompañe, señor Abdelmalek.
-No le preguntaré cuál.
-Allah naturalmente. Gracias por todo y disculpe a mi amigo, es que... Él lo intenta.
-Dios le acompañe igualmente.

Putin vio la escena y no tardó en sentirse ignorado por un Maizuradze que ahora actuaba como si él no estuviese.

-¡Espérame, es una orden!
-Te dije que te mantengas lejos.
-¿Qué hago? 
-Hay muchas cafeterias en el centro de Belén.
-Qué alivio, como conozco el idioma.
-Los palestinos hablan inglés, eso te ayuda.
-¿Por qué tampoco revelaste que sabes árabe?
-Porque no. Nos vemos a las seis de la tarde.
-¡Vuelve!
-¡No te escucho! 
-¡Maizuradze, soy tu presidente!
-¡No aquí! ¡Adiós!

Suponiendo que tendría problemas al terminar su viaje, Ilya Maizuradze caminó con velocidad por las primeras calles de Belén, reconociendo en ellas algunos negocios de artesanías en donde solía comprar algunas cajas de madera y otros tantos de juguetes bordados. No era día de mercado.

-Disculpe ¿Sabe dónde puedo encontrar a Abdellatif Nazrallah? - preguntó a un hombre que pasaba.
-¿Quién le busca?
-Ilya Mai ....

El desconocido le miró con desdén y se dio la media vuelta.

-Le desagrado - se dijo el teniente a sí mismo - Es muy rara tanta descortesía.

Con mucho que recorrer por delante, Maizuradze atisbaba grupos reducidos de turistas y niños andando por doquier, personas que le esquivaban la mirada y sobretodo, la curiosidad de una mujer que atendía una panadería. Ella lo reconoció.

-Ghraybeh, por favor.
-¿Sólo una galleta?
-No estaré mucho tiempo, Aliyah.
-Si mi esposo lo ve, correrá a decirle a mi padre.
-Esa es la intención en parte, me urge encontrarlo.
-Tome y váyase, no pueden verme hablando con usted.
-¿Le dirías a tu padre que he venido?
-Claro, márchese ya.

El teniente Maizuradze estaba a punto a de retirarse cuando la mujer, en un arrebato genuino de cariño y curiosidad inquirió:

-¿Cómo está Válerie?
-Válerie... Ella, eh; Válerie tiene los ojos de su madre.
-Qué alegría.
-Está creciendo rápido y le gusta cantar.
-Como a Samira.
-Un día te traeré un video, Válerie es asombrosa.
-¿Le ha dicho algo de su familia... de nosotros?
-Eso es lo que quiero tratar con tu padre.
-Creí... 
-Lo que pasó no es adecuado de mencionar.

El teniente Maizuradze se despidió con poca ceremonia y prosiguió hacia el centro de Belén en donde sí abundaban los turistas que saturaban los cafés. Por donde fuera, se hallaba vendedores de hortalizas y de vino bien añejado.

-Disculpe ¿sabe donde puede estar Abdellatif Nazrallah? - le cuestionaba a algunos de estos comerciantes y la mayoría, al saber quien era, le negaban el habla.

-Mejor váyase ¿No cree que su familia ya ha hecho suficiente daño? - le replicó otro. Al mediodía sería la oración y Maizuradze no quería tardar más en terminar su travesía, así que le insistió.

-Deme labneh - le indicó - ¿Tiene idea de dónde está el señor Nazrallah? 
-¿A qué vino?
-A decidir un tema de familia. Ahora ¿quiere darme un pretexto que valga la pena?
-No le arrojo mis zapatos porque tengo pudor y están mis nietos jugando por acá... Abdellatif fue al desierto ayer pero es seguro que llegue a casa. 
-Era lo que deseaba escuchar, gracias.
-Si no ha vuelto, fue al café de Said Yehya.
-De acuerdo, buen día.

El teniente corrió hasta la esquina y tocó la campanilla delante de una puerta vieja. Nadie respondió.

-¡Por Allah! ¡Que nadie más sepa que nos visita! - profirió una mujer de escasos cincuenta años desde la esquina opuesta, acercándose velozmente- Mi marido le mataría en este instante, le suplico que se marche.
-No diga eso, Fatimah.
-No puede ser, preferiría que todos mintieran al avisarme que ha venido ¡Salga de aquí! ¡Déjenos en paz! - lloró la mujer - ¡Por la familia, por Samira, por su padre, desaparezca! ¡Me arrodillo en ruegos, que nadie lo vea!
-Fatimah, quisiera acceder pero no haga esto, no vengo a provocarles un mal, es por su nieta.
-¿Le ha sucedido algo malo?
-Nada parecido, es sólo ... Levántese, traigo cosas buenas.

Él ayudó a la mujer a incorporarse.

-Son fotos de Válerie, no las desprecie.
-¿Por qué hace esto?
-Es por ustedes, no me lo tomen a mal.
-Han pasado tantos años...
-Me urge conversar con su esposo, estimada Fatimah.
-Ustedes sabrán como arreglarse si él no estalla; usted no sabe la furia con la que se despierta cada noche, grita y profiere maldiciones, ve demonios y jura que acabará con usted para que no lo atormenten sus pesadillas...
-Comprendo todo eso, es que quiero compensarlos.
-¿Compensar qué? Mi hija está muerta, su hijo está muerto y el mal que éste nos hizo no se borrará nunca y usted tampoco tuvo corazón ¡se robó a mi nieta y mató a mi hija! ¡Canalla!
-¡Fatimah! - gritó una voz enérgica y aguda, perteneciente a un hombre temible. El teniente Maizuradze soltó su valija como reacción.

-¿Cómo se atreve? - continuó el hombre - ¡Entra a casa, Fatimah y enciérrate! - La mujer accedió dócilmente, dirigiendo una mirada ansiosa de piedad a su marido. El teniente Maizuradze vio al suelo.

-Infame - dijo Abdellatif Nazrallah - Sólo Allah sabe cuantas veces he maldecido el suelo que tu corrupta estirpe pisa.
-¿Eso incluye a Válerie?
-Mi nieta regresará a su casa, ¡en cambio usted se reunirá en el infierno con su hijo!

Ilya Maizuradze quedó de una pieza cuando Nazrallah le apuntó un revólver a la cabeza, con los ojos humedecidos y con un coraje infinito, como si cargara con el peso de una gran injusticia. Alrededor había mucha gente. (Continuará)

Glosario básico del cuento aquí "Gastronomía palestina"
*Con la colaboración de Enrique Arturo Olivares González @3nrique82

domingo, 17 de agosto de 2014

El corazón de Sofía


Para Sofía, quien hoy merece grandísimas bendiciones.

Carlota permanecía en desvelo y Romain Haguenauer acordó con Ricardo Liukin llevarla al hospital inmediatamente. La joven aprovechó para despedirse del teniente Maizuradze.

-Buen viaje.
-Gracias, señorita. Le enviaré un regalo muy pronto.
-No es necesario.
-Usted no conoce el mundo, no conoce la ciudad a la que voy, no se imagina lo especial que es. Le daré una sorpresa.
-¿Por qué me habla de usted?
-A veces se me escapa, Carlota.
-Bueno, le deseo mucha suerte.
-Igualmente, verás que te recuperas pronto.
-Cuídese mucho.

La chica abrazó al teniente Maizuradze y le colgó un osito bordado por ella misma como si fuera un prendedor.

-Es un lindo detalle, ¿cómo supiste que me gustan los osos?
-Anton me llamó antier, él me dijo.
-¿Te contó algo más?
-Que lo extraña, señor.
-Telefonearé a casa ahora, ¡gracias Carlota!

La chica recibió un segundo abrazo y se despidió con la mano; poco después salió y cerró la puerta tras de sí.

-¿Estás lista para que te internen todo el día? - le preguntó Haguenauer cuando ella se aproximó al taxi que le esperaba.
-Supongo que sí.
-Volveremos pronto a descansar y recibiremos buenas noticias, andando.

Ricardo Liukin sujetó del brazo a su hija y abordaron el auto sin prisa. Haguenauer viajaba en la parte delantera.

-¿A dónde vamos? - inquirió el chofer.
-Al Hospital General de París, a urgencias para ser precisos.
-Hubo problemas en la Plaza de la República, no creo que los atiendan rápido.
-¿A dónde sugiere ir?
-Hay uno privado en la calle Amelot y otro público hasta el Boulevard Bércy.
-A Bércy por favor.
-Cruzen los dedos para que la policía no nos pare por una inspección.

Con todo aquello, Carlota Liukin figuraba que en París las cosas no iniciaban de forma adecuada y que su familia en apariencia no le sería de gran ayuda para adaptarse. Su padre en pocos días había continuado con sus costumbres tellnotellianas, circunstancia que la irritaba y la hacía sentir estúpida cuando intentaba mezclarse con los parisinos. Inclusive, ella había desechado su playera deportiva blanca una vez acabado el mundial de fútbol.

-¿Sabe que ocasionó el alboroto? - preguntó Haguenauer al taxista.
-Raluca de Mónaco se peleó con un paparazzi y golpeó a un oficial de policía que quiso cuidarla, su tutora aceptó ir a prisión una noche pero la niña aprovechó para ofender a los negros y los musulmanes y como varios oficiales fueron a protegerla de la multitud, se desataron los disturbios.

Ricardo Liukin abrió un poco más los ojos ante tal noticia y miró a su hija como si la hubiera educado para no ser una celebridad.

-¿Qué tan famosa se puede volver una chica aquí? - añadió Ricardo.
-Depende del dinero, señor.
-Que bueno que no tengo mucho.

Carlota miró a su padre con desagrado por lo que decía, abotonando su abrigo al mismo tiempo y ajustando sus guantes. Haguenauer creía estar presenciando un berrinche silencioso.

-Urgencias del Hospital Bércy, aquí. - señaló el conductor varios minutos después, casi veinte. Carlota sólo lo miró por el retrovisor pero no lo despidió como lo hicieron su padre y su entrenador.

-¿Cuál es la emergencia? - les preguntó una residente.
-Vértigo - respondió una imperativa Carlota.
-¿Desde cuándo?
-Traje papeles, asígname una habitación y que nadie me moleste.

Carlota siguió de largo hasta la entrada y ella misma se anunció en recepción, esperando que se le tratara con especial consideración.

-Te llamaremos si hay una cama - replicó una enfermera - Toma turno.

La chica abrió la boca y de mala gana agarró la forma que tenía que llenar.

-"¿Qué se creyó?" - murmuraban alrededor suyo y la veían buscando inútilmente un asiento. Carlota se cruzó de brazos.

-Dénme una camilla junto a los pequeñines - pidió la residente - Una con todo el ruido y proyectiles de papel, le voy a hacer una tomografía y una prueba auditiva mucho más tarde, a ver si se le baja lo engreída.
-No va a poder comer.
-Ni protestar, llévenla.

Acto seguido, otra enfermera fue por Carlota, pero en lugar de ser hostil o vengativa, la abordó amablemente porque la había visto en la portada de Paris Match.

-Tu cama está por acá, ¿me permites cargar tu bolso?
-Sin duda.
-Te pondré en esta sala para que te hagan tus estudios más rápido, los niños que están aquí no te darán problemas.
-¿Por qué?
-Están muy enfermos. Te pondré junto a Sofía, no le hagas mucho ruido, ayer tuvo un día muy pesado y apenas se durmió. Cámbiate de ropa, me las arreglaré para que tus análisis sean a las cinco de la mañana.
-Menos mal.
-Siéntete como en casa Carlota, ¿quieres agua? Debes estar bien hidratada para tu tomografía.
-¿Cómo supo mi nombre?
-Por Paris Match, te tomaron unas fotografías preciosas.
-¿Podría prestarme la revista?
-Te la regalaré, no te muevas de aquí.

Carlota se cambió su vestido y su abrigo por una bata de enferma así como sus botines por unas pantuflas con la cara de Homero Simpson.

-¡Olvidé decir que ...! tengo gripe - exclamó la joven y se sentó en la cama, dándole la espalda a su vecina para "no contagiarla".

-Qué bueno que ya te cambiaste, traje el agua y un espejo para que te veas bien en todo momento.
-Gracias, pero tengo que avisarle que tengo un pequeño problema.
-¿Cuál?
-Me contagié de gripe.
-Entonces no te pueden hacer los análisis.
-¿Y tampoco es bueno quedarme aquí?
-Sofía está muy delicada y otros niños tienen cáncer.
-Qué mal.
-Tendré que apartar un espacio en la otra sala infantil.
-¿Por qué no en un ala normal?
-No tienes quince... Con la otra habitación te vas a infartar, ningún chiquillo se duerme y meten dulces de contrabando.
-¿En serio? Me encantarían unas mentas.
-¿De qué color quieres tu cobija?
 
Carlota observó a la enfermera y se dio cuenta de que podía pedirle lo que quisiera sin oposición alguna.

-¿Una cobija de algodón verde? Y almohadas pachonas ¡Quiero cortinas y un radio!
-Los tendrás, le diré al conserje.
-¿Se podría un teléfono?
-Siempre hay para los famosos.
-Genial y té de jazmín con miel.
-Te conseguiré pañuelos para tu gripe.
-Esperaré aquí.
-¿Me firmarías un autógrafo antes de que te dé todo?
-¿Tiene bolígrafo? 
-Dedícaselo a Billie Cissè.
-¿Es usted?
-Es mi hija, ella es tu fan.
-Listo.
-¿Luego me das una foto? Es para que me crea.
-Hasta con Joubert.
-¡El chico que aparece contigo! 
-¿Verdad que él está bonito?
-Como tú, en un momento vengo.

La enfermera se retiró y Carlota se volcó a hojear Paris Match con premura, comprobando que el artículo era por demás favorable y hablaban de ella como si fuera un miembro de la realeza.

-¿Eres una mandona, te habían dicho? - dijo la niña de al lado, que fingía estar dormida y que ahora veía a Carlota con una enorme sonrisa.

-Te vi en esa revista, luces muy bonita.
-Gracias.
-¡Y Joubert parece un príncipe de los cuentos!
-Él es bastante apuesto.
-Pero se nota que no lo quieres - añadió la chiquilla con pesimismo.
-Sí lo quiero, es mi novio.
-He visto muchas revistas de famosos y por tu cara supe que Joubert ni siquiera te gusta. 

Carlota soltó lo que traía en las manos, quedándose de pie, mirando a la niña.

-Pero patinas hermoso ¡como una reina!
-Ah, no sabía... por Dios es evidente.
-Estás enojada.
-Claro que no.
-¿A qué te trajeron?
-A revisarme la cabeza.
-¿Qué tienes?
-Me mareo a veces.
-Suena raro.
-Es muy serio, si no se me quita el vértigo no vuelvo a dar de vueltas en la vida o hasta que me operen o algo así leí en un papel.
-A mí me encantaría hacer lo mismo ¡me vería maravillosamente hermosa!
-Cuando te recuperes lo intentas.
-¿Tú crees que mi nuevo corazón resista?
-¿Qué?
-Es que me van a poner un corazón pero mi donante aun no aparece.

Carlota enmudeció, la niña en cambio se reía.

-¿Me dedicarías un autógrafo en mi playera? 
-Desde luego, oh... Con plumón ¿importa?
-No.
-¿Cómo te llamas?
-Sofía.
-"Con cariño para Sofía, Carlota Liukin"
-Al menos no pusiste "te quiere tal".
-No me pasó por la mente.
-¿Nunca sonríes?
-Lo mismo como todo mundo.
-Es que pareces muy seria.
-No lo hago muy a menudo estos días.
-Yo no paro de reír, tengo muchas amigas aquí.

Sofía corrió su cortina y descubrió al resto de las pequeñas que la acompañaban, que jugaban a tener una pijamada.

-Miren ¡Carlota Liukin vino a vernos! - gritó la niña, las demás giraron su cabeza y agarraron libretas, plumas, revistas y todo lo que tenían cerca para su encuentro.

-¡Todas te amamos! - afirmó una - ¿Nos firmas nuestros cuadernos? 
-Ah, chicas...
-Tiene gripe - reveló Sofía para salvar a Carlota que no atinaba a adivinar como portarse.
-Eso se arregla, tenemos gel antibacterial y tiene que ponérselo en las manos y la cara.
-No creo que debamos hacerlo - añadió Carlota.
-¿Por qué no?
-¿Me dan un segundo?

Carlota salió rumbo al pasillo, en medio de una confusión muy simple. Las chiquillas la miraban en suspenso desde la puerta.

-Pásenme el gel y formen una fila, les pondré caritas felices en sus fotos - determinó la chica y volvió a su sitio.

-¿Quién quiere carita con dedicatoria?
-¡Yo!
-Bueno, todas hagan fila.
-¿Y si queremos foto?
-¿Tienen cámara?
-¡Sí! ¡Nos tomamos fotos siempre!
-Entonces será una con todas.

Carlota intentaba ser lo más amable posible e ignorar que sentía lástima cuando plasmaba su firma en lo que le daban o le preguntaban cualquier cosa.

-¿Los patines son cómodos?
-No, pero te vas acostumbrando.
-¿Las mallas pican?
-Dejarían de ser medias si no lo hicieran.
-¿Es cierto que debajo del vestido no usan ropa interior?
-Jajaja, yo sí uso.
-¿Por qué no se te nota?
-Es ropa sin costuras.
-¿Conoces a Kiira Meier?
-Bastante ... Es odiosa, una bruja, falsa, mentirosa y quiere a sus admiradores.
-Tu cara es chistosa cuando te quejas - mencionó Sofía - ¿Es cierto que una vez le ganaste a Kiira? Nadie le gana.
-Dos veces, el europeo junior...
-¡Cierto! Se me estaba olvidando.
-Patiné "Swan Lake", todo mundo conoce la rutina.
-Pero ¿la venciste antes?
-En un torneo que se llama "Masters classic" en Tell no Tales.
-¿Y por qué se odian?
-Ella es una envidiosa, yo le gano en la pista.
-Es curioso: no te has reído una sola vez.
-¿Qué dices?
-Nunca sonríes, no sé por qué.
-Si lo hago.
-En Paris Match y en televisión pero no cuando compites y aquí tampoco.

Carlota dejó de escribir en ese momento, las niñas la observaban fijamente.

-Me cuesta trabajo, casi nada me sale bien y se murió mi mamá. Disculpen un poco.

Carlota se recargó una pared y bajó ligeramente la cabeza.

-Mis papás trabajan mucho para pagar mi transplante y si no lo recibo me puedo morir - pronunció Sofía, tomando la mano de Carlota - Y ayer nuestra amiga Patti no aguantó la quimioterapia, ayudamos a sus hermanos a recoger sus cosas. Así es la vida.

Carlota se soltó a llorar en ese instante, contemplando a los otros enfermos presentes, a las que tenía enfrente y a Sofía, que seguía mostrando su sonrisa grande.

-Cuando patinas, no sueles pensar en nada; bueno sí, cuando te caes.
-¿Duele?
-De pronto no importa, te levantas y sigues.
-Wow - expresó Sofía - ¿Te has caído?
-¡Muchísimas veces! Cuando le gané a Kiira en el Masters, me caí en el primer salto y en el segundo me tropecé y toqué el hielo con las dos manos.
-¿Cómo le hiciste para quedar primera?
-No lo sé, yo estaba más preocupada por no actuar más feo.
-¿Qué fue lo más chistoso?
-No me dio alegría pero creo que ganar cuenta como dato gracioso.
-¡Jajaja! ¿Qué se siente tener novio?
-¿Joubert? - las pequeñas se rieron nerviosas - Él es súper lindo, me regala flores, me visita diario y comemos juntos; cuando voy a competir él siempre está cerca de Kiss and Cry y me lleva mi suéter.
-Eso es lo que hace, ¿pero que sientes?
-Que estoy contenta.
-¿De verdad?
-Él es una gran persona, cuando crezcan tendrán un novio como él y lo querrán mucho.
-¿Y tus amigos?
-¡Tengo los mejores! Me tomé está foto en un desfile en el que salí en el papel principal: la de la botarga es Amy, la extraño, David y el rubio es Anton.
-¡Anton Maizuradze! ¿Sabes por qué ya no patina?
-No le gusta.
-¡Cómo! Si es muy bello.
-Él se avienta en trineo y juega fútbol ahora.
-¿Conoces otros patinadores?
-Muy pocos, solo a los de mi equipo.
-¿A Michelle Kwan?
-De lejos.
-¡Ya sé! ¿Quieres jugar al té? Y así nos sigues contando.
-¿Tienen té?
-Jugo de manzana, pero lo hacemos pasar por té.
-Bueno, pero tomaré en vaso de papel para no contagiarlas con mi gripe alien.
-Jajaja, oye ¿y si mejor te maquillamos? ¡Hay que pintarte las uñas de rosa!
-Pero me van a hacer pruebas.
-No creo que enferma te las hagan.
-Tienes razón ¡y me tomo fotos con todas! 
-¡Sí! Hay que traer las pinturas.

Mientras las chiquillas se emocionaban y sacaban lo que podían de sus valijas, Carlota se quedó sosteniendo la mano de Sofía.

-Hallarás un corazón.
-¿Tú crees?
-Todos merecemos uno.
-¿Y si no llega?
-Ama.
-¿Qué?
-"Entre más amor le tengas a la vida, más amor recibirás de ella" Eso me dijo mi mamá una vez que se enojó porque llegué tarde a casa. No había entendido por qué me lo repitió ese día.
-¿Qué significa?
-Si deseas un corazón de verdad y te aferras a vivir porque amas vivir, va a llegar uno. La vida siempre devuelve el amor que le das.
-¿Crees en Dios?
-Ahora sí.

Carlota abrazó a Sofía y le prometió visitarla con frecuencia. La niña estaba entusiasmada.

-Carlota, vengo a llevarte a tu nueva cama - anunció Ricardo Liukin.
-¡Papá! Ven te presento a Sofía.
-Un placer, pequeña.
-Y ellas son mis nuevas amigas ¿me puedo quedar un rato?
-Más tarde, tenemos que hablar.

Por el tono de voz de su padre, Carlota supo que estaba furioso; orillándola a tomar sus pertenencias en silencio y agitar su mano en despedida.

En el corredor, a solas, la chica tragó saliva y Ricardo la miró a los ojos.

-La próxima vez, te alejas de los periodistas y vienes conmigo. Tienes prohibido dar entrevistas y aparecerte en televisión si no es patinando. Es peligroso que el mundo te vea, ¡hay gente que nada más está observando a las niñas para poder acosarlas! ¡Hay depredadores que le hacen daño a gente como tú!
-Ya no soy una niña.
-Si no lo eres y asumes las consecuencias, de antemano date por castigada. ¿Me quieres decir qué rayos haces en Paris Match?

Carlota miró al suelo y optó por no agregar más.

Estimada Sofía: Hace unas semanas el blog lanzó una convocatoria por Facebook y Twitter para ganar un cuento con dedicatoria. Una persona que prefiere permanecer anónima y que sabe de tu historia, respondió a la dinámica y me envió tu fotografía, pidiéndome este cuento en especial. 
Decidí acceder a la dedicatoria gracias a las bellas palabras que te quieren expresar y darte esperanza.
En lo personal, te envío un abrazo y te deseo un milagro maravilloso.