lunes, 18 de marzo de 2019

Un hilo invisible


Departamento 101 en un edificio de la calle Renoir, Tell no Tales:

-Señora Anissina, ha venido Elliot Cohen - anunció Sandra Izbasa al ver en la puerta a un joven alto y de cabello oscuro con credencial de la Universidad de Humanidades.

-¡Elliot! Creí que me había olvidado. Pase por favor, jovencito.

El alegre Elliot se introdujo sin mirar mucho a Sandra y luego de besar la mano de Agathe Anissina, se sentó en un sillón junto a ella. La televisión estaba encendida y estaba por servirse el té.

-Me da gusto visitarla, Agathe - inició él.
-A mi edad es tan raro ver a un hombre tan apuesto en casa.
-Seguramente no.
-Elliot ¿ha traído lo que le pedí?
-Descatalogar este retrato me costó un mundo.
-Pudo enviarlo por correo.
-No crea que no lo pensé.
-¿Cómo va lo del barco? ¿Ya saben cómo desapareció?
-No han salido los resultados del análisis químico.
-Se han tardado mucho.
-Hay trabas presupuestales y el tsunami de hace dos meses nos hizo temer lo peor. Se perdieron objetos y tenemos buzos buscando.
-Lo imaginé. De todas formas, nada de lo que importaba seguía allí.
-Espero que esto sea lo que busca, señora.
-¿Por qué lo envolvió en este papel tan indigno?
-Preferí que pasara como pescado.
-Elliot, gracias.

La señora Anissina hizo una seña a su nieta y a su cuidadora de que la dejaran sola un momento y Sandra Izbasa pronto fue invitada a un paseo imprevisto por el cercano parque De Gaulle mientras sentía curiosidad por tan singular visita.

-Ver a un Izbasa en la ciudad enfurece a cualquiera. Lo entiendo, Elliot - comentó la señora Agathe al cerrarse la puerta.
-Me sorprendió.
-Sandra no tenía a donde ir. Steliana Izbasa me pidió recibir a su bisnieta.
-¿La señora Izbasa vive?
-Es tan centenaria y cuerda como yo.
-Nadie lo sabe.
-Nadie pregunta, Elliot.
-Debería charlar con ella.
-Nunca ha sido sincera.
-¿Por qué?
-Steliana aun no paga sus cuentas.

Elliot Cohen sonrió y pronto notó que la señora Anissina pretendía observar a Carlota Liukin en el Trofeo Bompard. La transmisión no había iniciado.

-Creí que no seguía a la niña Liukin.
-¡Oh, Elliot! ¿Cómo podría ignorar a esa linda bisnieta de mi amiga Lía? Cada vez se parece menos a ella pero tiene la cara de su padre.
-¿Le ha hablado de la cinta olímpica?
-No me he reunido con ningún Liukin en cuarenta años.
-¿Por qué no?
-Desde que Lía falleció, no tuve más amistad con su familia.
-Quizás yo debería decirle.
-No es tu misión, niño.
-Quiero que me diga una cosa: Encontré un registro de defunción de Lía Liukin en 1932.
-¿Esa mentira?
-Justo de eso iba a preguntarle.
-¿Por qué?
-Hallé un registro de ella en un barco de Trípoli a Nápoles de 1933.
-Ese viaje fue de los últimos que hizo. Le dije que en Europa no convenía vivir pero no escuchó.
-¿Por qué la dieron por muerta un año antes?
-¿Se enteró del escándalo, Elliot?
-¿Es algo que los Liukin saben?
-El hijo de Lía estaba enterado pero no sé si le contó a alguien más.
-Supe que Matthiah Weymouth fue detenido por el asesinato de la señora Liukin.
-Imagino que leyó esa vergüenza de expediente.
-¿Lo que escribieron es verdad?
-¿Qué parte?
-¿Lía Liukin engendró un hijo con su padre?

Agathe Anissina tomó un poco de té y se rió.

-Los jóvenes preguntan siempre por los detalles escandalosos - sentenció y enseguida miró hacia Elliot Cohen con algo de seriedad.

-La policía no sentenció a Weymouth, señora.
-¿Cómo podría ser? Hubo tanto dinero ofrecido para tapar todo esto...
-¿El ingeniero Weymouth era culpable?
-Intentó matar a Lía pero eso no era secreto. La gente lo apoyó y la familia Izbasa gastó un dineral en borrar lo que se pudiera.
-¿Por qué?
-En parte por las murmuraciones.
-¿Qué pasó, Agathe?
-Le dije que Steliana Izbasa no ha pagado sus cuentas.

Agathe sabía que Elliot no podía enterarse de nada que no fuera cierto o conocido desde antes.

-Alguna vez le conté que Lía tuvo un bebé con Matt y este murió de viruela. También le dije que ella hizo tantas cosas buenas después de eso y le conté de su matrimonio con un escocés.
-Joseph Kerr.
-Ese Kerr era un inversionista pero también un estafador. Se casó con Lía porque su padre era propietario de unas tierras en la campiña que daban frutas.
-Imagino que fue todo un negocio.
-Kerr se volvió popular en Tell no Tales porque le hizo ganar millones a unos ganaderos y ayudó a algunas familias a hacerse de los astilleros del barrio Corse ¿sabe a cuánta gente le robaron sus propiedades?
-¿Lía lo toleró?
-En ese momento, ella se obsesionó con la idea de tener hijos. Joseph se los exigía cada noche.
-¿Le habló de eso, Agathe?
-Los niños nunca llegaron y Kerr comenzó a frecuentar la mansión Izbasa. Steliana se embarazó enseguida y Lía concedió el divorcio pero le costó caro. Se dijo que se habían comprometido las tierras de los Liukin en una venta a los Izbasa y cómo se desconoció, se inició un proceso por fraude. Después Joseph apareció con documentos que lo presentaban como apoderado legal de su suegro y aunque se alegó que las firmas eran falsas, el juez embargó a los Liukin y perdieron todo.
-¿Cuándo fue esto, señora?
-En 1928. El señor Liukin se dedicaba a envasar jugo para su venta.
-¿Ya existía la planta de alimentos de la campiña?
-Los legítimos dueños de Industrias Izbasa, son los Liukin. Todo mundo lo sabe.
-¿Por qué no interviene, señora Anissina?
-¿Con qué pruebas? Aquello fue quemado.
-Debió quedar algo.
-¿Por qué cree que el juicio a mi primo, Matthiah Weymouth, es tan inconveniente?
-¿Qué ocurrió en ese proceso?
-El divorcio de Lía fue tan difícil que se metió con varios hombres con tal de demostrar que no era estéril. No funcionó y se recluyó en su casa. La gente decía cosas terribles y en diciembre del treinta y uno bajó a la ciudad del brazo de su padre y el vientre abultado. Recuerdo mi impresión cuando nos encontramos en una banqueta. La gente les arrojaba sopa podrida y los insultaba pero yo los saludé y ella era feliz... Eso se habló en el proceso de Matt, incluso se reveló que Lía compartió la habitación con su padre para concebir y el señor Liukin nunca lo negó. Él defendió tanto lo que hicieron, que creí que los habíamos orillado.
-¿Por qué sería asi?
-Porque permitimos que les robaran, que humillaran a Lía, que les mintieran. Esa mujer había decidido que tendría hijos pero el único que la entendió fue su padre.
-¿Matt quiso matarla por eso?
-Matt volvió de Francia en el treinta y dos. Lo primero que hizo fue buscar a Lía pero nadie sospechó que ese romance iba a renacer. Él hizo arreglos para comprar un departamento en la calle Piaf y acordó con un abogado su propio divorcio y una demanda contra los Izbasa.
-¿Usted le advirtió a Matt de los chismes en la ciudad?
-Claro que le previne, pero me pareció que no debía insistir. Lía tenía el embarazo avanzado.
-¿Cree que ella tuvo el valor de admitir lo de su bebé?
-Por supuesto y por eso Matt estuvo en prisión.
-¿Qué hizo?
-¿Matt? Contó en el juicio que Lía le preguntó si no le importaba ser el padre adoptivo del bebé y él contestó que no. Luego quiso saber si no le molestaría el hombre con el que concibió y Matt lo tomó muy mal.
-¿Qué supo usted, señora?
-Él declaró que sujetó a Lía por el cuello, la arrastró varios metros y la colgó de un árbol... Matt se arrepintió y la bajó enseguida pero del susto y la decepción, se presentó el parto y fue el señor Liukin quien ayudó a su hija junto a mi esposo, Alban Anissina. Ambos hicieron que la policía interviniera y detuvieran a mi primo. Lía no se enteró porque pasó inconsciente unos días y se marchó.
-¿Marcharse?
-De eso nunca conversamos. Ella se levantó de la cama, dejó al bebé en su cuna y tomó el tren y un barco a Sudáfrica.
-Imagino que con eso se decidió el proceso contra Matthiah Weymouth.
-Matt pagó para que declararan a Lía como muerta y después se olvidó de la demanda contra la familia Izbasa, pero en su proceso no paró de acusarlos de ladrones y de mostrar papeles. Los Izbasa sobornaron muy bien al fiscal para quemar las pruebas y dejar los testimonios que ensuciaran a los Liukin.
-¿Cómo lo sabe?
-Steliana se jactaba del robo de Kerr. Al fin y al cabo, siempre envidió a Lía y sus padres codiciaban las tierras del valle.

Elliot Cohen no sabía en qué creer.

-¿Lía sólo desapareció?
-No, jovencito. Un día mandó una carta desde Italia. Alban y yo nos trasladamos enseguida.
-¿Qué les decía?
-Habían pasado seis años ¿Sabe cuántas cosas hizo Lía?
-Supongo que era otra persona.
-Fue arquéologa itinerante, actriz de teatro, trabajó como gerente de una empresa metalúrgica en Milán y consiguió su propia casa.
-Eso es cambiar.
-Firmó documentos de matrimonio en el treinta y cinco e incluso su apellido era otro.
-¿Lía volvió a ver a su padre y a su hijo?
-Pronunciar cualquier cosa de los Liukin estaba prohibido.
-¿Quién contrajo nupcias con ella?
-Todavía no olvido lo mucho que me desagradó ese hombre.
-¿Por qué ríe, Agathe?
-¡Ay, Elliot! Si usted hubiera conocido a Lía...
-¿Fue raro?
-El hombre era un obrero que no sabía leer y más ciego que un topo. Ella se divertía tanto con ese bruto que me alegré.
-Ja ja ja.
-Él sabía que Lía era tan lista, tan inalcanzable. El pobre carecía de modales, su voz era irritante, todo el tiempo estaba cubierto de manchas, era tosco. Un salvaje es más civilizado.
-¿Qué le veía ella?
-¡Una mujer se cansa de la clase de hombres que conoce! En cambio, ese bestia se podía moldear y la llenó de niños con facilidad. Ella no ambicionó otra cosa.
-¿Me dirá cómo se llamaba?
-¿Él? Su apellido le quedaba grande. Un tal Leoncavallo que de distinguido tenía lo que yo de monja.
-¿No sería pariente del compositor de ópera?
-En absoluto, Elliot. Ese hombre se dormía cada que Lía tocaba el piano.
-Nunca entenderé como una mujer como ella prefirió a alguien tan elemental.
-Se lo he dicho, jovencito. Mientras sirviera para hacerla reír y tener descendencia ¿qué más daba? Tuvieron seis niños. La mayor se llamaba Carolina y era una niña tan curiosa como Lía.
-¿Alguien llegó a enterarse de esto?
-¿Aquí en Tell no Tales? Mi primo, Matt.
-¿Qué opinión tuvo al respecto?
-Verlo caído en desgracia fue bastante castigo. Acabó de cantinero de un expendio de esa bebida horrible que está tan de moda ahora.
-¿El salkau?
-En realidad, me gusta. Lo que pasa es que el whisky parece elegante, Elliot.
-¿Por qué no busca a los Liukin y les relata todo esto?
-Porque no pueden reclamar lo que les pertenece y luego de ver cómo crecieron Lorenzo y Ricardo Liukin o lo que ocurrió con Carolina Leoncavallo, lo mejor es no mover el mar.
-¿Qué les pasó?
-Eso no puede saberlo por mí, Elliot.
-¿Y con Lía? ¿Usted supo algo?
-Vino la guerra y su esposo se enroló con los partigianos contra Mussolini mientras ella repartía panfletos y se involucró en varias huelgas anti fascistas. Se volvió locutora de deportes en 1946 y su marido fue sindicalista de los trabajadores metalúrgicos hasta los años ochenta. Lía murió en el sesenta y tres, cuentan que de una neumonía.
-Agathe, ¿asistió al funeral?
-No, jovencito. Sólo me dijeron que Carolina le dio un nieto y estaba vestido con un traje azul marino ese día.
-¿Qué sucedió con el padre de Lía?
-Ese hombre falleció unos quince años más tarde. Contaban que se le había agriado el carácter y no recordaba nada. El hijo con Lía le salió tan irresponsable que se aferró a los nietos.
-¿Lorenzo y Ricardo?
-Supe que tienen un hermano, un tal Gwendal.
-¿Cómo se llamaba el hijo de Lía Liukin?
-Goran, como su padre. Desconozco casi todo de él.
-Supongo que encontraré la tumba de la señora Liukin en Milán.
-Seguro, Elliot. Le pediré que no olvide que en Italia, ella es una Leoncavallo. Nunca los quiso junto a su primera familia.

Elliot Cohen no podía distinguir entre la historia, la anécdota y el chisme pero admitía que le divertía mucho. Alguna vez había escuchado rumores sobre la propiedad de las tierras del valle y también de un escándalo familiar que hasta la fecha, influía en la vida de los habitantes hasta límites insospechados. Pero ver a Agathe Anissina desenvolver su encargo lo devolvió a lo tangible.

-Alban era tan apuesto. Lía y Matt le pidieron este retrato porque pasarían varios meses fuera luego de esa boda que no pudo ser.
-¿La de 1915?
-Le confesaré un secreto, Elliot: Lía creyó que eso fue lo mejor que le pudo haber pasado.
-¿Usted lo piensa también?
-Con Matt era tan feliz que no se esforzaba gran cosa. Sin él, tuvo lo que quiso. Le he dicho, Elliot, que Lía Liukin fue la primera en intentar muchas actividades que en Tell no Tales ninguna otra se atrevía. Pero borrar la memoria es algo que la gente busca y ocurrió, al menos en la historia oficial. En la campiña hay gente que aun cuenta estas vivencias ¿por qué cree que se les aparta todavía?
-Agathe, si usted conoce tanto, podría remediarlo.
-Elliot, suficiente tenemos con que estén cerca.

Agathe Anissina sirvió té para Elliot Cohen y vieron el inicio de la prueba femenil del Trofeo Bompard, con un primer grupo de patinadoras realizando calentamientos. Entre ellas, se distinguía la bella Carlota Liukin con su vestido de rayas rojas y en los bordes, Maurizio Leoncavallo le daba las instrucciones que podía mientras el público gritaba y agitaba sus mantas de apoyo con creciente euforia.

-¿Algún día sabrán Carlota y su entrenador que son familia? - preguntó Elliot al notar que ambos se trataban con enorme simpatía y compartían el mismo gesto al sonreír.

-Si me dieran a elegir, sería un no.
-Lía no está.
-Pero hay que cuidar a los vivos, Elliot. Hay circunstancias que hieren aun sin conocerlas.
-¿Cómo qué?
-No me corresponde remover la cicatriz. Los Leoncavallo y los Liukin tendrán que arreglarse.

Agathe Anissina suspiró con cierto desencanto y al tiempo que Carlota y Maurizio se daban un abrazo, pensó en aquello que podía separarlos.
Existen deudas que se transfieren sin buscarlas y entre los Liukin y los Leoncavallo, existía un vínculo tan fuerte, que el desconocido precio venía acompañado de un dolor extremo, incomprensible y que tocaba a cada uno de sus miembros en lo más profundo de sí mismos, en su identidad, en sus convicciones, en su sangre.

domingo, 10 de marzo de 2019

El álbum de fotos


Tell no Tales.

El 13 de noviembre de 2002, la nieve cubrió la campiña. Era miércoles y Kleofina Lozko se había quedado en casa, tomando té. Por ello se alegró mucho cuando al cesar la tormenta, Courtney Diallo tocó a su puerta.

-Pasa, me has dado una sorpresa ¿Qué traes ahí?
-Vine a verte porque mañana te vas a París. Compré hamburguesas en Mckee.
-Gracias, Courtney.

Kleofina cerró la puerta y enseguida llevó a su amiga a su cuarto.

-Hace frío en la ciudad, me estaba congelando.
-No pude trabajar hoy y mi padre y mi hermano fueron a la carretera a instalar cableado eléctrico.
-Matt se quedó en el hospital. Espero que no le toque un día pesado.
-Courtney ¿estás bien?
-Maurizio Leoncavallo me volvió a llamar.
-¿Qué quiere?
-Preguntó por mí, saludó a Matt...
-¿Por qué insiste?
-Me contó que su ex novia Jyri murió.
-¿Te preocupa?
-Sólo pude darle el pésame.
-¿Cuánto duró la llamada?
-Dos horas.

Kleofina quiso decir "diablos" pero en su lugar, abrió una caja negra y revisó su hamburguesa.

-Le pedí a Maurizio que nunca me hable.
-¿Cómo lo tomó?
-Me pidió que lo perdonara pero creyó que era importante decirme lo de Jyri.
-Ay, Courtney.
-El sábado es su cumpleaños.
-¿De quién?
-De Maurizio... ¿Qué puedo pensar sí trató de hablar conmigo por quince días?
-¡Que está completamente loco! Courtney, dime que cortaste el teléfono.
-Lo hice.
-¿Por qué estás espantada?
-Es que pienso en su hermana, en Katarina ¿y si lo espió?
-¿Su hermana? ¿Por qué lo haría?
-Me golpeó por estar con Maurizio y... Ella me pone nerviosa.
-No va a tomar un vuelo sólo para molestarte.
-No sabes de lo que es capaz.

Courtney dobló la manga de su suéter y le mostró a Kleofina la cicatriz de su antebrazo izquierdo.

-¿Ella te quemó?
-Nunca dije que primero me atacó con un leño ardiente.
-¿Perdón?
-Tengo otras marcas pero son más pequeñas, Kleofina.
-¿Maurizio lo sabe?
-No lo sé, pasó hace tanto que sólo quise que se alejara de mí. De todas formas, nunca le agradé a su familia.
-¿Te importaba mucho lo que pensaran?
-Son muy unidos.
-Rayos.
-Pero basta de cosas tristes.
-Madice nos habló pestes de Katarina también.
-No lo había recordado.
-Esa chica está enamorada de su hermano ¿o qué?
-Conmigo era muy celosa.

Courtney dio sorbo a una malteada de caramelo y luego comenzó a reírse. Odiaba la costumbre de contestarle a Maurizio después de dejarlo expectante por meses incluso y si cambiaba de número, él era de los primeros en averiguarlo a través de alguien que podía ser un ex vecino de Senegal o un primo despistado que aun lo consideraba un amigo.

-¿Estás segura de ir a buscar a Ilya Maizuradze a París? - preguntó para cambiar de tema.
-Sé donde fue - prosiguió Kleofina con el bocado en los dientes.
-¿No tendrás problemas?
-Quiero despedirme, no se va a enojar.
-Tal vez esté con su familia.
-Lo veré en su hotel.
-No sé qué aconsejarte.
-Tu cara parece de regaño.
-¿Él sigue casado?
-Se divorció ayer.
-¿Con firma y todo?
-Sí.
-¿Estás segura, Kleofina?
-Me avisó su hijo Cumber.
-Oh, párate ahí ¿quién llama a su hijo "Cumber"?
-Es un apodo.
-¿Eres feliz?
-¿Con Ilya? Bastante.
-¿Qué le ves?
-Lo amo, es todo.

El rostro de Kleofina reflejaba esa clase de felicidad ciega que se siente cuando se halla a esa persona tan deseada y no volverá a buscarse a nadie más.

-Ojalá que te vaya bien, Kleofina.
-Gracias... Y tú ya deja de pensar en ese Maurizio que te vas a enamorar otra vez.
-¡Ay, no! Jajaja, él ya se quedó en el pasado.
-¿Nunca sentiste que se quedaron a medias?
-Entre más tiempo pasa, más creo que estuvo bien mandarlo al demonio sin ver su cara.
-Tal vez quiere saber si hay oportunidad de que regresen.
-Matt es mi corazón ahora.
-Entonces díselo a Maurizio y ya está.
-Se lo he repetido en sus últimas dos llamadas.
-¿Y si él quisiera saber por qué terminaron?
-Ese tiempo ya pasó.

Courtney llevó una papa a su boca y pronto notó que en la habitación de Kleofina abundaban los objetos rosas: el marco de un espejo, su diario, sus pares de aretes, una enorme chamarra detrás de la puerta, las cortinas... Había un cartel de "¡Felices quince, Kleofina!" en la pared, otro lleno de serpentinas para celebrar sus dieciocho junto a ese y en el armario tenía pegadas abundantes fotografías con sus padres, su hermano, fallecidas mascotas, rodeada de flores o en la playa.

-Tengo la obligación de tomarte una foto, Courtney - decía Kleofina mientras sacaba de su cómoda una cámara instantánea - Es una tradición que tenemos aquí.
-¿Por qué?
-Así nunca se van.
-¿Todos en el campo lo hacen?
-Es muy útil con la policía. No lo digo por ti.
-¿Es cierto que vienen a hostigarlos?
-No es tan malo - Kleofina procedió a sacar dos instantáneas - También conservamos fotos con los oficiales y guardo un gran álbum de respaldo. No me gusta perder ninguna imagen.
-¿Me las muestras?
-Claro. Arriba del refrigerador están nuestros retratos pero en la carpeta rosa del librero tengo los otros.
-¿Éste?
-Sí ¿Es un poco pesado, verdad?
-¿Cuánta gente ha venido aquí?
-Más de la que quisiera, Courtney. A veces recogía los rollos fotográficos y revelaba las fotos que me faltaban.
-Hay fotos desde antes de que nacieras ¿Qué son las marcas rojas?
-La gente que ya murió.
-¿Cómo te enteras?
-Las esquelas del diario.
-Jajaja, parece divertido.
-Este es el oficial Grant y este es el "cuchillero de Corse". Los dos se perseguían a menudo.
-Me han dicho que el cuchillero era un asesino a sueldo.
-Mentira. Era un fanfarrón.
-No es cierto.
-Es mi tío. Murió a los grande cuando le cayó un barco encima en el astillero de Auvergne.
-¿Qué cosa?
-No te miento, salió en el periódico.
-¿Qué hacía ahí metido, Kleofina?
-Obrero.
-Vaya, qué anécdota.
-Hay muchos policías aquí. Puedes revisar.

Kleofina permitió que Courtney escudriñara cada página del álbum mientras saboreaba una hamburguesa cubierta de abundante salsa agridulce y doble queso.

-Tengo un álbum en casa y no he podido llenarlo... Kleofina ¿te sabes el nombre de todos?
-De casi todos. Hay gente que por más que venga no consigue que me acuerde.
-¿Sergei Trankov estuvo aquí?
-Pasó escondido cuatro días.
-Cualquiera confundiría a Matt con él.
-Trankov tiene un tatuaje en el pecho y una cicatriz en la frente ¿Quién no se da cuenta?
-¿Cómo sabes del dibujo?
-Se lo vi. Es un camaleón en una hoja.
-Todos dicen que es un garabato sin forma.
-Nunca han apreciado sus detalles.
-Kleofina ¿qué tan cerca estuvo Trankov de ti?
-No nos aburrimos.

Courtney no supo qué pensar y siguió contemplando todo. Reconocía a algunas personas por haberles visto trabajar arreglando banquetas o yendo a urgencias por una curación, a otros por toparlos a diario y no faltaban los que había encontrado una vez y no sabía que no había olvidado.

-¿Qué álbum tienes? - curioseó Kleofina.
-¿El de fotos?
-¿Es familiar, de amigos, fiestas...?
-De todo. Tengo imágenes de cuando era niña y también de cuando mi padre vivía con nosotros.
-¿Se fue?
-Trabaja en Dubai como plomero. Le envía dinero a mamá cada mes.
-Courtney ¿por qué no me habías dicho?
-No lo sé... Cuando estudiaba medicina, él mandaba muchas cartas y guardo sus fotos.
-Entonces tu álbum es de todo.
-De fiestas, de amigos, del mar y del concurso de belleza.
-¿También te retratas con Matt?
-Sólo he tomado dos fotos.... ¿Él es Ilya Maizuradze?
-Un encanto ¿no?
-Nunca te entenderé.
-Él siempre me gustó. Desde niña supe que lo quería y hacía mil cosas para verlo diario. Me esperé a ser mayor de edad para que no tuviera problemas.
-¿Tus padres no se molestan por esto?
-Ilya es mejor que los hombres que han venido aquí.
-¿Muchos?
-Soy campirana.
-¿Y qué pasa?
-Siempre habrá alguien. A mí me asedian desde los diez años.
-¿Qué?
-¿No lo sabes, Courtney? Los hombres de la ciudad buscan a las mujeres de la campiña para divertirse. No hay chica que llegue virgen a los dieciséis.
-Que no te creo.

Kleofina dejó su comida de lado y tomó su álbum para mostrarle algo a Courtney. La cantidad de recuerdos y caras era impresionante.

-¿Qué te parece? Es policía del Gobierno Mundial. Tuve mi primera vez con él. Mi familia se descuidó, ups.

Si Courtney Diallo pensó que nada podía sorprenderla más que Kleofina señalando una cara, se equivocó rotundamente. De ver quien era, se quedó boquiabierta.

-¿Qué parte te cuento? ¿De cómo irrumpió en mi casa y me interrogó o cómo mi toalla desapareció?
-Kleo ¿cuántos años tenías?
-Quince. A él le dije que tenía dieciocho y se lo creyó.
-¿Por qué hiciste eso?
-Preferí que fuera un policía a que viniera uno de mis primos o algún idiota de la ciudad. Además, se me hizo lindo y estaba buscando a Trankov.
-¿Qué demonios?
-Mamá fue a cortar flores, mi hermano y mi padre estaban vendiendo en Carré y yo salí de la escuela, vine a casa y decidí tomar una ducha. Iba a mi habitación cuando él abrió la puerta y hablar de Trankov era muy entretenido pero lo demás estuvo mucho mejor. Fue tan espontáneo que cuando me di cuenta, él se quedó a dormir y regresó un par de veces.
-¿Vino solo?
-Sí.
-No es verdad...
-¿Estás enojada?
-Contigo no.
-Courtney...
-¿Te dijo que era de Intelligenza Italiana?
-Aguarda ¿lo conoces?
-Sabía que era un imbécil.
-¿De qué hablas?

Courtney sacó su cartera y pronto la colocó frente a Kleofina.

-¿Llevas una foto de Maurizio a todos lados?
-¿Ya entendiste?
-¿Que Matt puede descubrirte?
-Kleo....
-Maurizio se parece.
-El de tu álbum es Maragaglio, primo de Maurizio. Es una vergüenza.
-¿Qué cosa?
-Maragaglio es casado y me di cuenta de que engañaba a su esposa pero no lo desenmascaré. Maurizio decía que él era increíble.
-¿Dormiste con...?
-¡No! Digo, lo intentó pero lo mandé al diablo. Tenía una becaria que no se le despegaba jamás y le hizo una escena porque la araña de Katarina comenzó a pasar los días con él.
-¿Con Maragaglio?
-Quería llevarla a todos lados y era como no sé, su hija.
-¿Sólo eso?
-¡No! Fue diferente. Maragaglio cambió. Cuando yo lo conocí, era manipulador y cínico pero apareció Katarina y él se volvió amable, sobreprotector, comenzó a pedir las cosas por favor e incluso aprendió a cocinar. Por suerte, nunca supe quien era la becaria.
-¿Por qué te acuerdas de todo eso?
-Kleo, no vuelvas a meterte con un agente de inteligencia. Te aseguro que Maragaglio no vino por Trankov y se llevó algo de tu casa, además de tu... inocencia.
-No noté nada y no creo que importe.
-¿Qué quería de Trankov?
-Saber si lo conocía.
-En serio.
-Luego preguntó por Ricardo Liukin pero no lo ubicaba. Fui novia de su hijo Andreas tiempo después.
-¿Liukin?
-Le dijeron a Maragaglio en la ciudad que Ricardo venía mucho por aquí porque su hija se escapaba y tal vez se topaba con Trankov de vez en cuando.
-Qué locura.
-Le hablé de una niña que iba a los cerezos pero se quedaba sola un buen rato y sus padres venían por ella. Me enteré que era Carlota cuando Andreas la tuvo que ir a buscar.
-¿Enviaste a Maragaglio detrás una chiquilla, Kleo?
-Te vas a enojar si te digo que Carlota conoce a tu Maurizio...
-¿Perdóname?
-Quizás sigo siendo amiga de Andreas.
-¿Cómo es posible?
-¿Qué tan malo es?
-Quiere decir que Maragaglio no los soltó ¿Cómo demonios llegaron con Maurizio?
-Carlota necesitaba un entrenador y fue el que había disponible. A Margaglio lo conocieron antes porque ella se había ido de casa y él la regresó.
-Kleofina ¡no te vuelvas a involucrar con un policía!
-Courtney ¿qué hice mal?
-¡Tú no! Es que Maragaglio debió influir para que eso pasara.
-¿Que pasara qué?
-¡Todo! Tengo que averiguar qué quiere ¿Tienes el teléfono de Andreas?
-Te lo anoto.
-Kleo, espero que no le hayas dado a Maragaglio lo que quería.
-Después de mi virginidad, no sé que más le podría interesar.
-Si descubre tu relación con Andreas Liukin, lo más seguro es que te interrogue de nuevo... ¿Uno de los hijos de Ilya es amigo de Carlota, verdad?
-Anton. Nos lo dijo Madice el otro día.
-Adviértele a tu novio.
-¿Dónde vas?
-Kleofina, si un día te topas a Maragaglio, huye.

Courtney salió de prisa de aquella casa y no se detuvo a pensar un momento. Ni siquiera imaginaba por qué esas conjeturas le importaban o por qué le preocupaba una familia que no conocía. Sólo tenía en la cabeza que Maurizio Maragaglio estaba detrás de algo y debía detenerlo o ponerlo en evidencia. Lo había tratado lo suficiente para saber que sus límites podían ser frágiles pero ¿por dónde podía comenzar? Si Kleofina le hacía caso, ¿sería suficiente?

Caminando rumbo a la ciudad, en la pradera, pronto se topó a Madice Hubbell. La chica también había tenido la idea de ver a Kleofina y al igual que Courtney, antes había pasado a Mckee.

-¿Estás bien?
-Sí, Madice.
-¿Por qué no me avisaste?
-Se me ocurrió de último minuto.
-Courtney, te ves pálida.
-¿Eras vecina de los Liukin?
-Sí ¿a qué viene eso?
-¿Alguna vez la policía te preguntó por ellos?
-Hubo un escándalo por una cámara pero nadie me pidió mi opinión.
-¿Antes de eso?
-¿Por qué el interés?
-¿Nadie iba con tu familia a preguntar cosas?
-¿Por los Liukin?.. De hecho, sí.
-¿Quién?
-Andreas fue detenido por disturbios en el parque De Gaulle y un oficial nos informó que lo iban a soltar... Realmente no presté atención. Una vez llegué a casa y venía saliendo un tal Maragaglio. Mi madre le habló de Gabriela Alejandryi.
-¿Ella quién es?
-La mamá de Carlota... ¿Todo está bien?
-¿Sobre qué deseaba saber, Madice?
-¿Maragaglio? Me enteré de que quería saludar pero los Liukin no estaban y creía que la dirección no era la correcta.
-¿Cuándo fue eso?
-Hace cinco años. Maragaglio no se me olvidó porque volví a verlo dos o tres veces y su becaria ahora es la chica Miss Corse Lorphelin.
-¿Por qué no dijiste nada?
-No quise incomodar a nadie. La única ocasión que los vi juntos, ella le hizo un berrinche por su prima. No me quedé para averiguar.
-Maragaglio no tolera algo así.
-¿Sabes quién es, Courtney?
-Madice, la próxima vez que lo veas, corre.
-¡Oye! ¿Qué sucede?
-También le llevé a Kleofina comida de McKee. Le gustan esas cosas, te lo va a agradecer.
-No entiendo nada.
-Luego les explico.

Courtney aceleró el paso y Madice la perdió de vista pronto. Se sentía tan confundida que al llegar a casa de Kleofina, ni siquiera saludó.

-¿Qué tiene Courtney con un tal Maragaglio? - se intrigó mientras entraba.
-Es primo de su ex novio.
-¡No es cierto!
-¿Quiso saber si lo conocías, Madice?
-Maragaglio resultó ser amigo de la señora Liukin.
-¿Estás bromeando?
-¿Tú sabes algo, Kleo?
-Sí. Los Liukin no conocían a Maragaglio hasta hace poco.
-De acuerdo ¿qué?
-Yo tampoco tengo idea pero estoy por advertirle a Ilya sobre él.
-Courtney me dijo que corriera si volvía a verlo.
-A mí también me lo pidió, Madice.
-Es muy extraño.
-El tipo es un agente de inteligencia.
-¿De verdad?
-Dame un momento.

Kleofina suspiró y enseguida realizó una llamada a París mientras Madice miraba por la ventana con un cúmulo de dudas. No quería despejarlas pero tuvo la certeza de que Maragaglio era tan relevante, que no cabía subestimar cada mentira dicha cinco años atrás.

lunes, 18 de febrero de 2019

La búsqueda de la luz


Palais Omnisports de Bércy, 8:00 am

-¡Mademoiselle Liukin! Benvenue al Trofeo Bompard - decía uno de los técnicos al verla llegar y quedar azorada por la transformación radical del recinto. La arcilla, la red, el puesto del umpire, todo lo que había formado una linda cancha de tenis se había esfumado y en su lugar, se hallaba instalada una bellísima pista de hielo y un enorme kiss 'n' cry con una torre Eiffel pintada y muebles de terciopelo azul oscuro.

-¿Cómo lo lograron?
-Le prometimos que estaría listo ¿Quiere ser la primera en probar el hielo?
-¡Estaré encantada!
-Adelante, mademoiselle.

Carlota realizó sus calentamientos junto a Maurizio Leoncavallo y el staff notaba que él parecía disgustado mientras ella daba respuestas breves.

-¿Creías que no me enfadaría?
-Disculpa, Maurizio.
-Traicionaste la confianza de mi primo y también la mía.
-Perdona.
-¡No se trata de repetir disculpas!
-¡No sé qué decir!

Maurizio se detuvo en ese momento.

-Tienes catorce años, Carlota.
-Perdón.
-¿Tienes idea de lo que pasó con Marat?
-Se lo pedí.
-No tienes edad para eso.
-Yo escondí el champagne y lo invité a pasar.
-Se aprovecharon de nosotros.
-No estás entendiendo.
-¿Qué tengo que entender? ¡Marat no es un niño pero tú sí!
-¡Ya no soy una niña!
-¿Quién te metió esa idea en la cabezota?
-No tengo trece años.
-¿Qué quieres decir?
-Sé lo que hice.
-Carlota, eso no es cierto.
-¿Por qué te importa?
-Porque se suponía que Maragaglio y yo estábamos a tu cuidado.
-Discúlpame.
-¡Le fallamos a tu padre! ¿Crees que eso se arregla con un "lo siento"? ¿Y si tu padre o mi primo deciden denunciar a Marat, crees que me voy a oponer?
-¡Sólo fue champagne!
-Sabemos que no.

Maurizio se recargó en un borde de la pista mientras pensaba.

-¿Están regañando a Carlota? - preguntó Shanetta James a su distancia.
-¿Alguna novedad? Tamara Didier le gritaba - respondió Morgan Loussier y ambos se encogieron de hombros para luego ponerse a trabajar en unos estiramientos. Maurizio Maragaglio estaba detrás de ellos y estaba por suspirar para seguir calmando su propio enojo cuando echó un vistazo a la puerta.

-¡Katy! - exclamó y extendió los brazos pero Katarina Leoncavallo únicamente lo tomó de las manos.

-Bienvenida a París - saludó Maragaglio.
-¡Te extrañé mucho!
-También yo.
-Qué bueno que pudiste venir... Iré a saludar a mi hermano.

Maragaglio se quedó con la palabra en la boca.

-Maurizio mio! - gritó Katarina y su hermano sonrió, además de acercarse a ella y recibir de inmediato un prolongado abrazo. Ella presumía su cabello lacio hasta los hombros.

-Katy ¡que linda te ves!
-Tú eres el guapo.
-En serio ¿qué hiciste en Nueva York? Cambiaste mucho.
-¿Te gusta?
-Claro que sí, estás preciosa.

Katarina volvió a apretar a su hermano contra sí y luego le dijo algo al oído que lo hizo carcajear. Los demás pasaban saliva y Carlota Liukin en particular prefería alejarse sólo para ver que Marat estaba en las gradas y le dirigía un gesto amistoso mientras un fotógrafo tomaba cuántas imágenes podía para una revista de patinaje.

-Sigo furioso - confesó Maragaglio cuando la chica pasó junto a él.
-Lo sé.
-Carlota, acabo de cancelar el evento en el Centre Pompidou.
-¡Pero es una promoción para el Trofeo Bompard!
-¿Quieres que te premie por lo de anoche? Estás castigada y además tienes tarea de historia y un examen esperándote en Venecia.
-¿Ese es mi celular?
-Confiscado hasta que volvamos a casa ¡Ahora a entrenar!

Carlota se asustó un poco y cuando giró, se dio cuenta de que Katarina Leoncavallo iba a tomar la práctica y anudaba su cabello para luego quitarse el suéter y revelar que su vestido gris mostraba un hombro, parte de su cintura y un atrevido leotardo negro que más bien parecía un traje de baño con cintas en el abdomen. Incluso quedaba expuesto parte de un sostén también en negro.

-Carlota, vamos a marcar figuras - dijo Maurizio Leoncavallo con mejor humor y la chica se colocaba sus botines para obedecerlo cuando Katarina observó a Marat Safin, quedándose paralizada y sintiendo lo mismo que con Tommy Gunn en Nueva York.

-"¿Qué me está pasando?" - se desconcertaba la joven Leoncavallo mientras volteaba a ver a su hermano, confundiéndose en el acto.

-Katarina ¿estás bien? - se intrigaba Shanetta James.
-¿Quién es el chico de ahí?
-¿El que viene con Carlota?
-¿Es el tal Marat?
-Te respondiste sola.
-Es gua... guap... - tartamudeó Katarina.
-Dilo sin pena ¡Marat es guapísimo!

Todos escucharon a Shanetta y Katarina se sonrojó tanto, que Maragaglio enseguida se le colocó enfrente.

-¿Necesitas algo, Katy?
-Todo está perfecto, primo.
-Debes seguir cansada por volar desde Nueva York.
-Dormí bien.
-Tenemos que hablar.
-¿De qué?
-Ese vestido que traes.
-Lo compré en Nueva York.
-Es muy revelador.
-Ese es el chiste.
-No volverás a traer algo así.
-¿Me estás regañando?
-No es el lugar. Obedece a tu hermano y pónte un suéter.

Katarina asentó y al pasar frente a Marat, cubrió su cara, arruinando cualquier oportunidad de disimular frente a Carlota Liukin que, cruzada de brazos, le dirigía una mirada territorial mientras se convertía en la primera en tocar el hielo de Bércy para deslizarse en él.

-¿Cómo sientes la pista, Carlota? - preguntaba Maurizio.
-El hielo está muy blando.
-Da unas vueltas, quiero escuchar.
-¿Perdón?
-Necesito saber en dónde puedes caer.
-¿Estás oyendo mis discos?
-Tamara tiene ideas raras pero no son malas.

Carlota respiró por la boca una vez y comenzó a deslizar en sus patines para entrar en calor. Alrededor, el personal comentaba sobre ella y Maragaglio se quedó mirándola al recordar por qué estaba en Bércy: Carlota Liukin iba vestida con un ajustado top rosa pálido de mangas largas y una falda gris que mostraba parte de sus muslos. Era un atuendo que parecía más de exhibición o competencia que de práctica y claro que preocupaba a un hombre cómo él porque nunca la había visto lucir tan hermosa y más con ese nuevo peinado de coleta con dos mechones a manera de fleco que le daban un aspecto de actriz.

-Ricardo Liukin va a asesinarme - pensó antes de comenzar a inventar una historia que en Venecia fuera creíble. Los demás continuaban con sus actividades y pronto, Maurizio Leoncavallo ingresó a pista, haciendo fácil adivinar que no podía distinguir sonidos aun.

-Nuestro hielo en Venecia está mejor - comentó Maurizio.
-También en INSEP- se quejó Carlota.
-Vamos, no es tan malo. Katarina ha entrenado en la pista de Valdemoro y esa es peor.

Carlota no replicó y bajó la mirada.

-¿Todo bien?
-Es que Marat no se ha ido.
-Maragaglio cree que la prensa hará muchas preguntas si se marcha.
-Maurizio, de verdad lo lamento.
-Mira, Katarina ha vuelto con el grupo y eso evita que siga reclamándote.
-Te pusiste feliz.
-Estoy enfadado.

Maurizio sonreía de una forma encantadora para las cámaras y enseguida llamó a sus alumnos, anunciándoles que harían giros sobre un pie. Shanetta y Morgan no tardaron en colocarse junto a Carlota y Katarina pronto vio como la relegaban hacia atrás, sin oportunidad de acercarse a su hermano. Así comenzó una escena en la que el grupo tomaba impulso para luego dar cuantas vueltas fueran posibles mientras mantenían los brazos levantados.

-Maurizio tiene una técnica horrible - comentó Carlota y sus compañeros estaban de acuerdo al verlo girar sin fluidez pero igualmente lo seguían y pronto, entendieron de que se trataba aquello.

-¡Katarina! Cuéntanos sobre Nueva York - exclamó Maurizio.
-Es una ciudad grandísima y el metro huele muy mal.
-Eso no es lo que queremos saber.
-Me divertí mucho ¡Fui a un concierto de rock en un bar que se llama Coney Island!
-¿En serio?
-¡Conocí a los Lemonheads!
-¿Quiénes son esos?
-Un grupo de punks que me recomendó Maragaglio.
-¿Qué?
-Perdón.
-Nunca te había oído hablar así.
-Lo siento, Mauri.
-¿Tienes foto?
-Foto y autógrafos en un plato de pizza ¡es que comí con ellos! y fui al barrio italiano.
-No puede ser, jajajaja.
-La comida estaba muy grasosa y sabía horrible ¡pero eran los Lemonheads! También probé los hot dogs y esos me gustaron mucho.
-¿Qué más hiciste, Katy?
-¡Fui de compras a la tienda de Vivienne Westwood y tengo cosas nuevas! Luego Karin me llevó por ropa de entrenamiento y ahora estoy llena de vestidos como el que me puse hoy.

Maurizio dejó de girar abruptamente y miró fijamente a Katarina.

-¿Karin está bien?
-Sí.
-¿Por qué no te acompañó en el kiss 'n' cry?

Katarina mintió en ese instante.

-Porque se quedó en los vestidores vigilando mis cosas. Había mucha gente.
-¿Por qué no la dejaste hablar conmigo?
-Estábamos en la calle, Mauri ¿Sabías que me llevó a un salón de belleza? Nos cortaron el cabello y nos hicieron faciales.

Maurizio se cruzó de brazos y si antes se había enfadado, ahora lo estaba mucho más.

-Carlota y tú van a repasar sus combos flip - toe ahora.
-De acuerdo.
-Quiero que me digas cómo te sentiste en Skate America, Katy.
-No muy bien, fallé mucho...
-Ganaste una medalla de bronce, es bueno.
-El programa libre no funciona, Mauri.
-Insistiré y dará resultados. A trabajar.

Katarina no protestó y luego de mirar a Carlota Liukin, supo que no estaba arreglando detalles, sino compitiendo. Era la oportunidad de recuperar su estatus preferente en el grupo y enseguida eligió su lugar en el hielo, su turno y el premio en chocolate que recibiría la ganadora.

-Katarina, estoy hablando en serio - reiteró Maurizio y ella de inmediato le diría a Carlota Liukin que no había manera de que le venciera. Shanetta y Morgan querían ver aquello pero su entrenador los pondría a practicar lances sostenidos mientras trazaba un plan para supervisarlos a todos.

-"Algo le ocurre al señor Maragaglio" - pensó Carlota cuando dio un vistazo a las gradas y lo descubrió cubriéndose los ojos al mismo tiempo que sostenía sus lentes con visible frustración y volvía a ponérselos como si la cabeza fuera a estallarle. Supuso que era consecuencia de trasnochar o de tener que soportar a Marat para evitar un alboroto mayor en los medios, pero en Venecia lo había visto hacer lo mismo un par de veces.

-¿El señor Maragaglio estará bien? - le preguntó a Maurizio.
-Yo le pregunto, tú a lo tuyo.

Carlota tomó su sitio y en lugar de prestar atención a los primeros combos de Katarina, notó cómo Maragaglio se quejaba enfadado sobre sus anteojos y demostraba tener dificiltad para observar más allá de los pasillos iluminados de la arena. No era cuestión de que todo le fuera borroso sino de que sus ojos comenzaban a dolerle y cerrársele un poco luego de unos minutos, además de humedecérsele a causa de una pequeña irritación.

-Intenta mejorar eso, niñita - retaba Katarina y Carlota recordó el reto de saltos, impulsándose sin dejar de pensar en lo que estaba ocurriendo.

-No cubres la misma distancia que yo - notaba la joven Leoncavallo y la chica Liukin realizaba su combo flip - toe con los brazos sobre su cabeza, sin evitar levantar la pierna izquierda como si fuera una bailarina de ballet luego de aterrizar.

-Basta - exclamó Maurizio Leoncavallo luego del cuarto intento de Carlota y después de bajar unos escalones, se cruzó de brazos.

-Katarina, estás prerrotando; Carlota, lo haces correctamente, ganaste.

La joven Liukin se sorprendió mucho y enseguida pidió instrucciones para continuar entrenando. Poco después, el técnico de sonido recibió la petición de que reprodujera la melodía de "Anna Karenina" y ella siguió repasando los saltos de su programa al mismo tiempo que Maurizio tomaba notas y Katarina se veía forzada a salir del hielo.

-Nunca tuvimos dificultades contigo, Katy - murmuró Maurizio.
-Me disculpo por todo.
-Usaremos el arnés más que nunca.
-De acuerdo.
-Le pediré al señor Pelizzola que nos ayude la próxima semana.
-¿Roberto? ¿No está ocupado en Milán?
-No se negó a estar en Venecia para ayudarme con Cecilia y Jussiville mientras estamos aquí.
-Está bien.
-Katy, no te angusties y confía en mí. Lo solucionaré.

Maurizio continuó examinando a Carlota y de reojo a Shanetta y Morgan, al tiempo que su hermana cambiaba su calzado sin poder dar crédito a su falla.

-Marat ¿lo hago tan mal? - consultó Katarina y el chico no sabía qué responder.
-Carlota salta más bonito... Bueno, eso creo pero tú patinas espectacular.
-¡Mi nueva rutina es una pesadilla!- se sinceró la joven Leoncavallo y volteó celosa hacia su compañera Carlota, que recibía la orden de realizar su programa libre completo y ponía al staff, a sus otros colegas y a Maragaglio cautivos. Durante los próximos diez minutos hubo un silencio profundo, una atención total y pieles erizadas con cada movimiento de la chica Liukin que demostraba una vez más que su talento era capaz de hipnotizar a cualquiera. La gente que observaba desde la gradas aplaudía de pie, Marat y Maragaglio se habían acercado a los bordes y como sorpresa adicional, los amigos de Carlota en París se aparecían para darle abrazos.

-Merci a tous! - exclamó Carlota.
-Atiende a tus visitas - le dijo Maurizio y después le ordenó a Shanetta y Morgan aproximarse para hacer una prueba porque la pista era "aguanieve".

-¡Amy! - gritó Carlota y luego de estrecharla fuertemente, se quedó mirando a Anton y David.

-Sabíamos que habías mejorado pero no creíamos que tanto - siguió Anton.
-Maurizio me hace practicar con arneses.
-Eso duele mucho.
-Me dan cosquillas.
-Bueno, pasemos a lo que importa: ¿Vas a presentarnos a Maratucho?
-Pero lo hice cuando estábamos en el torneo de tenis.
-Queremos que se nos junte.
-Él tiene veinte años.
-¿Eso qué? Vinimos a que nos diga cosas, como Jouberto cuando era tu novio.
-¡Ven, Marat! - llamó Carlota y el joven se aproximaba cuando al pasar junto a Katarina, recibió una mirada que lo asustó bastante. Aunque los niños no pudieran describirla, ver cómo esa jovencita se mordía los labios y parecía devorar a Marat hizo que Carlota saliera de la pista, jalara a su amigo y observara a su compañera como si quisiera defenderlo.

-Katarina ¿todo en orden? - intervino Maragaglio bruscamente y de nuevo se le colocó de frente, impidiéndole la vista.

-"¿Qué rayos le pasa"? - pensó Carlota en voz alta y su amiga Amy no dudó en decirle que "ahuyentarían a la araña" aunque fuera a palos.

-Nunca te comportas así - reprochó Maragaglio a su prima.
-No sé que me está... - susurró Katarina.
-Ve a cambiarte de ropa y quiero que sea por tu vestido blanco con suéter.
-No traigo eso.
-Katarina, no quiero volver a verte como estás y si te acercas a Marat, te voy a castigar.
-¡Tengo veinte años!
-¡Llevas semanas portándote mal!

Maragaglio fue tan severo que Katarina levantó sus pertenencias y fue al vestidor a encerrarse a llorar pero no por ser regañada ni por perder el duelo con Carlota Liukin. Introduciéndose en la regadera, Katarina pensó en Tommy Gunn y en Marat Safin, en lo atractivos que le resultaban, en las ganas que le habían dado ambos de despojarse de la ropa y simultáneamente, le pasaba en la mente su hermano Maurizio, a quien moría por tener consigo cada noche y amarlo sin que nadie se interpusiera. Nada la había preparado para los otros hombres que podían enloquecerla, mucho menos para saber que no sabía comportarse y luego recordó a Maragaglio impositivo, como si ella hubiera cometido una grosería. Él se veía tan fuerte y tan dominante, que había querido desafiarlo y tampoco imaginaba por qué, a pesar de no atreverse.

Por otro lado, era el mismo Maragaglio quien por una vez prefirió ver a Marat junto a Carlota. Le enfurecía haber llegado a tal extremo y ahora reconocía que se hallaba irritado con ambas chicas, una por burlarse de su trabajo y la otra por fijarse en el causante de lo primero. En aquel instante, él habría dado media vida por destrozar a Marat Safin a puños, por echar a la prensa, por deshacerse de Maurizio, de los visitantes, de Shanetta, de Morgan y encerrar a Carlota y a Katarina hasta que se olvidaran de todo y fueran unas niñas bien portadas como debía ser. De imaginarlo le dolía el estómago y pronto perdió el aliento.

-¡Katarina, qué bonita! - opinaba Maurizio Leoncavallo al ver a su hermana volver a la zona técnica. Ella no entrenaría más, pero su atuendo con una blusa blanca que más bien parecía un suéter y con el que enseñaba un hombro y parte de su abdomen, su pantalón negro brillante y ajustado más sus sandalias stiletto cuyas cintas asemejaban relojes, le destacaba su breve cintura, esa que rara vez se le distinguía y le otorgaba su poco aprovechada sensualidad.

-¿No podías ponerte otra cosa? - se asustaba Maragaglio.
-Es lo que está de moda en Nueva York.
-Prefiero lo que usas en Venecia.
-¿Me veo mal?
-Katarina, estás muy destapada.
-¿De qué estás hablando?
-No quiero que te griten cosas inapropiadas.
-¿Por qué me dices eso?
-Luces bien y odiaría que alguien fuera grosero.
-¿Te gusta mi ropa?
-La verdad, sí.
-¡Entonces te modelaré lo demás cuando regresemos a casa!

Maragaglio se dejó vencer con un abrazo y supo que estaba siendo cretino. Claro que le inquietaban los presentes y las intenciones de los desconocidos pero tampoco era correcto actuar inseguro y celoso; Katarina no era más que su prima y él no era un adolescente idiota que podía darse ese lujo. Para alivio suyo, la joven lo hizo colocarse a su lado, en esa actitud que tienen todas las mujeres que consiguen lo que quieren. La señorita Leoncavallo estimaba a Maragaglio, aunque a veces lo considerara anticuado.

-Si no fuera una araña, sería mi Katarinita bonita - admitió Anton y por algún motivo, aquello disparó algunas risas. Por fortuna, el comentario aquél no saldría de su grupo de amigos.

-Todos dicen que Katy es linda - contó Carlota.
-A mí no me lo parece - confesó Marat.
-¿De verdad?
-Tiene algo raro.
-No la has visto de empalagosa con su hermano.

Amy, David y Anton contemplaron a Carlota y fue éste último quien optó por cambiar de tema mientras ella elegía distraerlos con su rutina una vez más.

Durante esa sesión, hubo algo evidente: Maurizio Leoncavallo era un entrenador divertido y amable que cuidaba de sus alumnos y revisaba cada detalle, desde un surco en el hielo hasta una chaqueta mal puesta; jugaba con ellos en las dinámicas de fuerza y tenía cilindros con agua, botiquín y chocolates listos por cualquier circunstancia que pudiera presentarse. Nadie podía negar que tenía talento para el trabajo aquél y luego de un rato, terminó acostado en el hielo, fundido de cansancio.

-Carlota, has patinado genial.
-Lo sé - contestó ella junto a él.
-Bompard va a ser muy difícil.
-Estará bien.
-Tu competencia es Irina Astrovskaya ¿la conoces?
-¿También la enfrentaré en Helsinki?
-¿Tú que crees?
-Rayos.
-Jajajaja.
-¿Cuándo vamos a montar el nuevo programa corto, Maurizio?
-¿El que ya te aprendiste?
-Me gustaría mostrarlo.
-Espera a la próxima semana.
-Está bien.
-No estoy enojado.
-¿Deveras?
-En realidad, ni Maragaglio ni yo tenemos cara para juzgarte.
-¿Por qué?
-Ve a cambiarte ¿no tienes que estudiar luego?

Carlota sonrió y se levantó a prisa, recibiendo más aplausos y su maleta de parte de su amiga Amy, quien la cuidaba para evitar malentendidos y robos.

Por su lado, Maragaglio tuvo que abandonar su buen ánimo y retomar su vigilancia con talante estricto, no obstante, los párpados le pesaran un poco y constatara que leer un par de indicaciones se le estaba complicando. La joven Liukin se percató de ello pero no abrió la boca y prefirió ir a cambiar su atuendo mientras le contaba a su amiga que le había conseguido una acreditación de kiss 'n' cry, aunque tuviera que lidiar con su guardaespaldas y sus interrogatorios, relatándole en el acto lo sucedido en Venecia con unos diamantes.

-Trankov vendió unos ayer en Cambon.
-Me enteré, Amy.
-¿Qué vas a hacer?
-No tengo idea. Sergei dijo que me vería hoy pero dudo que pase, me tienen muy cuidada.
-¿Ese Maragaglio es buen policía?
-Te digo que casi me cacha en Venecia.
-¿Cómo vamos a deshacernos de él?
-Todo fracasó en la cita con Marat.
-Antes era más fácil.
-De todos los policías, teníamos que toparnos al único que hace su trabajo.

Carlota no tardó mucho en salir del vestidor y deslumbrar al personal con su chaqueta de cuero y un vestido magenta con grandes lentejuelas brillantes.

-Se ve preciosa, señorita Carlota - admitió Maragaglio y poco después, fue Maurizio Leoncavallo quien se impresionó de nuevo. Este último no se acostumbraba a que ella pudiera lucir tan bien con cualquier cosa que se pusiera y más imaginaba la presión que sentía Ricardo Liukin por protegerla y el seguro estrés de saberla en París. Del episodio con Marat era mejor no hablar.

-¿Qué haremos ahora? La práctica terminó - preguntó para no halagar.
-Llevaré a la señorita Carlota a la Rue Cambon a cumplir una pequeña cita y luego volveremos al edificio Mélies. Eso te da tiempo de pasear con Katarina por ahí, Mauri.
-Gracias, Maragaglio, pero ¿no teníamos algo en el Centre Pompidou?
-Eso se canceló.
-Entiendo. Puedo llevar ahí a Katy.
-Sería perfecto.
-¿Qué hay de Marat?
-Vendrá con nosotros.
-¿No es mucho premio para Carlota?
-Mauri, es mi trabajo - terminó Maragaglio y casi de inmediato le ordenó a la chica Liukin despedirse de sus amigos y seguirlo hacia el exterior. Era sabido que la prensa aguardaba en las salidas de Bércy y por lo mismo, un vehículo de la Federación Francesa estaba listo para marchar tan pronto como fuera posible.

-¡Te vemos en casa, Carlota! - decía Amy luego de un abrazo y Carlota tomó a Marat del brazo sólo para que Maragaglio volviera a reprenderla y se pusiera entre ellos.

-Me cansé de que me crean un tonto. Iremos a la Rue Cambon y me van a acompañar a cumplir con un asunto pendiente.
-¿Qué es?
-Van a ayudarme, Carlota. Necesito un intérprete y hasta donde sé, hablas español y el señor Safin es ruso. Deprisa.

El viaje a la Rue Cambon era más o menos complicado. Del Quai de Bércy al Pont d'Austelitz se llegaba a transitar por cuarenta minutos pero pasar por Avenue de l'Opera y Quai de San Bernard, Montebello, Tournelle y Quai de Saint Michel podían valerlo. El conductor de un coche azul marino se encargaba de que Carlota evadiera a los reporteros y Marat Safin hacía lo que podía para no quedarse atrás cuando Maragaglio no pudo hacer más y se resignó a tomar asiento en el frente mientras Carlota revisaba sus pertenencias y notaba que su bolso estaba lleno de dinero. La nota de Sergei Trankov le avisaba que el resto se hallaba en su maleta y había tomado una pequeña comisión por la venta de un diamante a cambio. Del encuentro de esa noche era mejor abstenerse y la vería luego, quizás en sabado luego de la gala de exhibición del Trofeo Bompard.

-¿Todo en orden?
-Claro que sí ¿Crees que pueda hacer unas compras?
-No pasaremos a Chanel, Carlota.
-No era por eso.
-Habrá tiempo el sábado.
-Gracias, Maragaglio.
-No te despegues del señor Safin.
-De acuerdo.
-No quiero perderlos de vista otra vez.
-¿A dónde iremos?

Carlota obtuvo en la sonrisa de Maragaglio una respuesta y pronto notó cierto optimismo en él que le hizo pensar que debía tener cuidado. Cerró el bolso y se dedicó a ver la ciudad por la ventanilla al tiempo que Marat le pedía no derrotarlo si iban a comer más tarde. Ella no podía asegurarle su tranquilidad y de todas formas, devoraría lo que le dieran.

En el trayecto, Maragaglio se permitió distraerse y tuvo en mente a su prima Katarina. Se había vuelto tan hermosa, tan femenina, tan sonriente. Le costaba no verla como la niña que apenas una semana atrás se la pasaba con sus abrigos o suéteres sobre lindos vestidos rosas y su media coleta decorada con una inocente cinta. Entonces se preguntó cómo podía soñar con ella, imaginarla y dirigirle la palabra sin perder la cabeza ni responder al cada vez más fuerte impulso de besarla. Evocó el olor de su piel, mismo que se le impregnaba en la ropa cuando la apretaba contra sí y la vez que ella había dormido junto a él luego de hacer una fogata en verano con toda la familia. Desde esa noche se moría por sentir sus brazos y verla despertar cada mañana; de hacerle el amor de verdad y no tener que correr con Susanna o con Alondra para evitar una estupidez. Pero no tenía el valor. Aunque lo despreciara o le huyera, Katarina sabría al menos que un hombre le amaba y que eso explicaba varias actitudes, gestos protectores, ausencias... Y luego volteó hacia Carlota Liukin, odiando admitir que se había topado con una mejor patinadora, una chica más bonita, alguien que se atrevía a existir y volvería a jugarse el pellejo aunque la descubrieran en una cama junto a Marat Safin otra vez. Maragaglio era envidioso pero le avergonzaba serlo con una niña que desde ya, tenía el derecho de contar una gran historia.

La Rue Cambon se caracteriza por elegantes boutiques y exclusivos negocios de todo tipo y a un par de aparadores de la famosa tienda Chanel se ubicaba una pequeña clínica de oftalmología y optometría perteneciente a Hervé Harel - Pitkeev, un cirujano ocular que era conocido por su eficiencia. El doctor Harel hablaba español y ruso y su clientela se componía de altos funcionarios del Gobierno Mundial y magnates que pagaban sus estratosféricos honorarios. Sin embargo, Harel había conocido a Maurizio Maragaglio en su anterior visita a París y se había interesado por su caso, al punto de agendarle un encuentro abierto para poder discutir de unos estudios que se había realizado. Carlota se sorprendió de que el médico los recibiera en la puerta y se alegrara de que Maragaglio decidiera volver tan pronto.

-Veo que traes compañía ¿son tus hijos? - tradujo Marat a Harel con desconcierto.
-¿No conoces a la señorita Liukin? - preguntó el sonriente Maragaglio.
-Siento no tener el gusto.
-Me alegra verle, doctor Harel.

Carlota y Marat se introdujeron a la clínica con la seguridad de que Maragaglio les pediría silencio al respecto. A donde posaran la vista, encontraban muchas plantas y un pequeño estanque con un par de ranas y un enorme sapo que provocaron los gritos de la joven Liukin.

-¡Aléjenme esas porquerías!
-Sólo son animalitos.
-¿Cómo puedes tocarlos, Marat?
-¿Por qué los odias? ¿Qué te han hecho?
-Me dan pesadillas y ¡ay por Dios!
-Sólo te saltó una indefensa rana encima, Carlota.
-¡Quítala, quítala!
-Mira, no te ha hecho nada.

Marat se reía y Carlota lloraba del susto.

-Esto es serio, compórtense - reprendió Maragaglio y los hizo seguir al doctor Harel, que apenas entró a su oficina abrió un expediente. Carlota nunca supo cómo, pero el propio Maragaglio sacó un sobre amarillo de su abrigo.

-¿Cambiaste de graduación hace dos meses? - dijo Harel.
-Hace tres pero solicité otro examen hace una semana y pedí que me dieran el resultado en sobre cerrado para que pudieras leerlo - replicó Maragaglio.
-De todas formas te haré una prueba enseguida - Harel revisó el contenido - No me agrada lo que estoy leyendo.
-¿Necesitaré lentes nuevos?
-Quiero confirmar un resultado. Por aquí.

Marat Safin no traducía a Harel de buena gana y le daba mala espina que la conversación fuera tan natural. Sobreentendiendo que el médico continuaría exponiendo en ruso, no quiso ser más descortés y entró con Maragaglio a una habitación con proyector de letras digitales y un foróptero. Esa palabra fue un descubrimiento para él al mismo tiempo que Carlota permanecía afuera, curioseando en los esquemas del ojo humano y un catalejo que Harel tenía en su oficina.

-Maragaglio, sabes el procedimiento  - oyó Carlota y entendió que él miraría a un cartel con letras. La voz de Marat igualmente se percibía y no tardó en delatar que Maragaglio experimentaba problemas luego de un par de líneas.

-Ahora apagaré las luces y me dirás qué proyecciones ves - pronunciaba Marat y ocurría lo mismo.

-Te mostraré una serie nueva e iré cambiando los filtros hasta que me indiques que la distingues perfectamente - instruyó Harel y Maragaglio no se detuvo durante unos minutos hasta que logró leer con ambos ojos sin dudar. Para ese instante, Marat compartía la preocupación del oftalmólogo ya que, a diferencia del paciente, no le había costado trabajo reconocer forma alguna ni de cerca ni de lejos, tampoco batallaba en la oscuridad ni entrecerraba los párpados.

Cuando Carlota Liukin no supo más que del silencio, comprendió que algo andaba mal. La sala de optometría, cuya puerta abrió para saber, estaba solitaria pero el espacio contiguo no y aunque el sentido común le indicaba no girar la perilla, de igual forma se introdujo. Las pruebas de Maragaglio se habían prolongado y Harel apenas decía algo.

-¿Qué haces aquí? - preguntó Marat.
-Se están tardando ¿Qué pasó?
-Harel le tomó la presión ocular a Maragaglio.
-¿Eso se puede?
-También le hizo una prueba cromática, le revisó los ojos y están repitiendo las pruebas en el foróptero.
-¿En el qué?
-El aparato donde sacan la lectura para la graduación de los anteojos.
-Ah... ¿Y qué tal?

Marat comprendió que debía guardar silencio y Harel, haciendo el esfuerzo de hablar con un mal italiano, comunicó las noticias:

-Maragaglio, es la tercera vez en el año que cambias de graduación. No es normal.
-¿Cuántas dioptrías son ahora?
-Pasaste de diez a dieciséis.
-No dejo de usar los lentes.
-Debes entender que... Que tienes miopía magna y sospecho que puede volverse degenerativa.
-¿Perdona?
-Empeoraste demasiado en tres meses, tu riesgo de ceguera se ha vuelto severo y temo que desarrolles glaucoma.
-Es un juego...
-Tu presión ocular no es alentadora. Otro escenario es que tus retinas se desprendan y eso no tiene remedio.
-¿Sería ciego?
-No eres candidato a cirugía correctiva, lo siento.
-Sólo es miopía.
-Necesitas conservar la graduación actual al menos dos años y que tu presión no aumente.
-¿Y el implante intraocular?
-Es lo mismo. Si no eres estable, no puedo actuar.
-Has operado a gente que está peor que yo.
-Maragaglio, no voy a mentir. El oftalmólogo que te trata en Venecia tiene razón, en tu condición es preferible esperar.
-¿Esperar? ¿Qué clase de respuesta es esa?
-Quiero que vuelvas en tres meses. Haré lo que pueda pero el aumento de tus lecturas en un año no son para pensar en buenas expectativas y tus antecedentes familiares tampoco me dan un mejor escenario.
-¿Hay algo que pueda hacer?
-No dejes de usar tus anteojos y ven a consulta.
-¿Es todo?
-Tendré tus lentes nuevos mañana y te daré gotas para aliviar un poco tu presión ¿Los envío al Edificio Meliés?
-¿Lo único que harás será darme eso?

Maragaglio se levantó violentamente.

-Tranquilo - susurró Carlota.
-¡Maldita sea! - declaró Maragaglio y salió de la habitación como si fuera presa de una gran furia. Marat fue quien recibió de manos del doctor Harel los resultados de las pruebas y luego de darle las gracias, fue con Carlota de la mano.

-¿Dónde diablos se metió Maragaglio?
-No salió de esta calle, eso te lo juro.
-Carlota ¿crees que aparezca en un bar?
-¿Por qué?
-Notaste que le gusta el vino. Me contaste.
-Nos separaremos. Tú buscarás en esta acera y yo en la otra. Te veo en media hora.
-¿Segura?
-No se iría lejos, me tiene que cuidar.

Carlota aguardó a la luz roja del semáforo y cruzó como alma que lleva el diablo. Marat la perdió pronto y la búsqueda llevaba a ambos a saber que había demasiados bares y que en los hoteles no habían visto a Maragaglio. Aunque se tentaban de avisar a Maurizio Leoncavallo, fue la joven Liukin quien halló a su escolta bebiendo de golpe media botella vino tinto en un local pequeñito que olía a cerveza y a desinfectante y que pronto se llenaría de snobs y casi famosos. Aunque tuviera prohibida la entrada, Carlota Liukin atravesó la puerta giratoria.

-Lárgate - le recibió Maragaglio.
-Tenemos que ir a casa.
-Vete al infierno.
-Me quedaré aquí.
-Te echarán y me dará risa.
-Creí que trabajabas.
-Renuncio.
-¡Maragaglio!
-¡Maldita sea, Carlota! Piérdete con Marat ¡Déjame solo!
-Preguntarán por ti.
-¿Ahora te importa? Porque ayer escupiste en mi cara.
-Perdón.
-¿Qué se siente ser tan atrevida?
-¿De qué hablas?
-Soy un miserable y no debo juzgarte.
-No digas eso.
-Un día, mi abuelo pagó por la mujer más hermosa. Era mi treceavo cumpleaños y ese fue mi regalo. También mis primos pasaron por eso y Maurizio tuvo su primera noche de la misma forma. En cambio, tú te has dado el lujo de que Marat te guste y sea bajo tus condiciones. No le contaré a tu padre pero cuídate.

Maragaglio terminó su botella enseguida.

-Maldita sea.
-No maldigas.
-Carlota, abandona esa actitud comprensiva en la que ni tú crees.
-No bebas.
-Mi vida terminó.
-No es así.
-Me nombraron Director Regional de Intelligenza del corredor Lombardia - Piemonte esta mañana ¿Sabes cuánto trabajé por eso? Y estoy tan cerca de atrapar a Sergei Trankov ¿qué hará Intelligenza si quedo ciego o descubren esta consulta? Tendré que abandonar mi puesto, me darían de baja en la Polizia y ¿qué haré yo?
-Estarás bien y tomarás tu ascenso.
-Oíste a Harel ¡Lo que me pasa no es normal!
-Tal vez te controles.
-¡La miopía sólo avanza!... Tenía esperanza con la cirugía.
-Estarás bien - repitió ella.
-¿Qué ocurrirá si no vuelvo a ver a mis hijos?
-Maragaglio...
-No podré mirar los ojos de Katarina, ni su risa. Ella no querrá a un hombre ciego y tampoco lo merece.
-Tu familia te quiere.

"Yo sólo quiero a Katy" pensó Maragaglio y abandonó el bar sin reparar en Carlota. Ella intentó seguirlo pero esta vez, él había desaparecido.

Maragaglio caminó desconsolado por París, evitando alzar la mirada, soportando que sus inútiles lentes apretaran su nariz y la lluvia vespertina cayera sobre él. Su celular no paró de sonar durante el resto de la tarde y dejó que la batería se le agotara hasta que, cansado, con frío y a oscuras llegó a Les Halles pero no a la parte bonita, sino a las callejuelas con olor a grasa y fachadas con focos rojos. Poco a poco, fue entendiendo la situación y evadiendo prostitutas hasta que el olor a cerezas baratas de una le hizo alzar la cara.

La joven en cuestión era bajita, con el cabello lacio y negro. Aquello no atrajo a Maragaglio pero su vestido rosa, su suéter blanco y su sorprendente aire a Katarina Leoncavallo lo llevaron a besarla de inmediato, como si fuera una bestia hambrienta.

-¡Suéltame, idiota! - reaccionó ella, propinándole una cachetada.
-¿Cómo te llamas?
-Un extranjero, maldición.
-Adiós.

Maragaglio no pudo evitar darse de topes, razón que le provocó un fuerte descuido. Adelina Tuktamysheva lo había seguido desde Cambon y en lugar de informar a Sergei Trankov, decidió jugar hasta revelarse un punto débil. Como a ella le encantaban más las coincidencias que las misiones, se aproximó a la irritada trabajadora.

-¿Y tú qué, niñita?
-Tengo un trato.
-¿Es el día de los estúpidos?
-Tal vez esto te interese - Adelina sacó una pequeña bolsa con cocaína y el semblante de la otra cambió.

-¿Qué quieres que haga?
-Que te acuestes con un policía.
-¿Estás loca?
-Ve por ese imbécil que te besó.
-¿Cuándo me darás....?
-¿El polvito? Cuando hayas terminado, aunque puedo darte una línea ahora y 50€ de anticipo.
-¿Por qué lo quieres fastidiar?
-Sin preguntas.
-Me puede arrestar.
-Te pareces a su prima, eso servirá.
-¿Su qué?
-Sé dulce y tierna. Dile que te llamas Katrina porque se parece a Katarina. No se te vaya a olvidar que quiero detalles de todo lo que pase. Te veo aquí mañana.

La falsa Katrina inhaló una dosis y luego de recibir el dinero, corrió tras Maragaglio, cubriéndolo con su sombrilla.

-Te resfriarás - comenzó ella.
-Era un idiota allá atrás.
-No quise ofenderte.
-No traigo dinero, razón tienes en echarme.
-Me diste un beso.
-No importa.
-No todo son billetes ¿qué tienes?
-Será mejor que me vaya.
-Me llamo Katrina, cariño

El hombre contempló a la mentirosa chica, seguro de que estaba pasando frío.

-¿Quieres venir conmigo?
-Ay ¿por qué lloras, cariño?
-¿Qué?
-Dame esos lentes.
-No puedo ver sin ellos.
-Tienes un lindo rostro.
-Devuélvemelos, por favor.
-¿Tuviste un mal día?
-¡Katrina, basta!

Maragaglio arrebató sus lentes con tanta fuerza, que lastimó a la prostituta.

-¡Piérdete, idiota! - reclamó ella.
-¡Lo siento!
-¡Querías arrancarme la mano!
-¡Katrina, perdóname!
-Voy a irme.
-¡No!
-¡Estás asustándome!

Como ella lagrimeara de dolor, él la abrazó enseguida.

-Estás empapado.
-¿Fui muy rudo?
-¿Qué te pasa?
-¿En serio te llamas Katrina?
-¿Necesitas que lo escriba en mi cara?

Maragaglio había perdido cualquier noción de cordura y volvió a besar a la joven.

-Cariño...
-Eres bella.
-Gracias, creo.
-Ese vestido me gusta mucho.
-¿Qué buscas?
-Katrina, no puedo pagarte por esta noche.
-¿Qué te ha pasado?
-¿Puedo llamarte "Katarina"?
-Lo que tú digas.
-¿Puedo decirte que te amo?
-Soy prostituta, corazón. No lo hagas.
-No se lo he confesado a ella.
-¿Eso te tiene triste?
-Es muy joven y no me entendería.
-¿Por qué?
-Soy viejo y también un estorbo.
-¿Es lo que te tiene así?

Maragaglio apretó a esa chica.

-Te pareces tanto...
-Puedo ser lo que me pidas ¿Necesitas desahogarte?
-Debo regresar al trabajo.
-Cariño, no estás bien.
-Deseo tocarte y no puedo.
-No llores más.
-¿Soy tan patético?
-Voy a ser tu Katarina esta noche, corazón.
-Te pagaré, lo prometo.
-Necesitas que te consienta en la tina y te dé toda clase de besos.
-¿Te interesa estar con un ciego como yo?
-Seré tu Katarina y no me debes nada.
-Aguarda...
-Dime tu nombre.

Maragaglio seguía indeciso y apenas mirándola, pronunció:

-Maurizio.
-Me gusta.
-Yo te daré el dinero que me pidas.
-No todo se paga con billetes en este negocio, Maurizio.
-Katrina...
-Katarina para ti.

La joven tomó de la mano a Maragaglio y lo condujo a un hotel pequeño, de mal gusto, barato y oscuro en otro callejón de Les Halles. Él aun dudaba pero le bastó con retirarse los lentes para enredarse en aquella fantasía que no sabía si le haría bien o mal. No tardó en sentir el agua y los besos por su cuerpo y contempló en un espejo a esa Katarina de mentira que se despojaba de su inocente vestido y le sonreía por verle reaccionar con timidez y cierta dosis de incredulidad. El mundo, su ceguera, el trabajo y los demás se quedaban afuera.

viernes, 1 de febrero de 2019

Katarina y Maurizio (Segunda parte)


Susanna Maragaglio continuaba avergonzada por lo ocurrido frente a la gelateria Il dolce d'Oro y el martes por la tarde se topó con una sesión de fotos de Maeva Nicholas en el Canal di San Marco. Había un gran número de curiosos y en una lancha se distinguía a Miguel Louvier tratando de cubrir los ojos de sus colegas. No pasó mucho tiempo para saber que Maeva posaba desnuda sobre una gran roca y la creciente multitud se desgañitaba en toda clase de piropos.

-Rayos, mi esposo no mintió cuando dijo que era una estrella porno - comentó Susanna para sí misma y se quedó observando como los asistentes rociaban con agua a aquella mujer y otros le colocaban perlas de fantasía en el pecho. Maeva se notaba desesperada pero no reclamaba y de repente volteaba y sonreía a los curiosos.

-Ya me vio. No me puedo ir - exclamó la señora Maragaglio y pronto, alguien la hizo acercarse con el staff. Ella se preguntaba si algún conocido andaba por ahí.

-¡Señora Maragaglio! Qué sorpresa - dijo Maeva.
-¡Debería darte vergüenza!
-Estoy modelando joyería.
-¿Desnuda?
-Alguien tiene que hacerlo.
-No sé como Ricardo lo aprueba.
-Es muy liberal.
-Lo liberal se le va a acabar cuando uno de sus hijos te mire el trasero enfrente de él.
-¿Lo dices por Miguel?
-¡Es el novio de mi sobrina!
-No te preocupes.
-¿Por qué?
-Mira al pobre. No ha parado de taparle los ojos a sus amigos.

Susanna Maragaglio se rió un poco y observó como Maeva volvía a ser retratada por un fotógrafo que se notaba acostumbrado a verla y se aburría de ello, al grado de tener por novia a su asistente de iluminación, una chica con kilos de más y poco fotogénica.

-Ojalá yo estuviera como Maeva - suspiró Susanna con envidia y reflexionó sobre su eterno aspecto de mujer cansada. Esa tarde había encargado a sus niños con una amiga.

-Susanna ¿me darías mi vestido rojo? Está colgado detrás de ti - le pidió Maeva luego de varios minutos mientras la contemplaban colocándose ropa interior de encaje negro sin reparar en el público.

-El espectáculo terminó. Necesito una cerveza ahora - declaró Maeva luego de vestirse y darse cuenta de que se daría un baño un poco más tarde. Susanna Maragaglio se notaba nerviosa.

-¿Cómo haces esto?
-¿Hacer qué?
-Quitarte la ropa frente a tanta gente.
-No es tan diferente a desvestirte frente a tu marido, Susanna.
-Pero sólo él me ve desnuda.
-¿Sólo él?
-Ha sido de esa forma por veinticinco años.
-¿Tanto tiempo?
-Sí, aunque te parezca aburrido.
-Oye, sabía que Maragaglio y tú llevan mucho juntos pero ¿hablas en serio?
-Demasiado en serio, jovencita.
-¿Cuál es tu secreto para no hartarte?
-No sé ... ¡Quizás no exhibirme en Venecia!
-Ajá.
-¿Quieres la cerveza o no?
-¿Me invitas, Susanna?
-¡Claro que no!
-¿Me acompañas?
-Es que creo que me hace falta una. Maragaglio no está y recogeré a los niños a las ocho en Ghetto Vecchio. Tengo un par de horas.

Maeva dejó que el maquillista retirara la pedrería de su pecho y luego de colocarse una chaqueta de mezclilla oscura y su bolso, se despidió del fotógrafo. La multitud quería autógrafos pero Maeva ignoró las peticiones y caminó por el muelle mientras Miguel respiraba aliviado a su distancia. Susanna Maragaglio actuaba como si estuviera ahí por accidente.

-Carlota llamó al mediodía. Dice que Maragaglio la vigila mucho - comentó Maeva.
-Él también habló conmigo. Katarina llegó a París - replicó Susanna.
-Lo sé. Ricardo me comentó que su hija entrenó con ella y hubo prensa.
-La niña Liukin es muy famosa en Francia.
-Tu marido trabaja mucho.
-Sólo la cuida.
-Creo que está molesto.
-No parecía cuando charlamos.
-Katarina cambió de look y no le gustó.
-De eso sí supe.
-La regañó.
-Es normal. Katarina es como su pequeña.
-No es su papá.
-Siempre quisimos tener una chica pero salieron tres varones.
-¿No tienes ánimos de un cuarto intento?
-Tuvimos al último bebé hace un año y mi esposo renunció a buscar más. De todas formas tenemos bastante trabajo criando a los que hay.

Maeva no sabía por qué tenía tantas ganas de burlarse pero reconocía que la ingenuidad de Susanna podía ser encantadora y se preguntaba qué tantas cosas cabían en la enorme bolsa blanca de ésta. Por otro lado, le distinguía unas botas negras debajo de una gran falda verde olivo y una camiseta hueso debajo de un pequeño abrigo del mismo color y por lo que alcanzaba a distinguir, había manchas de colores pastel y acrílicos en la blusa.

-¿Trabajas en algo, Susanna?
-Diseño telas para el taller Bassani.
-Eso explica todo.
-¿Qué?
-Nada.
-Ni siquiera tengo que ir a una oficina. Dejo a los niños en la escuela y dedico el resto de la mañana a dibujar. Voy con mi jefe cada martes y le entrego la carpeta con los nuevos colores y estampados que se me ocurrieron.
-¿Eres artista?
-Trabajaba de secretaria en Olivetti.
-¿Que pasó?
-Me mudé hace siete años. A Maragaglio lo ascendieron a Jefe de Oficina y me convino porque mi familia es de aquí.
-¿Por qué llamas a tu marido "Maragaglio"? ¿No es Maurizio?
-Él me lo pidió y me acostumbré.

Susanna sabía poco de alcohol pero en la Taverna degli gondoliere, frente a la Fondamenta di San Giorgio Maggiore, se conseguían exquisitos tarros de cerveza oscura y siempre estaba lleno de mujeres, sobretodo amas de casa. Era un local de madera y concreto y los precios eran decentes a pesar de especializarse en bocadillos de mariscos. A Maeva le gustaba la idea.

-Una vez vine con Katarina y no dejaba de comer tenazas de cangrejo - recordaba Susanna con alegría.
-Ordenaremos eso.
-¿Qué tan buena bebedora eres, Maeva?
-Puedo resistir un  barril.
-Es curioso que digas eso.
-¿Por qué?
-Sólo puedo tomar dos cervezas.
-Entonces haré lo mismo.

Ambas se colocaron en una mesa próxima a la puerta y ordenaron enseguida, seguras de que Alondra Alonso también se hallaba ahí, con la salvedad de que estaba ebria y su top y pantalón negros tenían manchas de sal y grasa.

-¿Conoces a esa mujer? Yo tengo la desgracia de verle la cara cuando visito a Maragaglio en la oficina - se quejó Susanna.
-Me interrogó una vez y estuvimos encerradas por culpa de un diamante.
-¡Oh! Mi esposo me habló de eso.
-¿Te dijo que quiso arrestar a Miguel?
-Creyó que era un ladrón. Estaba apenado con Katarina.
-¿Katarina?
-Conversamos mucho sobre ella.
-¿Por qué?
-¿Repito que es como su pequeña?
-Debe quererla bastante.
-Hace cuatro años, Katarina abandonó su club de Milán para entrenar cerca de aquí y fuimos a recibirla en la estación de tren. Maragaglio estaba angustiado porque ella llevaba un vestido amarillo con un poco de escote y no quería que los muchachos la miraran.
-Eso no se puede evitar.
-Al día siguiente la vio en bikini y pasó toda la noche preocupado por lo que iban a decir los vecinos.
-¿Por qué recuerdas eso?
-Porque engendramos a nuestro segundo niño por esos días.
-¿De verdad?
-Katarina fue la primera en saber de mi embarazo porque Maragaglio la quería de madrina.
-¿No pasó?
-No lo dejé.
-Menos mal.

Maeva sentía algo muy extraño con la conversación y aunque quería averiguar más, Alondra Alonso se llevó su atención. Aquella gritaba que estaba harta de su jefe.

-¿Saben que es lo que más me enoja de ese idiota de Maragaglio? ¡Su estúpida prima Katarina! Parece disco rayado hablando de la maldita.

Maeva y Susanna quedaron boquiabiertas un segundo.

-Hay que controlarla - sugirió Maeva.
-Por Dios, creo que sí.

Susanna se aproximó a Alondra, la sujetó por la cintura y la llevó a su mesa, además de pedirle un café.

-¡Siéntate, Alondra!
-¡Déjame en paz!
-¿Qué te ocurre?
-Mi jefe no está, así que hago lo que quiera.
-¿Cuánto has bebido?
-¿Qué te importa, bruja?
-Supe que terminaste con Daniela.
-¿Quién te contó, Susanna?
-Mi esposo.
-¿Mencionó por qué?
-No.
-Cobarde.
-¿Qué?

Alondra se echó a reír.

-Daniela se fue de mi casa porque la corrí y ahora sé que me quedaré sola y mi hija tampoco tiene a nadie.
-Lo siento, Alondra.
-Yo soy muy cobarde porque hace mucho debí decirte que tu marido y yo... ¿Cuándo está contigo, no le para la boca?
-No sé que quieras decir.
-¿Habla de su prima en tu cama?
-Ella es como la hija que no tenemos.
-¿La recuerda cuando tienen sexo?
-¿Perdona?

Maeva Nicholas se sentía fuera de lugar.

-¡El imbécil de Maragaglio te engaña! ¡Yo lo sé! - continuó Alondra.
-¿Tú crees que después de veinticinco años no noto cuando le gusta una mujer? - contestó Susanna.
-Se acostaba con otra.
-Ay, por favor.
-¡Qué idiota eres!
-A lo mejor tuvo un coqueteo por ahí pero terminó.
-¿Se la pasaste?
-Era una becaria.
-Claro, becaria.
-Alondra, toma el café.
-Tú me caes mal.
-Siento lo mismo.
-¿Por qué has durado tanto con el imbécil de Maragaglio?
-Porque nos amamos.
-Por supuesto.
-Aun me dice "te amo" cada mañana.
-¿Cómo sabes que es real?
-Lo conozco, Alondra. Maragaglio nunca dice algo que no siente.
-Me das asco.

Alondra bebió el café de un sorbo y Susanna se apartó un poco. Maeva la siguió.

-¿Maragaglio tuvo una aventura?
-Le gustaba una becaria. Ella era muy insistente pero sé que nunca pasó algo entre los dos.
-¿Estás segura, Susanna?
-Yo la enfrenté porque se enamoró de él pero se fue luego de nuestra charla. Al poco tiempo llegó Katarina y nos olvidamos de esa muchacha.
-¿Por qué Alondra y tú hablan de Katarina? Me da no se qué.
-A veces no me doy cuenta.
-¿Maragaglio y tú aun conviven íntimamente?
-¿Te refieres al sexo? Él y yo tenemos acción una o dos veces por semana si no está de viaje.
-Es sorprendente.
-Somos un matrimonio que mantiene vivo el deseo. Hicimos el amor antes de que se fuera a París.
-Es un hombre con mucha energía.
-Brindo por esa gran cualidad.

Maeva quería pasarse la cerveza de golpe pero optó por aguardar.

-¿Alondra es la mano derecha de tu esposo?
-Es la mejor agente después de él. Cuando llegó me sentí un poco intimidada pero luego supe que es lesbiana así que no he vuelto a desconfiar.
-¿Maragaglio te contó al respecto?
-Me llevó a espiar a Alondra para que estuviera más tranquila.
-Juraría que son muy amigos.
-Él la aprecia porque es buena en su trabajo.
-¿Pasan mucho tiempo juntos, no crees?
-A veces hay bastante que arreglar y Maragaglio no llega a casa pero avisa y llama un par de ocasiones. Siempre pregunta por los niños.
-¿Sabes con quién está cuando sale?
-Normalmente con Alondra o viendo a Katarina en sus torneos. Nunca se pierde las rutinas de su prima.

Maeva comenzó a pensar que Susanna Maragaglio era estúpida. Cualquier mujer ya habría atado cabos o entendido que su marido le era infiel casi de frente pero continuó inquieta. Tanto Susanna como Alondra repetían cual mantra el nombre de Katarina y le llamaba la atención que una de ellas mencionara que Maragaglio solía acordarse de aquella joven mientras tenía relaciones sexuales.

-Katarina le importa mucho a tu marido ¿no crees? - prosiguió Maeva
-Es su admirador número uno.
-¿Le dedica tanto tiempo?
-Cuando puede la visita en sus entrenamientos.
-¿Nada más?
-Ha deseado ir a sus torneos pero la agenda se lo impide. Se conforma con verla por televisión aunque sea de madrugada.
-Es muy devoto.
-Maragaglio no se lleva bien con Maurizio.
-¿Con su primo?
-Últimamente han tenido rencillas porque llegó Carlota Liukin y Maragaglio cree que él no se esfuerza más en Katarina. Antes discutían porque ella no tenía programas bonitos.
-Con todo respeto pero Carlota es mejor patinadora.
-Maragaglio lo sabe y dijo que es la favorita de Maurizio. Los dos están sorprendidos de que Katarina no tenga ese nivel.
-¿Sólo eso?
-Se pelearon por lo que pasó en Skate America pero no supe en qué terminó. Maragaglio me habló de que fue un desastre el sábado y su prima estaba muy decepcionada.
-¿Hablan de ella cuando hacen el amor?
-¡Oye!
-Me gustan los detalles.
-Durante no. Después sí.
-¿Es recurrente?
-Es como su hija.
-¿No te molesta?
-Maragaglio siempre ha estado para ella.

Susanna acabó con su primera cerveza y ordenó otra al tiempo que Maeva se colocaba en su mesa de nuevo y se daba cuenta de que Alondra se comía el cangrejo.

-Eso era mío - reclamó.
-¿Qué te dijo Susanna?
-Es un poco descarado que le grites lo que su marido hace contigo.
-Mira Maeva, esa mujer es una idiota ¡Pasé cuatro años acostándome con Maragaglio! ¿Qué clase de señora no se entera? Creía que le gustaba fingir que no sabía o que tolera al marido para que no se vaya pero ¿sabes? Antes de mí hubo una becaria a la que no le hice caso cuando me advirtió que iba a acabar ebria en una cervecería de amas de casa patéticas y sin Maragaglio.
-¿La becaria te enfurece?
-¿Sabes qué me dijo? Que el problema no era Susanna sino la primita ¡Maragaglio la mandó al diablo por ella!
-¿Cómo sabes eso?
-Antes de que Katarina viviera en Venecia, Maragaglio la visitó en Milán y luego de ese viaje, él cambió. Así me lo contó la becaria.
-¿Puedo preguntar por qué empezaste a estar con ese hombre?
-Descubrí que soy bisexual y él me atrajo mucho. No teníamos una semana juntos en la oficina cuando un acostón nos llevó a otro y otro y empezó a pasar días en mi casa y dejar ropa en mi clóset. Mi hija lo adoró desde que los presenté.
-Tú sabías que es casado.
-Yo lo acepté así pero lo empecé a necesitar más y él me cortó por teléfono.
-¿Te dio una razón?
-Que no deseaba que Katarina se enterara y la defraudara... La estúpida becaria sabía de lo que hablaba.

Maeva esta vez ordenó una copa de vino y prosiguió.

-Es un imbécil.
-Hace poco me di cuenta de que Maragaglio jamás ha dejado de pensar en Katarina. Teníamos relaciones y nunca se callaba porque su tema era ella ¿Sabes cómo reaccionó cuando el tal Miguel se hizo novio de esa niña? Se volvió loco y me mandó a investigarlo.
-No es cierto, Alondra.
-He averiguado cosas de esa chica también y algunas no se las he dicho a Maragaglio porque sé de lo que sería capaz.
-¿Qué descubriste? - Maeva no encontró resistencia y Alondra consumió otra cerveza.
-Miguel salió de la nada. No hay ni un certificado de nacimiento; sólo la credencial de un empleo mediocre en París.
-¿Y de la niña Leoncavallo?
-Katarina tiene un "amor imposible".
-Ok, ya fue mucho alcohol.
-¡No miento! Katarina escribe cartas que nunca entrega y las guarda en un bolso colgado en su habitación. Me llevé un par pero no se las doy a Maragaglio porque explotaría.
-¿Qué podría hacer?
-Cuando está celoso, pasa cualquier cosa. Si no encuentro más de Miguel, lo llevará a prisión. Ahora imagínate si se entera de lo que escribe su primita linda.

Maeva dio un trago enorme a su copa y regresó con Susanna Maragaglio, convencida de que Alondra Alonso no exageraba.

-Pedí más tenazas para ti.
-Gracias, Susanna.
-¿Qué te dijo?
-Nada que importe.
-Alondra está loca.
-¡No! ¿en serio?
-Mi hermana me contó que mi esposo me engaña con ella.
-¿Nunca le creerás?
-La vez que le seguí la corriente, Maragaglio estaba con Katarina en un bacaro horrible de Dorsoduro junto con su amigo Giampiero. Casi muero de risa.

Maeva no añadió más y eligió irse corriendo apenas Susanna se distrajo con la nueva ocurrencia de Alondra de cantar a gritos y arrojarse vodka. Por la hora, Ricardo Liukin aun se hallaba en la gelateria y luego de atravesar San Marco, llegó con él.

-¡Maeva! ¿Qué pasa?
-¡Avienta esa escoba y vámonos!
-Cierro a las cinco.
-Me topé a Susanna Maragaglio en mi sesión de fotos.
-¿Tomaste alcohol?
-Quizás nos encontramos a Alondra Alonso en una cervecería.
-¿Hubo pleito con revelaciones?
-Maragaglio investigó a Miguel.

Ricardo no escondió su rechazo.

-¿Se atrevió, Maeva?
-Alondra me lo confesó.
-¿De qué platicaron?
-De Maragaglio... Alondra dice que Miguel no tiene papeles.
-Ha tenido problemas con eso pero lo está resolviendo.
-Dile que le urge terminar con Katarina Leoncavallo.
-Lo sé pero no puedo impedirle que le guste.
-Hablé con esas mujeres. Si Miguel se aleja, lo va a agradecer.
-Oigo.

Maeva recuperó un poco el aliento.

-¡Maragaglio está enamorado de Katarina!
-¿Revolviste bebidas?
-Ricardo, estoy tan desconcertada como tú.
-¿De dónde sacas eso?
-Susanna y Alondra se la pasaron mencionándola cada minuto.
-¿Por qué razón?
-¿Sabías que Maragaglio habla de Katarina cuando tiene sexo?
-Obviamente no... ¿Qué?
-Alondra se quejó y para Susanna es normal
-Dime que Susanna miente.
-También supe que Maragaglio estuvo con una becaria a la que dejó por su prima.
-¿Él tuvo otra amante?
-El agua moja.
-Me cuesta creerlo.
-¿Lo de la becaria?
-Lo de Maragaglio con Katarina.
-Alondra sonaba tan furiosa que no entiendo como Susanna no ha descubierto que ella fue la otra hasta hace unos días.
-¿Maragaglio terminó con Alondra?
-¿Es necesario que te diga por quién lo hizo?
-No tiene sentido.
-¡Y ahora Maragaglio quiere fastidiar a Miguel!

Maeva tomó asiento para seguir respirando.

-Ricardo, reacciona. Él no quiso impresionarme a mí, sino a Katarina. Intentó arrestar a tu hijo y me platicaste de las preguntas que hizo en la Rosticceria Gislon ¿Te acuerdas de lo que pasó en el aeropuerto? Carlota le preguntó a Miguel si quería mandarle algo a su novia y Maragaglio los interrumpió... ¿Qué hay de la cena en su casa? ¿No era Maragaglio el único que se acordaba del cumpleaños de Katarina?
-Qué locura.
-Alondra Alonso fue amante de un tipo que sólo sabía hablar de Katarina mientras la tocaba.
-Maeva...
-Susanna Maragaglio duerme con un hombre que recuerda a su prima después de hacer el amor.

Ricardo no pudo evitar sentir que debía tomar una decisión y al primer impulso protector, suspiró hondo.

-No le diremos a Miguel.
-De acuerdo.
-Carlota vuelve el domingo por la noche así que nos conviene mantener esto en secreto.
-¿En qué piensas, Ricardo?
-En que de Maragaglio me encargo yo; luego inventaré algo para deshacernos de Katarina y comprar tiempo para que los documentos de Miguel lleguen de España.
-¿Te ayudo en algo?
-Maeva, quiero que cuides de los niños. Que no se enteren.
-Hecho.
-Maragaglio no sabe escoger a sus enemigos.
-¿A qué te refieres?
-Él entenderá.
-¿Qué pasará luego? El entrenador de Carlota es su primo.
-Hay cosas que sólo dos hombres pueden resolver. Déjame este duelo, iré solo.
-Pero...
-Miguel es mi hijo y lo voy a defender.

Maeva permaneció callada y Ricardo terminó de barrer la banqueta sin desistir en sus pensamientos. Anhelaba hallar esas señales, las palabras, lo que le probara que todo lo dicho sobre Maragaglio era verdad pero no conseguía conectar los instantes ni las miradas; incluso le llegaban esas escenas entre los hermanos Leoncavallo que le inquietaban cuando se detenía a escribir los sucesos de tantos días para no perderlos. Entonces le pasó por la mente el juego de hockey en la secundaria Garibaldi, cuando Maurizio y Maragaglio se apartaron para charlar y parecían haberse disgustado. Ambos habían batallado para que nadie se diera cuenta pero contemplaban a Miguel con insistencia y luego, en las oficinas de Intelligenza, cuando la vergüenza del propio Maragaglio provocó que se disculpara mientras Katarina abrazaba contenta a su chico, mismo que inclusive había estado esposado para ponerlo en detención.

-Maeva ¿quieres caminar?
-Me encantaría.
-Habrá tiempo de resolver esto.
-Siento que te he dicho cosas tan íntimas y no son mías.
-No saldrán de mi boca.
-No me gusta.
-Cuidaré de Miguel gracias a ti. Confía en mí.

Ricardo Liukin tomó la mano de Maeva Nicholas y sonriente, la llevó de paseo por el barrio Dorsoduro, sin más pretensión que la de respirar. Al final del día, le sentaba bien haber recibido cierta prueba de lealtad y con el tiempo suficiente para descifrar el siguiente paso de Maurizio Maragaglio.

lunes, 14 de enero de 2019

El Trofeo Bompard (Tercera Parte)


Lunes, 11 de noviembre de 2002. París, Francia.

-¡Lo que tú quieres es que te despidan de una buena vez, idiota! - reclamaba Maurizio Leoncavallo a Morgan Loussier al enterarse de que éste acababa de salir de prisión luego de un pleito de bar. Por aquella razón, ni él ni Shanetta habían entrenado y su horario concluyó en la ausencia.

-¿Cómo saliste de ahí?
-Qué te importa.
-¿Qué demonios hiciste anoche?
-Qué no hice...
-¡No estoy jugando, Morgan!

Alrededor, Carlota Liukin y Shanetta James permanecían a la expectativa, y un poco más alejado, Guillaume Cizeron aguardaba su turno de entrenamiento. En INSEP era imposible evitar los chismes.

-¿Qué pasó con Morgan? - susurró Carlota.
-Le estrelló una botella a alguien - contestó Shanetta.
-¿Esa fue la multa que Marat pagó?
-Creo que abrí la boca.
-¿Por qué Morgan hizo lo que hizo?
-Sabes que él no puede pensar.
-¿Qué?
-Si el jefe se entera, nos va a echar del equipo.
-¿Por qué no lo detuviste?
-Porque me enteré esta mañana. Morgan se fue de fiesta con Marat.
-¿Fiesta con Marat?
-Creí que no te enfadarías.
-¡Estuvimos celebrando porque le fue bien en la Copa Davis y me dijo que se iba a dormir!
-Salieron en la madrugada.
-¡Eso explica porque Marat se veía cansado en el desayuno!
-La policía le habló a Maragaglio.
-Por eso él me volvió a prohibir ir a Montmartre...
-¿Llegarás a tu cita?

Carlota no contestó y prefirió ver a Maurizio Leoncavallo suspirando de consternación por lo inútil que era pedirle explicaciones a Morgan Loussier, mismo que adoptaba la actitud cínica del silencio mientras sus problemas de carácter arrastraban a Shanetta a la crisis y los demás se preguntaban por qué no se abandonaban. Al fondo, Maragaglio parecía recibir una llamada y entonces, Adelina Tuktamysheva se apareció como señal para Carlota de ir al vestidor.

-¡Voy a cambiarme de ropa! - avisó la joven Liukin, recibiendo por respuesta el gesto de aprobación de Maurizio. Guillaume Cizeron pretextaba por su lado que iría a refrescarse un poco en lo que terminaban los reclamos a Morgan y ambos se abstenían de pasar el uno junto al otro para evitar ser descubiertos mientras aprovechaban para atender brevemente a los fans que se habían colado.

-¡Que no te tardes, niña! - le susurró alguien a Carlota y sin poder descubrir de dónde provenía esa voz, la chica dio un par de firmas más y ante la vista de Maragaglio aun, se aproximó a una gran puerta amarilla para introducirse en un espacio que todo el tiempo olía a humedad y cuyos casilleros grises eran inviolables. El vapor de las regaderas indicaba que se habían usado un par de minutos atrás y Carlota recordó que después de asearse, se escaparía por una especie de rendija por la que se podía ver la calle y aunque parte del plan indicaba que estaba floja, ella no escatimaba en sacrificar un pasador o un broche de ser necesario. El atuendo que ella se colocó consistía en un vestido de red durazno claro con cinturón rosa, blazer naranja, botines también rosas y un bolso cartera muy pequeño con motivos étnicos que por alguna razón combinaba. Supuestamente, Shanetta se llevaría sus pertenencias de patinaje y suspiró de alivio al verla entrar.

-¿Qué ocurre?
-Maurizio sigue regañando a Morgan.
-Shanetta ¿por qué lo aguantas?
-Es un gran compañero, no me entiendo con otro.
-Puras tonterías hace.
-A veces él quiere algo y sólo lo consigue.
-No entiendo.
-Morgan quería entrenar con Maurizio como fuera.
-Mandó al hospital a su otro coach.
-Y tú meterás en problemas a Maurizio con su primo.
-Rayos.
-Maragaglio se lo merece, lo sé.
-Me siento culpable.
-Morgan se arrepintió cuando Zimmerman nos echó.
-¿Es un secreto, verdad?
-Ve a tu cita y olvida lo que te dije. Al menos tienes a Marat para hacerte sonreír ¿Sólo son amigos, verdad?
-¡Obvio sí! - aseguró Carlota y Shanetta quitó la rendija, además de ayudarla a salir luego de darse un abrazo. Afuera y muy cerca, Guillaume Cizeron esperaba con su motocicleta y la joven Liukin se colocó un casco antes de abordar. Cerciorándose de que nadie viera, ambos ingresaron al tráfico parisino y Adelina completó el escape saludando al mismísimo Maragaglio afuera del vestidor. Había salido todo tan bien que incluso Shanetta volvía al corredor con las pertenencias de Carlota y se iba sin esperar a Morgan, que contenía sus ganas de reírse frente a un Maurizio Leoncavallo inquisitivo e impaciente.

-Todos hicieron bien su papel... ¿Cuánto te pagaron, pequeña ladronzuela? - le comentaría Maragaglio a Adelina, con los brazos cruzados y sin hacer escándalo.
-¿Me llamaste ladrona?
-Ahora me dirás a dónde fue Carlota porque a Montmartre no creo.
-¿Por qué sabría eso?
-Porque Guillaume aguardó a que tú aparecieras para moverse y Morgan está distrayendo a mi primo... ¿La idea fue tuya?
-Dicen que Morgan fue arrestado.
-Pero no olvidó su parte en esta conspiración.
-¿Usted está ebrio?
-Sé que Carlota fue con Marat, sólo me gustaría tener una idea de dónde se encuentra para ir por ella más tarde - Maragaglio no sonaba molesto y de hecho, le gustaba mucho ese torpe intento de despiste ya que le revelaba lo transparente que podía ser la joven Liukin.

-Usted es un zoquete - replicó Adelina y caminando como si Maragaglio la hubiera ofendido, regresó a las gradas para seguir actuando.

-¡Demonios, Morgan! - exclamaba Maurizio Leoncavallo y así culminaba la discusión más estéril que tendría en la vida, aunque no se atrevía a ser tan estricto como sentía que lo ameritaba.

-Voy con Carlota - le anunció Maragaglio a lo lejos y él se despidió asentando con la cabeza al tiempo que asimilaba que había hecho una escena que se comentaría durante el Trofeo Bompard. Romain Haguenauer estaba allí, así como otros federativos y varios periodistas que habían cubierto el entrenamiento de Carlota Liukin, mirando, cuchicheando entre sí. Maurizio Leoncavallo amaba las entrevistas pero aun no se acostumbraba a ser parte del centro de atención y nunca había aprendido a disimular sus emociones, razón que lo hizo pasar frente a las cámaras con el rostro bajo y suspirando de enfado. Seguramente escribirían que se hallaba bajo mucha presión o que sus compromisos lo abrumaban mientras las expectativas por las medallas crecían.

-¿Alguien ha visto a Carlota? - preguntó en el corredor.
-Se fue con Marat - le contestó el sonriente Maragaglio.
-¿Le diste permiso?
-No pero en un momento sabré a donde se dirigió.
-¿La vas a regañar?
-No tengo humor.
-¿Te esperabas esto?
-Mauri, sé que participaste.
-¿Cómo?
-Déjame actuar como si lo ignorara.... ¿Te ha llamado Katarina?
-Todavía no. Te dije que se la está pasando bien en Nueva York.
-Me inquieta un poco, siempre está pegada al teléfono cuando viaja.
-A lo mejor fue de compras.
-¿Otra vez?

Maurizio Leoncavallo mostró un poco su sonrisa y se introdujo en el vestidor masculino al tiempo que Maragaglio luchaba por disimular su malestar por no tener noticia alguna de Katarina y aunque quería averiguar cualquier cosa, el timbre del celular se lo impedía. Estaba recibiendo el informe de que Carlota Liukin parecía dirigirse a la zona de Champs Elysée y discretamente la seguía la policía parisina, sin suscitarse incidentes.

-Tengo que volver al trabajo - avisó Maragaglio en voz alta, sin importarle si su primo escuchaba y salió de INSEP sólo para darse cuenta de otra cosa: Joubert Bessette acababa de llegar y la prensa lo rodeaba para preguntarle sobre su relación con Carlota Liukin y por qué no la había acompañado a ver el tenis durante el fin de semana. Como el chico llevaba flores, era claro que aun tenía intenciones amistosas y sus respuestas estaban cubiertas de un encanto agradable. Joubert se expresaba muy bien de Carlota e incluso se había dado el tiempo de ver sus rutinas en una repetición del canal deportivo porque confesaba que le había gustado mucho su vestido con rayas rojas. Sobre Marat, Joubert atinaba a declarar que deseaba que se lo presentaran porque se notaba que era un gran amigo de Carlota. Respecto a Venecia, el muchacho no decía nada, excepto por Maurizio Leoncavallo, a quien quería conocer porque de todos los coaches a elegir era el más inusual y de repente, entenderse con una chica tan decidida podía ser difícil. Carlota "le daba dolores de cabeza" a su entrenadora anterior y hubo risas ante tal comentario.

Ante eso, Maragaglio recordó las imágenes del noticiero nacional, con Carlota alentando a Marat a pesar de su bandera y camiseta francesas y el festejo con abrazo y beso en la mejilla cuando este derrotó a Sebastian Grosjean en un dramático partido que definía el pase a la final de la Copa Davis para el equipo ruso. Por alguna razón, la imagen de la joven Liukin siendo levantada en hombros por Yevgeny Kafelnikov para que su rostro apareciera junto al de Marat en la foto de la victoria estaba cautivando a los franceses, junto a aquella en la que la jovencita se marchaba de Bércy rodeando al propio Marat por la cintura y él colocándole el brazo en el hombro izquierdo. La Federación de Deportes sobre Hielo le había llamado la atención a Carlota por la mañana pero como se mencionaba el Trofeo Bompard y en la conferencia de prensa del tenis, la escuadra rusa había invitado al público a agotar las localidades para verla patinar, no había sanciones ni prohibiciones. Esa tarde se colocó la leyenda de "sold out" para la competencia femenil.

-Veinte años en Intelligenza para esto - suspiró Maragaglio y subió a su auto recordando que había insistido en esa misión de guardaespaldas para tener el pretexto que le permitiera acudir a una cita de la que nadie sabía y de paso, poder ver a Katarina Leoncavallo y recorrer París con ella. Había muchas cosas que ansiaba mostrarle.

El tránsito francés no representa un problema cuando se utilizan las calles aledañas a las grandes atracciones y Carlota Liukin lo aprendió cuando Guillaume Cizeron ignoró las advertencias y circuló por el Quai de Bércy. Era cierto que la ruta los llevaría junto al Pont Alexandre III pero era muy larga. Cerca del Pont des Arts, Carlota sentía que quería matar a su amigo.

-Llegaremos - afirmaba Guillaume.
-¿Cuánto falta?
-Te aviso cuando lleguemos al Quai d'Orsay.
-¡Falta una eternidad!
-Puedes irte en el metro.
-Guillaume, no hagas que te golpeé.
-No puedo ir más rápido.
-¡Voy a llegar tarde!
-A Marat no le hará daño esperar.
-Ser impuntual no es mi estilo.
-¿Crees que él llegue a tiempo? ¿Ya viste este atasco?
-¿Por qué París es así?
-Por gente como tú.
-¿Qué insinúas?
-Súper romántica la Torre Eiffel.
-No la conozco.
-La próxima vez puedes citarlo en el cementerio.
-El miércoles vamos a Versalles.
-¿Y mañana?
-Maragaglio no me ha dicho pero creo que hay un evento en el Centre Pompidou.
-¿No te has puesto a pensar que gracias a ti, medio París querrá llenar las calles?
-Eso es ridículo.
-La Copa Davis dice lo contrario.

Carlota se resignaba a pasar gran parte de su tiempo detenida cuando notó que Marat estaba en el vehículo de junto y la veía discutir como si descubriera que algo que le han dicho es cierto. La joven Liukin era impaciente y berrinchuda pero tampoco disimulaba que podía ser odiosa y se sonrojó de exhibirse, sin perder por ello cierto glamour que la mimetizaba con París.

-Bueno, ahora Marat sabe que eres una loca.
-Cállate, Guillaume.
-¿Te vas con él de una vez?
-¿Qué? ¿Debería?
-Es tu cita.

Marat rió desde su lugar y luego de extender su pago, descendió del auto. Guillaume empezó a sentirse apenado y no se explicaba la razón.

-Hola - dijo Marat.
-Hola... Qué coincidencia - respondió Carlota.
-No llegamos a la Torre Eiffel.
-Parece maldición.
-¿No me presentas a tu amigo?
-Oh, claro... Perdón a los dos. Marat, te presento a Guillaume... Guillaume, él es Marat.

Ambos se dieron la mano y Marat quiso preguntar algo pero Guillaume tomó la palabra.

-Oye Carlota ¿en serio es Marat? ¡está guapísimo!
-¡No digas eso, Guillaume!
-¿No hay alguna posibilidad de que sea gay?

Marat sonrió por nervios y agitando la cabeza contestó "no, no".

-Yo te lo quitaba, niña.
-¡Guillaume!
-¿Qué? Sólo digo la verdad. Si tú no lo quieres, Carlota, me quedo con él.

Marat tomaba como juego la conversación y luego de constatar que el tránsito detenido continuaría, miró a Carlota fijamente.

-¿Nos vamos? - le consultó.
-Creo que no veremos la Torre Eiffel.
-Qué lástima.
-¿Y si tomamos un bote? - sugirió ella mirando al río.
-¿Cómo en Venecia?
-¡Nos dejaría en Trocadéro!
-¿De verdad?
-Podríamos cruzar por el Pont de Bir - Hakeim si vemos muy lleno.
-¿No iremos a Ladurée más tarde?
-No tengo idea de cómo llegar.
-Luego lo resolvemos, vámonos.

Carlota descendió de la motocicleta y luego de quitarse el casco, abrazó a Marat.

-¡Merci, Guillaume! - gritó ella.
-¿Irás a entrenar mañana?
-Seguro.
-Bueno, te diviertes con Marat.
-Gracias.
-Más te vale porque te lo robo.
-¡No!

Carlota y Marat se fueron de la mano hasta Pont des Arts, intentando localizar el embarcadero próximo. Como ella nunca había caminado por ahí, sacó su cámara por una foto que luego le mostraría a sus amigos y quizás a su padre. El cielo se hallaba nublado pero no le preocupaba y luego supo que los turistas venían en tropel, por lo que se echó a correr.

-¿Nunca te duelen los pies?
-Casi nunca, Marat.
-Es que con esos tacones parece que vas a caerte.
-Claro que no.
-Mejor mira esto.
-Hay un montón de gente.
-Me refería a los candados.
-¡Ay, es verdad!
-¿Por qué los podrán en el puente?
-Son de parejas.
-¿Qué?
-Mira..."Bernardette et Louis", "Laura et Phillipe", "Jenna et Marc".
-¿Te parece romántico, Carlota?
-¿A ti no?
-No imagino mi nombre.
-¡Pongamos uno!
-¿Perdón?
-¡Es divertido!

Carlota vio pronto un pequeño kiosko y se aproximó a preguntar por un candado en forma de mariposa. Al vendedor le molestaba que la gente colgara objetos en los puentes y faroles junto al río pero al ver a Marat, no vaciló en mentir, alegando que se habían agotado las mariposas y sólo conservaba una muestra.

-Yo quería una - se lamentó Carlota.
-Tengo candados de corazón en muchos tamaños y uno azul con dorado hecho de pedrería.
-Es precioso.
-Si quieres dejarlo en el puente, puedo escribirte los nombres que gustes en un listón.
-¡Quiero poner el mío!
-¿Cómo se llama tu amigo?
-Marat.
-¿Y tu nombre?
-Carlota.
-¡Listo! No olvides tirar la llave al agua para que nada los separe.
-Sólo somos amigos.
-¿Por qué compras esto?

Carlota se rió y luego de pagar 7€, le propuso a Marat tomarse un retrato juntos luego de asegurar su candado en una rejilla del puente. Él leyó la cinta dorada que decía "Marat et Carlota" así como la fecha y la ubicación.

-¿Pasa algo? - inquirió ella
-¿"Marat et Carlota"?
-Es para que seamos amigos siempre.
-¿Quieres que yo tire la llave?
-¡Lo hiciste!

La risueña Carlota estrechó a Marat y luego él capturó una imagen. El candado azul con sus nombres había quedado enmedio.

-Tenemos que apresurarnos si queremos ver algo - recordó Marat y ayudó a Carlota a incorporarse para luego caminar del brazo y conversar. Ninguno de los dos había estado en París realmente y apenas adivinaban que llegarían al barrio de Saint Germain de Prés, con abundantes cafés y músicos callejeros de jazz. Ella habría adorado cantar con alguien y quiso imaginar que hubiera sucedido de lograr un escape exitoso de casa. Marat le decía que ella se habría unido a algún grupo itinerante o danzado como en Venecia por unas monedas. La vida de artista parisina no estaba en el futuro de Carlota.

El embarcadero cercano al Pont des Arts estaba lleno de gente y poco a poco, las peticiones de autógrafos comenzaron a llegar. Carlota y Marat atendían a sus fans mientras se preguntaban cuándo podrían abordar rumbo a Trocadéro e ir por unos macarrones y chocolate caliente parecía una posibilidad más lejana. Improvisar también se antojaba como opción mientras el cielo se volvía más gris.

-¿Nos marchamos? - consultó Marat.
-Al paso que vamos, no lo dudes.
-Yo creo que después de esta foto le decimos a todos que au revoir.
-Nunca conoceré París.
-Somos dos.

Carlota y Marat se burlaron mutuamente de su mala suerte y se fueron separando poco a poco de la fila, creyendo que escaparían de nuevo, pero se equivocaron. Maurizio Leoncavallo se hallaba cerca de ellos, aguardando por un bote para alcanzarlos en Trocadéro.

-Nunca podemos pasear a gusto - comentó la chica entre dientes.
-¿Te persigue la desgracia? - añadió Marat.
-Sólo finge.

Maurizio sabía que había arruinado los planes y dijo:

-Es mejor que me hayan topado a que sea Maragaglio quien los regañe. Marat ¿cuánto tiempo llevan parados aquí?
-Nos duelen las manos con tantas firmas que dimos.
-Estoy igual ¿Champs du Mars o tienen hambre?
-Tenemos hambre... Creo.
-Busquemos Ladurée.

Carlota parecía una niña regañada cuando partió rumbo a la estación del metro, como si fuera a casa y su cita se terminara sin haber empezado tal cual. En el vagón, ella no ocultó que realmente le molestaba sentirse amontonada y bajó en la estación Pont Neuf Rivoli sólo para cambiar de línea e intentar entender qué sucedía a su alrededor.

-Maragaglio me dijo que si estabas sufriendo, te llevara por aquí - le confesó Leoncavallo.
-¿Él?
-No te has escapado.
-¿Cómo supo que no iría a Montmartre?
-Es el mejor agente del mundo.
-¿Está jugando conmigo?
-Algo así.
-Me va a regañar.
-Despreocúpate, nadie le dirá a tu padre.
-Rayos.
-¿Quieres que Ricardo mate a mi primo porque sales con Marat?
-¡No!
-Maragaglio es tu amigo.

Carlota intentó no sentir curiosidad pero pensó que era hipócrita. Maragaglio estaba siendo comprensivo pero a cambio, recibía desacuerdos y una que otra mala cara. Por otro lado, él había molestado a los Liukin por un diamante y perseguía a Sergei Trankov, así que ella se metía en la cabeza que sus hermanos no abrían la boca de que él engañaba a su esposa y quizás era como estar a mano. En realidad, la joven no entendía ni lo que pensaba.

-Llegaremos a la estación George V y caminaremos por Champs Elysée - mencionó Marat luego de ver un mapa y los tres tomaron el tren inmediato, aun con el ánimo bajo. Los transeúntes tenían curiosidad y una nueva e improvisada sesión de firmas se dio mientras las estaciones pasaban una tras otra. Los brazos adoloridos de Maurizio Leoncavallo clamaban por descanso.

-¿La estación que sigue es George V? - preguntó Carlota luego de notar que no había prestado atención. La gente no quería dejarla ir.

-¡Tengo hambre! - suplicó para que la dejaran pasar y corrió cuando el tren abrió las puertas. Marat y Maurizio iban detrás de ella y después de tropezar en las escaleras, casi estrellarse en el cristal de la puerta y evadir admiradores a la salida, se encontraron en la Avenue de Champs - Elysée. Había abundantes árboles, tránsito estresante, tiendas exclusivas y una vista maravillosa. Carlota Liukin, que siempre había querido su propia captura del Arc de Triomphe, realizó una a distancia, contenta de que un poco de sol se dejaba sentir, aunque anunciara que llovería nuevamente. A diferencia de otros lugares, en Champs Elysée se podía caminar con gran espacio, viendo a una que otra celebridad que creía pasar desapercibida, como una mujer rubia, alta, con un enorme abrigo mostaza y botas negras que bajaba un poco sus lentes y decía "Bonsoir, Carlota" para luego seguir con su ruta a alguna joyería.

-¿Me saludó Linda Evangelista? - se impresionaba la joven Liukin y pronto vio a más famosos, todos actuando como si fuera una de ellos.

-Nos falta encontrar a Gérard Depardieu - bromeó Maurizio Leoncavallo y más tardó en mencionarlo que en volverlo realidad porque el actor iba saliendo de una cafetería en la compañía de una hermosa joven que filmaba con él y cuyo nombre era Virginie Ledoyen.

-Bonsoir, petit Carlota! - exclamó Depardieu
-Bonsoir!
-Et bonsoir pour Marat... Nos vemos en Bércy para el Bompard.
-Un grand merci!

Y Virginie susurró un "te veré muy pronto" en el oído de Maurizio Leoncavallo.

-Wow - externó él al reanudarse la caminata. Carlota y Marat carcajeaban por nerviosismo al tiempo que volvían a tomarse del brazo para advertir que la pastelería Ladurée estaba en el lado opuesto de la avenida y Maragaglio también.

-Les dije que mi primo es el mejor agente del mundo - suspiró Maurizio y pasando saliva, los tres atravesaron la avenida como si esperaran una reprimenda. Maragaglio estaba tan desconcertado como ellos.

-¿Ni una foto con monsieur Depardieu? - saludó.
-No quise pedirla - confesó Carlota.
-Habrá tiempo durante Bompard, él ha confirmado su asistencia.
-¿Hablaba en serio?
-¿Qué te dijo?
-Que estaría en Bércy.
-No es el único que tiene intenciones de acudir. Mañana recibiré la lista de invitados especiales y estoy diseñando un plan de guardia.
-¿Habrá policías?
-Te siguen cuando yo no estoy.

Así, Carlota entendió que Maragaglio la había vigilado inclusive desde Venecia, poco antes del vuelo. La posibilidad de que su escolta la siguiera en Helsinki no le agradaba nada pero luego recordó que Maragaglio no sabía de su siguiente competencia y al menos, en el diario L'Equipe no existía mención.

-Noto que traen el estómago vacío. Vamos, que aun hay que ir a la Torre Eiffel.

Carlota y Marat se miraron mutuamente como si acabara de arruinarse lo que quedaba de su cita y aguardaron a que Maragaglio terminara de hablar con el hostess para recibir la bienvenida a "Ladurée Restaurant".

-¡Bienvenida, señorita Carlota! - extendía la mano el gentil empleado.
-Se lo agradezco - correspondía ella.
-Esperemos que pronto pueda conocer nuestro salón de té.
-Estaré encantada.
-Permítame guiarla a nuestro comedor. También nos alegra recibir al joven Marat.

Así, Carlota pasó de un corredor dorado a una habitación de madera, llena de candelabros y espejos, mesas de manteles blancos y copas con bases de plata. Era un sitio inesperadamente pequeño y no era tan cálido ni tan bonito como el salón de té o la panadería que estaba junto y llena de clientes. No obstante, Carlota obtuvo sitio junto a la ventana y pronto supo que Maurizio Leoncavallo y su primo permanecerían en una mesa próxima.

-¿Gustará probar nuestro formule para compartir, mademoiselle? El chef ha preparado sopa minestrone, canelones de pato, empanadillas de cordero y nuestra delicia de frambuesa o mini pastel de chocolate. También contamos con nuestra carta si gusta ordenar algún platillo especial- consultó el hostess.
-El formule me agrada... Marat ¿te parece bien?
-Comeré lo mismo que tú, Carlota - confirmó el joven Safin y el empleado enseguida dio instrucciones a una mesera. Poco después, un par de copas fueron servidas con agua y la joven colocó una servilleta en su regazo. La lluvia cubrió Paris apenas se colocó el primer tiempo.

-Me duelen los 120€ que tengo que pagar - mencionó Maurizio Maragaglio en su asiento. Estaba de espaldas a Carlota y Marat y también del corredor porque no tenía intenciones de ser más invasivo de lo acostumbrado. Maurizio Leoncavallo lo veía intentando disfrutar inútilmente de la sopa.

-He recibido llamadas todo el día. Tuve que doblar los brazos y aceptar que un escuadrón antibombas revise los obsequios que Carlota reciba durante el torneo.
-Es exagerado, Maragaglio.
-Quieren protegerla, está bien.
-¿Le vas a contar?
-El Jefe la policía me comentó que cometieron un error al no ponerle seguridad luego del asesinato de Stéphane Vérlhac.
-¿Este peligro es real?
-No.
-Primero Carlota es famosa y ahora resulta que ningún loco la tiene en la mira.
-Que actualmente no haya preocupaciones no significa que no existen personas que busquen acercarse. Lo digo por Sergei Trankov.
-¿Qué con él?
-He llegado a creer que Carlota Liukin es amiga de Trankov.
-Te urge un descanso.
¿Por qué se tomó la molestia de ir a Venecia por ella y por qué su familia niega que él haya matado a una persona?
-Maragaglio, mejor arregla tu vida y luego inventas historias sobre los demás.

Maurizio Leoncavallo se había exaltado y aunque su primo era suspicaz, podía contar con que ese momento no sospechaba ni perseguía pistas.

-Terminé con mi amante. No deja de molestarme en el celular - admitió Maragaglio con un suspiro, acabándose el minestrone aunque su sabor no le era grato. Maurizio miró a su plato y continuó:

-¿Puedo saber por qué lo hiciste?
-¿Mentirle a mi esposa? - curioseó Maragaglio.
-A todos.
-Me gustaba una mujer.
-¿Por qué rompiste con ella?
-Le pidió a su pareja que se marchara de casa y me propuso vivir juntos antes de cerrar mi oficina.
-¿Hablaste con Susanna?
-¿Crees que ella no sospechaba? Pero estamos bien ahora.
-Me alegra que hayas solucionado tus problemas.
-Me falta resolver los que tengo con Katarina.
-Déjala en paz.
-Tengo que charlar con ella
-¿De qué?
-Voy a disculparme por ser un cretino. Se lo debo.
-Te creeré cuando también le pidas perdón a Miguel.
-Odiaré tener razón cuando confirme que es un farsante.
-Eres un hipócrita.
-Protejo a Katy.
-¿Con qué derecho?

Maragaglio no replicó pero no hacía falta. Bastó con una mirada estricta para dejar establecido que era el miembro de mayor jerarquía de la familia Leoncavallo.

-Katarina no es tu hermana. Moléstala y te parto en dos.
-Mauri, no la conoces.
-Tú eres el que no sabe.
-Tus padres no la quieren y tú te marchaste. Yo no la abandoné.

Maragaglio continuó comiendo en silencio y a momentos volteaba para saber de qué tanto reían Carlota y Marat mientras a Maurizio le pasaba por la mente que su primo estaba en lo cierto. Era imposible odiarlo.

Transcurrió un largo rato cuando el aroma a azúcar inundó el comedor. Carlota Liukin se ponía más contenta de recibir su postre, mismo que empalagó a Marat luego de un par de bocados. La "delicia de frambuesa" no eran más que unos macarrones de sabor frambuesa con crema batida, jarabe de frutos rojos y una salsa de chocolate blanco con radallura de chocolate amargo para decorar junto con unas frambuesas frescas. Maragaglio agradeció inclinarse por el pastel y se precipitó en utilizar una tarjeta de color negro para pagar la cuenta de forma tan discreta, que ni su primo se percataba.

-No volveremos a casa si Carlota no visita la Torre Eiffel.
-¿No es un poco tarde?
-Se lo prometí, Mauri.
-¿A qué hora?
-En el vuelo desde Venecia.
-¿Tiene que ser ahora?
-Hay eventos mañana y la visita a Versalles el miércoles.
-La señora Judy nos va a matar.
-No tardaremos.
-Dime que la veremos de lejos.

Maragaglio echó a reír y le hizo una seña a Marat para marcharse. Carlota confesaba tener ganas de comer más dulce y que tal vez pasaría por un helado en algún momento de la semana. Aquello fue pretexto para que los cuatro iniciaran una alegre conversación sobre aquellas ocasiones en que la joven Liukin los había sorprendido con su gran apetito, resaltando la competencia de malteadas en un tren, la vez que estando en un bacaro de Venecia había devorado un gran plato de polenta con pescado o como pulía una copa dorada que la acreditaba como monstruo come helado y un reconocimiento en cristal por refrendar tan particular victoria al año siguiente.

-Compraré macarrones y luego nos vamos - anunció la chica con gran ánimo y los otros tres la esperaron brevemente al exterior, aprovechando que la lluvia había cesado. Ella presumiría una caja verde pastel con una selección de sabores al interior y suponía que no tendría que invitar por el resto del día.

Caminar por la Avenue de Champs Elysée le sentó bien a todos y a pesar de la hora, los visitantes y los admiradores, pudieron ver el Arc de Triomphe de cerca. Era más de lo que Carlota Liukin había logrado visitar cuando "vivía" en la ciudad y luego de que alguien sacara una bandera francesa, accedió a que la retrataran con ella por unos minutos.

-La Torre Eiffel cierra a las seis - le recordó Maragaglio.
-¿Por dónde llegamos?
-Avenue d'léna.
-¿Me obligarás a subir al metro?
-Marat consiguió un taxi.

Carlota devolvió la bandera enseguida y corrió hacia un coche amarillo que de ser descubierto, haría acreedor de una multa al conductor. La chica se disculpó por ello y se limitó a mirar por la ventanilla, recuperando el asombro por estar en París. En esa avenida, las tiendas de recuerdos, de antigüedades y de pinturas viejas parecían estar hechas de madera y la pequeña Place d'Uruguay era encantadora. La Avenue d'léna no era tan transitada a pesar de llevar al sitio más turístico de la ciudad.

-Cruzamos el Pont d'léna y la señorita Liukin habrá cumplido su sueño de estar en la Torre Eiffel - anunció Maragaglio poco después.

-¡Mira la fuente, Marat! -se entusiasmaba Carlota y se preguntaba si podría subir al carrusel cercano o a una rueda de la fortuna. El taxi se detuvo en una esquina próxima y Carlota corrió por Jardins de Trocadéro sin evitar tomar tantas fotos como fuera posible. Marat y Maurizio también le hacían retratos frente al carrusel al que tal vez volverían en alguna ocasión antes de que ella se quedara de pie, sin habla, contemplando esa Torre Eiffel que era más grande y alta de lo que había imaginado.

-Apresurémonos porque será difícil subir otro día - les recordó Maragaglio y entonces, ella vio su vida pasar. Había crecido con la idea de París, con libros de cuentos, novelas y postales, con un enorme póster que conservaba. En Tell no Tales, París era un sueño parecido al paraíso.

-Creí que vendría con mi mamá - confesó con una lágrima cayendo por su rostro y encaminó sus pasos al pequeño puente, sonriendo, asombrándose, con la mano de Marat que la sujetaba para que ella no flotara. Maragaglio sabía que había hecho lo correcto al descender en Jardins aunque tantos coches y su ruido amenazaran con arruinar el lugar. Era una lástima que no pudieran dar el paseo a pie por las riberas del Sena pero llegar ya era ganancia.

-Podemos entrar por cualquier pilar. Recomiendo el oeste porque no hay fila - sonrió Maragaglio y sacó un pase de color dorado que le ahorraba las revisiones de seguridad y las esperas junto a sus acompañantes. Carlota era más incrédula conforme se acercaba a la torre.

-Gouvernement Mondial? - inquirió un guardia poco después.
-Avec Intelligenza Italiana - se adelantó la joven en contestar.
-Mademoiselle Liukin! Bienvenue a la tour Eiffel. Première visite?
-Oui.
-Yo mismo los llevaré al elevador.
-Muchas gracias.
-¿Intelligenza italiana se encarga de su escolta?
-Dicen que el agente Maragaglio es el mejor del mundo.
-Así es.
-¿Cómo?
-¿Sabe cuántas personas tienen pases dorados? No había visto uno en veinte años.

El guardia hizo que el grupo usara un ascensor de personal y en el primer piso, encontraron a otro oficial.

-Bonsoir mademoiselle, por aquí - extendió su mano y Carlota accedió al buen gesto mientras los demás notaban que sólo ella recibía corteses saludos.

-Nos complace recibir a mademoiselle Liukin en nuestro piso de cristal.
-¡Qué hermoso! - exclamó ella.
-Es una atracción nueva, aun está restringida al público.
-¿Puedo usar mi cámara?
-Todo lo que guste, señorita.
-Marat, quiero muchas fotos contigo.
-Pronto estará abierto nuestro Bar à Champagne en el último nivel para celebraciones ¿Les ofrecemos un brindis? Con nuestro jugo especial de uva para la señorita, naturalmente.
-No es necesario, creo.
-Entendido. Diviértase mucho, mademoiselle.

Carlota volteó entonces hacia el exterior.

-¡Es hermoso! - exclamó emocionada - Nadie me creería que vine aquí.
-No debemos tardar, la señora Judy podría preocuparse - enunciaba Maragaglio sin encanto en su voz. Había estado tantas veces en ese lugar que ni sus cambios lo atraían.
-El atrio allá abajo es tan lindo... ¿A quién se le habrá ocurrido el piso transparente?
-Lo que sea para llenar de gente es bueno.
-¿Por qué está tan serio?
-Carlota, puedo admitir que París ha resultado mejor de lo esperado. Mi prima Katarina llegará pronto y me gustaría que viera estas mismas cosas.

Carlota sonrió y volvió con Marat, que descubría que al lado este había un restaurante y muchas tiendas de regalos. Ambos sólo se limitaban a curiosear desde afuera aunque una florería llamara su atención. Por todos lados encontraban placas dedicadas a Gustave Eiffel y bustos de personajes célebres. En el Salón Gustave Eiffel habría una conferencia literaria al día siguiente y una parte del piso estaba cubierta por una gran manta. Nadie podía pasar por ahí.

-Niños, es hora de subir  - decidió Maragaglio y despreció el ascensor, provocando que Carlota se arrepintiera de portar botines y aunque no se quejaba, comenzaba a sentir como si el calzado se le enterrara en los tobillos y en sus dedos más pequeños. Aun así, la vista seguía siendo bella.

En el segundo nivel, otro guía les aguardaba con un enorme arreglo floral de rosas blancas y Maurizio Leoncavallo se impresionó de que tal detalle proviniera de unos niños admiradores que se hallaban frente al restaurante Jules Verne y que sólo querían un autógrafo a cambio. Para aumentar su sorpresa, las flores eran para él.

-Muchas gracias... No sé si deba aceptarlo. Firmaré todo lo que me den.

Y como atención adicional, Carlota y Marat se aproximaron también, haciendo que los pequeños se pusieran más contentos.

Apartado de la escena e intentando no desesperarse, Maurizio Maragaglio reparó en que pronto darían las seis de la tarde y discretamente había comenzado el cambio de turno entre los guardias de seguridad, mismos que restringían el paso a algunas zonas del monumento para mantener funcionales únicamente a los dos restaurantes, que cerraban sus puertas a medianoche. Los turistas iban desapareciendo poco a poco y las luces a encenderse mientras se establecían las restricciones a las fotos nocturnas. Carlota Liukin supo entonces que debía ser rápida y llegar al último nivel si quería pasar unos minutos en el mirador. Dejando a Maurizio y a Marat discretamente, atendió la seña de Maragaglio y subió al ascensor con él, sin parar de temblar.

-¿Tienes frío?
-Fría me dejó el precio de los macarrones que venden aquí.
-Jajaja, no lo vi.
-Hice bien en comprar en Ladurée y eso que no es barato.
-¿Nerviosa, Carlota?
-Un poco.
-Si te retrasabas, no alcanzábamos a subir.
-Lo olvidé.
-Tengo un primo famoso.
-Lo conozco bien.
-Perdona por seguirte y espiarte.
-Me disculpo por intentar irme.
-Te entiendo pero ¿Marat?
-¿Por qué todo mundo me pregunta?

Maragaglio no descubrió su respuesta y optó por sostener a Carlota de los hombros porque creyó que se desmayaría al descender y a cambio, ella lo estrechó antes de conmoverse por la insuperable vista de París. A diferencia del mirador en el segundo nivel, con sus catalejos opacos y ocupados, con personas impacientes y en ese momento con el personal de limpieza evidenciando el saldo de tanta popularidad, en la cima había calma y una puerta que alguien abrió para ella por el dichoso pase dorado. Casi nadie entraba ahí.

-Carlota ¿estás bien? - consultó Maragaglio.
-Quise ver esto toda mi vida.
-No llores.
-¡Qué pena!
-¿Satisfecha?
-Mi mamá y yo hablábamos de que estaríamos juntas, señalando edificios y mira ¡Sacré Coeur está allá y ese es el Petite Palais!
-¿La extrañas mucho?
-¡No le dije adiós!

Maragaglio volvió a abrazar a Carlota.

-¡Estoy triste en la Torre Eiffel!
-¿Por qué te ríes?
-No lo sé.
-Tu madre desearía que estuvieras alegre.
-Me perdí París con ella.

Maragaglio respiró hondo y retrocedió unos pasos mientras la joven permanecía inmóvil, reconociendo cuántos lugares podía, usando su cámara después como si París fuera a desvanecerse y también perdiera un sueño que poco antes había sido una pesadilla.

-¿Qué sucede? - dijo Maurizio Leoncavallo al lograr subir y reunirse con ellos.
-Ella necesita un minuto - replicó Maragaglio y quizás recordó el fallecimiento de su propia madre como una anécdota de esas que terminan en la nota roja y se olvidan al darle vuelta a la página.

La lluvia comenzaba otra vez y Marat fue quien tuvo el valor de acercarse a Carlota. En la Torre Eiffel se recomendaba no estar en los miradores en caso de tormenta eléctrica y ella se calmó al voltearlo a ver. A Maragaglio le llamaba la atención como a la chica se le iluminaba la cara y no dudaba ni un segundo en tomar de la mano al joven Safin antes de pedirle a todos que se retrataran con París de fondo, antes de que la tormenta empeorara. Maragaglio mismo se hizo cargo de presionar el disparador y de recibir el regaño por aquella regla que se oponía a las imágenes nocturnas.

-Golden pass, Governo Mondiale - le recordó al encargado de piso y éste observó a Carlota sonrojarse por la escena.

-No puedo molestarme con una joven tan linda - diría el hombre - ¿Le gustaría pasar a nuestro Bar à champagne, mademoiselle?
-Les hemos dado tanto trabajo.... - se disculpaba Carlota.
-Nos encantaría que brindara por su visita.

Maragaglio sabía que los empleados querían puntos con el Gobierno Mundial y fingió que accedía. Las reservaciones de celebridades habían bajado mucho desde que el Jules Verne perdiera una estrella Michelín y el Restaurant 58 no consiguiera alguna.

-Seguramente contamos con alguna bebida que sea de su agrado, mademoiselle. Venga por aquí - continuaba el empleado y el grupo fue guiado hasta un pequeño stand delimitado por un par de muros y unas enormes letras de color anaranjado en las que se leía "Bar à champagne". Carlota, Marat y Maurizio se observaron mutuamente con confusión y Maragaglio no se contuvo.

-¿Es todo? Carlota cabe en ese hueco si la doblan y la meten en un bolso.

Los cuatro empezaron a carcajearse por lo absurdo del comentario o por lo malo del chiste en sí y apenas se reponían cuando alguien les extendió unas copas con champagne dorado y brillante y a Carlota un agua carbonatada de pera rosada. Como era momento de brindar, se hicieron otra foto y bebieron como si fuera una fiesta.

-Prueba el champagne, Carlota - invitó Marat y ella tomó un sorbo mientras él hacía lo mismo con la copa de ella y notaba que Maragaglio había comenzado a distraerse. Maurizio por su lado, disfrutaba el momento tanto como podía.

-Tenemos una estación de radio aquí en la torre ¿mademoiselle Liukin gustaría darnos una sorpresa? - le preguntaban a Maragaglio.
-Tal vez luego. Hay una tempestad allá afuera y debo llevarla a casa.
-La tormenta se detendrá hasta mañana.
-Le pediré a la policía que nos ayude a irnos.
-No es seguro salir durante una lluvia como ésta. Contamos con un pararrayos y un sitio caliente para que mademoiselle Liukin no se resfríe.
-Lamento declinar.
-Solicitaré un reporte del tráfico enseguida.

Maragaglio se disponía a dar las gracias cuando la tormenta arreció y un potente rayo impactó en la torre, ocasionando un apagón momentáneo. El grupo se reunió entonces.

-Me informan que la lluvia cesará hasta mañana y no debemos abandonar este lugar por nuestra seguridad - señaló Maragaglio y girando hacia el empleado, consultó:

-Mencionó un lugar para quedarnos ¿de qué se trata?
-Hay un apartamento en el primer piso.
-¿Apartamento?
-Reservado a invitados del Gobierno Mundial.
-No lo somos.
-Tiene un pase dorado así que es invitado, señor.
-El almirante Borsalino me lo dio para casos de emergencia o restricciones.
-Una lluvia de este tipo en París puede inundar la ciudad. A eso le llamo "emergencia".

Maragaglio aceptó desconcertado y la encargada del bar le entregó una botella de champagne a Marat para que la bebiera en su hospedaje. El grupo tomó el ascensor hacia el primer piso y deprisa, los hicieron llegar al salón Gustave Eiffel. Como era vital que los comensales de Restaurant 58 no vieran actividad, las puertas se cerraban enseguida y por un acceso secreto de la pared, un vigilante les hizo pasar al "departamento 58", vetado al público y cubierto con mantas al exterior para hacer creer a los turistas que era un área en restauración mientras se instalaba un sistema de espejos y luces para camuflarlo. El grupo recordaba haber pensado lo mismo al pasar la primera vez.

-Es muy lindo - expresó Carlota al ver las paredes blancas, todas decoradas con pinturas de Kandinsky que se suponía que se hallaban en una exhibición del Centre Pompidou.

-Benvenue, ojalá cumplamos con sus expectativas y comodidades - decía el vigilante.
-Se lo agradezco ¿podría realizar una llamada al almirante Borsalino? - contestó Maragaglio y poco después, le pidió a Carlota dar aviso a Judy Becaud para no preocuparla por no llegar a casa.

-Vuelvo en un momento - anunció Maragaglio y los otros tres comenzaron a reconocer el departamento, descubriendo que poseía un baño con ducha, chimenea, un enorme televisor, una sala con sillones y poltrona café, una cocineta con desayunador, un comedor anaranjado, mini bar y una sola habitación con cama king size y vestidor. El teléfono se hallaba en un módulo aparte y pronto, Maurizio se dio cuenta de que su primo discutía airadamente.

-Pasen buena noche - dijo el guardia y así, el grupo quedó a solas y con una buena vista de Trocádero.

-Maragaglio tiene muchas influencias ¿alguien imagina por qué? - habló Carlota mientras introducía el champagne en el refrigerador y preparaba palomitas de queso en un microondas rojo.

-En su trabajo más vale tener favores que cobrar - intervino Maurizio.
-¿Qué clase de cosas hace?
-Es el mejor agente del mundo.
-¿Qué tan bueno?
-Te sorprendería saber que la ndrangheta lo ha querido asesinar como veinte veces.
-¿Quién?
-La mafia de Milán. Tambien en Al Qaeda lo tienen de enemigo público y Sergei Trankov... ¿Marat sabe de Sergei?
-Sí, no te preocupes.
-Maragaglio tiene un plan. No sé cuál es, pero si Sergei todavía tiene diamantes, deberías avisarle.
-¿Qué te ha dicho?
-¿Has pensado en cómo dejar de llorar?

Carlota pasó saliva y giró su cabeza hacia Maragaglio, que continuaba tenso con su llamada.

-Déjalo para mañana. Puede que Trankov sepa de todo - susurró Maurizio y Carlota apagó las lámparas mientras se acomodaba en un sillón para ver una película con Marat.

Al dar las diez, Maragaglio volvió con el grupo y como traía noticias, encendió la luz. Se notaba la frustración en su rostro.

-Hay inundaciones en Ilé de la Cité y en Saint Martin, también se dio una cerca de aquí.
-¿Muy graves? - curioseó Maurizio.
-Se supone que el agua bajará durante la madrugada ¿Podemos ir a Bércy a las ocho de la mañana? Prefiero tener sol si hay lodo.
-Tenemos una práctica en la pista que prometieron tener lista. No hay problema.
-Estoy molesto, disculpen - se excusó Maragaglio, tomando asiento en la poltrona.
-¿Qué ocurre?
-Es Trankov. Vendió un diamante en la Rue Cambon y escapó de nuevo.

Carlota pasó saliva.

-La incompetencia de la policía francesa es increíble ¿Saben cómo se fue Trankov? Se vistió de traje y entró y salió por la puerta de Harry Winston con un maletín con billetes libres para que los gaste sin preocuparse.
-¿Harry Winston? - intervino Carlota.
-Cobró 35 000€.

Carlota abrió la boca y palideció un poco, queriéndose meter en la cabeza que el martes sería muy ocupado y apenas podría esconder a Trankov si llegaba a presentarse con ella.

-Se nos ocurrirá algo, no te preocupes - le aseguró Maurizio Leoncavallo a la joven.

-Ojalá le hayas dicho que es hora de dormir - Pronunció Maragaglio y Carlota se incorporó para ir a la habitación.

-La dama en la cama y los caballeros en la sala... Hará frío - rió Maurizio al percatarse de que su primo buscaba jugo.

-¿Sólo estás enojado por Trankov?
-Es Katarina.
-¿Sigues con eso, Maragaglio?
-¡Llegó a las seis de la tarde con Karin al aeropuerto y no avisó!
-¿Las dos? No tengo llamadas.
-¡Esa niña quiere matarme de un infarto!
-¿En dónde se quedaron?
-Morgan las recogió y las llevó con la señora Becaud.
-Al menos podrán descansar.
-¿Sabes por qué Katy no se toma la molestia de hablar con nosotros? ¡No ha parado de llamarle a Miguel!
-Es su novio, lo extraña.
-¿No se toma unos minutos para decirnos donde está?
-Maragaglio, déjala en paz.
-Prometió llamarme.
-Tal vez lo olvidó.
-¡Le dejé mensajes!
-Cuando la veas, le preguntas.
-¿Por qué la defiendes tanto?
-¡Porque es mi hermana, no la tuya!

En ese instante, Carlota salió de la habitación y pretextando sed, volvió al refrigerador para sacar el champagne y hacerle una seña a Marat, al tiempo que Maragaglio apagaba las luces.

-¡Carlota, a la cama ya! - gritó Maragaglio y lo vieron salir enfurecido.

-Tiene razón. A descansar, pequeños - dijo Maurizio y Carlota dejó su puerta entrecerrada para esperar por Marat en la madrugada, cuando Maurizio se hallara profundamente dormido. La vista a Jardins de Trocadéro era inigualable.

Por otro lado, Maragaglio, deprimido y frustrado, se encontró insólitamente celoso de su primo y prefirió mantenerse afuera del apartamento para evitar pasar mala noche. Sentía que necesitaba descanso y aprovechó algo de tiempo para hablar con el Comisionado de Policía de París y reclamarle por el nuevo episodio de Trankov que ahora causaba sensación en las noticias. Con Katarina en la ciudad, también trató inútilmente de saber algo sobre ella y no tardó en constatar que rechazaba sus llamadas. Nadie podía verle tan decaído.

París amaneció con un sol cálido y a las seis y media, Maragaglio volvió al interior. Aun llovía pese a todo y su primo descansaba en un sillón, tiritando un poco. Todo parecía normal pero Marat no se hallaba en la sala ni en la cocina, no había luces encendidas en el baño y tampoco estaba mirando hacia la calle.

-No es cierto - enfureció y abrió el dormitorio, hallando la botella de champagne vacía, un vestido durazno colgado en el vestidor y a Carlota y Marat abrazados sobre la cama.

-¡Maldita sea! - explotó Maragaglio y arrojó a Marat hacia la sala, despertando a Maurizio.

-Traigo pijama - se defendió Carlota.
-Vístete y nos vamos.
-Yo...
-No hace falta.
-Maragaglio...
-Sólo haz lo que te digo.
-Nada pasó.
-Me traicionaste, Carlota ¡Debería meter a Marat a prisión!
-¡No!
-¡Quítate de esa puerta!
-No puedo....

Carlota fue donde Marat y Maurizio, que apenas asumía su descuido, se asomó al cuarto y descifró enseguida lo sucedido.

-Maragaglio ¿qué debo hacer?
-Ricardo Liukin nos va a matar.
-Marat se tiene que ir.
-¿Ya para qué?
-¿Qué sugieres?
-Que finjamos que esto no pasó. Si Marat se va, lo van a notar... Cancelaré la visita al Centre Pompidou y las entrevistas de esta tarde. Carlota me va a escuchar.

Maragaglio golpeó su puño contra la pared y volteando hacia la joven Liukin, aspiró hondo.

-Estoy decepcionando - terminó y volvió a irse al exterior. Maurizio Leoncavallo se molestó también pero le ordenó a Marat darse una ducha y vio a Carlota ordenar las sábanas. No tenía idea de cómo castigarla.