sábado, 20 de marzo de 2021

Una canción y el tío Enzo

Albert Hammond / Foto tomada de Instagram.

El domingo en el bistro "La Belle Époque" era particularmente bohemio. Los panquecillos de chocolate, la absenta, las copas de vino, las tartas de cereza y la pasta con albahaca atraían a los snobs de París y la ausencia de Judy Becaud para atenderlos se podía excusar con éxito al notar que esa multitud solía llenar el espacio con humo de cigarrillos baratos. Maragaglio descansaba luego de salir de compras con Katrina y compartía la vibra de los comensales, así que fumaba frente a ella y exhibía su cigarrera despreocupadamente.

-No sabía que te gusta el tabaco - dijo ella.
-Algún defecto tengo.
-Cariño, tienes demasiados "peros" en contra.
-No te habían disgustado.
-Porque no olías a quemado.

La chica se rió antes de tomar su propio cigarro y un sorbo de absenta mientras fingía atender la lectura de un mal poema. Alrededor suyo habían colocado muchas flores  y quizás por eso no se daba cuenta de lo irrespirable del ambiente. 

-Siempre me gustó ir a los bares de existencialistas - añadió Maragaglio.
-¿Qué es eso?
-Lugares donde me sentía intelectual porque leía a Rimbaud con un foco en la cara.
-¿A quién, cariño?
-Era poeta, Katrina. Si estuviera ebrio, volvería a subirme a la tarima para que estos idiotas supieran lo que es un actor de verdad.
-Te verías rarísimo.
-¿Te disgusta si tomo un poco más de licor? Me estoy sintiendo más joven de lo que soy.

Katrina volvió a reírse y entendió que estaba bebiendo mucho. El ajenjo o absenta o como se llamara era más pesado de lo que creía y no quería dar un paso para no perder el equilibrio.

-Te sirvieron de un alcohol añejo, por eso te sientes así - continuó Maragaglio.
-Tú no la has probado.
-Una gota más y empezarás a alucinar.
-¿Me hará daño, cariño?
-Te cuidaré en la resaca, no te preocupes.
-¿Me dolerá la cabeza?
-Esta cosa es ilegal. 
-¿No los vas a acusar?
-Mejor que venga ese elixir del hada verde, que la vida es corta y envejecí antes de tiempo.

Katrina sabía que Maragaglio hablaba en serio y miraba celoso a esos bohemios que se aplaudían entre sí y discutían por películas de culto, libros escritos en eslovaco sobre vampiros o músicos rusos de metal gótico a presentarse en París en las próximas semanas. En el "Cahiers du cinema" se había publicado un especial sobre Éric Rohmer, dando a conocer que se harían audiciones para un proyecto de teatro que éste quería realizar y también era motivo de conversación porque algunos no paraban de preguntar si otros se presentarían a las pruebas.

-Corazón, estás muy serio.
-Para estar borracha te comportas sobria.
-Traes la carita triste triste.
-Katrina, me siento bien.
-Llevas todo el día con esa revista.
-Está interesante.
-El cupón amarillo es importante.
-No es un cupón.
-¿Entonces?
-Es un anuncio.
-¿Qué te podría llamar la atención?
-Nada... Es nada.
-Qué serio.
-No vuelvas a mencionar la revista.
-De acuerdo, sí.
-Promételo.
-Maragaglio, no es para tanto.
-Katrina...

Él alzó su ceja izquierda y la chica enseguida cedió.

-Prometido.
-Mejor así ¿Quieres otro cigarrillo?
-Corazón ¿qué te pasa?
-Necesito más ajenjo ¿ordeno algo por ti?
-Maragaglio, deberíamos ir a dormir.
-¿Estás tentándome?
-No sería mala idea, cariño.
-¿Por qué lo dices?
-Tal vez se te quitaría el enojo.
-Estaré bien con una copa.
-¿Seguro?
-La semana fue espantosa, quiero bebérmela antes de que ocurra una nueva tontería.

Maragaglio ordenó enseguida otro par de tragos y permaneció contemplando el bistro, imaginando que era parte del grupo de snobs aunque ellos lo habían notado aún sin hablarle.

-No deberían rodearse de fracasados - mencionó el propio Maragaglio al notar que Carlota Liukin y sus amigos estaban comiendo pizza frente al improvisado escenario y aplaudían a quienes se animaban a seguir con la interpretación de poesía. Marat Safin no estaba interesado en las actividades pero se veía cómodo conversando con la joven y brindaba con ella al son de "falsos tragos de champagne", hechos de agua tónica, soda de jengibre y frutas en conserva picadas.

-¿Subimos a descansar? Todavía me duelen los pies de cargar tantas compras - intervino Katrina. 
-Me estoy divirtiendo ¿Lo necesitas mucho?
-Maragaglio, trato de sacarte de aquí.
-¿Y si no quiero irme?
-No tienes que ser grosero.
-Lo siento muchísimo.
-Eres imbécil.
-Odio la música que ponen aquí.
-Oye, no sé si dejarte o ver cómo te embriagas.
-Quítate los zapatos.
-¿Me necesitas?
-No te imaginas cuánto.

Maragaglio acarició el cabello de Katrina y esta cedió resignada con una sonrisa de reproche, suponiendo que era el precio y no quería pelear. A esas alturas, la joven aún no pensaba en el dinero y se había dado cuenta de que su amante era magnético y sexual aun estando enojado, así que no sabía cómo detestarlo por más minutos. Todo lo contrario de lo que le sucedía con Maurizio Leoncavallo, a quien podía apreciar en la barra degustando su propia absenta y mirando a la puerta mientras aguardaba por otro hombre que parecía culminar una llamada y portaba una enorme carpeta bajo el brazo. 

-¿Tienes un gemelo, cariño? - se sorprendió ella.
-Nadie comparte mis desgracias ¿por qué?
-¿Quién es él?
-Ah, el tío Enzo.
-¿No vas a saludarlo?
-¿A ese farsante? 
-Es muy guapo.
-Oye, no seas coqueta.
-Maragaglio, ve con él.
-Mintió sobre mi padre.

Katrina recordó lo sucedido el día anterior, tomó las manos de Maragaglio para confortarlo un poco y sintió que se disculpaba por inoportuna. Él la miró sin condescendencia y luego bebió su copa de golpe para quedar en silencio y quedarse escuchando la voz irritante de un tipo que trataba de imitar a los cantantes folk de los años setenta en una especie de sketch cómico trágico. La gente se reía como si aquél fuera un gran intérprete pero a Maragaglio le parecía que lo hacía experimentar un gran vacío, además de una inmensa pena ajena. El tío Enzo lo miraba a su distancia y le notaba la amargura, consciente de que su presencia en parte tenía que ver. Tampoco tenía intenciones de aproximársele, al menos no de inmediato.

-¿Qué le pasa a tu primo? - dijo Enzo por saludo a Maurizio Leoncavallo
-Contéstame tú.
-¿Estás furioso?
-Si yo fuera Maragaglio, sí.
-Maurizio ¿Puedo saber qué pasa?
-Pregúntale a él.
-Está emborrachándose.
-Si no me hubieras citado, haría lo mismo.

Enzo Leoncavallo contempló a su sobrino tirando por accidente su bebida y asumió que era una forma de dejar el tema por la paz. 

-Quería avisarte que estaré atendiendo novias aquí en París y que podrías elegir el vestido de Juulia.
-¿No le dejaríamos esa decisión a ella?
-Tienes razón, Mauri.
-No entiendo entonces por qué quieres hablar conmigo.
-No te he visto en meses, quiero ponerme al día.
-Tío, he estado ocupado.
-¿Has hablado con Katarina?
-Sé que está enferma.
-Creo que escuché algo de eso.
-Ella está grave pero no he podido saber qué tanto. Maragaglio me ha dicho que come bien y la atienden cuando lo necesita.
-¿Qué le dio?
-Influenza y me enteré que también le han puesto una mascarilla de oxígeno.
-Eso es bastante serio ¿Irás a verla?
-Venecia está cerrada.
-No sabía que la situación fuera tan delicada.
-Yo debo platicar con Katarina a como dé lugar.
-¿Tienes algo muy importante qué decirle? 
-Muchas cosas que contarle.

Maurizio volteó a ver a Maragaglio y el tío Enzo se preguntó si el asunto era entre sus tres sobrinos o se necesitaba un mediador para contener a Katarina. Sólo podía rezarse porque no se tratara de un tema amoroso o la discusión de algún episodio desconocido que a los Leoncavallo podría poner de cabeza y en contra de la joven nuevamente.

-Por lo que veo, no quieres hablar conmigo.
-Lo siento, tío Enzo.
-¿Todo está bien?
-Creo que te enterarás en Venecia.
-¿Tienes un problema?
-Es algo familiar.
-¿Involucra a todos?
-Maragaglio querrá que le aclaren varias cosas.
-¿Y qué hay con Katarina?
-Es entre ella y yo.
-Maurizio...
-Deseo conocer qué está pasando con ella porque ha estado mal desde Nueva York y me angustia no poder entenderla. 
-¿Katarina te ha mencionado algo?
-No.

A Enzo Leoncavallo le pareció escuchar algo novedoso y entendió parte del drama sin más esfuerzo. Katarina reservándose ante su hermano era un acontecimiento único y podía indicar cualquier cosa.

-¿Me dejas en paz?
-Claro, Maurizio. El punto es que no tengo a donde ir y mis citas de ventas me dejan tiempo libre ¿Hay algo bueno para beber?
-Absenta.
-En ese caso, acepto.
-Tengo algo que sí quiero saber, tío.
-Adelante.
-¿Conociste al padre de Maragaglio?

Maurizio Leoncavallo no tuvo que esperar por respuestas.

-Nunca supe.
-¿Seguro?
-Mi hermana Carolina llegó con Maragaglio y se lo dejó a mi padre.
-¿Fue todo?
-Me gustaría contarte una historia pero no hay otra. Carolina era muy irresponsable y tuvo un hijo de padre desconocido.
-Maragaglio encontró al tipo ayer.
-¿Qué dijiste? ¿Cómo lo hizo, Mauri?
-Le consiguieron la información en Intelligenza Italiana ¿dónde más?
-¿De qué se enteró? 
-¿Sabes más de lo que dices, tío?
-Honestamente, no.
-Siempre le han contado que lo abandonaron.
-Porque es la verdad.
-Entonces me bebería todo el alcohol si fuera tú.
-¿Es tan malo, sobrino?
-Descubrimos más de lo que queríamos.
-"¿Queríamos?"
-Ni siquiera imagino qué pasará cuando volvamos a Italia así que alla salute! Alcohol para todos y que sobreviva el que quiera.

Enzo Leoncavallo no escondía su desconcierto y no reparó en tomar un pequeño vaso para llenarlo de licor y mirar a la nada mientras estallaba esa bomba. Tanto esfuerzo familiar para nunca dar explicaciones se había ido por la borda y ahora quedaba aferrarse a la mentira más simple y realista por la que Maragaglio no podría protestar ni replicar, a menos que quisiera hallar algo más o la incredulidad lo dejara insatisfecho. La actitud de Maurizio le era más enigmática por su forma de sonreír y resolvió no brindar con él para no agregar palabras. La charla planeada estaba descartada y entonces, el sonido de una canción vieja se quedó perturbando más a Maragaglio. 

-Cariño ¿Puedo hacer algo por ti? - consultó Katrina en su sitio, aunque su voz se oía claramente y hasta Carlota Liukin la percibió con inquietud.

-Estoy cansado, no es mala idea intentar dormirme - replicó Maragaglio antes de tararear un poco y con ello, calmar a los demás. La mujer que lo tenía enfrente sin embargo, podía sentir su rabia y creyó que en cualquier momento destruiría la mesa si continuaba en el ambiente aquel. Katrina deseaba irse para ahorrarse la vergüenza y se dio cuenta de que el dichoso tío Enzo se preparaba para detener a su sobrino al tiempo que Maurizio Leoncavallo parecía reservar una copa en caso de requerirla para sólo él sabría qué. El punto era que un hombre era capaz dejar todo como estaba mientras volaba en mil pedazos con la misma probabilidad y quizás eso la asustaba más.

-No soy tan idiota, mujer - pronunció Maragaglio como si le adivinara el pensamiento y prefirió besarla para disfrutar su aliento a ajenjo y su perfume de cerezas. La chica temblaba de los nervios.

-Estoy tan furioso que no me han dado ganas de demostrarlo. Katrina ¿Crees que debería quitar al tipo que está cantando ahí? Me tiene harto.
-¿Qué? No te vayas, cariño.
-Prometo comportarme.

El hombre se levantó con una gran sonrisa al oír que el aficionado empuñaba una guitarra y conseguía que su público lo acompañara con palmas mientras anunciaba que su siguiente canción había aparecido en un disco de temas setenteros de intérpretes desconocidos y estaba seguro de que nadie la había escuchado en París hasta que sonaron los primeros acordes. La reacción de Carlota Liukin y sus amigos fue la de reírse fuertemente ante el involuntario chiste, cohibiéndolo y ocasionando que cambiara parte de la letra. Tal pieza era muy popular en Tell no Tales cuando se celebraban cumpleaños o se regañaba seriamente a un hijo luego de una equivocación importante, así que la familia Liukin solía escucharla con enorme frecuencia como migrantes en Venecia y en el hogar parisino de Anton Maizuradze casi no pasaba día sin que le acusaran de vago.

-¿Qué canción es? - curioseó Marat Safin antes de que Carlota intentara seguir el ritmo.
-Se llama "It never rains" o parecido, me la pone papá cuando se enoja - replicó ella.
-¿Quién la canta?
-Albert Damon.
-¿Perdón?
-Fue famoso cuando mi papá era joven.
-Lo recordarían mis padres de Moscú.
-Ahora anima fiestas en Tell no Tales.
-¿Lo conoces?
-Cantó en mi graduación de primaria y lo llevaron a un banquete en un torneo de patinaje.
-¿Te gusta esta canción, verdad?
-La voy a poner el día que mi hermano Andreas regrese arrastrándose.
-¿De qué hablas?
-Mi hermano se va a ir de la casa.
-Ah, ya entiendo. Bueno, se la pones en volumen alto y dices que yo te lo pedí.
-Hecho.
-¿Quieres brindar, Carlota?

Ambos chocaron sus vasos y ella se dedicó a demostrar que se sabía la letra de aquella melodía falsamente alegre, la cual sin duda hablaba de un sueño que no se materializaba y se convertía en una tentación para volver a casa con la pena y el sonrojo por delante. Marat comprendió la razón de usar semejante método de reprimenda y concluyó que no era una manera sutil de demostrar una profunda molestia o al menos, no era el tipo de regaño que resistiera recibir alguna vez. Carlota se reía pero en el fondo, tenía presente a su padre repitiendo la canción en la madrugada y a su madre desahogándose luego de una jornada pesada. Fue entonces que Maragaglio subió al escenario sin el mínimo respeto, sujetó el micrófono, arrebató la guitarra al desconcertado aficionado y con gran arrogancia miró a los presentes.

-Apuesto mi siguiente whisky a que canto mejor "It never rains" ¿Quién se anima?

La gente se miraba entre sí y Katrina levantó la mano para que pareciera que se divertía. Con tal de evitar que la escena fuera más ridícula, Marat también apostó, aunque a cambio se ganara una broma sobre "la bebida para niños" que podía ofrecer. Maurizio Leoncavallo era expectante y su tío miró al suelo con las manos en los bolsillos, con la misma sensación de frustración que su sobrino en el escenario había sentido a los veintitrés años en un parque mientras reunía dinero para tomar un vuelo a Nueva York.

-En vista de que a nadie más le interesa perder, le dedico esta canción a mi tío Enzo por arruinarme la vida - declaró Maragaglio y Katrina se cubrió la cara como si el comentario hubiera estado de más. La gente volteaba hacia los Leoncavallo y luego de aguardar un minuto, el propio Maragaglio comenzó a interpretar aquella canción causando un gran asombro, incluso para sí mismo.

-Ay, por Dios ¡Es hermoso! - se admiraba Katrina con las piernas temblándole. El público guardaba un silencio maravilloso y Maurizio Leoncavallo miraba a su tío sin saber qué sentir. Durante un instante, el primo Maragaglio emulaba un rockstar, rejuvenecía, volvía a ser el chico divertido que le había enseñado a fugarse de casa y hecho pensar en cosas como ser un artista o un inventor. El gesto de ese hombre de cuarenta y tres años delataba que había anhelado sentirse lleno de vida por tanto tiempo.

-"Will you tell the folks back home I nearly made it? Had offers but don't know which one to take... Please! Don't tell' em how you found me..."* - cantaba Maragaglio con nostalgia y el tío Enzo entendió el mensaje antes de que aquel acabara abruptamente su actuación y dejara la guitarra con desprecio en el piso. Los presentes aplaudían con espontánea admiración pero él optaba por salir a fumar y maldecir en voz baja.

-Maragaglio se escapó y lo encontré en Londres trabajando como músico callejero. En lugar de callarme, le dije a mi padre y fue de inmediato por él - dijo Enzo.
-¿Te odia porque el abuelo hizo eso?
-Mi padre nunca se portó bien con tu primo y por mi culpa, Maragaglio no se marchó.
-El abuelo murió. 
-No arregló las cosas.
-Tío, yo no creo que seas responsable.
-Es que no fuiste testigo de lo violento que fue.
-Pasaron muchos años.
-Maragaglio intenta retomar sus planes ¿sabías? Pero a todos los lugares donde va le han dicho que es muy tarde.
-¿Hace audiciones?
-¿En dónde crees que estuvo ayer? 
-¿Tú lo viste? Dijo que tenía trabajo.
-Entregué un vestido para una sesión de fotos en Radio France y él venía saliendo, no lo saludé... Pregunté, me enteré de que buscaban actores para un musical y rechazaron a tu primo por la edad.
-¡Pero tiene talento!
-¿Verdad que debí cerrar la boca hace veinte años? ¡No me digas que pasó mucho tiempo! 

El tío Enzo determinó pasar su momento de culpa con un poco de whisky y observando a su sobrino Maragaglio tarareando "It never rains" en voz baja desde la puerta. No se le ocurría qué decirle o mínimo ofrecerle más alcohol mientras comprobaba que las jóvenes habían caído rendidas ante esa voz tan fresca, incluso Katrina se había convertido en la envidiada chica del lugar y Carlota Liukin era una repentina fan con la cara sonrosada de un hombre al que quería profundamente de todas formas. En "La Belle Époque" el snobismo se transformaba en autenticidad por un momento.

El frío retornó a París esa misma tarde luego de la breve tregua soleada del sábado y amenazaba con nevar sin que Maragaglio se moviera de su lugar. Algo lo retuvo lo suficiente para que, en medio de su ánimo amargo, se le acercara un hombre de unos setenta años, ojos aceitunados, piel dorada y el cabello corto. Por su aspecto, se parecía a Ricardo Liukin sólo que con una actitud menos dramática y más distraída, aunque algo irrespetuosa y divertida. 

-Me dijeron que hablara con ¿Maragaglio? Soy Goran Liukin Jr. y estoy buscando a mi nieta, Carlota Liukin.

Enzo Leoncavallo se quedó boquiabierto en su lugar y con la seguridad de que el tal Goran lo había reconocido, llamó a su sobrino Maurizio.

-Hay problemas ¿Quieres traer a Carlota de una vez para que no haya escándalo?
-¿Qué pasa?
-Mauri, házlo.

Maragaglio se hallaba petrificado y el señor Liukin giró su cabeza, riendo un poco de Enzo y comparándolo con el otro previo a preguntarle con tono socarrón:

-¿Es tu hijo?
-No.
-Salió al viejo Leoncavallo, qué desgracia. 

La conversación no continuó y Carlota Liukin dejó el local para toparse con su abuelo, a quien no había visto en años. El hombre la abrazó afectuosamente y ella no pudo evitar estar contenta con la sorpresa, aunque tuviera la sensación de que alejarse era la única idea buena en ese instante. Maurizio Leoncavallo prestó atención a su primo, cuya expresión iba acentuando su desolación.

-¿Carlota puede dar un paseo conmigo? Le he traído regalos y también quiero celebrarle la medalla que se ganó. Me han dicho que será escoltada ¿Me dejan llevarla a Montmartre? Regresaría en la noche.

Maragaglio pasó saliva y dijo:

-Tienes permiso Carlota ¿Llevarás a tus amigos? 
-Si mi abuelo quiere... Iré por ellos.

Carlota corrió confusa donde Marat y los demás para sacarlos de ahí mientras su abuelo contemplaba de frente a los Leoncavallo sin pronunciar palabra. En un momento dado, el hombre fijó sus ojos en Maragaglio y esbozó una sonrisa casual, provocando que el otro regresara donde Katrina inmediatamente para llevársela a su habitación y encerrarse ahí mientras la ira se atoraba en su garganta. 
*Extracto de "It never rains in Southern California", canción interpretada y escrita por Albert Hammond (1972)

viernes, 26 de febrero de 2021

Las pestes también se van (Katarina y Ricardo)

Venecia, Italia. 17 de noviembre de 2002.

El hotel Messner es igual a otros tantos: No hay mucho qué hacer cuando se es huésped. Y cuando se es Ricardo Liukin, menos. Él prácticamente se sentía mejor por la mañana, lo suficiente para levantarse unos minutos mientras Miguel dormía a causa del antiviral. La lluvia era fuerte en la ciudad, de acuerdo al noticiero local las funerarias se estaban llenando y la sirena que anunciaba la emergencia general sonaba cada hora, siendo muy molesta.

-Tengo frío - comentó el señor Liukin y se puso a leer el periódico del día anterior, pensando que mucha gente había sido feliz hasta la tarde, cuando el contagio se disparó. Era domingo y no parecía que algo nuevo pasaría, pero consultar los anuncios clasificados siempre es buena idea y luego de encontrarse con opciones de plomería y carpintería tan útiles cuando se vive en Venecia, Ricardo Liukin se topó con una oferta que le interesó inmediatamente: La vacante de sous chef del restaurante Terrazza Danieli en el hotel Danieli en Castello. Se ofrecía un sueldo decente a condición de contar con experiencia mínima de cinco años y era imprescindible tener alguna especialidad en gastronomía mediterránea para competir.

-Mi memoria es bastante mala - dijo Ricardo para sí mismo, visualizando la entrevista y los peros que le pondrían antes de decirle que sí. También pensó en lo que sucedería si dejaba la gelateria "Il Dolce d'oro", en la reacción de Anna Berton, en lo que diría su familia y en si tendría tiempo para sí mismo porque Italia no era Tell no Tales y aún debía estudiar para conocer mejor la comida veneciana.

El sueño comenzaba a tomar forma y parte de ello era la recepción de una llamada desde el hospital San Marco Della Pietà. Ricardo optó por apartarse con tal de que Miguel no le escuchara cuando le hablaran de Katarina Leoncavallo.

-Ciao, soy Ricardo Liukin... Me da gusto hablar con usted, doctor Gatell... Sigo cansado pero no tengo congestión y hace rato dejé de estornudar... ¿Hay alguna novedad? Tengo tres pacientes y luego hablaré con mis hijos para saber cómo están... ¿Tennant no tiene fiebre? Perfecto ¿De Maeva no le han dicho?... ¿Igual que ayer? Voy a tener una preocupación... Disculpe ¿Qué puede decirme de Katarina? ¿Amaneció mejor? ¿Cuándo sale de Terapia Intensiva? Oí que pudo comer.

El señor Liukin se limitaba a enterarse que Katarina estaba por desayunar pero seguía muy débil y con su temperatura corporal apenas más baja que el día anterior, su saturación de oxígeno había registrado un ligero aumento y su humor parecía haber cambiado a uno más entusiasta. Un poco de color volvía a sus mejillas.

-No deje de informarme, por favor - solicitó un par de veces y el doctor Gatell afirmaba que lo haría mientras durara su turno. Habría una llamada a mediodía y otra en punto de las cuatro; quizás algo extraordinario ameritaría no respetar los horarios.

-Otra sirena. Que rápido llegamos al infierno - pensó Ricardo al abandonar su celular y volver a recostarse para seguir imaginando el nuevo empleo. La Terrazza Danieli era un restaurante costoso ubicado en un hotel de cinco estrellas, con buena presencia de clientes especiales y una carta más o menos ambiciosa. Se decía que los venecianos tenían que darse una oportunidad en la vida para regalarse una cena en ese lugar y la vista a la laguna era maravillosa. Pero era claro que, como otras tantas cosas de gran reputación, la fama no le impresionaba a Ricardo Liukin y seguramente, a su refinado y secreto olfato tampoco. Llegando a la postulación se daría cuenta si estaba equivocado o si su ambición se había esfumado junto con varios recuerdos. Aun tenía la sensación decepcionante de su visita al restaurante Gentile Bellini y deseaba probar que podía hacer cosas mejores. Por otro lado, la cuenta de hospedaje en el hotel Florida le daba para pensar que podía costearse alguna renta y llevaba días buscando algún departamento pequeño que no le hiciera sufrir tanto. Tal vez, el salario en la Terrazza Danieli no se haría ceniza.

Cuando la lluvia se transformó en tormenta, los gritos de los buzos y empleados del vaporetti se oyeron por toda la ciudad. Era inseguro permanecer cerca de la Laguna y la estación de buzos de la Fondamenta San Marco debió ser evacuada mientras el vendaval y la marea entraban a la plaza principal para iniciar con la inundación de Venecia y acarrear dificultades extra en el traslado de pacientes con influenza. Pronto, la planta baja del hotel Messner se llenó de agua y entonces el día se convirtió en una dificultad colectiva indeseable. El sistema de bombeo en los hospitales no sería suficiente y las brigadas de buzos debían concentrarse en ello para paliar las circunstancias lo mejor posible. Ricardo se alegró de que Miguel estuviera a salvo.

Al mismo tiempo, pero en el hospital San Marco Della Pietà, Katarina Leoncavallo percibía el sonido agresivo del viento como un murmullo hermoso. Tenía frío y se le notó en los ojos luego de que una enfermera le ayudara a colocarse una nueva bata blanca y cambiara su manta gris por una verde más cómoda. Le habían llevado un desayuno normal aunque le dijeron que estaba obligada a terminarse el pan tostado. Su mascarilla de oxígeno había sido sustituida por un tanque personal y se preguntaba si estaba mejorando luego de pasar un terrorífico primer día con influenza.

-"¿Por qué Juulia salió en horas de aquí?" - se preguntó mientras bebía un jugo y leía las anotaciones que habían colocado sobre la cabecera.

-¡No soy una paciente molesta! - gritó luego de saber que la habían catalogado como tal y del enojo, el doctor Gatell la contempló devorando un trozo de queso y salsa de tomate.

-Les dije que eres muy agradable - rió él en saludo.
-Me he portado bien.
-Claro que sí.
-No se burle.
-Katarina, no creo que te ayude este berrinche.
-¡No estoy haciendo puchero!
-Te ves con fuerza, ayer parecía que te ibas a romper.
-Está helando.
-Llueve mucho.
-¿Nos vamos a inundar, doctor?
-Estamos con el agua en el cuello.
-Miguel ha de estar trabajando.
-¿Quién?
-Mi novio.
-Ah, ese chico. Olvídalo, se enfermó.
-¿Influenza? Lo contagié.
-No creo, la infección tarda de dos días a una semana para manifestarse.
-¿Y Ricardo?
-Lo envié a casa
-¡Van a matarme!
-Katarina, no creo que estén de ánimos.
-Prometí terminar con Miguel.
-Harías bien.
-¿Por qué mintió por mí, doctor?
-Porque eres mi paciente.
-Sólo eso.
-Hagas lo que hagas, Ricardo y Miguel pelearán. No vuelvas a meterte con algún suegro en el futuro.
-¿Por qué me siento mal?
-¿Remordimiento?

Katarina no respondió y su mente quedó en blanco varios segundos. El doctor Gatell asumió que ella no hablaría más y resolvió revisarle sus signos vitales cuando volviera a recostarse. La tranquilidad quería retornar pero poco después ingresaron un par de enfermeras con el semblante entusiasta y cuchicheando sobre un paciente del quinto piso que tenía fascinadas a las mujeres del hospital.

-"Tommy sigue internado ¿Tan mal la estará pasando?" - se preguntó la joven Leoncavallo con ironía y levantó su ceja izquierda al escuchar que el tipo le había dado su teléfono a un par de chicas y le prometía un casting en Las Vegas a otra.

-"Si supieran para qué las quiere, dejarían de reírse como idiotas" - se dijo Katarina al terminar con su desayuno y pensó en cuánto deseaba encontrarse con ese hombre para saber por qué la había buscado a pesar de su riña neoyorkina. Quizás existían fantasías mutuas y a ella le sedujo pensar en el encuentro frustrado del club de strippers, en la adrenalina de excitarse en público y de rozar los músculos de semejante hombre atractivo. Pero supo luego que aquello sería muy distinto si se concretaba; que de llegar a quitarse la ropa, el tal Tommy Gunn no tomaría una larga pausa para deslumbrarse.

-"¡Rayos, estar con Ricardo se sintió tan bien!" - se reafirmó a sí misma y la culpa se le reflejó en el rostro. Por un momento, imaginó que Maurizio Leoncavallo se enteraba y Maragaglio estallaba. También creyó ver a Miguel confrontando a Ricardo con incredulidad; se imaginaba a los cuatro hombres peleando por ella pero decepcionando mínimo a tres o tal vez cuatro porque estaba segura de que alguien le diría a Marat Safin y este la rechazaría mucho más que antes. Las acciones recientes de Katarina Leoncavallo estaban marcadas por los celos y el despecho pero también por desesperación y vanidad y creyó sentir los ojos de Ricardo sobre su cuerpo antes de decirle que por el bien de todos, no volvería a verla.

-¡Me equivoqué! Debí dejar todo como estaba - le contó al doctor Gatell.
-Tampoco eras feliz.
-Pero no habría hecho tantas tonterías ¡Estoy enfadada!
-¿Con qué?
-¡Odio a Carlota Liukin! ¡Me quita a mi hermano, mi familia la adora, tiene un padre que la quiere, se quedó con Marat y Maragaglio me dejó por ella! 
-A veces creo que exageras.
-Marat me gusta mucho ¿Por qué no tuve oportunidad? 
-Herir a Carlota Liukin no te sentará bien.
-No puedo quedarme quieta.
-Eres más afortunada de lo que crees, a Ricardo y a Maragaglio les importas y aunque hayas hecho las cosas mal, alguno de ellos no te abandonará.

Alessandro Gatell consideró sonar a un romántico personaje secundario y se limitó a realizar notas sin detenerse a pensar por algo. El hospital estaba saturado y debía atender a muchas personas sin poder omitir el papeleo para lidiar con los burócratas y los sindicalistas. Muchos contagios de influenza se estaban registrando en la policía y en Intelligenza Italiana así que cabía desear que al menos los cuerpos de rescate, buzos, bomberos y la guardia marítima no se vieran tan afectados.

-Katarina, si sigues mejorando voy a pedir que te trasladen mañana al quinto piso. La fiebre es la que no se te quita, así que mandé a hacerte análisis, termina de comer y descansa - anunció Gatell al terminar de llenar unas formas. En ese instante hizo más frío.

-¿Análisis de qué? - preguntó Katarina.
-Orina y sangre. Quiero estar seguro de que tenemos un sólo problema y no dos o tres.
-¿Algo me va a doler?
-La nariz.
-Gracias, doctor.
-No me gustó tu sarcasmo.
-Lo siento.
-Es broma, Katy.

Gatell sonrió y su paciente se sonrojó por alguna razón, desconcertándolo un poco y motivándolo a verificar el estado de otros enfermos.

Mientras avanzaba el día, tanto en el hotel Messner como el hospital sucedían algunas cosas llamativas. La primera tenía que ver con los tanques de oxígeno agotados, que se habían almacenado meses atrás sin planear que llegarían a requerirse. La otra era la inquietud creciente entre los contagiados sobre la insólita fuerza de su enfermedad y cómo les devolvía y les quitaba la energía con violencia. Los delirios eran los peores tormentos y tanto Ricardo como Katarina temían experimentarlos porque sus consciencias distaban de ser inocentes. En un momento dado, ambos empleaban todo su esfuerzo en no dormir y cada uno en su lugar tenía certeza de la angustia del otro, aunque Ricardo no se sentía culpable sino cínico, como un buen patán de juventud que jamás se había ido.

Katarina en su cama sí sentía que iba a terminar confesando su fechoría apenas se recuperara y Miguel estuviera de frente. Su primer noviazgo había durado lo mismo que una pastilla de menta en la boca y todo por tonta. Había planeado ser feliz con él, desbordar todo su amor, hornearle pasteles, derramar miel, aferrarse. Tommy Gunn había sido un accidente pero Marat Safin la había devastado entre deseo y enojo incontenible y Ricardo Liukin había encendido la mecha de su pasión más corporal. Ella deseaba poner orden a sus sentimientos y recordó que Maragaglio era el otro gran culpable de su explosiva lujuria, el más ruin de los hombres en ese caos imparable. El que más la hacía sentir estúpida, rechazada y humillada, el que la había ilusionado con saciar su curiosidad sexual utilizando un beso y había huído asustado al comprobar que ella lo tomaba en serio ¿Por qué le daba tantas vueltas a ese asunto si sabía perfectamente que Marat y Maragaglio la tenían exaltada? Y de pensar que Carlota compartía un helado con su lindo tenista y sus confidencias con su precioso cuidador, sentía el ardor en el estómago. Suficiente había tenido con perder la dedicación de su hermano un mes antes. Pero ahora era tan diferente, con su cuerpo pidiendo a gritos sentir a un hombre excitado. Entonces, Katarina entendió que había infligido un golpe durísimo a Carlota Liukin en réplica sin siquiera notarlo. Y suspiró por Ricardo, por lo que le había hecho sentir, por hacerla sonreír, por provocar que olvidara sus desórdenes para concentrarse en ser sólo ella con él. 

Ricardo Liukin era igual de íntimo al respecto. Él entendía mejor la magnitud de su traición, lo que implicaba al interior de su familia. No lo lamentaba pero prefería el silencio a los gritos. Katarina Leoncavallo lo había tomado por sorpresa, le había dado la oportunidad de disfrutar su atracción secreta, de ser en la cama el tipo de hombre que había anhelado siempre, un salvaje que se topaba con una mujer que lo trataba con la misma intensidad para luego volver a ser un humano en los momentos de calma. La quería de nuevo para él y no pensaba en detenerse por nadie. Katarina representaba su sueño más profundo de pasión y cuerpo, su revancha consigo mismo luego de su letargo por viudez, la prueba de que aún seguía vivo y era ardoroso. De ahí el cinismo, su reencuentro con la parte más oscura de su personalidad: El ser malo con tal de vivir. 

-"¡Me estoy volviendo loco!" - exclamó internamente, mientras Katarina expresaba algo similar a su distancia. 

jueves, 7 de enero de 2021

La noche especial (Cuento de la Navidad Ortodoxa e inicio de la temporada diez)


París, Francia. 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo.

-Cariño ¿A dónde vamos? - preguntó Katrina cerca de la medianoche.
-Te dije que iríamos por tu hamburguesa - contestó Maragaglio mientras se vestía luego de darse una ducha. La chica apenas se ponía un suéter.

-¿A esta hora?... ¿Estás bien, corazón?
-Estoy mejor, Katrina.
-Es que te quedaste tan dormido hace rato que creí que ibas a descansar hasta mañana
-El Mckee más cercano está en la Rue d'Échelle.
-Es muy tarde.
-Quiero llevarte.

Maragaglio encontraba cada vez menos resistencia en los labios de su amante y luego de ajustar su abrigo, la observó colocarse un sombrero colorido. Ella no creía que salir fuera una buena idea, pero prefería seguirle la corriente y se permitió tomarle la mano al dejar la habitación. Desde la estancia se escuchaba el interminable llanto de Judy Becaud.

-Corazón, pasemos rápido si quieres.
-No te preocupes, Katrina.
-¿Hablarás con ella?
-No.

Maragaglio guió a la joven hacia la salida y decidieron caminar rumbo a la pirámide del Museo del Louvre, misma que resultaba más lejana de lo que aparentaba en la Rue de la Poinsettia. Nevaba calmadamente pero se podía caminar y Katrina notó que le gustaba que los copos cayeran y se posaran apenas en sus hombros mientras su chamarra le ayudaba a mantener el calor. La sensación de no estar tiritando era nueva para ella, así como la de andar en silencio sin que le molestara. Para ser un sueño, era más que perfecto.

Pero Maragaglio estaba con un ánimo pesimista aunque su rostro no lo demostraba y contaba las veces que había roto su estricta dieta en París. Por supuesto, evadía parte de su realidad con otras preocupaciones como el aumento de sus canas o si pronto sufriría calvicie, a final de cuentas nunca le había ido bien durante los viajes a Francia o no solían presentársele tantas dificultades juntas en otro lugar. La ceguera, lastimar a Katarina, enterarse de golpe sobre su origen, pelear con Carlota además de descubrir su negocio semi ilegal de diamantes y que había dormido con Marat, odiar a Marine y que el Almirante de Flota de la Marina Mundial lo quisiera matar, le habían dado los mejores elementos para contar a cualquiera si llegaba a ser un anciano. Lo increíble era que había dejado pasar las pistas sobre cada drama, como si subestimara a la gente común y corriente o muy en el fondo, hubiera esperado semejante semana tan mala y prefiriera enfrentarla de una vez. Aún no decidía como proceder pero vio a Katrina sonreír, imitándola aunque apenas tuviera ganas, preguntándose si a pesar de las circunstancias, ella disfrutaba de su compañía y llamarlo "cariño" o "corazón" había sido sincero en alguna ocasión. 

-Se ve hermoso - comentó Katrina y él continuó su paso sin agregar un gesto, intentando encontrar el disfrute, aunque todo se viera gris. Maragaglio no deseaba asumir nada durante la velada y al alcanzar el Louvre, se dedicó a besar a la joven mientras mantenía por fin la mente en blanco y el equilibrio firme.

-Maragaglio, no hagas esto... Te pido que pares - se apartó ella.
-¿Te molesto?
-No, cariño, es que te he dicho que mi boca es para mi novio.
-Lo lamento.
-No es así, corazón.
-Tienes razón.
-Me vas a acostumbrar y no quiero.
-Acostum... ¿qué? Jajajaja, Katrina, sabes que no funciona así.
-Eres adictivo.

Ella hablaba con gran seriedad y él retornó a su silencio reflexivo que le hacía parecer un niño regañado ¿Acaso Katrina le halagaba o le recriminaba? ¿Protestaba acaso? Se moría por preguntar pero la mirada lo detenía y ella lo sabía.

-Aun podemos volver y no será extraño que tengamos sexo - mencionó la joven.
-Comamos algo juntos por lo menos.
-No te sientes bien, corazón.
-Te prometí algo en la tarde, déjame cumplirlo.
-Ay, Maragaglio.
-Estoy tranquilo.
-Te siento enojado.
-No tendría ánimos para cenar.

La chica lo miró con lástima pero siguió la ruta hacia un local de la cadena Mckee cuya puerta estaba rodeada de flores muertas. El interior tenía un lindo piso de madera oscura y unas mesas pequeñas con vista a la calle mientras su letrero luminoso rosa anunciaba su servicio de veinticuatro horas y café ilimitado a partir de medianoche y hasta el amanecer. Katrina y Maragaglio agradecían que la calefacción estuviera en uso al marcar en una papeleta las características de su orden. Él quiso aceptar de una vez por todas que el tocino era su mayor debilidad y ella elegía al azar mientras a la encargada le daba risa.

-Carlota Liukin nos vio entrar, cariño.
-No es que interese, Katrina.
-Está con Maurizio.
-A ese imbécil le rompí la ceja por ti, así que tampoco importa.
-Nos están llamando.

Maragaglio suspiró fastidiado y optó por aguardar su orden en el mostrador. Anton Maizuradze, sin embargo, se aproximó para darles gorritos de fiesta y Katrina se colocó el suyo como si estuviera en tregua. 

-Lo único bueno de mi trabajo son las fiestas - mencionó mientras miraba el pastel que Maurizio Leoncavallo iba a partir de un momento a otro.

-¿Son frecuentes?
-No, quizás por eso acepto cuando me prometen ir a una.
-¿Cuál ha sido la mejor, Katrina?
-Él año pasado cumplí dieciocho y mi cliente más fiel me llevó a un club con sus amigos en Fontainebleau así que terminé muy ebria, me enfermé pero hubo destrozos, escapamos sin pagar y me quedé dormida en un sillón que alguien tiró en la calle.
-¿Te divierte recordarlo?
-Fue un buen verano, Maragaglio. Me dieron un pelotazo mientras bailaba y me aventaron champagne.
-Fue una fiesta muy cara.
-Conocí a mi novio ahí.
-¿Qué estaba haciendo?
-Dejó las bebidas con su camión.
-Si un día se porta como idiota, avísame.
-¿Por qué?
-Sólo házlo y lo arreglaré.

Como si recibiera una descarga ligera, Katrina sintió cierto cosquilleo en su columna vertebral y sus rodillas querían arrojarla al piso sin dejarla levantarse. Iba a maldecir al hombre que estaba frente a ella, pero Maragaglio era más atento a buscar lugares distantes de Carlota Liukin y no advertía gran cosa. La joven entendió que podía frenar en ese segundo y se entretuvo mirando la cocina del lugar con la fascinación que el hambre provoca durante una racha en que es posible aplacarla.

-Katrina y Maurizio - pronunció la empleada que los atendía y ambos tomaron sus charolas de plástico con idéntico gesto, aunque a ella la detuvo el tenue reflejo en un cristal rayado. Katrina pudo apreciar a su amante formando una hermosa imagen que amenazaba con atraparla. 

-"¿Quién eres? - se intrigó en silencio y tuvo el tino de voltear hacia su comida para distraerse de nuevo en algo menos problemático.

-¡Ven Katrina, te aparté un asiento! - exclamaba Anton Maizuradze y la chica se adelantó para entrar en el ánimo de la fiesta de inmediato. Alguien le sopló con una serpentina para darle la bienvenida.

-Creí que no vendrían - reprochó Carlota Liukin.
-Te habría encantado y mi trabajo es arruinarte - contestó Maragaglio.
-Éramos felices sin ti.
-Con gusto me voy.
-Gracias.

Maragaglio dio la media vuelta pero Maurizio Leoncavallo no permitió que se fuera, recordando que en ese festejo estarían en paz. A esas alturas, los amigos de Carlota Liukin encontraban parecidos a los que no les habían prestado atención y ahora sabían que Maragaglio y la misma Carlota fácilmente podían ser la misma persona si un día cambiaban lugares.

-Es mi cumpleaños y esfuércence porque no acabe mal - regañó Maurizio y enseguida sonrió para alentar a los demás a abrir sus cajas y comenzar a comer. Katrina de inmediato se fascinó al probar una papa frita con pimienta y Carlota y Maragaglio se miraron confusos al notar que habían escogido los mismos ingredientes para una hamburguesa triple e idéntica bebida de melón.

-¿Cantamos "Feliz Cumpleaños" o no? - consultó Maurizio y el grupo respondió que no pero la pequeña Amy de inmediato sacó un paquetito envuelto en papel verde brillante.

-Gracias por el regalo ¿Me dejan verlo?... ¿Un suéter?
-Carlota me ayudó a escogerlo - dijo la niña.
-Muchas gracias ¿Algo más?
-Tengo una pluma para ti - añadió la joven Liukin.
-La envolviste, te lo agradezco... ¿Cómo sabías lo que quería?
-No tenía idea, sólo se me ocurrió.

Las risitas empezaron a aparecer y al intentar probar su hamburguesa, Katrina no pudo sostenerla, así que la carne y demás ingredientes se le cayeron.

-Me llené las manos de salsa - se rió ella.
-No te preocupes, tengo los dedos llenos de grasa - replicó Maragaglio.
-Manché mi blusa.
-Mañana iremos por otra... ¡Te pusiste roja!
-¡Ay, no!

Todos continuaban con su gran carcajada mientras el restaurante se vaciaba y acaso entraban los empleados del servicio de limpia por generosos vasos de café. Nevaba tan despacio que nadie reparaba en cómo la capa blanca se iba haciendo más espesa en el suelo.

-Una vez mi abuelo me preguntó que quería de cumpleaños y se negó a comprar hamburguesas, entonces Maragaglio me llevó a escondidas al día siguiente - evocó Maurizio.
-Eras un niño de siete años.
-Eres tan viejo.
-¡Siempre me ha llamado "viejo"! Déjame en paz, jajajaja.
-Maragaglio era el primo divertido.
-Era rockero y joven.
-Pero nació Katarina y te volviste aburrido.

Se suscitó un breve silencio y Katrina volvió a ver con detenimiento a Maragaglio.

-Tu hermana necesitaba los cuidados de cualquier bebé y Susanna y yo hicimos lo que se pudo.
-Yo siempre estuve para Katy.
-Pero eras un niño, Mauri. Alguien debía librarte del abuelo.

Todos fingieron que la cena seguía en paz y Katrina levantaba los trozos de carne que podía mientras Anton Maizuradze y David Becaud le enseñaban a rearmar su hamburguesa y le sugerían maneras de agarrarla. Su rostro de primeriza causaba mucha ternura y la mancha de mostaza en su nariz era coqueta, ocasionando que Maragaglio le diera un beso encantador.

-Esto es tan raro - comentó Carlota.
-No le digas a Susanna - solicitó Maurizio Leoncavallo.
-Mi boca no es tan grande.
-Ella es linda.
-¿Susanna o Katrina?
-Katrina.
-¿Por qué Maragaglio y tú no se llevan bien?
-Tenemos diferencias por Katy. Maragaglio siempre fue o intentó ser una clase de papá y ahora quiere seguir mandándonos.
-Yo creí que era mi padre.
-¿Enloqueciste, Carlota?
-Tiene una foto con mi mamá.
-Eso no significa nada y menos ahora que soy tu tío.
-Maragaglio y mi papá van a estar felices, no sabes.
-¿Qué hay de ti?
-¿Le llamaré hermana a Judy alguna vez? 
-No si no te nace.
-Entonces me lleva la cachetada.

Carlota dio el sorbo a su bebida mientras pensaba en que Maragaglio se sentía peor que los demás y había recibido las noticias más atroces. Por lógica limitación por la edad, la joven no comprendía cómo se podía disfrazar la frustración y la rabia con la careta de la seducción. 

La noche era linda y luminosa y los presentes siempre la recordarían cuando quisieran estar solos, por destrozados que estuvieran. 

-No sé comer - admitía Katrina luego de su último intento por sostener algo de pan y preguntar si le darían pastel. Maurizio Leoncavallo admitiría que había conseguido tal postre con un relleno salado y el contraste entre la crema de mantequilla y un tocino pulverizado impulsó numerosas bromas sobre si Carlota podría comerlo en un concurso. Maragaglio admitía ser capaz de retarla.

-Cariño ¿Así se siente estar con una familia? - consultó Katrina.
-Es parecido - dijo Maragaglio.
-¿Celebras así con tus hijos y con tu esposa?
-Son cosas más pequeñas, comida en casa. No creo que entiendan muy bien de qué se trata o tal vez sólo mi hijo mayor.
-¿Te quieren?
-¿Los niños? Aún no tienen edad para odiarme.
-¿Tu esposa te ama?
-Sí.
-¿La amas?
-¿A Susanna? Nunca lo he sabido.
-¿En serio?
-Cuando me di cuenta, no me imaginaba sin ella.
-Es que amas tanto a otra mujer, que cualquiera reventaría de celos.
-Dejé ir a Katarina.
-Corazón ¿lo hiciste?
-Prefiero quedarme sin ella a hacerla gastar su juventud. Y deseo estar contigo antes de volver a casa.
-Maragaglio, no me beses.
-No lo haré.
-Déjame consentirte, cariño, quiero ser yo quien te bese.

Katrina sujetó el rostro de Maragaglio y rozó sus labios apenas, saboreando el peligro de dejarse llevar por ello. Nunca había sentido a un cliente apasionado como él, ni había encontrado a ese hombre con el que le fascinara estar, ni siquiera se había sentido parte de alguien y ahora estaba frente a él, convertido en amante. 

-El martes tomo un vuelo pero estaré de vuelta, mujer.
-Yo veré a mi novio.
-¿Aceptas ir conmigo a Helsinki?
-Cuenta conmigo, corazón.

Ambos se sonrieron y abrazaron antes de reintegrarse a la fiesta y también cooperaron con la diversión y las canciones mientras el tiempo pasaba en cámara lenta. Lo ocurrido era tan íntimo, que Katrina casi lloraba de felicidad. 

jueves, 31 de diciembre de 2020

Los Leoncavallo y los Liukin (Final de temporada)

Créditos de la imagen: Vivre Paris Magazine.

Sábado, 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo. París, Francia.

 -Bien, hice lo que me pidieron. Hablé con su esposa - anunció Marine Lorraine al salir de una cabina telefónica en la Rue de la Poinsettia, a unos pasos del bistro "La belle époque". Courtney Rostov-Diallo, Madice Lison Hubbell y Kleofina Lozko la rodeaban con interés.

-¿Qué te dijo? - preguntó Courtney.
-Que soy una maldita zorra - replicó Marine.
-Ouch, lo siento.
-¿A qué más me van a obligar ustedes tres? Más bien cuatro ¿porque tienen a su amiga en el teléfono, verdad?
-Quizás Eva nos apoya a la distancia.
-Su amiga chismosa no tiene mejores ideas que ustedes.
-¿Qué pasó con esa llamada a Venecia?
-¿Tengo que explicarles todo, Courtney?
-Si Maragaglio no deja en paz a los Liukin, te arrancamos el cabello.
-¿Por qué tengo que hacer esto?
-Porque tú eras cómplice de ese idiota.
-Yo no sé para qué los quería.
-Pero tú los encontraste.

Marine movió los brazos para reforzar que no tenía idea y prefirió asomarse por el ventanal de "La belle époque" para constatar que el personal trabajaba.

-El servicio inicia en unos minutos - dijo el chico que escribía el menú en la pizarra y todas actuaron amablemente, sobretodo Marine, cuya sonrisa fingida tenía cierto aire de sinceridad. 

-Nos siguen, muévanse - hizo notar la mujer de repente.
-¿Qué sucede? - curioseó Kleofina.
-Es Sergei Trankov, lo vi.
-¿Trankov? Qué bueno...
-¡Que camines!
-No lo veo por ninguna parte.
-Está escondido arriba de nosotras. 
 
El grupo se disponía a seguir a Marine cuando sonó una campanita y alguien salió a anunciar que el bistro "La belle époque" estaba listo para recibir a sus comensales. Madice Hubbell creyó que no tenían opción y entró al local mientras tiritaba de frío.

-¿Qué rayos haces? - regañaban las demás.
-Tengo frío y he pasado todo el día despierta desde que nos escapamos de Tell no Tales ¿Puedo comer algo por lo menos? Además, ya estamos aquí ¿O van cambiar el plan?

Courtney se llevó la mano a la cabeza pero tomó una mesa y las demás se ubicaron junto a ella. Un ingenuo mesero se acercó con la carta y les anunció el desayuno del día.

-Tenemos croissants con chocolate, ensalada de frutas, jugos de tomate y naranja y hay sopa de cebolla con pan de la casa.

Las mujeres volvieron a sonreír forzadamente y Madice ordenó un plato de sopa en el acto. Las demás le siguieron la corriente y sólo Marine se quedó en silencio luego de aceptar apenas un café.

-"No debí venir, mi boda es en dos semanas y con este viaje voy a faltar a la charla prematrimonial" - pensó ella mientras notaba la gran foto de Kleofina Lozko al otro lado del ventanal y se preguntaba por qué ninguna le prestaba atención. Luego se acordó de que el día anterior, Courtney y sus amigas la habían raptado para tomar el tren y una de ellas había concretado el agotamiento de sus ahorros para el vuelo más próximo a París. Marine se había dedicado a realizar varias llamadas a sus antiguos contactos en Intelligenza Italiana y había tenido que anunciarle su boda a personas de las que apenas se acordaba para poder llegar ahí, a "La belle époque" y descubrir por qué Maragaglio continuaba siendo un obsesivo de la familia Liukin y de paso, volver a verlo para saber si amaba a un recuerdo o la pasión era abrasadora como a sus veinte años. Alguna vez habían estado juntos en esa ciudad y ella no recordaba ni las calles ni los paseos, pero si el cuerpo de él y cómo la hacía sonreír.

-¡Marine, agacha la cabeza! - dijo de repente Kleofina.
-¿Qué pasa? Perdón, me distraje.
-¿No te habían dicho que Maragaglio estaba en otro lado?
-¿Dónde viene?
-En las escaleras del fondo ¡que no te vea!
-¿Con quién está? No creo que ande solo.
-Alcanzo a ver a una chica de pelo negro.

Marine ocultó su cara y por el reflejo quiso entender la situación. Fue entonces que confundió a aquella chica desconocida con Katarina Leoncavallo y prefería no escuchar de lo que hablaban. Por la forma de tratarse, era evidente que ambos sostenían una aventura.

-Marine ¿todo bien? - consultó Courtney.
-Está con Katarina.
-No hay tiempo de llorar.
-Todo lo que me dijo en Venecia era verdad.
-Olvídate de eso ¿Recuerdas el plan?
-Recuperar el sobre con el ADN y evitar que Sergei Trankov lo vuelva a robar.
-Explícame algo: ¿Por qué investigaste a Maragaglio?
-Él estaba buscando a su padre y se me ocurrió mandarle a hacer un rastreo, Thorm Magnussen lo robó y cuando el Gobierno Mundial lo quiso recuperar, Trankov se apareció y se llevó todo.
-¿Cómo sabían de ese sobre?
-Le pedí el trabajo a un laboratorio secreto pero yo no sabía que el encargado era Magnussen. Era un análisis con las ramificaciones familiares de un banco ruso de muestras.
-¿Un qué?
-Los rusos guardaban ADN de millones de personas, no se cuántas. Sufrieron un problema grave que echó a perder su depósito y lo que cuenta es que tomé una copia del historial de Maragaglio pero Thorm Magnussen escapó de un tren con Trankov y la otra que quedaba.
-¿Qué le pasó a la tuya?
-Cometí un error.
-¿Dónde están tu valiosos papeles, Marine?
-¿Creen que pueda detener a la paquetería exprés?
-¿Tu qué?
-Le envié todo a la esposa de Maragaglio.
-¡Eres una idiota!

No hubo manera de reclamar cuando Maragaglio abandonó el lugar del brazo de su acompañante y Marine no resistió la tentación de verlos a través del cristal. La pareja coqueteaba abiertamente y él hablaba al oído de esa chica antes de darle su tarjeta de crédito y un beso apasionado que la sonrojaba y la hacía sentir muy hermosa. 

-No hagas eso, Maragaglio se daría cuenta de que estás aquí - aconsejó Madice y el grupo siguió quieto al distinguir a Carlota Liukin y Maurizio Leoncavallo abandonando el lugar para irse a Bércy. 

-Courtney ¿todo bien contigo? - continuó Kleofina.
-Descubrí que no siento nada.
-Menos mal.
-Maurizio no es tan guapo.
-Al menos tenemos una mujer consciente aquí - remató la propia Kleofina al cruzarse de brazos y mirar a Marine perdiéndose ante la presencia de Maragaglio

-Esto no va a funcionar - dijo Madice.
-¿Qué harás? - preguntó Courtney.
-Iré por los documentos ¿Alguien imagina en donde pueden estar?
-Sabemos que Trankov se los dió a Maragaglio. Marine ¿en dónde está la habitación de ese tipo? ¡Oye, despierta! ¿Marine? ¿Estás aquí?
-No le insistas, no puede ni hablar.
-¡No vayas, Madice!
-Alguien debe encargarse y no hay plan B.

La joven Madice se levantó para dirigirse a la escalera y por poco lograba su objetivo cuando topó al mismo Maragaglio de frente. Aquél le sonrió y ella fingió que buscaba el tocador, así que un mesero se acercó para auxiliarla. 

-¿A qué rayos regresó? - murmuraban las demás tratando de ocultarse, pero él volvió a retirarse velozmente y no sabían si respirar de alivio o dejar el asunto en paz.

-Sí nos vamos, será mejor para todas - concluyó Marine antes de cubrir su rostro con las manos y sentir una enorme vergüenza por el plan fracasado. Su única esperanza era que él no la hubiera visto y al observarlo contestar su celular, se dio cuenta de que estaba trabajando en algún asunto que lo tenía preocupado.

-Me reconoció - descubrió Marine y él volteó a su distancia, dedicándole un gesto de sorpresa y cansancio, pero no de desprecio.

-Hay que abortar misión, muchas gracias, Marine - reprochó Courtney.
-Perdóname.
-¡No lo veas! 
-¿Nos podemos ir?
-¿Le dejarás el sobre?
-¡Él sabe de nosotras! Perdimos, vámonos.
-¡Por lo menos acaba con tu café! Desperdiciamos demasiado con este viaje.
-Uno que no debimos hacer.
-¡Tu ex novio idiota se está pasando de la raya con una familia! 
-Es su trabajo.
-Comienzo a entender por qué te botó.
-Courtney, tú no sabes de lo que hablas.
-¿Qué hay en el sobre?
-Nada que te importe en realidad.
-Nos hiciste perder el tiempo, Marine.
-¡Ustedes lo perdieron solas! ¿Creías que después de raptarme, las iba a ayudar?

Marine Lorraine se rindió sobre la mesa y Kleofina Lozko colocó una mano sobre su espalda en un intento pequeño de consuelo.

-¿Leíste ese informe de ADN, Marine? - añadió Courtney.
-Todo - respondió aquella con tono pagado.
-¿Maragaglio sabría de qué va el asunto si lo revisara?
-No sabe nada.
-¿Ni un poco?
-No sospecha de los Liukin como su familia.
-No es cierto.
-Maragaglio no imagina ni un poco.
-¿Por qué los buscó?
-Nunca me contó pero el apellido le pareció llamativo y los hallé por él.
-Se va a enterar de todo cuando hable con su esposa.
-¡Yo quiero que este asunto acabe de una maldita vez!

Marine se levantó y salió del lugar sin que nadie le siguiera. Madice alcanzó a sentarse de nuevo y terminar con su plato mientras Kleofina y Courtney se quedaban en silencio.

Desde que inició la tarde, Marine Lorraine se dedicó a caminar por París, a tratar de ubicarse, a dormir en una cama del hotel al que había ido con Maragaglio alguna vez. Encontrarlo le resultaba doloroso, sobretodo porque Katarina estaba con él. De la impresión, no se había dado cuenta de que no era la misma mujer, que ese hombre continuaba viviendo un sueño que consideraba inalcanzable. Pero sus ojos contemplándola en el bistro la hacían feliz. Maragaglio había cambiado su peinado, se notaba más delgado y su voz era más bella. Marine tuvo la certeza de que, si un día volvían a convivir, iba a enamorarse aún más.

-Debo recuperar esos papeles - sentenció luego de unas horas y se levantó deprisa sin avisar a las demás. Aquello se convertía en una prueba de honor y luego de llamar a sus contactos para detener el paquete con destino a Venecia, se fue a la Rue de la Poinsettia con tal de colarse y buscar un sobre grande por cada habitación que existiera. Un taxi llegó a su auxilio a la hora acordada y Courtney tuvo la sensación de que debía correr detrás cuando notó su ausencia.

La vida es una sucesión de momentos específicos el día que se afecta a los demás. Lo único que queda en la memoria es haber ido y venido sin reparar en obstáculos, con el impulso de corregir o de caer, perdiendo las demás escenas sin encontrar un nexo entre ellas. Marine Lorraine había cometido la torpeza de enfurecer después de que Maragaglio se negara a contestar sus llamadas y el sobre con la verdad era su venganza ante él y ante Susanna Maragaglio, que tendría que lidiar con el precio de la revelación. También se había dejado forzar a ir a París para huir de su familia y volverse loca mientras veía a los demás arder y odiarse. Pero con el remordimiento no se juega y al arribar a "La belle époque" a las cinco de las tarde, la mujer supo que debía seguir las indicaciones de Sergei Trankov, mismo que pasaba la jornada en el techo, con su eterna labor de vigía. Él mismo le ayudó a subir por la escalera de servicio hasta el segundo piso y la introdujo al dormitorio de Maragaglio, sin mediar palabra.

-¿Por qué me ayudas? - curioseó, pero él la dejó frente a la cajonera donde descansaba el sobre, así que lo tomó, aunque aquello coincidiera con una escena de pelea en la estancia. Estaba entreabierto, así que ella distinguió a la falsa Katarina intentando persuadir a Maragaglio de no irse a los golpes con su primo Maurizio.

-¡No le vas a faltar al respeto a Katrina, infeliz! - gritaba Maragaglio, Carlota Liukin y sus amigos no sabían donde meterse, el escándalo se escuchaba por todas partes y a Marine le comenzaba el dolor de oídos cuando Judy Becaud salió del baño, descubriendo a la intrusa en el acto.

-¿Quién es usted y que hace aquí?
-Es Marine y trae algo para ti, Judy - Tomó Sergei Trankov la palabra.
-¿Algo mío? ¿Es importante?
-Si ella no te da ese sobre, te enterarás de todos modos. Ella mandó la misma información a Venecia y aunque trató de cancelar la correspondencia, alguien del Correo Exprés llamó a Maragaglio y él dio instrucciones de continuar la entrega. Marine, le das esos documentos ahora a la señora Becaud o en serio, no te dejaré escapar... Por cierto, me alegra que te hayas ido de los servicios de inteligencia, cometes errores de novata.

La joven se paralizó un momento y Judy Becaud agarró los papeles con la intriga sembrada en la cabeza. Marine huyó apenas la otra inició la lectura.

-¡Ay, me están mintiendo, no es cierto! - exclamó Judy al entender qué estaba ante sus ojos. Parecía que iba a desmayarse.

-Trankov ¿qué es esto? ¡Explícame! 
-Un árbol genealógico, cortesía del Gobierno Mundial.
-¿Quién era esa mujer? ¿Por qué tenía esto?
-Judy, ahora sabes la verdad.
-¡No puedo tener tres hermanos!
-Maragaglio no quiere conocer nada.
-¿Cómo lo consiguieron?
-Fui yo.

Judy Becaud se llenó de furia y atravesó la puerta, parando el espectáculo de golpes con una contundente cachetada a Maragaglio y aventando sus análisis al piso.

-¡Deseo que usted se vaya al infierno! - gritó ella.
-¿Por qué entró a mi habitación?
-Porque necesitaba pasar al baño y usted es un animal y un imbécil que está haciendo un carnaval en mi casa desde que llegó ¡Púdrase y lárguese, Maragaglio!
-¿Qué le sucede?
-¡Ojalá se muriera de la vergüenza!

Maurizio Leoncavallo sostuvo a Judy junto a Jean Becaud y Carlota Liukin levantó del suelo los documentos junto a sus amigos, pero a Anton Maizuradze le ganó la curiosidad y al distinguir el nombre de Ricardo Liukin, no evitó mostrarle a su amiga.

-¿Qué es esto? - preguntó Carlota y juntó cuánto papel había, llevándose una de las grandes conmociones de su vida.

-Muérete, Maragaglio - musitó..
-¿Ahora qué hice?
-¡Siempre supiste! ¡Sólo muérete!
-¿A qué te refieres?
-¡No te me vuelvas a acercar!

La chica le entregó a Maragaglio el informe aquel y se alejó llorando. Él no agregó más y como deseó comprender los motivos del rechazo, escudriñó cada página, percatándose de que habían violado su intimidad y Sergei Trankov tenía que ver.

-¿Por qué abrieron esto? ¿Quién les dio permiso de meterse con mis cosas? - reclamó.
-Yo sólo soy el mensajero - señaló Trankov.
-¿Es un montaje?
-¿Qué ganaría con eso?
-¡No puede ser cierto! ¡Ellos no son...! Carlota no.
-Maragaglio, sé que tú no querías enterarte pero Judy Becaud tenía derecho a saber de dónde viene.
-¿Tú le diste el sobre?
-En realidad, fue Marine.
-¿Marine? 
-Ella te mandó investigar y tuviste la suerte de que Thorm Magnussen se dedicara a encontrarte los parentescos.
-Yo no puedo ser... ¿Mi abuelo me odió por esto? 
-Le avergonzaba, tal vez.
-¡Yo soy inocente! No quise saber, no me hacía falta. Yo...

Maragaglio se derrumbó frente a Katrina y Maurizio recogió el desastre faltante, descubriendo que Judy Becaud era hija de Ricardo Liukin y a su vez, este era hermano de Maragaglio. El impacto, sin embargo, era más fuerte, porque de acuerdo al informe, Lía Leoncavallo no sólo era abuela suya; también lo era del mismo Ricardo y de Lorenzo y Gwendal Liukin. Aquello lo volvía a él y a Katarina primos directos de la familia Liukin y Carlota y sus hermanos pasaban a ser su sobrinos. Pero el papel más importante lo dejó estupefacto. Maragaglio siempre había sido el primo bastardo, el indeseable y al mismo tiempo, el obligado a ser el fuerte para soportar el peso de la familia entera. En un segundo, Maurizio Leoncavallo conoció el por qué.

-Tus padres son hermanos.

Maragaglio apenas lo miró.

-¿Cómo se llama ese maldito?
-Maragaglio ¿estás seguro?
-¿Seguirá vivo? Mi madre debió sentirse tan apenada.
-Él es Goran Liukin Jr. y es hijo de la abuela Lía.
-¿Mis padres me abandonaron por eso? ¡El abuelo hizo de mi vida un infierno por su culpa! ¡Me dejaron solo! ¡Me hicieron hermano de un hombre que también me odia!
-¡Maragaglio, cálmate!

Como si volviera a ser un niño, Maurizio Maragaglio mordió sus nudillos y miró alrededor para buscar un sitio en el cuál esconderse, hallando los brazos de Katrina.

-Cariño, llora lo que necesites - dijo ella y aquél le hizo caso por unos minutos, aunque sabía que los demás lo contemplaban desde los otros cuartos.

-Trankov ¿Quién consiguió esta información? No mientas - reaccionó de repente.
-Te he dicho que Marine Lorraine. 
-¿La conoces?
-De vista.
-¿Conocías cada detalle, imbécil?
-Es mi trabajo.
-De acuerdo. Marine me la va a pagar.

Maragaglio se soltó de Katrina con el rostro serio y enseguida, se dedicó a realizar un sinfín de llamadas a Intelligenza Italiana para conocer el siguiente movimiento de Marine Lorraine. Los nombres de sus acompañantes de viaje, su última cuenta saldada, el número de la habitación donde se hospedaba en París y la fecha y lugar de su boda salieron a relucir, así como detalles de su prometido, la etiqueta de su vestido de novia y su itinerario prematrimonial.

-Así que tengo dos semanas.
-Cariño ¿qué estás pensando?
-Katrina, nunca me preguntes algo cuando esté enfadado.

Maragaglio se notaba lleno de ira y enseguida se comunicó a casa, enterándose en el acto que su esposa había recibido la correspondencia de parte de Marine pero también había conversado con ella. Susanna Maragaglio se oía destrozada y aquello acabó con la paciencia que ese hombre se había esforzado por guardar. 

viernes, 25 de diciembre de 2020

Las pestes también se van: El cuento de Navidad

Venecia, Italia. 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo.

Cerca de la medianoche y luego de tomar dos dosis de antiviral, Ricardo Liukin empezó a sentirse mejor. Su asiento en el hospital de San Marco Della Pietà no era tan incómodo como había creído al principio y no decidía entre irse o aguardar al amanecer luego de informarse sobre su hijo Tennant, internado en el sexto piso; su novia Maeva, que descansaba en el quinto nivel y Katarina Leoncavallo, aún delicada en Terapia Intensiva. A su lado se encontraba Miguel, mismo que comenzaba su propia experiencia con una congestión nasal fuerte.

-No entiendo cómo puede escurrir tanto moco - se quejaba el joven.
-De eso se trata estar enfermo - replicó Ricardo.
-Estoy muy cansado ¿Es normal que me molesten los ojos?
-Miguel, todo tiene sentido.
-¿Así se siente estar muy mal? 
-¿Tomaste la medicina?
-Creo que necesito más.

Ricardo respiró profundamente y recargó su cabeza en la pared. Poco después, un médico de guardia le envió a casa y aunque no deseaba irse, accedió para poder descansar y aislarse. Dejando sus datos para que lo pusieran al tanto de cualquier acontecimiento, el hombre notó que no tenía forma de volver al barrio Cannaregio y que el cercano hotel Messner era utilizado para hospedar a los pacientes moderados. Una enfermera le entregó un par de formas para que le dejaran pasar.

-¿Quién va a pagar la estancia, señorita?
-A los pacientes los cubre el seguro de viajero si son turistas.
-Soy residente extranjero.
-Creo que le harán cubrir la cuenta.
-¿Por qué no me sorprende? Así son las cosas ¿Cuánto le debo al hospital?
-Nada, señor.
-¿En serio?
-¿El chico es buzo, no?
-¿Conocen a Miguel?
-Él tiene servicio médico como prestación laboral y su familia también.
-Miguel va a matarme.

Ricardo Liukin palideció más y se cruzó de brazos luego de firmar su salida y pensar de nuevo que había traicionado a su hijo. Por su cuenta, Miguel intercambiaba sus prescripciones médicas y cualquiera que le veía le deseaba que se recuperara pronto. Como los buzos eran muy queridos, el joven recibió una cajita con cubrebocas y le colocaron uno que le hacía ver la cara más amigable. Luego se acercó a su padre para emprender camino.

-¿Por qué vienes tapado?
-Me han dicho que así no contagiaré a nadie, papá.
-Creo que te haré caso.
-Toma, son bonitos.
-¿Qué dices, Miguel? Cubrirse el rostro no es agradable.
-Yuko a veces lo hace.
-En su cultura ha de ser normal.
-No parece mala idea con los enfermos.
-Me urge dormir, vamos.

El señor Liukin hablaba de mal humor y salió a la calle mirando al suelo, caminando como si los pies le pesaran. Alcanzó a ponerse su abrigo gris cuando una llovizna inició, notando que ni siquiera había llamado a casa para saber si su hijo Andreas estaba con Adrien o Yuko había adquirido suficientes víveres. Tampoco imaginaba las noticias y le sorprendió ver una pantalla afuera de una farmacia en la que los empleados de una estación de góndolas se iban enterando de las restricciones al transporte a iniciar inmediatamente. 

-Parece grave - dijo Miguel.
-Vamos a descansar y luego pensamos en cómo volver a casa - replicó Ricardo. El hotel Messner estaba detrás de una puerta de madera vieja y apenas estaba señalizado, aunque por el servicio que daba esa noche, había un médico a la entrada que iba ubicando a los enfermos con ayuda del recepcionista.

-Ciao, nos enviaron del hospital para acá - inició Miguel.
-¿Puedo ver sus prescripciones?
-Claro, mi padre se las da.
-¿Eres buzo, ragazzo? Qué suerte, te atenderán primero en cualquier emergencia... Te daremos una habitación para dos personas y por favor, no salgas una vez que entres. Le recomiendo a los dos que tomen una ducha y cámbiense de ropa, nosotros nos encargaremos del resto ¿Han comido algo?
-No que recuerde.
-Veremos qué hacer, tomen la llave de esta bandeja y mañana alguien los evaluará.
-Grazie molto.
-Buona notte.

Miguel le dio una pequeña palmada a Ricardo y se ocupó de guiarlo por la escalera hasta un cuarto pequeño en un nivel que aún no estaba lleno. La ventana daba hacia una piscina y luego de cerrar, ambos notaron que afuera alguien limpiaba el pasillo.

-Oye, Miguel, haré lo que nos pidieron de bañarnos. Regreso en unos minutos - anunció Ricardo al notar una bata de enfermo sobre una de las camas y saber que abandonar su ropa no era opcional, aunque lo disfrazaran de lo contrario. A esa hora, su sentido del olfato había vuelto y se precipitó a encerrarse en la regadera, prácticamente agradecido de que su hijo no pudiera notar que sucedía algo extraño. El olor de Katarina Leoncavallo estaba impregnado en su camisa, en sus pantalones, cubría su cabello y se concentraba en su pecho con bastante fuerza. Miguel también había llevado parte de ese hermoso aroma algunas veces y en casa se reconocía fácilmente.

Mientras se duchaba, Ricardo pensó mucho en lo sucedido en Lido con aquella mujer y le era complicado de creer con su belleza, lo apasionada que había demostrado ser, lo desinhibida y alegre a cada minuto. Nunca se imaginó rebasar su límite moral de esa forma y se redescubrió como egoísta y traicionero. Nunca más podría juzgar a Maragaglio ni a nadie sin la sensación de haber cometido un acto más ruin aunque ¿cómo lo sabrían los demás? Si no le contaba a nadie, entre Katarina y él existiría un secreto. Un secreto con la mujer que más le había atraído en la vida.

Ricardo Liukin tenía que recuperar el sentido a pesar de todo y recordó que Miguel merecía estar libre de engaños. Katarina después de todo no era confiable y su confidencia sobre Maragaglio en París evidenciaba más su inestabilidad. Partirse en dos, como hombre y como padre era hipócrita pero asumir alguno de los papeles era pertinente debido a las consecuencias y el abrazo que su hijo adoptivo seguramente necesitaría si su novia cumplía su parte del trato y se alejaba de él.

Al volver con Miguel, Ricardo se quedó callado un largo rato y se colocó en una cama, a la espera de la cena. El muchacho estaba más que cansado e impresionaba su manera de gastar pañuelos.

-Nunca me había enfermado, papá - confesó Miguel.
-¿Seguro? 
-No sabía que era un dolor de cabeza.
-Alguna vez te iba a pasar.
-¿Quieres que le llame a Carlota?
-¿Traes celular?
-No te encontraba desde ayer.
-Tuve unas cosas que hacer.
-Gracias por ayudar a Katy.
-No me agradezcas, Miguel.
-No sé por qué no me dijo que se sentía mal.
-Fue de repente, la escuché cuando comentó que no respiraba bien y tuve que llamar a la ambulancia.
-¿No te habían avisado en el hospital?

Por un momento, Ricardo Liukin creyó que su mentira sería descubierta.

-Katarina te estaba buscando, Miguel. Yo le sugerí por teléfono que consiguiera un médico pero la oí mal y preferí ayudarla. Ella dio mi referencia porque bueno, oíste al tal Gatell, nadie en su familia contestó por ella.
-Gracias, papá.

Miguel limpió su nariz de nuevo, molesto por su enrojecimiento y porque sus ojos lloraban de repente. 

-Todo estará bien mientras no tengas fiebre.
-Papá, esto es muy loco pero creo que estoy feliz de que enfermáramos juntos.
-¿Por qué?
-No te tienes que preocupar por los demás hoy.
-Al contrario, Miguel. Hoy debo angustiarme, no sé que han hecho tus hermanos en todo el día y tampoco he llamado a París para que Carlota me cuente otra de sus aventuras.
-Hablé con Andreas en el hospital.
-¿Él está bien?
-Tuvo que salirse pero creo que no se contagió.
- Me tranquilizaría mucho eso.
-Yuko se quedó con Adrien.
-Voy a comenzar a apanicarme. Miguel, no te comprometas con hijos.
-Jajaja, no es tan malo.
-¿Que no? Intenta pagar las cuentas de ropa, comida y cosas que no son tuyas y luego me dices. Además, no puedes confiar en nadie para cuidar de los niños, ni siquiera en tu sombra 
-¿Somos tan malos?

Ricardo empezó a reírse.

-Son una plaga, Miguel ¿Sabes que empecé a rezar por culpa de Andreas? Y tú saliste igual, así que suplico porque no se les ocurra ahogarse mientras trabajan.
-No soy surfista.
-Con ser aprendiz de buzo, basta... Me preocupa el futuro de Tennant, tiene talento pero no es listo y ni hablemos de Carlota porque me asusto el doble.
-¿Por?
-¡Le gustan los tipos tatuados y con motocicleta! 
-No es cierto.
-Marat, Joubert y Trankov tienen pintadas cosas y tu hermana cree que no me di cuenta.
-¿Por qué es malo un rayón en el cuerpo?
-Si ella se hace uno, me mato... Es que le gustan esos tipos un poco malos y mientras ella los ve lindos, yo identifico a Sal Mineo peleando en una película.
-¿A quién?
-Soy viejo, Miguel. He hecho tantas locuras en mi vida que apenas me doy cuenta de lo aterradoras que son cuando veo a todos ustedes crecer.
-Siempre dices que eras un rufián.
-Me divertía con las camisetas mojadas en las fiestas ¿Crees que me gustan ahora?
-Sí.
-Pero odiaría que ustedes... Lo odiaría.

Miguel guardó silencio para intentar entender qué le sucedía a su padre.

-El abuelo me regañó sin descanso, me decía "eso no se hace" y siempre le respondí que yo era joven. No hubo día que no me llamara estúpido y no entendí hasta que me dediqué a cuidar de mis hijos. Fui irrespetuoso, definitivamente lastimé personas y sigo tomando decisiones que lamento mucho.

Ricardo se había sumergido en la melancolía y le asustaba dejar de sentirse culpable pero entre más vueltas daba su cabeza, más gratitud encontraba en la evocación de los besos de Katarina Leoncavallo.

-Quiero preguntar algo.
-Adelante, Miguel.
-¿Por qué odias a Maragaglio? 
-¿Qué tiene que ver?
-¿Te recuerda a ti?
-Cuando yo tenía veinte años.
-Lo veo claro.
-Él se niega a envejecer y respeto eso; es sólo que crecí antes y de pronto no sé, me molesta su inmadurez. 

Miguel se rió y pese a sentir que dormía, se metió a la ducha. En tanto, Ricardo resolvía envolverse en las sábanas que tenía y se dio cuenta de que llevaba un largo rato abrazando la almohada, anhelando no estar solo mientras contemplaba como una tímida nevada y una noche estrellada se combinaban con las sirenas y las alarmas de emergencia, revelando una epidemia atroz. 

Venecia vivía horas tristes y afuera, la gente que se esforzaba para mantenerla de pie no podía cuantificar cuánto daño sería hecho. Mientras la escena de los ataúdes se preparaba para revelarse al amanecer, la incertidumbre quedaba cautiva en cada rostro y rincón con gestos de enfermedad o de vida y la encrucijada de continuar o extraviar algo en el camino. Para Ricardo Liukin la pérdida era un asunto de confesiones que no haría y notó que sus pugnas personales con Maragaglio y Miguel eran sus nuevas derrotas, aunque le fuera indiferente aquél resultado al recibir la llamada del hospital San Marco Della Pietà y discretamente la contestara para que su hijo no la advirtiera. Las buenas nuevas eran que Maeva descansaba bajo observación constante, la fiebre de Tennant había bajado y Katarina Leoncavallo se había animado a probar bocado a pesar de seguir grave. Pero sólo de ella preguntó los detalles, recibiendo a cambio un comentario de lo hermosa que se veía en batón y de su pequeña sonrisa al cerrar los ojos. Ricardo quiso creer de inmediato que la joven estaba pensando en él y supo que le preguntaría apenas tuviera la oportunidad o ella quisiera hablarle. El asunto estaba trabado entre ambos y en privado, no iba a actuar como si no se hubieran deseado mutuamente.