domingo, 5 de marzo de 2023

Las pestes también se van: Edward Hazlewood

Mike Hazlewood en 1973. Créditos de la imagen a quien correspondan.

Jueves, 21 de noviembre de 2002. Venecia Italia.

Luego de la conversación con Maragaglio, Edward Hazlewood pasó parte de la noche en su azotea cubriendo sus macetas y removiendo la nieve de los extremos, obligándose a pensar en las evaluaciones de final del semestre y en lo que haría con Andreas Liukin al acordarse de que tomaba su clase de Astronomía Básica. Si Dios existía, tenía un humor irónico y un tanto peligroso y Hazlewood se preguntó si la vida en Venecia era una espantosa coincidencia y por qué no se había marchado al toparse con Katarina Leoncavallo en el curso de Pintura Geométrica. 

-¡Fabrizio, dime que cenaremos temprano! - exclamó y volvió al interior cobrando consciencia del frío y de que su ropa estaba empapada, haciendo inevitable un cambio. Hazlewood se aparecería en el comedor con una pijama de lana.

-¿A qué vino Maragaglio? - preguntó Fabrizio con enorme molestia. Su padre tomó asiento y contestó mirando la silla vacía de su hijo mayor.

-El trabajo de Marco no existe, se siente como si no hubiera hecho un esfuerzo.
-No te entiendo.
-Qué bendición.
-¡Papá!
-No me asustes, Fabrizio, no estoy para más sobresaltos.
-¿Qué quería el idiota ese?
-Nada importante, sólo avisarme de Marco y su boda.
-¿Cómo que no es importante?
-Lo dije mal.
-¿Entonces porque olía a quemado?
-No lo sé.
-Eres malo mintiendo.
-Tengo que pensar, Marco traerá a Katarina a casa y no he considerado quitar el desorden de la sala o recoger los papeles de la estancia.
-Son libros y cosas de la universidad, si no estuvieran regados, tú nunca los encontrarías.
-Pero no está bien, quizás debería darme vergüenza ser tan desordenado.
-Papá, no lo eres.
-Debo acostumbrarme a no dejar las cosas fuera de mi escritorio.
-¿Crees que Marco se case?
-Está feliz, quizás incrédulo o dirá que no iba a esperar más.
-¿No estás de acuerdo?
-La verdad, no. Las cosas van mal, debería hacer otra cosa.
-¿Cuándo cambiaste de opinión?
-No me malinterpretes, me da gusto que tu hermano cumpla sus sueños pero no ahora.
-¿Por qué está enfermo?
-Podría salir del hospital y controlar lo de su corazón primero.
-¿Estás enojado?
-¡Se va a casar con Katarina! ¿Crees que me pone muy feliz?

Fabrizio miró a su padre intranquilo y nervioso y supuso que estar con Maragaglio lo había asustado bastante. Inútilmente trató de averiguar la razón al insistirle, pero aquel permaneció callado, melancólico y angustiado mientras contemplaba un plato de verduras cocidas con el gesto infantil de alguien a quien no le gustan.

-Algún día me voy a enterar - sentenció Fabrizio y procedió a tomar de un vaso con leche mientras sostenía el tan prometido último cigarrillo encendido dentro de casa. Aquella dualidad acabó ocasionando que Hazlewood se riera cuando le atrajo el olor del tabaco.

-¿No has visto "La naranja mecánica"? ¿Estás seguro, Fabrizio?
-Prometí verla con mi hermano.
-¡Jajajaja! 
-¿Qué?
-¡Jajajajajaja!
-¿Qué pasa? 
-¡Lo siento, es que no puedo! ¡Jajajajaja!... Hay cosas que me alegra que aún no entiendas, es todo.
-Si seguimos con los misterios, te podrás seguir riendo de mí.
-Oye, he pensado que quizás podríamos mudarnos en verano.
-¿A dónde? 
-A algún lugar en el mar.
-¿Qué tiene de malo Venecia? 
-Que cada día está más caro. Y hay pueblos cerca de Nápoles donde con 30€ llevaríamos la despensa completa para una semana y media.
-Acabo de iniciar el liceo.
-Podrías completarlo en otro lado.
-¿Y mi banda? 
-Formas otra.
-¿Por qué?
-Bueno, Marco necesita el nivel del mar y algo más tranquilo.
-Estamos bien.
-De todas formas es una idea, cambiaré de opinión mañana tal vez o no vuelva a suceder. Olvida eso.

Hazlewood no quería una confrontación y se quedó comiendo de mala gana, seguro de que Fabrizio había elegido el platillo perfecto para vengarse por lo ocurrido momentos atrás. Aún así, prestó atención y percibió la voz del propio Maragaglio en la calle, sintiendo que debía averiguar qué tramaba. A toda prisa bebió su té y se precipitó hacia la puerta, prohibiéndole a su hijo salir en el acto y asegurando la puerta.

-¡Maragaglio! ¿Qué hace? - saludó Hazlewood, dándose cuenta de que todavía nevaba y su pijama de lana era un escudo endeble. El otro se irritó enseguida.

-¿Quiere que el MI6 nos vea? 
-No juegue con eso.
-No sea imprudente, Hazlewood.
-Es que... Los canales son peligrosos cuando se congelan.
-Voy a entregar el vestido de novia de Katarina al hospital, pero debo pasar primero a mi casa.
-¿No dijo que no la dejaría cerca de nosotros?
-Ni yo entiendo lo que hago.

Maragaglio se sentó sobre la nieve y comenzó a reírse antes de caer en llanto. Hazlewood se ubicó a su lado enseguida.

-Katarina no estaría casándose si yo hubiera sido valiente en París - confesó Maragaglio.
-Entonces ¿Es cierto que se enamoró de ella?
-¿Perdone?
-Marco lo notó y me lo contó... Aunque es una confusión.
-No tengo que hablar con usted.
-Ciertamente, pero yo no estoy ebrio.

Maragaglio entendió que Hazlewood criticaba a Giampiero Boccherini y en lugar de darle un puñetazo, lo miró con más tristeza.

-Ni siquiera sé que siento.
-A veces nos involucramos tanto con alguien que pensamos que nos atrae - expresó Hazlewood.
-¿Cree que no amo a Katy?
-Al contrario, sé que lo hace, por eso lo digo.
-¡La amo!
-Pero no como usted cree.

En lugar de calmarse, Maragaglio derramó más lágrimas.

-Aunque desconozco por qué hablo, de amor sé muy poco - admitió Hazlewood y luego de su arranque, regresó a su nerviosismo de siempre. Maragaglio notaría que aquel pasaba frío, pero lo supuso voluntario.

-Katarina tiene un vestido blanco en su cuarto, según ella lo iba a usar para la boda de su hermano.
-Piense mejor lo que hace.
-Prefiero no.
-No soy capaz de irrumpir en el hospital.
-Tampoco yo.
-Soy muy cobarde, Maragaglio. Mis hijos estaban tan ilusionados con estar aquí, que no reuní fuerzas para irnos.
-¿Quiere que le diga algo? Le sobran agallas para perderlo todo y muchas más para no correr. Hazlewood ¿se da cuenta de que le puede costar la vida? 
-No lo había pensado, me voy.
-Debe saber que en estos años no había visto a Katarina admirando a alguien más que no fuera su hermano Maurizio, hasta que se topó con usted.
-¿Conmigo?
-Ella no puede entrar a una escuela sin que le dé un ataque nervioso y de pronto dijo que había encontrado un anuncio sobre un curso de pintura al aire libre. No sé si le sirva, pero es el único maestro del que se expresa con amabilidad, que no le causa pesadillas o la aterra. Cada que toma una clase, ella no puede evitar estar contenta.

Hazlewood se sorprendió y se quedó pensando. Tenía que responder, aunque no estaba seguro de resolver algo en el camino.

-¿He logrado algo bueno?
-¿Le da miedo, Hazlewood?
-Un poco, sí. No se ofenda, es que Katarina me pone muy tenso, hace preguntas y a veces no le hace falta la explicación.
-¿Qué quiere decir?
-Que es muy lista.
-¿La respeta?
-¿Qué tiene de raro?
-No mido lo que digo. Esta ciudad está llena de idiotas que la tratan mal.

El señor Hazlewood observaba a Maragaglio con tensión.

-Maragaglio ¿No ha pensado en que tal vez usted confunde un amor fraternal con uno de hombre a mujer? - se atrevió a pronunciar.
-Jamás, estoy seguro - replicó el otro con la rapidez de alguien que no aguardaba por la observación. Era algo nuevo y permitió que Hazlewood continuara.

-Cuando se ha visto a alguien crecer, los sentimientos suelen ser engañosos ¿Usted cuida de esa mujer?
-Toda mi vida lo he hecho, pero nunca ha sido como mi hija.
-No tiene que ser de esa forma.
-¿Qué sabe usted?
-Nada, es que me guío por lo que Marco me confía. Ser tan devoto nunca indica estar enamorado.
-¿Qué podría ser? 
-La protección misma o ya sabe, ser ese adulto que hizo falta. 
-No estoy confundido.
-Es un punto de vista. 

Maragaglio comprendió que Hazlewood al fin se despedía y lo vio atravesar la puerta de su casa, tiritando de frío. Aunque permaneció en la calle un momento más, buscar el vestido blanco dejó de ser urgente y optó por volver con sus hijos para hacerlos dormir.

Fabrizio Antonioni recibió a su padre con un té caliente y una manta, haciéndolo tomar asiento en la sala. Su gesto seguía siendo de enojo.

-¿Te le declaraste?
-No, Fab.
-¿Por qué saliste corriendo tras él?
-Quise saber algo.
-Ah, pensé que te gustaba.
-Maragaglio es lindo, no es mi tipo.
-Claro.
-Hablamos de Katarina.
-¿Se pusieron de acuerdo para echar a perder la boda?
-Más bien lo dejé pensando.
-¿En qué?
-¿Puedo confiarte un secreto en su lugar?

Hazlewood le contó a Fabrizio algo que escondía afanosamente y ya no le cabía en el cuerpo. El chico quedó boquiabierto y no supo qué hacer, salvo quedarse callado aunque no le parecía correcto ser cómplice. Se aclaraban detalles, pero no dejaba de ser incómodo.

-Iré a dormir.
-Adiós, Fab.

Hazlewood perdió el sueño y luego de tirar un par de libros por accidente, se puso a pensar de nuevo en lo que creía correcto. Tenía que huir de Venecia y el falsificador de Sussex se quedaría con lo poco que le quedaba para ofrecer. Su telescopio, sus aparatos de medición, algunos prototipos de inventos, una esclava de plata que no valía tanto y una cuenta de banco con apenas fondos eran sacrificables. Cualquier lugar para comenzar era bueno, aunque Hazlewood reconocía ser un inútil fuera del campo académico.

Muy en el fondo, el tipo tenía otro tema en mente y le asaltó a final de cuentas. Si lo dicho por Maragaglio era en serio ¿Por qué no había notado que Katarina Leoncavallo le tenía gran estima? Eso explicaba que tomara sus cursos y se atreviera a regalarle una cajita de mazapanes con jalea al término de una clase, episodio que Marco ignoraba. Sintiéndose con la obligación, Hazlewood retomó en el acto su dibujo de las lilas en el campo para terminarlo de una vez y dárselo a la joven cuando volviera a verla. Le interesaba tanto que quedara bien, que ignoró el reloj, sin notar que la noche era relativamente joven todavía. Afuera, la nevada parecía no tener final, aunque era reconfortante saberlo porque significaba que el viernes sería un día más silencioso. 

Fabrizio Antonioni espiaba a su padre desde la escalera y sin ningún esfuerzo se contuvo del sobresalto cerca de las once, cuando el teléfono sonó. El señor Hazlewood se incorporó y manchó su atuendo con pintura lila en el acto, sin darle importancia al tomar el auricular.
 
-Buonanotte, aquí Hazlewood.
-"Ay, me alivia que sea usted".
-¿Quién habla?
-"Soy Wendy Bacchini ¿Me recuerda?"
-"¡Señorita! La recuerdo bien"
-"Señor ¡Marco está muy mal!"
-¿Qué? ¿De parte de quién llama, Wendy?
-"¡Del hospital San Marco Della Pietà! ¡Marco se desmayó cuando pasé a hacer mi ronda, tuve que llamar de emergencia al doctor Pelletier a su casa!"
-¿Cómo está mi hijo?
-"Reaccionó, pero su oxigenación volvió a bajar".
-Voy enseguida.
-"¡Marco me pidió que no le avisara!"
-Hizo bien, Wendy... ¿Y Katarina? 
-"Duerme desde temprano".
-¿No se levantó con el alboroto?
-"¡Sí, pero tuve que inyectarle un calmante!"
-De acuerdo, cuando esté ahí le avisaré.

Hazlewood colgó enseguida y luego de tomar un abrigo del perchero junto a la puerta, salió sin dudar un segundo en tocar a la puerta de la familia Berton. Detrás de él, Fabrizio resolvió acompañarlo.

-¿Maragaglio? - preguntó el hombre cuando Anna Berton abrió y el otro se apareció de inmediato. 

-¡Vaya por el vestido ahora!
-¿Qué pasa? - preguntó Anna.
-¡Maragaglio, apresúrese!

Anna Berton se quedó sin respuesta y miró a sus vecinos y a su cuñado partir con enorme prisa. Intuyendo que sucedía algo grave, la mujer fue detrás.

-¿Puedo preguntar? - curioseó Maragaglio en la esquina de la calle mientras buscaba una ruta para irse. El grupo le contagiaba el desconcierto y comprendió que algo se había salido de control.

-¿Se podrá adelantar la boda? - le preguntó Hazlewood.
-¿No me dio un consejo hace rato?
-Maragaglio ¿quiere olvidarlo? 
-¿Ese cambio es por Marco?
-Si mi hijo va a ser feliz, que sea de una vez. 
-¿Hay algo que deba saber?
-Él tiene Marfan.

Maragaglio recordó lo que el doctor Pelletier le había informado al respecto.

-Nos dividiremos, yo iré por las cosas de Katy mientras usted y su hijo van con Marco... Pero no podemos, el MI6 lo podría encontrar ¿Le importa si lo dejo seguro en el hospital y luego me ocupo de lo que tengo qué hacer? 
-Lo que sea, pero quiero llegar pronto.
-Creo que puedo llamar a alguien de confianza. Caminen por aquí.

Maragaglio tomó su celular y luego de aparentemente discutir con una persona, consiguió que le enviaran una lancha sin hacer más preguntas. Momentos más tarde, el conductor lo saludó de mala gana, aunque fue cortés con Anna Berton y le ofreció enseguida un asiento cómodo.

-¿Nosotros nos podemos caer a los canales o qué? - reprochó Maragaglio antes de volver a reírse. El conductor resultaba ser Giampiero Boccherini y contrario al pronóstico, se hallaba en sus cinco sentidos. La señora Berton se dio cuenta de que su cuñado había aprovechado para hacerle una mala jugada.

-¿Dónde vamos, Anna? - preguntó Giampiero.
-Al hospital de San Marco en Dorsoduro - contestó ella con los brazos cruzados y la voz de un infantil berrinche. El señor Hazlewood hacía gala de su despiste constante y no dudó en situarse entre la mujer y Giampiero, pese a que su conversación había comenzado. El joven Fabrizio se quedó en la parte de atrás y Maragaglio se situaba junto a su mejor amigo.

-¿No eras enemigo mortal del gondolier? - curioseó Giampiero.
-Vete al diablo - contestó el propio Maragaglio.
-¿Aceptaste al yerno? Jajaja.
-Te voy a romper la boca.
-No sería la única vez.

Los otros tres se miraron entre sí.

-Anna ¿Cómo está Gabriele? ¿Puedo visitarlo? Le compré unos juguetes.
-¡Ni se te ocurra poner un pie en mi casa! - replicó la mujer.
-Tengo derecho de ver a mi hijo.
-¡No tiene tus apellidos!
-El viejo Berton no se va a enojar.
-Mi papá no se equivocó contigo.
-Te casaste con el tipo que le caía bien.
-Tampoco metas a mi esposo.
-¿Sabe lo del niño?
-No tiene por qué.
-Le dijiste que es suyo y no te voy a perdonar.
-Giampiero, resultaste un borracho.
-Tú me querías.
-Pero tú a mí no ¡Te casaste con tu vecina sin avisar!
-Lo hice porque no te decidías.
-¡Te dije que quería tener una carrera!
-Tu padre me echó y tú le hiciste caso.
-¡Desgraciado!
-Pensé que volverías cuando me divorcié.
-Ni loca dejo a mi marido.
-¿Para qué me avisaste de tu embarazo? 
-Debías saberlo.
-¿Para qué?
-Mínimo para que te dé vergüenza algo.

Maragaglio no soportó más y explotó en carcajadas.

-¿Y tú de que te ríes, maldito infeliz? - reclamó Anna.
-¿Quién se mete con Giampiero?
-Era mi novio de secundaria ¿Cómo iba a saber que se volvería un...? 
-Por algo se acuestan.
-¡Este tipo no me ha vuelto a tocar en ocho años!
-Y no creo que quiera.
-¡Eres un hijo de puta, Maragaglio! 
-Pero no tengo niños con mis amantes.

En ese instante, Edward Hazlewood se percató de que estorbaba, pero Anna Berton no dudaba en utilizarlo como un escudo humano. Maragaglio continuó su frenesí en silencio, con alguna carcajada discreta por ahí, felicitándose a sí mismo por conservar la habilidad de molestar con éxito a quien le colmara la paciencia.

-¿Qué se siente tener hijos sanos y que los problemas sólo sean de pareja? Porque no lo sé - murmuró Hazlewood cuando se emprendió camino y el silencio de Venecia se hizo sentir con su pesimismo y su aire funerario. Maragaglio y Anna se quedaron sin palabras.

-Marco estará bien, papá - respondió el joven Fabrizio.
-Siempre me pregunto si dejarlo ser feliz es lo correcto.
-¿Por qué?
-En la crisis anterior supe que tu hermano debía renunciar al trabajo y en lugar de eso, lo solapé.
-Él no te iba a hacer caso.
-A veces hay que imponerse, aunque los hijos sean adultos y crean que saben lo que hacen.
-¿Cómo lo habrías hecho?
-No soy fuerte, no puedo gritar y no sirvo para golpear.
-No es tu culpa.
-Me siento responsable.

Hazlewood respiró hondo.

-Fabrizio ¿Has hablado con tu madre? 
-Hace rato.
-¿Le contaste de la boda de tu hermano con Katarina?
-Va a venir pero no me dijo cuando llega.
-¿Tu hermana dijo algo?
-Que Marco le mencionó un resfriado pero no que era serio.
-Es increíble celebrar un matrimonio en estas circunstancias.

Giampiero Boccherini abrió más los ojos y no evitó mirar a Maragaglio para enterarse de aquello.

-Cambié de parecer - mencionó el mismo Maragaglio con los brazos cruzados y los demás le prestaron atención.

-¿Quién te dio trago? - curioseó Giampiero.
-No he bebido.
-¿Y por qué la Katarina de buenas a primeras se casa?
-Está enamorada de Marco Antonioni ¿Crees que pude hacer algo?
-¿Hablaste con ella?
-¿De qué? No te digo lo que pasó porque no entiendo qué hice.
-¿Ella sabe?
-Quedé como idiota.
-¿Se rió de ti?
-Ojalá fuera eso.
-¿Qué vas a hacer? 
-Le doy permiso de irse y me sorprende actuar como una persona coherente.
-No te conozco.
-Han cambiado algunas cosas, luego te pongo al tanto.
-Te invitaré unos tragos.

Maragaglio asentó pero Anna Berton no se contuvo.

-¡Deja de ser un borracho, Giampiero, por el amor de tu madre!
-¿Cuál es tu problema, mujer?
-¡Te estás ahogando en alcohol!
-Es para lo único que soy bueno.
-¡Te vas a morir con el hígado destrozado!
-El tumor cerebral me revienta más fácil.
-¿No te has operado?
-Los médicos no me lo van a sacar, dicen que no se puede.
-¿Te vas a morir de cáncer?
-Ni para eso sirvo, tengo la cosa encapsulada.

Un "wow" proveniente de Edward Hazlewood y su súbito gesto de curiosidad infantil provocaron que la atención se desviara.

-¿Cómo puede ser funcional? - preguntó el hombre.
-Si usted no sabe, yo tampoco.
-Oiga Giampiero, si un día decide hacer testamento ¿Me podría heredar su cerebro en un frasco con formol? 
-Voy a estar bien muerto, haga lo que quiera.
-Pero establezca un papel formal.
-Mi última voluntad es que usted se lo robe ¿Cómo dijo que se llama?
-Edward Hazlewood.
-Maragaglio lo ayudará.
-Gracias. 

Hazlewood esbozó una sonrisa y prosiguió.

-Nadie ha contestado mi pregunta de todos modos.
-¿Cuál era? Disculpe - intervino Maragaglio.
-No importa, ustedes tienen temas qué discutir.

Anna y Maragaglio se miraron mutuamente con algo de pena por su mala educación y Fabrizio Antonioni permanecía quieto ante la cascada de revelaciones que sabía que no podía contarle a nadie. De pronto, el chico pensó en la aparente complicidad entre su padre y su hermano, confundiéndose más y percatándose de que el mundo adulto carecía de inocencia no por experiencia, sino por las cosas que se callaban y las acciones que se escondían hasta el momento de recordarlas para controlarse y mantener una frágil paz.

-Papá ¿Todo va a estar en orden?
-Sí, Fabrizio, te lo prometo - remató Hazlewood y los demás se limitaron a quejarse del frío.

Los canales vacíos eran una bendición por las noches, pero cuando nieva en Venecia se obliga a la lentitud. Si bien, el hospital no era lejano, la visibilidad era limitada y el agua amenazaba con congelarse lo suficiente para que algunos bloques de hielo se hicieran más grandes y flotaran como si les costara unirse. 

-El invierno será crudo, he previsto que habrá canales no transitables y algunas tuberías deberán sustituirse- mencionó Hazlewood mientras miraba las marcas de agua en varias paredes. Nadie intervino para curiosear pero sí para advertir que fuera del hospital había mucha gente. En su mayoría, enfermos.

-Por fin puedo ver de qué emergencia me han estado hablando. Es horrible - mencionó Maragaglio.
-No debemos acercarnos - advirtió Hazlewood.
-¿Qué hacemos?
-Ir por el vestido y buscar la forma de entregarlo. 
-Estoy de acuerdo.
-También necesitamos papel.
-¿Para qué?
-¿No tiene una felicitación qué escribir?
-¿No tiene algo en qué...?

Maragaglio no fue capaz de terminar su pregunta, dándose cuenta de que Hazlewood demostraba su asustadizo talante con humildad, sin buscar provocaciones. En pocas palabras, el hombre era bueno y su lado malo era pequeño, en un caso insólito de respeto ganado sólo por existir.

-Giampiero, da la vuelta - dijo Maragaglio.
-¿Estás seguro?
-Iremos a mi casa pero hay que dejar a Anna y al señor Hazlewood primero.
-A mí no, yo voy con ustedes - intervino Hazlewood y acto seguido, le pidió a su hijo Fabrizio acompañar a la señora Berton hasta su puerta. Maragaglio comprendió entonces que la posible boda de Katarina y Marco era un asunto bastante personal y Edward Hazlewood estaba afectado por ello.

-¿Qué tan enfermo está su hijo? - preguntó imprudente.
-El marfan con Marco no está siendo amable.
-¿Por eso es importante?
-Sólo quiero que sea feliz ¡Al diablo todo!

Giampiero Boccherini creyó que Maragaglio había sentido compasión impulsiva por un moribundo y aquello no era más que una táctica para la seducción futura de Katarina, dando igual si el objetivo era ser un hombre escondido o un romance inocultable tras una puerta.

-Eres un miserable - comentó Giampiero cuando Maragaglio sacó un caramelo que después introdujo a su boca, impidiendo su respuesta.

La nieve que se depositaba sobre los rincones de Venecia se fue volviendo pesada, formando montículos desordenados que dificultarían su remoción por la mañana y a Edward Hazlewood le dio por imaginar que Katarina y Marco estaban deseosos de esculpir su propio muñeco de nieve luego de mirar a la ventana y ambicionar salir de la hospitalización con la salud suficiente para hacerlo. En un momento dado, el hombre notó que había trabajadores del Ayuntamiento y buzos atando embarcaciones a toda prisa, pero Maragaglio le haría la seña de que se encontraban seguros. 

-Fabrizio, no me esperes despierto - ordenó Hazlewood a su hijo menor y aquel lo contradijo amistosamente, obteniendo que su padre le alborotara los rizos con melancolía. Anna Berton les observaba con pena y en algún momento, su mirada se encontró con la de Giampiero Boccherini, ante lo cual guardó más silencio para ocultar que se había desilusionado de él.

-Quienes vayan a casa, que tengan buena noche - se despidió Maragaglio al retornar al punto de partida y Fabrizio auxilió a la señora Berton, quién dijo secamente adiós y envió un beso al aire. Hazlewood y Boccherini esperaron a que Anna y Fabrizio entraran a sus respectivos domicilios.

-Me van a explicar que se traen ¿verdad? - curioseó Giampiero luego de encender el motor y los otros dos ocuparon sus lugares para no caer.

-Te dije que luego te explico.
-Maragaglio, no seas ridículo.
-El señor Hazlewood tiene razón, es todo.
-¿En qué?
-¿No has pensado que tal vez estoy confundido?
-Siempre has sido un estúpido.
-Lo digo como hombre serio.
-Por favor.
-Te lo estoy confiando como mi amigo.
-Oh, entiendo.
-Hoy platiqué con él.
-No seas maleducado, no lo señales.
-Perdón, es que trato de ser... Giampiero ¿Cabe la posibilidad de que no esté enamorado de Katarina?
-Oiga, Hazlewood ¿Él está sobrio?
-No te distraigas, óyeme bien ¿Qué pasaría si en realidad amo tanto a esa mujer que estoy malinterpretando mis sentimientos?
-Maragaglio ¿De qué estás hablando?
-Tal vez la quiero como mi prima y mi interés es protegerla y que todo le salga bien.
-¿Es sobre ti amando a una mujer sin deseos de quitarle la ropa?
-Eso pasó en París.
-Espera ¿qué? ¿Tenías todo para hacerle el amor a la Katarina y no pudiste?
-Hasta la tapé con mi suéter.
-¡Jajajajajaja! ¿Te pusiste nervioso?
-Sentí que la estaba traicionando así que me fui, la dejé sola.
-¿La sedujiste?
-Ella fue la que se quitó la ropa, yo no le propuse ni le insinué. Juro que supe que no debía tocarla, me dio remordimiento y me sentí canalla... Preferí conocer a alguien más, se llama Katrina y le pago un departamento en París.

Giampiero se detuvo a la mitad de un canal rumbo a la Calle del Pignater y luego de hacer contacto visual con Maragaglio para una conversación gestual que confirmaba la historia, volteó hacia Hazlewood, mismo que tenía los ojos y la boca más abiertos de lo normal y los miraba como si tuviera algo qué agregar.

-Tengo razón, su amor por Katarina es fraternal, señor Leoncavallo - pronunció Hazlewood antes de mirar sus zapatos como si sus palabras fueran malas. 

-Pero cuando la Katarina llegó a Venecia, tú te la pasabas tirándote a Marine - prosiguió Giampiero.
-Piensa, quizás al principio me impresioné y con Marine me desahogaba - siguió Maragaglio.
-Cómo olvidarlo, si lo hacían hasta en mi casa.
-Pasó el tiempo y me enredé con Alondra, me volví fan de Katy, empecé a beber mis miserias e ignoraba a Marco Antonioni porque me era insignificante.
-¿Qué tratas de decirme?
-Sabía que mi prima me necesitaba, que era bueno ser su amigo, pero el señor Hazlewood me ha abierto los ojos.
-¿Y el deseo sexual qué?
-Katarina es mi familia, por eso soy incapaz.
-No entiendo.
-Es la primera vez que trato a una mujer como su protector y me preocupa genuinamente porque nunca he estado enamorado de ella. Katarina significa mucho para mí, pero lo que siento por ella es afecto, amor de primos, urgencia de guiarla... Pero soy tan animal, tan imbécil y tan macho casanova, que no sé tratar a una mujer sin pensar en cama. Katarina me confundía y me hizo soñar, pensar y llorar porque antes de hoy, no sabía que la amo de una manera diferente. Tú y yo ni siquiera lo planteamos porque nunca fui un hombre de familia con otra persona que no fuera mi esposa.

Giampiero deseo tener un licor en la mano para que la sorpresa se le convirtiera en algo normal.

-No nos peleamos en el bar por un amor de primos.
-¿Y si lo fuera?
-Deja de divagar, Maragaglio. Hazlewood te dice esas cosas para favorecer a su hijo.
-¿Por qué no me acosté con Katarina en París? 
-¡Porque estás enamorado, idiota! Si la poseyeras, sería como cualquier otra mujer y tú no deseas convertirla en tu amante.

Hazlewood dijo "no" involuntariamente y los otros dos giraron hacia él. 

-Antes de que me gane el miedo, yo declaro que ambos están equivocados y el señor Maragaglio debería dejar a su prima en paz - el hombre resolvió regresar a su actividad de contemplar su calzado y Giampiero Boccherini al fin estuvo de acuerdo con algo.

-Entonces sigo haciendo lo que estaba planeando. Vamos por el vestido - dijo Maragaglio.
-Primero nos calmamos y evito golpearte - admitió Giampiero antes de sacar una lata de bebida de manzana y acabar con el contenido en cinco sorbos. Era inverosímil que esos tres hombres compartieran el mismo espacio sin matarse entre sí, sin intentar al menos arrojarse el uno al otro al canal para sufrir con el agua helada. Hazlewood aprendió que la amistad podía ser ruda y que estaba frente a tipos conscientes de qué clase de bestias eran y qué lugar ocupaba él en aquella escena. Maragaglio y Giampiero nunca habían tenido un motivo para reflexionar, ni un moderador sugerente de alternativas al que no se atrevieran a destrozar por echarles en cara que no eran brillantes.

-Deseo decirle a Katarina que la amo - susurró Maragaglio a Hazlewood.
-Dígale la verdad.
-¿Sobre qué?
-¿Por qué me pide un consejo?
-Me puso a pensar.
-Con las mujeres soy malo.
-Yo no solía serlo.

Se suscitó el silencio y la nevada cesó, dejando sólo un viento helado que mantuvo a los tres inmóviles casi, mirando cada cual a la dirección que le parecía sensata. Salvo Giampiero, sus compañeros se hallaban pensando en mil palabras distintas aunque Edward Hazlewood decidió no compartir la respuesta que la situación ameritaba. En secreto y ayudado por una pluma y un papelito que decoraban el desorden de la lancha, escribió lo que le salía del corazón, sin imaginar el impacto de su frase al releerla una y otra vez en esa quietud:
"Katarina: Sólo importas tú". 

jueves, 5 de enero de 2023

La nevada (Los encuentros esperados. Cuento por la Navidad Ortodoxa y fin de la serie).


Jueves, 21 de noviembre de 2002. Venecia, Italia.

Después de una visita infructuosa al hospital el día anterior, Maragaglio pudo ponerse contento al enterarse de que su esposa Susanna se hallaba descansando sin complicaciones y su lugar no se encontraba lejos del de Katarina Leoncavallo, así que ambas estaban siendo cuidadas con la mayor atención posible. El único que deseaba hablarle era el doctor Pelletier, aunque advirtiendo que sería breve, así que lo esperó mientras la inundación veneciana dejaba de ser un aviso, pero no un desastre. De llovizna en llovizna, los canales se habían saturado y el viento desbordaba el sobrante por las calles más cercanas a la laguna, así que el barrio San Polo no tardaría en ver sus banquetas sumergidas y los vecinos podían prepararse.

-Señor Leoncavallo, me alegra que viniera - saludó Luc Pelletier sin extender su mano y soltando su cabello, dejando ver una melena lacia muy oscura. Sin el uniforme hospitalario, el tipo parecía sacado de alguna tienda gótica.

-¿Doctor Pelletier?
-Así es.
-Nadie me había llamado por mi apellido.
-Katarina me pidió que lo hiciera.

Maragaglio sonrió debajo de su cubrebocas.

-Hubo sol esta tarde, a Katarina le hizo bien - continuó Pelletier.
-¿Es cierto que está muy delicada?
-Tiene síntomas de desnutrición y por lo que veo, su condición no es voluntaria.
-¿No le dijo que toda la familia es igual?
-¿Están a dieta? 
-No ganamos peso, incluso yo perdí un par de kilos sin esforzarme. 
-¿Es en serio?
-Ha de ser genético.
-Eso no explica el reporte sobre la anemia de Katarina.
-¿Anemia?
-Pregunté por su dieta y es deficiente ¿Sabía que come una barra de proteína y una ensalada? Su cena ni siquiera existe.
-La he visto tomando chocolate.
-Señor Leoncavallo, tengo que ser muy sincero con esto pero ella sólo lo bebe cuando tiene una competencia enfrente.
-¿Quiere decir que no se alimenta?
-Le descubrí una osteopenia que empecé a tratar y estos días ha comido con voracidad... ¿Katarina es anoréxica?
-Disculpe, doctor, pero mi prima no tiene esos problemas, ella adora comer.
-Se estaba matando por saltar mejor o algo así me dijo. Tengo que preguntar porque sigo sin comprender cómo puede hablar teniendo neumonía e incluso es capaz de moverse con todo y la mascarilla. 
-¿Descuidé a mi prima?
-Me contó de un atracón en Nueva York ¿Le ha ocurrido antes?

Maragaglio trató de hacer memoria sin ocultar que se hallaba desconcertado. 

-La llevé a un festival vikingo en el verano y su hermano la regañó porque comió cerdo asado y además yo quise ser el primo divertido y la dejé beber un par de cervezas.
-¿La comida es un premio?
-¿Qué? Jamás.
-¿El patinaje es muy absorbente?
-Katarina piensa en eso noche y día.
-¿Es cierto que no debe ganar peso?
-Me ha contado que a las patinadoras les va mejor cuando son ligeras pero pensé que era sarcástica, ella se ve muy atlética.
-¿Consume drogas?
-La Agencia Antidopaje me lo haría saber enseguida ¿Qué está pasando?
-Creo que Katarina debería dejar de patinar.

Pelletier no bromeaba y Maragaglio asentó, asumiendo que era verdad.

-Se qué competir no la hace feliz.
-Si usted es consciente ¿Por qué?..
-¿No le digo? Uff, doctor ¿Cree que no he tratado? Las patinadoras la odian, los patrocinadores se escapan, los comentaristas están abrumados y los "fans" le hacen comentarios hirientes o bromas pesadas; Katarina acaba llorando en los torneos... Lo mismo le pasaba en la escuela y por eso dejó de estudiar. Le sugerí una terapia.
-¿La tomó?
-¿Usted no le tiene miedo?
-¿A Katarina? No.
-"Es tan hermosa, que asusta".
-¿Qué me quiere decir?
-Que tarde o temprano, todos le fallan a Katarina. Yo estuve a punto en París.

Luc Pelletier no quiso indagar.

-¿Usted puso a Marco Antonioni junto a ella?
-Lo hice.
-Gracias, doctor.
-¿No estaba molesto, señor Leoncavallo?
-Conozco al tipo y a su familia ¿Cree que mi prima conocerá a gente mejor en Venecia?
-Señor, no soy ajeno a los rumores y me gustaría saber qué tiene usted contra Marco.
-Toda la familia, dirá. La verdad es que Katarina podría estar con alguien más importante, con mayores posibilidades, estatus. Los Hazlewood son académicos, pero sin posición ¿Me entiende? Ella sintió algo por Marco y todos preferimos ser idiotas, meternos en lo que no nos importa. Quizás no sea mala idea que Katarina se vaya de casa y se deshaga de nosotros.
-No me corresponde avisar, pero hoy se dio algo que creo que la familia debería saber.
-Suelte el golpe, doctor.
-¿Seguro?
-Es mi prima, estoy preparado.
-Ella y Marco acordaron casarse.
-¿Cómo? ¿Cuándo salgan de aquí?
-Preguntaron si pueden firmar los papeles el sábado.
-¿Quién les dio alucinógenos?
-El abogado del hospital lo está gestionando.
-¡Deténgalos!
-La señora Leoncavallo me previno de su reacción.
-¿Susanna está de acuerdo?
-Es la madrina.
-¡Me voy a perder la boda! 
-Oh ¿Está bien?
-¿Por qué me hace una pregunta estúpida?

El anonadado Maragaglio tomó asiento sobre una piedra mientras el agua veneciana comenzaba a tocar su calzado. Pelletier lo imitó.

-Debería estar conversando sobre mi esposa - admitió el primero.
-Ella se encuentra bien.
-Me he quedado en casa de mi suegro y no es cómodo.
-La señora Susanna evoluciona favorablemente, le retiraremos el tanque de oxígeno el fin de semana.
-Esas son buenas noticias.
-Nadie le creyó cuando dijo que usted regresaría a hacerse cargo de la familia.
-¿Apostó, doctor?
-Conozco gente que sí.
-Deben odiarme, perdieron dinero.
-Se recuperará pronto, estoy seguro.
-Susanna no se había enfermado en años.
-Me tomaré la libertad de decirle que ella habla de usted mientras sonríe. Debe quererlo bastante pero también imagino que lo sabe, señor.

Maragaglio recordó fugazmente a Marine en ese momento, sin buscarlo.

-Me aterra que le suceda algo a mi mujer.
-Ella buscó ayuda rápido.
-Gracias por atenderla, doctor.
-Usted no fue amable cuando le di los primeros partes.
-Nunca he sido educado.
-Lo admite, señor. Hay pacientes y familiares que nunca lo notan.
-¿Le importa?
-Le dije que soy chismoso.
-Je, eso no sonó profesional.
-Los pacientes suelen evadir los hechos, entonces uno indaga. 
-Como un detective.
-Señor Leoncavallo, creo que le haré una cita con mi colega, el doctor Gatell.
-¿Razón?
-Él se ha enterado de problemas que quizás sea pertinente anunciarle. La señora Susanna está preocupada por Katarina, por usted, por Marco, por la familia... Por mi parte soy médico y confidente personal de Marco Antonioni desde hace un tiempo. Quiero pedirle un par de favores precisamente por eso.
-Adelante.
-El hermano de Katarina le hace daño. Marco notó que él se porta de una manera manipuladora, la pone triste y es dependiente de él.
-¿Mauri? No hay nadie más respetuoso con Katy.
-Maragaglio... Señor Leoncavallo, perdón.
-En realidad lo sé. Maurizio es un abusivo y no he intervenido.
-No es tarde.
-Ya sabía lo de la comida, Maurizio enfurece si ella no sigue su régimen.
-Convenza a Katarina de abandonar a su hermano.
-Con lo del matrimonio será más fácil.
-El otro favor tiene que ver con unos documentos.

Maragaglio observó a Luc Pelletier como si estuviera confiando, con la ceja levantada.

-Marco Antonioni es arqueólogo y en su tiempo libre va a la biblioteca del Ayuntamiento - prosiguió el médico, inseguro de lo que pronunciaba. Lo cierto era que no entendía lo imprescindible de llevar el mensaje.

-Marco está enfermo y necesita sacar un texto que escondió en ese lugar.
-¿Qué tiene?
-¿Mi paciente? Marfan.
-¿Me explica?
-Es una condición que provoca el crecimiento anormal de brazos y piernas, además de una estatura con la que se tienen dificultades.
-¿De qué tipo?
-Irrigación sanguínea irregular, oxigenación insuficiente, en ocasiones hipertensión, depende el caso.
-¿Es grave?
-A veces, aunque normalmente se puede vivir bien.
-¿Qué tan mal está Marco?
-Quiero asegurarme de que sus niveles de oxígeno son óptimos, pero pescó una neumonía y se me dificulta el diagnóstico.
-¿Y qué hay que salvar?
-No me explicó, excepto que son varios papeles que tienen que ver con su estatus de refugiado y los ha cambiado de lugar constantemente.
-¿En qué sección los dejó?
-En Gastronomía, el libro es... Disculpe, lo anoté, aquí está.
-¿"Auregnais"?
-"Aureñés", es una lengua muerta británica, de Alderney en el Canal de la Mancha. Me aprendí esa información para dársela a usted.
-Esconder cosas en las bibliotecas es muy seguro.
-No sé si con los Hazlewood sea confiable pero el señor Edward debe tener el material en su poder. Ese libro está oculto sobre un estante y tiene reporte de pérdida de la parte de "Lenguas Muertas", Marco no tuvo tiempo de extraerlo.
-Cuando hay búsquedas en esos lugares, uno tiende a volverse algo loco. Me sorprende que Marco sea claro, lo normal es darme una señal y esperar mi fracaso.
-Con la epidemia, la biblioteca está cerrada.
-Pero es adecuada para buscar, iré enseguida. Deme esa nota.
-Grazie.

Maragaglio se incorporó, quemó el papelito fingiendo que fumaba y permaneció de pie.

-Doctor ¿Cree que Susanna se cure rápido? Tengo una misión de trabajo pendiente y tal vez la cancele.
-Dependerá de su reacción sin un tanque auxiliar, pero parece que estará bien en unos días.
-¿Podría decirle algo por mí?
-No sería hoy.
-Avísele que estoy con los niños y que mi suegro no me quiere ver muerto.
-Hecho.
-Olvídelo, mejor que se divierta en la boda.
-¿Algún recado a Katarina?
-Que me habría gustado acompañarla, que le deseo buena suerte.
-Siento mucho que se pierda la ceremonia.
-Por favor, que Susanna sepa que la amo.
-Muy bien.
-Que oiga que ella es mi hogar.

Maragaglio emprendió camino hacia la Biblioteca, sin despedirse de Pelletier. Entre la tristeza y el apremio por las novedades, comenzó a preocuparse por la posible presencia de agentes de espionaje ultramar y tratándose de Marco, temió toparse con los agentes del MI6, el servicio que no dejaba de causarle molestias cuando un caso empezaba a ligarse con tramas que involucraban bancos, nobleza o celebridades británicas y que más de una vez le había demostrado su poder de desaparecer testigos, pruebas y recuerdos. Si Marco Antonioni, cuyo nombre verdadero era Michael Hazlewood, estaba en la mira del gobierno de su país, podía darse por muerto si lo descubrían en el hospital. 

En San Marco, la ausencia de ruido era una desventaja y las puertas cerradas revelaban ventanas con una multitud mirando hacia afuera, así que Maragaglio resolvió caminar con dificultades pegándose a las paredes, esquivando calles con banquetas en ambos lados y aprovechando los toldos que habían quedado abajo. La Biblioteca del Ayuntamiento se encontraba en un callejoncito, al pie de un puente, con una entrada secreta en una plazuela en la esquina camuflada como una bodega para vinos que se abría moviendo una pesada palanca. Maragaglio no conocía bien el recinto y debió resignarse a mirar el mapa del directorio para ubicarse una vez dentro. Las "lenguas muertas" ocupaban un espacio reducido, con apenas cuatro estantes en el tercer piso y confundiéndose con los libros de literatura antigua que rodeaban el resto de la planta. Debido a su trabajo, el hombre se percataba de detalles que una persona convencional no, como las guardas del libro de registros maltratadas o el desgaste de la cinta segaladora, que no correspondía al tiempo de uso, que databa de dos meses atrás. Seguramente se conservaban más ejemplares cotejables, pero luego de una revisión Maragaglio descubrió que los nombres de algunos visitantes habían sido señalados con el punto sutil que deja un alfiler. Marco Antonioni era libre de sospechas, puesto que su única marca era titubeante.

-"No lo han descubierto y fue muy listo en venir aquí cuando empezó a sentirse mal" - caviló luego de notar la fecha de la última visita. El MI6 había visitado el recinto y Maragaglio reconocía el método de escanear libros, puesto que la mayoría se notaban acomodados en orden y sumo cuidado y los textos pendientes de colocar no habían sido movidos de los extremos de los pasillos. Sin embargo, en la recepción hubo algo que llamó su atención: La empleada había dejado el reporte de la desaparición del libro "Auregnais" junto a otras pérdidas y tenía pendiente levantar la denuncia ante las autoridades. La marca del alfiler del MI6 era inconfundible y si bien buscaban el texto clave, lo más seguro era que habían emprendido la cacería al exterior.

-Bingo - exclamó Maragaglio y se dirigió a la segunda planta, junto a una gran pared que de tan alta, no permitía el espacio para que los estantes pudieran ser limpiados en un aseo rutinario. Desde ahí, se contemplaba la zona de "Lenguas muertas", así que el hombre optó por tomar una escalera y buscar su objetivo en paralelo a la ubicación de los cuatro libreros de la parte superior. El método funcionó en el segundo intento, "Aragnais" estaba oculto entre el librero y la pared, disfrazado como parte del mueble. Rápidamente, echó un vistazo y encontró un diario con el tamaño de una libreta de notas junto a un documento doblado y roto proveniente de la biblioteca de Londres. En el texto, el apellido "Liukin" se presentaba junto a variantes como "Lazukin", "Lukin", "Lukhatov", "Lutsky", "Louvier", "Luján", "Lucret", "Lolo" o "Lussac", entre otros. Maragaglio metió aquello en su abrigo y abandonó el lugar a toda prisa, sin olvidar colocar el libro perdido entre aquellos pendientes de retornar a sus lugares. Consciente de que no tenía tiempo, Maragaglio salió rumbo al barrio San Polo, siguiendo fiel su estrategia de pegarse a los muros. Para llegar, debía cruzar el Gran Canale y la opción era utilizar el Puente de la Academia por San Vidal. Caminar aumentaba el riesgo, pero ir encontrando agentes de la Polizia veneciana pasó a ser una bendición al poder actuar amigable y preguntarles por las incidencias del día. El frío era un demonio inclemente y la inundación poco a poco iba transformándose en hielo. 

Gracias a la improvisada compañía que hacía en las rondas de quienes iban poniéndole al tanto, Maragaglio pudo abrirse paso a casa, con chocolate caliente de cortesía y despistando a quienes sintieran curiosidad por su presencia. La cuarentena veneciana era un alivio para el exterior, al permitirle al personal de vigilancia hacer las rondas jugando, libres de todo turista y de empleados del vaporetto molestos. 

-Perdón por no seguir con ustedes pero me esperan mis hijos - anunció con alivio al ver la puerta de la familia Berton y a cambio, recibía deseos de recuperación para Katarina y una llamada de Helsinki a la que apenas respondió con un "Dame unos minutos, prometo hablarte". 

Edward Hazlewood era un hombre ocupado esa tarde noche, cubriendo su telescopio para intentar ver algo pese al mal clima. La humedad le había empapado el rostro y limpiaba sus lentes del hielo que se formaba de vez en vez. Cuando Maragaglio saludó e hizo la seña de que buscaba conversación, el hombre apenas fue capaz de pedirle a su hijo Fabrizio que abriera para recibirlo. Este último protestó, pero respetó aquello por creer que se trataba de noticias del hospital.

-Grazie - saludó el visitante y enseguida pidió que lo llevaran donde el señor Hazlewood, advirtiendo que llegaba con intenciones privadas. Fabrizio tuvo que soportar que le cerraran la puerta de la azotea en la cara.

-¿Que lo trae aquí? - saludó Hazlewood con notorio nerviosismo.
-El MI6 - contestó Maragaglio sin preámbulos.
-Han ido sobre Marco.
-Creo que lo acabo de salvar.

Hazlewood pasó saliva e hizo que Maragaglio se sentara detrás del telescopio, colocando un segundo banco para permanecer juntos.

-¿Qué estaba investigando su hijo? ¿Por qué tenía este papel? ¿Las notas significan algo? ¿Por qué llegó a Italia con estatus de refugiado y qué tiene la familia Liukin con él?
-Esas son varias preguntas...
-No divague, Hazlewood.
-Marco es arqueólogo con especialidad en la época medieval, se interesó por las lenguas muertas y no sé qué halló, pero robó documentos de la biblioteca de Oxford y luego sacó el papel que trae usted de un libro muy viejo de Londres, sólo sé que es importante pero no hemos conversado.
-¿Investigaba el idioma "Aragnais"?
-¡No, que va! Siempre ha usado libros que a nadie le interesan para que no le roben su trabajo.
-¿Le comentó algo de eso?
-Cuando quiso iniciar su doctorado, encontró un texto en una lengua llamada "lisak" y quiso indagar. Parecía inofensivo pero llegó una carta de Su majestad, la Reina Victoria, solicitándole los resultados de su búsqueda y cuando descubrió la palabra "Liukin", Marco llegó a casa y quemó un libro, excepto ese papel.
-¿Quemar?
-Me parece una barbaridad todavía, pero dijo que tenía que hacerlo y yo lo reprendí. Más tarde entraron a la casa y mi hijo me anunció que debía irse de Inglaterra.
-¿Aún tiene la carta de la reina?
-La conservo.
-¿Supieron por qué estaba interesada esa mujer?
-En ese diario están las anotaciones.
-Tómelo, Hazlewood.
-Espero que no se haya perdido...
-¿Qué cosa?
-Aquí está, que alivio.
-Otro documento.
-Este es más valioso.
-Asumo que no me dirá lo que escribieron ahí.
-Es un documento robado del Archivo Vaticano, lo tuvieron los nazis y después fue sustraído de la Biblioteca de Berlín en los años setenta.
-Debe ser vital.
-Marco lo halló en Oxford y según él, los problemas comenzaron. 
-Lo inteligente sería deshacerse de esta información.
-Sería muy peligroso, sobretodo por la familia Liukin. 
-¿Qué es tan delicado?
-Considero que lo mejor para usted es hacer como que esto no pasó.
-Jajajaja, es tan ridículo.
-No nos ofenda.
-Hace poco descubrí que mi familia también es Liukin.

Hazlewood palideció.

-¿Cómo?
-Una amante mía se quiso vengar y me mandó pedir registros de ADN con el Gobierno Mundial. Sergei Trankov los sustrajo por razones que no he consultado y sorpresa, sorpresa, llegaron los resultados a mis manos hace nada, días.
-Entonces Marco y usted tienen la misma conclusión.
-¿De qué está hablando?
-Él supo que usted era un Liukin mientras investigaba con el documento de los apellidos ¿Le han dicho que se aleje de la familia Romanov y del Imperio Británico?
-¿Romanov?
-Usted no llegó a esa parte.
-¿Disculpe?
-Abrí la boca, Marco está en la tumba.
-Claro que no... Y de lo otro, mi abuelo siempre me dijo que cuidara de los ingleses, pero creí que era por prejuicios, los llamaba "malditos piratas".
-Es un consejo escrito en francés antiguo, está debajo del nombre "Lousset".
-¿Por qué debería tener cuidado?
-El peor enemigo siempre está en la familia de uno y los Romanov iban a entregar a los Liukin con los comunistas a cambio de no morir en la Revolución.
-¿Qué?
-¿Qué clase de ADN le sacaron a usted?
-Mi último pariente era Goran Liukin, mi bisabuelo... ¿También soy un Romanov? 
-No era forma de darle aviso.
-Usted es malo guardando secretos.
-Por eso hice lo que pude por mi hijo y abandoné mi vida en Oxford.
-¿En Inglaterra saben algo de esto?
-Dicen que el zar Nicolás era primo de la familia real británica.
-Eso no debería ser noticia si fuera verdad, claro.
-Pero el registro que a la reina le interesa es un árbol genealógico detallado que quemó alguien. Marco escondió en otro libro esos datos y llegó un tipo a destruirlos, fue pérdida total porque las cenizas fueron arrojadas al canal de San Giorgio.
-¿Quién era?
-Supongo que otro Liukin.
-¿Su hijo le mencionó alguna descripción?
-Viejo, piel dorada y dijo que era de Tell no Tales.
-Lo investigaré - murmuró Maragaglio con la certeza de que conocía la identidad del destructor.
-Maragaglio, usted firmó nuestros documentos de asilo, podrían indagarlo, no es difícil.
-¿Cómo sacó a Marco de Inglaterra?
-Acudí con un falsificador en Sussex y luego de pagarle con mi casa, me dio los pasaportes falsos de Marco y Fabrizio.
-¿Por qué vinieron aquí?
-Fue para lo que alcanzó.
-¿Cómo migró usted?
-Negué a mis hijos y el falsificador me exigió los ahorros de mi vida.
-Ayer le pedí que cuidaran de Katy, hoy no puedo acercarla ¿Por qué no me dijo antes?
-Mis hijos tienen una vida normal.
-¡Tienen al MI6 encima, idiota!
-¿Qué hace?
-Obtener un seguro de vida, quemo esto.
-Es el trabajo de Marco, él intenta preservar y traducir la lengua lisak.
-Por algo me encargó los papeles y no confió en usted.

Edward Hazlewood se hundió en su asiento sin querer mirar como el diario y los documentos antiguos se perdían para siempre. Maragaglio alcanzó a leer el dichoso escrito de Oxford, enterándose de la "sangre pura" de un linaje relacionado a los Romanov y que, de hacerse valer, volvería legítimo heredero del trono de Francia y zar de Rusia al portador.

-Si alguien viene, yo no estuve aquí - sentenció Maragaglio al barrer los restos y perderlos con el viento. Hazlewood cerró su boca, recordando a su hijo al inicio de su proyecto, la "royal scholarship" que le daba la oportunidad de dedicarse a su tesis sin obligaciones adicionales y el día que halló a una familia Liukin tangible y en lugar de darlo a conocer, había reservado la información y posteriormente se había consagrado a borrarla. Un estudio inocente sobre una lengua muerta, corrompido por intereses inconfesables. Sí, amigo lector, Hazlewood conocía más de lo que declaraba, incluso había compartido sus impresiones de colega a colega al leer los datos y revisar las fotos de vestigios arqueológicos en África que Marco quería visitar. Luego vino la otra pesadilla, estando seguros y resguardados en Italia, cuando Katarina Leoncavallo se apareció primero en los cursos de extensión académica del mismo Edward Hazlewood y luego como una chica bella que miraba al gondolier Marco Antonioni y le coqueteaba en Cannaregio ante las miradas celosas de su arrogante familia y su dominante hermano. Los Hazlewood se habían confiado mucho. 

-¡No le reclamé por la boda! - se percató Maragaglio en la calle, pero no volvió ni se esforzó siquiera por mostrar disgusto, se limitó a entrar en casa de los Berton y resguardarse del frío con más dudas que antes.

Hazlewood sin embargo, se quedó en su azotea, sosteniendo los copos de nieve que comenzaban a caer, viendo una cortina blanca sobre los canales, depositándose en cada techo y reposando sobre sus hombros. La lluvia se transformaba en el blanco resplandor del invierno y la nieve sepultaba cualquier peligro inmediato.

jueves, 29 de diciembre de 2022

Marat y Joubert (Los encuentros esperados)


Miércoles, 20 de noviembre de 2002. Helsinki, Finlandia.

Carlota Liukin se hallaba en las instalaciones de la Helsinki Ice Arena y contrario a su costumbre de andar de parlanchina, se había puesto a practicar en silencio, distante de otras competidoras que no la conocían pero la habían visto triunfando en París. Maurizio Leoncavallo en cambio, otorgaba entrevistas para la televisión finlandesa y hablaba entusiasta de sus alumnos Cecilia Törn y Jussiville Partanen, anfitriones designados del torneo. En las gradas, la joven Katrina permanecía sufriendo por el frío y trataba de comunicarse con Maragaglio sin conseguirlo, aunque Marat Safin trataba de convencerla de desistir. A diferencia del Trofeo Bompard, la prensa no abundaba y los fotógrafos presentes eran escasos, más bien pertenecientes al gremio del patinaje y no tenían interés en reportar chismes. Sólo las patinadoras más conocidas murmuraban sobre los rumores, pero el centro de su atención era Katarina Leoncavallo con el "amigo" que había conseguido en el hospital y que le "hacía olvidar que estaba enferma".

-¡Maurizio está furioso! - dijo una.
-¡Yo le oí decir que su hermana se pasa todo el día con el chico nuevo! - contestó otra.
-Pero ella presumió a su novio - declaró una más.
-¡Lo cambió por este! 
-¡No saben lo que pasó en Nueva York! ¡Katarina se besuqueó con un tipo que nadie conoce!
-¿El hermano lo sabe?
-¡Se pelearon en París por eso! Luego ella llegó a Venecia y se enfermó y como no hay lugar en el hospital, la pusieron con el chico con el que ahora se divierte.
-¿Creen que se acuesten?
-Pues dicen que Katarina se la pasa muy bien.

Carlota escuchó aquello y eligió contarle a su entrenador más tarde, dándose cuenta de que Katarina no había exagerado al acusar a sus compañeras de escupir veneno a la menor oportunidad. Algo en la atmósfera no le gustaba y continuó su entrenamiento aparte, recordando que Alisa Drei se presentaría en cualquier momento y le había dicho que le harían un homenaje a Jyri Cassavettes por el que se pedía la participación de las patinadoras del certamen.

-Terminamos en diez minutos - le avisó Maurizio Leoncavallo mientras hablaba para un noticiero local y ella optó por marcar unas piruetas lejos de las demás chicas. Como resultado, los fotógrafos se concentraron en ella hasta que una campana sonó para que abandonara la pista. Marat Safin se aproximó entonces con un abrigo y unos protectores para cuchillas.

-¡Ay, muchas gracias! Quiero estar calientita - sonrió la joven y se disponía a tomar sus cosas cuando una exclamación de "¡Carlota!" la hizo voltear hacia la parte superior del graderío. Muda y sorprendida, contempló bajar a una persona conocida que no estaba contenta y que también dirigía sus ojos hacia Marat sin amabilidad. Se trataba de Joubert Bessette.

-¿Podemos hablar ahora? - inició él.
-Te vi en París pero no me dejaron acercarme.
-Estamos aquí ¿Caminamos?

Carlota Liukin asentó con la cabeza y anunció que se cambiaría de ropa lo más rápido posible. Sin dejar de tiritar, el propio Joubert la siguió con su mirada y cruzó los brazos para adoptar una postura de enojo y labios resecos que no dejó indiferente a un Marat que callado, aguardó a que la chica no estuviera más a la vista para encargarse de lo que fuera.

-¿Eres su novio? - preguntó el joven Bessette.
-Somos amigos.
-No parecía en las fotos.
-¿Cuáles? 
-Las del periódico.
-La gente miente.
-Así que se trata de una historia de "Carlota y el tenista" ¿Las vacaciones que tomaron son un chiste?
-El señor Liukin sabe que no tenemos qué escondernos.
-¿Lo del tenis y lo de Bompard son errores míos? También los vi en el negocio de Judy Becaud.
-¿Espiaste a Carlota?
-Mi padre fue testigo de que no te le despegabas en Mónaco ¿Ella me dejó por ti?
-¿De qué estás hablando?
-Estaba en coma, me despierto y mi novia ya no era mi novia, mis amigos tampoco me visitaban y de repente tú te colocaste en el pedestal. 
-No te hemos mencionado desde hace mucho.
-Porque me olvidaron.

Marat no quiso replicar, quedándose con la mirada fija a cualquier lugar. Sabía que Joubert lo observaba cuidadosamente, incluso juzgándolo.

-¿Te presentó a Sergei Trankov?
-No lo hizo.
-¿Tienes tatuajes, Marat?
-No te importa.
-¿Te dijo que tenía novio?
-Y yo le sugerí que te abandonara.
-¿Por qué?
-¡Porque es una niña!
-¡No era tu problema!
-Mientras estabas en coma, a ella la amenazaban de secuestro, se la pasaba declarando en la comisaría, topándose con periodistas y siendo expulsada de la escuela. La decisión de mudarse no provino de ella, sino de su padre y yo me la encontré en Mónaco y la ayudé a mudarse. Ella siempre pensó en ti hasta que una mujer vino a decirle que te trasladarían a Venecia ¿Crees que iba a permitir que mi amiga se convirtiera en tu enfermera? ¡Tiene catorce años! 
-No la abandoné cuando me necesitó.
-Pero ella no podía hacer gran cosa por ti.

Maurizio Leoncavallo terminó con sus distracciones y enseguida intervino en la charla.

-¿Qué ocurre aquí y él quien es?
-Soy Joubert Bessette.
-¿El novio de Carlota?
-¿Lo soy?
-Ricardo Liukin me avisó de ti, vete.
-No.
-Te haré echar.
-¿Qué demonios pasó? 
-Las cosas cambiaron.
-Tengo que hablar con ella.
-¿De qué?
-¡De qué no entiendo! 
-¿La estás emboscando?
-Deseaba hablar con ella en París y ni siquiera volteó a verme.
-Decidimos que no pasaría.
-Estoy aquí.
-Pero no vas a ningún lado. Se acabó, adiós.
-¿Quién es usted?
-Maurizio Leoncavallo, coach y tutor de Carlota Liukin mientras se encuentre fuera de casa. He decidido que nos vamos y no nos sigas.

Maurizio caminó hacia el pasillo de vestidores para aguardar por su alumna y Marat llamó a Katrina para que los cuatro se retiraran del lugar tan rápido como fuera posible. Sin embargo, nadie contaba con que Carlota se daría cuenta de aquello y tomaría la iniciativa en el vestidor de recordar el número del celular de Joubert y llamar con la motivación lógica de una visita urgente. Este reaccionó discretamente, sentándose en una butaca y contestando como si de otra persona se tratara, nada que no sucediera antes.

-"Joubert..."
-No me muevo ¿Verdad? Sospecharán y te quitarán el teléfono.
-"Perdona, es que me están cuidando".
-Siempre dices lo mismo.
-"No es con mala intención".
-Quiero que me expliques varias cosas.
-"¡Ay lo sé! Es que no puedo hacerlo aquí, ojalá nos viéramos en un café".
-¿Irías?
-"Tendría que avisar y esperar que me den permiso".
-Dime en qué hotel te hospedas y voy.
-"Bueno... Hoy estaré en Vantaa porque Marat toma su vuelo en la noche y me quedaré allá. Mañana regreso aquí a Helsinki y estaré entrenando temprano, luego iré a comer y me prometieron llevarme a ver auroras boreales. El viernes y el sábado voy a competir, podría estar contigo el domingo si me escapo del banquete de clausura".
-No tengo tiempo.
-"Disculpa, es que no puedo antes"
-Llamaste para poner pretextos.
-"¡No, Joubert! Es que estoy ocupada".
-Siempre hablas con excusas cuando se trata de mí.
-"No es cierto".
-¿Me dejaste por Marat Safin?
-"¡No, no pasó eso!"
-No contestas mis llamadas.
-"Cambiaron mi celular".
-Supe de tus fotos en Mónaco.
-"Fui a una caridad".
-Mi padre te vio con Marat y luego me enseñó las fotos de la prensa ¿Es tu novio?
-"No sé qué te contaron pero no es cierto".
-Me dejaste en el hospital.
-"Mi papá quiso ir a Italia".
-No te despediste.
-"No me dejaron".
-Regresaste a París, pudiste hacer algo.
-"Me lo prohibieron".
-¿En serio? Hace un segundo estaba en coma y recibiendo tus visitas y cuando despierto descubro que nunca te preocupaste por llamar para estar al tanto de mí, que incluso te cambiaste de ciudad, competías de nuevo y tienes un romance con un tipo que no sé ni de dónde salió. Te vi en un torneo de tenis ¿sabes? Y cuando te quise visitar en la cafetería de la señora Becaud, estabas con el tal Marat. Luego me dijeron que salías con él y que iban a las atracciones de París sin importarles lo que la gente dijera.
-"Me vigilaban".
-Le diste una flor y lo besaste hoy.
-"Joubert..."
-Creí que contaba contigo.
-"Déjame explicarte".
-Sé la verdad.
-"Las cosas no son así".
-¿Alguna vez te hice algo? 
-"¡No!"
-Entonces habla conmigo en persona.
-"¡Me van a regañar, Joubert!"
-¿Otro pretexto?
-"No entiendes".
-Terminamos, si eso te hace feliz.
-"¡Espera!"
-Una cosa más: ¿Me cambiaste por Marat porque pensaste que no iba a despertar?
-"¡Marat y yo somos amigos!"
-¿Desde cuándo abrazas a tus amigos y los invitas a tus vacaciones?
-"Él sólo me acompañó a Venecia".
-¿Y qué hace aquí?
-"¡Tomamos un vuelo desde París y el compró su boleto para Moscú, pero se ha retrasado por nieve!"
-¿Lo amas?
-"¿Qué dices?"
-Amas a Marat.
-"Ay, Joubert, él y yo no tenemos una relación".
-¿Por qué le entregaste tu dije?
-"¿Qué?"
-Marat trae tu dije.
-"Se lo regalé, es que..."
-¿Lo quieres?
-"Voy a explicarte..."
-Está claro y lo entiendo. Buena suerte.
-"¡No, Joubert, es que...!"
-Adiós.
-"¡Oye, no te vayas!".
-No volveré a molestarte, vete con tu novio.

Joubert terminó la llamada y resolvió retirarse enseguida, sin evitar contemplar a Marat Safin como si hubiera perdido un duelo y con notorio cansancio por escuchar palabras en las que no creía más. Los pasos de Carlota Liukin se percibían con prisa y ella alcanzó a ver cómo el joven Bessette abandonaba el lugar con frustración y desilusión.

-¿Qué hiciste, Carlota? - curioseó Maurizio Leoncavallo con severidad.
-¡Joubert no quiso que le explicara!
-¿Tú lo llamaste?
-Es que no me ibas a dar permiso de verlo.
-¡Dame tu celular ahora!
-Toma.
-¿Qué tienes en la cabeza?
-Quería que Joubert supiera que no fue mi intención.
-Empeoraste todo ¿cierto?
-Sí.
-Te pedimos que no estuvieras en contacto con él.
-Marat, discúlpame.

Maurizio se desconcertó por aquella acción y observó a Marat Safin cuando la chica Liukin lo abrazó afectuosamente.

-Joubert y yo rompimos ¡Pero no debía ser así!
-Nadie tuvo la culpa.
-Pero me enamoré de ti cuando él estaba grave en el hospital, Marat.

Carlota empezó a llorar y el joven Safin le tocó el cabello para consolarla, tranquilizándola un poco.

-Yo no conozco la situación pero tu padre no iba a permitir que te quedaras de cuidadora de alguien a quien no le serías de ayuda, Carlota - intervino Maurizio Leoncavallo. El grupo le prestó atención.

-Lo que sé que Joubert hizo por ti en una situación similar fue lindo, pero tú no estabas en la misma posición, tú te encontrabas en peligro y Ricardo Liukin tomó la decisión correcta. Tal vez sientas que traicionaste a alguien que estuvo antes para ti, pero tú no podías quedarte por razones muy fuertes. Si en el camino conociste a Marat y ahora sientes algo por él, es porque cambiaste y avanzaste. Ni Joubert ni tú son responsables de eso, ustedes crecieron, sólo que tú has podido vivirlo y él tendrá que asumirlo.
-Me siento mal.
-Pero pasará.

Maurizio enjugó las lágrimas de Carlota y tomándola de las manos, se dirigieron a la puerta. Marat iba al lado de ella, llevando su mochila y su maleta y Katrina, que se quedaba callada porque temía ser impertinente, atinaba a colocar un gorro en la chica y ponerse guantes para resistir el frío.

Afuera no dejaba de nevar y Joubert y Marat se atisbaron brevemente antes de que el primero abordara un vehículo, sin confrontación. 

viernes, 23 de diciembre de 2022

El cuento de Navidad (Serie navideña "Los encuentros esperados")


Miércoles, 20 de noviembre de 2002.

-Estoy muy cansada - declaró Marine Lorraine luego de llorar un largo rato sin poderse contener. A su lado, Courtney Diallo procuraba mantenerse lo más calmada posible y recordaba que aún faltaba un día entero para volver a casa.

-Terminé haciendo el ridículo y con el mundo al revés - continuó Marine.
-Quisiera tener alguna idea.
-Invité a Maragaglio a la boda.
-¿Por qué lo hiciste?
-Me estoy despidiendo de él.
-¿Nunca te han dicho que eso no se hace?
-Mi padre también lo quiere ver así que no puedo negarme.
-Le ocasionaste problemas con el sobre que le mandaste a su esposa, no tiene sentido que te trate bien.
-Pero es así.
-Debes acudir a terapia, Marine.
-Hay algo que quiero aclarar contigo, Courtney.
-¿Es por el mismo idiota?
-¿Nunca me viste en Senegal?
-Jamás, el tipo te tenía bien escondida.
-¿Te acostaste con él?
-Nunca quise. 
-¿Te lo pedía siempre?
-Suplicó, prometió, se apareció en mi casa y no obtuvo otra cosa que no fueran cachetadas.
-¿Te habló de mí?
-Es curioso pero eso pasó.
-¿Y qué dijo?
-No lo recuerdo, él estaba borracho y lo dejé solo ¿Tú me reconoces de antes?
-No te lo mencioné en el concurso porque trataba de evitarme peleas.
-Maragaglio me da igual, no iba a deshacerte el peinado por él.
-Creo que es la primera vez que me arrepiento de haber sido su amante.

Marine suspiró.

-Nunca le conté a Kleofina que también la conozco de hace tiempo.
-¿Perdona?
-Maragaglio me engañó con ella, tuvieron sexo.
-¿Sientes rencor?
-Ni un poco.
-Ese hombre te lastimó.
-Acepté sus reglas.
-¿Y ahora?
-Courtney ¿Seguirías siendo mi amiga cuando pase la boda?
-¿Qué pregunta es esa?
-Es que nunca he podido hablar con una chica sin miedo de que me traicione.
-Cuenta conmigo.
-¡Estoy muy confundida!

Courtney Diallo no añadió palabras, comenzando a creer que era un error no exigir el lugar junto a la ventana del avión y que no entendía por qué, en lugar de ir directamente a Sudáfrica, accedió a ir a Reunión con tal de no pasar más de una hora en Hammersmith y tomar el tren a Tell no Tales.

-Yo opino que deberíamos dormir - señaló Madice Hubbell con el talante tedioso.
-¿Qué ganamos con eso? - contestó Marine.
-Estar tranquilas para empezar.
-No me funciona.
-Piensa en tu comida favorita o quédate en blanco.
-¿Descansaré si lo hago?.
-Es infalible.
-Dame una almohada.

Marine Lorraine se animó a seguir el consejo y no hubo manera de abrirle los ojos después, así que Courtney Diallo pudo dedicarse a leer un poco y estirar las piernas, concluyendo nuevamente que ese viaje a París la había hecho perder el tiempo y tal vez gastar un dinero que requeriría en el futuro. Al menos le quedaba la tranquilidad de saber que la trama Liukin estaba concluida de alguna forma y que no tenía un compromiso relacionado a final de cuentas, ni siquiera tratándose de Kleofina y una de sus aventuras contribuyendo al lío. Impedir que Maragaglio conociera a su familia entera hubiera sido egoísta.

Algo que resultaba curioso era que Marine Lorraine aún consultaba revistas de vestidos de novia y sobre su regazo y en su mesita de apoyo había una gran cantidad de las mismas, incluidas las que acababa de adquirir en el aeropuerto de París. En una de las ediciones, la joven había colocado la foto con el vestido elegido durante su prueba en la cafetería "La Belle Époque" y se notaba que estaba considerando encontrar alguno parecido apenas llegara a Tell no Tales. Detrás de la imagen, un recado de Maragaglio anunciaba que se encontrarían en la boda y que no dudara en llamarlo si necesitaba cualquier cosa.

-Esta mujer es un caso perdido - comentó Courtney, mostrando el mensaje a Madice Hubbell inmediatamente.

-Ay, no lo sé ¿Y si él detiene la boda?
-Sería la cereza del pastel.
-¿Crees que la quiera?
-Obviamente no, Madice ¿Cómo le recordamos que el tipo está jugando con ella?
-Díselo tal cual.
-Se lo diremos.
-¿Se habrá obsesionado?
-Marine se está quedando en el pasado.
-Sé que vinimos porque creímos que le estaban arruinando la vida a los Liukin pero todo fue por nada.
-Ni tan nada porque igual veremos a Maragaglio y debemos ayudar a nuestra amiga.
-¿Resultará?
-No.
-Qué horror.
-Madice, por favor prepara un montón de pañuelos.
-Propongo una noche de helado y pijamada en mi casa.
-Llevaré el pollo frito.

Ambas mujeres asentaron con la cabeza y Courtney cubrió a Marine con una manta.

Detrás de ellas, Albert Damon y Goran Liukin Jr. parecían distraídos con una conversación igual. Ambos se hallaban preocupados por Marine y Maragaglio, aunque fuera en plan vigilante y el asunto del reencuentro alertaba a Albert en particular.

-Tu hija dejó claro que se quiere casar - reiteraba Goran Jr. a cada instante.
-Maragaglio la ha puesto mal, le han surgido dudas a Marine y no estoy muy contento.
-¿Por qué no confías, Albert? Es una buena chica.
-Está confundida y antes de la boda no es buena señal.
-Son los nervios.
-Tu hijo le ha dicho un montón de barbaridades con el pretexto de regalarle un vestido de novia que no necesita.
-No conozco a Maragaglio, pero ella es lista y ha de saber que es normal que se aparezcan fantasmas antes del matrimonio.
-Crié a mi hija para que siempre estuviera segura de sus decisiones y no creyera en palabras de amor.
-Eso no depende de ti.
-La he visto con Laurent por dos años, se llevan bien, conviven con ternura y él es un caballero ¿Qué la haría pensar diferente?
-¿Ternura, dijiste? 
-Sé que él ama a mi hija.
-¿Y ella a él?
-Me ha dicho que sí.
-Entonces no te inquietes.
-Como si no supiera que Maragaglio fue capaz de enamorarla.
-¿Por qué no aclaras las cosas con Marine?
-Porque quizás no estoy preparado para dejarla ir. 
-¿Sigues viéndola como una niña?
-Marine es especial, es ingenua y soñadora.
-La subestimas, Albert.
-La sordera la apartó siempre, era muy tímida y aunque no lo admite, sé que engañarla no es difícil. La han lastimado antes, Goran. 
-Tu hija sabe qué hacer.
-Maragaglio le rompió el corazón una vez.
-Marine ya es una mujer, confía en ella.

Goran Jr. bebió un poco de té y maldijo por no poder fumar libremente.

-Vamos a tener días muy ocupados, los vecinos darán una fiesta para celebrar el compromiso de mi hija y también organicé una para la familia de mi yerno. Mi esposa se está encargando de una celebración en casa y los del concurso ese de Miss Corse quieren honrar a Marine con otro evento grande. Vamos a llegar a la iglesia sin ganas de festejar.
-Todo saldrá bien, Albert; deja que las cosas pasen.
-Aun no creo lo que está ocurriendo. Sentí menos preocupación por mis hijas mayores, incluso tengo dos nietos, pero con mi cuarta niña no puedo evitar estar apremiado.
-¿No lo esperabas? 
-Pensé que se quedaría soltera.
-Sorpresa, sorpresa.
-Goran, no quiero que tu hijo hiera a mi bebé.
-No lo hará.
-¿Aún juras que no la tocó?
-Hemos fingido hasta hoy ¿Continuamos?
-Le pondré una pañoleta roja al llegar a Hammersmith.
-Marine no merece que le hagas eso.
-Pero no puedo permitir que en el barrio sepan que existe un pasado. 
-Debí detener a Maragaglio en cuanto conoció a Marine. Lo siento, Albert.
-La boda es la próxima semana.
-Habla con ella, todavía hay tiempo.

Albert Damon se levantó inmediatamente y cortésmente le pidió a Courtney Diallo y Madice Hubbell que cambiaran de asiento. Él se topó con la linda imagen de su hija dormida, soñando algo bonito o tal vez recordando algo mejor. Percatándose de que ella se había quitado sus aparatos auditivos, el señor Damon no se abstuvo de cantarle para arrullarla, sin importar que fuera inútil. En sus manos de padre, portaba la pañoleta roja que siempre distinguía a las mujeres del barrio Corse y que Marine había lucido desde el nacimiento ¿Qué sentido existía en llevarla consigo si no tenía caso? Albert se resistía a creer que su hija había profundizado su relación con Maurizio Maragaglio años atrás. Y se dio cuenta de que le colocaría otra vez esa tela en el atuendo para ocultar el secreto, para no avergonzarla ni reclamarle. Abrazándola como cuando era niña, Albert Damon comprendió que la boda no era una decisión suya, así que debía seguir su curso, pero no le impedía tomarse el tiempo de estar a solas con Marine para expresarle que conocía la verdad y aquello lo había hecho amarla más.