miércoles, 18 de enero de 2012

Tamara y el cíclope


Tamara recorrió junto a Carlota una parte de la campiña que se encontraba totalmente congelada. Lo hacía trotando mientras su alumna realizaba un gran esfuerzo con la bicicleta. Ambas buscaban los lagos solidificados antes de tomar un descanso.

-¿Cansada?
-Un poco.
-Te hace falta condición, niña.
-Pero hago ejercicio.
-Al parecer no basta. Iremos con el doctor, tal vez debas ingerir más carbohidratos.
-De acuerdo.

Continuaron su camino hasta un sendero de roca que conducía al valle que deseaban y descendieron sin prisa. La chica Liukin tiritaba y tomó asiento sobre un tronco que aún no estaba repleto de nieve. Tamara le pidió que permaneciera ahí en lo que encontraba ramas sueltas para encender una fogata y afortunadamente encontró más que las necesarias.

-Acamparemos aquí ¿Trajiste una bolsa de dormir? Porque yo no olvidé la mía.
-Mi mamá me dió también una cobija.
-Excelente. Te aviso que entrenaremos desde mañana.
-¿Porqué vinimos hasta acá?
-Para calmar tus nervios.

Al tiempo que la pequeña hacía el inventario de la comida enlatada, Tamara levantaba la tienda y revisaba que las llamas no se apagaran. La ventisca comenzaba a da problemas y un crujido incesante perturbó la calma.

-Veré de que se trata. Guarda las cosas, Carlota.

Didier revisaba el lugar para encontrar grietas y como el sol iluminaba la zona, consideró prudente asegurarse de que tampoco se registrasen derretimientos.

-Al parecer todo sigue en orden - expresó al volver - Te sugiero que entres a la tienda, yo calentaré algo de café.
-Mi mamá dice que no puedo tomarlo.
-¿Prefieres tener frío? ... Anda, espérame ahí dentro.

Carlota siguió la sugerencia y su maestra prosiguió a elaborar la bebida pero otro ruido fue tan cercano que determinó inspeccionar otra vez sin hallar algo en absoluto.

-Niña, creo que es mejor que levantemos todo. No es seguro permanecer en este lugar.

Pero una piedra cayó a los pies de Tamara.

-No te muevas Liukin. De seguro alguien nos juega una broma.

La mujer caminó alrededor y seguió sin distinguir peligro alguno. Por las dudas, prefirió no arriesgarse y volver a casa pero a cada paso que daba, escuchaba nuevos crujidos y conforme aceleraba, eran más cercanos. Evitando gritar, ella eligió correr hasta que una fuerza externa la impactó hacia las rocas. Ella giró y sintió como una enorme bestia la alzaba para después estrellar su pierna izquierda una y otra vez contra lo que fuera. Soportando el dolor, Tamara hizo acopio de valentía y una vez en el suelo, intentó defenderse arrojando ramas y nieve. Al borde de la desesperación, debió hacer uso de un viejo dije que siempre llevaba colgando pero no tuvo efecto. La bestia la levantó una vez más y ella apuntó al ojo, dañándolo con el copo que le quedaba en la mano. La criatura dió un grito aterrador y la dejó caer.
Ella se incorporó pero su extremidad no resistía el apoyo y su espalda dolía demasiado. Cojeando, Tamara llegó con Carlota, quién salió de tienda bastante impresionada.

-Deja todo, necesito un doctor, chica.

Ayudándola como podía, la niña Liukin pronto cayó en cuenta de que la bicicleta no era una opción e improvisó un trineo con un par de troncos cercanos, mismos a los que ató con una cuerda que venía de regalo en el empaque de las bolsas de dormir.

-¿Siempre tienes tanta suerte?
-Mi mamá pensó que la promoción era buena.

Ambas se deslizaron por una ladera cercana hasta la entrada de la ciudad. Los campesinos llamaron a emergencias y la pequeña a su padres. La ambulancia recogió a Tamara pero el reporte no era alentador al arribar al hospital. Después de limpiar la herida, los médicos debieron medir el daño interno inmediatamente y descartar hemorragias mayores. Cada que le preguntaban quién la había atacado, Tamara guardaba silencio. Nadie le creería que un gigante cíclope era el causante.

-Esto no corresponde a una caída accidental - le reiteraban.
-Así fue - repetía.

Pero lo peor fue durante la noche, cuando la inflamación se hizo más severa y rojiza. Una infección se añadía a su cuadro y ella comprendió que no estaba frente a galenos heroicos, sino enfrente de unos que prepararían la amputación lo más pronto posible. La visita de una enfermera le hizo confirmar que así sería en cuánto le colocó una marca para ver si el mal avanzaba.

-Conozco eso, no es bueno - le dijo la indigente de al lado, que se había quemado al intentar calentarse - Algo se está comiendo tu carne.

Tamara jamás había reparado en la posibilidad de no volver a patinar y se percató en ese instante. Pensó en su rehabilitación, en sus ejercicios por cuenta propia. Tanto tiempo trabajando para sí y más tarde enseñando a otros, siempre con la esperanza de que volvería a saltar como antes; misma a la que acallaba cada vez que sus rodillas la detenían...

-¡¿Cómo rayos ..?! .. No, nadie me va a quitar la pierna.. Debo irme.

Al pisar, ella no pudo evitar gritar por el descomunal dolor del que era presa pero en vez de rendirse, se colocó su ropa, abandonó la habitación y hurtó unas muletas. Por ser ya de madrugada, nadie le detuvo o preguntó en absoluto.

Con creciente enojo, ella avanzó hacia la campiña después de bajar en la estación Le Sorcière. Para llegar al asentamiento más próximo, sólo debía pasar por una enorme escalera y continuar de frente hasta llegar al hielo. Sin importarle la distancia, tomó el camino mientras sufría por el helado ambiente y no cesaba de revisar si la bacteria o lo que fuera ascendía por su cuerpo. Llegó al valle ya muy entrado el amanecer.

-¡Maldito! ¡Ven aquí! - gritó con todas sus fuerzas y los pasos volvieron a sonar - ¡Ven porque te voy a matar!

Las pisadas entonces, se percibieron más lejanas. Decidida a enfrentarse, buscó al cíclope por las cercanías mientras le decía que era un cobarde. Ella se guiaba por los crujidos y pronto, se detuvo enfrente de una cueva.

-Así que te escondes ¡Si me van a cortar el cuerpo, antes me desquito!

Pero Sergei Trankov se le plantó.

-¡Déjelo en paz!
-¡Por su culpa me quedaré incompleta!
-¿Qué le hizo?
-Estrelló mi pierna y ahora se ha infectado y ...
-Eso no lo contrajo aquí.
-¿Cómo que no?
-El hospital de la ciudad está infestado de bacterias "come carne". No debió permitir que la atendiesen ahí... Mejor salude a Drago, posiblemente le gustará.

Sergei la tomó del brazo y la acercó al cíclope que aplaudía y hasta le lanzaba flores.

-Está enamorado de usted desde hace un par de años.

Tamara observó con asombro las imágenes que el ser poseía al igual que una compilación de videos.

-Los cíclopes suelen lastimar a las mujeres para que no se vayan - Explicaba el guerrillero - Y Drago deseaba conocerla. Le aseguro que después la iba a curar pero ahora me encargaré.
-¿Cómo llegó todo esto aquí?
-Cuando conocí a Drago, él ya tenía las fotografías, lo demás yo lo conseguí. Los admiradores se encuentran donde menos lo espera.

El cíclope estaba emocionado y sacó un par de botes con néctar de flores a manera de obsequio. Didier no sabía que hacer.

-No le tema. Él sólo quería ... Ellos son bastante imprudentes.
-¿Ellos?
-Hay más viviendo en la cordillera.
-¡No es cierto!
-¿Pensó que era el único?

Ella enmudeció. Trankov le aproximó una taza.

-Bébalo, le sanará la extremidad en unos minutos.
-¿Qué es?
-Hierba quemada.
-No entiendo.
-Así se llama la planta. Esto pasará: usted tomará el té, experimentará tos durante varios minutos y cuando termine, usted habrá olvidado que algo la carcomía. Después, le facilitaré otra infusión para que no se asfixie.

Tamara se sorprendió.

-No me mire así. La hierba le quitará la infección pero si no la acompaña con frambuesas y miel, el activo cerrará sus vías respiratorias.
-¿Cómo concibe que meteré esto a mi organismo?
-No tiene salida ¿Va a dejar que una calamidad hospitalaria acabe con su pierna? La hierba es el único remedio.
-¿Y como sabré que va a funcionar o que usted no me abandonará aquí?
-No se preocupe, esto no llegará a tanto.

Desconfiando y con el ánimo de que nada más nefasto ocurriría, ella ingirió el té de un sorbo. Drago le facilitaba un cobertor e insistentemente le señalaba la pantalla del televisor.

-¿Mis rutinas te parecen bonitas? No pensaba eso cuando tenía dieciséis y me entrenaba mi abuela... Ahora no puedo girar sin lastimarme más de lo que ya estoy.

Sergei rió para sí. Didier entendía perfectamente al cíclope y le contaba sus anécdotas aunque no hablaba su mismo lenguaje. Inclusive, un par de risas brotaron espontáneamente.

-Beba esto de una vez. Si se da cuenta, no ha expectorado.
-¿Cuánto tiempo ha pasado?
-Dos horas.
-Vaya, estaba tan entretenida.
-¿Le agrada este chico, verdad?
-Sí. Hasta me ha mostrado los peluches que coleccionó para mí.
-¿Ya revisó su pierna?
-Dos veces. Se curó, gracias.
-Noto que no le impresiona.
-Es porque las rodillas me duelen. 
-¿Quiere irse?
-Tengo ganas de estar en mi casa.
-Andando.
-¿No va a despedirse?
-Con Drago es mejor no intentarlo.
-Hágale entender que lo de ayer estuvo mal, por favor.
-Desde luego.

Sin atreverse siquiera a voltear, Tamara emprendió el regreso y al pasar por los lagos congelados se imaginó saltando, riendo y formando todas aquellas figuras que alguna vez le provocaron ovaciones y que soñaba con realizar una vez más.





Este blog también se une a la lucha por la libertad de expresión #StopSOPA!

2 comentarios:

  1. dañar a una persona por reternerla, uno de los actos inconcientes y comunmente practicado. Me agrado el hecho de como un ataque feroz y "sin sentido" se convierte en una demostración de admiración. No me canso de decirlo: Sigue así Ingrid. :)

    ResponderBorrar
  2. Ingrid!
    Me agrado lo tu oposición de la Ley SOPA.
    Saludos!

    ResponderBorrar