martes, 24 de diciembre de 2013

El regalo inesperado (Cuento de Navidad de La sonata del hielo)

                   
                   
Because I love you, my Doctor.


Hammersmith, 2:47 am

Cuando Carlota y Sergei culminaron la conversación, una pequeña nevada inició en Hammersmith. Los cristales, el escalón y los arbolitos que decoraban el lugar se cubrieron de nieve. El teniente Maizuradze y Viktoriya observaron a la niña con mucho cuidado.

-¿Lo ves, papá? Ella congela todo lo que quiere.
-Hace frío, de seguro esto es de lo más normal, no saquemos conclusiones.
-Mira bien, te juro que ella está detrás de esto.

Por seguir la corriente, él continuó atento a cada paso de la niña, quedando perplejo cuando esta última, al tocar una butaca, dejó un rastro de hielo sin advertirlo siquiera.

-Esta vez me disculpo, tienes razón, Vika.
-Lo curioso es que la gente no sufre.
-Pero los obliga a tiritar.
-¿Por qué nadie se da cuenta?
-Porque ella tampoco sabe.
-¿Será algo nuevo? 
-Tal vez no, tiene mucho control pese a ignorarlo.
-¿Qué haremos?
-Cerrar la boca.

El teniente Maizuradze sacó una chamarra y la colocó a Viktoriya mientras Carlota hacía lo propio con un elegante abrigo rojo que colaboraba con esa apariencia de princesa rusa que encantaba tanto a los presentes. La niña lucía tan hermosa que nadie le dirigía la palabra por temor a distorsionar su rostro serio y gélido.

-Nunca había estado cerca de alguien con semejante presencia - confesó Tamara cuando se acercó al teniente.
-A mí me cuesta trabajo no decirle "su Alteza".
-¿En serio?
-Desde que la conozco.
-A mí me impresiona que sea amiga de alguien como Anton.
-Mi hijo sabe adaptarse a la situación, o más bien, supo hacerla reír.
-Qué hábil.
-Parece que nos quedaremos mudos por Carlota en unos segundos.
-Por suerte, no trae una corona puesta.

Así fue como ambos cayeron en aquella hipnosis que en medio de su melancolía, Carlota era capaz de lograr. Mientras los muros se cubrían con una fina capa de hielo, la niña alzaba sus ojos hacia el reloj y escuchaba el tic tac como si fuera una melodía. 

Uno de los más atentos era Sergei Trankov. Y le sorprendía. Hacía un instante que había dejado de platicar con ella y ahora, su mirada cristalina y el cabello castaño claro destacaban sobremanera, haciéndola lucir como una ilusión, muy hermosa por cierto.

-"Estoy en un cuento" - pensó él con antipatía - "¿Acaso puede existir tal belleza en ella?" - y se preguntaba si en cualquier momento alguien la reverenciaría o le ofrecería diamantes. Nadie perdió detalle de cuando ella cubrió sus manos con guantes ni de cómo tomaba un libro para terminar su lectura. A su lado, un cabizbajo Joubert Bessette parecía un prometido adecuado disfrazado de un joven normal y ojeroso y Adelina Tuktamysheva una amiga del jet set con actitud admisible. Pero todas las miradas retornaban a Carlota inmediatamente y como imán, logró acaparar la atención total sin objeciones. Hasta en las macetas, las escasas flores que se resistían a morir en medio de tanto frío, apuntaban sus corolas hacia ella, como si anhelaran postrarse.

Pero alguien rompió drásticamente el mito. Un estridente sonido a guitarra eléctrica distorsionada y una voz nasal de actitud cool, ocasionaron que los demás despertaran del trance y el hielo, que había avanzado bastante, retrocedía con velocidad hasta volver al exterior y quedar, cuando mucho, en las esquinas de los cristales.

-Disculpen el ruido, esta canción es absolutamente fantástica, ¿no lo creen? - dijo la voz. Carlota en contraste, se molestó bastante y reaccionó como una heredera reclamando su reino.

-¿Cómo se ha atrevido? Ese volumen es inaceptable.
-El rock inglés sólo se aprecia bien a volumen alto.
-Al menos discúlpese adecuadamente.
-Fue lo primero que hice.
-Su escándalo me causa dolor en los oídos.
-En ese caso...

En lugar de disminuir, el sonido aumentó y Joubert terminó cantando a gritos junto al impertinente hombre que actuaba como si fuera el vocalista de una banda. 

-¿Fan de Blur? 
-Desde Leisure
-Joubert Bessette.
-Tennant Lutz.
-De acuerdo, señor Lutz, ahora que ha revelado su identidad, - señaló Carlota con tono inquisitivo - detenga de golpe el ruido y tome un asiento, algunos buscamos tranquilidad y he de exigirle respeto.

El hombre se rió del argumento pero la música cesó.

-Señorita ¿se porta con tal solemnidad siempre? 
-He expresado mi anhelo de calma con forma enérgica.
-Tal vocabulario jamás se lo escuché a una niña.
-Usted no distingue a una jovencita de una niña.
-Se equivoca, gracias a su tono, sé con certeza que usted es una niña.

Carlota abrió la boca de disgusto total y volteó hacia atrás, sabiendo al instante que su interlocutor calzaba unos tenis Converse(c) rojos algo gastados, su cabello se notaba despeinado y su corbata estaba anudada con descuido. Si revisaba el rostro, era el grito en el cielo: Tennant Lutz era nada menos que el cantinero del tren, mismo para el que no era tan deslumbrante el aura etérea de la chiquilla. Lutz era, digamos, un poco menos complaciente gracias a su oficio, pero no ocultaba que le daba gusto volver a ver a Carlota, aunque advirtiese por sus gestos que no se sentía bien. Ella por su parte, determinó guardar la novela que poco antes consumía su atención y abandonó su butaca para tomar a Joubert de la mano y llevarlo al extremo opuesto sin escuchar lo que éste le decía sobre Blur y lo importante que era el grupo para chicos como él por lo realista de sus letras. Lutz disfrutaba de la repentina atención que recibía y Carlota estaba celosa, además de furiosa; sin contar que ella le prodigaba un gran rencor por traicionarla a cambio de los 10€ que Adelina pagó por sus secretos. Captando que Lutz era non - grato a la chica Liukin, Sergei Trankov le estrechó la mano con efusividad y comenzó una charla que terminó incluyendo a los presentes en poco tiempo. Tal desaire a "la princesa" era insoportable. Las risas, anécdotas y conocimientos musicales del cantinero lo convertían en un interesante nuevo amigo y la nieve caída se derritió. 

-"Así que dejas de congelar al ser ignorada" - pensó Viktoriya Maizuradze mientras se alegraba sin parar por olvidarse de los escalofríos de los últimos días y observaba como la pequeña se iba a una especie de servi-bar detrás de un muro y que era de autoservicio. Cualquiera que contemplase aquello lo hubiese minimizado. Carlota Liukin ahora era terrenal y poco atractiva como las multitudes; anónima y olvidable como los vendedores de aparador o los burócratas y una chica con un novio convencional que a la primera oportunidad se separaba para conversar sobre temas de su interés. 

Claro, a Carlota Liukin no le era entretenido aislarse y menos a causa de un cantinero boca floja con quien ajustar cuentas iba a ser difícil. Desde su nuevo espacio, el muro, descargaba su mal ánimo maldiciendo al inoportuno Lutz y declarando que deseaba con todo su corazón tirarle los dientes; peor suerte corría Sergei Trankov, a quien calificaba de "monstruosamente adorable idiota a quien le patearía el rostro hasta matarlo".
No lo hubiera dicho.

-Tal como lo imaginé, tienes problemas.
-Mereces que te corten una mano y te den de cachetadas con ella por traidor.
-Qué dura.
-Me vendiste por 10€ en el tren cuando te acababa de conocer, así que de ser capaz, te arrancaba los ojos.
-Tú y yo tenemos historia, señorita ¿se te olvidó XO? 
-La persona que me atendió era bastante amable.
-¿Quién crees que te sirvió el martini?
-¡Qué bueno que no lo probé porque olía espantoso!
-En realidad te lo arrojaste en el vestido.
-¡Me lo aventaste!
-¡Hey! No tengo la culpa de que no sepas agarrar una copa.
-Debieron echarte de ese bar por creer que yo tenía diecisiete.
-A contraluz no te vi bien, pero con tu pose, lo supe.
-De todas formas te despidieron.
-Eso no es cierto, renuncié.
-Y obtuviste un puesto en el tren que te permitió aprovecharte de mí.
-Jamal es un lugar muy aburrido después de diciembre, no hay clientes, no hay dinero y es muy tedioso, pero intercambié mi talento para preparar tragos por viajar gratis hasta acá... Y no, no me aproveché de ti. Sólo recibí 10€ por confirmar lo que una amiga tuya ya sabía porque leyó tu diario.
-No sé si llamarte rata o golpearte la cara.
-Lo que gustes, bonita.
-¿Qué? 
-Bonita.
-No me llames así.
-Te simpatizo.
-¿De dónde sacas que me caes bien?
-La experiencia que da el oficio. 
-Eres pretencioso pero perdedor.
-Error, me dieron un trabajo en París. 
-No pasarás de ser un cantinero de octava.
-Oye, me subestimas.
-Súper cretino ha hablado.
-¿Sabes qué hice con el dinero de tu amiga?
-¿Qué?
-Te compré un prendedor en forma de patines, es que te vi en el diario y no pensé que te hallaría tan fácil.
-Es lindo.
-Para ser diseñado en Hammersmith...
-¿Qué sigue? ¿Decir gracias?
-Conozco a mis clientes; señorita, estás en problemas.
-Como siempre.
-¿El segundo afortunado es Sergei Trankov?
-Por favor.
-Lo atendí en el tren y no me equivoqué cuando supuse que él es de la clase de héroe que amas al instante.
-No me gustan tus deducciones.
-Ni a mí que no sepas qué hacer.

Carlota no respondió. 

-He pasado mucho tiempo aquí, me regreso ya con el grupo o sabrán que algo pasa.
-¿Te llevas una botella de capuchino?
-Tú tomas una bebida energética y no digo nada.
-Eres un tipo entrometido.
-Porque no hablo a la ligera al decirte bonita.

Él se aproximó demasiado.

-A diferencia de los hombres que has amado, yo sí estoy interesado.

Carlota se permitió ser dominada por los nervios y sin oponer resistencia, recibió un beso atrevido y prolongado en los labios.

-Wow.
-Aunque soy más joven de lo que crees, nuestra oportunidad vendrá mucho más tarde. Soy Tennant Lutz y cuando tengas realmente diecisiete años, hablamos.

Tennant sonrió cándidamente y tomó más bebidas para despistar a los presentes. Carlota en cambio, permaneció un gran momento quieta y cavilando: ¿rock inglés? ¿Blur? ¿A qué se refería Tennant con eso y por qué la movía a querer saber más? Y algo más intrigante: ¿Por qué no había correspondido el beso? Tennant Lutz era verdaderamente joven ¿Por qué no volvía para repetirlo de una vez? Ella retomaría su posición de princesa etérea dejando el asunto abierto ¡Tennant! ¡Tennant!

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