1 de agosto, 2002. A veinticuatro horas, el cumpleaños de Carlota Liukin acaba de dar un giro inesperado: el baile del salón La Seine se ha adelantado y ella ha escapado de casa. Como no tiene idea de cómo llegar, toda la ciudad la ve correr con un vestido blanco similar a los de época de Napoleón invadiendo Rusia.
-¿Por qué ningún taxi se detiene? ¡Siempre me preguntan si los necesito y hoy nadie!…. ¿Quién sabe llegar a La Seine? ¡Tampoco saben!… Recuerda los mapas, recuerda los mapas…. Montmartre está al norte, Ilé de la Cité al centro ¿o no?, Montparnasse al sur, Trocadero al oeste, el río nos atraviesa, el salón está a las afueras de la ciudad, no voy a lograrlo.
Los parisinos en cambio, se entretenían tomándole fotos, cediéndole el paso y alentándola a apresurarse, como si fuera una actriz retrasada o estuviera filmando un comercial.
-“Vete por la ribera” - le sugerían los pocos que tomaban en serio su predicamento y ella, obediente, lo hizo cuando sintió que no le quedaba más remedio.
-A la izquierda… No, no, era a la derecha… ¡A la izquierda! Tengo que rodear Montparnasse! ¿Recordé la dirección?
Y apresurándose más, contestó el celular cuando las llamadas se tornaron insistentes.
-¿Quién habla?… ¡Joubert, qué bien! ¿Llegaste al salón?…. ¿Cómo que estás formado?… No traigo los boletos, se supone que tú los tienes…. ¿Cuándo? Nunca me los diste…. Siempre reviso mis cosas, no los vi… Joubert, si voy a llegar, lo prometo…. No, no vamos a tener problemas, ¿ya encontraste las entradas, no?… ¿Ves? No pasa nada… Ya sé que después de las doce no dejarán pasar a nadie pero estaré allí…. Estoy en… cerca, te marco cuando ande por allí, adiós.
Carlota colgó y se dio cuenta de que aquello se pondría peor, que no faltaba ni media hora y que se hallaba demasiado lejos como para confiar en el transporte público que ahora sí era abundante.
-¿Por qué no le dije a Gwendal? - se reprochaba antes de recordar que también le había dado las gracias al mensajero.
-Oye Liukin, ¿por qué no me pides el favor? - le dijo Sergei Trankov aproximándose. Ella se llevó las manos al rostro, consciente de que él realmente era capaz de arruinarle el día y si le apetecía, lo haría de una vez.
-Te lo mereces, bebé.
-Imbécil.
-¡Bruja mil veces!
-¿No conoces a alguien más para fastidiar?
-Lubov y yo iremos a un baile en La Seine pero desafortunadamente a ti te pareció una bonita idea hacer lo mismo.
-¡Inmundo animal!
-Deja de ver películas.
-¡Patán!
-Jódete aquí.
Trankov se marchaba velozmente y Carlota, quizás pensando que se compadecería, lo siguió a gritos, impaciente porque él no paraba y la ignoraba olímpicamente.
-¡Ay, no! ¡Al río, no! - expresó la chica al tropezar y ver su celular cayendo al agua; pero lo que más le dolía era manchar el vestido con la suciedad del pavimento.
-¿Ves por qué nunca debes hacer las cosas de mala gana? Ahora sí estás en la ruina, bebé.
-Es mi cumpleaños.
-Y yo soy el Dalai Lama.
-Me veo espantosa.
-Sólo sacúdete, no se verá nada.
-¿Por qué adelantaron el baile?
-No sabría contestar, pero igual voy para allá.
-Sergei, ¿tienes un cuchillo?
-Navaja ¿sirve?
-Voy a cortar esto, se hace así….
-Eres una loca.
-Se verá deshilachado, no importa. Acabo de perder un vestido bonito.
-Liukin, si quieres rentar un vestido, conozco un lugar.
-No me da tiempo.
-Hay una forma de llegar a La Seine, es por el río.
-¿Tienes 20€?
-No pagaré tu viaje.
-Llévame al bote - remató la jovencita llorando.
Ambos avanzaron unos metros y descendieron a un embarcadero que en esa mañana había estado abarrotado. La mayoría de los paseantes asistirían a un día de campo, otros a tomar el sol veraniego, pero nadie sabía de La Seine y los que aun aguardaban por irse contemplaban a una inconsolable Carlota que mutilaba como podía la parte baja de su vestido.
-No hagas berrinche - recriminaba Trankov.
-¡Claro, como no es tu ropa!
-¡Te dije como quitar la tierra!
-Para tu poliéster todo queda bien ¡pero mi vestido es de seda!
-Bien, ya me cansaste.
-¿Te vas?
-Entré al bote sin ti.
Pero a Trankov le pareció que se comportaba groseramente y en un ataque de compasión, le extendió la mano.
-Lubov puede arreglarte, sólo espera.
-Sergei, sé que no es mi cumpleaños.
-No digas nada.
-Es que siempre me sale mal.
-Todavía falta tiempo.
-Deseaba celebrar en el baile.
-¿Me dirías por qué?
-Es mi día, lo quiero para mí nada más.
-¿Por qué no me sorprendes?
-Trankov, ¿si pudieras estar en paz, no lo agradecerías?
-Te besaría los pies
-Tampoco exageres.
-Te dije que sé de un lugar pero no quisiste ir.
-Pero no llegaría a la fiesta.
-Suenas a Cenicienta.
-Si fuera Cenicienta de pura mala suerte serías mi hada madrina.
-Te habría dejado en harapos y con una calabaza.
-¡Pues de todas formas iría a conocer al príncipe!
-Asumo que ese vestido mal cortado es tu harapo.
-La calabaza es esta barquilla oxidada en la que ni siquiera tomaré asiento.
Carlota prefirió quedarse cerca del borde, contemplando la tela desechada entre sus dedos y preguntándose la hora mientras intentaba no imaginarse la cara de nadie cuando la vieran con el atuendo hecho añicos. El guerrillero comprendió entonces que el problema no era irónicamente el vestido, sino que ella había ansiado tanto ese día que lo único que anhelaba era una tarde, hasta cierto punto, perfecta.
¿Qué pasa, Sergei?
-Hago una seña.
-¿Para qué?
Él no respondió pero de pronto, un chico que Carlota conocía se plantó a su lado y Sergei Trankov se sobresaltó un poco.
-¡Mensajero!
-Señorita Carlota, ¿puedo ayudarte?
-¿Estás de descanso?
-Más o menos, no he tenido mucho trabajo.
-Bueno, pásala bien.
-¿Sucede algo? Haré lo que quieras para que no llores.
-Consigue un vestido para ella, misma talla, estilo similar, blanco y envíalo al salón La Seine, yo pago - ordenó Trankov.
-¿Es todo? ¿Es lo que quiere la señorita Carlota?
La chica asentó poco antes de que se anunciara la primera parada cercana a Trocadero. Miguel Ángel, más que acostumbrado a ser nombrado “mensajero”, descendió deprisa, casi consciente de que el encargo era un poco urgente y que la joven no encontraba la manera de corresponder la amabilidad, aunque el gesto de Trankov era el que la confundía más, porque era notorio que no decidía entre abrazarlo o simplemente decir “gracias”.
-Nos detendremos en el siguiente muelle.
-Sergei, ¿por qué hiciste eso?
-¿Eras Cenicienta, o no?
El bote prosiguió su marcha y Carlota no tardó en distinguir el bosque ni las pequeñas granjas que surtían los restaurantes de las afueras de París. Conforme se aproximaba más al muelle, más locales de slow food y de baile se descubrían ante ella y el salón “La Seine” con su paredes blancas, su madera roja y un gran timón en la fachada sobresalía por la gran fila ante sus puertas, conformada por ancianos y uno que otro bohemio obsesionado por el pasado o la elegancia.
-¡Muelle de La Seine! - gritó el capitán y Sergei Trankov auxilió de nuevo a la joven Liukin para que no resbalara ante la madera húmeda y diera los escasos pasos necesarios hasta hallar a Joubert Bessette.
-¡Carlota! - exclamó el chico aliviado y le estrechó fuertemente.
-Estoy a tiempo.
-Luces hermosa.
-¿Seguro?
-¿Qué traes en la mano?
-Es mío - intervino Trankov, tomando la tela sucia que estaba doblada como servilleta.
-Gracias por traerla, amigo.
-Te dije que no había de qué preocuparse, ella esperaba turno en el embarcadero.
-¿Te quedarás a la fiesta?
-¿Dónde está Lubov?
-Adentro, aquí está tu boleto.
-Diviértanse.
-¿No quieres compartir la mesa con nosotros?
-Le prometí a Lubov que tendríamos nuestro día solos.
-Oh, ve con ella, suerte amigo.
-Luego los busco, más a ti Joubert, hay un asunto pero no es momento. Hasta luego, Carlota.
Los jóvenes se despidieron agitando su mano y entrando al lugar, mismo que estaba elegantemente ordenado, con servilletas de fino algodón, cubiertos de todos los tamaños y una vajilla de porcelana nueva. Las copas eran marca Lavinia Swire, así como los centros de mesa en forma de cisne y las flores rosas parecían delicadas.
-Ya vi a Lubov.
-No nos toca tan lejos, tomaremos la mesa cincuenta y tres.
-¿Tu crees que podamos saludarla más tarde?
-Sí, nada más que vea a Sergei.
Carlota buscó su asiento y se aseguró de colocarse cerca de la pista para poder ir a cambiarse en cuanto llegara el nuevo atuendo. Por otro lado, Sergei Trankov ingresaba al salón y modificaba el mal talante de su mujer gracias a un ramo de violetas que nadie figuraba donde había conseguido. Poco a poco, los asistentes fueron ocupando las mesas restantes y guardando silencio mientras alguien probaba el micrófono del escenario al fondo y un presentador vestido de rojo releía una tarjeta.
-Es nuestro primer baile - contestaba Joubert Bessette a las ancianas que tenía enfrente y la muchacha tomaba consciencia de que una conversación estaba en curso y distraerse le delataría la preocupación.
-¿Y a ti te gustan las polkas, niña?
-Prefiero los valses.
-¿Cuál es tu preferido?
-El vals de las flores.
-¿Planeas bailar mucho? Te acompaña un apuesto joven con traje imperial.
-¿Imperial?
-Como un príncipe que ha vencido a Napoleón.
Carlota miró a Joubert para percatarse de tres cosas: Los presentes estaban vestidos de gala y Joubert era el que mejor se veía con atavíos azul marino; pero al voltear hacia Sergei Trankov, esa añeja percepción del corazón deteniéndosele resurgió con gran fuerza: con su abrigo y atuendo militar blancos, él parecía más que un príncipe; era un emperador, uno importante, porque ni los reyes portaban con tanta imposición, ni resplandecían con sólo parpadear.
-¿Quieres sidra o vas a brindar con agua? - le dijo una de las mujeres.
-Sidra y ¿por qué brindamos?
-Por un año más en La Seine, que los bailes se repitan por siempre.
-Este 2002 el salón La Seine festeja 130 años de existencia y para conmemorarlo, hemos decidido honrar el estilo que nos dio renombre y ha deleitado a nuestros asistentes desde la primera vez: el romántico vals. - se oían más chiflidos eufóricos y felicitaciones - Nos deleitaremos con nuestra orquesta "La Seine" a cargo del maestro Armande Valls - ingresaban los músicos desde el lado derecho del escenario mientras el director reverenciaba en agradecimiento - y al ser un aniversario tan especial, me permito anunciar que el menú de este año es formidable, insuperable, comida de reyes - Carlota y Joubert se miraron con ganas de botarse de la risa - Sopa de anchoas, nuestro afamado souflé y nuestra sorpresa más grande: ¡Langosta con puré de papás!
Ante tal novedad, hasta los escasos primerizos abrían la boca y se emocionaban con el resto.
-Sin perder nuestra costumbre, a nuestro banquete conmemorativo no puede faltarle nuestro exquisito caviar de Rusia ¡y nuestras papas fritas con mayonesa! - aquello levantó la más estruendosa ovación e hizo olvidar que ese galerón estaba cayendo en decadencia gracias a la modernidad.
-Las papas fritas son la especialidad de la casa, nunca comerán otras sin que les parezcan mediocres después de estas - cuchicheaban las viejitas antes de que Miguel Ángel, imprudentemente, tocara un ventanal. Carlota sólo deseaba que Joubert que no se diera cuenta.
-Ve de una vez, el chico está embobado - sugirió una mujer - Aquí te despisto a tu príncipe, picarona.
La muchacha se levantó en silencio y fue a la puerta, misma que abrió sin dificultad o increpancias.
-Aquí está el vestido, señorita Carlota.
-Te mereces el cielo, mensajero.
-¿Algo más?
-Te invitaría pero creo que revisan las reservaciones.
-No tienes que agradecerme nada.
-Pero puedo pedirte que no te vayas, eres muy eficiente y un asistente sería muy bueno para mí... Aunque no tengo con que pagarte, olvídalo.
-Con placer lo haría.
-¿Deveras?
-Tengo mucho tiempo libre.
-¡Eres un amor, mensajero! Nos vemos.
-Claro, como gustes.
Carlota cerró abruptamente y corrió hacia el tocador, segura de que nada le resultaría peor. Su nuevo vestido le quedaba un poco grande, pero con la cinta de la cintura podía disimularse. Era notorio que la seda era de calidad inferior al anterior, pero el diseño era más bello, primoroso.
-Estoy hermosa... Sergei Trankov, es una lástima que no deba darte un beso - y salió con las manos colocadas en la espalda, sonriente; pero en su camino se atravesó el guerrillero.
-Así que ¿estrenas?
-Fue un bonito detalle.
Carlota, luces preciosa.
-¡Tú como el emperador de Francia!
-Buen halago, gracias.
-Voy para allá.
Lubov exige mi presencia.
-Adiós.
-Por ahora.
Emocionada, Carlota corrió hasta su asiento. El menú estaba sirviéndose.
-Así que el de la ventana no era el amor secreto - dijo una anciana.
-¿Disculpe?
-El hombre de blanco te interesa mucho más.
-No, él me preguntó por otra cosa.
-Por la hora no habrá sido.
-Fue por flores para su novia.
-Te doy un consejo: ve con él.
-¿Qué?
-A los amores no se renuncia, niña. Si ese es el que quieres, tómalo.
-Estoy chiquita.
-No te digo que te quedes con él ahora, sólo que lo apartes, demuestra que él siempre va a ser para ti.
-Pero no es para mí.
-Lo es, ustedes dos lo saben.
-¿Cómo es eso?
-Ay, niña. Es tan evidente que se aman.
-Sergei es un hombre.
-¿Sergei? Por un momento pensé que no tenía nombre.
-¡Él no es el indicado y es un hombre!
-Uno que espera por ti, como un pretendiente de hace cien años. ¿No te emociona, picarona?
-Está equivocada.
-Ese Sergei es de esos que pacientemente aguardan que la elegida se convierta en mujer ¿no te lo ha demostrado ya?
-Por supuesto que no, afuera nos detestamos horrible.
-¿Te jala el cabello?
-No pero me llama bruja y yo le digo imbécil y se burla de mí y me enojo con él.
-Como los niños que se adoran.
-¡No!
-Ese hombre ha tenido experiencias buenas y malas, entregas a medias, pasiones que no llegarán a ser, pero ha encontrado el amor y no va a soltarlo jamás. Por eso te rechaza con fuerza, porque no puede evitar el destino. Apártalo, sé que él te demostrará que es bueno que lo hagas.
Carlota prefirió conservar el rostro serio y saboreó con desencanto la entrada a pesar de hacer gala de buenos modales. La anciana la había dejado estupefacta y la cabeza se le revolvía pensando justamente en los romances de Sergei: ¿qué sitio ocupaba Lubov? ¿Zooey Izbasa era una "entrega a medias"? pero ¿Lía? ¿Qué había de Lía, la novia del pasado? ¿Era la pasión que nunca llegaría ser? ¡Qué estupideces le pasaban por la psique!
-Apenas y tocaste la sopa ¿no te gustó? - le preguntó Joubert.
-Más o menos, no tenía mucho apetito pero el souflé es maravilloso.
-La langosta tiene que ser fenomenal.
-Después de todo no era tan malo venir.
-Feliz cumpleaños.
-Gracias.
La joven determinó enfocarse en el banquete, descubriendo que nunca había tenido una langosta enfrente. Por insegura, volteó hacia Sergei, quien parecía tener una idea muy precisa de cómo lidiar con el platillo y lo imitó, quedando deslumbrada por su impecable etiqueta.
-Quiero proponer un brindis - intervino el anfitrión - Por nuestros clientes, por la magnífica orquesta y porque el amor flote en el aire, ¡salud!
Carlota levantó la copa y notó que la orquesta comenzaba su trabajo. Era la señal de que el baile comenzaría y la canción que interpretaban declaraba "quiero papas fritas para comer como rey, con las manos, quiero mis papas fritas"
-En cuanto sirvan las papas en la mesa todos deben levantarse - le avisaron a Joubert y con algarabía, grandes recipientes de papas a la franceses eran depositados en la mesa. Los músicos cambiaban su ritmo a los valses.
-Carlota ¿quieres bailar?
-Acepto, Joubert, solo ten cuidado de no pisar mi vestido.
-¿No era más corto?
-Era.
Carlota y Joubert comenzaron a dar vueltas por el salón, riendo a carcajadas por hacer el payaso. Como no había pausas, ignoraban cuantos valses habían intentado danzar al cabo de varios momentos. No se habrían detenido de no ser por la sed y al regresar a sus asientos, ella aprovechó para probar las papas de una vez, constatando que en verdad eran deliciosas. Alrededor, las parejas pululaban en gran multitud, perdiéndose de vista enseguida porque los rostros no eran reconocibles y los vestidos parecían iguales. Luces doradas iluminaban el salón a pesar de que el sol se filtraba en los ventanales. De pie, la joven Liukin se contentaba con observar tal espectáculo, hasta que aquella humanidad se abrió como el mar y distinguió a Sergei Trankov acercándose a ella, galante y cortés, sonriente y convencido.
-Carlota Liukin, ¿gustas compartir esta pieza conmigo? - pronunció. Carlota no contestaba.
-Anda, baila con él un solo vals, niña - alentó la anciana y Joubert Bessette advirtió divertido que sólo le daría "permiso a Trankov de una sola melodía". La joven Liukin atinó a ofrecer su mano y el guerrillero la tomó firmemente.
-Lo que tienes que hacer es dejar que te marque el momento - señaló y al cabo de una pasos, comenzaron los giros. Lo que a cualquier otra pareja le provocaba recorrer la pista, a Carlota y Sergei los llevaba al centro, donde nadie podía verlos y ambos se miraban a los ojos con perplejidad sin parar de sonreír... Sin embargo, fue demasiada emoción y él detuvo el baile de golpe para que ella comprendiera que su sitio era otro.
-Muchas gracias, fue un placer. Joubert, diviértanse, Carlota....
Al alejarse, la chica no se cansó de mirarlo. Desde aquel segundo, su vals con Sergei se transformó en ensueño.
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