sábado, 17 de marzo de 2018

Sólo es Katarina


Haguenauer llegó a tiempo con Carlota Liukin y Maurizio Leoncavallo a la Fondamenta Serenella y luego de preguntar si tenían calor, tomó la maleta de la chica y el grupo comenzó a caminar rumbo al puente que llevaba al centro de Murano, ocasionando que la tentación de tomar fotografías tuviera que ser reprimida por los Liukin y Miguel sujetara a Adrien para que no fuera tras un pez, aun a costa de salpicar a Katarina Leoncavallo con el agua de un canal que olía a hierba podrida.

-¡Disculpa! - gritó el niño y la abrazó por la cintura mientras Maurizio giraba para preguntarle si todo estaba bien. La joven fingió que no había sido importante y continuó su camino preguntándose qué tanto hablaba él con Carlota para no darle más atención al hecho de que la habían empapado deliberadamente. Su enojo iba en aumento cuando, para irritación suya, se apareció Karin Lorenz al final del puente.

-Amore mio! - exclamó Maurizio y así Carlota Liukin conoció a la novia de su entrenador, misma que también saludaba a Haguenauer con camaradería. Luego de presentarse, tanto Miguel como Carlota disimularon su sorpresa de que ella no fuera bonita o que su cabello estuviera partido por la mitad para resaltar unos rizos que no esponjaban mucho. Karin Lorenz parecía ser seis o siete años mayor que Maurizio aunque a Katarina le salió susurrar que acababa de cumplir cuarenta. Fue tan sincera que Yuko comenzó a reír nerviosa y bromear con que tenía esperanza de que su gran amor todavía fuera un mocoso que la encontraría en diez años y luciría igual que Maurizio de enamorado. La señorita Leoncavallo se apresuró a asegurar que aquello no era para tanto y acto seguido fue diplomática con Karin, a pesar de que ambas se rechazaban mutuamente.

-¿Qué fue eso? - preguntó Yuko.
-Un problema - afirmó Miguel, suspirando de alivio cuando distinguió al profesor Scarpa acercándose amigablemente. Carlota lo recibió con un abrazo y al igual que Haguenauer, presumía gafete para el área de "kiss 'n' cry".

-¿Maurizio, Romain y usted me van a acompañar?
-Condición de tu padre.
-Lo sabía pero gracias por venir.

Aquello relajó la tensión y los Liukin se dejaron guiar por los Leoncavallo hasta el "Murano Crystal, lo stadio sul giacchio" cerca del hotel LaGare Venezia. La pista de la calle Grigolina lucía mejor que ese lugar.

-He patinado en condiciones peores - dijo Carlota pasando saliva de sólo contemplar las gradas y enseguida inició el calentamiento sin preguntar. En la práctica oficial estaban presentes todas sus rivales, algunas desde sus asientos viendo lo que hacían las otras; las demás recibiendo indicaciones o probando sus vestuarios pero coincidieron en mirar hacia Katarina Leoncavallo, quien no les agradaba ni un poco. La joven Liukin oía comentarios tales como que era una araña desgraciada y llamó su atención oír a Sasha Cohen decir que "cada vez que abraza a Maurizio, es como si quisiera asfixiarlo".

-¿Tú eres Carlota Liukin? - inquirió de pronto Elena Sokolova y la chica se le aproximó sonriente por un autógrafo.

-Bienvenida al circuito, niña, te haremos la vida imposible, te vi en el europeo, eres buena ¿eh?
-Gracias.
-¿Quieres un consejo de todas? Aléjate de Leoncavallo.
-¿Qué?
-De Katarina, te sorprendería saber las horribles cosas que nos ha hecho.
-No entreno con ella.
-Te acercaste a su hermano, estás muerta - añadió Sasha Cohen - Una vez me amenazó sólo por pedir una foto.
-Y en Salt Lake me quiso arrancar el cabello porque me encontré con él en un elevador; hasta Tamara Didier me tuvo que rescatar.

Carlota creyó que exageraban y se limitó a recoger las firmas de ambas en su top amarillo. Desde su lugar, veía a Maurizio charlando con su novia y Haguenauer mientras Katarina lo molestaba haciéndole cosquillas. La escena era muy normal hasta que él concluyó la plática y se despidió de Karin con un beso pequeño. Los ojos de Katarina seguían a aquella mujer con una ira inmensa.

-Te lo advertimos - remató Sokolova y Carlota optó por terminar su calentamiento para comenzar a trabajar en pista. Maurizio la esperaba para darle instrucciones.

-¿Qué dijimos de socializar, Carlota?
-Lo siento, Maurizio ¡es Sasha Cohen!
-Comprendo pero no pierdas de vista que estamos en un torneo.
-Entendido.
-Ponte los patines y recorre el hielo, cuando te diga marcas spins y step sequences.
-¿Los saltos?
-Primero quiero ver si te ubicas ahí.
-Ya voy.
-Diviértete.

Carlota inició su ejercicio para sentir que la pista era reducida y le tomaban fotos que quizás no vería. Para sorpresa suya, había una pancarta para ella en el público y las niñas que recogían los regalos la seguían con atención, tal vez porque les gustaba verla con guantes o porque les parecía tan bonita como la reina del cuento. A decir verdad, hasta a Karin Lorenz dejaba boquiabierta con su rostro y esta lo hizo notar a Maurizio que ni siquiera había reparado en ese detalle; es más, sólo reconocía a Carlota por sus mechones pelirrojos, esos que su tinte aun no podía cubrir.

-"Es muy hermosa, su padre tiene razón en estar preocupado" - pensó él y se esforzó en ignorarla hasta el momento en que le ordenó comenzar a saltar para asegurarse de que estaría bien. Otros entrenadores miraban con curiosidad como Carlota ponía atención al filo de sus saltos cuando Maurizio le decía "repite", seguido de ejecuciones impecables. Por supuesto, esa observación no era porque él fuera competente, al contrario, su reputación de torpe lo precedía a tal punto que ni su éxito con Katarina cambiaba el hecho de que varios le ofrecían a ésta sus programas permanentes en California o Moscú sin ningún pudor y el coach de Sasha Cohen le envió a Carlota su tarjeta en plena práctica, con la afirmación de que "le daría rutinas muy bellas, creadas con bailarines de ballet".

-Debería guardar esto - dijo Maurizio reprimiendo cualquier intento de enfadarse y la joven Liukin le entregó la notita con el sonrojo de por medio.

-¿Vas a abandonarme?
-No puedo, mi papá quiere que todo salga horrible.
-Con mi talento, lo conseguirás.
-Aviéntame y arreglado.

Carlota y Maurizio comenzaron a reír otra vez a causa de esa mala broma y las demás patinadoras prestaron atención a Katarina, que inmediatamente dijo algo al oído de él que lo hizo soltar una carcajada más fuerte; todas se detuvieron varios segundos para ver un abrazo fraterno y breve antes de que el hombre tuviera la firmeza de enviar de vuelta a su hermana a las gradas para continuar dándole indicaciones a la chica Liukin, que al volver a repasar su rutina, se topó con una María Butyrskaya que la detuvo en seco. Maurizio Leoncavallo protestó enseguida.

-Katarina te odia - alcanzó la mujer a advertirle a Carlota - Ten el cuchillo listo hasta por la espalda.
-¿Qué está pasando aquí?
-Dile a Katarina que te hable de una tal Courtney, a ver si quiere.

La joven volteó con el gesto confuso hacia la señorita Leoncavallo y Maurizio entró a la pista.

-¡Espero que el oficial de ISU esté viendo esto y tome alguna medida disciplinaria, basta! - exclamó él y Carlota lo tomó del brazo para irse rumbo al área de calentamiento. Katarina los siguió, pretextando que era parte del equipo.

-Maurizio, tranquilízate.
-No entiendo el afán de molestarnos, no es la primera vez.
-No les hago caso, no te enojes.
-Se están metiendo con Carlota, no lo puedo permitir.
-Tampoco es para que des un espectáculo, la podrían calificar mal.
-Es verdad Katarina, tienes razón.
-Ay ven.
-Gracias.
-Si quieres calmarte, ven a mis brazos.
-Hice bien en traerte.
-Siempre tengo el abrazo que necesitas.

Carlota se sintió muy incómoda entre los Leoncavallo. Aunque Maurizio girara hacia ella y tratara de dirigirla en los últimos detalles, la escena parecía de una conversación ajena y privada.

-¿Entendido, Carlota?
-Sí, Maurizio.
-Perdona si estoy un poco impaciente, prometo tranquilizarme ¿quieres un jugo? Iré por uno.
-Que no sea de naranja, por favor.
-Lo sé, le traeré a las dos, denme un minuto.

Maurizio se apresuró a conseguir las bebidas y Carlota optó por iniciar unos estiramientos para quitarse la sensación de entumecerse a pesar de que los ojos de Katarina la distraían. Cuando menos lo esperó, la señorita Leoncavallo le sujetó fuerte el brazo izquierdo y la arrinconó contra un espejo sin el menor remordimiento.

-¿Qué pasa?
-¿Te agrada Maurizio?
-Al principio no.
-¿Por qué?
-Lo que pasó con la Fusar Poli me daba pena ajena.
-¿Elegiste a mi hermano o te obligaron?
-No hay alguien más en Venecia.
-¿Por qué entrenan de noche y solos?
-¿Solos? ¿Perdón?
-Sé que te lleva a casa.
-Porque es tarde pero mi padre siempre nos espera en la puerta.
-Voy a vigilarte.
-¿Qué?
-¿Te sientes su consentida?
-Más ¿qué?
-Cualquier paso en falso y te arranco los párpados.
-¿Quién te crees?
-Conozco a las de tu clase; métete más con Maurizio y sabrás que es una paliza que te deje muerta.
-¿Es una amenaza?

Katarina soltó a Carlota y fue por su hermano, a quien volvió a apretar con tanta fuerza que un moretón no tardaría en aparecer su espalda.

-Esa Leoncavallo sólo sabe hacer enemigos - pronunció Haguenauer al entrar a preguntarle a la joven Liukin si algo le hacía falta.
-¿Debo acusarla?
-Lo malo es que sólo oí "amenaza"
-¿Qué le pasa?
-Busca intimidar como las abusivas de la escuela, ya sabes qué hacer.
-¿Y Maurizio?
-Habla con él primero.
-Las chicas me dicen cosas horrorosas de Katarina.
-Entonces no creo que él no sepa de otro episodio brillante como este.
-¿Tú no te has enterado de nada?
-Bárbara Fusar Poli se quejaba mucho de ella, decía que fuera de las prácticas no la dejaba hablar con Maurizio o que se la pasaba pegada a él en el kiss 'n' cry; sólo una vez Marina Anissina se enfadó pero lo resolvió con una gran cachetada o eso me contaron.
-Entonces tengo permiso de defenderme rudo.
-El mío sí pero toma en cuenta que Maurizio quiere mucho a su hermana y no podemos darnos el lujo de perderlo.
-Es que no hay otro.
-Exacto. Aprovecha, ya viene.

Carlota movió la cabeza para armarse de valor.

-Te conseguí un jugo de durazno ¿ese te gusta? - dijo Maurizio Leoncavallo al acercársele.
-Grazie di cuore, si fuera de naranja, me mato.
-¿Qué tienes en contra de la naranja?
-Sabe a medicina y huele a veneno.
-Ja ja, fantástico.
-¿Podemos hablar?
-Por supuesto.
-No aquí.
-¿Es importante?
-Preferiría que lo escucharas sin que nadie se meta.
-Vamos al pasillo ¿es algo que se puede platicar ahí?
-Creo que no.
-Bueno, iremos afuera pero luego te quiero concentrada ¿es un acuerdo?

Insegura, Carlota siguió a Maurizio Leoncavallo al exterior, situándose ambos en la banqueta opuesta al club, ella no sabía cómo empezar.

-¿Sientes que te vas a ir? - preguntó Maurizio alegre.
-Estoy bien, patinaré.
-Bueno ¿me dejas saber qué sucede?
-Es que... Katarina me acaba de...ella me...
-¿Qué hay con ella?
-No sé como explicártelo sin que te enojes.
-¿Hay algún inconveniente del que deba saber?

Carlota se mordió el labio inferior y jaló sus mangas para pensar en algo rápido; su intuición le indicaba que ella no era quien debía acusar a Katarina o más bien, que no era tiempo ni lugar para hacerlo.

-Las demás patinadoras me... disgustan ¡ya lo dije!
-¿Me trajiste aquí por eso? Jajaja, Carlota, eso es normal ¿quieres maldecir a alguien?
-¡No! Es que no estoy acostumbrada.
-Relájate, siempre hablaran de ti y algunas querrán boicotearte, no es leal pero es parte del juego.
-Es que todas me dicen cosas malas de Katarina.
-¿Cómo qué? - el semblante de Maurizio cambio de amable a defensivo y Carlota respiró muy hondo.

-Katarina las molesta, dicen que lo hace porque se acercan a ti.
-Nadie me lo ha mencionado.
-¿No?
-Katarina es un poco celosa pero nunca se ha peleado con nadie; cuando competí con Bárbara en Salt Lake, le regaló dulces a todas las chicas y pasamos la noche celebrando todos juntos que mi error no nos costó una medalla. En los mundiales la he visto abrazando a las ganadoras y siendo muy amable, lo que te hayan dicho son mentiras.
-¿Por qué lo harían?
-Por desenfocarte pero no les hagas caso.
-Hace rato Katarina saludó a tu novia y como que no se llevan.
-Karin le agrada sólo que le cuesta demostrarlo porque las dos se mueren de emoción con la boda pero ignóralas.
-¿Te vas a casar?
-Katarina será mi madrina de anillos diga lo que diga Karin.

Carlota pasó saliva luego de felicitar a su entrenador y volvió con él en paz, contemplando a Haguenauer conversando con Karin Lorenz y es que ambos comenzaban a mirarla para adivinar si le había comentado algo.

-¿Katarina la tenía contra un espejo, no estás exagerando? - preguntó la mujer a Haguenauer desde su lugar.
-Le dije a Liukin que llegué al final y es verdad pero me asusté ¿Maurizio nunca le reclama a su hermana?
-Es que nadie le dice a Maurizio.
-¿Sólo tú?
-Tiene a Katarina en un pedestal y frente a él es encantadora.
-¿Te ha querido alejar?
-A mí no pero no me da confianza y me odia, si Maurizio y yo vamos de visita con sus padres, Katarina le dice que merece otra mujer.
-¿Han discutido por eso?
-Maurizio me da mi lugar pero ¿la has visto abrazándolo o siendo cariñosa? Me da escalofríos, el otro día él llegó a casa con muchos rasguños y supe que Katarina lo mordió.
-¿Que estaban haciendo?
-Jugando hockey en un descanso.
-¿Estás bromeando?
-Los chicos de danza me dijeron que ella es muy brusca y varios colegas y patinadores me juran que aprieta tan fuerte a Maurizio que a veces lo deja sin aire.
-¿Suelen conversar al respecto?
-Le digo que le ponga un freno y él me sale con que "sólo es Katarina" y que es fuerte y alegre, que es normal.
-Vamos a tener un gran round en Venecia.
-Cada que una chica se acerca a Maurizio, ella se pone muy agresiva.
-Qué bueno que lo dices.
-Carlota es la oportunidad que Maurizio ha estado esperando, no quiero que Katarina lo arruine.
-Nos aseguraremos de eso.
-Perdimos a una amiga por su culpa y él ha tenido dificultades con su trabajo, ayúdenlo.
-Cuenta conmigo, en Francia sí nos interesa que haya resultados.

La desorganizada sesión de entrenamiento de Carlota continúo finalmente como si nada pasara. Katarina Leoncavallo se colocaba en las gradas junto a Adrien y luego de sonreírle y permitirle abrazarla, suspiró largamente. A su lado, Miguel ponía cara de pocos amigos y luego de leer en su alma lo que había hecho ese día, advirtió:

-Vuelves a tocar a Carlota Liukin y te saco los ojos.
-¿Scusi?
-No creas que no me enteré de lo que hiciste, asi que más te vale no jugar conmigo ni con ella.
-Yo nunca juego, novato.
-Es curioso, yo tampoco.
-Qué miedo me das.
-No intentaría hacer algo en mi contra si fuera tú.
-¿Por qué no?
-Porque con Maurizio no te sirve de nada ¿qué parte de "es tu hermano" no comprendes?

Katarina quitó a Adrien con agresividad y regresó al lado de Maurizio, intentando aferrarse a su cuello inútilmente porque él le recordaba que estaba ocupado y no tenía tiempo de atenderla; incluso le dijo que como entrenador le ordenaba tomar su lugar y no intervenir de ninguna forma mientras Carlota estuviera en el torneo. Sasha Cohen y Elena Sokolova se sorprendieron mucho de aquella escena y la chica Liukin optaba por el extremo silencio. Katarina ya se las arreglaría para recuperar la atención de Maurizio en Venecia.

viernes, 9 de marzo de 2018

El camino a Murano


-Así que aceptaste a la niña Liukin.
-Me convencieron.
-¿Tiene el carácter que dicen?
-No tengo idea.
-¿Y es buena?
-Se nota que no ha entrenado.
-¿Pero salta?
-Tiene lindas piruetas.
-¿Qué quieres decir?
-Unos días más y tendrá ajustados los saltos pero nos vamos hoy a Murano.
-¿Al torneo?
-No puede causar baja.
-No me gusta cuando te sientas.

Esa era la charla que sostenían Katarina y Maurizio Leoncavallo en plena pista durante la mañana del viernes cuando coincidieron con ciertas ganas de tomar un respiro. Él no tenía problemas en recostarse en el hielo de vez en vez.

-¿Estás cansado?
-Algo.
-¿Cómo está tu novia?
-¿Karin? Algo molesta pero se le pasará.
-¿Qué no le gusta ahora?
-Mi horario nuevo, quiere que cambie a Carlota a algún turno como dos a siete.
-¿Lo vas a hacer?
-No, la verdad es que estoy bien así, no hay gente y se puede trabajar bastante.
-¿Te pidieron estar con Carlota en serio o en lo que consigue otro entrenador?
-Voy en serio.
-¿Mientes?
-Su federación me contrató.
-¿Es oficial, firmaste y punto?
-Ayer, me van a pagar bastante.
-¿Cuánto?

Maurizio hizo un ademán de silencio.

-¿Entonces te conviene?
-Voy a pagar la boda.
-¿Se lo propusiste a Karin?
-Aceptó sin pensar.
-Me acostumbraré.
-¿Estás enojada?
-Feliz sólo por ti, por Karin no siento nada.
-Ja ja ¿No te cae bien porque...?
-Mereces a una mejor mujer.
-Katarina ¿no quedamos en que no dirías eso?
-Algo le falta, no sé, no te veo vuelto loco.
-¿Cómo debería estar?
-Te brillarían los ojitos un poco más, como al hablar de Carlota.
-¿Qué tiene que ver Carlota?
-Cuando te entusiasma algo parece que vas a gritarlo y con Karin no te pasa.
-El amor es diferente.
-Con la otra novia que tenías eras más feliz.
-Por supuesto que no.
-¿Cómo se llama?
-Courtney Diallo.
-¿Por qué terminaron?
-¿No fue por ti?
-Nunca le hice gran cosa, llámala.
-Estás loca.
-Te volvieron a salir lucecitas en esos ojitos verdes.
-No.
-Igualitas que con Carlota Liukin.
-Cálmate.
-¿Ves? Estás sonriendo ¿Carlota patina bonito?
-Estoy impresionado.
-¿Qué tanto?
-No soy un buen coach para ella.
-¡Por favor!
-De una vez te advierto que es mejor que tú.
-¿Mucho?
-Te pondré un entrenamiento más fuerte.

Maurizio se puso serio y miró al techo mientras dejaba que sus brazos se enfriaran y bostezaba por dormir mal. Su hermana le permitió tomar la siesta en su regazo mientras le acariciaba el cabello y le daba besitos en la mejilla izquierda y en la frente con insistencia.

En cambio, en el Istituto Marco Polo, las compañeras de Carlota Liukin en el hockey le habían preparado una pequeña ceremonia para la buena suerte. Algunas de ellas le preguntaban sobre qué se sentía saltar en hielo o como elegía sus vestidos, si se maquillaba o si usaba muchas orquillas con su cabello mientras otras dos se lo trenzaban para que pudiera tener tiempo de hacer un buen calentamiento. Las maestras sólo le deseaban un alegre fin de semana y el profesor Scarpa le preguntaba su horario para verla competir.

-¿De verdad irá?
-Tu padre me encargó unas fotos.
-Empieza hoy a las cinco, soy la tercera en salir.
-¿Cuántas más van a competir?
-Otras quince.
-Seguro te va muy bien.
-Muchas gracias.
-Si quieres te acompaño a Murano a esta hora, todavía no conocemos a ese Leoncavallo.
-Miguel y Adrien van a ir.
-Mi presencia no está demás.

Carlota sonrió y acabó con su porción de pastel enseguida, segura de que no la dejarían comer más tarde. Su plan era llegar a Murano a las 13:30, reconocer la pista, hacer algo de tarea y competir. Había platicado esos planes con su entrenador y estaban más que acordados, así que sólo revisó su cuaderno de notas para confirmar sus horarios y de paso, recibir una llamada insistente.

-¿Tamara?
-"¡Liukin! Supe que hoy harás el ridículo"
-Era más simple decirme "hola"
-"Si no te molesto, no funcionas"
-¿Te avisó Haguenauer?
-"¿Quién más?"
-Estoy emocionada.
-"Te diste el tiro en el pie con ese coach"
-¿Leoncavallo?
-"¡Ja ja ja! Sabía que me dirías que es él"
-No encontré otro.
-"Lo siento, es que tiró a la diosa Fusar Poli, ja ja ja ja"
-¿Llamaste para burlarte?
-"Obvio, Liukin, sólo así te irá bien.... Maurizio es un buen tipo, a lo mejor funciona".
-¿Lo conoces?
-"De toda una vida, niña".
-¿Y como entrenador?
-"Su hermana y él aprovecharon el trabajo que había hecho Orser"
-¿Katarina estuvo con Orser?
-"No aguantó ni tres meses porque 'mi hermanito, mi hermanito regresa a Italia, bla bla bla bla bla'; a la Fusar Poli ya la tenía harta".
-Ha de querer mucho a Maurizio.
-"¿Le hablas de tú al entrenador? ¿Qué te he dicho de eso?"
-Que no se debe ¡pero a ti siempre te hablé de tú!
-"¡Porque yo era tu niñera!"
-¡No eras mi niñera!

Carlota y Tamara discutieron amigablemente por varios minutos y se notaba que ambas estaban igual de emocionadas pero sin grandes expectativas. En menos de una semana no ocurrían milagros.

Afuera del colegio, Ricardo Liukin y sus hijos aguardaban a Carlota y como podía suponerse, Miguel iría a Murano en calidad de guardaespaldas al tiempo que Tennant insistía en hacerles compañía sin resultado. El niño Adrien por su parte no paraba de preguntar si podía comprar adornos de peces y cambiaba de posición su pequeño equipaje con mucha insistencia, alterando un poco los nervios de Yuko, que al ver a Katarina Leoncavallo sonrió y enseguida anunció a los demás que Maurizio estaba llegando.

-¿De dónde conoces a la señorita? - preguntó Adrien.
-Los patinadores son famosos en Japón - contestó Yuko.
-En Venecia nadie les hace caso.
-¿Estás enamorado?
-¿Katarina es mi cuñada?

La señorita Leoncavallo volteó a ver a Adrien con curiosidad y sujetó a su hermano de la mano cuando el señor Liukin lo saludó.

-¡Maurizio! Buona sera ¿cómo está?
-Buona sera, me encuentro nervioso, señor Liukin ¿y usted?
-Me quiero matar.
-Todo irá bien.
-Está advertido.
-Lo tengo siempre en mente... Le presento a Katarina Leoncavallo, mi hermana.
-Un gusto, señorita, felicidades por su medalla en Salt Lake.
-Muchas gracias - contestó ella - Maurizio no ha parado de hablar sobre ustedes, los Liukin, así que he decidido acompañarlo a Murano y de paso, convivir con Carlota ahora que compartimos entrenador.
-¡Me lastimas! - protestó Maurizio afectuosamente al soltarse de su hermana y esta lo estrechó por la cintura sin perder la sonrisa. Ricardo no quería darle importancia pero creyó por segundos que ella apretaba a su hermano como si quisiera herirlo, sobretodo por una segunda protesta que la hizo abrazarlo por los hombros, pretextando sueño.

-Señor Liukin - intervino Miguel - Carlota ya está saliendo.

En medio de una lluvia de confeti, las compañeras de Carlota Liukin le decían "adiós" en la puerta y algunas le daban la caja con el pastel que quedaba, gritando "forza! forza!" para alentarla. La escena parecía de un festival que estaba mal pero divertido y Ricardo la recibió con un beso en la mejilla que la hizo sonreír.

-¿Estás lista?
-Creo que sí.
-Despídete de tus amigas y saluda al señor Leoncavallo.
-Claro.
-¿Qué traes aquí?
-Me regalaron un pastel de chocolate blanco.
-Qué lindo detalle.
-Le guardé a Maurizio.
-Yo se lo doy.
-Ojalá comieras más crema.

Carlota giró para agitar su mano en agradecimiento a las niñas de la escuela y de mano de Miguel recibió su maleta con todas sus cosas para el torneo.

-¿Mis patines?
-En su funda de felpa.
-Espero que no sean los que trajo Haguenauer.
-Los que está usando tienen protectores rosas.
-Qué observador, gracias.
-También le traje esta nota de Marat desde Marruecos.
-¿Marat? ¿Sabes algo más de él?
-Le mandó este dije de escarabajo.
-Es precioso.
-Sé que vendrá en diciembre a visitarla.

La joven Liukin ni siquiera terminaba de alegrarse cuando llegó la llamada de su amiga Amy desde París y se apartó enseguida para atenderla.

-Carlota tiene muchas amigas - dijo Leoncavallo.
-Al parecer ha hecho varias esta semana pero nadie sustituye a Amy. Por cierto, mi hija le apartó pastel - señaló Ricardo.
-Qué detalle ¿de qué es?
-Chocolate blanco y creo que tiene crema.
-Lo comeré enseguida, grazie.

Maurizio se disponía a abrir la caja cuando su hermana intervino nuevamente.

-Deberías dejar esto para después.
-¿Por qué?
-Es que Karin dijo que estás a dieta.
-La hermana de Karin es la que está a dieta.
-Ah, perdón.
-¿Quieres un poco?
-¿De verdad me invitas?
-Lo que me gusta de los Liukin es que no dejan que pase hambre.

Ricardo fingió que tomaba a broma el comentario de Maurizio al crecer su desconcierto sobre Katarina, que insistía en darle de comer en la boca y miraba hacia Carlota cada vez que era rechazada.

-Creo que lo mejor será que se vayan ahora, deben tomar el vaporetto en Rialto y es tarde de cruceros.
-Eso es cierto, señor Liukin ¿me permite llamar a su hija?
-Usted es el entrenador, signor Leoncavallo.
-Con su permiso.

Katarina tomó el bizcocho en dos manos y observó detenidamente a Maurizio hacerle señas a Carlota de que ya era tiempo de tomar el camino. Obediente, la joven Liukin terminó su charla telefónica y se aproximó al grupo.

-Creo que nos vamos enseguida.
-Sí, coach.
-¿Qué?
-Disculpa, Maurizio.
-¿Te probaste el vestuario otra vez?
-Antes de la escuela.
-¿Te queda?
-Ignoraremos los hombros ¿qué queríamos por tres días?
-¿Nerviosa?
-Entusiasta.
-Mejor de lo que esperaba. Cuál sea el resultado, da todo lo que tienes.
-De acuerdo.
-Abraza a tu padre y nos iremos.

Carlota no lo pensó y se despidió de Ricardo mientras este le recordaba los números de emergencia, el nombre de la posada donde Haguenauer decía que se hospedarían y el horario del medicamento de Adrien. El domingo, Ricardo podría ir por fin a Murano a verla y le prometía cocinarle su pasta favorita a su regreso. Ella sabía que él estaba muy tenso y no era feliz.

-Maurizio, cuídela bien, es mi hija.
-Cuente con ello.
-Cielo - refiriéndose a Carlota - comunícate cuando llegues, per favore.
-Lo hará antes de que me entregue el celular para que no se distraiga.
-¿Nada de mensajes ni buzones de voz ni nada?
-Carlota debe estar enfocada, señor.
-Vaya, usted realmente me agrada y no es sarcasmo, Maurizio.
-No lo defraudaré.
-Carlota, te veo en dos días, te amo, cielo.

La chica abrazó a su padre y luego de recibir el beso de la buena suerte, dio la media vuelta rumbo al Gran Canale. De acuerdo al plan de viaje, Haguenauer la encontraría en la Fondamenta Serenella en Murano y juzgando por el denso tráfico alrededor de Rialto, el grupo debía apresurarse para llegar a tiempo; los vaporetti lucían llenos y la infernal fila del mediodía hicieron que Adrien y Miguel tuvieran un ataque de risa. Viernes de cruceros, viernes de padecer molestias extra. Ni un alma cerca de la parada hablaba italiano, nadie siquiera se atrevía a explorar la ciudad fuera de las atracciones turísticas y la mayoría iba a Dorsoduro a tomar el sol.

-Podemos buscar otra estación - sugirió Maurizio Leoncavallo y Miguel le dijo que lo haría aunque no se movió. Katarina Leoncavallo por su parte, se colgaba de nuevo del cuello de su hermano, creyendo que la estaba ignorando.

-Ahí va otro bote - suspiró él.
-No te preocupes, siempre habrá alguno que nos recoja.
-Espera, hermana ¿sí vas a venir? Creí que no lo decías en serio.
-¿Por qué no? Carlota es mi co equipera.
-¿Traes dinero?
-Nada pero tú me invitas ¿cierto?
-¿No es un viaje de trabajo?
-Sasha Cohen va a estar en Skate America y quiero ver con qué me va a enfrentar.
-Voy a tomar video.
-Y también va a estar Sokolova ¿te acuerdas que casi me gana?
-Jajajaja, Katarina ¿cómo estás tan segura de que si te voy a llevar?
-Lo harás porque eres el hermano que más quiero, te doy besitos en tu mejilla y te consiento.
-No interrumpas cuando esté con Carlota ¿de acuerdo?
-¡Lo que tú digas, Maurizio!
-Entonces, calma, me vas a poner más ansioso.
-Tú no vas a patinar.
-Pero ahora respondo a un jefe.

Maurizio rió para liberar algo que estaba pensando sin necesidad de decirlo y contagió a Carlota.

-Lo siento, es que tu risa es muy graciosa.
-No te preocupes, Carlota, se nos pasará enseguida.
-Bienvenue en France!
-¿El jefe ha hablado contigo?
-Con mi padre, ayer.

El ataque de risa de los dos hizo que Katarina Leoncavallo se pusiera muy seria e intentara acercarse nuevamente.

-Ni se te ocurra - dijo Miguel tocando su hombro. Ella lo miró de una forma escalofriante.

-Es tu hermano - remató él cuando la joven se soltó y optó por no dejarla cerca de Carlota por saber que no era de confianza.

-¿Cuándo me voy? - gritó Adrien y Yuko se encargó de darle la respuesta cuando apareció Geronimo en su lancha.

-¡Bellissima Carlota! Sei benvenuta sempre! - exclamó el muchacho.
-Se me ocurrió llamarlo cuando vi a la gente - añadió Yuko.
-¡Gracias! - añadió Carlota - ¡Geronimo, siempre me salvas!
-Lo que sea per mia amica ¿que vas a Murano?
-¿Cómo te fue con la polizia el otro día?
-Todo se arregla cuando se trata de declarar el amor ¿Qué te respondió Marat?
-Somos amigos.
-Yo quisiera que mi amiga de Burano me persiguiera igual.

Carlota se cruzó de brazos sin dejar de ser amistosa y Adrien y Miguel abordaron enseguida; este último se aseguró de colocar a Maurizio junto a sí mientras Yuko hacía de barrera con Katarina sin saber.

Durante el trayecto, Carlota y Geronimo hablaron de Marat. La chica le decía que él le llamaba casi todos los días y que le había ido bien en Marruecos.

-Me mandó este escarabajo.
-¿Son turquesas?
-No lo sé pero dice que lo vio y pensó en mí.
-¿Eso dice la nota que lees y vuelves a leer?
-Sí y también que me desea lo mejor en mi competencia.
-¿De qué va a ser?
-De patinaje sobre hielo.
-Sei la migliore nell'mondo! Sono sicuro.

Carlota agradeció las palabras de Geronimo y enseguida revisó su teléfono, hallando mensajes de Judy, su prima Sonia y de Anton, que además, le había grabado su voz.

-Mucha gente te quiere.
-Creo que sí, Maurizio.
-Comienzo a entender a tu padre.
-¿Por qué?
-Te conozco desde hace cinco días y hasta yo te estoy tomando estima.
-Gracias.

Carlota y Maurizio pudieron seguir su plática de no ser por otra llamada que provocó que ella ignorara a los demás. Era Marat, que estaba de regreso en Mónaco. Como aquella conversación se alargara, los demás se reservaron la palabra y trataban de entender lo que ella respondía. Para guardar cierta privacidad, Carlota hablaba en español y Adrien gritaba al fondo que adoraba a su "cuñado tenista" mientras le comentaba a Maurizio Leoncavallo que su hermana "no podía enamorarse de otro" ni tener novio.

-Tu padre me dijo lo mismo.
-Yo lo digo por usted y por los que conozcamos.

Leoncavallo tomó a juego a Adrien mientras Katarina lo sujetaba por detrás, contagiando a Yuko de la misma incomodidad que Miguel prefería no esconder más.

-¡Fondamenta Serenella y Murano per la principessa Carlota! - anunció Geronimo y la joven Liukin se despidió con resistencia de Marat, intercambiando despedidas y bonitos deseos. Marat le confirmaba que lo habían convocado para jugar contra Francia en noviembre.

-¡Estaré allí, Marat! - aseguró ella y Maurizio le hizo la seña de terminar.

-Al menos ella piensa en un hombre que no la va a distraer - comentó Katarina y poco después, Carlota comenzó a cumplir con las reglas de su entrenador, dándole su celular.

-Me alegra que recordara nuestro acuerdo, signorina.
-¿Puedo iniciar con mi tarea en lo que Haguenauer llega?
-Adelante, llegamos temprano.
-¿Qué tanto?
-Media hora.
-Terminaré con la tarea de inglés ¡gracias Maurizio!

Carlota se sentó en una banca del muelle y mientras Yuko le pagaba a Geronimo el traslado, Miguel se dedicó a alejar a Katarina poniendo a Adrien a retratarla y a Maurizio a revisar sus cosas, descubriendo que Carlota había escrito una carta de disculpa para él durante la semana. En vez de leerla completa, prefirió hacer un par de preguntas en cuánto ella terminó un cuestionario sin dificultad.

-¿Tienes cinco minutos?
-Sí
-¿Vas a hacer algo de matemáticas?
-Sólo son fracciones.
-Nunca fui bueno en eso.
-Es muy sencillo.
-¿Estás nerviosa?
-Un poco.
-Estoy asustado.
-¿Por qué?
-Tengo poco tiempo como entrenador y a diferencia de Katarina o mis alumnos de danza, tú si tienes expectativas.
-Ellos también las tienen.
-Tu federación confía en ti, quieren ver tu trabajo y exigen más de lo que yo esperaría.
-¿Medallas?
-Haguenauer y yo sabemos que puedes.
-¿De verdad?
-Vi tus videos del europeo.
-Lo sabía.
-También pedí referencias con Tamara Didier.
-Ella me odia.
-Jajaja, me contó de un selectivo que hiciste y de otra competencia en la que ganaste.
-¿Es cierto que vino Sasha Cohen?
-Todas las de cartel.
-Estoy frita.
-Tamara cree que si soy sarcástico y grosero, rendirás mejor.
-La quiero.
-Sea cual sea el resultado, sé feliz.
-¿Por qué?
-Porque habrás dado todo lo que tienes.
-Maurizio, yo tengo que decirte algo.
-Confía en mí.
-Me vas a matar.
-No, prefiero la honestidad.
-¡Le dije a Haguenauer que eras un idiota! y que no sabes ponerte los patines.
-¿Es mentira?
-Cuando me dijo que en Venecia sólo estabas tú, me acordé de lo que te pasó con la Fusar Poli, perdón.
-Lo correcto sería ofenderme.
-Me disculpé por escrito pero no dijiste nada.
-En el mundo del patinaje soy un idiota, nada que no pueda aceptar.
-Estoy apenada.
-Oye, eso pasó y lo olvidaremos en los siguientes olímpicos, así es esto.
-¿Por qué fallaste?
-La primera vez di mal un giro y tropecé, en la segunda yo estaba mal colocado y no pude equilibrarme. Bárbara no me habla desde ese día.
-Los vi en una gala este verano.
-Nos vemos poco y patinamos si nos contratan pero ¿amistad? adiós.
-Perdón.
-Katarina fue la única que confió en mí y me interesa que tú me hagas caso porque cuando rechazaste a Simmond, creí que eras una engreída.
-Si lo soy.
-Pero trabajas.
-No quiero fallar.
-Estoy más aterrado.
-Prometo ser parte del equipo.
-Katarina, tú, los chicos de danza, son unos niños.
-No soy una niña.
-Tú no, si no quieres.
-Gracias por aceptarme.
-Nos estamos jugando los contratos, Carlota.
-Y el permiso de papá.

Carlota y Maurizio carcajearon de nervios, llamando la atención de Katarina Leoncavallo, misma que no resistió la tentación de aproximarse, aunque Miguel volviera a sujetarla del brazo para impedírselo.

-¿Qué parte de "es tu hermano" nunca te queda claro?

Desde su distancia, la joven Leoncavallo forcejeó sin resultado. De contemplar a Carlota contenta, comenzaba a sentirse enferma.

sábado, 3 de marzo de 2018

Un cuento de amor


Cuando Carlota Liukin regresó a Venecia, su padre se arrodilló para abrazarla, dejándola muda y con deseos de llorar. Ni siquiera le pedía explicaciones ni parecía molesto, sólo le pedía no volver a irse, no dejar a su familia, que entendía sus razones y que había pensado en todas las cosas que le podían pasar en el camino.

Eso contaba Maurizio Maragaglio en un bacaro de Cannaregio cuando le preguntaron como había dado con la niña extraviada y el professore Scarpa le oía atento, sin creer en nada. Por alguna razón, Maragaglio cubría a Carlota diciendo que se había ido a París a causa de un amigo que agonizaba en un hospital y su padre no le permitía visitarlo a pesar de la urgencia. Con esto, la gente del vecindario no tomó a mal el desorden y el lunes siguiente, todos saludaron a Carlota amigablemente.

En el vaporetto, en la escuela, en Rialto, la joven Liukin recibía muchas muestras de cortesía y preguntó por Maragaglio para agradecerle, aunque el precio de esa atención fuera que Tennant le acompañara siempre. Ricardo revisaba el reloj y la llamaba cada dos horas para asegurarse de que a ella no le faltara nada, aunque esa sobreprotectora reacción se volvió en su contra. Romain Haguenauer buscó el club de hielo de San Marco para aprovechar que el señor Liukin se hallaba con la guardia baja y luego de un par de averiguaciones, encontró dicho lugar en Calle Gregolina con esquina Calle dei Fabbri, en frontera con el barrio Castello, frente a un canal. La entrada era una puerta de madera pintada de rosa y la pista parecía nueva. Al fondo, entrenaba Katarina Leoncavallo y su hermano le daba instrucciones que ella seguía al pie de la letra. En las gradas había gente que esperaba por la apertura al público a la una de la tarde y varios técnicos iban y venían para revisarlo todo.

-Buona sera ¿A quién busca? - preguntó el encargado del guardarropa.
-Buenas tardes, vengo con Maurizio Leoncavallo, de parte de la Federación Francesa.
-¿A quién anuncio?
-Romain Haguenauer.
-Un momento.

El hombre abandonó su puesto y se apresuró donde los Leoncavallo, que miraban a Haguenauer con sorpresa y lo hicieron pasar enseguida, aunque Maurizio permaneció de pie sin dejar de guiar a su hermana con una rutina que presentaría pronto. Él se haría cargo de ese encuentro.

-Ciao, Romain ¿cómo estás?
-Muy bien, me gusta este lugar.
-Lo ocupamos desde hace un año, es público.
-Ahorras dinero.
-Depende ¿qué te trae por aquí?
-Eres el único entrenador en la ciudad.
-Eso es deprimente.
-¿Cuántos patinadores tienes?
-Mi hermana y dos parejas de danza.
-¿Tienes espacio para una estudiante?
-Hay un turno de cinco a diez sin ocupar.
-Eso es bueno.
-¿A quién no quieres en Lyon?
-Yo quisiera recibirla en Lyon pero su padre no quiere.
-¿Ella? ¿Quién, Didier?
-Tamara es un imposible.
-Según el diario de hoy, volvió a practicar.
-¿Qué?
-¿No lo sabías?
-Ella no puede saltar.
-Aquí dicen que sí.
-¿Este diario es serio?
-Hablan del calcio como el mejor del mundo.
-¿Y publican sobre Katarina?
-Je je ¿la chica que envías no es Tamara?
-Nunca Tamara.
-¿A quién me quieres lanzar?

Haguenauer no entendía ni media palabra en el periódico.

-Disculpa, me distraje.... Carlota Liukin, catorce años, es de INSEP.
-¿Liukin? No.
-¿Qué dices?
-Que no.
-¡Vamos!
-Tenía coach ¿qué pasó?
-Rechazó a Simmond.
-¿A pesar del "divino" Cizeron?
-No le agradó, nos lo confirmó por escrito.
-¿Por qué la aceptaría en mi grupo?
-Tiene una competencia el fin de semana y es urgente que alguien le ponga un programa.
-¿No tiene montaje?
-Es complicado de explicar pero en esencia, no.
-¿Ha entrenado?
-En París trabajamos en algo pero no quedó muy bien.
-No hago milagros.
-¿Dices que sí?
-Es lo contrario.... Katarina, repite la step sequence.... Romain, no lo tomes a mal pero mi hermana es medallista olímpica, lo siento.
-Lanza tu oferta.
-¿Qué?
-Maurizio, mi federación te paga y Carlota Liukin nos interesa mucho ¿la viste en el campeonato de Europa?
-¿Por qué no fue al mundial junior?
-Se lesionó pero ya está bien, se recuperó en el verano.
-¿Ha entrenado estos días?
-No.
-¿Puedo saber el motivo?
-Se acaba de mudar.
-¿Por qué?
-La escuela pero tiene un buen horario.
-Quiero hablar con ella, la espero a las seis.
-Cuenta con eso.
-Pido diez mil.
-¿Qué?
-Siete mil para mí, el resto se va a la cuota de la pista, taller de mantenimiento de patines y vestuario.
-¿Vestuario?
-Tengo convenio con una costurera.
-Le pagamos menos a Simmond.
-Convenzan a Carlota de ir con él, ciao.
-Los Liukin no volverán a París.
-Pueden traer a alguien de Milan, está De Bernardis.
-En serio...
-Romain, lamento no ser de tu ayuda.

Maurizio Leoncavallo volvió a dedicarse por entero a Katarina y Haguenauer salió de ahí, sintiéndose en ridículo. Algo se le tenía que ocurrir y sólo imaginaba a Carlota echando a perder la charla con el entrenador antes de empezar. De todas formas, fue a "Il dolce d'oro" por ella a la hora de la comida y se la topó cuando regresaba de estar con Maragaglio en San Polo. En el local, Ricardo estaba ocupado sirviendo gelati a un grupo de niñas.

-¡Romain!
-Quita esa cara.
-Sigo enojada.
-Lo sé; vine para conversar de otra cosa.
-¿Es de patines?
-Sí.
-Mi papá no debe escuchar.
-Carlota....
-Hizo que me regresaran ¿sabes que el tipo que me encontró mintió para que él no se molestara más?
-Ese Maragaglio es tu amigo.
-Papá sólo fastidia.
-¡Oye! Estuve con él, se preocupó porque no estabas y movió a media ciudad, deja de quejarte.
-Perdón, es que no quería volver.
-Te aguantas y ya.
-Supongo que no hay opción... ¿Qué ibas a contarme?
-Encontré la pista y no está cerca de la escuela.
-Sabía que Andreas mentía.
-Hay un coach pero no da su brazo a torcer.
-¿Quién es?
-Maurizio Leoncavallo, a quien debes conocer bien.
-¿No es el idiota que tiró a la diva Fusar Poli?
-Ese mismo idiota.
-¿Qué hace aquí en Venecia?
-Es el coach de su hermana y nos interesa.
-¿De Katarina Leoncavallo?
-Medallista de Salt Lake; mejor carta no tiene el tipo.
-Es un tarado.
-Pero sabe su trabajo, Katarina está patinando como una diosa y aun son prácticas.
-Maurizio no sabe ni ponerse los patines.
-¡Tendrás que superar su error con la Fusar Poli!
-¿No hay otra persona?
-Si hubiera otra no estaría diciéndote que vayas con él a las seis.
-¿Tan tarde?
-Es su horario, él pone las condiciones.
-¿Cuánto cobra?
-Tu padre no lo pagaría.
-Tengo mesada, de algo servirá.
-¿Cuánto te dan?
-Suficiente.
-La federación te ofreció un contrato, Carlota; ve con Leoncavallo y convéncelo por lo que más quieras.
-Arrojó a la diva Fusar Poli al hielo.
-Y nos va a arrojar a todos si te portas como una demente ¡Cierra la boca, toma tus cosas y ponte a entrenar!
-Eh, si lo pones así, iré de una vez.
-Te citó a las seis.
-Prefiero que nos rechace temprano.
-¿Llevas patines?
-No los suelto desde que volví.
-Calle dei Fabbri con Grigolina, hay un canal.
-Te diré que pasó.

Carlota se fue enseguida, con Tennant siguiéndola otra vez. Ricardo aun no advertía lo ocurrido pero le angustiaba que la joven se hubiese marchado, razón por la que se retiró el delantal cuando pudo y se fue tras ella.

Cuando Carlota Liukin encontró el club de hielo, se preguntó si la minúscula banqueta podía sostenerla en pie. Había cruzado un puente que rechinaba de viejo y los botes iban a escasa velocidad por tan estrecho espacio. Grigolina no era una calle muy agraciada para ser veneciana y su decadencia era notoria si se miraba a Fabbri, siempre bella y blanca. La puerta del club del hielo estaba abierta y ella se sorprendió de ver ahí a mucha gente pasando la tarde como cualquier otro día. Maurizio Leoncavallo estaba de pie, junto a un borde y al verlo, ella quiso morir: Con lentes o sin ellos, el hombre era una copia de Maurizio Maragaglio, quizás más joven y con más cabello. Era obvio que cubría turno de chaperón pero estaba a punto de retirarse.

-Buona sera, signor Leoncavallo? - murmuró Carlota al acercársele.
-Buona sera, signorina ¿en qué puedo servirle?
-Me dijeron que usted es el coach de Katarina Leoncavallo, soy Carlota Liukin.
-Respondí que no sería de su ayuda.
-No fue lo que me contaron.
-Pudo venir a las seis.
-Prefiero resolver esto antes.
-¿Ve a las niñas de allá? Vaya con ellas y dígales que su sesión terminó.

Carlota respiró hondo y obedeció a Leoncavallo, creyendo que quería verla patinar. El hombre en cambio le miraba los pies y se rió un poco. Cuando ella terminó con el grupo, se aproximó de nuevo sin saber que esperar.

-¿Tus cuchillas son nuevas, verdad?
-Las he usado poco.
-¿Los botines también?
-Sí.
-¿Quieres un jugo? Charlemos.

La joven pasó saliva y cambió de nuevo su calzado antes de seguir a Leoncavallo hasta una pequeña plaza de la Calle Fabbri, atrás de la pista. Tennant guardaba distancia prudente y pronto advirtió que Carlota tomaba asiento frente a un café donde Leoncavallo ordenaba alguna bebida fría con sabor amargo.

-¿Qué la trajo a Venecia, signorina Liukin?
-El colegio, mi padre encontró uno que le gustó más que el de París.
-Eso es inusual.
-La ciudad me gusta.
-Eso es bueno.
-Venecia es lo más bello que he visto.

Carlota sonrió y Leoncavallo pareció imitarla.

-He visto muy poco de su trabajo, signorina, acaso su programa corto del campeonato europeo.
-¿No le gustó el libre?
-No tuve tiempo de asistir a su competencia.
-¿Quiere el video?
-No es necesario, me gustó la primera rutina.
-Gracias.
-¿Cuánto tiempo ha patinado, Liukin?
-Año y medio.
-¿Es un juego?
-No, yo no tomé clases antes; bueno, muy pocas.
-Eso no es posible.
-Mi entrenadora era muy estricta y siempre me ha sido fácil hacerlo todo.
-¿Fácil?
-Nunca he tenido problemas que no arregle rápido.
-No lo creo.
-Quiero concursar pero necesito ayuda y no conozco a nadie.
-Eso quería escuchar.
-¿Qué?

Leoncavallo suavizó su voz y eligió tutearla.

-Además de Tamara Didier ¿quién más te ha guiado?
-Haguenauer pero no puede quedarse.
-¿Por qué rechazaste al coach de Guillaume Cizeron?
-Por Brian Orser.
-¿Orser te dijo que no?
-Al contrario pero mi padre no me dio permiso de ir a Toronto.
-Entiendo por donde vamos. No creo ser lo que necesites.
-No lo dice de verdad.
-No compito contra Orser, no manejo ese nivel de exigencia.
-Necesito un coach ahora.
-¿Nadie en Italia podría auxiliarte? Tengo los números de algunos colegas. Lo siento, Carlota.
-¿Sólo es "no"?
-Con mi hermana he logrado éxito porque no es tan buena.
-¿Qué?
-No nos importa el resultado, ella sólo quiere estar ahí.
-Katarina es increíble.
-Por algo está conmigo y no con Orser.
-¿También la invitó?
-Lamento no ser lo que buscas.
-Genial, mi padre ganó... Gracias, supongo.

Carlota se levantó enseguida y dio la vuelta, topándose con Ricardo a los escasos pasos. Él la abrazó enseguida.

-Aquí estás, pensé que estabas molesta y por eso te fuiste.
-No, sólo vine aquí.
-Es que no supe que te dijo Haguenauer.
-Vine a ver la pista de hielo.
-Carlota, sabes que no puedes.
-Ni siquiera te asustes, el entrenador me dijo que no.
-Está bien, volvamos al local, tienes tarea y no deseo que andes sola.
-Papá, te estoy hablando de otra cosa.
-Ya te escuché, no te pongas triste.
-No estoy triste.
-De todas formas en el hockey te irá bien, sólo competirás cerca de casa, es lo que importa.
-Es por una materia de la escuela.
-Lo que es mejor, no tienes que hacer maletas.
-Papá, me acaban de decir que no ¿Vas a preguntar por qué?
-Lo haría pero cualquier motivo me parecerá bien.
-¿Qué te pasa?
-No te irás, no otra vez.
-¡Practicaría en esta ciudad!
-Para pedirme permiso de irte a otro lado.
-Ya sabes cómo es.
-No lo sé porque siempre estuvimos en Tell no Tales y no voy a averiguarlo ahora.
-Papá, no me hagas tomar mis cosas.
-No me vas a asustar de nuevo.
-¿Es que no te interesa lo que yo quiero?
-¡Por dejarte terminamos aquí!
-¡Vinimos hasta acá porque París te aterró!
-¡Decidí que basta!... Dame eso y vámonos.
-¡Son mis patines!
-Los agarraste sin permiso.
-¡No son tuyos!
-¡Devuélvelos!
-¡Entonces quédatelos pero no me vuelvas a hablar!

Carlota desarmó a su padre otra vez cuando arrastró a Tennant hacia la banqueta sin poder contenerse y comenzó a llorar. A su padre se le rompió el corazón, no estaba dispuesto a dejarla ir ¿al costo que fuera? Leoncavallo, que era testigo de esa escena, no se sentía capaz de intervenir hasta que el señor Liukin lo confundió con Maurizio Maragaglio y le extendió una disculpa.

-Scusi, mio nome è Maurizio Leoncavallo.
-¿Leon qué?
-Maragaglio es mi primo.
-Se nota.
-¿Gusta sentarse?
-No, yo voy con mi hija, perdóneme de nuevo.
-Soy el entrenador del club de hielo, la signorina Liukin habló conmigo.
-Gracias por decirle que no.
-Quería decirle que sí.
-Menos mal que se equivocó.
-¿No cree que comete un error?
-Puedo vivir con eso.

Ricardo se alejó mientras Carlota intentaba calmarse. Era claro que ella no deseaba tenerlo cerca.

Maurizio Leoncavallo sin embargo, se quedó pensando al respecto el resto del día, armándose de valor para visitar a los Liukin por la noche. Después de preguntar a su primo sobre cómo encontrarlos, Leoncavallo tomó el vaporetto hasta Ponte degli Scalzi y caminó hacia Calle Priuli Ai Cavaletti con la certeza de que alguien lo vería pronto. No erró cuando reconoció a Carlota Liukin en su balcón, leyendo un libro que no parecía escolar y con la puerta cerrada a su habitación como si no quisiera ver a nadie.

-Ciao - dijo él.
-¿Cómo me encontró?
-Mi primo.
-¿Maragaglio?
-Él.
-Hola entonces.
-Si trova il signor Ricardo?
-En la cocina.
-¿De este hotel?
-Ni siquiera nos permite ahora comer algo que no haya preparado él.
-No lo tomes mal, sólo te cuida.
-Se pasó de la raya.
-Creo que te ama.
-Claro que sí.
-Supe que intentaste marcharte de la ciudad por esta pelea del patinaje.
-Mataré a Maragaglio.
-Deberías.
-Eres mi única alternativa, tampoco es que me sienta muy aliviada.
-¿No confías en mí?
-Tiraste a Bárbara Fusar Poli dos veces.
-Pero tengo una carrera.
-Todos sabemos que eras una calamidad.
-Una que te puede ayudar.
-¿Cómo?
-Observa.

Leoncavallo se introdujo al hotel Florida y fue el primer sorprendido cuando Ricardo Liukin accedió a recibirlo frente a la estufa a condición de asearse las manos y ayudar rebanando queso. El señor Liukin no parecía tan malo y su actitud al saludar era amable cuando lo observó entrar sin hacer preguntas.

-El truco de la sopa de cebolla es conseguir unos buenos huesos de res y rasparlos para que los restos de carne le den más consistencia. Me alegra que sean muy baratos - comentó el señor Liukin en saludo.
-¿No le dicen nada por usar este espacio?
-No, de hecho me han ofrecido trabajar aquí pero pagan menos que en "Il dolce d'oro".
-No conozco.
-Es una gelateria en San Marco, ahí me reúno con mis hijos después de la escuela.
-Tendré que ir.
-¿Me ayuda con el queso? No lo ralle.
-No, nunca.
-¿Le han presentado a Tennant? Es un chico listo.
-¿Es su hijo?
-Sólo si se lo gana, hasta hoy va muy bien, mire como pica el cebollín.
-Mi primo me ha dicho que Carlota es su preferida, señor.
-No quería ser tan rotundo pero sí.
-Nadie se molesta.
-Mi familia lo sabe y Andreas y Adrien no se esfuerzan mucho en contradecirme ¿Los ve en la cocina?
-Tampoco tengo el gusto.
-Adrien es autista según el médico y a veces nos ignora por completo. Él es feliz.
-Para usted es complicado.
-Sí pero es un niño bueno y muy listo, sólo no pertenezco mucho a su mundo. Algún día.
-¿Qué hago con las rebanadas?
-Le indicaré cuando usarlas.
-Me habló del otro hermano.
-Sin comentarios sobre Andreas.
-Disculpe.
-¿Tiene hijos?
-Aun no, mi novia y yo lo pensamos.
-No los tenga, es el mejor consejo que le puedo dar en la vida.
-Mi padre dijo algo similar.
-Siendo maestro se le quitarán las ganas ¿Sabe cuánto vómito tuve que limpiar?
-¿Récord?
-Carlota nunca me dio ese problema, una vez la llevé con el pediatra porque era raro que fuera tan sana. Nunca devolvió la comida, jamás tuvo accidentes en pañales, no lloraba, dejaba dormir y era muy risueña. Todo se arruinó cuando la dejamos ver los juegos olímpicos.
-¿Por qué usted se opone?
-Al principio no pero su madre pensaba que era muy peligroso y han sucedido muchas cosas, admiradores locos, Tamara, el rechazo de la escuela; murió mi esposa y todo lo malo empezó.
-Lo siento.
-Sé que cuando crezca, Carlota comprenderá mi negativa y estará tranquila.
-No puede detenerla.
-Pero trato y no crea que no sé que la estoy hiriendo.

Ricardo añadió vino a su cacerola y la tapó enseguida.

-Quiero preguntarle algo, Maragaglio.
-Leoncavallo.
-Me confundo.
-No se preocupe.
-¿En serio le respondió a Carlota que no?
-Error de mi parte.
-¿Por qué?
-Supe lo del señor Simmond.
-Carlota a veces toma decisiones que no entiendo.
-¿Si ella se hubiera quedado conforme, estaría preparándose para un torneo?
-Es probable, nunca lo sabré.
-¿Le dijeron que no a Brian Orser? ¿De verdad?
-Nadie debe llevarse a mi hija lejos.
-Tenemos eso en común, mi familia decía que sí pero mi hermana no quiso dejarnos atrás y Orser se marchó. Ella sufrió mucho cuando yo me fui por trabajo y a mi vuelta, me pidió llevar sus planes de entrenamiento.
-¿Cómo les ha ido juntos?
-Bronce en Salt Lake.
-Igual que Verner.
-¿Quién?
-El ex compañero de Carlota.
-Creo que es bueno trabajar en familia, fracasamos o triunfamos juntos.

Ricardo no fue capaz de creer que Leoncavallo mentía y optó por hacerle colocar el queso sobre la sopa sin mencionar nada. Los farsantes eran complacientes pero Maurizio guardaba silencio y se limitaba a contestar cualquier pregunta de forma concreta, así fuera por el olor de la cocina o algo de su rutina. Para los Liukin era muy extraño ver un invitado que no causaba escozor en nadie y se quedaba hasta tarde conversando en privado.

Durante el martes, Carlota hizo lo que se suponía era su nueva normalidad: sus clases hasta las once, su práctica de cuarenta minutos con el equipo de hockey sobre pasto, ducha rápida, aguardar a que Tennant llegara por ella a la escuela, pasar a cambiarse de ropa y tomar el vaporetto para llegar con su padre y hacer enseguida la tarea. Los transeúntes comenzaban a acostumbrarse a verla pasar el día revisando sus apuntes, recibiendo al maestro Scarpa para repasar sus lecciones de italiano y yendo con su padre a la cremería si en "Il dolce d'oro" se había encargado alguna caja de mascarpone. Esa vida veneciana era muy tranquila y más feliz de lo que los Liukin hubieran querido soñar en París, con el sol otoñal y el viento cálido de una calle más o menos descubierta por turistas, con el silencio que dejaban unos vecinos que saludaban y se iban y pocas mascotas que causaran alergia. El atardecer en la ciudad era imperdible y Ricardo salió muy feliz del trabajo poco antes de las cinco, cubriendo los ojos de su querida hija y besando su frente.

-Ven, te tengo una sorpresa.
-No me gusta que me tapen la cara.
-Ten paciencia.
-¿Dónde vamos?
-Con Tennant jura que no.

Ambos se dirigieron a un bote y comenzó un paseo que tal vez Carlota habría adorado de poder ver algo. No fue un traslado tan tardado porque el tránsito había bajado y pronto Carlota creyó caerse cuando descendió pero no. Su padre la sostuvo y le hizo entrar a un sitio fresco y con olor a pino antes de retirarle al fin la venda y contemplar su felicidad instantánea.

-Allá está tu coach, obedécelo.
-No entiendo.
-Cualquier problema que tengas, sólo llama.
-¿A dónde vas?
-A casa, te espero a las diez.
-¿Tennant viene por mí?
-El señor Leoncavallo te llevará de regreso, si te hace algo, es hombre muerto.
-¿Qué?
-Te está esperando, anda.
-¿Me das permiso?
-Aprovecha que estoy de buenas.
-Papá...
-Sé que esto te importa y no te fuiste por patinar, sino por mí.
-Yo...
-No vuelvas a llorar ¿quieres?
-Me voy.
-Suerte.

Carlota abrazó a su padre y fue muy contenta donde Leoncavallo, quien sonriente le dio la bienvenida diciéndole las reglas.

-¡Ciao signorina! Lo primero que debes saber es que me llamarás "Maurizio", no "signor Leoncavallo", no "coach" ni nada de eso; a todo lo que te diga respondes "entendido" o sólo lo haces, nunca preguntes.
-¡Entendido!
-Si converso contigo es porque haces todo bien y si te digo "repite" es que es un desastre; si llegas tarde no hay sesión porque me habré ido enseguida y cualquier falta de respeto hará que te eche.
-¡Entendido Maurizio!
-¡Quiero tres vueltas alrededor de la pista y luego marcaremos figuras!

Ricardo se retiró antes de que Carlota lo notara y al atravesar la puerta, se encontró con Leoncavallo, que lo alcanzaba sólo para despedirse.

-Hablaremos de los detalles...
-Fue el idiota que tiró a la diosa Fusar Poli, no crea que no lo investigué.
-Fueron dos accidentes.
-Si algo sale mal, lo mataré.
-¿Hace esto por sus crisis de memoria, verdad?
-He empeorado bastante desde que llegué.
-¿Qué sucedió?
-Olvidé quien es la madre de mis hijos.
-¿Está seguro?
-Sé que lo sabía hasta ayer, le hablé de ella un poco.
-Tranquilo.
-Tampoco recuerdo porque vine a Venecia.
-Eso no está bien.
-Estoy en blanco.
-Señor Liukin...
-¿Puedo contar con usted?
-Los niños estarán bien con Haguenauer, eso lo sabemos.
-No estoy dispuesto a olvidarlo todo.
-¿Hay algo que pueda hacer?
-No está en sus manos, Maurizio. La sonrisa de mis hijos es lo que más valoro pero también estoy perdiendo esos recuerdos, más los de Carlota.
-Por eso no quería separarse de ella.
-Y sólo conseguí que se alejara y estuviera triste.
-Pero está contenta otra vez.
-Cuando ya no pueda hacerme cargo, por favor, se lleva a Carlota de aquí.
-Señor Liukin, no podría.
-¿Sabía que Tamara me dijo lo mismo? .
-Respecto a eso, me llamó.
-¿Qué le dijo?
-Que firmó unos papeles y volverá con usted.
-No confió en mí para preparar una bienvenida.
-Porque Carlota es una pesadilla, según ella.

Ricardo y Maurizio se apretaron la mano y se estrecharon afectuosamente, dándose cuenta de que tardaban y Carlota no tenía tiempo para desperdiciar de cara a su competencia. Maurizio Leoncavallo se preguntaba si estaba haciendo lo correcto.

domingo, 18 de febrero de 2018

E lei ha detto: Arrivederci! (Segunda parte)


El tren llegó a Grenoble a medianoche y Carlota descendió sólo para sentir un gran frio y constatar que en las expendoras no existía una sola lata de sopa; había ensaladas de 3€, sándwiches desde 2€; todo lo que excedía el presupuesto de una moneda por día. De acuerdo a la guía de turistas, al lado de la estación se ubicaba el "express car" y no muy lejos de ahí, los autobuses, pero al salir, Carlota desistió de la clase económica por cuestiones climáticas y entró deprisa a la sala del servicio de junto, en donde había calefacción y ni siquiera tenía que ver el rostro del desvelado vendedor. Le habían contado que en Francia instalaban máquinas para adquirir boletos y enfrente tenía una, así que al descifrarla, apartó su lugar para irse a París a las dos de la mañana y recibir su derecho a una botella de agua, una fruta, un paquete de pilas y una almohadilla. Mucho mejor de lo esperado, sólo restaba leer un poco o tomar una siesta.

La calma de Carlota, por obvias razones, contrastaba con el drama en Venecia. Como ningún Liukin entraba al hotel Florida antes de las seis de la tarde, nadie se había percatado de su ausencia. El recepcionista detuvo a Andreas para preguntarle si la familia se iría luego de ver a su hermana dejar el lugar con su maleta y luego de responderle que no, el muchacho revisó la habitación. Todo parecía en orden, incluso los collares colgados junto al espejo hasta que Andreas descubrió la nota en la que Carlota declaraba: "Me voy de esta familia y haré mi vida. Llamaré cuando tenga un apartamento y sea una patinadora famosa; no me busquen. P. D. Díganle a Ricardo que no me importa y que no se meta. Andreas, tomé de tu dinero, luego te pago".

Aunque estaba de acuerdo con ella, el chico se precipitó hasta "Il dolce d'oro" a la voz de "Carlota se fue de la casa", no sin iniciar la búsqueda por su cuenta. Desconcertado, Ricardo recogió el papel del suelo que su hijo había lanzado y luego de leerlo, corrió enseguida hacia la Piazza di San Marco a preguntar si alguien había visto a su hija. Todos respondían que no, a excepción de la señora Martelli, que al oír al señor Liukin gritar, le preguntó que ocurría.

-Mi hija dejó esto.
-No entiendo francés.
-Se fue de la casa.
-¿Cuántos años tiene?
-Catorce.
-¡Santo Dios! ¿Tiene una foto?
-Esta de mi cartera.
-¡La vi con un tipo esta tarde!
-¿Como era?
-Alto, blanco, cabello muy corto pero rizado; le dio un regalo en una caja.
-¡Haguenauer! ¿Por qué no lo pensé?
-Lo ayudaré, espere.

Los dos salieron de la plaza rumbo a cada hotel que hallaban para preguntar por Haguenauer pero parecía que perdían el tiempo. Entonces, la señora Martelli decidió buscar en el atracadero de San Marco.

-Tengo una idea, los chicos del vaporetto pueden ayudar.
-¿Cómo?
-Sólo déjeme hacer todo lo posible por usted.

Ambos se aproximaron a la parada cercana del vaporetto al Palazzo Ducale.

-¡Leonora! Come stai? - saludó el capitán a cargo y ella fue directo al grano.
-Se perdió una niña ¿habrá manera de que nos auxilies?
-Claro ¿tienen foto?
-Es esta - Ricardo la extendió.
-La enviaré por fax y pediré que la compartan, a lo mejor uno de los muchachos la vio o la encuentra.
-Gracias.
-¿Mando aviso a Murano?
-Por favor.
-¿Algún otro lugar en especial?
-Mestre y Burano, estuvimos allí - añadió el señor Liukin.
-Pediré que revisen en Torcello por si acaso; conectaré con el capitán del servicio de ferry para revisar Mestre y Jessolo ¿alguna otra cosa que nos pueda decir, señor?
-Lleva un pantalón de mezclilla azul y una camiseta beige estampada con flores, trae el cabello teñido de rubio y suelto.
-De acuerdo, ya doy aviso ¿saben si estaba con alguien?
-Mi hija se reunió hoy con Romain Haguenauer, un amigo de la familia.

El capitán dio la información a las estaciones de vaporetti y distribuyó la imagen de Carlota lo más rápido posible. Con el atardecer culminando, la búsqueda se haría más complicada y la señora Martelli eligió involucrar a la policía mientras se enteraba de la discusión entre la chica y Ricardo por una competencia.

El señor Liukin comenzaba a culparse por lo ocurrido. Cuando un oficial le pidió detalles, todos supieron que desde París se presentaban dificultades entre padre e hija y los motivos de la mudanza, en parte por mantenerla alejada de las pistas de hielo.

Mientras tanto, Andreas se había unido a Tennant y entre los dos, hallaron a Haguenauer en un café del barrio de Santa Croce. Luego de observarlo varios minutos, el hombre aparentaba estar solo y se le aproximaron inquisitivos.

-¿Dónde está Carlota? - inició Andreas, golpeando una mesa.
-¿De qué me hablas?
-¡No finjas, Haguenauer! ¿Dónde dejaste a mi hermana?
-¿Disculpa? Yo he estado por aquí, mi hotel es ese de junto y no he visto a Carlota desde las dos, le hizo berrinche a tu padre.
-No mientas porque te parto la cara
-¡No sé a donde fue tu hermana! ¡Revisa si quieres!

Como no estaba funcionando, Tennant aligeró el tono.

-Carlota nos dejó una nota, dijo que se va.
-¿A qué se refieren?
-Ella dice que nos deja.

Haguenauer miró a los dos chicos seriamente y colocó sobre la mesa un par de billetes enseguida para pagar su cuenta, acordándose de que la joven Liukin solía irse cuando se deprimía.

-No debe andar lejos, vámonos.

Así los tres comenzaron a mostrar la imagen de Carlota por la ciudad al tiempo que se hacía de noche.

En otro rincón de Venecia, Yuko hacía lo que podía. Le habían encargado a Adrien y con él iba por donde se le ocurría, fuera una plaza, un templo, una tienda o un bacaro. Nadie había visto a Carlota Liukin ni en Dorsoduro ni en San Polo y al darse aviso en Cannaregio, una legión de vecinos se unió al intento de hallarla. No hubo esquina o callejón sin revisar, se entrevistaba a los indigentes, a los turistas, en los hospitales. Ninguna otra niña iba a desaparecer en Venecia y el comisionado de policía, temeroso y pálido, asignó a un tal Fabbio Caresi la tarea de hallarla. Caresi era el detective del caso Martelli y antes de que se le metiera la idea de relacionar a Elena con Carlota, Miguel, que sentía haber fallado como ángel de la guarda, lo poseyó. Sólo así podía ir al rescate.

Lo primero que hizo el poseído Caresi fue preguntar "¿a dónde iría Carlota Liukin de desaparecer voluntariamente?". Ricardo Liukin lo miró como si le dieran un puñetazo pero tenía tanto sentido que declaró "París" enseguida por ser "lo único en Europa que ella conoce". El reporte se dio de inmediato y se supo que ningún tren a París había abandonado Italia todavía. El más alejado se hallaba en Aosta y fue detenido para una revisión. No había autobús directo pero también se preguntó por aquellos que traspasaban la frontera francesa, sin que nadie diera certeza de nada. Parecía impensable pero tampoco se registraba a ninguna Carlota Liukin en los vuelos comerciales y se preguntó en los privados con idénticos resultados. A lo mejor ella había dado otro nombre pero a juzgar por la foto, era increíble que nadie la viera.

Algo de luz se arrojó a las once de la noche, cuando en la oficina de la policía de Cannaregio, llegó la vendedora de boletos de tren. Declaró enseguida que Carlota había adquirido un billete a Turín luego de preguntar por el precio a París. Caresi se enlazó a Turín para preguntar por las imágenes de las cámaras de seguridad, apareciendo Carlota a las ocho y media en la taquilla pero luego, en el punto ciego, volvió a desaparecer. Se solicitaron los registros enseguida y se supo que de nuevo había preguntado por París. Los cuerpos policiacos de la región de Piamonte revisaron de nuevo los trenes, los boletos, las caras. No había resultado.

-¿A dónde más iría? - preguntó el poseído Caresi y entonces extendió la búsqueda.

-¡Mónaco! ¡Enseguida llamen a Mónaco! - exclamó - ¡Localicen a Marat Safin! ¡A toda la gente que conozcan en París! Señor Liukin, le prometo que traeré a Carlota de vuelta.

Ricardo no notó nada extraño en ese momento debido a la angustia pero si vio a Leonora Martelli llorosa. Era inaudito que le ayudara, que insistiera en no detener la marcha de los vaporetti por si la teoría parisina fracasaba. Como los trenes tenían escalas, se preguntó en Padova, en Brescia; se hacía un esfuerzo en Milán. Pronto, localizaron a Marat Safin en Marruecos y se pidieron bitácoras de vuelo, listas de pasajeros e imágenes de seguridad. Nada.

-Habla Miguel - escuchó Marat en el teléfono.
-¿Por qué la policía italiana me llama por Carlota? ¿Pasó algo grave?
-Marat, ayúdame, no la encuentro.
-Me dijeron que tal vez venía a buscarme pero no tiene sentido.
-Carlota se fue de casa.
-Repite eso.
-¡Que se marchó de casa! No hay indicios de ella, el último rastro fue en Turín y parece que va a París.
-¿Turín? ¿Qué rayos haría en Turín?
-Hemos buscado en trenes y autobuses.
-¿Y si pidió aventón?
-¿Qué?
-¿Qué puedo hacer desde aquí?
-Sé que Carlota pedirá ayuda, te llamará, por favor avísame.

En medio de la incertidumbre, la labor requirió más gente. Las carreteras que pasaban por Turín podían ser clave, había voluntarios dispuestos a verificar, cada hora que pasaba era desesperante. Las llamadas de Ricardo a París colocaron a su familia en las estaciones de tren, a Judy Becaud a esperar en "Le Belle Époque", a los amigos en el aeropuerto... ¿Y si Carlota no había ido a Monaco ni a París? Esa idea se le ocurrió a Miguel luego de pensar en qué haría una persona al irse. No solo eso, en el caso Martelli y por lo que podía ver en el alma de Caresi, se habían escudriñado los destinos de los trenes varias veces. Si Turín era el último punto; entonces también era el primero y pidió los registros de boletos. Repasar la información que en la madrugada era posible mandar resultó muy útil cuando un voluntario encontró una pista: alguien vio a Carlota correr para alcanzar un tren "a las ocho más diez". Se revisó de nuevo la cámara del andén y ella salía del punto ciego hacia un vagón cuyo número no se distinguía completo pero en la bitácora de la estación tenía señalado el horario de la última corrida a Grenoble.

-¡Grenoble! ¿Qué demonios se fue a hacer ahí? - vociferó Ricardo con gran remordimiento.

Aunque se emitía el boletín de localización en Grenoble, Carlota ya había usado su boleto y de repente charlaba con el conductor del vehículo que la trasladaba a París. En el asiento de atrás podía mirar como el paisaje se veía igual de seco luego de tomar ruta por Dijon y se moría de risa con las revistas del corazón. Aunque no tenía sueño, se recostaba en su almohadilla o dibujaba algo para tener qué vender por ahí, en el distrito XIII tal vez; el chofer le comentaba que había vivido con su novia en un departamento del tamaño de un pasillo pequeño.

-Llegaremos a las siete con cuarenta y cinco a Bércy ¿está bien?
-Es excelente, señor.
-¿Qué hará después de llegar?
-Visitar a alguien.
-¿Un familiar?
-Un amigo en el hospital.
-Debe ser muy importante.
-Quiero llegar a tiempo.
-¿Es grave?
-Me han dicho que sí.

El conductor no podía rebasar su límite

-¿Tienes una identificación? - inquirió el chofer.
-Ay, claro, mire.
-Perfecto.... "Aquí a Central: mi pasajera es Meryl Assenet, repito, Meryl Assenet a bordo, auto KH-572 a París, dos de la mañana ¿Coincide con la venta?... Entendido, de nada Central"
-¿Eso qué fue?
-Hay un lío en Italia, una niña cruzó la frontera.
-Qué malo.
-Pero entraremos a Fontainebleau sin problemas, la policía ya sabe que esa chica no está aquí. Toma tu credencial, disculpa.

Carlota exhaló de alivio y sujetó su cabello, haciendo resaltar sus mechones desteñidos. Como extra, se maquilló y cambió de chaqueta al pasar cerca del control policial, sorprendiéndose de que los oficiales fueran omisos.

-La policía es igual hasta en Nueva York - se rió el taxista.
-Les habría dado mis datos.
-Mejor descansa, que no has dormido.

La joven Liukin aceptó la sugerencia y cerró los ojos por un buen tramo, aferrada a su bloc de dibujo en el que aun conservaba varios retratos de Marat sin concluir. Seguramente también soñaba con él como era su nueva costumbre o con su mascota que permanecía en calma y sin hacer ruido en su improvisada caja de cartón.

El amanecer despuntaba cuando, a media hora de París, otro retén policial apareció en el horizonte. A diferencia del anterior, el oficial al mando detuvo el coche y despertó a Carlota con un timbre molesto.

-Identificazione, per favore.
-¿Qué?
-Il suo nome.
-¿Por qué me detuvo?
-Porque aparece en el video de la cámara de una máquina en Grenoble.
-¿Quién rayos es usted?
-Maurizio Maragaglio; Servizio Italiano d'intelligenza nella Unione Europea.
-¿Qué es eso?

El tipo le sonrió a Carlota y con celular en mano no dudó en gritar para burlarse de ella.

-Carabinieri di Venezia? Maragaglio qui, dov'è il fiscale Caresi?... Perfetto, dígale que tengo enfrente a Carlota Liukin - ella pasó saliva - La llevaré de inmediato a Venecia, se creyó muy lista cambiando la ruta. Tomaremos un vuelo y a la una de la tarde la devolveremos en casa, ciao.

El hombre aquel no era agradable de ver a simple vista. Tenía las cejas muy juntas, sus ojos aceitunados eran pequeños y un poco rasgados, tendía a mostrar la lengua cuando se hallaba tenso. Costaba trabajo distinguirle los labios y cuando los cerraba, se asemejaban a una línea completamente recta que causaba desconcierto. Lo malo era que su aspecto contrastaba con lo transparente y tonto que era y Carlota lo notó intentando no morir de risa. Del conductor del taxi mejor ni preguntó porque la había delatado para salvar su trabajo.

-Signorina, descienda por favor, la llevaremos a París.
-No entiendo ¿podría llamar a mi hermano?
-Adelante.

La desconcertada Carlota recibió un celular para llamar y los demás agentes tomaron su equipaje y su mascota para acomodarlos en una camioneta. Maragaglio, sospechosamente, decidió que la joven iría con él en motocicleta.

sábado, 3 de febrero de 2018

E lei ha detto: Arrivederci! (Primera parte)



Luego de un par de días, los Liukin abandonaron Mestre. En Venecia concluían las labores de limpieza y era viable reanudar el abasto de agua mientras volvía la actividad en el Mercato Rialto y los vaporetti trasladaban a la gente a su trabajo. Aquella semana fue muy calmada, con escasos turistas y poco ruido y en el hotel Florida todo estaba tal y como los Liukin lo habían dejado. De regreso al colegio, Carlota reanudó las pruebas para los equipos deportivos y luego de resultar buena en volleyball y dardos, fue admitida en hockey sobre pasto. Para Ricardo esa era una buena noticia y también lo fue saber que Adrien estaba en el grupo de avanzados de la escuela de autistas; Miguel y Tennant buscaban trabajo y Andreas no faltaba a clases. Yuko por su cuenta, no se quejaba del casino y parecía que nadie iba a molestar pronto.

Luego de mucho insistir y de ver puertas cerradas, Ricardo Liukin halló un jueves una vacante en una decadente gelateria de San Marco llamada "Il Dolce d'oro" en la que compraban niños pequeños y atendía una mujer de cabello rizado cuyo padre se negaba a retirarse. Luego de sentir que regresaba en el tiempo y de que, al menos, las máquinas eran nuevas, el hombre aceptó ser ayudante y no dudó en anunciarlo a la familia por la tarde... Pero la impresión de los demás osciló entre la fatalidad y la pena ajena al conocer aquel local que daba la impresión de quedar destartalado a cada segundo.

-Bien por ti, ya me voy - dijo Andreas y huyó mientras Adrien y Carlota elegían la lástima y se sentaban ante una mesa luego de ordenar un par de copas de gelato de mantequilla con pasas. Tennant, que no conseguía reponerse, quedó de pie frente al mostrador y Miguel, quizás intentando ser entusiasta sacó una maceta de algún lado para alegrar las paredes blancas. Yuko sonrió por compromiso pero se propuso no añadir comentarios mientras se le ocurría algo que pretextar si le preguntaban.

El viernes en cambio, fue una jornada muy diferente. A la una era la cita entre Romain Haguenauer y Carlota y por evitar que su padre la descubriera, Andreas se ofreció a llevarla a condición de cubrirlo con el evento de surf del sábado. En la Piazza di San Marco, desierta todavía, esperaba Haguenauer con una caja de botines nuevos y parecía tener el tiempo contado porque revisaba su reloj constantemente. Cerca de él, la madre de Elena Martelli iba juntando a un pequeño grupo para el habitual tour por las atracciones venecianas y no tardó en mirar a Carlota corriendo para llegar a tiempo.

-Bueno, te ves.
-¡Andreas!
-Quedé con Levina, adiós.
-¡No me dejes aquí!
-¿Sabes usar navaja?
-¿Qué dices?
-Nos vemos en casa, Carlota.
-¡Oye!
-Haguenauer, ya calma a la cucaracha.

Carlota iba a lanzarse contra Andreas cuando Haguenauer la sujetó por una muñeca para tranquilizarla.

-Creí que habían dejado el drama en París.
-¡Andreas es un idiota!
-Nada que no sepa ¿Me vas a saludar?

Carlota abrazó a Haguenauer antes de sentirse observada y optó por alejarse de ahí.

-¿Dónde me llevas, Liukin?
-Es que ahí está la mamá de una niña que encontraron muerta en el Gran Canale.
-Qué horrible.
-Y su otra hija casi se lanza de una ventana.
-¿Por qué me cuentas cosas tan trágicas?
-Es que vi cuando sacaron a Elena Martelli del agua y de lo otro, se lo oí a papá.
-¿Quieres decirme que Venecia es más peligrosa que París?
-Quitando los suicidios de la semana pasada, es una ciudad que está más bonita, mira.

Haguenauer se impresionó de que Carlota tomara esas cosas de manera tranquila y le hizo compañía hasta un costado del Palazzo Ducale, con vista a Lido y Dorsoduro; había que aprovechar que los cruceros no atracaban.

-¿Cómo estás, Romain?
-Con mucho trabajo, la Federación me regresó a Lyon.
-¿Te gusta vivir allí?
-Bastante más que en París, en INSEP nadie soporta a Guillaume.
-¿Por qué?
-No te rías.
-Perdón.
-Es que programa sus entrenamientos durante la madrugada, su entrenador no nos ayuda.
-¿El tal Simmond?
-¿Te acuerdas de él?
-Afortunadamente no es mi coach.
-Me alegro por eso.
-Lo malo es que no tengo uno y mi padre me vigila siempre.
-No está aquí, Carlota.
-Le dije que sería chaperona de Andreas.
-¿Consiguió novia tan rápido?
-Y los dos son surfistas.
-A tu padre le dio un ataque.
-No cae en coma porque no sabe que Andreas estará compitiendo mañana.
-¿Estás segura?
-Ayudaré a mi hermano a escapar.
-¿Te trajo hoy a escondidas?
-Se lo debo.
-Qué raro, tu padre me pidió tus patines nuevos.
-¡Gracias!
-¿Me mintieron?
-¿Tú que crees?
-Embusteros.
-Estoy impaciente por volver.
-Y la federación quiere que cumplas tu contrato.
-Causé baja de Milán.
-Me temo que sí pero te conseguí un evento aquí en Murano.
-¡Sólo tomaría un vaporetto!
-¿Un qué?
-Un bote.
-Va a ser muy difícil pero si consigues un puesto decente, pasaremos por alto que no consigas la segunda medalla a la que te comprometió Tamara.
-¿Decente?
-María Butyrskaya, Elena Sokolova, Sasha Cohen y Julia Sebestyen están inscritas.
-¿De verdad?
-No irás a Bompard tampoco.
-No lo sé ¿cuándo es?
-Después del Francia - Rusia en el tenis...
-¡No es cierto! Marat juega hoy.
-A ese punto quería llegar.
-¿Cuál?
-No has entrenado por andar con él ¿o qué significa esto?
-Salí en el "Hola" y no me enteré.
-Hay gente que se muere por tu respuesta.
-Me invitó a una caridad.
-Y de buena fuente supe que tomó vacaciones contigo.
-¡Tennant!
-Adoro a ese bocazas.
-Marat es un gran amigo mío.
-Más te vale, ni yo toleraré que andes como loca por otro chico; suficiente tuvimos con Joubert y nunca reclamé por Trankov.
-¿Cómo sigue Joubert?
-¿No sabes?
-Nada.
-¿No has estado al pendiente?
-Mi padre bloqueó a los Bessette.
-Esto es duro.
-Puedo con ello.
-Bueno...Hace tiempo que no registra actividad, parece que lo declararán con muerte cerebral.
-Ay Dios.

Carlota llevó una de sus manos al rostro.

-Lamento darte este tipo de noticias.
-Y yo me negué a que lo trajeran aquí.
-¿Qué?
-¿Por qué le hice caso a Marat? ¡Yo tenía que quedarme con Joubert!
-¿De qué me perdí?
-Es que la mamá de Joubert vino a verme para decirme que lo internarían en esta ciudad y Marat le dijo que no; después yo creí lo mismo porque pensé que él tenía razón.
-¿Estás bien?
-Me urge un gelato.
-¿Qué dijiste?
-Mi papá trabaja aquí cerca.

Con la cabeza baja, Carlota dirigió a Haguenauer hacia "Il dolce d'oro" y encontraron a Ricardo barriendo la calle mientras salía un grupo de niños con grandes conos de gelati de fresas. El señor Liukin saludó confundido y su deprimida hija entró a pedir su propio gelato de almendras con miel.

-Romain, disculpe que no le dé la mano - prosiguió Ricardo.
-No se preocupe, entiendo.
-¿Qué lo ha traído a Venecia?
-Quería saber cómo estaban.
-¿Y esa caja que tiene mi hija?
-Un regalo de París que aun no abre.
-Lo veremos juntos en casa.
-De eso quiero hablarle.
-¿Quien le dijo que nos encontraba aquí?
-Judy Becaud.
-Le pedí que no le informara a nadie.
-No la culpe, yo insistí. Carlota tiene un contrato.
-Le pagaré cada centavo a la gente con la que firmamos.
-Le ofrecí a su niña una alternativa.
-¿Cuál?
-Una competencia aquí en Murano; sólo tiene que acabarla.
-Mi hija no vuelve a patinar ¿entiende?
-Señor, es sólo para que terminemos y usted no pierda dinero.
-Lo prefiero antes que verla otra vez ahí... Siempre debí hacerle caso a su madre.
-Señor, es una opción más económica.
-No nos interesa. Recoja su obsequio, Carlota lo rechaza.

Ricardo reanudó el aseo de la calle y Haguenauer ingresó a la gelateria en donde Carlota luchaba por no llorar.

-Oí todo, disculpa.
-Supongo que me llevo esto.... Anunciaré tu baja definitiva al volver a INSEP.
-¡No lo hagas!
-Carlota, tu padre decide esas cosas, yo no voy a meter a la federación en un problema y tú tampoco.
-¿Y lo que yo quiero qué?

Haguenauer se encogió de hombros.

-Bien, entonces haré todo sola.
-¿Qué? ¡Cálmate!
-¡Estoy harta!

Carlota tomó la caja con sus nuevos patines y se plantó frente a Ricardo.

-Voy a patinar.
-No lo voy a repetir, devuelve eso.
-¡No!
-¡Carlota!
-¡Me niego!
-No estás en posición.
-No puedes obligarme.
-Claro que sí, eres una niña.
-Sabía que no puedo decirte nada.
-¿Qué harás al respecto?
-Voy a patinar.
-No.
-Sí.
-¡No me faltes al respeto!
-¡Vete al diablo!
-¡Retráctate!
-¡Nunca!
-Si te vas ahora no habrá mesada ni permisos y te sigues olvidando de patinar.
-¡No me importa!
-No puedes moverte sin el dinero que te doy.
-¡Ni siquiera es tuyo!
-¿Perdona?
-¡Es de la cuenta de mamá!
-¿Quién te dijo?
-¡Desde el principio lo sé!
-Pero como beneficiario, también puedo negártelo.
-Bien.
-¿Dónde vas?
-A entrenar.
-¡No tienes permiso!
-Me interesa tanto...
-¡Vuelve acá!
-¿Cuál es tu maldito problema?
-Ya conversamos sobre esto.
-Nunca pasó.
-Dejé claro que yo no voy a permitir...
-¡No son tus cosas, déjame en paz!
-Esas decisiones no las tomas tú.
-Voy a practicar.
-Sólo yéndote de la casa.

Carlota pasó saliva.

-¡Me largo!
-Entonces devuelve tu celular y tu mesada, no puedo mantener a alguien que se va.
-¡Toma todo!
-¡No avientes nada al piso!
-¡Y te doy la chamarra y este gorro, hasta los tenis los compraste tú!
-Sigue con tu berrinche, Carlota, vas perfecto.
-¡Eres un idiota y no volveré a verte más!

Ricardo levantó lo que Carlota dejó tirado y no pronunció palabra. Haguenauer eligió igualmente el silencio y se fue sin despedirse.

La joven Liukin se dirigió a pie hasta el hotel Florida y aunque perdió unos calcetines en el camino, al llegar se limitó únicamente a tomar su maleta y seleccionar la ropa que había adquirido junto a su madre, dejando aquello que Ricardo le decía que era para ella. Atrás quedaban pulseras, abrigos, artículos de limpieza y la única muñeca que le quedaba luego de las mudanzas. El flamingo y el delfín rosa de la fiesta de Burano iban con su equipaje y escribió una nota para Andreas, no sin "tomarle prestado" algo de dinero para el boleto del tren y hurgar en los papeles de su padre hasta hallar su pasaporte, su visa y sus documentos escolares.

En la estación de Santa Lucía, la corrida a París iniciaba a las ocho de la noche y como era imperativo marcharse pronto, Carlota optó por abordar el tren a Turín y buscar alguna conexión que la dejara cerca de Francia si no hallaba otra más o menos directa; tenía contempladas también un par de escalas en Verona y Milán, haciendo que la duración del viaje se prolongara por seis horas. Después de buscar un asiento y pedir ayuda para subir su equipaje al compartimento superior, la joven miró su reloj y luego de diez minutos exactos, se inició la marcha sin aguardar a nadie.

La primera parada era Mestre, todos los trenes a Venecia o desde ella deben detenerse ahí, en donde casi nadie baja cuando se vuelve a la Italia continental. El vigilante del vagón revisaba los boletos y una vez que se entregaba el plan de viaje y se relevaba al maquinista, los paisajes eran lo único disfrutable. Irse de Mestre transmitía una sensación liberadora y los bosques, colinas y puentes de piedra provocaban que los turistas hablaran y hablaran sobre lo bellos que eran. Carlota lo apreciaba también, no obstante, se colocara unos audífonos para buscar una estación de radio en el que narraran el juego que tenía Marat contra un tal Rachid Mebarak. Aunque ella no entendía de tenis ni podía imaginar otra cosa que no fueran dos personas pasándose una pelota de un lado a otro, le gustaba escuchar que Marat iba ganando dos sets a uno y que gracias a su probable triunfo, la semifinal de Copa Davis sería contra Francia en el Palais Omnisports en noviembre. Si Carlota llegaba a París, tal vez podía verlo y saludarlo, además de presumir su emancipación. Lo primero que haría sería buscar a Judy Becaud para pedirle asilo y un empleo en su nuevo negocio; anotarse en alguna escuela cercana y ahorrar mucho para mudarse y no causar molestias. También podría audicionar para ser modelo de chamarras o pantalones o manos; algo saldría en el camino para pagar las cuentas y los entrenamientos en INSEP tal vez la harían candidata a una beca mayor a la de su contrato original. Así iba a ser, incluso estaba dispuesta a servir hot dogs, como Guillame le había sugerido.

En medio de las fantasías sobre su futuro, Carlota reparó en un detalle: el tren de Turín a París costaba 176€ y uno a Grenoble 120€; de Grenoble a París eran 108€ y la cuentas le indicaban una quiebra técnica total; no le alcanzaría ni para una lata de sopa caliente en una máquina expendedora a menos que tomara un autobús, que de acuerdo a una guía de viaje le saldría en 34€ o un taxi privado por un precio similar y cinco horas de camino a cambio de 45€ libres para gastos ¿y si todo salía al revés? ¿Si Judy no la recibía, iría con sus tíos de vuelta al hotel Odessa o le pediría ayuda a Gwendal? Todos la regresarían a Venecia sin excepción ¿Iría a una posada de 10€ la noche mientras se las ingeniaba cuatro días para conseguir dinero? ¿Qué pasaba con el aseo personal? ¿Y qué había de los Bessette? ¿No iba a ser ruin pedirles algo luego de dejar a Joubert atrás? Por supuesto, ella comenzó a morderse las uñas y se imaginó haciendo retratos y cantando en la calle ¿no iba a resultar mal, cierto?

Pero Carlota no se estaba arrepintiendo, al contrario. Tenía que irse para poder patinar, Ricardo se lo había dicho y la condición no era tan... digamos, difícil de seguir. Quizás eso fue lo que la motivó a permanecer en su lugar y revisar que nadie se llevara sus cosas en las escalas, a rechazar bocadillos y bebidas a la venta abordo y no abrir la boca para no levantar algún reporte. Daba igual no ver Verona ni Milán y no poder pisar los bosques que se presentaban en su camino. A las ocho, el tren arribó a Turín y decidida adquirió el billete a Grenoble en un trayecto próximo a iniciar; hasta tuvo que correr para alcanzar a entrar y perder la oportunidad de comer una sopa de tomate que lucía prometedora desde una máquina en el andén.