domingo, 18 de enero de 2026

La borrachera (La boda de Marine V)


Tell no Tales. Martes 26 de noviembre de 2002.

En Tell no Tales continuaba la escasez de alimentos y  esa mañana, se registró un asalto masivo contra las plantaciones de Industrias Isbaza en los acantilados del valle. Toda la fruta que no se había liberado, ahora llenaba las canastas de los campesinos locales y las carretas de personas que provenían de distintos barrios. También se registraba un saqueo en las bodegas Isbaza del barrio de Avignon y otro más en el barrio Corse, en dónde esa empresa mantenía una pequeña planta de procesamiento de conservas marinas. Una de esas carretas llegó al Panorámico y Don Weymouth y otros cantineros obtuvieron las materias primas para reanudar la producción de sus bebidas caseras y bocadillos.

-Hoy por fin pudimos poner a hervir sémola. No habrá mucho salkau, pero me alivia que el hambre se nos quite - comentaba y brindaba con un poco de agua, aunque no estaba seguro de lo que decía. Al menos agradecía que podría darle dinero a su hijo Evan para que disfrutara un poco del tiempo libre después de su competencia en Sapporo. El chico vigilaba las ollas en la cocina y hablaba de sus rivales y lo que pensaba comprar mientras iniciaba el Grand Prix Final del patinaje artístico a una Bèrenice Mukhin que se preguntaba cómo sería hacer compras y comer fideos con curry en el mismísimo Japón. Pronto, los parroquianos debían ser desalojados y esa mañana, ella misma había decorado con flores que habían enviado desde una tienda de renombre en Poitiers

-¿Vamos a tener mucho trabajo, pequeño jefe? - preguntó.
-Es una fiesta, eso siempre es cansado - respondió Evan, aunque se hallaba contento. Su cantina había sido escogida para la despedida de la soltería de Laurent Ferny y se esperaba que numerosas personas bajaran desde Corse para acabar con las botellas de vodka y de whisky que Don Weymouth había atesorado para algún evento que le redituara más dinero del que solía ganar. El cantante Albert Damon y su yerno habían hecho los arreglos durante el fin de semana.

La ciudad era un hervidero de alegría y un viento frío apenas se dejaba sentir al mismo tiempo que en otro lugar, el número nueve del edificio Roberts, en la calle Philippe Caron, Steliana Isbaza contemplaba con asco las noticias desde su despacho. Las personas del barrio Blanchard repartían fruta sin importar que se les grabara en vivo.

-He hablado con las aseguradoras, las pólizas están corriendo - anunciaba su nieto, Laurent Ferney, depositando unos papeles en el escritorio que requerían algunas firmas. El chico había conseguido una camisa de media manga y un pantalón gris marinero con botones oscuros para seguir confundiéndose con la gente de Corse.

-¡Quítate esa ropa! ¡Tú no eres pobre, Laurent! - reprochó su abuela.
-Jajaja, debo disimular. Hoy tengo una fiesta con los pescadores.
-Qué desgracia ¿Volverás temprano?
-No lo sé, iré a mi despedida de soltero a un bar horrible en el Panorámico.
-Vas a mezclarte con personas vulgares.
-Supongo que es un buen precio a pagar por nuestros negocios, abuela.
-Siéntate, tomaré un trago contigo.
-El doctor dijo que nada de licor para ti.
-Es agua, mi nieto conmigo no bebe venenos.
-Gracias, no me sentará mal antes del alcohol barato.
-¿Quién pagó la fiesta?
-Albert Damon, naturalmente.
-¿Quien eligió el lugar?
-Yo. Me guié por las paredes, el dueño tiene fotografías del hijo por todos lados, pensé que se vería bien escogerlo.
-¿Qué hace ese muchacho? 
-Es patinador artístico. 
-¿Desde cuándo los borrachos le pagan la carrera a cualquiera?
-Le llaman democracia.
-¿Vas a ir sólo con hombres?
-Eh, no. Las despedidas de soltero de Corse incluyen a la novia y su séquito.
-¿La tal Marine llevará a las hermanas?
-Así es.
-¿Y Maragaglio?
-Ese llegará para el viaje a Vichy.
-Tenemos tiempo ¿Qué averiguaste?
-Que es Director Regional de Intelligenza Italiana en el Véneto y tiene muchos contactos.
-¿Alguno en común?
-El almirante Borsalino.
-Puede ser útil.
-Algo más... La hermana de Marine, la tal Lou, me confirmó que Maragaglio sí es su hermano.
-¿Por qué los Lorraine nos tendrían que decir eso?
-Así son los pescadores. Parece que el tal Maragaglio logró que les ayudaran en Italia con una empresa que tenían. De todas formas me iré con cuidado, no quiero levantar sospechas.
-Buena decisión ¿Quien te acompañará a esa bacanal?
-Los compañeros de la oficina. Recuerda que le he dicho a los Lorraine que no tengo más parientes que un tío en Sudáfrica que estará en la ceremonia.
-Es todo por lo que escucho. Cuídate y no tomes, Laurent, te quiero alerta.
-Tenlo por seguro, abuela.
-Dame un abrazo.
-Por supuesto y un beso en la cara... Siempre estaré contigo.
-No seas cursi, Laurent.
-Disculpa..
-Descuida por hoy ¿Verás a Leonora? 
-Ella está de vuelta en Londres. Cuando se concrete lo de las tierras que faltan del valle, iré personalmente a darle las noticias y arreglar lo del registro civil.
-Me parece estupendo.
-Se me olvidaba: El tal Maragaglio tal vez traiga a un invitado. Lleyton Eckhart me confirmó que es un tal Maurizio Leoncavallo y es de Milán. No sé si lo último importe, pero a ti debo decirte todo. Nos vemos, descansa bien y no me esperes despierta.

Laurent sonrió y se retiró enseguida, cerrando la puerta para que su abuela no lo viera despedirse de la chica de servicio, cuyas pecas lucían esplendorosas. Él le prometía darle un collar de brillantes para compensar el no llevarla a la fiesta y le aseguraba que antes de la boda tendrían alguna escapada por ahí. Ella no le creía nada, pero sabía que recibiría algo a cambio muy pronto.
En contraste, Steliana Isbaza permaneció temblando, sosteniéndose de una silla: ¿Maurizio Leoncavallo? ¿Ese nombre otra vez? ¿Esa coincidencia justo en aquel momento, cuando había recordado poco antes al amor de su vida? Quizás se trataba de una persona diferente. No era nadie.

Conforme avanzaba la tarde, el Panorámico se iba llenando de gente de Corse. Las chicas con sus atuendos de falda corta y tacones con sus infaltables pañoletas rojas; los hombres con sus pantalones marineros. Para Evan Weymouth era como ver gaviotas por todas partes, pero más le impresionaba que esa gente fuera tan fuerte y a la vez tan ligera. 

-¿Cuántas personas vamos a recibir? - curioseó el joven.
-Se supone que recibiremos a los que lleguen - contestó Don Weymouth mientras se ponía a limpiar el piso. Bèrenice estaba afuera, colocando jarrones de flores moradas para que la entrada no se viera tan decadente y pronto, divisó a Laurent Ferny caminando al frente de una comitiva más o menos grande. Él parecía saludar a cada vecino, conocido, pescador u oficinista como si los tratara de todos los días, como si los hubiera visto de toda una vida. El hombre aparentaba amabilidad, una sonrisa fácil y un nerviosismo entusiasta que inspiraba muchos deseos de buena suerte.

-Creo que ya comenzó - anunció Evan al asomarse y se frotó las manos porque le esperaba una noche larga. En las otras cantinas, se aguardaba a todos aquellos que no pudieran entrar a la fiesta y la música comenzó a sonar por ahí.

-¿A qué hora llegará la novia? - preguntó Bèrenice.
-No falta mucho, le llamaron a papá para avisar que viene con un grupo de once personas.
-Wow ¿Y con cuántas viene el novio?
-Si te fijas bien, con el barrio entero.

Ambos pasaron saliva y volvieron al interior para recibir sus últimas indicaciones. Al estar Bèrenice embarazada, Don Weymouth decidió que ella se quedaría en la barra, sirviendo los tragos simples. En cada mesa se había colocado la carta y Evan apenas se enteraba de que la cantina tenía una.

-Yo prepararé las órdenes - continuó el señor Weymouth. 
-¿Y qué vamos a hacer con tanta gente?
-Lo mismo de siempre, Evan. No es diferente a un fin de semana.

Evan asentó más tranquilo y segundos después, Laurent Ferny llamó calmadamente a la puerta. Evan y Bèrenice se miraron mutuamente con extrañeza.

-Es una costumbre de Corse. Los pescadores no son de esos patanes que vienen del resto de la ciudad - dijo el señor Weymouth
-¿Y por qué vinieron hasta acá? - replicó Evan.
-Porque no hay bar de Corse que aguante una fiesta grande.
-Nunca habían estado aquí.
-No nos habían escogido para el festejo principal, por eso no lo habías notado.

Don Weymouth sonrió y recibió a Laurent en la puerta, dándole la mano con cordialidad. Los invitados comenzaron a pasar calmadamente, saludando también de forma cortés. Las mesas se iban ocupando una a una en orden y el silencio era la marca inicial de tan inusuales visitantes.

-Buenas tardes a todos, gracias por venir a esta despedida de soltero, significa mucho para mí - pronunció Laurent Ferny cuando los asientos estuvieron ocupados. Los invitados que quedaban afuera no solamente recibían disculpas, también se les dirigía a otros bares y se les prometía compensarles con una gran cena comunitaria al día siguiente. Laurent parecía ocupado en ser un buen anfitrión y él mismo dejaría en la barra un ramo con flores magenta que servirían de obsequio para Marine Lorraine junto con una caja forrada en terciopelo, también magenta.

-Podemos iniciar con esta reunión. Agradezco mucho al señor Don Weymouth y a sus maravillosos empleados por recibirnos hoy. Disfruten la velada - anunció Laurent y luego de unos aplausos, Evan comenzó a entrar y salir de la cocina con bandejas llenas de platos de sopa de pistaches. Los pescadores parecían contentos con lo que se estaba sirviendo.

-Ese tipo no huele a escamas - notó Don Weymouth.
-¿Quién? - preguntó Bèrenice.
-El novio.
-¡Ah! ¿Tiene qué?
-Ese trabaja en oficina... Me pregunto si le habló a esa arpía de Steliana Isbaza sobre la fruta del valle. 
-¿Por qué haría eso?
-¿No te acuerdas, mujer? Tu amigo, ese Lleyton, nos prometió pasarle el recado.
-¿En serio?
-Si no fuera por Albert Damon, yo no habría aceptado la fiesta aquí.

Bèrenice intentaba recordar ese episodio sin éxito, notando que su jefe tenía esa actitud de no confiar en lo que veía, pero era imposible tomarlo en serio porque todos los días alguien le inspiraba su mirada de sospecha.

Contrario a lo que se esperaba de cualquier fiesta, los pescadores de Corsé comían en silencio y de hecho, sólo conversaban o retomaban el tema después de cada tres sorbos de sopa. No comían rápido, no tomaban más de un trozo de pan negro y no estrellaban la cuchara contra el plato. Se sabía que la educación del barrio aquel era singular y Laurent comía también junto sus compañeros del trabajo, pero incluso la risa distaba del escándalo.

-¿Y cuándo empiezan a divertirse? 
-¿Nunca has visto a un pescador tomar alcohol, Evan?
-No que recuerde, papá.
-Hasta nos quedaremos sin ginebra.
-¿Beben fuerte?
-Más de lo que imaginas.

Mientras se terminaba la sopa y se acomodaban modestos canapés de tomate en conserva y queso seco del campo, Laurent supo que debía comenzar con el brindis. Al terminar su sopa y excusarse, fue más evidente que sus amigos no pertenecían a Corse, pero hacían el esfuerzo de no dejarlo mal parado. A Don Weymouth no le hizo la menor gracia.

-No sé cómo iniciar un brindis y además, no bebo alcohol - reveló el joven al cantinero.
-Hay un truco que no falla y es dejarme ese trabajo a mí.
-No quiero que noten que no comparto ese gusto.
-Siempre se puede servir agua en un vaso de vodka.
-Me estaría salvando la vida.
-¿Agua corriente o de botella de cristal?
-De cristal.
-Enseguida.

Bèrenice sirvió discretamente el agua y su jefe confirmó sus sospechas: Laurent Ferny no era pescador. De serlo, nunca habría rechazado el agua común.

-En esta cantina se bebe fuerte - inició el señor Weymouth y el inesperado rugido de los pescadores, sobresaltó a Evan y Bèrenice - ¡Disfruten y tomen lo que gusten! ¡El prometido se beberá la primera copa!

Otro rugido se escuchó y Laurent agarró el vaso, consciente de que debía pasar el líquido de golpe. 

-¡Gracias por venir! - exclamó Laurent por última vez y consumió el agua. Entonces los demás presentes comenzaron a ordenar tragos y a programar música en la rockola. 

-Durante la noche consumiré jugo y agua, por favor - se giró Laurent hacia la barra.
-¿Ni siquiera tomará la champaña? - se sorprendió Bèrenice.
-Quizás la copa a medianoche y nada más.
-¿Alguien sabe que usted no es un ebrio?
-Nadie y pretendo que siga siendo así.

Laurent sonrió y miró a la mujer con agrado.

-Es una lástima.
-¿Qué?
-Que no puedas salir de aquí. Te invitaría a un sitio más privado; las despedidas de soltero no son buenas cuando termino la velada solo.

Bèrenice no entendió, pero algo la hizo quedarse en silencio y llenar vasitos de licor de pera de invierno para que los pescadores los tomaran libremente de la barra. El ruido comenzó a aparecer poco a poco, pero no así los juegos de dardos, en donde Laurent Ferny comenzó a destacar rápidamente. Las apuestas por tragos eran llamativas, pero Don Weymouth decidió atender al novio personalmente, asegurándose de que el jugo de mango pasara por un cóctel tropical con tequila o vodka. Era importante que el anfitrión no probara nada de licor.

Los pescadores comenzaban a soltarse y deshinibirse e improvisaban otros juegos, como uno donde se lanzaban dados y el número más bajo ameritaba una especie de castigo como tomar un vaso de agua, pero Laurent procuraba no perder y a nadie le sorprendía que fuera bueno. Era de esperarse que en un barrio de pescadores tal habilidad existiera y la rivalidad con Poitiers y Crozet obligaba a la práctica cotidiana de un juego que el resto de la ciudad veía con desagrado.

-¡Oye Laurent! ¡Si le atinas a la diana, también le atinas a Marine! - dijo alguien y Laurent fingió reírse. Sabía perfectamente de qué le estaban hablando, pero en sus planes no se encontraban los hijos y de todas formas, parecía que ella tampoco los buscaría de inmediato. Al hombre le habían contado que su prometida había vacilado sobre el tema durante la entrega de regalos y dinero para la boda.

Sin embargo, el tema dejó a Laurent pensando sobre Marine: En dos años nunca la había contemplado desnuda ni tocado su cintura en algún baile. Sus abrazos eran breves, sus besos también. Él era el perfecto novio corso que seguía las reglas, aunque disimulaba frente a Albert Damon cuando decía que no eran necesarias las chaperonas en sus citas, aunque de todas formas las cuñadas iban agregadas en cada salida. Pero como otras veces, se preguntó sobre su noche de bodas y lo que haría con ella por ser hermosa. Iba a actuar como si la amara un tiempo más.

-¡La novia viene llegando! - gritó una mujer que se asomaba por el ventanal del lugar y entonces, Laurent se aproximó a la entrada.

Las hermanas de Marine vestían de negro, portaban boina marinera y en el caso de las menores, pañoletas rojas atadas con un firme nudo al cuello. Iban caminando juntas, dándose las manos y a su paso recogían felicitaciones y sobres con dinero, al igual que en la fiesta de la calle Nautonier. Muchos decían que esos obsequios eran para que la novia no tuviera preocupaciones si se embarazaba pronto.

-Marine ¿Ya viste a Laurent? ¡Se ve guapísimo con su traje de pescador! - dijo su hermana Lou a pocos metros de la cantina. Él la oyó y asentó inmediatamente. 

Marine Lorraine no iba vestida como marinera esa noche. Ella portaba un vestido magenta cuya falda circular resaltaba su cintura y llegaba a su rodilla; su prendedor de alcatraz y una coleta que a pesar de su elegancia, no parecía ajustada. Sus zapatos eran muy altos, aunque en su bolso había escondido unas pantuflas para resistir la velada.

Las hermanas entraron primero, siendo recibidas con corteses "buenas noches" y recibiendo sus asientos frente a la barra. Ellas estaban felices, expectantes del recibimiento a su hermana.

Laurent Ferny se dió cuenta de que no iba a ser educado si no salía unos pasos y así se acercó a Marine, a quien miró a los ojos y le sonrió antes de tomarla de las manos. Ella veía al suelo y luego hacia él, sin saber qué decir y respirando tensa.

-Bueno, esta es la primera vez que podremos bailar - dijo él antes de darle un beso veloz y sutil en los labios.

-¡Marine se sonroja con él! ¡Le gusta mucho! - exclamó Lou desde su sitio y vio a su cuñado extender su mano para invitar a su prometida entrar. Marine asentó, estrechó su mano con la de Laurent y él le cedió el paso. Cuando ambos estuvieron dentro, estallaron los aplausos.

-¡Vivan los novios! - gritó otro pescador.
-¡Aún no se casan! - replicó una hermana de Marine.
-¡De aquí nos vamos al registro civil! - bromeó otro y Laurent carcajeó sin planearlo.

-Sólo se están divirtiendo - comentó para disimular y luego volvió al gesto desenfadado que todos le conocían para luego añadir - El señor Lorraine y yo pensábamos que sería bueno celebrar la ceremonia civil en Vichy, pero Lou nos convenció de seguir con los planes de hacerlo en Corse, como acordamos. El cura nos dijo que le parece bien que firmemos lo civil junto con el acta de la iglesia.

Marine pasó saliva y volvió a mover su cabeza como aprobación. Entonces Laurent finalmente la condujo a su asiento.

Al reanudarse la fiesta, lo primero que hicieron las chicas fue agarrar los vasitos de licor de pera que había servido Bèrenice y un par de canapés. Era claro que querían enfiestarse y las menores ya elegían con quién bailar, dejando a la novia sintiendo que no quería estar allí. Laurent le sugería iniciar con algún trago ligero, aunque ella no estuviera segura por no haber tenido ganas de cenar. Entonces, él examinó de nuevo las bebidas del estante del frente y se dió cuenta de algo.

-Señor ¿Qué tienen esas botellas? - preguntó fingiendo ignorancia.
-Vino tinto, es caro - respondió Don Weymouth.
-¿Qué tanto?
-100€.
-¿Y por copa?
-25€.
-Quiero dos. Las serviremos a mi prometida y sus hermanas, que lo merecen... Mejor tres botellas, un tinto Delobel del '96 no debe quedarse guardado.

A Don Weymouth terminó por desagradarle el flamante Laurent Ferny, pero contempló a las maravilladas chicas Lorraine que se sonrojaban ante semejante detalle sofisticado. Los presentes al percatarse también se impresionaron aunque no sabían nada de vinos, exceptuando lo renombrado de la marca.

-También quiero ese vino Ópalo ¿Quién es su proveedor? No pensaría que en esta zona hallaría algo así - continuó Laurent.
-Le sorprendería qué gente ha venido últimamente.
-¿Ellos se le han pedido?
-"Ellos" pero nunca un pescador.

Laurent se encogió de hombros y Marine apenas lo vió con una sonrisa breve y nada profunda. Ella no estaba segura de beber su copa ni impresionada por el obsequio, pero le sorprendió saber que su novio reservara la botella de Ópalo "para los dos".

-Si no quieres beber, podemos pedir otra cosa - dijo él.
-Está bien, me gusta - sostuvo ella.
-Bueno, brindemos por nuestra boda, por lo que será nuestra vida juntos y porque nos irá bien.
-Claro que sí.
-Nunca te había visto tan feliz.
-Es una fiesta.
-Me refiero a que nunca había contado tantos dientes cuando estás contenta.

A Marine le pareció curioso y volvió a reírse, pero esa vez decidió concederle a Laurent un gesto y también contó sus dientes al carcajear, provocando que él lo encontrara divertido. Chocaron sus copas y el vino comenzó a deslizarse por sus gargantas al mismo tiempo que se miraban detenidamente. Él lo hacía por la conquista, ella por mínimo mirar una vez al hombre con el que iba a casarse y que sentía que estimaba de alguna forma.

-Me da miedo el vino porque me gusta mucho - confesó Marine espontáneamente. Su resistencia alcohólica era baja y pronto, sus mejillas se calentaron. Laurent apenas creía que tuvieran algo en común y sirvió otras copas, a pesar de que también sentía las consecuencias de pasar años en blanco. Ambos comenzaron a reírse de la nada, aunque él recordara que debía concluir la noche con sobriedad.

-¿Te gusta bailar? - consultó el hombre al segundo golpe de la bebida.
-Depende, si me gusta la canción.
-¿Te parece bien si lo intentamos? Hay que practicar para el vals de la boda.
-Quizás me venga bien, Laurent.
-¿Te sientes enferma?

Y en un acto que en sus cinco sentidos nunca habría ocurrido, Marine le confesó al oído que no tomaba nada que no fuera café. Él alcanzó a fingir que hacía lo mismo por el ritmo de la oficina y empezaron a moverse torpemente con la música. Gracias a su movimiento, los demás pensaron que iniciaba el baile y más whisky era solicitado a un Evan que trataba de entender lo que ocurría. 

-Bèrenice, la próxima vez que ese idiota te pida agua, le das licor de pera - ordenó Don Weymouth.
-¿Quién es el idiota, jefe?
-El novio. Vamos a descubrir quién es.
-Pero ¿Si no quiere?
-No lo notará. Cuando termine de dar vueltas con la novia, se terminarán el vino. Pagó 60€ y no los va a tirar. Va a estar un poco mareado y por eso ya no le importará.
-Papá ¿Por qué  lo vas a emborrachar? - quiso saber Evan, conocedor y heredero de semejante práctica con las personas que le causaban repulsión. Laurent hizo exactamente lo que el cantinero predijo con el vino y Marine accedió a la siguiente copa por ser educada.

-Quiero saber de que están hechos los dos, pero él... Es uno de "esos".

Don Weymouth no aclaró de qué hablaba, pero Bérenice obedeció cuando, acabado el trago, Laurent le pidió agua. El tipo se bebió el licor de pera y enseguida pidió lo mismo para Marine, que creyendo que eso la obligaría a ir al tocador a deshacerse del alcohol, accedió. Los novios volteaban a verse y de repente, sus rostros eran las cosas más risibles que habían visto.

-Quiero más, por favor - pidió Laurent, pero Don Weymouth se hizo cargo y sirvió un vodka potente, haciendo que el anfitrión le preguntara porque le había dado esa bebida. Pero aquello lo venció. Laurent comenzó a tomar de los vasitos de licor de pera y Marine, para evitar quedar como una aguafiestas, tomó un par.

Los novios saltaban, jugaban dardos y bromas, aceptaban tragos de whisky y las hermanas de Marine comenzaron a preocuparse hasta terminar en pánico. Laurent y Marine desaparecieron de la fiesta de un momento a otro y eso podría dañar la reputación de la novia si no la encontraban.

Mientras en la cantina Weymouth y otros negocios del Panorámico la fiesta era cada vez más entretenida, los novios caminaron y se detuvieron en el mirador de la siguiente calle. Ambos carcajeaban y Marine atisbaba cada detalle, entendiendo por qué a esa zona del barrio Blanchard se le llamaba Panorámico.

-Es hermoso... Se ve desde la playa de Corse hasta el muelle de Quai de Seychelles.
-¿Por qué el agua brilla de noche?
-No lo sé, Laurent.
-¿Tienes sed? 
-Jajajaja ¿Trajiste más vino?
-Es lo único que a veces bebo.
-Gracias por sacarme de la fiesta, me estaba ahogando.
-¿Tú también?
-¿No te gusta estar con la gente?
-Me estaba dando calor, estoy sudando.
-Es cierto.
-Nunca hemos estado solos, Marine ¿Será que al fin podemos hablar?

Un nuevo ataque de risa interrumpió sus incipientes intenciones por varios minutos, hasta que Laurent, reconociendo que no quería pasar la noche solo, besó a Marine intensamente.

-¿Qué haces? - preguntó ella cuando pudo soltarse.
-Llevamos dos años y nunca te había dado un beso de verdad, es todo.
-No es el momento.
-Nadie nos ve.
-No creo que esto sea bueno, regresemos.

Laurent recuperó la sobriedad y optó por ser más inteligente.

-De acuerdo, caminemos.
-Me estaba divirtiendo mucho - reconoció Marine.
-En Vichy nos divertiremos más.
-Es un viaje familiar.
-¿Te gusta la nieve?
-Mucho. 
-Podríamos ir también al pueblo, dicen que es muy bonito.
-¿Nunca has ido a Vichy?
-Tú tampoco.
-Es cierto.
-En el trabajo me sugirieron ir, sobretodo por las actividades familiares. Dicen que el instructor de esquí es agradable.
-No te he preguntado cómo te va en la oficina, Laurent.
-Siempre lo haces.
-Nunca sé qué decirte.

Laurent volteó a ver a Marine y volvió a besarla cuando la resistencia fue menor. Ella también notó que comenzaba a corresponder, pero en lugar de sentirse cómoda ante la sensación de un beso encendido, recordó a Maragaglio y dijo su nombre en sobresalto.

-¿Maragaglio?
-Disculpa, Laurent, es que es mi hermano mayor - replicó ella, impresionada por mentir de forma natural. 
-¿Le tienes miedo a lo que diga?
-Si se enterara de esto, lo decepcionaría. Él es a quien más le hago caso y después a mi papá.

Laurent se congeló un momento. Acababa de recibir información valiosa y al ver la respiración agitada de Marine, supo que un movimiento en falso enfrente de Maragaglio iba a complicarle todo el plan.

-No te preocupes, regresemos con tus hermanas.
-Sí.
-Me va a gustar ser cuñado de Maragaglio. Debe ser un hombre corso de honor si lo respetas de esa forma.

Laurent le dió un beso en la frente y la tomó de la mano. Caminaban a buen paso, pero la impresión de los besos los había desconcertado, así que se miraron mutuamente y recargándose en un poste, juntaron sus labios de nuevo. Sin embargo, ese tercer momento no fue lo que esperaban. La mente de Marine viajó hacia los impulsos arrojados de Maragaglio y la de Laurent, si bien contemplaba a la mujer que estaba estrechando, le recordaba que la fiesta debía concluir para llegar con su abuela, aunque no quería pasar la oscuridad en soledad. 

-Ay, pensé que ustedes no eran de Corse pero al fin hay pasión aquí - comentó Lou Lorraine al encontrarlos.
-Disculpa, Lou. Si te parece irrespetuoso, yo hablaré con tu padre.
-Laurent, no te asustes, no le diré a papá. Además, ustedes son novios ¡Qué bueno que se gusten tanto!

Lou no ocultaba que se había emocionado.

-¿Por qué estás sola? - tembló Marine.
-Me separé de las demás para buscarlos, es que ya sabes que la gente piensa mal.
-Íbamos de regreso.
-Qué alivio me da encontrarte, no hemos hablado en toda la noche...
-Entonces me adelanto para que nadie haga insinuaciones - intervino Laurent y posó sus labios en la mejilla de Marine antes de irse. Ella se detuvo y Lou comprendió que la diversión había terminado.

-Vamos a casa - dijo Marine y caminó para reunirse con sus hermanas luego de que el flamante novio llamara un radiotaxi para que llevara a las mujeres a su destino.

Entretanto, Laurent ingresaba en la cantina nuevamente con su botella de vino y se colocó frente a Don Weymouth con visible molestia.

-¿La novia no quiso estar con usted? - preguntó el cantinero.
-¡Le pagué por no servirme alcohol!
-Un descuido, cualquiera lo tiene.
-¿Qué me dió?
-Vodka... ¿Le remuerde la consciencia?
-Deme uno más.

Don Weymouth, sin embargo, le sirvió agua y Laurent, alterado, la bebió con toda consciencia.

-Que beban lo que quieran, igual se paga - remató Laurent y se alejó a prisa, tomando otro radiotaxi frente a un bar más alejado. Los pescadores continuaban festejando y la resaca llegaría en la madrugada, pero no importaba mucho. La fiesta era divertida, los corsos sabían reírse y descontrolarse con educación y sin caerse o pelearse.

Cuando Laurent llegó al edificio Roberts, no estaba cansado, sino confundido ¿Qué rayos había pasado en esa fiesta? Marine... Marine era hermosa y la idea de pasar una noche de bodas de pronto no era un trámite engorroso. Le quitaría las tierras a su familia ¿Y qué? No iba a pasar por ese matrimonio sin recibir su parte, aquella que sólo un esposo debía tener.

-Tu abuela duerme, Laurent - lo recibió la chica de pecas.
-Ella se acuesta tarde.
-Son las diez, le di sus pastillas y mañana la veremos.
-No sé cómo sigue confiando en ti.
-Trajiste vino ¿La fiesta fue tan buena?
-Es un Ópalo, irá a la cava.
-El mayordomo la pondrá en su lugar.

Laurent se quedó callado y ella se acercó, colocando sus pequeñas manos sobre el pecho masculino y luego deslizándolas hacia el pantalón. Él no puso resistencia.

-Te conozco, te estoy sintiendo ¿Marine te provocó? Déjame calmarte.
-Me siento solo.
-Siempre lo estás. Vamos, te cuidaré.

La chica de pecas iba a llevarlo donde siempre, a su habitación en el cuarto de servicio, pero Laurent no quiso y en su lugar, entraron al dormitorio de él, asegurando la puerta.

-Tú siempre estás conmigo, Règine - susurró el hombre, despojándose de su ropa y cediendo por completo. La chica de pecas se hizo dueña de sus deseos, de su urgencia ¿Qué más daba si recibía el brazalete o no? Laurent al fin la había llamado por su nombre y suspiraba repitiéndolo. Y cualquier obsequio le importó menos cuando él, cansado pero aún con la sangre hirviéndole, colapsó para llorar.

Règine lo recibió en su pecho, lo mimó el resto de la noche. A diferencia de sus momentos de diversión, esta vez, Laurent había hecho el amor con ella. Esas lágrimas eran la prueba. 

miércoles, 7 de enero de 2026

La tormenta de París o el Cuento por la navidad ortodoxa (Los momentos felices, última parte)


París, Francia. Miércoles, 27 de noviembre de 2002.

Una nevada feroz y un cielo oscuro recibieron a Carlota Liukin al momento de descender del avión proveniente de Helsinki. La nieve cubrió su abrigo, su gorro ushanka y sus guantes y al llegar a la sala de equipaje del aeropuerto Charles de Gaulle, se miró en un cristal para constatar que se parecía a los protagonistas de las películas luego de bajar la montaña. A su lado, Katrina también pensaba lo mismo.

-No siquiera vimos al Yeti.
-Pero no vive en Finlandia - contestó Carlota.
-Ojalá nunca regresemos.
-¡A mí me gustó!
-Porque te trataron bien.
-¡Las auroras boreales son preciosas!
-Eso sí.
-¡La próxima vez me tomaré las mañanas para recorrer lo que me faltó de Helsinki! ¡Y tenemos que ir de compras!
-¡Qué bien! ¿Se te olvida que no me vas a llevar?

Carlota recordó que Katrina era la "amiga especial" de Maragaglio y que quizás el encanto de la Cenicienta se estaba terminando. La otra, en cambio, se sacudía como podía la ropa y por primera vez, sacaba su celular, mismo que sonaba estridente como cualquier otro.

-¡Maragaglio! Hemos llegado por fin a París, me muero por una taza de chocolate caliente - saludaba Katrina aliviada - ¿Carlota? Aquí, queriendo irse a Helsinki de nuevo, no sé cómo no está loca... Nieva aquí, yo tengo frío y mi maleta acaba de aparecer, voy a tomarla... ¿También está nevando en Venecia? ¡Qué horror! ¿Cómo sigue Susanna?... ¡Qué bien! Saldrá pronto de ahí ¿Y tus niños?... ¿Cocinas? ¡Entonces me debes una cena deliciosa! ¿Cuándo vienes?... ¿Cuando acabe tu misión en Tell no Tales? ¿Qué es Tell no Tales? 

Carlota no disimulaba su asombro por la naturalidad de la conversación de Maragaglio y Katrina y mucho más con semejante pregunta sobre su país isleño en África. Se suponía que todo mundo sabía de él y dónde estaba, sobretodo porque exportaba cosas que eran muy solicitadas, como sucursales de tiendas como las de Industrias Isbaza. En el aeropuerto mismo existía una y se tomaba el mejor chocolate caliente de París, así que Carlota planeaba entrar por un vaso para sacudirse las nostalgias de cuando visitaba el local de su ciudad natal.

-Maragaglio no es nada discreto con su amante - recordó Maurizio Leoncavallo, rompiendo el encanto y agarrando el equipaje de Carlota. Lucía agotado y con señales de haber dormido poco, aunque también se hallaba pendiente del teléfono, actitud inusual que acabó intrigando a una Carlota que hacía no mucho había conseguido hablar por su cuenta al hospital San Marco Della Pietà sólo para enterarse de que su padre no abandonaba el tanque de oxígeno, pero su semblante mejoraba.

-Me estoy poniendo nerviosa, ojalá nos vayamos ya - suplicó la chica Liukin y se preparó para salir de la sala de equipaje, sintiendo que la ignoraban. 

-Mademoiselle Liukin, tenga cuidado, la espera una multitud afuera - anunció un oficial.
-¿Una qué?
-Muchos admiradores.
-A nadie le dije que regresaba.
-Fue la prensa.
-Merci? ¿Van a ayudarme a salir, verdad?
-Siempre estaremos a su servicio - terminó el policía y Carlota suspiró, entre contenta y alarmada por lo que iba a ver apenas se abriera la puerta.

-¿Va a pasar lo mismo de cuando llegamos la primera vez? - curioseó Maurizio.
-¿Sí?
-Yo estoy preguntando.
-Ah, pensé que no.
-Carlota ¿Te incomodan los fans?
-No... ¿Te molestan si te gritan en las orejas?

Maurizio rió y ella comenzó a caminar.

Cuando los franceses se enamoran de alguna persona, las multitudes suelen ser apasionadas e incondicionales y justo eso había ocasionado que se colocaran vallas, mismas que se presumían firmes y disuasivas. Por recomendación de alguien más, Maurizio reservó un taxi gracias a una máquina y luego de maravillarse por la tecnología, se encargó de separar los dos cristales que formaban la salida. Entonces, las voces eufóricas lo aturdieron y los flashes lo cegaron por varios segundos. Carlota Liukin era una estrella y disfrutaba de la atención mientras levantaba las manos para decir "hola" y agradecer el apoyo al verla patinar por televisión. La presencia de algunos reporteros obligaba a la entrevista y Katrina aprovechaba para modelar su abrigo con cuadros de colores ante cámaras que le hacían caso por estar junto a la celebridad del momento. Todo tenía sentido y entre autógrafos y una charla veloz con el periodista del noticiero nacional, el camino se volvió menos pesado. Las pancartas hechas de cartulina con letras de diamantina de colores formaban una postal agradable a la vista y posar junto a las niñas más pequeñas le daba a Carlota puntos extra con personas que se imaginaban cómo era su vida, que le gritaban que la amaban sin conocerla.

-Le vas a causar problemas a Maragaglio - dijo Maurizio a Katrina mientras tanto.
-No te importa.
-¿Crees que su esposa no te va a ver en algún momento?
-Susanna conoce bien a su marido, nada cambiará por mí.
-No puedes saberlo.
-Claro que sí, no es la primera vez que un hombre casado me busca.
-No creo que te regalen cosas.
-Maragaglio no cambiará su vida por venir a visitarme de vez en cuando.

Katrina continuó siendo retratada y cuando alguien le preguntó a Carlota quien era ella, la chica mintió sobre tener una coreógrafa.

-Y por eso a Maragaglio nunca lo deja su mujer - murmuró Katrina.
-¿Porque le mienten? - reprochó Maurizio.
-Todos los Leoncavallo son cómplices.

Maurizio no agregó palabra y se limitó a seguir detrás de Carlota, deseando irse de ahí. En casa de Judy Becaud los esperaban para cenar y darles una bienvenida cálida, así que más valía no retrasarse. Carlota corrió al dar el último autógrafo.

-¡Nos deja el auto! - gritó al ver la hora.
-¡Me alegra que te dieras cuenta! - sonrió el joven Leoncavallo y junto a Katrina, recorrieron largos pasillos hasta la salida, dónde los esperaba un taxista ansioso por terminar su turno. 

-¡Ya no pasé por un chocolate a Isbaza! - se lamentó Carlota.
-Pero Judy te servirá una bebida casera. Vamos a verla.
-Cierto ¡Gracias, Maurizio!
-¡No te vayas a tropezar!

Carlota Liukin iba tan rápido, que cayó de frente, encima de su maleta. Katrina y Maurizio no pudieron contener la risa.

-¡Ayúdenme que me atoré! - se enfadó Carlota y Maurizio enseguida le dió la mano y deshizo el nudo que se había hecho en la maleta. 

-¡No tenían que reírse de mí! - protestó la chica y siguió su camino con enorme enfado, aunque los otros dos no entendían el motivo de su reacción. De tan contenta, ahora se le notaba irritada y con cara de pocos amigos, llevando su equipaje como si pesara en exceso.

-Deja eso, te ayudo. Discúlpame, no sabía que te molestaría.
-¡Para la próxima ni se te ocurra reírte, Maurizio!
-Entendido.
-¿Nos vamos a casa ya?

Maurizio asentó y sintió como si recibiera una reprimenda, así que enseguida buscó el vehículo marcado con la placa 098027, que le recordaba algo, pero no sabía qué. Para Carlota, era una coincidencia que los números fueran iguales al del celular de su abuelo, así que lo tomó como una señal. Con el boleto en mano, el chófer descendió para ayudar a colocar el equipaje en la cajuela y las dos chicas abordaron con prisa, dándose cuenta de que el interior era cálido y agradable, así que podían al fin descubrir sus cabezas. El tráfico se reportaba paralizado desde el aeropuerto hasta el periférico y llegar a la Rue de Poinsette iba a ser una misión agotadora debido a la espesa nieve que se acumulaba en la ciudad.

-No entiendo bien el francés, pero parece que nos tardaremos dos horas o más si nos vamos en este momento - declaró Maurizio al tomar asiento y el conductor, sin mediar palabra, inició el trayecto. Katrina aprovechó para acomodar su cabeza en una almohada de cortesía y enseguida se quedó dormida.

-No tomamos el tren porque hay mucha nieve en las vías ¿Te habrías enojado por esperar en la estación, Carlota?
-No me gustan los trenes.
-¿Por qué?
-No lo sé, pasan cosas.
-¿Cómo cuáles?
-¿No te conté que una vez me quedé varada en un pueblo porque se congeló todo? ¡Ojalá nunca te toque algo así de horrible, Maurizio!

Él estuvo a punto de preguntar para enterarse de la anécdota, pero notó que ella tomaba su celular con premura y llamaba enseguida. Al principio creyó que era para anunciarle a sus amigos que iba rumbo a su encuentro; pero pronto supo que era alguien más importante que no respondía.

-¡Siempre es lo mismo con ese señor! - gritó Carlota.
-¿Qué pasa?
-¡Nada! Voy a insistir.
-¿Con quién quieres hablar?
-¡Con alguien con quien no me puedes molestar!
-¿Marat?

La joven Liukin lo negó y siguió insistiendo un par de veces, rindiéndose cuando no recibió respuesta.

-¡Me colgó! ¡Ese viejo...! ¡Es un idiota! - protestó ella.
-¿Estás bien? 
-Maurizio ¿Qué haces cuando en tu familia hay un cretino?
-¿Quién se ganó ese halago?
-¡Maurizio!
-Mejor me callo.

Carlota miró a la ventana y se dió cuenta de que el embotellamiento la había atrapado a los escasos minutos de abandonar el aeropuerto. El camino sería más largo y el paisaje mucho más blanco de lo planeado, pero no parecía ser relevante al momento en que el celular comenzó a timbrar. La joven contestó enseguida.

-Acabo de llegar a París, por eso te marqué... ¿Cómo que estás en la playa? ¿Te fuiste a Jamal? ¿En Tell no Tales no hay frío?... ¿Apenas va a cambiar el clima?... Papá sigue en el hospital ¿Has hablado con alguien en Venecia?... Andreas y Adrien se enfermaron también ¿Por qué nadie me avisa de nada?... ¿Cómo que me enviaste un mensaje?... No estaba en París, me fui a un torneo en Finlandia... Disculpa, abuelo ¿Qué es un telegrama?

Maurizio Leoncavallo volteó hacia Carlota con una sonrisa incrédula y luego se quedó pensando en que sólo las personas mayores mandarían mensajes de una forma que distaba mucho de ser inmediata. 

-¿Fuiste a una boda, abuelo? ¿La de quien?... ¿Marine Lorraine?... Apenas conozco a Albert Damon... No entiendo la mitad de lo que dices.

Maurizio recordó la prueba de vestidos de novia en el restaurante de Judy Becaud y entendió que era más importante de lo que aparentaba. De recordar a Maragaglio ofreciéndose a obsequiar un ajuar, tuvo cierta sospecha que no anhelaba confirmar.

-¿Vas a ser padrino? - continuó Carlota -¿De anillos? ¿No compraste unos de latón?... Menos mal... ¡Ay, abuelo! Es que me acuerdo que me hiciste uno con una tapa... ¡Ya sé que era el adorno de una botella y estaba bonito!... ¿Cuándo se casa?... ¿Por qué en Corse harán tantas fiestas antes de la boda?... ¿Hay mariscos gratis? ¿Por qué me mudé?

Carlota hizo un gesto alegre y escuchó a su abuelo describir los planes de un paseo a Vichy, cómo lo acompañaba Lorenzo Liukin a las recepciones de la familia Lorraine y sobretodo, le contaba del mar y de cómo la ciudad iba recuperándose luego del sismo de septiembre. En las calles, las puertas y marcos de las ventanas se estaban pintando en verde oscuro, menos en el barrio Corse, donde unos barcos enormes se estaban adaptando para convertirse en departamentos y los Lorraine disfrutaban de ver a los trabajadores en tan singular labor.

-Qué divertido... ¿Me saludas al tío Lorenzo?... ¿Cómo que no?... ¿Llamarme a mí? ¿No debería preguntar por mi papá?... Ah, ya llamó... Voy con Judy y descansaré un día más... Voy a competir la próxima semana en Japón... ¡Me encantaría ir a la ceremonia contigo!... Es que califiqué a la final de un torneo y es importante... ¿Por qué no vas a Sapporo a verme? Está mejor que la boda... Lo prometiste, de acuerdo... ¿Cuándo nos vas a visitar a Venecia?... ¿Te vas a dónde? ¿No estabas jugando?

Maurizio miró a Carlota preocuparse y llevar una mano a su frente.

-¿Cómo que vas a terminar con tus pendientes?... Abuelo ¿Todo está bien?... ¿Tienes que hablar con la familia? La otra vez me dijiste lo mismo... ¿Ahora es en serio? ¡Claro que vamos a estar todos!... ¿Cómo que verás a Maragaglio en Tell no Tales?... ¿Vas a tener una charla con él primero?... ¿Cómo que le darás la bienvenida a la familia...? ¿Qué papeles tienes que ver?... Abuelo, me estás asustando... ¿Sí te vas a ir a Bangladesh?... ¿Cómo que no vas a volver?... ¿Cómo que no tienes casa? ¿Te vas de gira también? Abuelo ¿Cuándo te veré de nuevo?... ¿Abuelo? ¡No me cuelgues a mí!... ¡Que no me cuel... gues!

Carlota agitó el teléfono para que se le pasaran las ganas de azotarlo. Se cruzó de brazos y no sabía si quería llorar o sentirse afortunada de que su abuelo tomara su llamada y le diera unos minutos.

-¿Estás bien? - preguntó Maurizio.
-¡Ese señor me hace enfadar! Pero lo quiero mucho.
-¿Tu abuelo viaja demasiado, verdad?
-Me mandó un telegrama a casa de Judy porque olvidó que fui a Helsinki. Un telegrama ¿Quién hace eso teniendo celular? ¿Un telegrama? ¿Qué diablos es eso?
-Carlota, no creo que él lo haya hecho a propósito.
-¡Nunca asiste a nuestros cumpleaños, nos deja plantados, ni siquiera se molestó en ir al funeral de mi mamá y de pronto me visita y se va así nada más! ¡Ay, pero no fueran Albert Damon, sus perfumes de no sé qué madrigueras del mundo o sus viajes de mochilero porque nunca falta! ¡Mi abuelo no es una estrella de rock!
-¿Por qué lo llamaste?
-Porque el número del coche es casi igual al de su teléfono.
-¿Qué querías que te dijera?
-¡Quiero que se quede con nosotros!
-¿Por qué? Tal vez él no lo desea.
-¡Está enfermo de los pulmones! ¡La última vez mi papá y mi tío fueron a hacer papeleo para sacarlo de un hospital de Cuba! ¿Y si muere en una de sus excursiones? ¡Él sólo lleva una mochila! ¿Por qué le gusta ser hippie?
-Yo no lo llamaría hippie.
-¡Ahora le dicen "espíritu libre"! Sólo eso falta.
-Carlota, odio decirlo, pero eso lo tienen que arreglar tu abuelo y sus hijos.
-¡No quiero perderlo en medio de la nada!
-¿Le has dicho eso a tu abuelo?
-Que se va a quedar tirado en la nieve.
-¿Él se la vive viajando?

Carlota asentó y Maurizio no supo más que añadir. Ambos se preguntaron porque Goran Liukin Jr. era capaz de ser tan importante, si era hiriente su ausencia. Aunque ella tenía más claro que así era y normalmente los Liukin no se tomaban un instante para conversar sobre ello. Si el abuelo vivía a medio  millón de millas de casa, ellos siempre lo aguardaban en ese millón y medio y quizás, era la única forma de amarse.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El adiós de las nuevas cosas viejas (Los momentos felices)


Venecia, Italia. Lunes, 25 de noviembre de 2002.

Finalmente y luego de pasar varios días aislada, Yuko Inoue se enfermó y acabó, como Ricardo Liukin, en el piso cinco del hospital San Marco Della Pietà. Ciertamente, nadie esperaba verla y su presencia se sentía algo ajena y distante, aunque Ricardo le cedió su catre con la inquietud de saber que sus hijos Andreas y Adrien se habían quedado solos en el Hotel Florida con cierto resfriado.

-¿El doctor dijo que están bien? - preguntó.
-No se enferemaron mucho - contestó Yuko.
-No puede ser ¿Cómo sabré si algo les pasó?
-No se pereocupe, Miguel san llegó hace unos días.
-¿Miguel? No me avisaron.
-Él está sano ya, lo dejaron volver y se quedó cuidando a sus hermanos.
-¿Cómo lo vio, Yuko? 
-¿A él? Furioso, aunque se contenía mucho con nosotoros ¿Es verdad que Katarina se casó? Nos enteramos viendo a Carlota en el patinaje.

Ricardo llevó la mano a su boca. Se suponía que Miguel debía enterarse de todo pasada la influenza, cuando se pudiera hablar con calma.

-¿Qué más han sabido?
-No, mucho, Ricardo san. Miguel llamó a Maragaglio para aclarar muchas cosas, no supe lo que se dijeron pero discutieron mucho tiempo. 
-¿Cómo lo tomaron Andreas y Adrien?
-¿Lo de Katarina? Andereas san se sorprendió mucho; Aidierien chan se la pasaba mirando a Miguel.
-¿Hay otra cosa que deba conocer?
-Carlota chan nos llamó diario. La última vez dijo que estará en París el miércoles.
-¿No habló de regresar con la familia?
-La ciudad sigue clausurada.
-No la veré en semanas.
-Porometió avisar de todo.
-Hay un desastre que tengo que levantar.
-Señor, hay otra cosa: El recepcionista nos dijo que le llegó a usted un mensaje de un hotel de Lido.
-¿Qué cosa, Yuko?
-Es un cargo de servicio, no supimos de qué estaba hablando. Miguel guarda la nota.
-¿Miguel se comunicó a ese lugar?
-No sé qué le habrán dicho, pero se tuvo que hacer pasar por usted y luego se encerró en su cuarto casi todo el día.
-¿Cuándo pasó?
-El sábado.
-¿Algo más?
-Creo que tendará que platicar con él porque se quedó muy serio después.

Ricardo no necesitaba una explicación más obvia y pasó saliva antes de mirar a Tennant, quien tampoco requería palabras extra.

-Toma... Katarina, creo que Miguel te cachó - dijo el chico desde su cama.
-¿Miguel, qué? - respondió la chica somnolienta.
-Miguel sabe de todo: lo de tu boda y lo que hiciste con papá.
-Ah, bien por él. Me ahorró un discurso.
-¡Te metiste con nuestro papá! ¡No me jodas, Katarina, no tiraste un vaso ni robaste dinero! 
-No sé qué esperas, Tennant, pero no voy a ir a gritarle a Miguel. Lo que nos tengamos que aclarar no será hoy. 
-¡Eres una araña!
-Déjala en paz, Tennant. Yo seré quien charle con tu hermano - intervino Marco.
-¿Por qué tú y no ella que se metió en el lío?
-Porque hice una promesa y no la voy a deshacer.
-¿Cuál?
-Arreglarlo todo.

Tennant no podía creer en lo que escuchaba y regresó su mirada hacia Ricardo, quien parecía prevenir a Yuko para que ninguna palabra al respecto llegara a oídos de Maeva, quien estaba a punto de sucumbir a la curiosidad desde su lugar.

-Iré con ella, le encargo ser discreta, Yuko - pidió el señor Liukin, quien no podía actuar como si estuviera tranquilo y se recostó junto a Maeva, misma que se quedó intranquila al momento.

-Mis hijos tienen influenza.
-Lo siento, Ricardo.
-No podemos salir.
-¿Tu oxigenación sigue mal?
-No he vuelto a subir a noventa.
-Si te consuela poco, estoy igual.

Ricardo abrazó a la mujer y besó sus cabellos, recordando que había hecho lo mismo con Katarina al seducirla. Pero ahora que su secreto era la verdad revelada a quien más derecho tenía de molestarse, lo que menos tenía en la cabeza eran ganas de volver a escabullirse como un amante.

Sin embargo, su charla reciente pronto fue de conocimiento para Susanna Maragaglio, quien al volver de un examen, se topó con Yuko en el catre de al lado. Susanna miró fijamente a Katarina y por una vez, estuvo segura de que debía conversar seriamente con ella. 

-Yo no lo haría - sugirió Alessandro Gatell en voz baja.
-¿Puedo saber por qué?
-Susanna, usted sabe mejor que yo que una palabra más hará que alguien comience a pelear.
-¿Qué sugiere?
-Lo que hemos estado haciendo: Negar lo que sabemos. Es eso o escuchar los gritos de los Liukin.

Susanna inclinó la cabeza hacia el suelo, convencida de que debía hacer algo al respecto, pero iba a ser hipócrita regañar a Katarina luego de apoyarla con su boda y respaldar a Marco en el hospital.

-Entonces ¿Miguel se enteró de lo del hotel y lo de la boda al mismo tiempo? ¡Qué desastre! Todos le debemos una explicación a ese muchacho. 
-¿No cree que lo mejor es que Katarina y Marco se responsabilicen de sus actos? ¿Es necesario que usted le cuente su versión de los hechos a ese chico? Señora Maragaglio, entiendo que se sienta mal, pero ese problema no le corresponde y no tiene que meterse.
-Siento como si todos lo hubiéramos engañado.
-Pero él no querrá escuchar a nadie, salvo a Katarina y honestamente, nadie desea estar en el lugar de Ricardo Liukin.

Susanna guardó silencio, pero no por ello se quedó quieta. Caminando en círculos entre pacientes, descubrió que el grupo ni siquiera había tenido la oportunidad de dramatizar sin testigos directos. Sí, en una especie de sillón escondido al fondo, se hallaba Karin Lorenz, debilitada, pálida, con un tanque de oxígeno y la mirada de derrota.

-¿Cuánto tiempo llevas aquí? - curioseó Susanna.
-El suficiente.
-¿Llegaste hace mucho?
-¡No quiero que se me acerque ningún Leoncavallo y eso te incluye a ti, víbora!
-Nunca te he hecho algo malo, Karin.
-No te preocupaste por mí cuando te dijeron que Maurizio espera un bebé con otra mujer.

Susanna no replicó.

-Tardaste mucho en descubrirme.
-No te acercaste, Karin.
-¿Para qué? ¿Viste a Juulia? ¡Nada le ha salido mal en la vida!
-¿Qué te hizo Maurizio?
-Embarazar a una mujer más joven, no seas tonta.
-¿Te fue infiel? 
-Ofendes con esa pregunta.
-Es que no entiendo.
-¿Qué buscas comprenderle a un tipo que llevaba meses saliendo con su plan B y me lo restregaba en la cara? ¡Harta quedé de disimular que Maurizio y yo estábamos bien! ¿Juulia no lo mencionó? ¡Competíamos por un hijo! Quien lo lograra, se quedaba con el hombre, con el apellido de la familia, con todo lo que él y yo habíamos construido por años.
-Es la parte que no me queda clara.
-¿Perdona? ¿No te hicieron lo mismo? ¿No te presionaban los Leoncavallo para que tuvieras niños? ¡Pasé años soportando a Federico y Cristina Leoncavallo pidiéndome nietos! ¡Los tratamientos no funcionaron y de pronto esa estúpida rubia se ofrece a ser incubadora! Maurizio no lo pensó y se acostó con ella. 
-Te habría ayudado.
-¿A qué? ¿A buscarme otro médico? Susanna, nadie necesita tu ayuda, sólo dedícate a tu marido y su amante y piérdete con él.

Susanna tenía la opción de permanecer pasmada, pero en su lugar, le propinó una bofetada a Karin, extrañamente contenta de que esa mujer se fuera de la familia. Pero no identificaba el malestar que le quedaba, así que caminó de regreso a su catre y luego, a donde Juulia Töivonen descansaba. Era la primera vez que se dirigían la una a la otra.

-Buongiorno, lamento que no nos hayan presentado todavía. Soy Susanna Maragaglio, prima de Maurizio, aunque política. El primo es mi esposo.
-Juulia Töivonen, prima política supongo.
-¿Cuánto llevas de embarazo? Si quieres decirme, claro.
-Diecisiete semanas según el pediatra.
-Es bastante.
-¿Pensaba escuchar menos?
-No mentiré.
-¿Vino por Maurizio?
-Es que no imaginaba nada de esto, planeábamos una boda en familia con Karin.
-Los planes son diferentes.
-¿Es cierto que compitieron por tener un bebé?
-¿Quién le dijo?
-¿Es verdad?
-Maurizio y yo hablamos en alguna ocasión sobre niños y enseguida trazamos planes. 
-¿Y Karin?
-Hablé con ella alguna vez; me contó de un último tratamiento para tener un hijo y lo canceló.
-¿Sabes por qué?
-No era mi asunto, Maurizio y yo acordamos que pasara lo que pasara, él estaría presente con nuestra familia.
-No entiendo.
-Que terminara con Karin no estaba previsto, pero él lo hizo en cuanto le conté que sospechaba lo del embarazo. Debió escucharlo cuando se lo confirmaron, estaba emocionado.

Susanna no lograba darle forma al encuentro, así que no le quedó de otra que admitir la verdad:

-Acabo de toparme a Karin internada aquí.
-¿Tiene influenza como todos?
-Ha estado observándonos.
-¿Usted teme por mí?
-Un poco.
-Sé que está situación es un poco rara, pero fue una decisión de Maurizio, yo hice mi parte.
-¿Van a casarse?
-En marzo.
-Qué locura.
-Los Leoncavallo son así, incluida usted.

Juulia sonrió y giró su cabeza hacia Katarina y Marco, quienes se habían casado impulsivamente y habían contado con el apoyo moral de Susanna. 

-Esa es una gran verdad. Bienvenida a la familia, Juulia.
-Gracias, Susanna.
-Vigilaré que nadie la moleste, con su permiso.
-Adelante.

Susanna, sin embargo, se angustió más que antes y llamó a Katarina con inusual energía, apartándola de todos ante la vista de desaprobación de Alessandro Gatell, que no podía creer que los Leoncavallo y los Liukin fueran adictos al drama. Las dos mujeres atravesaron la puerta hacia la escalera de servicio y una vez asegurada, Susanna procedió a hablar.

-Miguel supo del hotel.
-Ya lo resolveré.
-Katarina: Ese muchacho sabe que estuviste con su padre ¿Te das cuenta de lo que eso significa?
-Que va a gritarme.
-¿Por qué parece que no te importa?
-Los Liukin me querían lejos y cumplí con eso.
-Miguel te esperó afuera de la casa una vez, siempre se portó bien contigo, él no te ha hecho nada.
-Pero he sido mala. Susanna, déjame en paz.
-¿Disculpa?
-Marco y yo resolveremos todo, no te preocupes.
-No es tan simple, señorita. 
-Pero no eres tú la del problema. Me equivoqué con Ricardo Liukin, acordé terminar con Miguel y afortunadamente ya no tengo que explicarle a ese chico por qué.
-Ricardo es su padre.
-Y él tendrá que aceptar lo que hizo. Susanna, sé lo que va a pasar, esto se resolverá pronto.

Katarina respiró hondo y volvió al pasillo, topándose con cierto alboroto frente a la habitación ocho y a Ricardo Liukin impidiendo el paso de Karin Lorenz, a quien había sacado de ahí.

-Katarina, ve a tu esposo, que se agitó mucho - dijo Ricardo y la chica enseguida entró a reconfortar a su marido, que respiraba por la boca para recuperarse. Juulia Töivonen también se encontraba alterada y el monitor de signos vitales delataba una tensión arterial mayor a la que debía.

-Karin, usted debe irse - alzaba la voz Ricardo.
-¿Con qué derecho me aparta usted?
-Hay una mujer embarazada, no necesito permiso para cuidarla si otra persona viene a perturbarla.
-¿Usted se atreve a meterse en un asunto que no le incumbe?
-¿Qué quiere provocar? ¡A nadie le importa que la abandonó Maurizio Leoncavallo! ¡Su mujer embarazada está allí y usted no va a molestarla! Arregle sus problemas, pero no usando un bebé.
-¡Jajajaja! Yo no uso a un bebé para quedarme con un hombre.
-¿A qué vino? Si busca una pelea, búsquela con Maurizio ¡Pero con una mujer y su bebé, jamás!

Susanna se aproximó boquiabierta y apartó a Karin enseguida. La otra mujer rompió a llorar y fue cuando Yuko, que no había logrado actuar antes, la llevó a otro rincón para hablar en privado. 

-¿Y ahora? - preguntó Susanna.
-Hay que calmar a Marco y a Juulia, el doctor Gatell ya había entrado a revisarlos.
-¿Y Pelletier?
-Ordenando una placa urgente para Marco y un electrocardiograma.
-Ricardo ¿Por qué defendió a Juulia?
-No lo sé.

Ricardo Liukin talló un poco sus ojos y fue donde Maeva, quien lo miraba fríamente y se negaba a recibirlo en la cama.

-¿Te acostaste con Katarina? ¡Contesta! ¿Por eso tú la trajiste aquí cuando se enfermó?
-¿Cómo te enteraste?
-¿No lo estás negando?
-Maeva, lo siento mucho, fue un error.
-¿Por qué?
-Estábamos solos en Lido.
-¿Qué fuiste a hacer ahí?
-Llevé a Katarina porque estaba triste.
-Así que la consolaste.
-Maeva, perdóname, no lo hice por lastimarte.
-No eres el primer hombre que me engaña, Ricardo, pero ¿Te importó más tener sexo con Katarina que tu propio hijo?
-Miguel no es mi hijo.
-¡Sabes de lo que estoy hablando! ¡Eres igual que mi ex marido! ¡Lárgate! ¡Eres una porquería de ser humano y de padre!
-¡No te metas con eso!
-¡Traicionaste a Miguel por una noche de sexo! ¡Infeliz!

Maeva echó a Ricardo y este no sabía dónde meterse.

-¿Quién le dijo a Maeva lo de Lido? - le preguntó a Tennant, sin entrar con él.
-Fue Yuko.
-¡Le pedí que no lo hiciera!
-Creo que ella tomó bando con Miguel.
-¿La sabrá alguien más?
-Sí, Andreas.
-¿Cómo? 
-Yuko no te platicó todo, papá. Andreas encontró la maleta de Katarina en el hotel y el botones le dijo que estuviste con ella en un cuarto. 
-No hicimos nada ahí.
-Pero luego de la llamada de Lido, es difícil que no piense mal.
-¿Qué haré ahora?
-Hacerse cargo - contestó el doctor Pelletier, quien iba llegando y sólo había escuchado los gritos de Maeva. El quinto piso quedó en silencio y Juulia y Marco fueron trasladados poco más tarde a sus estudios urgentes. 

miércoles, 24 de diciembre de 2025

El día que Maragaglio conoció a Susanna o El cuento de Navidad (Los momentos felices)

Venecia, Italia. Martes, 23 de noviembre de 1977

La llovizna había dejado charcos brillantes en las calles de Dorsoduro, y el aire traía un olor a sal mezclado con el dulzor de las castañas asadas cuando Maurizio Leoncavallo, "Maragaglio", caminaba con las manos hundidas en su chaqueta de cuero, los lentes empañados y el corazón todavía latiéndole fuerte por la estupidez del día anterior. Tenía dieciocho años y había intentado impresionar a Anna Berton robando un gelato de "Il dolce d’oro", corriendo como si fuera un héroe de película barata. Anna lo había alcanzado, lo llamó "cretino" y lo dejó ir, pero la vergüenza lo había traído de vuelta. No sabía bien por qué regresaba, pero ahí estaba, empujando la puerta del local con un tintineo suave de la campana.

Adentro, el calor lo recibió como un abrazo y el aroma a vainilla y chocolate flotaba en el aire. El lugar estaba tranquilo: un par de ancianos jugaban cartas en una esquina y detrás del mostrador, una chica joven removía crema en un cuenco con una cucharita de madera. Susanna Berton, un año menor que él, tenía el cabello recogido en una trenza floja, mechones sueltos cayéndole sobre las mejillas y un delantal blanco que le colgaba como una sábana sobre su figura delgada. Sus ojos verdes brillaban con una dulzura tímida, y cuando levantó la vista hacia él, una sonrisa pequeña pero cálida se dibujó en su rostro.

-Buongiorno ¿En qué puedo ayudarte?

Maurizio se detuvo en seco, ajustándose los lentes para verla mejor. No era Anna, con su energía cortante y su lengua afilada. Esta chica era diferente: más suave, más accesible. No sabía quién era él, ni parecía esperarlo. Eso lo descolocó, pero también lo alivió.

-Eh… Ciao. Quiero un café y algo dulce, si tienes.

Ella asintió, limpiándose las manos en el delantal con un gesto rápido y encantador.

-¡Claro! El café está recién hecho y tenemos gelato de vainilla casi listo. O hay pastel de chocolate si prefieres ¿Qué te gustaría? 

Sus ojos se iluminaron mientras hablaba, como si recomendar postres fuera lo más emocionante del día y Maurizio la miró, sorprendido por su entusiasmo. Había esperado un regaño, o al menos una mirada desconfiada, pero Susanna no parecía tener idea de quién era. Anna debía haberle mencionado "un zoquete molestando", pero no lo había relacionado con él. Eso le dio una oportunidad que no esperaba.

-El pastel suena bien.
-¡Perfecto! Siéntate donde quieras, te lo traigo en un momento - respondió ella, girándose hacia la máquina de café con un saltito, como si estuviera feliz de tener compañía.

Él eligió una mesa cerca del mostrador, quitándose la chaqueta mojada y observándola mientras trabajaba. Susanna tarareaba una melodía suave, moviendo los hombros al ritmo y cada tanto miraba hacia él con una curiosidad infantil. Cuando trajo el café y un plato con un trozo de pastel cubierto, lo dejó frente a él con cuidado, como si fuera un regalo.

-Aquí tienes. Este pastel es mi favorito. Espero que te guste - dijo ella, sonriendo.

Maurizio tomó la taza y el calor le reconfortó las manos frías. Ella se quedó cerca, apoyándose en el respaldo de una silla, mirándolo con esa ternura que lo hacía sentir un poco menos perdido.

-Está bueno, mejor de lo que esperaba.
-¡Me alegra tanto! Mi papá dice que exagero con el chocolate, pero yo creo que nunca es demasiado. ¿Tú qué piensas?

Él rió, una risa corta pero sincera, sorprendido por lo fácil que era hablar con ella.

-No sé mucho de pasteles, pero este está perfecto. 

Susanna se sonrojó, bajando la vista un instante antes de volver a mirarlo.

-Gracias. Me gusta hacer cosas ricas para la gente. Mi hermana Anna dice que soy demasiado azucarada, pero me gusta ver sonreír a cada persona que pasa por aquí.
Maurizio sintió un nudo en el estómago. Esa dulzura, esa forma de hablar como si el mundo fuera un lugar simple, lo impresionó más de lo que quería admitir. Era tan distinta a las chicas de Milán, con sus juegos y sus burlas; tan distinta a Anna, que lo había puesto en su lugar sin dudar. 

-¿Siempre eres así de amable con los desconocidos? - preguntó, inclinándose un poco hacia ella, intrigado. Susanna rió con un sonido suave y se encogió de hombros.

-Supongo. No me gusta pelear. Anna dice que ayer vino un zoquete a molestar, pero no lo vi. Si hubieras sido tú, te habría dado un gelato gratis para que no te fueras enojado.

Él tragó saliva, agradeciendo que no lo reconociera como el "zoquete", pero ella no lo sabía, y eso lo hacía sentir extrañamente aliviado.

-Eres diferente - dijo sin pensar, y cuando ella ladeó la cabeza, confundida, añadió rápido:

-Digo, diferente a la gente que conozco. En Milán no hay tiempo de conversar.                               -
-¿Eres de Milán? ¡Qué lindo! Nunca he ido, pero Anna dice que es enorme. ¿Qué haces ahí? - preguntó la chica, sentándose frente a él sin pedir permiso, con las manos cruzadas en la mesa.

Maurizio dudó. No quería hablar de su abuelo, de las noches huyendo de casa o de sus amigas especiales. En cambio, se ajustó los lentes y dijo lo primero que se le ocurrió.

-Estudio y viajo un poco. Vine a Venecia a ver algo nuevo.
-¡Eso es tan valiente! Yo no me atrevería a irme tan lejos sola ¿Te gusta aquí?
-Más de lo que esperaba.

La campana sonó y el señor Berton bajó las escaleras, su bigote frunciéndose al ver a Maurizio. Susanna se levantó de un salto, como un gatito asustado, pero su sonrisa no se borró.

-Un cliente, papá, ya lo atendí - dijo yendo al mostrador.

El señor Berton gruñó, lanzó una mirada desconfiada a Maurizio y subió de nuevo, murmurando algo. Susanna volvió a la mesa, sus mejillas rosadas.

-No le hagas caso. Es gruñón, pero no muerde... Bueno, casi nunca - comentó la joven.

Maurizio rió, y ella rió con él, un sonido que llenó el local como luz en un día gris. Hablaron un rato más de gelatos, de Venecia, de nada importante y cuando la lluvia paró y él se levantó para irse, ella lo acompañó a la puerta.

-Vuelve cuando quieras - invitó Susanna - Me gustó charlar contigo.
-Lo haré - respondió él, poniéndose la chaqueta - Traeré más liras, como pediste.

Ella asintió y él salió al aire fresco. No lo sabían aún, pero ese martes en "Il dolce d’oro", sería el comienzo del resto de sus vidas.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Una aurora boreal (Serie navideña "Los momentos felices")


Helsinki, Finlandia. Lunes, 25 de noviembre de 2002.

-Estaban pateando a Marat - dijo Carlota Liukin mientras veía un juego de la final de la Copa Davis en una de las salas del hotel. A su lado, Katrina bebía un chocolate caliente y no dejaba de tiritar.

-No soporto este frío - mencionó.
-Ese Nalbandián es bueno, a Marat le van a doler las rodillas.
-Lo primero que haré será cubrirme con una enorme manta y beberme una jarra de sopa cuando llegue a mi cama ¡Esto es horrible!
Davay, Marat! ¡Así se hace!
-¡No sé cómo no sufres, Carlota!
-¡Sí, ganó el punto!
-Ah, es por eso.

Katrina no entendía nada de tenis ni reparaba en que la joven Liukin la había ignorado, así que creía que seguían juntas. Pero mientras Carlota se había dedicado a sus actividades de patinadora, ella había ido de compras, a una galería donde no entendió nada y a un paseo guiado aburrido porque no hablaba inglés ni comprendía los letreros de la calle. Lo poco que ambas veían de Helsinki no era suficiente para declarar que su estadía era placentera.

Maurizio Leoncavallo, sin embargo, aprendió que Katrina era intocable y mientras estuviera en cualquier lugar, no podía conversar con nadie. Merecido lo tenía por patán y por idiota ¿Cómo le había parecido una buena idea intentar meterse con una pareja de su primo Maragaglio? Y encima debía cuidarla, aunque esto último no era molesto. El joven Leoncavallo no sabía cómo calmar su creciente inquietud, así que intentaba recurrir a cualquier cosa que no fuera heroína porque se lo había prometido a su padre.

-¡Marat! ¡Marat está ganando otra vez! - gritó Carlota, aunque fuera el empate a dos sets que forzaba al quinto y el chico se viera fundido. Las caras de los demás integrantes del equipo ruso era de pocos amigos y casi seguro le habían reclamado a su compañero por las "vacaciones" y otros aparentes descansos. La hermana del chico estaba en las tribunas, alentándolo sí, pero seguramente preocupada por la posibilidad de que todo saliera mal.

-Ay, se me había olvidado que no hay empates en esta cosa - expresó Carlota y pronto, se percató de que otros patinadoras la rondaban con sus eternos murmullos. 

-Parecen grabadoras - se quejó.
-¿Porque no paran de hablar? - preguntó Katrina.
-¡Katarina no tuvo que ver con Marat! ¡Qué fastidio!
-¿Qué hicieron?
-¡Marat la ignoró! ¡La ignoró!
-Deberías comer un panecillo.
-¡Ella andaba detrás de él, pero nadie le hizo caso! ¡Marat nunca se fijaría en esa... Araña!

Maurizio Leoncavallo volteó en ese instante hacia la chica Liukin, interrogante y sin que el calificativo le hiciera gracia. 

-¡Ay, perdón! 
-Ese comentario fue grosero, Carlota.
-Disculpa, Maurizio.
-Burlarte de mi hermana no es algo que te permita.
-No vuelve a pasar.
-Ahora me vas a hablar de qué pasó con Marat.
-¿Cuál de todas las cosas?
-Lo de Katarina.
-¿Te vas a sentar?
-¿Qué te dijo de ella?

Carlota no iba a mencionar lo del apartamento en Mónaco, ni que había visto a Maragaglio regañando a la joven Leoncavallo en Bèrcy por ser coqueta, así que se limitó a contar algo inofensivo, relacionado con la primera vez que Katarina y Marat se habían visto y el chico no había vuelto a dirigirle la palabra más allá de los saludos de cortesía. 

-Me alegra, pensé que mi hermana se había fijado en él - mintió Maurizio.
-Eh, no, nada pasó, sólo rumores que alguien inventó.
-Carlota, ser chismosa no te queda.
-Gracias, Maurizio.
-¿Y cómo va Marat en el partido?

Así, Carlota volvió a posar su mirada en el televisor y rezar porque su amigo obtuviera el triunfo. La final de la Copa Davis se jugaba en Moscú y se había cumplido la predicción de que, bajando del avión, Marat Safin sería el primero en salir a la duela como castigo.

-¡Oh! ¿Vieron eso? ¡Casi le destroza la muñeca a Nalbandián! - comentó Carlota y la atención regresó al juego, aunque las patinadoras prestaran más atención a lo que Maurizio Leoncavallo hacía. Katrina llamaba su atención, pero porque a pesar de su parecido con Katarina, en nada se asemejaba a su talante: Más bien era graciosa, extrovertida y si llegaba a verlas, lo hacía sin malicia. Nadie averiguaba si era hermana, prima, amiga o novia, sólo era una decoración del entorno o una anónima encargada de llevar bolsos.

-Woah, no sabía que Marat era tan rápido... ¡Ay, por Dios! ¡Le pegó durísimo a esa bola! - continuó Carlota mientras su amigo festejaba un punto complejo ante un Nalbandián que no actuaba desconcertado ante la adrenalina del rival. Maurizio suspiró abrumado y se retiró rumbo a la recepción, en dónde tenía un mensaje. Juulia Töivonen pasaría por un examen adicional para determinar el estado de sus pulmones y había pasado el día tranquilamente. El doctor Luc Pelletier no era muy expresivo al respecto y de hecho, se había limitado a ser breve, sobretodo porque no estaba preparado para darle explicaciones al hermano de Katarina Leoncavallo. Pero esa falta de drama motivó que Maurizio quisiera caminar por ahí.

Salir del hotel se sintió tranquilizador. El hombre se dirigió hacia la cercana plaza del Museo Nacional de Arte Finlandés y sin pensarlo, decidió que volvería a ese lugar para terminar una caminata sin rumbo. De acuerdo al pronóstico del clima, estaría nevando hasta la mañana siguiente, así que el retorno a París sería el miércoles temprano y al menos, la federación finlandesa había tenido la sensibilidad de invitarles a ver auroras boreales más tarde, razón por la que él mismo llevaba ya puesta ropa muy abrigadora y calentadores debajo de sus pantalones.

-Qué bonita ciudad - pensó conforme iba avanzando hacia las afueras, sorprendido de que Helsinki le pareciera tan pequeño. Entonces tomó el metro para poder perderse.

La estación de Vuosaari se encontraba en la parte este, casi junto al mar. Ese día, el suelo estaba cubierto de blanco, pero el agua lucía azul oscuro y el viento era ligero, aunque helado. Nevaba tenuemente, pero no le fastidiaba como en París. Aunque el clima era más frío, a él le gustaba sentir la humedad de su rostro y la neblina que poco a poco llegaba desde el mar, misma que le marcaba el camino hacia Uutela, un sendero boscoso donde se podía caminar. 

-Pero no quiero ir - dijo Maurizio y entonces, la neblina acabó por envolverlo. Él no veía cosa alguna, pero asumió que debía pasar por el sendero si quería continuar solo y reanudó sus pasos con poco interés, aunque el hielo comenzara a marcar figuras lindas en las hojas y las ramas de varios árboles. No parecía haber animales alrededor, ni maleza u otra cosa que no fuera un lugar con toques de verdor por encima de la cabeza. 

-"Al fin hay silencio. Supongo que es hora de pensar" - se dijo a sí mismo y se detuvo junto a un árbol próximo al agua. Viendo su aliento y frotando sus manos, su mente se detuvo en Katarina.

-Estoy furioso con ella ¿Cómo voy a reaccionar cuando la vea? ¡Ese ridículo gondolero! ¡Le voy a destrozar la cara!... Se van a divorciar pronto, esperaré.

Y recargándose en el tronco, sacó un encendedor para prenderlo y apagarlo, fingiendo que tenía un cigarrillo. Aquello lo tranquilizó.

-Fue mi culpa, decepcioné a mi hermana y le mentí. Sí prefiero a Carlota, no sé cómo decírselo sin hacerla llorar. Es que no pensé que alguien patinaría mejor en poco tiempo y teniendo tanto futuro por delante... No me acostumbro a que Katarina no sea la mejor en algo y cada vez tengo menos tiempo para hablar con ella. Lo de la rutina de Black Swan era para intentar arreglar las cosas y sólo confirmó lo que no podía aceptar. 

Con las manos ahora en los bolsillos, Maurizio Leoncavallo observó el agua, aliviado de no reflejarse. Estaba siendo un año exitoso y preocupante, con esa presión que revienta un lápiz apenas lo toca quien la sufre. Por ahí rondaba el recuerdo de Jyri Cassavettes, pero pronto fue sustituido por el recuerdo en Salt Lake con las lágrimas tristes de su hermana porque se llevaría una medalla que no representaba su actuación. Un llanto mezclado con una sonrisa porque estaban juntos y él actuaba como si no supiera de la injusticia que habían sufrido como entrenador y pupila. Tan magistral había sido, que incluso interpretaba a un enfiestado hermano alcoholizado que la hacía reír para que el rechazo no doliera tanto.

Pero la memoria que siguió lo hizo caminar de nuevo, a paso veloz. Su respiración se agitó, su pecho se adormeció y su cabeza punzó por la única imagen que lo mantenía sobrio, pero lamentándose: Él y Katarina solos en esa maldita habitación de la villa olímpica, ella desnuda, el manteniendo el pantalón en su lugar por la fascinación y el asco. El grito de Kati Winkler, la urgencia de beber al rechazar los besos, el cuerpo y la posible entrega de Katarina sólo porque no se sentía lo suficientemente bueno como amante de una mujer que seguramente se había reservado para él. Ser tan poco, tan bajo, para Katarina. Mejor ser su hermano y no decepcionarla.

-¿Cuándo empecé a sentir esto? ¿Fue cuando me volví su entrenador? ¿O por que el gondolero idiota amenazó con llegar a la cena familiar alguna ocasión? No recuerdo estar así hasta antes de eso ¡Pensé que Katarina era cariñosa y me quería mucho! No había nada.

Los árboles, sin embargo, crujían y el viento los movía lo suficiente para tirarles la nieve sobre Maurizio, que sacudía sus hombros con frecuencia. 

Sí, si era la aparición de Marco Antonioni el detonador de su conducta tan rara y su extraordinaria represión en público o su negación natural de las cosas. Estaba confundido y aterrado ¿Katarina en verdad le era deseable de una manera tan íntima? Y esa fachada de hermano normal, que le creían todos menos su padres y cualquier Leoncavallo que rebasara los cincuenta años de edad... Ellos, que reaccionaban con un pánico que no buscaba entender y mucho menos indagar ¿Qué diablos le ocurría? Pero estaba seguro de que sus sentimientos no eran añejos. 

-La niebla empeora - caviló, pero en lugar de detenerse, siguió caminando por la orilla, asegurándose de que el agua no llegara a sus pies. Aunque creía que acabaría adormilado, el temblor que le hacía chocar los dientes le recordaba que no debía caer y cuando el sendero se volvió más ancho, un lobo se apareció a escasos metros.

Maurizio y el animal se contemplaron con desconcierto, pero como ambos estaban perdiéndose, optaron por caminar, desde la distancia, en paralelo. Uno contaba con que el otro le llevaría por el camino seguro a casa y el otro confiaba en que no sería dañado, pero mientras más se miraban, más parecían entablar una conversación silenciosa sobre lo que pasaba en sus vidas. Pero el lobo no tenía otra respuesta que no fuera la de estar protegiendo a su familia. Tenía tres lobeznos y una hembra, a la que por entendimiento llamaba "esposa", que había estado muy enferma.

-Perdí la cabeza, ahora platico con un lobo - suspiró Maurizio, pero le sirvió para acordarse de Juulia Töivonen y su bebé en camino.

-Voy a ser padre, no sé qué tanto cambiará mi vida con eso. Pasé muchos años buscando un hijo y ahora que tendré uno, no estoy feliz. Quiero al niño o niña, no importa... Es que me enfoqué en embarazar a alguien y no fue el momento correcto, debí esperar. Lastimé a otra novia porque no podía hacer posible ese cuento de la casita que huele a dulces y tiene a los papás con sus niños y el perro. No me he disculpado con Karin por utilizarla y por intentar hacerle creer que esa familia era nuestro objetivo. Ahora voy a casarme con Juulia y no hay vuelta atrás. Lo hago porque con ella no escondo que la unión me parece conveniente. Me gusta mucho esa mujer, puedo desearla enfrente de cualquiera sin consecuencias. Sé qué estoy eligiendo. Y no tengo idea de cómo demostrarle a Katarina que lo siento muchísimo.

Al llegar a una parte del sendero cubierto por troncos caídos, el lobo encontró su madriguera. Los lobeznos retozaban en la nieve, aunque con la llegada de su padre, detenían los juegos para introducirse en un agujero oscuro y confortable. La hembra, una loba de mayor estatura que el macho, de pelaje blanco y que se notaba de temperamento fuerte, revisó a Maurizio con interés. Ella no se acercó, pero advertía con su gesto que no toleraría un paso extra. El lobo se colocó junto a ella y pareció expresar un "vuelve a casa" como consejo. Nevó un poco más fuerte y la niebla hizo que ambas partes se perdieran de vista.

Al llegar las cuatro de la tarde y con ello, la oscuridad de la noche prematura, el partido Safin-Nabaldian concluía. Carlota Liukin agitaba una banderita del equipo ruso, aunque alguna patinadora le aconsejara que la guardara para no ofender al personal. 

-"Los rusos no son bienvenidos aquí" - le dijo algún empleado con cortesía y ella, en lugar de hacer caso, la colocó sobre la mesa. Katrina se reía porque también se le había ocurrido hacer lo mismo.

-Davay, Marat! - gritó la joven Liukin mientras se desarrollaba algo llamado "rally" donde ambos tenistas intercambiaban la pelota sin que ninguno consiguiera anotar. Ambos eran agresivos en el juego, aunque Marat fuera menos frío en sus expresiones. Aquel duelo se terminó cuando Marat decidió cruzar la devolución, pero lo hizo con tanta fuerza, que un trozo de duela quedó marcado del impacto.

-¡Ay, ganó mi Marat! ¡Voy a llamarlo! - externó Carlota con su celular en la mano y aguardó pacientemente a que le dieran una silla al chico. Por alguna razón, Marat ignoraba a cualquiera, pero nunca a la chica Liukin cuando le marcaba.

-¡Marat! Te acabo de ver en televisión, jugaste muy bien! - inició ella.
-"Quiero dormir".
-Ojalá te sirva la almohadilla que encontramos en el aeropuerto.
-"Aquí la tengo".

Marat se fijó en una cámara y mostró el objeto. Carlota sonrió.

-Recuerda que primero pones el agua fría y se va a ir calentando.
-"¿Sufriste viéndome, Carlota?"
-No, no, no... No sufrí, lloré ¿No te duelen las manos?
-"Todavía no".
-¿Cuándo vuelves a jugar?
-"Pasado mañana en el dobles".
-Regresaré a París, ojalá sea a tiempo.
-"¿Cuándo te vas de Helsinki?"
-El miércoles porque va a dejar de nevar.
-"¿Qué día es el Grand Prix Final?"
-Patino el día siete de diciembre.
-"Te veré."
-¿Irás a Japón, Marat?
-"Me refiero a que estaré atento en el canal deportivo."
-Oh, eso.
-"Voy a iniciar el próximo año en un pequeño torneo en Mónaco y adivina quién irá a Venecia a prepararse unas semanas antes."
-¡No es cierto!
-"Nos veremos de nuevo en Navidad, Carlota".

Carlota se contuvo de gritar por la emoción y continuó con la conversación de lo más contenta. Pero cerca, los federativos finlandeses se estaban reuniendo para la tan prometida excursión y Maurizio Leoncavallo no respondía sus mensajes. Katrina se dió cuenta, pero se encogió de hombros.

-Nada se pierde si ese idiota no va.
-¿Qué idiota? - preguntó Carlota sin dejar de atender el teléfono.
-Uno que se fue hace rato. Tal vez se perdió y nadie lo va a extrañar.

La joven Liukin no entendía  y continuaba distraída, pero Katrina respiró hondo y se levantó para confirmar el problema. Algunas patinadoras y otros más llegaban a preguntarle si sabía algo.

-No lo ví después de un rato, quizás está en su habitación, búsquenlo - replicó, pero nadie se atrevió a moverse.

-¡Ay, ya voy! ¡Si tanto les interesa su paseo, se podrían ir sin él! - gritó furiosa y subió al primer piso, a tocar la puerta de la habitación diecisiete. Katrina suplicaba porque nadie abriera.

-¡Oye, idiota, te están buscando! ¿Vienes ya? ¿Te dormiste? 

Pero luego de la ausente respuesta, intentó de nuevo. Nada. Una tercera vez comenzó a ser molesta y al cuarto intento, Katrina supo que Maurizio no se encontraba allí.

-Bueno, nadie lo va a extrañar - exclamó, pero al volver con Carlota, se encontró con que Irina Astrovskaya y Susanna Pöykio estaban sentadas a la mesa con ella.

-¿Qué pasó con Maurizio, ya viene? - preguntó Carlota.
-Creo que se fue, lo llamé varias veces.
-¿De verdad? ¿No se quedó dormido?
-¿Por qué no le llamas? 
-Es que tampoco me contesta y a nadie. Katrina ¿Crees que ande por ahí?
-Ya está oscuro, no creo que vaya lejos.
-¡Hay que buscarlo!
-Carlota, no voy a salir con este frío.
-¡Pero yo sí!

Carlota Liukin tomó su abrigo y un gorro y enseguida le anunció a los federativos lo que planeaba. Pronto, se armaron grupos entre los patinadores y mientras Carlota y Katrina irían al este, los demás caminarían hacia el centro de Helsinki y alguien más dió aviso a la policía. Una vez en la calle, Katrina comenzó a preguntarse qué estaba haciendo y sobretodo, por qué las dos iban solas si no tenían idea del lugar en el que estaban. Ambas preguntaban por Maurizio como podían, pero solo la chica Liukin recibía alguna respuesta.

-Alguien dijo que entró al metro... ¿Vamos?
-¿Estás loca?
-¡Katrina!
-¿Dónde crees que haya ido?
-Lejos.
-No te entiendo.
-Maurizio es un Liukin como yo, así que sólo hay dos opciones: el bar o el bosque.
-¡No voy a ir a helarme con los pinos!
-Si estuviera bebiendo, ya habría aparecido.

Katrina guardó silencio y pensó que aquello tenía sentido si era Carlota quien lo decía. Aunque odiaba al hombre perdido, no iba a abandonar a la otra en su nueva cruzada y luego de que ambas consultaran un mapa al interior de una estación, supieron que debían ir a la terminal de Vuosaari y tener suerte. Para Carlota, que siempre detestó el metro, viajar sin certeza era lo único que la mantenía atenta.

-Si le cuento a mi papá todo lo que ha pasado desde París, me va a matar - dijo la joven de pronto.
-¿Por qué?
-Cosas que hice, incluyendo esta.
-El idiota de Maurizio se largó.
-Oye, Katrina, tampoco voy a decirle nada de ti.
-¿Qué tengo de malo?
-Maragaglio tiene una esposa.

Katrina abrió más los ojos y sonrió incómoda, entendiendo en parte lo que Carlota quería decir. Ahora estaban los dos hundidas en sus asientos del vagón, leyendo como podían los nombres de las estaciones y tratando de pensar en qué parte encontrarían a Maurizio Leoncavallo, aunque sólo una de ellas imaginaba cómo llegar.

-No volveré a quejarme del frío en París - susurró Katrina, sin imaginar que al salir del subterráneo, una nevada fuerte la frenaría en definitiva. El paisaje de Vuosaari, con el cielo oscuro y las lámparas del alumbrado público, más parecía la entrada al polo norte que a una zona normal de Helsinki que sólo estaba más cerca del bosque.

-Carlota ¡No voy a salir con este clima odioso! Si Maurizio quiere, que se congele solo... ¡Carlota! ¡Ay, por Dios! ¡Carlota! ¿Dónde estás?

Al mismo tiempo que Katrina entraba en pánico en Vuosaari, Carlota Liukin corría hacia donde lograba entender que se encontraba el sendero boscoso. La taquilla, por la hora, estaba cerrada, pero las rejas no eran obstáculo para ella, que todavía podía atravesarlas luego de rezar por no atorarse. Al principio, la chica había tenido la intención de buscar algún guardabosques o usar alguno de los teléfonos rojos de emergencia, pero le pareció más sencillo buscar por sí misma y caminó por la orilla cuando pudo verla. El plan era seguir la línea del agua para volver si las cosas empezaban a complicarse. La nive caía y Carlota se quitaba la nieve de los ojos con frecuencia.

Maurizio Leoncavallo había intentado regresar sin éxito y daba vueltas sobre sus pasos, terminando cerca de la madriguera del lobo una y otra vez. Su ropa estaba helada, pero algo lo mantenía sin claudicar e identificó qué era. No lo admitía, pero era el miedo.

-Si paso la noche, para la mañana seré un cadáver - concluyó e intentó juntar un par de ramas secas y pequeñas para hacerse de una fogata que prolongara su agonía potencial; pero estaban tan congeladas, que no lo consiguió.

-Debería tener pelo, mínimo moriría peleando - ironizó y se sentó sobre una roca, sobresaltándose al oír un crujido.

-¡Ay, qué horrible encontrarme una rana congelada! ¡Tenía que ser aquí! - gritaba Carlota Liukin mientras pateaba la nieve y tropezaba sin caerse. Ni un solo copo le caía encima, aunque nadie lo notaría ni en esa circunstancia.

-¿Maurizio? ¿Es un indigente o eres tú? - preguntó al encontrarse a una figura masculina con la cabeza baja.
-Llevo un rato aquí.
-¡Mauri! ¡Te busqué por la ciudad, tomé el metro por ti!
-¿Tú qué?
-¿Estás bien? ¡Toma de mi té, traje un termo por si tenía que caminar toda la noche!

Carlota abrazó a Maurizio y enseguida le dió de beber. La nieve de los guantes de él, se derritió al instante.

-¿Tienes frío?
-Algo... Carlota ¿Viniste sola?
- Si te refieres a Katrina, yo la dejé en la estación del metro.
-Más ¿Tú qué?
-Es que cae mucha nieve y a ella no le gusta y no me quise esperar.
-¿Cómo llegaste aquí?
-Atravesé una reja y me fui por el agua.
-¡Hay lobos cerca!
-¡Y a mí me aterró una mugrosa rana muerta y eso estoy soportando para llevarte a casa! ¡Te buscamos todos!
-¿Traes teléfono? Porque olvidé el mío.
-Sí, quizás contesten, agárralo.
-Muy bien... No hay señal.
-Es una broma.
-Es en serio.
-¡Trae acá, Maurizio! ¡Tienes que moverte! Aquí hay un poquito de señal y si voy para...

La gran loba salió de su refugio y enseguida gruñió en advertencia, pero Carlota Liukin no se intimidó.

-¡Tú cállate!
-¡Carlota, le estás gritando a un animal salvaje!
-¡Por mí que se aviente! Ni que no supiera qué hacer con ella, estoy buscando cómo llamar y no me interesa que lo quiera impedir. 

Y entonces, la joven se dirigió a la loba:

-¡Métete a tu casa calientita y déjame en paz! ¡Nos iremos en cuánto me contesten y te aviso que soy Carlota Liukin en estado enojada!
-No deberías pelearte con animales - recordó Maurizio, pero la loba y Carlota se miraron mutuamente y comenzaron a regañarlo: una por tener que encontrarlo y la otra porque no se había ido de ahí. Una gritaba y la otra ladraba.

-¿Me dejan morir tranquilo? - pidió Maurizio.
-¡Ya te dijimos que no! - declaró Carlota, quien terminó en el piso junto a la loba, frotándose mutuamente.
-¿Ahora son amigas?
-Nos enfadamos contigo, así que ahora nos caemos bien.

Maurizio se quedó de pie, mirando al horizonte. No sabía que día era, pero el cielo comenzaba a colorearse de verde.

-Al menos hay algo bueno qué ver - susurró.
-Yo quería ir al paseo con un trineo y chocolate - lamentó Carlota.
-Pero no negarás que es hermoso.

Carlota imaginó entonces que la aurora boreal se coloreaba y formaba figuras y deseó con todas sus fuerzas que se volviera azul; pero en lugar de ello, la aurora se volvió más luminosa que de costumbre y un bello color dorado alumbró todo Helsinki. La chica, boquiabierta, se levantó y de la alegría, tomó a la loba de las patas delanteras y comenzó a saltar y celebrar con ella.

Maurizio Leoncavallo, en cambio, respiró hondo, comenzó a reírse por la absurda imprudencia de Carlota Liukin y miró al cielo para olvidarse de sus problemas por un instante. La nieve cesó su caída.