viernes, 10 de abril de 2015

Las cosas no son iguales


Carlota Liukin salió de Notre Dame con un ánimo extraordinario y se encontró con el hecho de que Tennant Lutz era quien la esperaba para regresar al hotel en lugar de Sergei Trankov. Por vez primera, la joven no se quejó.

-Él tuvo que irse.
-Comprendo.
-¿Pasamos por helado o solo quieres...?
-Caminemos.
-De acuerdo.
-¿Qué hay con el perro?
-Lo traje a despejarse, hacer ejercicio, divertirse, lo necesita de vez en cuando.
-Se ve muy lindo pero hay que irnos.
-Bien.
-¿Sergei se fue a...?
-Misión, lo conoces.
-Ojalá hubiera sido con Lubov.

Tennant Lutz se encogió de hombros y emprendió camino mientras Carlota acariciaba la cabeza del perro cada que podía.

-¿Es tuyo?
-¿Algo así?
-¿De quién es?
-Pongámoslo en que lo paseo.
-¿Tienes algo que hacer más tarde?
-Trabajo en un bar.
-Ah, creí que habías dejado tu oficio.
-Gano mejores propinas.
-Obvio, es París.

El chico sonrió nervioso y no agregó más, seguro de que a ella le importaba un comino lo que hiciera. Esto le posibilitaba ocultar que anhelaba separarse de los guerrilleros y se volcaba en buscar trabajo por la ciudad. A veces hallaba ocupaciones de tres días o dos como mesero o afanador, como vendedor de productos en stands de esquina y aquel día como cuidador de una mascota, pero el dinero no le alcanzaba y contra su voluntad, había regresado donde Sergei Trankov para no tener que pagar una renta en un departamento de siete metros cuadrados donde el colchón era un lujo y el baño brillaba por inexistente.

-Mira, hay alguien ahí, ¿de qué sabor quieres tu helado?
-De fresas ¿No quieres?
-No, sólo te invito.
-Bien, sujetaré la correa un momento.

Lutz en cambio, miraba con un poco de pánico sus monedas y casi no quería entregar la que saldaba la cuenta pero pensaba "es Carlota, hay que impresionar".

-¿Te gusta?
-Está delicioso, pruébalo.

Cuando Tennant y Carlota se alejaron del carrito, continuaron su plática.

 -Un poco más de vainilla y cobrarían 10€ por el barquillo.
-Que suerte que lo vendan en la calle.
-Que suerte tienes de que te lo compre...
-¿Qué dijiste?
-Nada, que me contarás lo que pasó.
-No diría mucho.
-¿No sabré, verdad?
-Me contenta decirte que no.
-Es la primera vez que te veo de buen humor.
-Lo estoy... ¿Seguro que no quieres uno?
-No, gracias.
-¿A qué hora entras a trabajar?
-A las nueve.
-Falta mucho. ¿En qué calle está?
-Eh, en... en... Rue de l'Université.
-¡Cerca del Petit Palais!
-Más o menos, hay que caminar y...
-Conseguir un empleo ahí es súper difícil.
-Soy un buen bartender.
-Cantinero.
-Pero el caso es que lo tengo.
-Por cierto, Tennant, yo quería preguntarte hace tiempo sobre lo que me hiciste en Hammersmith.
-¿Quitarte al público?
-Chistoso que eres.
-Soy súper gracioso.
-Me refiero a ese beso.
-¿Cuál, bonita?
-No me digas bonita y sí, es "ese" beso ¿Por qué lo hiciste?
-Porque quise, no fue tan especial.
-Dijiste que estabas interesado.
-Interesado en desconcertarte, más no en alimentar tu ego.

Carlota se cruzó de brazos y cerró sus ojos en señal de divertida incredulidad, preguntándose que era lo que en realidad él pretendía o porque le daba la impresión de que era un tonto no muy perdido. Tennant Lutz en cambio, creía que ella se había dado cuenta de su farsa y que se burlaba muy en sus adentros, como sucedía desde que la vio por primera oportunidad.

-Oye chico, me vas a matar.
-¿Ahora qué?
-Tengo hambre.
-Termina ese helado y te llevo al hotel a que te sirvan lo que sea.
-Pero detesto la comida de ese lugar.
-No pasaré por una pâtisserie*.
-No quiero pan.
-¿Traes con que sobrevivir?
-Creo que sí - revisando su bolso - 200€.
-¿Eres rica?
-Mi papá dice que no.
-Eres de las que siempre tienen dinero ¿miento?
-No.
-Y ni pregunto de donde lo sacas.
-De mi mesada.
-¿Pues cuánto te dan?
-¿Quieres sushi?
-¿Te gusta?
-Joubert me hizo adicta.
-¿Vas a pagar?
-Si me invitas las bebidas.
-¿Hablamos de soda o té?
-Lo que yo pida.
-¿No quieres que te prepare algo más tarde?
-¡No seas tacaño!
-Te di un helado.
-Tennant, nunca serás más que un cantinero si actúas así.
-Los millonarios escatiman centavos.
-No con toda la gente.

Carlota se reía por nervios pero el chico se sentía avergonzado y sabía que iba a ser un extraño error negarle la invitación.

-No nos dejarán entrar con el perro.
-¿A qué hora lo devuelves?
-Ya casi, debo dejarlo en Cambon.
-Estamos lejos.
-Algo así pero traje la moto.
-¿Dónde la estacionaste?
-En, cerca de ese árbol.
-Rayos.
-La encontraré.
-Tennant, mejor dime que iremos a pie.
-Pero en serio la traje.
-¿Cómo vas a llevar a este lindo perro y a mí en ella?
-Era el otro problema que no consideré.
-Ni te esfuerces, mejor iré a casa.
-Carlota, disculpa no sería cortés dejarte sola.
-Chico, entiendo, está bien.
-Oye no...
-Nos vemos.

Carlota se dio la media vuelta y él sobreentendió que aquella despedida era seria. Ir por ella era estúpido y el perro de alguna forma reclamaba ir con sus dueños, al punto de intentar sacarse la correa, complicando una eventual petición de aguardar un poco. Tennant Lutz se llevó las manos a la cabeza y se dio cuenta de que carecía de posibilidades cuando miró a la jovencita sacando su celular nuevo y llamando a su mensajero para que la regresara con seguridad a Montparnasse.

-¿No quieres el sushi?
-Iré con Miguel Ángel, no te preocupes.
-Trankov me va a acuchillar o algo si no te cuido.
-Él entenderá y mejor regresa a ese perro.
-Esperaré.
-¿A qué?
-A Miguel porque me aseguraré de que en serio te vayas con él.
-Tennant, no quiero que te regañen, vete.
-Carlota, no me voy a mover.
-No soy yo la que trae a la mascota de alguien y menos la que va a cobrar por caminar.

El chico sin embargo, se detuvo junto a ella y aunque no se dirigían la palabra, ambos se observaban de reojo, la chica deseando que se marchara de una buena vez; él haciendo lo mismo, nada más que con la intención de que Miguel sufriera un accidente, se enfermara o mínimo llegara tan tarde que Carlota le reclamara horriblemente.

-¡Señorita! - gritaría el mensajero a escasos instantes, desconcertando a Tennant por su velocidad y constatando que hasta el todavía desconocido tenía una expresión similar a la que Carlota había puesto antes por la motocicleta.

-Perdone si he demorado.
-De hecho me sorprendiste, Miguel, qué rápido eres.
-Es por el trabajo, ¿necesita pasar a algún lado antes del hotel?
-En el camino te digo.
-¿Su amigo?
-Tennant te presento a Miguel, Miguel te presento a Tennant y Tennant es ... Un conocido que me acompañó mientras venías.
-En ese caso le doy las gracias, ambos pueden estar seguros de que la señorita Carlota llegará bien a su destino. Hasta luego.
-Adiós Tennant.

El muchacho atinó a despedirse con la mano antes de que fuese jalado por la desesperada mascota y se diera cuenta de que iba tarde, que su motocicleta se hallaba en su nariz y que Carlota Liukin se mofaba de él con placer. Contenido apenas por el buen carácter que a pesar de todo le demostraba su acompañante, Tennant tomó el camino hacia Cambon, soportando que los parisinos transitaran con dificultad y con imprudencia al cambiar de carril o los niños lo señalaran porque de solo verlo ahora querían su propio perro. Su retraso le costaría un reproche y además Lubov Trankova lo regañaría si le contaba porque llegaba a la cena y no se dedicaba a escoltar a Carlota. Después de mucho tiempo, se estacionó cerca del domicilio de su nuevo amigo, que lamía su mano como camaradería.

-¿Dónde estabas? - le dijo un hombre.
-El tráfico me detuvo.
-Por lo menos regresas a mi perro en buenas condiciones. Toma tu dinero y adiós.
-¿Treinta? Acordamos más.
-Llegaste media hora tarde y no avisaste, además el perro se ve cansado y tiene las patas llenas de tierra.
-Por el paseo.
-¿Dónde lo metiste, en un arenal?
-Notre Dame.
-Diez más y vete, para la próxima contrataré al servicio profesional, por lo menos son puntuales.
-Una disculpa.
-Sal de aquí, das mala imagen.

Tennant Lutz suspiró un poco frustrado y resolvió recorrer la zona en busca de una barra de sushi más o menos decente para al menos dejarle a Carlota la cena y demostrarle que realmente deseaba haberla acompañado. Por unos instantes, el dinero no le interesaba, dándole prioridad a escoger una tarjeta de disculpa y unas flores blancas adicionalmente. Después de irse por calles pequeñas para evitar otro embotellamiento, notó que Miguel estaba en la puerta del hotel donde la joven se hospedaba y con cierto rechinar de dientes, se obligó a hablarle.

-Hola.
-Hola ¿Lo que traes es para la señorita Carlota?
-Es el sushi que quería.
-Hemos pasado por unos rollos de atún cuando veníamos para acá.
-Oh, creí que por la hora, ustedes...
-Te lo recibo, a ella le gustará.
-La tarjeta y las flores también.
-De acuerdo.
-¿Por qué me ves como ella lo haría?
-Si te miraras desde mi ángulo, también te incomodarías.
-Me lo dice el pelagato de Carlota.

Pero Miguel dejó los obsequios de Lutz en la mesita de recepción y enseguida sujetó a este último por el cuello de la camisa para hacerlo retroceder hasta la banqueta.

-La señorita Carlota ni siquiera te voltea a ver porque cree que eres un idiota.
-¿Y tú no lo eres?
-Te comportas como idiota, sonríes como idiota, vistes como idiota y eres un idiota. Cualquiera se da cuenta de que eres un idiota y tú mismo le gritas al mundo que eres un idiota con ese aire pretencioso de sabelotodo y cínico que ni siquiera te consigue una cita con una mujer en cinco sentidos. A Carlota le desagradas por bocazas y hoy por demostrarle que no vales ni medio centavo afuera de tu cantina. Ella se dio cuenta de que no eres tan sofisticado, nunca serás dueño de nada y que no necesita a alguien como tú. Eliges ser perdedor porque crees que eso es lo que te mereces y por lo mismo nunca tendrás una vida mejor* y tampoco que alguien te aprecie. Buenas noches, le diré que viniste.

Tennant no contestó y se limitó a observar a Miguel tomando sus regalos para realmente llevarlos. Era curioso notar como hasta el mensajero lucía mejor que él, más fuerte y de mejor posición a pesar de que en el mundo exterior podía pasar por insignificante y entonces, captó el punto.

Caminando de nuevo hacia la motocicleta, se percató de que algo en su aspecto indicaba su idiotez: Era hora de despojarse de la gabardina, de tal vez aceptar una ligera miopía y usar sus lentes, de cortar su cabello y optar por las camisas de mangas hasta el codo; también era tiempo de ahorrar dinero y trabajar duro, de volverse estricto y no egoísta con sus finanzas, de admitir que era solitario y que hasta su música debía cambiar para no quedarse atrás. Sobrepasado por tal conclusión, se dirigió a Le Marais para preguntar por diversos empleos, recibiendo en respuesta muchas negativas y siendo echado de los bares por no tener lugares disponibles para él. Sin embargo, a las afueras del barrio existía una tienda que solicitaba ayudante y a pesar del color rosa de las luces, entró ahí solo para ver si tenía suerte. Una chica de unos veintinueve años, con notable busto y cuyo rostro aparecía en todas partes del local, lo atendió enseguida.

-¿Tu nombre?
-Tennant Lutz.
-Parece de cómic, como de Scott Pilgrim.
-Gracias.
-¿Qué sabes hacer?
-Tratar con los clientes.
-Cualquiera lo hace... ¿Sabes de porno, actores, literatura erótica, recomendaciones de hoteles?
-No.
-¿Pero eres ordenado?
-Por orden alfabético si es necesario.
-¿Qué musica te gusta?
-Blur, Suede, Tennage Fanclub, Underworld...
-¿Algo que sí sea gay?
-¿Björk?
-Le gusta a las lesbianas, está bien.
-Si ayuda, trabajé en un bar de Jamal, puedo cubrir el horario que digas.
-¿Qué hacías?
-Servía los tragos.
-¿Eres bueno con los sabores?
-De hecho sí, los que sean.
-¿Ves las botellas de allí? Házme un coctel.
-Son lubricantes.
-Hay clientes que buscan nuevos todo el tiempo, si eres bueno mezclando, tienes el trabajo.
-¿Tienes ropa comestible?
-Al fondo.
-Me diste una idea.

Ante la chica que casi se reía por su cara de sorpresa, Tennant mezcló un par de sabores y decoró una copa con tiras finas de provenientes de una prenda frutal cuyo color era tan encendido como el de las lámparas. El chico se cercioraba gracias a su olfato de que aquello combinara.

-Listo.
-¿Qué pusiste?
-Vainilla y fresas.
-Huele muy bien.
-Pruébalo.
-¿No deberías estar en un antro por lo menos?
-Necesito el trabajo.
-La gabardina, quítatela.
-De acuerdo.
-A las cuatro de la tarde grabo mis videos en la cabina de allá, si alguien me molesta, te despido.
-Claro.
-¿Tienes identificación?
-Ésta ¿sirve?
-Eres menor de edad.
-Por favor, no me corras.
-¿En serio trabajabas en un bar?
-Puedo probarlo.
-Me han contado que en Jamal la fiesta es extrema.
-No mucho.
-¿Qué voy a hacer contigo?
-Debo pagar las cuentas.
-Si viene la policía dales cosas gratis, la caja de allá es la basura que tocan.
-¿Otra cosa?
-Estarás aquí a las nueve, te pagaré a la semana dependiendo de las ventas.
-Supongo que está bien para comenzar.
-Espero que no seas una rata, me daré cuenta antes de que se te ocurra llevarte algo.
-No, no haría eso.
-Hay unos volantes, repártelos y te veo mañana.
-Gracias por...
-Sólo esfúmate y no llegues tarde.

Tennant abandonó el lugar sintiéndose un poco confundido y con las manos en los bolsillos, topándose con Miguel al bajar los escalones.

-Me disculpo por las palabras que usé, no son cordiales.
-¿También descubriste que eres un idiota?
-Lo que te he dicho ha sido como amigo, lo que pasa es que los mortales no son muy sinceros.
-¿Qué?
-No me tomes a mal, la verdad duele.
-¿Me seguiste?
-En parte, es que necesitas ayuda y tienes el estómago vacío. Andando.
-¿Qué haces?
-Conozco una barra de sushi que bastante buena, te invito.
-¿Carlota dijo algo sobre lo que le di?
-Te lo agradece.
-Aunque sea la primera en detestarme.
-Lo que pasa es que no sabe como darte su amistad, tú le caes bien y le gustaría ver que logras algo en París.
-¿En serio?
-Es todo.

Miguel le indicó a Tennant que dejara la motocicleta frente a la tienda y recorrieron un par de calles hasta un buffet japonés más o menos barato. Los dos dejaron de tratarse con reticencia pero Miguel pensaba que el chico había pasado muchos años solo y que le haría un gran favor si le recomendaba quedarse cerca de Carlota. A veces, la amistad nacía por necesidad y esa era una gran enseñanza.


*panadería
*(Casi) paráfrasis de una frase de la película Blue Jasmine (Woody Allen, 2014)

viernes, 3 de abril de 2015

Instrucciones para ser un ángel (Carlota y Guillaume. Cuento de Pascua.)


Gabriella et Guillaume: Pour les champions du monde! Yay!

“Amar es una angustia, una pregunta, una suspensa y luminosa duda; es un querer saber todo lo tuyo y a la vez un temor de al fin saberlo.” - Xavier Villaurrutia.

Número 1: Nunca mientas.

Hesparren, Francia.

-Guillaume, ¿estás seguro de querer irte antes que tu entrenador?
-Me están esperando en INSEP.
-¿Podrías relajarte?
-Antje, estoy bien.
-¿Por qué tienes la cara de enojado?
-¿Me pasas los zapatos?
-Toma pero no me has respondido.
-¡Estoy perfecto! ¿contenta?
-No me grites.
-Perdón.
-¿Qué es lo que te tiene así?
-No me quería marchar.
-Todavía puedes decir que no.
-¿Qué entrenador va venir hasta acá?
-¿Hablaste con Nikolai Morozov?
-Me dijo que no y de todas formas yo no abandonaría el grupo de Christophe.
-Entonces no te quejes.
-Mira, todo va a estar muy bien siempre y cuando no me tope con, tú sabes.
-¿Carlota Liukin?
-No me menciones ni su nombre.
-¿Qué traes con ella?
-¿Otra vez?
-Tú la sacas a colación.
-No la voy a ver, ni hablarle, ni nada. Christophe me prometió tener a esa loca lejos de mí y él siempre cumple.
-¿Cuál es tu problema?
-No lo sé, Antje, lo único de lo que estoy seguro es que llegaré a Paris y no la volveré a ver... ¿Estás lista?
-Sólo te acompaño a la estación.
-Gracias por todo.
-Ay amigo, buena suerte.
-¿Te debo algo por prestarme tu casa?
-Nada y cuando quieras, vámonos.

Guillaume abrazó a Antje y salió con maleta en mano, sin avisarle a nadie.

Número 2: No le resuelvas la vida a nadie y no te conviertas en empleado.

París, día siguiente:

-¡Señorita Carlota!
-Qué bueno que llegas ¿tengo mensajes, Miguel?
-Hasta ahora ninguno.
-La llamada de Joubert me dejó preocupada, ¿podrías averiguar si todo anda bien?
-Claro, cuente con ello, a las siete le tendré detalles.
-¿Puedes hacer eso?
-Por supuesto que sí.
-Excelente, eh ¿trajiste mi té?
-También los artículos de la prensa.
-¡Qué bien! Salí en L' équipe, mira.
-Luce muy linda.
-La parte buena es que tengo entrenamiento y me tomarán más fotos esta tarde ¿Afilaron mis cuchillas?
-Llegaron hace rato, las puse en su mesita junto a sus botines.
-Ha de ser la caja verde que vi y que confundí con un regalo.
-Pero si lo es; los patines están en una bolsa dorada.
-¿Quién me envió el paquete?
-Tengo que bajar la voz.
-¿Es importante?
-Considero que sí.
-De acuerdo - volteando hacia atrás y constatando que no había nadie - Habla.
-Un tal Guillaume.
-¿Guillaume? ¿Guillaume qué?
-Tengo el remitente en esta tarjeta... Cizeron Guillaume, no dejó dirección.
-Ha de ser una confusión ¿Qué quiere?
-No se preocupe, señorita, no le mandó ranas.
-¿Cómo sabes que no me gustan?
-Porque se asustó el otro día que se topó con una en Saint Martin.
-Lo había olvidado, qué espanto, qué asqueroso.
-Pero la salvé.
-Me habría muerto del susto, pero no es lo que quiero recordar ahora. ¿Tienes idea de qué puede estar dentro del... ? ¿Guillaume escribió un recado?
-Nada.
-Qué cosas. Investiga lo de Joubert y le consigues algo de mi parte, un peluche, una tarjeta, lo que se pueda mandar a Suiza, ya sabes del hotel donde se hospedó. Por favor, que le llegue a más tardar mañana temprano y escríbele que lo quiero, lo extraño y que deseo que le dejen ver a su mamá.
-Lo que usted diga.
-Antes de que te vayas, dime ¿qué hay en la caja?
-Debería descubrirlo personalmente.
-¿Es bueno?
-Si me pregunta, arréglese muy bien.
-Gracias, Miguel.
-Tenga buena tarde, señorita. Estaré cerca de usted por si quiere algo.
-Hasta luego.

Número 3: No salves a nadie de sí mismo.

Recepción de INSEP, París.

-¿Llegó Carlota Liukin?
-Llamó para cancelar.
-¿Explicó por qué?
-Al parecer surgió un contratiempo, se presentará mañana para una sesión doble.
-Ese afán por dejarme plantado...
-No se moleste, Guillaume, ha de ser una decisión de la policía, Carlota Liukin va a todos lados escoltada y posiblemente hoy pensaron que sería bueno dejarla en casa.
-Si hay una novedad, infórmeme.
-Por supuesto, ¿algo más?
-Avise que he venido y que entrenaré aquí a partir de mañana, gracias y buenas tardes.
-De nada.
-Oh, aguarde.
-¿Qué se le ofrece?
-¿Tiene un bolígrafo?
-Le presto el mío.
-Este es mi número de teléfono, si Carlota Liukin cambia de opinión... Olvídelo, se lo daré yo mismo, de nuevo gracias.

Guillaume salió de ahí procurando que nadie lo reconociera y revisó su celular sin mensajes ni llamadas perdidas. Poco después, un taxi se detenía frente a él y lo tomaba para indicar que lo trasladasen a cualquier lugar y que indicaría en cualquier momento dónde detenerse, no sin antes pedir que le avisaran cuando darían las cinco. El tránsito en París era igual de intenso que siempre.

-Mejor dígame donde va, hay lugares donde medio mundo se ha detenido.
-¿Me convendría caminar?
-Eso depende, ¿qué quiere hacer?
-Tengo una cita cerca de Ilê de la cité.
-Puedo acercarlo, ¿no importa?
-Hágalo.
-Recomiendo que avise, tal vez se retrase.
-Sólo vayamos a donde se pueda.
-Nos tardaremos.

El joven asentó y nuevamente sacó el teléfono de su bolsillo, descubriendo que esta vez sí tenía algo que leer y era el recado de que su envío había sido entregado con éxito.

Entretanto y en un punto de París más distante, Montparnasse, Carlota Liukin abría con intriga la caja verde que Miguel le señalaba, encontrando al instante frascos de té, especias, miel del campo y unos aretes de perla de color durazno.

-¿Por qué me habría mandado esto? - se inquirió y ocultó aquello debajo de su cama, no sin antes localizar la ansiada nota que Guillaume le había dejado.

-"Notre Dame, cinco de la tarde" ¿Para qué querrá verme? Debo cambiarme, tendré un vestido preparado, ¿cómo voy a salir? - murmuró - ¡Miguel, Miguel! - llamó y su ángel de la guarda acudió enseguida.

-¿Me conseguirías un atuendo en la tienda de la esquina?
-Claro, ¿qué le gustaría?
-El vestido durazno del aparador que combina con estos aretes y un broche con flores, ¿cuánto dinero crees que gastaré?
-200€ tal vez.
-Iré yo misma .... Mejor no, recordé que tengo algo, trenzaré mi cabello, ¿donde pusiste el atuendo que me trajeron?
-En su clóset.
-Perfecto, si llama Joubert dile que fui a practicar.
-Pero tengo prohibido mentir.
-Entonces que salí y vuelvo más tarde; me cambiaré.
-¿Cómo va a salir de aquí?
-Ve por Sergei Trankov, ahora.

Miguel accedió de inmediato, captando que el alma de Carlota se tornaba más luminosa a la sola mención de Sergei, exaltando sus sentidos y apresurándola a maquillar un poco su rostro, pero el pensamiento de Guillaume la impulsaba a tomar finalmente la determinación de colocarse los pendientes nuevos y de usurpar un traje de patinaje como una suerte de vestido vaporoso que la hacía lucir más etérea que de costumbre. En su rostro se dibujaba el nerviosismo y su expresión angelical se transformaba en la de una deidad inflamada por una pasión no explorada. Miguel se preguntaba si entre los mortales aquel sentimiento se manifestaba así y también si en un momento genuino de arrebato, Carlota Liukin creía experimentarlo sin ser rebasada. El gesto se volvió más expresivo cuando Trankov se apareció en la ventana silenciosamente. Carlota extendió su mano y el guerrillero la tomó en brazos, sin saludar, ni pronunciar palabra, únicamente sin apartarle la mirada antes de huir con ella, porque solo necesitaba una palabra de él en ese segundo para desvanecerse de amor.

Número 4: No vayas contra lo inevitable. 

Notre Dame, cinco de la tarde.

Sergei sujetaba a Carlota fuertemente al momento de depositarla en tierra. La joven temblaba y su voz se atoraba en su garganta mientras se atrevía a tocar una mejilla de él, mientras imaginaba que todo París cabía en los ojos de ambos y que en cada rincón alguien encontraría los trozos de un amor imposible.

-Alguien me espera dentro, Sergei ¿Me llevarías a casa luego?
-No te tardes.
-Que nadie te vea.
-Ve con quien tengas que hacerlo.
-Se llama Guillaume.
-¿Desde cuándo están sintiendo esto?
-Él desde que era amigo de Andreas hace mucho tiempo, yo estoy por caer.
-¿Por qué no hablabas de Guillaume?
-Porque empezaré a amarlo cuando entre allí.
-¿Te olvidarás de los demás?
-A ti te amo mucho más.
-Carlota...
-Adiós Sergei.

La chica derramó una lágrima y dio la media vuelta, como si fuera una devota creyente, sonriente como al tener fe.

Número 5: Sólo eres un espectador.

Carlota ingresó a Notre Dame y pronto localizó a Guillaume dándole la espalda, de pie frente al atrio. Un reflejo dorado dibujaba bien su silueta, pero el viento con aroma a violetas que caracterizaba a Carlota lo hacía cerrar los ojos. Ella podía descifrarlo y sentirlo con cada paso que la acercaba. Su natural frío, su real presencia, su mirada subyugante, perturbaban todo alrededor pero no a él que se permitía sonreír ante ello y que al tenerla junto, se limitó a continuar en su postura.

-Puntual como siempre, señorita Carlota Liukin.
-¿Cuánto he demorado?
-Como cuatro años.
-Llegar tan tarde a una cita no es muy adecuado.
-Pero has venido.
-Tenía temor de verte, Guillaume Cizeron.
-¿Alguna razón es especial?
-Estaba pensando en otro amor.
-¿Aquél es Sergei Trankov?
-Escondértelo no sirve.
-Olvidarlo tampoco, siempre estará contigo.
-Pero no como tú y yo.
-¿Cómo continuaremos?
-Te toca decidir.
-Esto va en contra de mí mismo.
-Lo sé y por eso nunca pediré nada.

Guillaume unió su mano derecha con la de Carlota y se atrevió a mirarla, contento de que ese amor era así, intocable y apasionado, profundo y distante, contenido pero inmenso, enloquecido pero único e íntimo. Ella no alcanzaba ni a sonreírle por contemplarlo tan lejano pero tan palpable que perderse en su dulce mirada le confirmaba que no había nadie más que él y que a pesar de no tenerlo jamás, sería suyo para siempre.

Los dos se abrazaron de una manera tan fuerte, que aparentaban fundirse y aquella inocente pero desesperada acción se coronaba con la decisión de despedirse por aquella tarde, inclinándose él para concretar un beso, que de tan hondo y bello era como ver un milagro.

Carlota y Guillaume se amaban por la eternidad.

Independientemente de la disciplina, este video muestra la belleza por la misma, vale la pena.


martes, 31 de marzo de 2015

Un error constante (Viviendo en 1984, final de la primera parte de la temporada siete)


La fosa en la que Elijah Maizuradze veía transcurrir su existencia no solo era oscura, seca, y profunda; también era compacta aunque contara con una cama y con un gran espejo por el que ocasionalmente recibía alimentos, agua y ropa limpia. Ahí dentro el entorno era aburrido y cuando él intentaba romper la rutina, su débil condición lo llevaba de vuelta a la cama por varias noches. Sus únicas compañías estables eran un libro en latín acerca de la teoría antigua de la "materia universal", y un retrato de Bérenice Mukhin con el que conversaba a menudo.

-Si los insectos entran y salen en libertad de este hoyo, también yo podría - aseguró una mañana en la que la misteriosa mano le dejaba un plato de cereal y omitía bloquear el espejo, ocasionándole la intriga: ¿A dónde llegaría si lo cruzaba? Era probable que a otra fosa pero abandonar su reclusión le rondaba la cabeza para evitar la locura... Bueno no, la locura estaba allá afuera pero era un buen precio a pagar. El espejo ajustaba automáticamente si no se le cerraba pero tardaba mucho y entre más rápido se tomara la oportunidad, más cerca se llegaría del punto de donde venía la ayuda. Elijah Maizuradze apenas lo pensó y pasó a la dimensión opuesta sólo para quedar tendido en la banqueta frente a la cantina de Don Weymouth.

-¡Otra vez un ebrio estorba en la puerta! - exclamó el joven Evan antes de encargarse del asunto mientras Bérenice tomaba a su bebé para llevarlo a la guardería.

-No creo que este tipo haya bebido - anunció el chico - ¿Se siente bien, señor?

Pero el grito de Bérenice alertó a Evan y vio al sujeto aferrarse a los pies de ella.

-Ayúdame mujer, ayúdame - susurró Elijah con voz ahogada.
-¡Suéltame!
-Te necesito.

E intervenía el muchacho dándole un puntapié.

-¡No hagas eso, pequeño jefe! ¿No ves que está enfermo?
-Se tiene que ir.
-Llamaré a alguien que lo atienda - y la joven se introdujo al local nuevamente, ubicando dentro del espejo de la cocina el hospital y a Matt Rostov, a quien gritó con urgencia un par de ocasiones. Luego volvió al exterior.

-¿Qué pasa?
-Viene el médico, pequeño jefe.
-¿Conoces a este hombre?
-Es mi esposa - declaró Elijah.
-¿Tú, qué?
-Esa es mi mujer, esfúmate imbécil.
-¿Bérenice, qué es esto?
-Elijah, no te esfuerces - exclamó la mujer - Toma un poco de agua.
-Me muero, mi niña.
-No digas eso.
-Qué final para un hombre tan fuerte.
-Estarás bien.
-Veo que tuviste un bebé.
-No lo toques... Evan llévalo dentro.
-¿Es de Matt?
-No le harás daño.
-No me interesa lo que no es mío.
-¿Cómo llegaste hasta aquí?
-El espejo.
-No es posible.
-Que hermosa te ves.
-Calla.
-Con los ojos tan llenos de vida, como siempre quise.
-Das asco.
-Pero no a ti. Me puedo ir en paz.
-No mueras aquí.
-Sólo me falta un abrazo para ser feliz.
-Te lo doy pero vive un poquito.
-Y con ese beso en la frente puedo revivir.
-Eso no.

Bérenice reconfortaba a Elijah, cruzando los dedos porque Matt la hubiese oído.

Por otro lado, el propio doctor Rostov iniciaba su turno de consulta sin escuchar la vocecita que reclamaba auxilio, pero no fue lo mismo en el caso de Courtney Diallo y ella no sabía si decírselo o no porque saldría corriendo en busca de la responsable.

-¿Qué tienes Courtney?
-¿No escuchaste?
-¿Qué cosa?
-Te llaman.
-¿Quién?
-Bérenice.
-No.
-Insiste mucho, debería ver.
-¿Hablas en serio?
-Sí.
-Ven conmigo.
-¿Qué dices?
-De seguro es el bebé.
-Primero hay que encontrarlo.
-Dame un minuto.

Matt Rostov miró al reflejo próximo y contempló a Bérenice claramente sin saber que hacer. Dada la gravedad del asunto, enseguida tomó su maletín.

-Courtney, necesitaré que corras y apartes una cama en urgencias.
-¿Perdón?
-Confía en mí.
-¿Dónde vas?
-Al Panorámico, ¿vienes?

La mujer asentó y le solicitó el lugar a la primera enfermera que se topó en la salida sin darse cuenta de que él miraba las ventanas y se adelantaba un poco. El Panorámico quedaba apenas a un par de estaciones del metro de distancia y Courtney tenía miedo de preguntar qué estaba ocurriendo. Matt parecía más inexpresivo de lo normal y su rigidez preocupaba, al punto de que aparentaba ser una estatua de sal que se petrificaría enseguida.

-Si bajamos aquí, llegamos en un minuto - murmuró temerosa y se limitó a verlo revisando sus pertenencias. En la calle, ambos estaban hechos un mar de adrenalina y era fácil aceptar que él la había contagiado.

-¿A qué parte hay que llegar?
-No lo sé muy bien, hay una puerta de madera y la calle tiene un letrero que dice... No, más bien hay un cesto de basura enfrente y se lee "salkau".
-¿Estás seguro?
-Sí.
-Sé dónde es, ve a la izquierda.
-Gracias, Courtney.
-Ten cuidado, hay mucha gente .... Olvídalo.

Al doblar la esquina, Matt Rostov y Courtney Diallo vieron a Bérenice Mukhin intentando mantener despierto a Elijah Maizuradze y dándole algo que apenas se adivinaba como respiración boca a boca.

-Apártate - le ordenó Matt.
-¿Cuánto tiempo lleva así? - preguntó Courtney.
-No lo sé, se cayó o algo así, está muy débil.
-Bérenice ¡haz el favor de decirme de dónde salió! - continuó Matt.
-Del espejo.
-¿Qué?
-Supongo que pensó que podía cruzarlo, a veces se me olvida bloquearlo.
-¿Cómo se te va a olvidar?
-¡Le dejé el desayuno como siempre!
-¿Pero como se te ocurre?
-Es que me daba penita.
-¡Este tipo debió morir hace mucho!
-¡No lo iba a dejar solo!
-¡No entiendes que es peligroso!
-¡Lo perdoné!
-¿Tienes idea de lo que pasará si alguien lo encuentra?
-¡Sólo sálvalo!
-Lo más que puedo hacer es dejarlo morir en el hospital.
-Matt, no lo hagas por él, hazlo por mí, es mi esposo.
-¿Eres casada? - remató Courtney y Bérenice agitó su cabeza en señal afirmativa.

-Este hombre no puede permanecer sin oxígeno, llevémoslo Matt.
-Bien, supongo que no puedo librarme... Courtney, debes saber que este hombre tiene obstrucción pulmonar en una etapa en la que darle auxilio no servirá de nada.
-Pero puede morir con dignidad.
-¿Tú lo vas a cuidar?
-¿Qué tienes, Matt?
-Pide una ambulancia, te veo luego.
-Matt...
-Necesito estar solo y aclaro que todo es su culpa - señalando a Bérenice. Courtney miró a la chica y aunque reticente, le pidió que la asistiera.

-Sostén su cabeza.
-¿Estará bien?
-No lo creo.
-¿Es el final?
-Hoy sería pero tal vez mañana, no estoy segura... Bérenice ¿quién es él, cómo se enfermó?
-Respiraba mucho humo, era algo así como soldado.
-¿De qué clase? Sus pulmones van a colapsar.
-Por explosiones, pruebas, todo eso.
-Entiendo, imagino que empezó como una tos.
-Le dije que no se moviera de la cama.
-¿Nadie lo atendió?
-Matt hasta que...
-¿Hasta qué?
-No importa, sólo quiero que muera en paz pero no en el hospital.
-¿Tienes dónde llevarlo?
-No.
-Supongo que alguien te puede ayudar.
-Mi papá me mataría si me ve con él y Luiz no tiene que saber.
-¿Dónde piensas meterlo?
-¡No lo sé!
-¿Dónde lo tenías?
-En una fosa.
-¿Disculpa?
-No pensé que saldría de ahí.
-¿Qué clase de monstruo eres?
-Siempre le di comida.
-Haré una llamada.
-Si es al hospital, no me interesa.
-¿Perdóname?
-Elijah necesita descanso, yo convenceré a mi jefe de que me preste el cuarto de arriba.
-Corre.
-No dejes que se vaya, prometo atenderlo.

Bérenice regresó con Evan y solamente sacaron las pertenencias del bebé hasta la barra, sin que se alcanzara a distinguir que decían. El chico se notaba irritado pero no parecía que mucho y colaboraba con los arreglos a la habitación mientras advertía que su padre llegaría en unos días.

-Perdona, pequeño jefe.
-Me deberás una muy grande.
-Te la pagaré, dame tiempo.
-¿En qué problemas te metes? Siempre arrastras a alguien.
-Es sin intención.
-Por cualquier cosa, diré que fue tu idea... Y que lo encontramos y lo ayudamos.
-Gracias, Evan.
-No te desanimes, ve por él.

Bérenice asentó y se dirigió hacia la doctora Diallo, misma que se daba cuenta de que Elijah Maizuradze recobraba el sentido poco a poco e iba memorizando su rostro.

-Tenemos el lugar.
-Insisto en mandarlo al hospital.
-Hay que preguntarle si quiere.
-¡Ay por Dios!
-Él es muy orgulloso.
-¿Y tú lo complaces?
-Sólo pongámoslo en cama y cierre la boca.

Courtney quedó sorprendida para mal y de pésimo ánimo levantó al hombre con la ayuda de una Bérenice que no dejaba de hablar al oído de aquél para decirle que todo estaría bien y que no lo dejaría solo. A momentos, aquello parecía tierno.

-Con cuidado.
-Así que trabajas aquí.
-Digamos que sí.
-Te vuelves a acercar a Matt y te parto la cara.
-Está bien.
-Qué escalera tan pequeña.

Evan esperaba a ambas en la parte superior y les ayudó como pudo, distinguiendo el desdén de Elijah por ese ático pero aspirando del perfume de Bérenice, produciéndole un sentimiento de desagrado. Al recostarlo, al enfermo le dio risa.

-¡Así que vives aquí! - exclamó.
-Tranquilo.
-Mi niña.
-Vas a mejorarte, ya verás.
-Lo suficiente para verte bien.
-¿Qué pasa?
-¿Tengo plazo para morirme?
-En lo que llega mi jefe, que es es como en ... Días.
-Mi dulce Bérenice, has querido verme en el ataúd desde que me conoces.
-No es cierto.
-¿Esta pocilga te gusta?
-No digas eso.
-Sábanas corrientes, polvo, madera convencional, apuesto que la comida es perro mojado.
-¿Nada te puede gustar?
-Consígueme revistas, sabes de cuáles.
-Pensé que ya no veías mujeres desnudas.
-Sí claro, las leo por eso.
-Pequeño jefe, ¿conoces revistas así?
-¿Playboy©? - contestó Evan Weymouth.
-Necesito al menos dos, las pagaré con mi sueldo.
-Oye Bérenice, ¿ésta quién es? - prosiguió Elijah.
-Si se refiere a mí, me llamo Courtney Diallo, idiota - intervino la doctora.
-¡Miau! Me gusta cuando sacan las garras.

Courtney miró a Bérenice con creciente enojo y salió de ahí, dejando a la otra sola y haciéndola sentir indefensa.

-¡Elijah, por favor, es quien te va a dar tu medicina!
-Ay Bérenice, pero la muerte es cuestión de horas.
-¿Quieres ser un poco optimista?
-Cuando te ahogues en ti misma, como yo.
-Te traerán lo que pediste.
-Contéstame algo.
-Lo que quieras.
-¿De quién es el bebé que traías?
-Es mío.
-Te guardaré el secreto, mentirosa... Otra cosa, la tal Courtney.
-¿Qué hay?
-Noto que te detesta y si pudiera te daba tu merecido.
-Es por Matt.
-¡El buen Matt! Lo saludaré en el infierno.
-¿Vas a empezar?
-¿Qué pasó con él?
-Terminamos.
-Eso explica porque no es mi lacayo el día de hoy.
-No te esfuerces.
-¿Lo abandonaste?
-Digamos que sí.
-¡Te dejó!
-Elijah, basta.
-¿Qué le hiciste?
-Se fue.
-¿Qué tiene que ver esa doctora contigo?
-Es la compañera de trabajo...
-La nueva novia.
-No es su novia.
-¿Estás segura?
-Duerme un poco.
-¿Dónde vas?
-Al trabajo.
-Ven aquí.
-No.
-Volverás.
-Estarás bien.

Bérenice cerró la puerta tras de sí y descendió a la cantina, topándose con que Courtney no estaba y Evan no había vuelto. Ella estaba triste.


Playa de Tell no Tales, veinte minutos después.

-¡Matt, Matt!
-¿Cómo supiste que estoy aquí?
-No lo sé, lo intuí.
-Ten cuidado.
-¿Qué pasó allá? ¡Me quedé sola!
-Courtney, te prometo que no regresaremos.
-¡Más te vale porque estoy furiosa! ¿Quién es ese imbécil?
-¿Hasta tú lo notas?
-No me llamó "gata" literalmente.
-Voy a destrozarle la boca.
-¡Pidió revistas Playboy y de milagro no vomité en su cara!
-Le gustan los artículos de ciencia que luego sacan en esas cosas, se ve raro pero es la verdad.
-¿Quién es?
-El marido de Bérenice.
-¿Algo más?
-Es un peligro, no te acerques a él.
-No lo haré, júralo por quien quieras.
-Se llama Elijah, apenas descifra tu rostro estás muerto ... O muerta, ¿lo hizo contigo?
-Notó que Bérenice no me simpatiza y él tampoco.
-Discúlpame - abrazándola.
-Explícame porque no entiendo.
-Ese hombre no debió cruzar hasta aquí.
-¿Perdón?
-No lo maté porque Bérenice lo quiere ¡qué idiota fui!
-¿Qué dices?
-Ella lo conoce desde niña, él le conseguía cosas, dinero, joyas, siempre odié que lo perdonara.
-¿Qué te tiene tan molesto?
-¡Que ella ....! ¡Ese tipo la violó!

Courtney quedó atónita.

-Bérenice nunca me lo dijo y luego descubrí que me abandonó la primera vez para casarse con él.
-¿Por qué?
-Aun no lo entiendo.
-Matt, si te consuela, él se morirá en unas horas.
-Apuesto que no.
-¿Qué vamos a hacer?
-Bloquear espejos y esperar.
-¿Esto es parte de tu secreto?
-Te contaré una historia.

Matt Rostov y Courtney Diallo se quedaron de pie frente a la marea, despojándose ella de su collar y él rebotando insistentemente en el agua el balín que le había dado, intentando mostrarle algo que no se distinguía bien. El reloj ni siquiera marcaba las doce.

(Esta etapa no tendrá paréntesis por tratarse de un cierre parcial).

viernes, 20 de marzo de 2015

Un paso al reencuentro


Hesparren, Francia.

-¿Cómo ves a Guillaume? - preguntó Christophe Simmond antes de colocarse los patines para ir a darle indicaciones al muchacho. Tamara Didier le daba un sorbo a su café.

-Estará en forma pronto, dile que se ejercite un poco más.
-¿Te gusta su programa?
-Muchísimo, es un artista. Tenías bien guardado este secreto.
-Guillaume sabe que he estudiado el reglamento y el nuevo sistema de puntuación, además no le gusta que su entrenador sea tan protagónico. Admitámoslo, es una ventaja.
-No me has dicho como te fue con la "diva" Liukin en París.
-Me arreglé con su padre, luego me tocó el berrinche porque el señor le respondió "no" a una oferta de Brian Orser.
-¿Hizo eso? Me extraña de Ricardo, siempre busca lo mejor para Carlota.
-Inclusive Guillaume me botaría por Orser.
-¿Al menos te enteraste por qué?
-En parte por dinero pero más bien es para controlar a la chica, su familia considera que se ha vuelto frívola.
-¿Apenas se dan cuenta?
-Y con lo de Verlhac y Trankov están inquietos.
-Los Liukin pierden el control muy fácil.
-¿A poco?
-Te caerán bien, con todo y ese monstruo que es Andreas..
-¿Quién?
-El hermano mayor de Carlota.
-Sabía del autista.
-Adrien es un pan.
-¿Te estresaban, verdad?

Tamara miró a Christophe alegremente y asentó. Guillaume los observaba, esperando que lo atendieran.

-Que bueno que nos fuimos de Berlín.
-Guillaume ha estado muy tenso, ha trabajado todo el verano.
-¿Con Antje Traue?
-Él es diferente.
-¿Qué quieres decir?
-La señorita Traue no le llama la atención; nunca lo he visto con una chica.
-¡Oh, menos mal!
-Eso no explica que se trae con Carlota Liukin.
-Ella lo lesionó, eso es más que suficiente para que nunca la quiera ver.
-¿Podrían dejar de hablar de esa bruja? - protestó el joven y Christophe lo interpretó como señal de que era hora de trabajar. Sobre aquella reacción tan brusca no hubo comentarios.

Sin embargo, Tamara siguió de pie, contemplando la práctica y pensando en Carlota, pero más en Ricardo que con la lejanía parecía haber mostrado algo de carácter o, al menos, que no era ese hombre derretido por su hija.

-Christophe, nos vemos mañana- Exclamó prematuramente.
-¿No comemos juntos?
-Le prometí a mamá llegar temprano, te llamo después.
-¿Estarás en la huerta?
-Recogeré un par de manzanas.
-No te vayas.
-Tienes mucho que pulir con Guillaume, no quiero interrumpir más.
-Iré a tu casa a cenar ¿te parece?
-Como gustes, lleva a quien quieras.

La mujer agitó su mano en despedida y dejó la pista sintiéndose cansada. Afuera, el ambiente era de día de mercado y no tardó en reconocer a su madre, misma que adquiría bombos y carne para el estofado en un puesto cercano.

-Creí que te vería en la granja - señaló Anne Didier felizmente.
-Salí antes.
-Ayúdame a cargar esto.
-Cielos ¿qué es?
-Pescado ahumado y algo de vino.
-¿Y ese ganso?
-Va a ser para el sábado, mi nueva receta te encantará.
-¿Podemos irnos sin imaginarme como vas a matar a ese pobre animal?
-No chilles.
-Quebrarle el pescuezo no será un honor.
-No empieces.
-Discutir hace que me dé hambre, deberías dejarme.
-Entonces aprovechemos ese hueco y vayamos al bistro de allá. Hoy sirven los sesos de cordero que tanto te gustan.
-¿Por qué comeremos fuera? Antes la idea casi te causaba un infarto.
-Tu padre se fue a Hendaye a vender unas cabras.
-¿De casualidad no lo acompañó su amante?
-La vendedora de queso está del otro lado aprovechando el jueves.
-Habría sido el colmo.
-Esa mujer era una gran amiga de tu padre y jamás tuvieron algo a mis espaldas.
-A tus espaldas júralo, todo lo hacían en tu nariz.
-Basta con eso ¿quieres que almorcemos en paz?
-Perdona, es que ella nunca me agradó.
-Afortunadamente lo sabe, ahora entra.
-¿El ganso?
-Lo amarraré, adelántate.

Tamara ingresó al local y no dudó en tomar una mesa cercana a la chimenea, junto a la pared. Con prontitud le llevaron la carta y un poco más tarde, escuchó a los meseros saludando a su madre.

-¿Desde cuándo vienes por acá? - le preguntó cuando se sentó frente a ella.
-Les pasé mi secreto del coq au vin y otros guisos. La sopa de calabaza es su especialidad.

Acto seguido, Anne Didier realizó la orden sonriendo y tomó las manos de su hija cuando empezaba a apretar los labios en señal de que no estaba segura de que podría comerlo todo.

-Haz hecho un gran esfuerzo este mes, uno más.
-En Berlín no tuve apetito.
-Christophe me contó que devorabas los bizcochos de nuez.
-Espero no rechazar los sesos.
-Ya verás.
-¿Qué significa esa mirada?
-¿Cómo vas con él?
-Se me hacía raro que no preguntaras.
-Creí que a estas alturas ya tendría yerno.
-Ni en sueños.
-¿Qué tiene de malo?
-Christophe no es mi tipo y lo dejé atrás hace mucho.
-Pero han coqueteado.
-No lo tomo en serio.
-Es una lástima.
-Me olvidé de él cuando conocí a Gwendal.
-Pero Gwendal no está aquí.
-Ni estará.
-Si te amara, te habría perdonado.
-Lo desprecié, contra eso no hay remedio.
-Podrías demostrarle que aun lo amas.
-Él tiene otra novia.

Tamara se encogió de hombros y probó la sopa con resistencia.

-No la comas si no tienes ganas.
-Sabes que no hay otra salida, mamá.
-Te veo desanimada.
-Porque no he hablado con mis amigos.
-¿Oí bien?
-Los tengo, aunque no lo creas.
-Nunca me has dicho.
-Son Judy Becaud y Ricardo Liukin.
-¿A qué se dedican?
-Judy es cocinera y Ricardo es el papá de la niña que entrenaba conmigo.
-¿En verdad?
-Con Judy pasaba unas tardes maravillosas y con Ricardo leía las noticias, tomábamos café en su apartamento, me dejaba dormir ahí, cuidábamos a sus hijos, completábamos crucigramas y pasábamos la noche viendo películas, rogando que los demás se cansaran y se fueran. Cuando murió su mujer, me mudé por unos días para ayudarlo y nos divertimos mucho. Me extrañaría que no consiguiera novia en unos meses porque es muy educado y atento.
-Qué curioso que lo digas porque por la forma en como me describiste como se tratan, cualquiera diría que ese hombre te gusta.... Pero si no es así, está bien.
-Ricardo no me llama la atención y está tan ocupado consintiendo a Carlota que me saca ronchas.
-¿No piensas en él?
-Para nada.
-¿Ni por qué es tu amigo?
-Sólo como eso, si llegara a más, me ganaría un problema.
-¿Por qué?
-Adivina de quien es hermano.
-Tú dime.
-De Gwendal.
-¡No!
-¡Sí! Por eso no lo considero para mí.
-Parece que al final, el único que merece que le hagas caso es Christophe.

Tamara ladeó su cabeza ligeramente para constatar que llevaba un gran rato en el sitio y acabó con su plato antes de ver a Guillaume Cizeron entrando solo al local y colocándose en un lugar apartado. Anne Didier lo notó y reanudó la charla.

-¿Qué hay con ese chico?
-¿Cuál?
-El que acaba de venir.
-Ah, es un alumno de Christophe.
-¿Por qué te distrajiste cuando llegó?
-Porque me gustaría saber que se trae con Carlota Liukin.
-Para tu carro ¿Qué tiene esa familia que está inundando la conversación?
-Que una vez que los conoces, no te los quitas de encima.
-¿Qué relación sostienen con este niño?
-Carlota lo plantó como dos veces y lo hirió físicamente.
-Explicaría el odio si lo sintiera.
-Ahora Christophe se convertirá en el entrenador de ambos y Guillaume le salió con el capricho de que no se dispone a trabajar con ella.
-Eso no te incumbe.
-Christophe es mi amigo, se va a quejar conmigo.
-Lo hará con el papá de Carlota.
-Los reclamos llegaran a mi puerta.
-Al menos tus amigos te visitarán.
-Me hace falta verlos.
-Toma el teléfono y diles "hola".

Las mujeres sonrieron y voltearon de nuevo hacia Guillaume, mismo que se mostraba molesto y un poco tenso al revisar su celular.

-¿Por qué no le preguntas que tiene? - comentó Anne Didier.
-No, mamá, no quiero que me salga con una explicación medio rara.
-La curiosidad se te quitaría.
-Me inclino a evitar el malentendido.
-Lo más seguro es que esté disgustado por una tontería.
-El esguince que fue culpa de Carlota no califica como una.
-A lo mejor el problema no es ese.
-¿Qué sería según tú?
-Una confusión, un tropiezo, un flechazo.
-Guillaume esta exento de eso.
-Los flechazos se dan con quien sea.
-Olvidaré que dijiste semejante barbaridad.
-No sólo lo digo por él.
-Mi respuesta respecto a Christophe es no y siempre no.
-Ay Tamara, es que lo tienes tan claro.
-¿Qué se te metió a la cabeza?
-Mejor acaba con tus propios sesos.
-¿Es por mi comida o es un mal chiste?
-Sólo agarra el teléfono.

Tamara alzó la vista hacia el auricular cercano a la puerta y suspiró sin preocuparse más, aun cuando sus ojos se encontraron a los de un confuso Guillaume que optaba por simular que ella no estaba ahí.

-Le marcaré a Ricardo Liukin hoy mismo - remató y su madre le apretó la mano en señal de que coincidía. Sólo quedaba esperar a la puesta de sol para animarse a recibir una respuesta.

lunes, 16 de marzo de 2015

Carlota y Guillaume (I)


Guillaume Cizeron / Foto cortesía de Magia Gelada

Diciembre, 2011. Área mixta perteneciente al vestidor de la pista de hielo del Centro Invernal de la Universidad de Humanidades de Tell no Tales.

Carlota recorrió las instalaciones y escuchó por última vez las arengas a las chiquillas que se decían orgullosas de su patria. Con pena, tomó su chamarra tellnotelliana, la dobló y besó el nombre del lugar que la vió nacer para finalmente dejarla en el vestidor, sin atreverse a voltear.*

-Oye, no dejes nada, si se pierde es tu culpa - interrumpió un chico al ver que ella ser marchaba.
-Quédatela, no la voy a usar.
-Te la arrojarán a la basura, no me hago responsable.
-Alguien la usará, con tu permiso.
-Oh, oh, espera.
-¿Ahora qué?
-¿Mal día?
-El más malo de todos.
-No salgas si no quieres que te coman viva.
-Ya lo hicieron.
-¿Qué hiciste?
-Me sacaron de un torneo.
-¿Te lesionaste o te reemplazaron?
-No, yo gané mi lugar pero me calificaron mal y me congelaron.
-¿Eres de la que todo mundo se burla allá afuera?
-Algo así.
-Ven, traigo unos pañuelos.
-Gracias.
-Qué rara eres.
-¿Perdón?
-Ni porque te limpias la nariz pierdes el estilo.
-No me gusta hacer los papeles bolita.
-Eso está muy bien; ¿ahora quieres decirme por que dejas esto aquí?
-¿Mi chamarra? Es simbólico.
-¿De qué?
-No patinaré por Tell no Tales, así que les devuelvo lo que me dieron en mi primer día entrenando.
-¿Qué harás?
-Patinar.
-¿Para ti nada más?
-No lo sé.
-¿Intentarás seguir en esto más tarde?
-Es que no lo quiero dejar pero no sé que hacer.
-Podrías insistir.
-Es que me urge competir y ganar, tengo una oferta pero si la acepto me sentiré muy mal.
-¿Quién te la hizo? ¿Para qué?
-Vinieron una personas a ofrecerme concursar por Francia.
-¿Tan buena eres?
-Eso tampoco lo sé, me caigo mucho.
-Algo tendrás para que te quieran en mi equipo... ¿Cómo te llamas?
-Carlota.
-Si estás en esto, supongo que sabes quien soy.
-Guillaume Cizeron, te admiro.
-Gracias ... ¿En qué estaba? Ah sí, ¿quiénes te buscan?
-¿La gente de Francia?
-Exacto.
-Olvidé el nombre de uno, el otro es Romain Haguenauer y me está esperando en la pista, quiere probarme.
-¿Romain? ¿Qué clase de patinadora eres tú?
-Te dije que no lo sé.
-Pero ¿por qué la prisa en participar? ¿No te puedes esperar a que pase tu castigo o lo que sea y volver a intentarlo?
-Nadie me quiere, Guillaume.
-¿Eso que?
-También tengo una amiga a la que quiero ayudar y para eso se necesita dinero.
-¿Está enferma?
-No pero lo va a usar.
-Dejémoslo así.

Carlota permanecía de pie, angustiada y mirando los patines que otros habían dejado colgados en los percheros, Guillaume por su lado guardaba los suyos antes de estirar los brazos y darse cuenta de que ella le incomodaba demasiado y realmente la quería fuera. Se le hacía conocida pero no la ubicaba y pronto, creyó que si la espantaba o por lo menos la fastidiaba, se iba a quedar una eternidad.

-Me tengo que cambiar, bye.
-Guillaume ¿Francia me conviene?
-Mientras los directivos crean que eres lo mejor que tienen, sí.
-¿Cómo son las becas?
-Te cubren todo pero si pierdes, au revoir.
-¿Los entrenadores son buenos?
-El mío lo es, del resto no te quiero contar.
-Bueno, es que a ti te pagan a Patrice Lauzon.
-No vivo en Montreal.
-¿Cómo?
-No te voy a dar explicaciones, ni te conozco.
-Supongo que ya me voy.
-Por favor.
-Una cosa más.
-¿Y ahora?
-¿Viniste aquí por un coach nuevo?
-Te dije que tengo uno, no necesito de Ingo Carroll si preguntas.
-¿Qué haces aquí?
-Mi winter camp, es algo nuevo.
-¿Para el Grand Prix Final?
-Europeos.
-No le ganarás a Plushy.
-Eso está en veremos.
-Suerte con la plata.
-¡Hey! Te corrieron de aquí, te recuerdo.
-¡Entonces sí sabes qué me pasó!
-Nada más me faltaba verte la cara.
-Eres desagradable ¿por qué estoy conociendo a tantos tipos así?
-Porque eres insoportable.
-¿Yo? Soy la persona más linda que vas a conocer en toda tu vida y la única que cree que eres un patinador sobrevalorado que ni en sueños le gana a mi Plushy.
-Pues yo creo que eres una mala perdedora y una tonta.
-¡Sólo por fastidiar me volveré parte de tu equipo! Además de que pagan todo.
-Eres una urraca.
-Idiota ¡y saber que te iba a pedir un autógrafo después!
-¡Vete!
-¡Tú lárgate! Estaba en un momento importante.
-Desprenderte de tu chamarra y despedirte no significa nada, excepto que es cierto que te das por vencida y si te vas con Francia tal ves te vaya bien, pero si no logras nada vas a quedar como una estúpida más.
-No soy una estúpida.
-Ni siquiera cambiarás de equipo por ti.
-No te interesa.
-Me molestan los que sacan beneficios para otros.
-¡Quiero ayudar a alguien!
-¡Entonces trabaja! Lucirías perfecta sirviendo hot dogs.
-¡Imbécil!
-No se vaya a ofender más su Majestad.
-¡Pues soy una reina!
-¿De dónde que no sabía? A menos que seas reina, pero de tu casa ja ja ja ja.
-¡Te voy a dar una paliza!
-No veo como puedas ganarme.
-Le diré a mi hermano Andreas.
-Corre a chillarle, anda.
-Adiós, papanatas.
-Adiós y espero nunca toparme de nuevo contigo.
-Deseo lo mismo.
-¿Por qué no te mueves?
-Porque me despido de este lugar y eso a ti no te incumbe.

Carlota volteó a todos lados, sintiéndose triste y lagrimeando de nuevo, consciente de que iba a lamentar abandonar el club y que sería doloroso no ver en sus gafetes, su ropa y su ficha el lema "Tell no Tales".

-Perdona mi impertinencia - mencionó Guillaume sintiendo un poco de lástima e invitando a la niña a sentarse para que se calmara.

-Sólo falta que en tu equipo no me quieran.
-¿Por qué no? No hay patinadora.
-Tú no me agradas.
-Tú eres la que no me está cayendo bien.
-Perdón, cuando me enojo nunca mido lo que digo.
-Yo tampoco.
-Si no le digo a Haguenauer que voy con él, tal vez pierda todo. A mi edad debería estar compitiendo y ganando medallas, tu entiendes.
-Él es un buen tipo, corre.
-Guillaume ¿seremos buenos compañeros?
-Tal vez.
-Nos vemos en Francia algún día.
-De acuerdo.
-¡Ese día si me darás tu autógrafo! Es que si te admiro pero Plushy es Plushy.
-También te admiraré pero Irina Astrovskaya es mucho para ti.
-No estés tan seguro.
-¡Eres presumida!
-Mucho más que eso, te demostraré que soy la mejor que verás en toda tu vida.
-Cómo no.
-¿Dudas?
-No eres nadie.
-A mí no me vas a olvidar.

Carlota miró a Guillaume con una sonrisa abrupta y este la observó fijamente, sintiéndose atraído al instante. No pasó mucho antes de que le diera un beso en la mejilla y ella saliera rápidamente, dejándolo intrigado.

 En los pasillos, aún la observaban tomando distancia. Un mensajero sin embargo, la interpeló.

-El viejo del muelle te mandó este paquete.
-Agradezco.
-Y también te mandó decir que mucho éxito.

Con curiosidad, Carlota abrió el regalo.

-¿Qué te pudo haber mandado el loco anciano? ¿Pañuelos? - señaló Kiira Meier, pero la chica Liukin leyó la leyenda de la prenda y se la colocó. Era una chaqueta del representativo francés.**

(Acotación para el futuro: Un mes después, Carlota y Guillaume se reencontrarían en el campeonato de Europa en donde, después de una serie de desaires por parte de la chica, vendría la inauguración formal de su relación cuando ella, de lo más distraída, dejó su mochila en las gradas y esta se enredó en las pertenencias de él. Por la fuerza del nudo, Guillaume se resbaló y sufrió un esguince que lo dejó fuera del certamen. Carlota fue a visitarlo al hospital en secreto y después de sonreírle animadamente, lo besó en la frente, asustándolo y ganándose un reclamo "encubierto" al día siguiente. Desde esa ocasión, Guillaume se juró nunca hacerse su amigo).

Este cuento contiene fragmentos del relato "Cumple tus sueños y ayuda a una amiga", publicado en diciembre de 2011.