jueves, 5 de enero de 2023

La nevada (Los encuentros esperados. Cuento por la Navidad Ortodoxa y fin de la serie).


Jueves, 21 de noviembre de 2002. Venecia, Italia.

Después de una visita infructuosa al hospital el día anterior, Maragaglio pudo ponerse contento al enterarse de que su esposa Susanna se hallaba descansando sin complicaciones y su lugar no se encontraba lejos del de Katarina Leoncavallo, así que ambas estaban siendo cuidadas con la mayor atención posible. El único que deseaba hablarle era el doctor Pelletier, aunque advirtiendo que sería breve, así que lo esperó mientras la inundación veneciana dejaba de ser un aviso, pero no un desastre. De llovizna en llovizna, los canales se habían saturado y el viento desbordaba el sobrante por las calles más cercanas a la laguna, así que el barrio San Polo no tardaría en ver sus banquetas sumergidas y los vecinos podían prepararse.

-Señor Leoncavallo, me alegra que viniera - saludó Luc Pelletier sin extender su mano y soltando su cabello, dejando ver una melena lacia muy oscura. Sin el uniforme hospitalario, el tipo parecía sacado de alguna tienda gótica.

-¿Doctor Pelletier?
-Así es.
-Nadie me había llamado por mi apellido.
-Katarina me pidió que lo hiciera.

Maragaglio sonrió debajo de su cubrebocas.

-Hubo sol esta tarde, a Katarina le hizo bien - continuó Pelletier.
-¿Es cierto que está muy delicada?
-Tiene síntomas de desnutrición y por lo que veo, su condición no es voluntaria.
-¿No le dijo que toda la familia es igual?
-¿Están a dieta? 
-No ganamos peso, incluso yo perdí un par de kilos sin esforzarme. 
-¿Es en serio?
-Ha de ser genético.
-Eso no explica el reporte sobre la anemia de Katarina.
-¿Anemia?
-Pregunté por su dieta y es deficiente ¿Sabía que come una barra de proteína y una ensalada? Su cena ni siquiera existe.
-La he visto tomando chocolate.
-Señor Leoncavallo, tengo que ser muy sincero con esto pero ella sólo lo bebe cuando tiene una competencia enfrente.
-¿Quiere decir que no se alimenta?
-Le descubrí una osteopenia que empecé a tratar y estos días ha comido con voracidad... ¿Katarina es anoréxica?
-Disculpe, doctor, pero mi prima no tiene esos problemas, ella adora comer.
-Se estaba matando por saltar mejor o algo así me dijo. Tengo que preguntar porque sigo sin comprender cómo puede hablar teniendo neumonía e incluso es capaz de moverse con todo y la mascarilla. 
-¿Descuidé a mi prima?
-Me contó de un atracón en Nueva York ¿Le ha ocurrido antes?

Maragaglio trató de hacer memoria sin ocultar que se hallaba desconcertado. 

-La llevé a un festival vikingo en el verano y su hermano la regañó porque comió cerdo asado y además yo quise ser el primo divertido y la dejé beber un par de cervezas.
-¿La comida es un premio?
-¿Qué? Jamás.
-¿El patinaje es muy absorbente?
-Katarina piensa en eso noche y día.
-¿Es cierto que no debe ganar peso?
-Me ha contado que a las patinadoras les va mejor cuando son ligeras pero pensé que era sarcástica, ella se ve muy atlética.
-¿Consume drogas?
-La Agencia Antidopaje me lo haría saber enseguida ¿Qué está pasando?
-Creo que Katarina debería dejar de patinar.

Pelletier no bromeaba y Maragaglio asentó, asumiendo que era verdad.

-Se qué competir no la hace feliz.
-Si usted es consciente ¿Por qué?..
-¿No le digo? Uff, doctor ¿Cree que no he tratado? Las patinadoras la odian, los patrocinadores se escapan, los comentaristas están abrumados y los "fans" le hacen comentarios hirientes o bromas pesadas; Katarina acaba llorando en los torneos... Lo mismo le pasaba en la escuela y por eso dejó de estudiar. Le sugerí una terapia.
-¿La tomó?
-¿Usted no le tiene miedo?
-¿A Katarina? No.
-"Es tan hermosa, que asusta".
-¿Qué me quiere decir?
-Que tarde o temprano, todos le fallan a Katarina. Yo estuve a punto en París.

Luc Pelletier no quiso indagar.

-¿Usted puso a Marco Antonioni junto a ella?
-Lo hice.
-Gracias, doctor.
-¿No estaba molesto, señor Leoncavallo?
-Conozco al tipo y a su familia ¿Cree que mi prima conocerá a gente mejor en Venecia?
-Señor, no soy ajeno a los rumores y me gustaría saber qué tiene usted contra Marco.
-Toda la familia, dirá. La verdad es que Katarina podría estar con alguien más importante, con mayores posibilidades, estatus. Los Hazlewood son académicos, pero sin posición ¿Me entiende? Ella sintió algo por Marco y todos preferimos ser idiotas, meternos en lo que no nos importa. Quizás no sea mala idea que Katarina se vaya de casa y se deshaga de nosotros.
-No me corresponde avisar, pero hoy se dio algo que creo que la familia debería saber.
-Suelte el golpe, doctor.
-¿Seguro?
-Es mi prima, estoy preparado.
-Ella y Marco acordaron casarse.
-¿Cómo? ¿Cuándo salgan de aquí?
-Preguntaron si pueden firmar los papeles el sábado.
-¿Quién les dio alucinógenos?
-El abogado del hospital lo está gestionando.
-¡Deténgalos!
-La señora Leoncavallo me previno de su reacción.
-¿Susanna está de acuerdo?
-Es la madrina.
-¡Me voy a perder la boda! 
-Oh ¿Está bien?
-¿Por qué me hace una pregunta estúpida?

El anonadado Maragaglio tomó asiento sobre una piedra mientras el agua veneciana comenzaba a tocar su calzado. Pelletier lo imitó.

-Debería estar conversando sobre mi esposa - admitió el primero.
-Ella se encuentra bien.
-Me he quedado en casa de mi suegro y no es cómodo.
-La señora Susanna evoluciona favorablemente, le retiraremos el tanque de oxígeno el fin de semana.
-Esas son buenas noticias.
-Nadie le creyó cuando dijo que usted regresaría a hacerse cargo de la familia.
-¿Apostó, doctor?
-Conozco gente que sí.
-Deben odiarme, perdieron dinero.
-Se recuperará pronto, estoy seguro.
-Susanna no se había enfermado en años.
-Me tomaré la libertad de decirle que ella habla de usted mientras sonríe. Debe quererlo bastante pero también imagino que lo sabe, señor.

Maragaglio recordó fugazmente a Marine en ese momento, sin buscarlo.

-Me aterra que le suceda algo a mi mujer.
-Ella buscó ayuda rápido.
-Gracias por atenderla, doctor.
-Usted no fue amable cuando le di los primeros partes.
-Nunca he sido educado.
-Lo admite, señor. Hay pacientes y familiares que nunca lo notan.
-¿Le importa?
-Le dije que soy chismoso.
-Je, eso no sonó profesional.
-Los pacientes suelen evadir los hechos, entonces uno indaga. 
-Como un detective.
-Señor Leoncavallo, creo que le haré una cita con mi colega, el doctor Gatell.
-¿Razón?
-Él se ha enterado de problemas que quizás sea pertinente anunciarle. La señora Susanna está preocupada por Katarina, por usted, por Marco, por la familia... Por mi parte soy médico y confidente personal de Marco Antonioni desde hace un tiempo. Quiero pedirle un par de favores precisamente por eso.
-Adelante.
-El hermano de Katarina le hace daño. Marco notó que él se porta de una manera manipuladora, la pone triste y es dependiente de él.
-¿Mauri? No hay nadie más respetuoso con Katy.
-Maragaglio... Señor Leoncavallo, perdón.
-En realidad lo sé. Maurizio es un abusivo y no he intervenido.
-No es tarde.
-Ya sabía lo de la comida, Maurizio enfurece si ella no sigue su régimen.
-Convenza a Katarina de abandonar a su hermano.
-Con lo del matrimonio será más fácil.
-El otro favor tiene que ver con unos documentos.

Maragaglio observó a Luc Pelletier como si estuviera confiando, con la ceja levantada.

-Marco Antonioni es arqueólogo y en su tiempo libre va a la biblioteca del Ayuntamiento - prosiguió el médico, inseguro de lo que pronunciaba. Lo cierto era que no entendía lo imprescindible de llevar el mensaje.

-Marco está enfermo y necesita sacar un texto que escondió en ese lugar.
-¿Qué tiene?
-¿Mi paciente? Marfan.
-¿Me explica?
-Es una condición que provoca el crecimiento anormal de brazos y piernas, además de una estatura con la que se tienen dificultades.
-¿De qué tipo?
-Irrigación sanguínea irregular, oxigenación insuficiente, en ocasiones hipertensión, depende el caso.
-¿Es grave?
-A veces, aunque normalmente se puede vivir bien.
-¿Qué tan mal está Marco?
-Quiero asegurarme de que sus niveles de oxígeno son óptimos, pero pescó una neumonía y se me dificulta el diagnóstico.
-¿Y qué hay que salvar?
-No me explicó, excepto que son varios papeles que tienen que ver con su estatus de refugiado y los ha cambiado de lugar constantemente.
-¿En qué sección los dejó?
-En Gastronomía, el libro es... Disculpe, lo anoté, aquí está.
-¿"Auregnais"?
-"Aureñés", es una lengua muerta británica, de Alderney en el Canal de la Mancha. Me aprendí esa información para dársela a usted.
-Esconder cosas en las bibliotecas es muy seguro.
-No sé si con los Hazlewood sea confiable pero el señor Edward debe tener el material en su poder. Ese libro está oculto sobre un estante y tiene reporte de pérdida de la parte de "Lenguas Muertas", Marco no tuvo tiempo de extraerlo.
-Cuando hay búsquedas en esos lugares, uno tiende a volverse algo loco. Me sorprende que Marco sea claro, lo normal es darme una señal y esperar mi fracaso.
-Con la epidemia, la biblioteca está cerrada.
-Pero es adecuada para buscar, iré enseguida. Deme esa nota.
-Grazie.

Maragaglio se incorporó, quemó el papelito fingiendo que fumaba y permaneció de pie.

-Doctor ¿Cree que Susanna se cure rápido? Tengo una misión de trabajo pendiente y tal vez la cancele.
-Dependerá de su reacción sin un tanque auxiliar, pero parece que estará bien en unos días.
-¿Podría decirle algo por mí?
-No sería hoy.
-Avísele que estoy con los niños y que mi suegro no me quiere ver muerto.
-Hecho.
-Olvídelo, mejor que se divierta en la boda.
-¿Algún recado a Katarina?
-Que me habría gustado acompañarla, que le deseo buena suerte.
-Siento mucho que se pierda la ceremonia.
-Por favor, que Susanna sepa que la amo.
-Muy bien.
-Que oiga que ella es mi hogar.

Maragaglio emprendió camino hacia la Biblioteca, sin despedirse de Pelletier. Entre la tristeza y el apremio por las novedades, comenzó a preocuparse por la posible presencia de agentes de espionaje ultramar y tratándose de Marco, temió toparse con los agentes del MI6, el servicio que no dejaba de causarle molestias cuando un caso empezaba a ligarse con tramas que involucraban bancos, nobleza o celebridades británicas y que más de una vez le había demostrado su poder de desaparecer testigos, pruebas y recuerdos. Si Marco Antonioni, cuyo nombre verdadero era Michael Hazlewood, estaba en la mira del gobierno de su país, podía darse por muerto si lo descubrían en el hospital. 

En San Marco, la ausencia de ruido era una desventaja y las puertas cerradas revelaban ventanas con una multitud mirando hacia afuera, así que Maragaglio resolvió caminar con dificultades pegándose a las paredes, esquivando calles con banquetas en ambos lados y aprovechando los toldos que habían quedado abajo. La Biblioteca del Ayuntamiento se encontraba en un callejoncito, al pie de un puente, con una entrada secreta en una plazuela en la esquina camuflada como una bodega para vinos que se abría moviendo una pesada palanca. Maragaglio no conocía bien el recinto y debió resignarse a mirar el mapa del directorio para ubicarse una vez dentro. Las "lenguas muertas" ocupaban un espacio reducido, con apenas cuatro estantes en el tercer piso y confundiéndose con los libros de literatura antigua que rodeaban el resto de la planta. Debido a su trabajo, el hombre se percataba de detalles que una persona convencional no, como las guardas del libro de registros maltratadas o el desgaste de la cinta segaladora, que no correspondía al tiempo de uso, que databa de dos meses atrás. Seguramente se conservaban más ejemplares cotejables, pero luego de una revisión Maragaglio descubrió que los nombres de algunos visitantes habían sido señalados con el punto sutil que deja un alfiler. Marco Antonioni era libre de sospechas, puesto que su única marca era titubeante.

-"No lo han descubierto y fue muy listo en venir aquí cuando empezó a sentirse mal" - caviló luego de notar la fecha de la última visita. El MI6 había visitado el recinto y Maragaglio reconocía el método de escanear libros, puesto que la mayoría se notaban acomodados en orden y sumo cuidado y los textos pendientes de colocar no habían sido movidos de los extremos de los pasillos. Sin embargo, en la recepción hubo algo que llamó su atención: La empleada había dejado el reporte de la desaparición del libro "Auregnais" junto a otras pérdidas y tenía pendiente levantar la denuncia ante las autoridades. La marca del alfiler del MI6 era inconfundible y si bien buscaban el texto clave, lo más seguro era que habían emprendido la cacería al exterior.

-Bingo - exclamó Maragaglio y se dirigió a la segunda planta, junto a una gran pared que de tan alta, no permitía el espacio para que los estantes pudieran ser limpiados en un aseo rutinario. Desde ahí, se contemplaba la zona de "Lenguas muertas", así que el hombre optó por tomar una escalera y buscar su objetivo en paralelo a la ubicación de los cuatro libreros de la parte superior. El método funcionó en el segundo intento, "Aragnais" estaba oculto entre el librero y la pared, disfrazado como parte del mueble. Rápidamente, echó un vistazo y encontró un diario con el tamaño de una libreta de notas junto a un documento doblado y roto proveniente de la biblioteca de Londres. En el texto, el apellido "Liukin" se presentaba junto a variantes como "Lazukin", "Lukin", "Lukhatov", "Lutsky", "Louvier", "Luján", "Lucret", "Lolo" o "Lussac", entre otros. Maragaglio metió aquello en su abrigo y abandonó el lugar a toda prisa, sin olvidar colocar el libro perdido entre aquellos pendientes de retornar a sus lugares. Consciente de que no tenía tiempo, Maragaglio salió rumbo al barrio San Polo, siguiendo fiel su estrategia de pegarse a los muros. Para llegar, debía cruzar el Gran Canale y la opción era utilizar el Puente de la Academia por San Vidal. Caminar aumentaba el riesgo, pero ir encontrando agentes de la Polizia veneciana pasó a ser una bendición al poder actuar amigable y preguntarles por las incidencias del día. El frío era un demonio inclemente y la inundación poco a poco iba transformándose en hielo. 

Gracias a la improvisada compañía que hacía en las rondas de quienes iban poniéndole al tanto, Maragaglio pudo abrirse paso a casa, con chocolate caliente de cortesía y despistando a quienes sintieran curiosidad por su presencia. La cuarentena veneciana era un alivio para el exterior, al permitirle al personal de vigilancia hacer las rondas jugando, libres de todo turista y de empleados del vaporetto molestos. 

-Perdón por no seguir con ustedes pero me esperan mis hijos - anunció con alivio al ver la puerta de la familia Berton y a cambio, recibía deseos de recuperación para Katarina y una llamada de Helsinki a la que apenas respondió con un "Dame unos minutos, prometo hablarte". 

Edward Hazlewood era un hombre ocupado esa tarde noche, cubriendo su telescopio para intentar ver algo pese al mal clima. La humedad le había empapado el rostro y limpiaba sus lentes del hielo que se formaba de vez en vez. Cuando Maragaglio saludó e hizo la seña de que buscaba conversación, el hombre apenas fue capaz de pedirle a su hijo Fabrizio que abriera para recibirlo. Este último protestó, pero respetó aquello por creer que se trataba de noticias del hospital.

-Grazie - saludó el visitante y enseguida pidió que lo llevaran donde el señor Hazlewood, advirtiendo que llegaba con intenciones privadas. Fabrizio tuvo que soportar que le cerraran la puerta de la azotea en la cara.

-¿Que lo trae aquí? - saludó Hazlewood con notorio nerviosismo.
-El MI6 - contestó Maragaglio sin preámbulos.
-Han ido sobre Marco.
-Creo que lo acabo de salvar.

Hazlewood pasó saliva e hizo que Maragaglio se sentara detrás del telescopio, colocando un segundo banco para permanecer juntos.

-¿Qué estaba investigando su hijo? ¿Por qué tenía este papel? ¿Las notas significan algo? ¿Por qué llegó a Italia con estatus de refugiado y qué tiene la familia Liukin con él?
-Esas son varias preguntas...
-No divague, Hazlewood.
-Marco es arqueólogo con especialidad en la época medieval, se interesó por las lenguas muertas y no sé qué halló, pero robó documentos de la biblioteca de Oxford y luego sacó el papel que trae usted de un libro muy viejo de Londres, sólo sé que es importante pero no hemos conversado.
-¿Investigaba el idioma "Aragnais"?
-¡No, que va! Siempre ha usado libros que a nadie le interesan para que no le roben su trabajo.
-¿Le comentó algo de eso?
-Cuando quiso iniciar su doctorado, encontró un texto en una lengua llamada "lisak" y quiso indagar. Parecía inofensivo pero llegó una carta de Su majestad, la Reina Victoria, solicitándole los resultados de su búsqueda y cuando descubrió la palabra "Liukin", Marco llegó a casa y quemó un libro, excepto ese papel.
-¿Quemar?
-Me parece una barbaridad todavía, pero dijo que tenía que hacerlo y yo lo reprendí. Más tarde entraron a la casa y mi hijo me anunció que debía irse de Inglaterra.
-¿Aún tiene la carta de la reina?
-La conservo.
-¿Supieron por qué estaba interesada esa mujer?
-En ese diario están las anotaciones.
-Tómelo, Hazlewood.
-Espero que no se haya perdido...
-¿Qué cosa?
-Aquí está, que alivio.
-Otro documento.
-Este es más valioso.
-Asumo que no me dirá lo que escribieron ahí.
-Es un documento robado del Archivo Vaticano, lo tuvieron los nazis y después fue sustraído de la Biblioteca de Berlín en los años setenta.
-Debe ser vital.
-Marco lo halló en Oxford y según él, los problemas comenzaron. 
-Lo inteligente sería deshacerse de esta información.
-Sería muy peligroso, sobretodo por la familia Liukin. 
-¿Qué es tan delicado?
-Considero que lo mejor para usted es hacer como que esto no pasó.
-Jajajaja, es tan ridículo.
-No nos ofenda.
-Hace poco descubrí que mi familia también es Liukin.

Hazlewood palideció.

-¿Cómo?
-Una amante mía se quiso vengar y me mandó pedir registros de ADN con el Gobierno Mundial. Sergei Trankov los sustrajo por razones que no he consultado y sorpresa, sorpresa, llegaron los resultados a mis manos hace nada, días.
-Entonces Marco y usted tienen la misma conclusión.
-¿De qué está hablando?
-Él supo que usted era un Liukin mientras investigaba con el documento de los apellidos ¿Le han dicho que se aleje de la familia Romanov y del Imperio Británico?
-¿Romanov?
-Usted no llegó a esa parte.
-¿Disculpe?
-Abrí la boca, Marco está en la tumba.
-Claro que no... Y de lo otro, mi abuelo siempre me dijo que cuidara de los ingleses, pero creí que era por prejuicios, los llamaba "malditos piratas".
-Es un consejo escrito en francés antiguo, está debajo del nombre "Lousset".
-¿Por qué debería tener cuidado?
-El peor enemigo siempre está en la familia de uno y los Romanov iban a entregar a los Liukin con los comunistas a cambio de no morir en la Revolución.
-¿Qué?
-¿Qué clase de ADN le sacaron a usted?
-Mi último pariente era Goran Liukin, mi bisabuelo... ¿También soy un Romanov? 
-No era forma de darle aviso.
-Usted es malo guardando secretos.
-Por eso hice lo que pude por mi hijo y abandoné mi vida en Oxford.
-¿En Inglaterra saben algo de esto?
-Dicen que el zar Nicolás era primo de la familia real británica.
-Eso no debería ser noticia si fuera verdad, claro.
-Pero el registro que a la reina le interesa es un árbol genealógico detallado que quemó alguien. Marco escondió en otro libro esos datos y llegó un tipo a destruirlos, fue pérdida total porque las cenizas fueron arrojadas al canal de San Giorgio.
-¿Quién era?
-Supongo que otro Liukin.
-¿Su hijo le mencionó alguna descripción?
-Viejo, piel dorada y dijo que era de Tell no Tales.
-Lo investigaré - murmuró Maragaglio con la certeza de que conocía la identidad del destructor.
-Maragaglio, usted firmó nuestros documentos de asilo, podrían indagarlo, no es difícil.
-¿Cómo sacó a Marco de Inglaterra?
-Acudí con un falsificador en Sussex y luego de pagarle con mi casa, me dio los pasaportes falsos de Marco y Fabrizio.
-¿Por qué vinieron aquí?
-Fue para lo que alcanzó.
-¿Cómo migró usted?
-Negué a mis hijos y el falsificador me exigió los ahorros de mi vida.
-Ayer le pedí que cuidaran de Katy, hoy no puedo acercarla ¿Por qué no me dijo antes?
-Mis hijos tienen una vida normal.
-¡Tienen al MI6 encima, idiota!
-¿Qué hace?
-Obtener un seguro de vida, quemo esto.
-Es el trabajo de Marco, él intenta preservar y traducir la lengua lisak.
-Por algo me encargó los papeles y no confió en usted.

Edward Hazlewood se hundió en su asiento sin querer mirar como el diario y los documentos antiguos se perdían para siempre. Maragaglio alcanzó a leer el dichoso escrito de Oxford, enterándose de la "sangre pura" de un linaje relacionado a los Romanov y que, de hacerse valer, volvería legítimo heredero del trono de Francia y zar de Rusia al portador.

-Si alguien viene, yo no estuve aquí - sentenció Maragaglio al barrer los restos y perderlos con el viento. Hazlewood cerró su boca, recordando a su hijo al inicio de su proyecto, la "royal scholarship" que le daba la oportunidad de dedicarse a su tesis sin obligaciones adicionales y el día que halló a una familia Liukin tangible y en lugar de darlo a conocer, había reservado la información y posteriormente se había consagrado a borrarla. Un estudio inocente sobre una lengua muerta, corrompido por intereses inconfesables. Sí, amigo lector, Hazlewood conocía más de lo que declaraba, incluso había compartido sus impresiones de colega a colega al leer los datos y revisar las fotos de vestigios arqueológicos en África que Marco quería visitar. Luego vino la otra pesadilla, estando seguros y resguardados en Italia, cuando Katarina Leoncavallo se apareció primero en los cursos de extensión académica del mismo Edward Hazlewood y luego como una chica bella que miraba al gondolier Marco Antonioni y le coqueteaba en Cannaregio ante las miradas celosas de su arrogante familia y su dominante hermano. Los Hazlewood se habían confiado mucho. 

-¡No le reclamé por la boda! - se percató Maragaglio en la calle, pero no volvió ni se esforzó siquiera por mostrar disgusto, se limitó a entrar en casa de los Berton y resguardarse del frío con más dudas que antes.

Hazlewood sin embargo, se quedó en su azotea, sosteniendo los copos de nieve que comenzaban a caer, viendo una cortina blanca sobre los canales, depositándose en cada techo y reposando sobre sus hombros. La lluvia se transformaba en el blanco resplandor del invierno y la nieve sepultaba cualquier peligro inmediato.

jueves, 29 de diciembre de 2022

Marat y Joubert (Los encuentros esperados)


Miércoles, 20 de noviembre de 2002. Helsinki, Finlandia.

Carlota Liukin se hallaba en las instalaciones de la Helsinki Ice Arena y contrario a su costumbre de andar de parlanchina, se había puesto a practicar en silencio, distante de otras competidoras que no la conocían pero la habían visto triunfando en París. Maurizio Leoncavallo en cambio, otorgaba entrevistas para la televisión finlandesa y hablaba entusiasta de sus alumnos Cecilia Törn y Jussiville Partanen, anfitriones designados del torneo. En las gradas, la joven Katrina permanecía sufriendo por el frío y trataba de comunicarse con Maragaglio sin conseguirlo, aunque Marat Safin trataba de convencerla de desistir. A diferencia del Trofeo Bompard, la prensa no abundaba y los fotógrafos presentes eran escasos, más bien pertenecientes al gremio del patinaje y no tenían interés en reportar chismes. Sólo las patinadoras más conocidas murmuraban sobre los rumores, pero el centro de su atención era Katarina Leoncavallo con el "amigo" que había conseguido en el hospital y que le "hacía olvidar que estaba enferma".

-¡Maurizio está furioso! - dijo una.
-¡Yo le oí decir que su hermana se pasa todo el día con el chico nuevo! - contestó otra.
-Pero ella presumió a su novio - declaró una más.
-¡Lo cambió por este! 
-¡No saben lo que pasó en Nueva York! ¡Katarina se besuqueó con un tipo que nadie conoce!
-¿El hermano lo sabe?
-¡Se pelearon en París por eso! Luego ella llegó a Venecia y se enfermó y como no hay lugar en el hospital, la pusieron con el chico con el que ahora se divierte.
-¿Creen que se acuesten?
-Pues dicen que Katarina se la pasa muy bien.

Carlota escuchó aquello y eligió contarle a su entrenador más tarde, dándose cuenta de que Katarina no había exagerado al acusar a sus compañeras de escupir veneno a la menor oportunidad. Algo en la atmósfera no le gustaba y continuó su entrenamiento aparte, recordando que Alisa Drei se presentaría en cualquier momento y le había dicho que le harían un homenaje a Jyri Cassavettes por el que se pedía la participación de las patinadoras del certamen.

-Terminamos en diez minutos - le avisó Maurizio Leoncavallo mientras hablaba para un noticiero local y ella optó por marcar unas piruetas lejos de las demás chicas. Como resultado, los fotógrafos se concentraron en ella hasta que una campana sonó para que abandonara la pista. Marat Safin se aproximó entonces con un abrigo y unos protectores para cuchillas.

-¡Ay, muchas gracias! Quiero estar calientita - sonrió la joven y se disponía a tomar sus cosas cuando una exclamación de "¡Carlota!" la hizo voltear hacia la parte superior del graderío. Muda y sorprendida, contempló bajar a una persona conocida que no estaba contenta y que también dirigía sus ojos hacia Marat sin amabilidad. Se trataba de Joubert Bessette.

-¿Podemos hablar ahora? - inició él.
-Te vi en París pero no me dejaron acercarme.
-Estamos aquí ¿Caminamos?

Carlota Liukin asentó con la cabeza y anunció que se cambiaría de ropa lo más rápido posible. Sin dejar de tiritar, el propio Joubert la siguió con su mirada y cruzó los brazos para adoptar una postura de enojo y labios resecos que no dejó indiferente a un Marat que callado, aguardó a que la chica no estuviera más a la vista para encargarse de lo que fuera.

-¿Eres su novio? - preguntó el joven Bessette.
-Somos amigos.
-No parecía en las fotos.
-¿Cuáles? 
-Las del periódico.
-La gente miente.
-Así que se trata de una historia de "Carlota y el tenista" ¿Las vacaciones que tomaron son un chiste?
-El señor Liukin sabe que no tenemos qué escondernos.
-¿Lo del tenis y lo de Bompard son errores míos? También los vi en el negocio de Judy Becaud.
-¿Espiaste a Carlota?
-Mi padre fue testigo de que no te le despegabas en Mónaco ¿Ella me dejó por ti?
-¿De qué estás hablando?
-Estaba en coma, me despierto y mi novia ya no era mi novia, mis amigos tampoco me visitaban y de repente tú te colocaste en el pedestal. 
-No te hemos mencionado desde hace mucho.
-Porque me olvidaron.

Marat no quiso replicar, quedándose con la mirada fija a cualquier lugar. Sabía que Joubert lo observaba cuidadosamente, incluso juzgándolo.

-¿Te presentó a Sergei Trankov?
-No lo hizo.
-¿Tienes tatuajes, Marat?
-No te importa.
-¿Te dijo que tenía novio?
-Y yo le sugerí que te abandonara.
-¿Por qué?
-¡Porque es una niña!
-¡No era tu problema!
-Mientras estabas en coma, a ella la amenazaban de secuestro, se la pasaba declarando en la comisaría, topándose con periodistas y siendo expulsada de la escuela. La decisión de mudarse no provino de ella, sino de su padre y yo me la encontré en Mónaco y la ayudé a mudarse. Ella siempre pensó en ti hasta que una mujer vino a decirle que te trasladarían a Venecia ¿Crees que iba a permitir que mi amiga se convirtiera en tu enfermera? ¡Tiene catorce años! 
-No la abandoné cuando me necesitó.
-Pero ella no podía hacer gran cosa por ti.

Maurizio Leoncavallo terminó con sus distracciones y enseguida intervino en la charla.

-¿Qué ocurre aquí y él quien es?
-Soy Joubert Bessette.
-¿El novio de Carlota?
-¿Lo soy?
-Ricardo Liukin me avisó de ti, vete.
-No.
-Te haré echar.
-¿Qué demonios pasó? 
-Las cosas cambiaron.
-Tengo que hablar con ella.
-¿De qué?
-¡De qué no entiendo! 
-¿La estás emboscando?
-Deseaba hablar con ella en París y ni siquiera volteó a verme.
-Decidimos que no pasaría.
-Estoy aquí.
-Pero no vas a ningún lado. Se acabó, adiós.
-¿Quién es usted?
-Maurizio Leoncavallo, coach y tutor de Carlota Liukin mientras se encuentre fuera de casa. He decidido que nos vamos y no nos sigas.

Maurizio caminó hacia el pasillo de vestidores para aguardar por su alumna y Marat llamó a Katrina para que los cuatro se retiraran del lugar tan rápido como fuera posible. Sin embargo, nadie contaba con que Carlota se daría cuenta de aquello y tomaría la iniciativa en el vestidor de recordar el número del celular de Joubert y llamar con la motivación lógica de una visita urgente. Este reaccionó discretamente, sentándose en una butaca y contestando como si de otra persona se tratara, nada que no sucediera antes.

-"Joubert..."
-No me muevo ¿Verdad? Sospecharán y te quitarán el teléfono.
-"Perdona, es que me están cuidando".
-Siempre dices lo mismo.
-"No es con mala intención".
-Quiero que me expliques varias cosas.
-"¡Ay lo sé! Es que no puedo hacerlo aquí, ojalá nos viéramos en un café".
-¿Irías?
-"Tendría que avisar y esperar que me den permiso".
-Dime en qué hotel te hospedas y voy.
-"Bueno... Hoy estaré en Vantaa porque Marat toma su vuelo en la noche y me quedaré allá. Mañana regreso aquí a Helsinki y estaré entrenando temprano, luego iré a comer y me prometieron llevarme a ver auroras boreales. El viernes y el sábado voy a competir, podría estar contigo el domingo si me escapo del banquete de clausura".
-No tengo tiempo.
-"Disculpa, es que no puedo antes"
-Llamaste para poner pretextos.
-"¡No, Joubert! Es que estoy ocupada".
-Siempre hablas con excusas cuando se trata de mí.
-"No es cierto".
-¿Me dejaste por Marat Safin?
-"¡No, no pasó eso!"
-No contestas mis llamadas.
-"Cambiaron mi celular".
-Supe de tus fotos en Mónaco.
-"Fui a una caridad".
-Mi padre te vio con Marat y luego me enseñó las fotos de la prensa ¿Es tu novio?
-"No sé qué te contaron pero no es cierto".
-Me dejaste en el hospital.
-"Mi papá quiso ir a Italia".
-No te despediste.
-"No me dejaron".
-Regresaste a París, pudiste hacer algo.
-"Me lo prohibieron".
-¿En serio? Hace un segundo estaba en coma y recibiendo tus visitas y cuando despierto descubro que nunca te preocupaste por llamar para estar al tanto de mí, que incluso te cambiaste de ciudad, competías de nuevo y tienes un romance con un tipo que no sé ni de dónde salió. Te vi en un torneo de tenis ¿sabes? Y cuando te quise visitar en la cafetería de la señora Becaud, estabas con el tal Marat. Luego me dijeron que salías con él y que iban a las atracciones de París sin importarles lo que la gente dijera.
-"Me vigilaban".
-Le diste una flor y lo besaste hoy.
-"Joubert..."
-Creí que contaba contigo.
-"Déjame explicarte".
-Sé la verdad.
-"Las cosas no son así".
-¿Alguna vez te hice algo? 
-"¡No!"
-Entonces habla conmigo en persona.
-"¡Me van a regañar, Joubert!"
-¿Otro pretexto?
-"No entiendes".
-Terminamos, si eso te hace feliz.
-"¡Espera!"
-Una cosa más: ¿Me cambiaste por Marat porque pensaste que no iba a despertar?
-"¡Marat y yo somos amigos!"
-¿Desde cuándo abrazas a tus amigos y los invitas a tus vacaciones?
-"Él sólo me acompañó a Venecia".
-¿Y qué hace aquí?
-"¡Tomamos un vuelo desde París y el compró su boleto para Moscú, pero se ha retrasado por nieve!"
-¿Lo amas?
-"¿Qué dices?"
-Amas a Marat.
-"Ay, Joubert, él y yo no tenemos una relación".
-¿Por qué le entregaste tu dije?
-"¿Qué?"
-Marat trae tu dije.
-"Se lo regalé, es que..."
-¿Lo quieres?
-"Voy a explicarte..."
-Está claro y lo entiendo. Buena suerte.
-"¡No, Joubert, es que...!"
-Adiós.
-"¡Oye, no te vayas!".
-No volveré a molestarte, vete con tu novio.

Joubert terminó la llamada y resolvió retirarse enseguida, sin evitar contemplar a Marat Safin como si hubiera perdido un duelo y con notorio cansancio por escuchar palabras en las que no creía más. Los pasos de Carlota Liukin se percibían con prisa y ella alcanzó a ver cómo el joven Bessette abandonaba el lugar con frustración y desilusión.

-¿Qué hiciste, Carlota? - curioseó Maurizio Leoncavallo con severidad.
-¡Joubert no quiso que le explicara!
-¿Tú lo llamaste?
-Es que no me ibas a dar permiso de verlo.
-¡Dame tu celular ahora!
-Toma.
-¿Qué tienes en la cabeza?
-Quería que Joubert supiera que no fue mi intención.
-Empeoraste todo ¿cierto?
-Sí.
-Te pedimos que no estuvieras en contacto con él.
-Marat, discúlpame.

Maurizio se desconcertó por aquella acción y observó a Marat Safin cuando la chica Liukin lo abrazó afectuosamente.

-Joubert y yo rompimos ¡Pero no debía ser así!
-Nadie tuvo la culpa.
-Pero me enamoré de ti cuando él estaba grave en el hospital, Marat.

Carlota empezó a llorar y el joven Safin le tocó el cabello para consolarla, tranquilizándola un poco.

-Yo no conozco la situación pero tu padre no iba a permitir que te quedaras de cuidadora de alguien a quien no le serías de ayuda, Carlota - intervino Maurizio Leoncavallo. El grupo le prestó atención.

-Lo que sé que Joubert hizo por ti en una situación similar fue lindo, pero tú no estabas en la misma posición, tú te encontrabas en peligro y Ricardo Liukin tomó la decisión correcta. Tal vez sientas que traicionaste a alguien que estuvo antes para ti, pero tú no podías quedarte por razones muy fuertes. Si en el camino conociste a Marat y ahora sientes algo por él, es porque cambiaste y avanzaste. Ni Joubert ni tú son responsables de eso, ustedes crecieron, sólo que tú has podido vivirlo y él tendrá que asumirlo.
-Me siento mal.
-Pero pasará.

Maurizio enjugó las lágrimas de Carlota y tomándola de las manos, se dirigieron a la puerta. Marat iba al lado de ella, llevando su mochila y su maleta y Katrina, que se quedaba callada porque temía ser impertinente, atinaba a colocar un gorro en la chica y ponerse guantes para resistir el frío.

Afuera no dejaba de nevar y Joubert y Marat se atisbaron brevemente antes de que el primero abordara un vehículo, sin confrontación. 

viernes, 23 de diciembre de 2022

El cuento de Navidad (Serie navideña "Los encuentros esperados")


Miércoles, 20 de noviembre de 2002.

-Estoy muy cansada - declaró Marine Lorraine luego de llorar un largo rato sin poderse contener. A su lado, Courtney Diallo procuraba mantenerse lo más calmada posible y recordaba que aún faltaba un día entero para volver a casa.

-Terminé haciendo el ridículo y con el mundo al revés - continuó Marine.
-Quisiera tener alguna idea.
-Invité a Maragaglio a la boda.
-¿Por qué lo hiciste?
-Me estoy despidiendo de él.
-¿Nunca te han dicho que eso no se hace?
-Mi padre también lo quiere ver así que no puedo negarme.
-Le ocasionaste problemas con el sobre que le mandaste a su esposa, no tiene sentido que te trate bien.
-Pero es así.
-Debes acudir a terapia, Marine.
-Hay algo que quiero aclarar contigo, Courtney.
-¿Es por el mismo idiota?
-¿Nunca me viste en Senegal?
-Jamás, el tipo te tenía bien escondida.
-¿Te acostaste con él?
-Nunca quise. 
-¿Te lo pedía siempre?
-Suplicó, prometió, se apareció en mi casa y no obtuvo otra cosa que no fueran cachetadas.
-¿Te habló de mí?
-Es curioso pero eso pasó.
-¿Y qué dijo?
-No lo recuerdo, él estaba borracho y lo dejé solo ¿Tú me reconoces de antes?
-No te lo mencioné en el concurso porque trataba de evitarme peleas.
-Maragaglio me da igual, no iba a deshacerte el peinado por él.
-Creo que es la primera vez que me arrepiento de haber sido su amante.

Marine suspiró.

-Nunca le conté a Kleofina que también la conozco de hace tiempo.
-¿Perdona?
-Maragaglio me engañó con ella, tuvieron sexo.
-¿Sientes rencor?
-Ni un poco.
-Ese hombre te lastimó.
-Acepté sus reglas.
-¿Y ahora?
-Courtney ¿Seguirías siendo mi amiga cuando pase la boda?
-¿Qué pregunta es esa?
-Es que nunca he podido hablar con una chica sin miedo de que me traicione.
-Cuenta conmigo.
-¡Estoy muy confundida!

Courtney Diallo no añadió palabras, comenzando a creer que era un error no exigir el lugar junto a la ventana del avión y que no entendía por qué, en lugar de ir directamente a Sudáfrica, accedió a ir a Reunión con tal de no pasar más de una hora en Hammersmith y tomar el tren a Tell no Tales.

-Yo opino que deberíamos dormir - señaló Madice Hubbell con el talante tedioso.
-¿Qué ganamos con eso? - contestó Marine.
-Estar tranquilas para empezar.
-No me funciona.
-Piensa en tu comida favorita o quédate en blanco.
-¿Descansaré si lo hago?.
-Es infalible.
-Dame una almohada.

Marine Lorraine se animó a seguir el consejo y no hubo manera de abrirle los ojos después, así que Courtney Diallo pudo dedicarse a leer un poco y estirar las piernas, concluyendo nuevamente que ese viaje a París la había hecho perder el tiempo y tal vez gastar un dinero que requeriría en el futuro. Al menos le quedaba la tranquilidad de saber que la trama Liukin estaba concluida de alguna forma y que no tenía un compromiso relacionado a final de cuentas, ni siquiera tratándose de Kleofina y una de sus aventuras contribuyendo al lío. Impedir que Maragaglio conociera a su familia entera hubiera sido egoísta.

Algo que resultaba curioso era que Marine Lorraine aún consultaba revistas de vestidos de novia y sobre su regazo y en su mesita de apoyo había una gran cantidad de las mismas, incluidas las que acababa de adquirir en el aeropuerto de París. En una de las ediciones, la joven había colocado la foto con el vestido elegido durante su prueba en la cafetería "La Belle Époque" y se notaba que estaba considerando encontrar alguno parecido apenas llegara a Tell no Tales. Detrás de la imagen, un recado de Maragaglio anunciaba que se encontrarían en la boda y que no dudara en llamarlo si necesitaba cualquier cosa.

-Esta mujer es un caso perdido - comentó Courtney, mostrando el mensaje a Madice Hubbell inmediatamente.

-Ay, no lo sé ¿Y si él detiene la boda?
-Sería la cereza del pastel.
-¿Crees que la quiera?
-Obviamente no, Madice ¿Cómo le recordamos que el tipo está jugando con ella?
-Díselo tal cual.
-Se lo diremos.
-¿Se habrá obsesionado?
-Marine se está quedando en el pasado.
-Sé que vinimos porque creímos que le estaban arruinando la vida a los Liukin pero todo fue por nada.
-Ni tan nada porque igual veremos a Maragaglio y debemos ayudar a nuestra amiga.
-¿Resultará?
-No.
-Qué horror.
-Madice, por favor prepara un montón de pañuelos.
-Propongo una noche de helado y pijamada en mi casa.
-Llevaré el pollo frito.

Ambas mujeres asentaron con la cabeza y Courtney cubrió a Marine con una manta.

Detrás de ellas, Albert Damon y Goran Liukin Jr. parecían distraídos con una conversación igual. Ambos se hallaban preocupados por Marine y Maragaglio, aunque fuera en plan vigilante y el asunto del reencuentro alertaba a Albert en particular.

-Tu hija dejó claro que se quiere casar - reiteraba Goran Jr. a cada instante.
-Maragaglio la ha puesto mal, le han surgido dudas a Marine y no estoy muy contento.
-¿Por qué no confías, Albert? Es una buena chica.
-Está confundida y antes de la boda no es buena señal.
-Son los nervios.
-Tu hijo le ha dicho un montón de barbaridades con el pretexto de regalarle un vestido de novia que no necesita.
-No conozco a Maragaglio, pero ella es lista y ha de saber que es normal que se aparezcan fantasmas antes del matrimonio.
-Crié a mi hija para que siempre estuviera segura de sus decisiones y no creyera en palabras de amor.
-Eso no depende de ti.
-La he visto con Laurent por dos años, se llevan bien, conviven con ternura y él es un caballero ¿Qué la haría pensar diferente?
-¿Ternura, dijiste? 
-Sé que él ama a mi hija.
-¿Y ella a él?
-Me ha dicho que sí.
-Entonces no te inquietes.
-Como si no supiera que Maragaglio fue capaz de enamorarla.
-¿Por qué no aclaras las cosas con Marine?
-Porque quizás no estoy preparado para dejarla ir. 
-¿Sigues viéndola como una niña?
-Marine es especial, es ingenua y soñadora.
-La subestimas, Albert.
-La sordera la apartó siempre, era muy tímida y aunque no lo admite, sé que engañarla no es difícil. La han lastimado antes, Goran. 
-Tu hija sabe qué hacer.
-Maragaglio le rompió el corazón una vez.
-Marine ya es una mujer, confía en ella.

Goran Jr. bebió un poco de té y maldijo por no poder fumar libremente.

-Vamos a tener días muy ocupados, los vecinos darán una fiesta para celebrar el compromiso de mi hija y también organicé una para la familia de mi yerno. Mi esposa se está encargando de una celebración en casa y los del concurso ese de Miss Corse quieren honrar a Marine con otro evento grande. Vamos a llegar a la iglesia sin ganas de festejar.
-Todo saldrá bien, Albert; deja que las cosas pasen.
-Aun no creo lo que está ocurriendo. Sentí menos preocupación por mis hijas mayores, incluso tengo dos nietos, pero con mi cuarta niña no puedo evitar estar apremiado.
-¿No lo esperabas? 
-Pensé que se quedaría soltera.
-Sorpresa, sorpresa.
-Goran, no quiero que tu hijo hiera a mi bebé.
-No lo hará.
-¿Aún juras que no la tocó?
-Hemos fingido hasta hoy ¿Continuamos?
-Le pondré una pañoleta roja al llegar a Hammersmith.
-Marine no merece que le hagas eso.
-Pero no puedo permitir que en el barrio sepan que existe un pasado. 
-Debí detener a Maragaglio en cuanto conoció a Marine. Lo siento, Albert.
-La boda es la próxima semana.
-Habla con ella, todavía hay tiempo.

Albert Damon se levantó inmediatamente y cortésmente le pidió a Courtney Diallo y Madice Hubbell que cambiaran de asiento. Él se topó con la linda imagen de su hija dormida, soñando algo bonito o tal vez recordando algo mejor. Percatándose de que ella se había quitado sus aparatos auditivos, el señor Damon no se abstuvo de cantarle para arrullarla, sin importar que fuera inútil. En sus manos de padre, portaba la pañoleta roja que siempre distinguía a las mujeres del barrio Corse y que Marine había lucido desde el nacimiento ¿Qué sentido existía en llevarla consigo si no tenía caso? Albert se resistía a creer que su hija había profundizado su relación con Maurizio Maragaglio años atrás. Y se dio cuenta de que le colocaría otra vez esa tela en el atuendo para ocultar el secreto, para no avergonzarla ni reclamarle. Abrazándola como cuando era niña, Albert Damon comprendió que la boda no era una decisión suya, así que debía seguir su curso, pero no le impedía tomarse el tiempo de estar a solas con Marine para expresarle que conocía la verdad y aquello lo había hecho amarla más. 

viernes, 16 de diciembre de 2022

Las pestes también se van (Margaglio vuelve a casa)


Venecia, Italia. Miércoles, 20 de noviembre de 2002.

Un agente de la Polizia recogió a Maragaglio en la estación de tren de Mestre pasadas las dos de la tarde, con el encargo urgente de llevarlo al encuentro con sus hijos. Desde el tren rápido en Milán, el primero había sido informado de la obligatoriedad del uso de cubrebocas y portaba uno que comenzaba a rozar su nariz.

-¿Debo pasar por cuarentena? - preguntó Maragaglio sin mirar más que el frente, seguro de que la lancha policial era incómoda. La marea subiría en cualquier instante y la prisa de ambas partes era evidente.

-Nos dijeron que usted se vacunó el mes pasado.
-Supe que casi todos en Intelligenza enfermaron.
-Director...
-Maragaglio de preferencia ¿Desde cuándo la formalidad? 
-Me disculpo.
-Aceptado.
-Por aquí, por favor.

Ambos abordaron sin más protocolos y una corriente de aire frío se hizo sentir, provocando que el policía y un colega que fungía como conductor tiritaran inmediatamente y se sirvieran unos pequeños vasos de café.

-Los turistas no pueden entrar y la navegación se cerró ayer. Sólo hemos recibido personal médico e insumos - se dijo al retomarse la conversación. Maragaglio optó por saciar la curiosidad al emprender finalmente marcha.

-¿Cómo empezó?
-El viernes pasado nos reportaron que estaba llegando mucha gente al hospital de San Polo y en la madrugada se llenaron todos los demás. 
-¿De repente?
-En las primeras horas se enfermaron los americanos así que temíamos estar bajo ataque.
-Tenían que ser ellos ¿Verdad?
-Estuvimos llevando gente de Lido y Murano antes de que nos pusieran a patrullar otra vez. La laguna y las islas están cerradas porque les llegó el contagio.
-¿Qué tan grave es?
-Se han muerto doscientos.
-¿Qué?
-Es más fácil encontrar a un enfermo que a un sano.
-¿Saben algo de Giampiero Boccherini?
-Está bien pero lo enviaron a casa.
-Me alegro.
-Casi no hay vaporetti ni góndolas porque la mayoría de los trabajadores están hospitalizados.
-Mis hijos se quedaron con su tía, mi esposa no se siente bien.
-Dicen que la Katarina está grave.
-Algo supe.
-Se ennovió con el gondolier ¿No? 
-Qué gondolero ni qué gondolero, qué tontería.
-Los juntaron en el hospital.

Maragaglio quiso seguir negando lo evidente, pero evitó que el chisme creciera preguntando si alguien en Intelligenza Italiana conservaba la salud para trabajar. Así supo que Alondra Alonso se hallaba coordinando la división desde su hogar y de hecho, aún continuaba averiguando si la ciudad había sufrido un ataque biológico.

-Entonces notifíquenle que volví y que estaré con mi familia - pronunció el hombre como si le diera igual y pasó el resto del trayecto en calma, tratando de imaginar qué encontraría en las calles y si la influenza era tan letal como afirmaban. Estaba por llover y nublarse de nuevo, como si se anunciara una inundación impostergable. El sol seguiría apareciendo pero su calor no consolaría a nadie y poco a poco, el invierno azotaría a sus anchas.

-Iremos directo al barrio de San Polo ¿Creen que encuentre alguna tienda? - preguntó Maragaglio sintiéndose torpe. 
-El mercado sigue abierto, pero es mejor llamar y encargar comida - recibió por respuesta y atendió la recomendación. Le urgía llegar a un sitio caliente y se moría por comer algo decente.

Transcurrió media hora para que la lancha atracara en una calle colorida y el primero en darse cuenta del regreso de Maragaglio a Venecia fue Edward Hazlewood, quien se hallaba en su azotea tratando de colocar un telescopio para distraerse por la noche. Así fue que ambos se miraron con tensión, pero sin enfrentarse. Al tocar Maragaglio la puerta de la familia Berton, cada cual siguió con sus propios asuntos.

-¡Maragaglio! - exclamó Anna Berton al abrir y enseguida, los hijos de aquel se abalanzaron sobre su padre como bienvenida. El viejo señor Berton no ocultó su sorpresa y enseguida hizo una seña para permitirle el paso a su yerno. El disgusto era tal, que el propio Maragaglio sólo pudo murmurar la palabra "suegro" y darse cuenta de que si volvía a hablarle, iniciaría una discusión.

-Ven acá ¿Dormirás con tus hijos? No te voy a dejar estorbando en la sala - intervino Anna muriéndose por gritar con furia y ella misma arrastró las maletas de su cuñado hasta arrojarlas en una habitación pequeña con una cama. El otro no supo contener una gran carcajada, delatando que en el fondo nunca le había importado lo que ella pensara.

-Comeremos apenas, estoy atrasada por la limpieza - anunció la mujer.
-¿Qué preparaste?
-Pasta con salsa de tomate.
-¿Con eso has alimentado a mis hijos?
-No sé cocinar otra cosa.
-¿El señor Berton no prepara algo?
-No lo dejo desde que el doctor le sugirió que cuide sus ojos del calor.
-Yo inventaré lo que sea.
-¿Nos vas a envenenar?
-Pedí que trajeran cosas de Rialto.
-¿Qué harás?
-Si quieres me ocupo de la cocina mientras me quedo.
-Maragaglio, tú no estás aquí porque querramos.
-Pero no pueden sacarme.

Él recordó que aún portaba su cubrebocas y lo retiró, dejando más patente su deliberada burla de Anna ante cada cosa que expresara o gesto que se marcara en su tiburonesca cara. 

-¡Niños! ¿Alguien quiere hacer empanadas de dinosaurio conmigo? - gritó Maragaglio y enseguida, sus hijos y sobrinos se aproximaron contentos. Su tío iba a complacerlos con cualquier figura que le pidieran y prometía conseguir el permiso para tener una sesión de videojuegos más tarde.

-Anna ¿Y mi bebé? - preguntó él.
-Con su abuelo, durmiendo.
-Muy bien.
-¿Vas a preguntar por mi hermana?
-Iré al hospital después de comer. Gracias por ayudarla.
-Cállate.

Anna se limitó a observar a Maragaglio buscando ingredientes en la cocina y tranquilizando a sus hijos y sobrinos con algunos regalos finlandeses. Poco después llamaron a la puerta y él mismo se hizo cargo de atender a un vendedor y acomodar la despensa. 

-Este spaghetti sabe horrible - expresó él luego de curiosear con una cacerola vieja.
-¿Vas a tirarlo?
-Claro que no, Anna.
-¿Qué estás haciendo?
-Trataré de arreglarlo para la cena.
-¿En serio preparas empanadas?
-Los niños merecen comer de verdad.

La mujer quiso ser vigilante y se situó junto a la entrada de la cocina, esperando la oportunidad de formular preguntas aunque Maragaglio lo intuyera de inmediato, sin interesar si él estaba dispuesto a dar una versión de los hechos increíble o hacer gala del ser despreciable de siempre. Lo admirable era que los infantes presentes hicieran caso a cada palabra de su tío, como si de una lección sobre educarlos se tratara. 

-Bueno, si me ayudan a revolver la carne, les enseñaré a hacer T Rex con la masa - añadió él y todos le decían que odiaban las verduras que iba agregando a la receta. Anna ponía cara de pocos amigos e incluso demostraba su envidia por ser bastante ineficaz para resolver situaciones cotidianas. Transcurrió un largo rato.

En la casa de los Berton era raro que no hubiera ruido y Maragaglio parecía contagiado de aquella dinámica al hacer reír hasta las lágrimas a sus sobrinos imitando a los payasos del circo por televisión. El alboroto atrajo de nuevo la atención de Edward Hazlewood, mismo que apenas acababa de recibir noticias sobre su hijo Marco y no se sentía bien con eso. A su lado, el joven Fabrizio comenzaba a curiosear igualmente, aunque se encontrara alarmado y no se dispusiera a fingir cabeza fría.

-¿Cuándo le van a decir a Marco que está más enfermo que antes? - preguntó el chico.
-Mañana, cuando lleguen los doctores de Verona.
-¿Crees que deje las góndolas?
-Lo obligaré.
-Papá, ¿puedes hacerlo?
-No volverás a fumar en mi casa y menos delante de tu hermano ¿Al fin entiendes?
-Sí.
-Fabrizio, no me hagas repetírtelo y suplicártelo como siempre.
-¿Qué te dijo el doctor Pelletier?
-Marco necesitará pastillas y un estudio adicional.
-A mi hermano no le gusta que te enteres de esas cosas.
-Pero debo saber qué hacer.

Luego de un silencio breve, pasar saliva y volver a asomarse hacia la casa de los vecinos, sucedió algo singular: La voz cantante de Maragaglio era agradable y el profesor Hazlewood se preguntaba cómo era posible que alguien capaz de tanta belleza fuera prácticamente su enemigo personal. O eso creía después del único momento de valor que recordaba de sí mismo, exigiendo por única vez a una persona que se alejara de sus hijos. Al mismo tiempo, otras familias abrían sus ventanas para deleitarse y las vecinas suspiraban de sólo identificar al dueño de esas melodías cálidas. Maurizio Leoncavallo "Maragaglio", había embriagado a Venecia de amor nuevamente.

-¿Crees que nos moleste, papá? - preguntó Fabrizio.
-No es capaz.
-¿Marco sabe pelear?
-No pude alejarlo de ella.
-¿De Katarina?
-Los Hazlewood no atraemos chicas bonitas sin meternos en problemas. Tu madre tiene un hermano que hasta la fecha desea estrellarme contra el pavimento.
-¡Eres una gallina, papá!
-Las gallinas son valientes, yo no tanto.
-Ayudaste a Marco a escaparse de la corona británica.
-Para que terminara de novio de una chica con parientes en un servicio de inteligencia.
-Pero lograste que no lo investigaran.
-Maragaglio está informado.
-No es cierto.
-Siempre hemos estado en sus manos.
-¿Qué hizo Marco?
-Nada grave.
-Papá, tienes que explicarme.
-No tengo por qué.
-¿Y si un día Maragaglio me detiene?
-Qué alegría será no saber ¿verdad?

El señor Hazlewood comenzó a morderse las uñas, apenas pensando algo vago, como que sus vecinos no eran confiables o exageraba porque se sentía inhibido. Después de ordenarle a Fabrizio volver al interior para ocuparse de vigilar el teléfono, el hombre se quedó mirando la casa de los Berton, acertando en descubrir a Maragaglio observándolo igualmente, aunque sin el talante engreído, como si dijera "ya ve, estoy con mis hijos".

-¿En qué tanto te fijas, Marabobo? - gritó Anna Berton y ella también se dio cuenta sobre la presencia de Edward Hazlewood, que permanecía un tanto pasmado e inclinaba su cabeza en saludo. Ella abrió su ventana enseguida.

-¡Señor Hazlewood! ¿Cómo está Marco? - saludó. Maragaglio se intrigó enseguida y el otro no podía salir corriendo mientras su enfermiza timidez le impedía desmayarse.

-Mi hijo está bien - respondió el vecino en voz alta, pero temblorosa.
-¿Qué le han dicho?
-Le harán más estudios, señora Berton.
-¿Por qué?
-De rutina, los de siempre.
-Muy bien, me lo saluda si es posible y que se recupere pronto.
-Claro, gracias.

Maragaglio sonrió hacia Hazlewood y este último optó por fijarse en otra cosa, sin poder disimular los nervios al tirar sus macetas.

-Ese pobre hombre es tan torpe - comentó Anna sin exaltación y resolviendo ayudar a su cuñado lavando trastes. Al fin las voces se moderaban y ningún comentario adicional saldría de las paredes de la cocina de los Berton.

-Tengo entendido que es muy inteligente.
-Torpe pero inteligente, no creo que no lo sepas Maragaglio.
-¿Es profesor, no?
-¿Te burlas de él?
-¿Tú qué crees?
-Meh, yo quisiera que mis hijos tuvieran la paciencia de Marco y Fabrizio.
-No puedo creer que ese hombre tenga dos hijos.
-Tiene tres, es sólo que su hija vive en Inglaterra.
-¿Dos varones y una niña? Como Ricardo Liukin.
-El señor Hazlewood es divorciado.
-Era más creíble decir que era viudo.
-¿No sabes nada de Edward Hazlewood?
-No soy curioso.
-Eres una víbora.

Anna odiaba encontrar gracioso a su cuñado y le fastidiaba estar segura de que oía mentiras.

-De seguro al señor Hazlewood le comentan sobre Katarina y lo felicitan por tenerla de nuera.
-No vas a sacarme de quicio, Anna.
-Era un simple comentario.
-Hazlewood tiene suficiente con su hijo enfermo y con el otro vago.
-Supe que has ido a verlos con sus bandas.
-A veces tomo cerveza.
-¿Te aprendiste las canciones?
-Son buenos músicos.
-Qué hipócrita eres.
-¿Hay algo que intentes decirme, mujer?
-El señor Hazlewood tiene temor de ti.
-No hay novedad.
-¿Por qué Katarina tiene prohibido estar con Marco? 
-No es así.
-Hasta tú la vigilas y sé que explotaste cuando la juntaron con él.
-El chico no es malo.
-¿Entonces?
-Katy se merece algo mejor.
-¿Como Miguel Liukin?
-Tampoco. Ella puede conocer a alguien más importante.
-Ah, es por estatus.
-¿Maurizio ha venido a hacer escándalos aquí?
-A cada rato.
-Susanna lo comentó alguna vez y no hice caso.
-Tú también has intimidado a mis vecinos.
-Katarina toma los cursos del profesor Hazlewood y yo paso a checar como está. Si él se asusta no es mi problema.
 -Lo amenazaste.
-Parecía un cobarde.
-Oh, espera ¿Lo respetas, Maragaglio?
-Es un buen tipo.
-¡Yo que te creía incapaz de algo así! Das asco ¿sabes?
-Y miedo.
-Hoy estás de payaso.
-Amén.
-¿Así tratas a mi hermana?
No.

Maragaglio recuperó la seriedad y comprendió que Anna Berton dudaba en conversar sobre Susanna. Katarina era el pretexto para hacerlo, pero la mujer no tenía el talento para introducir el tema. Ambos hicieron que sus respectivos hijos regresaran a la sala e incluso adelantaran su horario de videojuegos. Una vez solos, los adultos reanudaron su charla.

-Cuando Susanna se recupere, iré a Tell no Tales ¿Podrías ayudarla con los niños?
-¿Qué? ¿Te vas a largar de paseo?
-Recibí órdenes en Helsinki.
-¿De qué?... ¿Es por tu amante?
-¿Quién?
-Sé que te acuestas con otra mujer, "cariño".
-Ah, pensé que te referías a alguien conocida.
-¿Lo de tu nueva aventura es verdad? 
-Se llama Katrina.
-¡Maldito infeliz! 
-¿Quieres que te mienta? 
-¿Qué ganas? ¿Por qué le haces esto a Susanna justo ahora?
-No sé, tú explícame.
-¡Desgraciado animal!
-Es lo más lindo que me has dicho.
-¡Cínico sinvergüenza!
-Y eso lo más decente.
-¡Te estás burlando, hijo de...! ¿Por qué no dejas a mi hermana y te vas de cama en cama como te gusta? ¡Haz hecho suficiente daño!
-Anna, tú y yo no somos los más indicados para reprocharnos nuestras dobles vidas, te recuerdo que tu hijo mayor es de Giampiero Boccherini. Un consejo: Nunca te enredes con el mejor amigo de tu cuñado.
-¡Por favor!
-Tu esposo no sabe, mi suegro menos y en lo que a mí respecta, tú te callas y yo me callo.

Anna Berton quiso arrojarle un plato a la cabeza, reprimiéndose apenas.

-¿Dónde conociste a la tal Katrina?
-En París, en la calle.
-¿Haciendo qué?
-Mi trabajo.
-Nunca voy a entenderte, Marabobo.
-Si fuera por ti, yo cometería el error de separarme de Susanna.
-Nos lastimas.
-Tengo que asistir a la boda de Marine Lorraine y si te tranquiliza, iré solo.
-Contéstame ¿Dormías con la becaria?
-No.
-Haré que te creo... ¿Esa tal Katrina va a ser un problema?
-No cambiaré a Susanna por otra mujer.
-¿Por qué le haces esto a mi hermana?
-Katrina será mi última conquista.
-¿Cómo vas a "cambiar"?
-Estar de aventurero sale caro.
-¿Hiciste cuentas?
-Hay que cuidar las finanzas.
-Susanna nunca te ha engañado.
-Ella es mi hogar.
-O más bien te estás volviendo viejo.
-Las mujeres me gustan mucho, Anna.
-Cínico maldito.
-Jajajaja, en serio me caes bien.
-Era tan fácil que te fueras cuando te conocimos.
-Pero ella me ama.
-No la mereces.
-No puedo seguir durmiendo con cualquier chica.
-Siempre intenté prevenir a mi hermana sobre ti.
-No lo harás más.
-No puedo esconderle lo de la tal Katrina.
-Anna, estoy confiando en ti.
-¿Es un chantaje?
-Susanna me pidió pasar más tiempo en casa.
-¿Aceptaste?
-Me nombraron "Direttore d'intelligenza Lombardia e Piemonte" para el próximo año así que volveremos a Milán.
-¿Ella sabe?
-Será una sorpresa.
-Obviamente estarán solos.
-No voy a permitir que intervengas en nuestro matrimonio y dudo que convenzas a tu hermana de no acompañarme.
-Entonces nos conformaremos con llamadas de vez en cuando.
-Los visitaremos.
-¿Tu amante va a vivir cerca de ustedes?
-Katrina se quedará en París.
-¿Cada cuánto irás a verla?
-No lo sé, supongo que un fin de semana al mes.
-Tú me das náuseas.
-Perdóname por ser adicto a las mujeres.
-Nunca voy a hacerlo.
-Intentas ahuyentarme todavía.
-Susanna estará mejor sin ti.
-Pero no estaré bien sin ella.

Maragaglio echó un vistazo al horno y Anna resolvió servir un par de copas de vino.

-Podremos comer en un momento - avisó él.
-¿Cuánto tiempo piensas quedarte?
-Hasta que Susanna se recupere.
-Hablé con ella antes de la cuarentena.
-¿Te mencionó lo del sobre que le envió Marine?
-¿Cómo sabes de eso?
-Trabajo en Intelligenza.
-¿Tiene que ver con el viaje que harás?
-En parte ¿Cómo tomó Susanna las cosas?
-Ambas pensamos que te enfadarías.
-¿Es cierto que le dijo "zorra" a Marine?
-¿Te estás riendo?
-Tú también, Anna. 
-Bueno, es que mi hermana no acostumbra insultar.
-Me alegra que lo hiciera.
-Maragaglio, espero que estés siendo franco. A mí no me escondes tus canalladas, pero tengo la certeza de que te metiste con tu becaria y algún motivo tendrás para negarlo. Ojalá no sea algo grande porque de otra forma tendría que delatarte.
-Solo soy sincero contigo y con Giampiero. Entre Marine y yo hubo camaradería, amistad, era una secretaria eficiente y una buena chica que siempre está en su casa con su familia. Yo no me atrevería a ser un miserable lujurioso con alguien que siempre me trató bien.
-La acusaste de acoso con Susanna.
-Porque se estaba obsesionando conmigo.
-¿El ego no te precede?
-La despedí porque no quería que la situación se complicara y creo que funcionó.
-¿Por qué irás a su boda? 
-Por una misión.
-¿Se puede saber cuál es? 
-Unos diamantes.
-Ah, sigues con eso.
-Juro que me portaré bien, no le haré daño a Susanna, no voy a serle infiel.
-¿No invitaste a Katrina?
-No se me ocurrió.
-Qué desgraciado eres.
-Es en serio, esta vez voy en solitario.

Maragaglio dio un sorbo al vino y regresó a la ventana, a contemplar a un inseguro Edward Hazlewood que intentaba esquivarlo con cualquier cosa, hasta adelantando su nueva rutina de dedicarse a la pintura.

-¡Papá! ¿Sigues con el cuadro para Katarina? - gritó Fabrizio Antonioni mientras subía al techo con una bandeja. El chico había olvidado que un Leoncavallo estaba cerca.

-Quiero terminar... Terminarlo pronto, es que los detalles me cuestan trabajo.
-Yo digo que está bien.
-Katarina es observadora, notaría que lo estoy haciendo mal.
-No creo, esas flores se ven lindas.
-Marco le va a interesar más, tienes razón.
-No has comido.
-No reparé en eso.
-Te traje una chaqueta.
-Gracias.
-¿Maragaglio te está vigilando?
-Tardaste en prestar atención.
-No disimula.
-Déjalo ya, no podemos remediarlo.
-Puse el teléfono cerca para que no tengas que bajar a la sala.
-Gracias.
-Te quiero, papá.

Hazlewood estrechó a su hijo y le alborotó los rizos antes de acceder a descansar y compartir una comida sencilla y caliente que le tranquilizaba un poco. En cambio, Maragaglio desde su lugar se cuestionaba si dejar a Katarina rodeada de tales nerds era lo más sano y pensó mucho en aquel momento en París, donde teniendo la oportunidad de sucumbir a sus deseos de romance y dejar todo atrás por ella, se había apartado del camino para no estorbar.

-¡Cuiden bien de Katy! - pidió en voz alta y Edward Hazlewood, desconcertado por la petición, sufrió la desgracia de arrojarse sopa de tomate a la ropa, provocando la sonora carcajada de su hijo y la expresión de pena ajena con levantamiento de ceja incluida de un Maragaglio que atinaba a juzgar a los vecinos como un desastre crónico con el que Katarina estaba decidiendo lidiar. 

domingo, 13 de noviembre de 2022

Las pestes también se van: Wendy, Wendy

Mike Hazlewood con las cantantes Ireen Scheer y Sherry Lin en 1970. 

Jueves, 21 de noviembre de 2002.

-¿Podrían dejar de tener sexo?.... No invitan - protestó Tennant Lutz desde su cama y ocasionó un ataque de risa en Juulia Töivonen, quien se la pasaba sonrosada desde que Katarina Leoncavallo y Marco Antonioni ocupaban lugar junto a ella en la habitación. La pareja por su parte, continuó con sus besos y caricias mientras trataban de no sucumbir a las carcajadas, sin mucho éxito.

-Búscate pareja, Tennant - dijo Marco alegre.
-No me hace caso ni una enfermera.
-Porque no eres paciente.
-Estoy enfermo ¿De qué hablas?
-Me refiero a la paciencia. Además, pareces un nerd.
-¿Qué?... Estás haciendo el amor con Katarina mientras hablas conmigo.
-Puedo hacer ambas cosas.
-¡Eso es imposible!
-Sólo saluda a una chica e invítala a salir.
-¿Cómo no se me ocurrió antes? ¡Genio!
-Di "hola" sin esperar nada y verás.
-Perseguiste a tu mujer cuatro años.
-Siempre me esforcé por hablarle.

Los besos de Katarina se hicieron más ruidosos y Tennant se quedó callado, sorprendido de que ella dejara de molestarle y le ocasionara alegría verla feliz. La vibra pesada se había ido con la noche y de acuerdo al doctor Pelletier, Marco Antonioni había salido excelente en sus estudios por la mañana.

-No entiendo por qué se ducharon si de todas maneras se llenan de saliva - prosiguió Tennant.
-No importa lo que digas, no te vamos a unir - contestó Katarina, provocando una nueva risa hasta en el propio chico, que sentía que se acaloraba con la pena y cubría su rostro con las manos a falta de alguna frase qué soltar para defenderse.

-Además, no me he vengado de ti por verme desnuda. No creas que no me di cuenta - mencionó ella antes de volver a enredarse en los brazos de su novio.

-Tennant, yo creo que estás muerto - añadió Julia Töivonen.
-¿Por qué?
-Por entrometido.

El buen humor aparecía en el hospital y las nubes permitían ver el sol claramente, aunque fuera el espejismo previo al invierno. Estaban por dar las cinco de la tarde y con ello, las rondas de revisión de las enfermeras en un día que rebasaba los ingresos de pacientes y desbordaba los hoteles de aislamiento. El gobierno italiano había desplazado personal médico de Verona y ciudades aledañas para atender la emergencia veneciana. 

-Hola, soy Wendy. Hoy tengo turno en esta habitación ¿Cómo te llamas? - preguntó una mujer fornida, de grandes ojos y enorme sonrisa escondida a través de su cubrebocas. Tennant descubrió su rostro curioso.

-¿Me toca la medicina? - preguntó él.
-Está bien si no quieres saludar.
-Perdón, es que cambian al personal a cada rato.
-Entiendo ¿Tienes molestias? 
-No ¿Me van a poner el suero?
-Vengo a darte el antiviral... ¿Tennant, verdad?
-Sí.
-Toma tu pastilla, niño.

Que la enfermera nombrara así a Tennant hizo que sus otros tres compañeros de habitación no pudieran contenerse y estallaran en risas escandalosas.

-Hay una fiesta aquí al lado y no puedo permitirlo ¿Se sienten mejor? - continuó Wendy e ingenuamente, corrió las cortinas rosas. El sol le dio directo a Marco en la cara.

-¿Qué están...? ¿Eres tú?
-¿Hola, Wendy?
-¡Voy a reportar esto con el doctor Pelletier!
-Él nos dio permiso.
-¿Qué?... ¿A quién tienes encima? ¡Señorita, regrese a su cama inmediatamente!

Ante el gesto severo de la mujer, Katarina volteó a verla, sorprendiéndola.

-Hola ¿Cómo va todo, Wendy? - dijo la joven y Marco volvió a su sitio con prisa.

-Oye Tennant, es la segunda ocasión que me observas sin ropa ¡Te daré un puñetazo! - advirtió seriamente Katarina antes de acomodarse y agitar su mano para ser cordial con la enfermera.

-Estás con ella, Marco - reaccionó Wendy.
-Así es - respondió él.
-Creí que nunca te haría caso.
-Las cosas cambian.
-Qué bueno que me fui.
-No me avisaste.
-Empezó a gustarte ella.
-Tú me abandonaste primero.
-¡No me quería fugar!
-Dijiste que era un idiota.
-¡Te vi coqueteando con Katarina! Ese día me habías dicho que nos íbamos a casar.

La chica Leoncavallo se cruzó de brazos.

-Ella me cortó, lo juro - aseguró Marco.
-¡De todas las mujeres tenías que quedarte con la que más me molestaba! - reprochó Wendy.
-Me cambiaste por un patólogo y luego no supe dónde más buscarte.
-¿Habrías ido por mí?
-Ni un teléfono tuve.

Katarina no contuvo sus deseos de decir algo.

-Entonces ¿No era la única, Marco?
-¿Qué dices? Claro que sí, siempre lo fuiste.
-Te querías ir con Wendy.
-Pero ella ni se despidió.
-Si te hubiera dicho a dónde se fue, habrías corrido.
-Pensé que estaba enamorado.
-¡Marco!
-Pero te conocí, chica bonita.
-No me engañes.
-Wendy se fue cuando no teníamos ni una semana de habernos visto, Katarina.
-Te quedaste porque no tenías idea de nada.
-No la perseguí otra vez porque tú me saludaste y decidí acompañarte a tu casa con mi góndola.
-¿De verdad?
-Conservo el papelito con tu dirección en mi carpeta de trabajo.
-Eso es lindo.
-Me encantas desde el principio, Katarina.

La joven Leoncavallo suspiró y besó a Marco Antonioni mientras Wendy olvidaba aplicarles el medicamento y atendía a Julia Töivonen sin evitar girar su cabeza.

-Nunca puedes confiar en un hombre - se quejó.
-¿Lo querías? - curioseó Juulia.
-Ten cuidado con los patólogos.
-Lo tendré en cuenta.
-Marco y yo nos llevábamos bien.
-¿Por qué terminaron?
-Se le apareció Katarina.
-¿No te pudo mentir, verdad?
-De todas formas tomé una decisión... ¿Quieres una revisión con el ginecoobstetra? 
-Tuve consulta ayer.
-Supongo que él autorizó el antiviral.
-Siento mucho dolor todavía.
-¿En esta habitación todos están así de activos?
-Nos vas a ver sofocados con las mascarillas en un rato.
-La parejita se ha de sentir mejor.
-Créeme que no, Katarina ya empezó a respirar más rápido.
-Qué observadora.
-¿No te cae bien o me lo imagino?
-No creí que le gustara Marco.
-Cosas que pasan.
-Decían que ella tenía una relación muy rara con su hermano. Una vez vi como él la abrazaba por la cintura y le besaba el cuello.

Juulia pasó saliva y se percató de que Marco también había oído. Katarina se hallaba reclamándole amistosamente a Tennant por no apartarle los ojos, en contraparte.

-Bueno, al menos sabemos que le levantaban falsos a ella - pronunció Juulia.
-Cuando vi a Marco saludando a Katarina, entendí que todo se había acabado. 
-Llevan dos días juntos.
-Estás bromeando.
-Todo mundo sabe que los Leoncavallo no quieren a Marco.
-¿En serio? ¿Por qué?
-No lo sé, pero siempre se portan mal con él.

Wendy se encontró entonces con los ojos de Marco y luego de tomar la temperatura de Juulia, decidió atenderlo mientras su novia seguía jugando con Tennant.

-¿Dos días con ella? No esperabas - confirmaba la enfermera.
-Con Katarina fui perseverante.
-No creí que le gustaras.
-Te dije que me sonreía.
-Si hubiera aceptado casarme contigo ¿La habrías olvidado?
-Wendy, sabes que sí, yo la acababa de ver.
-Me fui a Vicenza.
-Te busqué.
-No quería que me encontraras.
-Y eres tú quien vuelve a verme.
-Estás enfermo, ponte la mascarilla de oxígeno por favor.
-A la orden.
-Y mantén tu ropa interior en su lugar.
-Lo que pidas, Wendy.
-Aun sonríes cuando me miras escribir.

Marco no reaccionó, pero Katarina los observó como si les vigilara para comprobar que su novio movía los labios. Tennant a su vez, curioseaba porque conocía en parte el tipo de celos que su vecina solía sentir e iba a ser extraño si no honraba esa característica.

-Te doy un abrazo antes de que me inyecten el antiviral - dijo la chica Leoncavallo y el joven Antonioni fue apretado con singular tensión, además de besado con energía tal, que ella volvió agotada a su lugar.

-Si no te cuidas, la mascarilla dejará de ayudarte - murmuró Wendy al momento de aplicarle la medicina a Katarina y sorprenderse por lo frágil de su complexión. Al momento de anotar en la circular de tratamiento los datos correspondientes, la enfermera pudo percatarse de la mala salud de aquella mujer y las anotaciones y preocupaciones del doctor Pelletier que lo tenían llenándola de comida y multivitamínicos por las mañanas y al mediodía.

-Katarina, deberías dormir porque no creo que resistas otra sesión sexual.
-¿Sigo tan mal?
-Perdiste medio kilo.
-Ah, descansaré.
-Aun tienes neumonía, no sé cómo te mueves sin que lo parezca.
-Yo tampoco tengo idea.
-Come este chocolate.
-¿Es para mí?
-Es tu colación.
-Ay, gracias, Wendy.
-¿Marco sabe de tu enfermedad?
-Me da de comer en la boca.

Katarina sonrió como si celebrara y Marco la observó sin pronunciar nada. Wendy entendió que era momento de dejarlos en paz y seguir atendiendo a otras personas, aunque se sintiera fuera de lugar y no quisiera volver para la revisión nocturna. Tenía que conversar con el doctor Pelletier e insistirle en separar a la pareja porque existían reglas inviolables. Pero pronto se percató de que gracias al hacinamiento recibiría una negativa y que volvería a escuchar un fuerte bullicio durante la cena.

Poco después de tomar su dulce descanso, Katarina Leoncavallo se colocó su mascarilla y se quedó quieta, como si empezara a resentir su hiperactividad y la neumonía al fin le recordara que su salud estaba comprometida. Pronto revisó sus brazos, recordando la única vez que había recibido halagos de sus compañeras de trabajo por haber adelgazado. 

-Qué mentira - pronunció y enseguida le compartió a Marco esa experiencia, escribiéndola en una servilleta. La chica se había sacrificado tanto para lucir la talla más chica.

-Bueno, ahora no tendrás que fingir que no quieres lasagna o pescado frito. Te alimentaré muy bien cuando vayamos a casa - sentenció su novio y ella se quedó dormida poco después.

Marco Antonioni aprovechó aquel momento para observar a Wendy ir de un lado a otro mientras hablaba con otras enfermeras sobre la saturación del hospital. A la mayoría igualmente les asustaba ver a la influenza actuar sin que pudieran hacer gran cosa y no dejaban de contar paciente tras paciente. En un momento dado, el doctor Pelletier se reunió con ellas y luego de recibir la queja sobre Katarina Leoncavallo que le provocó una fuerte risa, el hombre fue directo con Marco y la propia Wendy se alistó a escuchar.

-Me han dicho que estás muy amoroso - saludó Pelletier. Marco sonrió sin decir nada y respiró profundamente para luego empañar un poco su mascarilla.

-Tengo algo serio qué decirte - continuó el doctor y cerró las cortinas de Katarina y de Juulia, asegurándose también de hablar en voz baja. Wendy pasó saliva.

-Marco, tus estudios no salieron bien, tienes hipertensión y los triglicéridos están un poco altos - anunció Pelletier.
-¿Lo esperábamos, no? - respondió el joven Antonioni con algo de esfuerzo.
-Temo que no estés oxigenando bien, independiente a la influenza... Tendrás buena medicación pero dejarás de trabajar en las góndolas, no te estoy preguntando.
-¿Y qué haré?
-Llevar una dieta sin sal.
-Eso lo sé, me refiero a lo otro.
-La actividad física moderada te ayudará, sólo debes caminar.
-¿Haré trabajo de oficina?
-Algo tranquilo.
-¿Le ha dicho a mi padre?
-No me corresponde, Marco.

El chico aspiró por la boca, como si le abrumara.

-Ni una palabra de esto a Katarina.
-Debes platicárselo por si algo pasa - intervino Wendy.
-No es tiempo de darle preocupaciones. Tomaré las pastillas y se acabó ¿Cuándo empiezo?
-Enseguida.
-¿Es tan malo mi diagnóstico?

El doctor Pelletier asentó sin querer y contestó:

-Quiero asegurarme de que puedes oxidar sin problemas pero debes sanar de la influenza primero.
-¿No tendré reacciones con el antiviral?
-Estarás bien.
-En los estudios anteriores no había anomalías.
-Te advertí que tu caso es un poco diferente.
-Debí enfermar a los cuarenta.
-Puedes vivir muy bien, si nos deshacemos de los triglicéridos el panorama será favorable. Ten paciencia, lo de la oxigenación es sólo sospecha.
-Qué manera de infundirme calma.

Marco resolvió reírse y Pelletier entendió que debía retirarse. Wendy sin embargo, prefirió quedarse y tomó asiento junto a Marco.

-Dame la mano, tú yo tenemos que hablar - mencionó.
-Sabes que no debo.
-No me vuelvas a dirigir la palabra después.
-Por esto sí me van a regañar.
-Wendy ¿Era necesario irte sin decirme por qué?
-¿Insistes?
-Me interesa.
-No estaré aquí.
-¿Por qué huyes? ¿Te hice algo?
-Mike...
-No me llames así.
-¿No le has contado nada a Katarina?
-Todavía no.
-Mike...
-Marco.
-Te dejé por este tipo de cosas.
-Primero me engañaste.
-Me disculpé.
-Sé que no me abandonaste en el Ayuntamiento por remordimiento.
-Si te digo la verdad ¿No te importará, verdad?
-Depende.
-Estás enfermo, Marco.
-¿Y eso qué?
-Pensé en el futuro y no me gustó.
-Mi condición es tratable.
-Soy enfermera y me di cuenta de que no quería llevar ese papel a mi casa.
-¿Qué quieres decir?
-Amo mi trabajo pero no iba a pasar mi tiempo libre pensando si estabas bien, si tu respiración es correcta, si no tuviste malestares en el día o preocupada por ti.
-¿Fue por el marfan?
-Lo último que quiero es cuidar de alguien fuera de un hospital. Lo siento, Mike.
-Marco.
-Platica con Katarina sobre tu salud porque empeoraste y ella no sabría qué hacer.
-No voy a abrumarla.
-¡Katarina tiene derecho a decidir si se queda contigo!

Wendy se soltó y abandonó la habitación a prisa, dejando a Marco Antonioni tratando de respirar por la boca para calmarse y cerciorándose de que Katarina continuara con su sueño reparador. El joven se preguntó a sí mismo qué tan grave se encontraba, si podía anunciarlo al salir del hospital. Poco después, un ataque de tos lo forzó a aferrarse a la mascarilla de oxígeno y el doctor Pelletier acudió enseguida a confortarlo.