jueves, 24 de julio de 2014

El mejor de los mundiales


A David Luiz.

Un partido de la selección francesa de fútbol coincidió en el día con el juego de Tell no Tales ante Alemania y Carlota Liukin decidió quedarse a ver el último ante una pantalla gigante de un fan fest en la Plaza de la República, aprovechando que la gente abandonaba el perímetro y los aficionados tellnotellianos eran escasos. Tamara la había vestido con la camiseta nacional francesa, pero la joven portaba debajo la blanca de su lugar de origen y no tuvo pudor de mostrarla, esperando por supuesto, un resultado favorable. Francia había ganado el duelo contra Colombia minutos antes.

-Liukin, si apareces mañana en el periódico viéndote así, te mato.
-No va a pasar nada.
-Ves la tempestad y no te hincas. Todo el país se te echará encima si alguien te cacha con el jersey de Tell no Tales.

Carlota no se cubrió y se ató el
cabello mientras se cercioraba de que sus tenis no tuviesen un hoyo o no estuvieran sucios debido a los pisotones que había recibido de parte de los asistentes, demostrando un exquisito porte aun en fachas. Su pantalón de mezclilla era igual de viejo que todo lo demás.

Aquella jornada era calurosa y el ambiente de París no insinuaba cambios cuando el rostro de Edwin Bonheur se hizo ver en la pantalla al lado del árbitro. Carlota se entusiasmó cuando constató que él se había colocado una insignia bordada por ella y le deseó buena suerte, así fuera a distancia. El ambiente aparente en el estadio era de fiesta tellnotelliana y se decía que los espectadores pagaban boletos de 500 € con los revendedores.

-Al menos son mayoría, tapizan con sus banderas todo lo que se les ocurre - notó Tamara, curiosa por saber el desenlace. En la ceremonia de los himnos, la euforia de los sureños opacaba a los teutones más alegres. 

-"El líder de goleo es este hombre, Miroslav Klose; por otro lado el portero de Tell no Tales, Edwin Bonheur se ha convertido en la figura. Ambos estrechan manos, son los capitanes y el sorteo favorece al de los guantes" - destacaba un narrador. El equipo alemán parecía imbatible ante el calor.

-Bueno, hay que aceptar que Edwin ha llegado más lejos de lo que imaginó - añadió Tamara. Tell no Tales llevaba tres victorias al hilo, la última había sido una heroica ante Italia.

-Edwin ganará - dijo Carlota cuando comenzó el encuentro. El primer balón tocado por él era un saque de meta después de un tiro nada amenazante.

Los minutos iniciales eran de encierro absoluto en el área alemana y el ataque tellnotelliano lucía pobre, con cambios de juego retrasados y pocas llegadas a medio campo. Los jugadores no
parecían entender qué hacer para abrir la cancha y nadie se atrevía a tirar desde larga distancia.

-Dios, qué aburrido - comentó Tamara y se fue a comprar una paleta helada mientras Carlota parecía ordenar a la pantalla qué debían hacer los tellnotellianos para mínimo estrellar el balón en el poste. Por supuesto, nadie hacia nada.

-Liukin, estás perdiendo el tiempo - dijo la mujer al volver.
-Claro que no, quiero ver que va a hacer Edwin.
-Pues con ese equipo, el ridículo es seguro.
-Lo mismo repetías con Argentina, Argelia e Italia.
-Ay, tú de fútbol no sabes, estás pollita.
-¿Qué?
-Tell no Tales va a perder miserablemente y no me van a alcanzar los pañuelos para tus mocos.
-¡Hey!
-Es una broma, je je. 

Tamara en secreto deseaba que Tell no Tales ganara y le divertía más saber que no ocurriría, puesto que aquel conjunto estaba conformado por troncos y petardos de la peor estirpe, vende humos profesionales y un portero fenomenal con tan mala suerte que sabía de su sentencia desde antes de saltar a la cancha y apenas ocultaba que detectaba el escenario derrotista. El primer contragolpe germano encaraba a Klose con Edwin y la atajada era espectacular.

-Nadie marca al tal Schürrle, todos van como idiotas detrás de la pelota.
-¡Al que tienen que cuidar es a Klose! 
-Liukin, en serio, calla.

Carlota no entendía por qué debía guardar silencio y se desesperaba ante la nulidad del esquema táctico de Tell no Tales, carente de todo, menos torpeza.

-"¡Klose baja el esférico, Schürrle está solo frente al marco recibe el pase ... ¡Golazo! ¡Golazo de Alemania, pedazo de gol de Schürrle, directo al ángulo! Edwin Bonheur nunca alcanzaría ese balón!" 

Carlota realizó una expresión cercana a la de haber recibido un balde de agua fría y desde su sitio observó las tomas del tanto sin pestañear.

-¿Quién demonios deja a los alemanes libres en el área? 
-Edwin alentará a sus compañeros, es un gran capitán.
-Alemania con una oportunidad y adiós partido. 
-¿Tú crees? 
-Bueno, Tell no Tales responderá.
-¿Me estás siguiendo la corriente?
-Liukin, de verdad espero que tu amigo gane.

Tamara sabía que el empate era imposible. 

-¡No dejen solo a Edwin! ¡No, no! - gritó Carlota justo antes de que Miroslav Klose aprovechara un rebote y encajara el segundo balón en la portería sureña. La joven no se reponía del asombro cuando el mismo Klose anotaba el tercero después de anticipar a un defensa. 

-Es un desastre.

Y la debacle continuó con una triada de goles más.

-¡Edwin, por el amor de dios, esas pelotas eran muy fáciles de detener! - exclamó una decepcionada Carlota que casi lloraba.

-No esperaba que tu amigo perdiera así - confesó Tamara.
-¡Por favor no, otro no! - expresó la joven Liukin segundos previos a contemplar el seis a cero y a Edwin postrado en el césped, escondiendo su cara entre las manos.

-Edwin nunca falla, esto no está pasando.
-Carlota, guarda la calma.
-¿En qué minuto van?
-Treinta y cinco. 
-No es cierto, Edwin no pudo haber permitido esto tan rápido...

Un primer tiempo tan pesado, tan malo, una pesadilla, culminaba con el gol de la honra, uno hecho justamente por Edwin Bonheur mientras los defensas alemanes lo dejaban pasar, sin saber si le hacían un favor o lo humillaban más. Miroslav Klose lo reconfortaba después del silbatazo para ir al descanso.

-Carlota ¿estás bien? 
-Llévame con papá.
-De acuerdo, pónte el suéter.
-Hace calor.
-El aire se enfría.
-Bien, dámelo.
-¿Necesitas un abrazo?
-Yo no.

Cabizbaja, Carlota Liukin tomó la mano de Tamara y se dirigieron a la casa de Romain Haguenauer en Montmartre, a paso lento, con las calles vacías y muchas banderas colgando de las ventanas. En algunas aceras, escasos niños jugaban fútbol y trataban de imitar los goles de Thierry Henry o los tiros de Zidane de aquella tarde alegre. Tell no Tales era un equipo cansado, nada combativo y sin un ápice de corazón y aunque era de esperarse, el contraste con la Francia victoriosa era demoledor. 

Edwin Bonheur podría haber salvado a Tell no Tales de no ser por la actuación espantosa que estaba brindando y que posiblemente sería la causa de que lo sustituyeran o de que le colocaran el último clavo en el ataúd de la eliminación. La prensa le echaría de culpa.

-Carlota, deberías contestar la llamada.
-Házlo y pide que te dejen el recado, gracias.

Tamara respondió y pidió al hablante que esperara un momento.

-Liukin, alguien quiere hablar contigo y no deberías ignorarlo.
-¿Quién es?

La mujer se encogió de hombros, pero Carlota decidió atender el teléfono.

-¿Hola?
-¿Carlota?
-Edwin... 
-Perdóname.
-Yo...
-Pensé anoche que ganaría el juego ¿qué ingenuo, no crees? Se me olvidó que era Alemania y que las cosas no podían salir bien.
-Edwin, no te des por vencido, todavía te puedes recuperar.
-Quería ponerte contenta ¿sabes?, le fallé a todos pero mucho más a ti y suena estúpido que te llame ahora para disculparme... No me gusta hacerte llorar y no soporto defraudarte, sólo quería hacerte feliz y que dejaras de sufrir al menos dos horas y ni siquiera eso pude hacer, cuánto lo siento.
-No te culpes.
-Carlota: cuando los héroes se equivocan, es hora de dejarlos de lado. No te acostumbres a la decepción ¿entiendes? Me has apoyado toda tu vida y te fallé en el momento más importante pero también me equivoqué antes y no sólo en una cancha, hasta te arrastré a mis problemas y eso me convierte en un canalla que no merece ni hacerte esta llamada. Lo siento, Carlota, lo siento.

El hombre terminó sin que la joven pudiera despedirse y ésta soltó a llorar, orillando a Tamara a abrazarla, como siempre que sucedía algo grave.

En el segundo tiempo de aquel dantesco partido, los alemanes ni siquieran se esforzaban en hacer algo más que un gol más, conscientes de que Edwin Bonheur había cosechado de nuevo el odio que en Tell no Tales le tenían y que en el estadio se manifestaba con abucheos e insultos, pero Miroslav Klose se detuvo un minuto junto a él e intercambiaron algunas palabras. La actitud de charla no obstante, se mantuvo durante el resto del encuentro y se antojaba reflexiva, como si el delantero alemán buscara un consejo prudente para su colega y de paso, ofrecerle ser su confidente, ya que entre ambos existía una simpatía que no habia podido manifestarse por motivos de distancia y de trabajo.

Esa tarde de junio, el mundo dio una vuelta de tuerca sin advertirlo y la ciudad de París cambió radicalmente su prematura entrada al otoño y su aire gris por renovar el resplandor de la cantera de rosa y el sol más hermoso que se hubiese sentido jamás, dando paso a nuevas flores y delicados perfumes. 

Aquella tarde de junio, en medio de una coincidencia extraordinaria y una suerte singular, Miroslav Klose entraba en la vida de Carlota.

 

sábado, 12 de julio de 2014

Sandra y Lleyton



Sandra Izbasa regresó a Tell no Tales en medio de la discreción de una noche templada y junto a sus padres, se trasladaba a un restaurante francés en el barrio Nanterre, en donde la esperaban algunos amigos familiares para una recepción de bienvenida. 

-¿Por qué no puedo ir a dormir? No conozco a nadie - se quejó. La joven leía un ejemplar de la revista "Hola" a la par de los bostezos.

-Pinta tus ojos - le ordenaron. Ella lo hizo de mala gana.

-Me encontré a Zooey en Hammersmith.
-Sandra, no hables de eso - reprendió su madre. 
-Les manda saludos.
-Te quiero amable con la gente, nada de mencionar a tu hermana.
-Preguntarán.
-Di que trabaja en el extranjero.
-¿En qué?
-En una oficina de UNESCO o Cruz Roja, nadie va a averiguar.
-Tienes amigos periodistas, mamá.
-De sociales, no profesionales.

Sandra permaneció callada, con la impresión de que no iba vestida de forma apropiada y dándose cuenta de que su aparente celebridad no le interesaba a nadie.

-Si te piden un discurso, lo das.
-No tengo nada qué decir.
-Exhibe tus medallas.
-Entonces no hablaré mucho.
-Hasta tu hermana era mejor para esto, por Dios.

La joven pensó en aquello. Zooey siempre animaba, quedaba bien, tenía algo qué decir así se tratara de una ridiculez y con el aspecto perfecto conquistaba a todos: era una diva de las fiestas.

-No te apures, Sandra, di lo que consideres necesario y nada más - oyó decir a su padre, mismo que prefería que ella permaneciera como su hija reservada y estudiosa, en vista de que todo le había salido mal con sus hijos mayores. La familia Izbasa invertía fuertes sumas en mantener su imagen de gente honrada pese a los shows mediáticos de Marian y Zooey, mismos que en su mayoría eran de bochorno absoluto.

-¿Te sientes preparada para esta recepción?
-Si, papá ... Supongo.
-Espero que al menos te dejen hablar con tu prometido.

Sandra tragó saliva y releyó la revista, optando por creer que había escuchado mal. En Hammersmith sus compañeras le habían mencionado algo parecido y ella lo había negado, no porque no fuera posible, sino porque la experiencia de Zooey con un marido impuesto le había hecho entender que ella tampoco iba a hacer el esfuerzo de soportar, en su caso, a un hombre viejo.

-Lleyton Eckhart es un caballero centrado, te encantará - mencionó su madre.
-¿Lleyton? Pero ...
-¿Qué ibas a decir?
-Nada.
-Él tiene un brillante futuro, está interesado en que tengas una carrera y esperará el tiempo prudente. Me lo agradecerás.

La chica volteó hacia su padre, mismo que le dirigió una mirada afirmativa, para resignarla.

-Los Eckhart gozan de nuestra confianza; Lleyton es perfecto para ti - remató el hombre y vió a su esposa con complicidad. Sandra no osaba siquiera contestar "no", debido a su tendencia a creer que sus padres no serían capaces de hacerle eso porque ella era diferente, la buena.

-¿Preparada? - inquirió su madre, Sandra asentó.

Cada ocasión que los Izbasa descendían de un vehículo, lo hacían con tal arrogancia que el público curioso olvidaba por segundos que eran los supuestos representantes del pueblo y los aclamaban como celebridades para acribillarlos por la mañana con críticas y sospechas múltiples de uso de dinero público en eventos privados. Consciente de tal circunstancia, Sandra agitaba la mano una vez y agachaba la cabeza ante la pena.

-Te acostumbrarás a la multitud - aseveró su madre - Levanta la cara y haz como si te gustara lo que pasa aquí.

Insegura y por ende titubeante, Sandra giró y sonrió, siendo desconcertada por flashes, que le provocaron la necesidad de cubrirse la cara y entrar corriendo al restaurante al sentirse imposibilitada de soportarlos un minuto más.

-No vuelvas a hacer semejante berrinche, la prensa te está comiendo viva desde ya - sentenció la madre - Lo arreglaremos pero es tu obligación aprender a ser una Izbasa; tu bisabuela de seguro está avergonzada.

Sandra observó a todos lados, con certeza de que le aguardaban más imágenes al ver las caras de los presentes, que aplaudían al contemplarla entrar.

-Bienvenida, campeona del mundo - saludó un presentador poco educado, no obstante la celebración que recibía semejante falta. Ella casi podía experimentar comezón en toda su piel; se preguntó si a eso se referían los que decían de vez en cuando que "tenían urticaria" por cualquier cosa. 

-¿Qué hago? ¿Doy la mano a cada invitado?
-Sólo a los que tengas muy cerca.
-Qué incómodo.
-Disimula.
-Trataré, mamá.

Sandra delataba cierta intención de no continuar caminando y poco después se percató que la gente se fijaba tremendamente en su atuendo. Su blusa blanca ponía en evidencia su inexperiencia y su media coleta le daba el tiro de gracia al revelar su extrema inocencia.

-Gracias a todos por venir - decía a los que estrechaban su mano o asentaba a los que la felicitaban mientras la voz se le distorsionaba y sus ademanes se tornaban torpes. 

-Me impresionó tu performance, tienes un temple admirable - señaló la invitada más pretenciosa. Sandra apenas logró soltarse de su mano.

-Yo... No esperaba... Qué sorpresa, es maravilloso que me dediquen su tiempo... Hay comida y bebida de sobra, sean felices - dijo la chica al pasar al centro del lugar - ¡La orquesta! De seguro la música será agradable ¿por qué no empiezan a tocar? ... ¡Disfruten todo!

Sandra supo que se había equivocado con sólo ver la expresión severa de su madre y la conmiseración de gran parte de la gente que la rodeaba. No transcurrían ni los primeros diez minutos y era el desastre.

-Lo siento, he estado agotada - declaró la chica - Las entrevistas y los fanáticos son importantes para mí.
-No te preocupes, lo entendemos - respondió la invitada pretenciosa. Sandra evitaba en lo posible cubrirse el rostro pero dio la media vuelta hacia un balcón y cerró una puerta tras de sí. Su madre se quedó excusándola e instando a los demás a disfrutar del festejo. La prensa de sociales no sería benévola.

Sin embargo, desde su nuevo lugar, Sandra distaba mucho de sentirse mejor. Por apresurarse, no se había dado cuenta de que no estaba aislada y que la persona a su lado huía de igual manera, pero la reconocía y vacilaba entre ignorarla o ser cortés.

-Tampoco me agrada esta fiesta.
-Regresaré con mis padres.
-Házlo antes de que nos vean o se den cuenta de que me escondí.
-Yo no sé a donde ir.
-Somos dos.
-¿Estás tomando whisky?
-Un trago, nada más.
-Yo desearía no haberte encontrado.
-No voy a casarme contigo, ténlo prometido.
-Menos mal que hay un poco de razón aquí.
-No quiero truncarte la vida, por Dios, esto es estúpido.
-Mis padres me han comprometido contigo y no tengo idea de quien eres.
-Los míos quieren verme como ministro de justicia y no te ofendas pero eres el trampolín.

Sandra miró a la calle con molestia.

-Lleyton, ¿qué vamos a hacer?
-Soy un adulto, hoy dije que no me involucro contigo.
-Gracias.
-Pero nuestros padres insisten; los tuyos aspiran a volverte una futura sucesora en presidencia y los míos están dispuestos a ayudar.
-Se olvidarán de esta locura, yo soy...
-Su mejor hija, eso piensan de ti y por eso buscan tu obediencia.... Al diablo con esto, tu hermana me habría parecido mejor.
-¿Zooey te gusta?
-No pero al menos ella tiene edad para manejarlo.
-¿Yo no?
-Te diré que sucederá si celebramos nuestra boda: te sentirás miserable, odiarás que te toque, me maldecirás y te convertirás en alcohólica.
-El que toma es otro.
-Yo me refugiaría en el trabajo para hacerte poco caso. Estamos predeterminados al fracaso.
-Mi carrera como gimnasta se acabará, mi piel se volverá seca, no podré enamorarme de ningún muchacho, no usaré ropa ajustada, adiós a mis veintes. ¿Qué digo a mis veintes? A mis dieciocho
-¿Te das cuenta de que ésta conversación es un disparate?

Sandra se dio cuenta de que Lleyton estaba en lo cierto y se conformó con mirar el piso de la calle desde su lugar.

-No te asomes, podrías caer.
-En "Hola" dan nuestro matrimonio como un hecho.
-La prensa rosa ha sido muy absurda, me es irritante aparecer como un candidato a ser atrapado por mujeres codiciosas.
-Yo debo leer esa revista, hablan de Zooey a menudo y a veces es la única forma de saber de ella; pero ahora soy yo la que tiene la atención y me asusta.
-Tu padre habla de reelegirse en dos años, supe que te forzarán a formar parte de su imagen pública y que tendrás a varios asesores para ello. 
-¿Y qué hay de ti? ¿Por qué debes estar conmigo?
-Te lo he dicho, para ser ministro más rápido.
-No hablo de eso.
-¿Entonces?
-¿Qué intereses tienen? ¿Nietos?
-En cuánto te gradúes en la universidad. Supe que eres muy inteligente, vas adelantada tres cursos.

Sandra miró a Lleyton y consideró oportuno creerle que no tenía interés en ella y que haría lo posible por evitar un compromiso.

-Házte un favor, enamórate de alguien.
-¿Tú lo has hecho?
-Conocí a una joven.
-¿Ella te quiere?
-Aun no pero es encantadora.
-Me alegra, Lleyton.
-Habrá chicos en la gimnasia que deseen salir contigo.
-No quiero mencionar más palabras sobre gimnasia, se ha vuelto poco agradable.
-¿Puedo saber el motivo? 
-No me agrada que digan que soy excelente. 
-Por algo ganas.
-Olvídalo y ocúpate de evitar que acabemos juntos, yo me las arreglaré para un novio.
-Te suplico que pienses bien lo que haces.
-Me esmero en no equivocarme.
-Tú y yo deberíamos fallar desde ahora.
-Dame un trago.
-Tampoco te apresures.
-Quédate con la chica que te gusta.
-Despreocúpate y ve a conocer a quien quieras.
-¿Si no funciona?
-Siempre hay alguien, despreocúpate. Entra a otro restaurante, ve el fútbol, siempre hay muchachos, funciona.
-Gracias.
-Es verano, diviértete.

Lleyton sonrió y acabó su bebida de un sorbo, pensando en el consejo que acababa de dar. Sandra permaneció observándolo, interrogándose sobre que hubiera pasado con Trankov en Hammersmith de atreverse a hacer algo.

Había sido una tonta.


lunes, 30 de junio de 2014

Las palabras incorrectas


Fotografía cortesía de ELLIE Magazine, edición francesa.


Los periódicos exclamaban ¡Edwin super flying! y la noticia de que Tell no Tales había vencido a Argentina en el partido del día anterior era la constante, especialmente en los elegantes restaurantes de la comunidad pampera de Poitiers. Justo en uno de ellos, Lleyton Eckhart y Maddie Mozer hacían caso omiso de los entusiasmos y revisaban papeles.

-Esto fue lo que pude obtener: constancia de ingreso, circular de tratamiento y sus datos.
-Gracias, Maddie.
-Bérenice fue recibida en urgencias y la doctora Courtney Mansour la operó enseguida porque presentaba una ¿hemorragia? ... Vaya, pensé que sólo estaba enferma.
-Yo también.
-Sus análisis mostraron desnutrición severa, por eso no la dan de alta.
-Pero se veía con tanta energía...
-¡Oh, checa! Aquí dice que vive en Blanchard.
-¿Tiene la dirección completa?
-No, pero al menos la puedes encontrar allá, no es un barrio grande.
-Está rodeado de mafiosos; iré con escolta.
-Suerte, cadáver.
-¿Hay algo más?
-Sí, la registraron como "Bérenice Marinho".
-¿Es una broma?
-Para nada.
-Tendré que preguntar.
-Te van a contestar lo que quieras, claro.
-No te burles.
-¿No te parece excesivo?
-¿Qué?
-Esto. Lleyton, no sólo quieres saber dónde vive, si está disponible o si se aprendería tu nombre. Ahora hasta convences al director del hospital de darle un cuarto especial y encima has vaciado tarjetas de crédito en regalos y en ... No sé.
-Oye, no he gastado dinero que no sea mío.
-Ese no es el punto. Lleyton, no eres un adolescente.
-Por supuesto que no.
-Pero actúas como si tuvieras quince y estuvieras intentando impresionar a una niña rica.
-Maddie, quiero ser atento.
-¿Cuántos años tienes?
-Treinta y seis.
-¿Por qué le dices a los demás que tienes treinta y dos desde que te topaste a Bérenice?

Lleyton Eckhart negó con la cabeza.

-Creí que las mujeres éramos las únicas ridículas - remató Maddie.
-Déjalo así, yo pago la cuenta.

La evasiva del hombre confirmaba las sospechas de Maddie de que algo no andaba bien.

-¿Vas a visitarla?
-¿Hoy? Iré en la tarde, tengo cita en la corte a mediodía.
-¿Quieres que la vea por ti para que termines tus cosas?
-Haz lo que quieras.

Él se levantó sin añadir más y se dirigió a la salida, dejando una tarjeta encargada e indicando que Maddie estaba cubierta.

La mujer no obstante, se hallaba preocupada. Él parecía obsesionado con Bérenice Mukhin o cuando menos, muy interesado; pero no se atrevía ni a hablar con ella y nunca ponía notas aceptando que era el autor de carísimos presentes que quien sabe si le agradarían a una chica que a todas luces parecía vulgar pese a su hermosura.

-Última vez que te soluciono algo, Lleyton - se ordenó Maddie antes de indicar que saldaran la cuenta  y firmara el recibo. En la calle, el servicio de limpia aun recogía los restos de la celebración y los kioscos no se daban abasto para atender a quiénes demandaban periódicos; no obstante, la mujer optó por no hacer fila alguna y tomó un taxi hasta el hospital.

Maddie Mozer pensaba que estaba incurriendo en una gran estupidez. Si a Lleyton Eckhart le gustaba una mujer más joven era perfecto, pero se preguntó por qué había decidido ayudarlo si se suponía que era su ex marido y no debía involucrarse en lo que él hiciera ¿Acaso se habían vuelto amigos?

-Mejor es no saber - se dijo como conclusión y descendió del vehículo una cuadra antes, dispuesta a convencerse de que hacía bien. En la banqueta, había una columna de gente con resaca en espera de consulta y ella no quería figurarse que sucedería si el equipo de fútbol ganaba más partidos.

-¿La doctora Courtney Mansour? - inquirió a la enfermera encargada de repartir las fichas de atención.
-En urgencias, la entrada es por la calle de la derecha ¿tiene cita?
-Vengo de parte de la fiscalía.
-Entonces pase, en un momento la ve.

Maddie entró al nosocomio en medio de las quejas y una rechifla. Dentro, la situación tampoco era amigable.

-¿Courtney Mansour? - preguntó en recepción sin saludar y anteponiendo su credencial de empleada judicial.
-En urgencias.
-¿La paciente Bérenice Marinho?
-Permítame ... Ala tres, en espera del alta médica.
-¿Qué dice?
-La doctora Mansour firmará una salida voluntaria cuando se desocupe.
-Pasaré con la señorita Marinho, ¿podría dar aviso a la doctora Mansour de que firme pasadas las cinco de la tarde? Es un asunto policial.
-Bien, no hay problema.
-Gracias.

Maddie corrió con prisa al elevador y se precipitó a oprimir un botón al tercer piso. Sentía apuro y muchos deseos de avisar a Lleyton que dejara sus actividades y se presentara en el lugar de una vez.

-¡Espera! - gritó al ver a Luiz saliendo de otro ascensor y dirigiéndose a la habitación de Bérenice. El chico volteaba a todos lados para constatar si lo llamaba, suponiendo que la mujer lo conocía de algún lado.

-¿Me podrías decir quién eres?
-¿Quién es usted?
-Disculpa mi pésima educación, soy Maddie Mozer.
-Luiz Marinho.
-¡Qué bien! ¿Ibas a entrar allí?
-Mi chica me está esperando.
-¿Qué llevas en esa mano?
-Sólo traigo ropa.
-Muéstrame.
-¿Por qué?
-¿Es para Bérenice?
-Claro, no toque.
-Enséñame, soy su amiga, te puedo decir si esto le sirve.
-Es un vestido, obviamente lo va a ocupar.
-A ver - Maddie arrebató la bolsa, comprobando que la vestimenta era diminuta - ¿No crees que Bérenice debería ponerse algo más apropiado? ¿Por qué no le trajiste algo más largo? No veo un suéter, ay por Dios ¿éstos son los zapatos?
-¿Sí?
-Ven conmigo, le traeremos un buen atuendo.
-¿Qué dice? Yo ni la conozco.
-Muchacho, te voy a dar una lección de elegancia.

Maddie jaló a Luiz nuevamente al ascensor y le envió un mensaje a Lleyton, ordenándole acudir cuánto antes; éste último contestó que se hallaba en medio de una diligencia y que acabaría a las cuatro.

-Tú y yo iremos de compras - señaló ella centrando de nuevo su atención a Luiz - no me digas que te gusta lo que se pone la chica.
-A mí no me parece mal.
-Bueno, de todas formas te llevaré a conseguirle algo que la hará ver más bonita... Y de paso algo para ti, esa playera podría pasar por un trapo.

Luiz no lograba soltarse de la mano de la mujer y como el asunto de la ropa despertaba su interés, la acompañó a un centro comercial cercano, con tiendas caras y gente a todas luces perteneciente a una clase elevada.

Mientras el chico entraba a una especie de nuevo mundo, Bérenice Mukhin aun disfrutando la comodidad en su habitación de hospital, miraba la repetición del partido Tell no Tales vs. Argentina por tercera vez, tratando de encontrar la respuesta a la inusual determinación de Edwin Bonheur, que ahora disfrutaba de su estrellato y borraba las críticas en su contra de meses atrás. La joven aún sostenía su vientre y se imaginaba qué habría sucedido de poder continuar encinta.

-Ya no hay bebé, no hay nada que me una a ti - susurró ella a la pantalla, recordando que por impulsiva no se había cuidado - Me ahorré que le enseñaras a tu hijo a meter goles - añadió con los ojos más abiertos, como si se contara un chiste del que no podía reírse por ser muy bueno. A menudo, ella dejaba fluir cierta ironía.

-Luiz me quiere. Sé que él te habría simpatizado y nuestro niño habría tenido un mejor papá que tú - terminó con melancolía. La joven miraba con creciente interés la actuación de Edwin y se preguntaba si pasarían el juego más tarde, aprovechando a los fans obsesivos.

-Alguna vez te quise tanto... Me importa que siempre me ames.

Ella se atrevía a comentar tales cosas cuando se sabía sola, sin espías en el espejo. Aquello también la motivó a posar su mirada en los obsequios sin abrir y aproximarse a revisarlos con detenimiento. Sólo por broma se colocó un collar de brillantes y se puso a jugar con un perfume de olor suave. Descubrió unos aretes oscuros que le desagradaron y también halló una caja con "zapatos bonitos" de color verde seco, mismos que se colocó para aparentar ser más alta. Las brochas y los implementos de maquillaje le gustaban más por parecer de cristal y por traer la marca de "Lavinia Watson", que en la dimensión del espejo también era renombrada. Bérenice parecía una niña probándolo todo, pintando sus ojos con una sombra oscura y un rubor durazno que le iba muy bien, hasta que abrió la caja más grande. Un vestido, también en verde seco despertó su curiosidad y abandonó su bata de enferma con tal de portarlo y presumirlo al irse. Cepilló su cabello y tomó una pulsera de cristal negro antes de sentarse a los pies de la cama y cruzar las piernas, a la espera de Luiz y de recibir sus halagos... Pero él no fue quién abrió la puerta apresuradamente, sino un Lleyton Eckhart que había dejado la corte sólo por verla, respondiendo a un impulso de locura en lugar del sentido común. Él no quería toparse a Maddie por la tarde.

-¡Bérenice!
-Señor, qué sorpresa.
-Eh ... Bien yo .... ¿estás sola?

Bérenice sonrió ligeramente.

-Se nota que se equivocó de habitación.
-No ... Quería ... Dejé un juicio botado, vine a hacerte un cuestionario.

Lleyton Eckhart no tenía idea de lo que hacía. Desde el mensaje de Maddie, él sólo había salido corriendo al encuentro de una Bérenice a la que soñaba con visitar cuando durmiera y no así, tan repuesta.

-¿Usted es policía, verdad?
-¿Perteneces a la pandilla Rostova?
-No.
-¿Cuál es su relación con los integrantes de este grupo?
-Algunos eran mis amigos.
-¿Ya no lo son?
-No.
-¿Conoces a Matt Rostov?
-Era mi novio.
-¿Terminaron?
-Así es.
-¿Eres soltera?
-Sí.
-¿Por qué te pusiste el apellido Marinho?
-No es mi nombre ... Entonces eso decía mi brazalete rosa.
-¿No sabes?
-Fue una confusión de seguro.

Bérenice miraba a Eckhart con agrado pero no se daba cuenta de los ojos iluminados que él le mostraba ni su sonrisa espontánea.

-¿De qué te enfermaste?
-De hambre - replicó ella con pesimismo.
-Perdóname.
-Esperaba un bebé.

Lleyton contempló a la chica que luchaba por no tener ojos humedecidos.

-Te ofrezco una disculpa.
-Olvídelo, señor. Ya pasó.
-¿Era de Matt Rostov?

Bérenice se levantó y vio el rostro apanicado de un Eckhart al que le traicionaban los nervios.

-Mi hijo era de alguien más.

Lleyton pensó inmediatamente en Michel Teló, pero Bérenice se concentró nuevamente en el partido.

-Cuando se celebró el festival brasileño...
-Tampoco es de un cantante al que no volveré a ver.
-Bérenice, no quiero saber. Lo siento.

Eckhart lo había echado a perder. Bérenice aumentó el volumen del televisor y tomó asiento en una poltrona.

domingo, 22 de junio de 2014

París, Tell no Tales


Fotografía cortesía de tumblr.com.

Tell no Tales:

Al despertar, Bérenice Mukhin se halló en una habitación repleta de arreglos florales, una poltrona y un televisor. Desde su cama, se preguntaba qué había pasado y cómo había llegado a ese lugar.

-Buenos días, señorita ¿se siente mejor? - le preguntó una enfermera amable.
-¿Qué, yo?
-¿Más tranquila?
-Estoy bien.

La enfermera sonrió y acomodó la almohada de Bérenice.

-Qué bueno, así se repondrá pronto.
-¿Cómo terminé aquí?
-La trasladaron antier a este piso y los obsequios no han dejado de llegar.
-No recuerdo nada.
-Eso es normal, la han sedado mucho.

Bérenice frunció un poco el ceño, preguntándose por qué habían tenido que mantenerla dormida. En sus muñecas veía rozaduras y en una de ellas un brazalete rosa con su nombre. Ella reconocía el "Bérenice" pero cual fuera el apellido, estaba segura de que "Mukhin" no era el escrito.

-¿Luiz? ¿Luiz ha venido a visitarme?
-¿Quién es?
-Es mi novio, tiene el pelo rizado.
-Me parece que lo vi, tenga calma.

La joven suspiró de alivio y se dedicó a ver la pantalla del televisor, a la espera de que terminaran los comerciales. Afuera sólo se percibían las sombras del personal y las cabezas de los visitantes de la sala de espera que parecían buscar algo y avisaban a gritos que había iniciado el segundo tiempo.

-"¿El segundo tiempo de qué?" - se cuestionó Bérenice al momento que una cortinilla publicitaria daba paso a un campo de juego y veía a hombres uniformados de blanco comentando algo.

-Espéreme un momento - comentó la enfermera - ¿Gusta algo?
-¿Cree que mi novio venga hoy?
-Claro que sí, no se desespere.

La joven bajó la mirada mientras la otra mujer salía. No se acababa de cerrar la puerta cuando se escuchó "la chica de esta habitación ya despertó y parece que va a ver el partido", anuncio que provocó la intriga de Bérenice, misma que no tardó en volver a prestar atención a la pantalla y a un locutor sudamericano que decía algo referente al portero del "equipo contrario" que "defendía su meta como un perro rabioso y nadie ha podido salir librado de sus puñetazos que parecen mordidas".

-¿Cómo está la enfermita? - saludaba un enfermero con un carrito de servicio y con él venían otros colegas, dispuestos a cambiar las mantas, entregar una almohada de color amarillo, revisar el suero y hasta dar masaje en los pies a una Bérenice que no captaba que el único interés de aquellos era el juego.

-Me siento mejor.
-Qué bueno ¿quiere comer algo?
-Ahora no.
-¿Le gusta el fútbol?
-Algo ... Mucho, mi novio juega y hace goles.
-¿Y a quién le va? ¿A Argentina o a Tell no Tales?
-¿Qué?
-Es por el juego en la televisión.
-Ah, Tell no Tales.
-Lástima, se perdió el primer tiempo. Edwin Bonheur está parando todo y casi mete gol en un tiro de esquina.

Bérenice Mukhin abrió más los ojos: ¿Edwin Bonheur?

-Y pensar que andábamos pidiendo a Leandro Castaldi de titular - remató el muchacho.
-Cambiaré el canal.
-¡No! ¿Por qué?
-Largo.
-¿Qué, nos va a correr?
-Váyanse.
-Pero la estamos consintiendo.
-¡Lárguense! - gritó ella, desatándosele un nuevo ataque. La chica lanzaba objetos, rompía sus regalos y lloraba sin control, perdiendo de nuevo la noción de todo. Algunos consideraban mandarla a evaluar en psiquiatría.


París

-Carlota, que nadie fuera de mi casa te vea con esa playera - sentenció Romain Haguenauer al ver a la joven Liukin con el jersey de Tell no Tales - Y que tampoco te fotografíen comiendo palitos de pescado con catsup.
-Prometido.
-¿Y qué? ¿Cómo va el partido?
-Siguen empatados a cero.
-¿En qué minuto van?
-En el treinta y cinco del segundo tiempo.

Haguenauer contempló a la familia Liukin concentrada en el sillón y los recordó cinco días antes, cuando el equipo de Tell no Tales había perdido en su debut mundialista contra Inglaterra. La situación actual pintaba a la diplomática igualada y las caras largas amenzaban con durar toda la semana.

-¡Ese árbitro está estúpido! - clamaban todos cuando un tal Diego Paoli, estrella argentina, fingía recibir faltas y el silbante las marcaba. Edwin Bonheur se estiraba para atajar los tiros indirectos y regañaba a sus defensas por descuidados. Era un juego cardíaco.

-"¡Bonheur salva de nuevo su portería"! - gritaban los narradores con frenesí. Carlota se limitaba a tocarse la sien cada vez que Edwin intervenía o despejaba la portería, como si quisiera darle un fuerte dolor de cabeza.

-¿Estás bien? - le preguntó Joubert.
-Estoy nerviosa.
-Todo va a salir bien, es un juego cualquiera.
-¿Cómo pasó con los ingleses?
-Bueno, ese fue un accidente ... ¡Qué demonios pasa con esa defensa!
-¿Ahora me entiendes?
-Creo que sí.
-¡Edwin no va a poder con tantos tiros!

Haguenauer en su distancia apenas mostraba cierto interés mientras sonreía con los gestos de Carlota y terminaba de condimentar un aderezo cuando una todavía menos expectante Tamara se paró a su lado.

-¿Y esa cara, mujer?
-Nos van a comer vivos si Carlota no demuestra algo de "amor a Francia" y bla bla bla.
-No se ha aprendido ni la Marsellesa.
-Andan diciendo que ella solo "adoptó el país" para patinar y lo peor es que casi es verdad.
-Bueno, lo sabíamos de antemano.
-Pero no está bien, lo bueno es que les blues juegan mañana y voy a hacer que ella vea el partido en un bistro o algo, con aquello de que ahora hasta la persiguen los paparazzi....
-Pero dejémosla por hoy, está viendo a un amigo.

Transcurrieron unos pocos instantes cuando el susurro de "Edwin es un héroe" proveniente de Carlota, se perdió en un estallido de alegría brusco y vertiginoso. Tamara comprendió que después de todo, era comprensible unirse a la algarabía.


Tell no Tales:

¡Gol! era el grito generalizado en Tell no Tales cuando Bérenice Mukhin detuvo en seco su reacción histérica y contempló la imagen televisiva de un Edwin Bonheur incrédulo y eufórico que corría por la cancha como si hubiese logrado una hazaña. La mujer entonces se limitó a derramar lágrimas y darse cuenta de que alrededor suyo, había cosas bonitas que nadie le había comprado antes, frascos de perfume y hasta joyería.

-"¿Quién mandó esto? ¿Qué sucedió?" - pensó poco antes de ver sus manos de nuevo, creyendo que encontraría la causa, mientras las sombras de los festejantes se proyectaban en todas partes.

Luiz encontró a Bérenice en el suelo, aparentemente distraída.

-¿Estás bien? - le preguntó.
-Nerviosa.
-¿Cuando despertaste?
-Hace ... Luiz ¿que traes ahí?
-Bérenice, has estado dormida mucho tiempo ¿te sientes bien?
-¿Por qué estuve así?
-Te enojabas mucho y nadie te calmaba.
-¿Cuándo me trajeron para acá?
-Antier; dijeron que te atenderían mejor.
-¿Cuánto tiempo llevo aquí?
-Casi diez días.

Bérenice entonces, volvió a observar alrededor, percatándose de que Luiz traía globos y un peluche en aquel momento, tomándolos en el acto.

-No entiendo qué pasa.
-Te pusiste muy enferma.
-A eso me refiero.
-¡Oh! Tranquila.
-Luiz, siempre me doy cuenta a tiempo ¿por qué ahora no?
-¿De qué?
-¡De mi bebé! ¡Yo quería tener a mi bebé!
-Bérenice.
-¡Ni siquiera le pude avisar a su padre!
-No te enojes.

Ella abrazó a Luiz con las fuerzas que le quedaban, anhelando nunca separarse.

-Yo quería a mi bebé - reiteró poco antes de que un globo rojo se interpusiera y ella alcanzara a presentir que las letras expresaban un mal inglés, que Luiz se había esforzado en conseguirle un obsequio y que lo demás provenía de cualquiera. Exclamaciones de festejo ahora le inundaban los oídos.

martes, 17 de junio de 2014

Regresa conmigo (Segunda parte)




-Bérenice, debemos hablar. Sé que estás despierta.

Con esta frase, Bérenice Mukhin abrió los ojos y observó a Matt Rostov poner una jarra con agua sobre la mesita contigua. Ella tenía la lengua reseca, pero no sed y tampoco muchas ganas de charlar.

-Pasó lo de siempre, el bebé no fue más que un montón de células sin trabajar - inició él.
-No te entiendo, ¿pero era de esperarse, no?
-¿Por qué no me dijiste?
-No me di cuenta.
-¿Era del cantantito ese, verdad?
-No metas a Teló en esto.
-¿De quién pudo ser? Conmigo te cuidabas.
-No te importa.
-Ibas a ingeniártelas para embaucar a tu noviecito "Bob" ¿me equivoco?
-¿Cómo sabes que es Luiz es mi novio?
-¿Por qué no lo niegas?
-Basta Matt, me siento muy mal y quiero descansar.
-Sólo dime algo más - Matt Rostov juntó sus palmas y las llevó a su rostro, cubriendo su nariz y boca un segundo - ¿Era mi hijo?

Bérenice apretó sus labios y giró su mirada al lado opuesto. Con su silencio, sobraban las explicaciones.

-¡Demonios, Bérenice! - gritó él, reprimiendo inmediatamente sus deseos de violentarse - ¿Qué hiciste?
-Vete, por favor.

La joven abrazó una manta y se recostó sobre su perfil izquierdo.

-Por lo menos dime con quién estuviste, nosotros terminamos; ya da igual - suplicó Matt Rostov, pero ella rompió en llanto.

-Hiciste tu trabajo, Matt. Lo demás no te incumbe.
-¿Al menos el responsable se enteró?
-¿Qué parte de "no me di cuenta", no te cabe en la cabeza?
-Bérenice, perdóname.

Ella se aferró más a su posición y sintió como él le acariciaba el cabello para calmar los ánimos un poco más.

-No le cuentes a mi padre.
-Claro que no, mujer.
-Fuera de aquí.
-Yo te habría ayudado.
-Matt, tú y yo sabemos que no iba a pasar algo bueno.
-Siempre te perdono.
-No se trata de eso.
-Bérenice, he pensado mucho estos días sobre nosotros.
-Hemos pasado por esto, detente.
-Sé que solíamos volver; esta vez no.

La joven no se movió, creyendo que si no se le hubiera ocurrido escaparse después del concierto, habría podido engañar a Matt con el bebé y las cosas se hubiesen puesto más difíciles.

-Mejor márchate - concluyó ella. Él entonces se atrevió a sostenerla, pero el rechazo fue tan fuerte, que los gritos de Bérenice se escuchaban por todas partes, ocasionando que Luiz retornara para echar a Matt Rostov de la sala. La doctora del inicio (Courtney Diallo), se apareció por tal escándalo y como no pudo detener el llanto histérico de Bérenice, optó por sedarla.

-Trankov...
-¡Matt Rostov, maldita sea!
-¿Qué está haciendo aquí? La policía le busca y no voy a cubrir su trasero dos veces.
-Hice las preguntas de rutina.
-¡Cuál rutina! - exclamó Luiz - ¡La estabas abrazando y ella te dijo que no!

Matt Rostov bajó la cabeza.

-¿Esto es cierto?.. Trankov ¿qué sucede aquí?
-Atiendo a mi paciente, doctora.
-Usted es un guerrillero, no un médico y no está autorizado para dar atenciones.
-¡No soy Sergei Trankov! ¡Soy Matt Rostov, aquí está mi identificación y mi cédula! ¡Soy cirujano general y lo puede comprobar, soy un profesional! - y dirigiéndose a Luiz, añadió:

-Bérenice parece feliz contigo.

Rostov salió de ahí sumamente avergonzado. Si antes se consideraba imbécil, con Bérenice parecía serlo más. Miró la nueva bata que se había colocado y aceptó que nada tenía que ver allí.

-Doctor - le llamó un niño.
-¿Qué...? ¿Qué pasa?
-Mi mamá no puede respirar bien.
-¿Dónde está?
-Aquí sentada, nadie le hace caso.
-¿Por qué no la llevaron a urgencias?

El pequeño se encogió de hombros.

-Bien, te sigo ¿Tuviste gripe recientemente?
-No, pero mi papá sí.
-Tal vez tu madre se contagió ... ¿Te gusta el estetoscopio?
-¿Me lo presta?
-Te lo regalo. ¿Has pensado ser médico?
-Astronauta.
-También se necesitan doctores en la Luna.
-¿Los médicos son los que ven las tripas?
-Al operar sí.
-Me gusta lo viscoso.
-¿Ella es tu madre?
-Sí.
-Observa y aprende.

La doctora Courtney Diallo distinguió a Matt Rostov en el pasillo, en medio de la inesperada turba que ahora clamaba atención. No iba a entregarlo o reclamarle el incidente porque según las noticias, él era amante de Bérenice Mukhin y ciertos asuntos personales no tendrían porque importar.

Viendo su postura y actitud, Courtney Diallo decidió dar por bueno que aquél hombre era Matt Rostov, no porque lo creyera, sino porque distaba mucho del Sergei Trankov terrorista.