domingo, 20 de diciembre de 2015

Try: Una inesperada presencia (La esperanza)


-"¿'Príncipe Joubert Bessette? ¿Se están burlando o por qué lo van a publicar así?
-Es que el joven no ocupa un rango todavía.
-Se tiene que leer 'Príncipe Joubert de Mónaco', esto es serio y quiero fotos de la entrada de su madre a visitarlo. Ella está por llegar, no quiero errores.
-Falta que nos pida la portada.
-¡Excelente! Dénmela.
-Pero haremos un homenaje a las víctimas.
-Joubert casi muere por estos locos, nadie se va a molestar si lo vuelven mártir.
-No podemos acceder a su petición.
-¿Pero pueden recibir mis cheques cada mes? Arréglenlo.
-No hemos mandado a imprenta, cambiaremos lo que pide.
-Así me gusta, avísenme cuando esté listo, adiós."

Tal era la llamada entre Andrew Bessette y el editor de la revista "Hola", quien a menudo accedía a cualquier capricho con tal de llevar a su bolsillo generosas cantidades y uno que otro favor que cobrar cuando una celebridad lo metía en problemas. Desde hacía dos meses, el general Bessette no escatimaba en gastos para aumentar la popularidad de su hijo y de paso la suya, que disminuía un poco luego de causar escándalo en Hammersmith y aparecer en "Hola" era tan provechoso que hasta en la tragedia ambas partes habían negociado; nada raro en el mundo de los socialités.
Por supuesto, Andrew Bessette se hallaba en el hospital de Saint Denis y sólo necesitaba la llamada que le indicara que podía salir de su escondite.

-Sigue llorando Carlotita, te verás preciosa en las fotos - murmuró después de ver a la jovencita conversando con Trankov, pensando en cómo explotar esa angustia - Mon Charlotte ¿por qué siempre estás con el ánimo perfecto para ahorrarme trabajo? Te haré muy famosa, mon princesse, muy famosa.

A Andrew Bessette le fascinaba ver a cualquier niña de porte elegante y comenzaba a preferir aquellas que le recordasen a Carlota Liukin, así lo molestara Adelina Tuktamysheva cuando se le atravesaba en el camino, diciéndole que "cada vez eres más descarado al tirar tu baba".

-No tengo remedio - siguió él al oír la voz de una tal Córalie que, enterándose en las noticias de que Joubert estaba grave, había acudido a verlo.

-Hola, soy Andrew Bessette ¿tú...?
-Córalie Pokora... ¡Deme su autógrafo por favor!
-Con todo placer.
-Ay, pero... Lo siento ¿Cómo está Joubert?
-Delicado, necesitará transfusiones pero lo declararon estable y Carlota Liukin lo cuida así que estoy tranquilo.
-¿Carlota?
-No me digas ¿viniste a ligarte a mi hijo?
-Él es un amigo.
-Claro y yo soy James Bond.
-Es muy guapo, se parece a usted, suegro.
-El molde original está mejor ¿no crees?
-Ah...
-Te daré lo que quieras si me sigues cuando te diga.
-¿Quién se cree?
-Dinero, joyas, ser una celebridad; eres bonita, puedo ayudarte con Joubert.
-¿De verdad?
-Carlota es aburrida y tú ... Sé obediente, espérame.

La chica desconfiaba un poco pero se quedó en la penumbra mientras el general Bessette contestaba otra llamada y se iba a la sala de espera. Adelina Tuktamysheva se le aparecía junto, con risa cínica.

-Al menos sácale dinero.
-¿Tú quién eres?
-Soy nadie, pero tú eres Córalie y eres muy tonta. A los hombres como Bessette hay que hincharlos de ego y ni sueñes con que te acercará a Joubert a cambio.
-Vete.
-Despierta idiota, te esfumas en este momento o bien, pónte el precio muy alto porque no querrás que se termine y quedarte con el recuerdo de la diversión solamente.
-¿De qué me hablas?
-¿Por qué crees que Andrew te pidió que lo esperes? Tú le resultas una más, no te creas tan especial.
-Adiós.
-Piensa, te dará de todo y aprovéchalo porque las morenas no le gustan... Excepto yo. Además, por algo te quedas aquí y no corres por Joubert.

Córalie pensó en acercarse a la sala de espera con el general Bessette para contradecir a Adelina, pero el tipo se aproximaba a su vez a Carlota Liukin para estrecharle la mano y darle un abrazo mientras le agradecía haber auxiliado a Joubert.

-Fuiste muy valiente - dijo Bessette en voz alta - No alcanzo a agradecerte, Carlota, de verdad gracias por traer a mi hijo.

La joven Liukin no decía cosa alguna, quizás porque se había impresionado con la actuación de un hombre que estaba más ocupado en voltear a la puerta.

-¿Cuándo viene tu familia?
-Mi tío Joachim le llamó a los demás, no sé donde se metió.
-Te acompañaré en lo que vienen por ti ¿quieres algo? - Bessette giró hacia las enfermeras - Tráiganle un abrigo y un chocolate caliente - y volviendo a Carlota - ¿Te gusta con bombones, corazón?
-No se moleste.
-Claro que sí, que te pongan lunetas también.

Las atenciones eran halagadas por los presentes, que comentaban sobre el "acto de heroísmo" de Carlota Liukin al sostener a Joubert hasta la puerta del hospital y su entereza, ignorando deliberadamente que había llegado en ambulancia.

-Necesitas ropa, unos zapatos bonitos, ¿te presto mi teléfono? Llama a tu padre.
-No es necesario, señor Bessette.
-Carlota, entiéndeme, estoy en deuda.

La joven Liukin no atinaba a contestar y dio un sorbo a su chocolate cuando se reflejaron varios flashes y se oyó mucho bullicio. El general Bessette se levantó a prisa y fue donde los periodistas, quienes no eran claros con sus preguntas y apenas se habían detenido en la puerta de madera que separaba la sala de espera de la recepción.

-Baja la cabeza, Sergei - sugirió Carlota al guerrillero cuando este tomó asiento a su lado.
-¿Quién habrá venido?
-No alcanzo a ver... Ay, me tomaron una foto.
-Bien.
-La luz me lastima.
-Empezó el circo.
-Menos te podrás ir.
-No pienso hacerlo.
-Si te reconocen...
-Lutz me tapa.
-¿Por qué habrá tantas cámaras?
-Se supone que Joubert y tú son "famosos".
-A diario publican que me amenazaron de secuestro.
-¿Y es cierto?
-¿Y si el tiroteo fue por mí?
-Prometo averiguarlo, aún así dudo que lo hayan hecho para llamar tu atención o asustarte.

Carlota y Sergei fijaron su vista al frente, omitiendo atender la reacción de un sorprendido Tennant Lutz que se apartaba como si el mar acabara de abrirse. Los flashes eran más intensos cuando dejaron de verse de golpe, ya que la entrada era asegurada para evitar a los curiosos y ciertas exclamaciones de admiración quebrantaban el ambiente trágico alrededor. Carlota sólo giró su cabeza cuando alguien comentó que "a Joubert Bessette lo rodean las hadas".

-¡Dios! Sergei, no te imaginas ...
-¿Qué pasa?
-Conocemos a esa mujer.
-¿Cuál?

Ataviada totalmente de blanco y con una enorme estola del mismo color, una mujer, delgada y preocupada, caminó por la estancia con los ojos humedecidos y el rostro ligeramente inclinado hacia abajo. Su vestido y sus guantes indicaban que venía de alguna fiesta y sus joyas, de diamantes pequeños y muy brillantes le resaltaban. Al pasar junto a Carlota y Trankov, les miró con una sonrisa pequeña y siguió hacia el cristal de la habitación de Joubert, llorando al instante. Andrew Bessette la sostuvo.

-¡Es Alena Makarova! - hizo notar Carlota y el guerrillero eligió el silencio.

-Alena, todo estará bien - señalaba el general Bessette - Lo importante es que atendieron a nuestro hijo a tiempo; Carlota Liukin lo salvó, ¿no quieres saludarla?
-Quiero abrazar a mi niño.
-No se puede todavía, hablaré con el director para que podamos estar cuanto deseemos.
-Andrew ¿por qué ahora? ¡Al fin seríamos una familia!
-No te alteres, estás convaleciente, ven aquí, descansa.
-¿Dónde está Carlota?
-Atrás de ti.
-¡Gracias! ¡Muchas gracias angelito!

Carlota no supo como responder y Trankov la miró de sobra confundido.

-No esperaba a la madre de Joubert.
-Tampoco que fuera ella.
-¿Por qué trabajaba en ese club de hielo?
-Me dio, nos dio una clase, Sergei.
-¿No se supone que está enferma?
-Tenía cáncer, Joubert me contó.

La mujer se levantó de su sitio y se plantó frente a Carlota.

-Hemos vuelto a vernos, señorita Liukin.
-Señora...
-Alena, por favor.
-A Joubert le hará bien que usted le hable.
-Gracias por ayudar a mi hijo y Trankov, gracias por venir.
-Alena, nosotros...
-No digas más, Carlota, dame tu mano, vamos con Joubert.

Carlota Liukin accedió y se colocó de nueva cuenta de frente al cristal, contagiándose de las lágrimas de Alena, quien olvidaba su cansancio y problemas para mantenerse de pie, así sus ojos terminaran entrecerrándose y se quitara los zapatos para no perder de vista al indefenso Joubert.

Por su cuenta, el general Bessette se abstenía de aproximarse a su esposa y en un descuido, retornó con Córalie Pokora, misma que se iba enterando que no le darían el paso con Joubert.

-¡Dijiste que estaría cerca de él! - reprochó.
-No por ahora.
-Entonces no hay trato.
-Como quieras, pero luego no te arrepientas.
-¡Idiota!
-Miau.
-¡Atrás!
-Córalie, me gusta tu piel tostada, tu boca, para ser morena no te digo que no.
-No me toques.
-Oye, mírate y mira a Carlota Liukin ¿crees que los Bessette la cambiaríamos por... bueno, tú? No eres elegante, no tienes personalidad, careces de talento y tu gracia es vulgar.
-Carlota es aburrida.
-Pero refinada y dotada de un aura que la pone por encima de los mortales. Tú aspiras a despertar simpatía pero las virtudes no son lo tuyo.
-Adiós, imbécil.
-¡Hey! No me hagas perseguirte.
-¡Eres asqueroso!
-Caerás.
-Cretino.
-¿No te resistes, verdad?
-Eres muy sexy.
-Vámonos.
-Pero tu esposa...
-Córalie, no hagas preguntas y mantén el secreto.
-¿Me darás lo que me plazca?
-¿Cómo qué?
-Quiero ser modelo.
-Concedido.
-Y joyas, fiestas, un yate...
-Me vas a costar.
-¿Como sé que cumplirás?
-Escucha.

Andrew sacó su celular y contactó nuevamente al editor de "Hola". Córalie en cambio, contempló a Carlota Liukin y dándose cuenta de que no tendría otra oportunidad, decidió acceder a los deseos del general Bessette.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Try: El momento de Sergei Trankov (París, La esperanza)


Belle  semaine et joyeux anniversaire Fabian!

-Cumber ¿qué quieres?
-Sergei, balearon a tu amigo.
-¿Quién y cuando?
-Estamos en el restaurante "I cipollini", acaba de pasar, tu amigo Bessette está grave.
-¿Qué?
-Se lo llevaron al hospital Saint Denis.
-¿Qué pasó?
-Unos tipos se pusieron a disparar a todo mundo pero empezaron con Bessette; estábamos comiendo, Carlota Liukin ...
-¿La hirieron?
-No, pero también fue a que la atendieran.
-¿Estás bien, Cumber?
-Uno de mis hermanos necesita un doctor, lo llevaré a Bércy.
-Iré a Saint Denis, cuídate Cumber.
-No salgas sin tu arma, adiós.

Sergei Trankov saltó del sofá y se plantó enseguida una chaqueta. Lubov sabía que él no volvería en días.

-Joubert está en el hospital.
-¿Cómo crees?
-Hubo un tiroteo, no sé más.
-¡Pobre chico!
-No abras la puerta y espera mi llamada.
-¿Dónde vas?
-A Saint Denis.
-No tardes en darme noticias.
-Nos vemos, Lubov.
-Cuídate, Sergei.

El guerrillero tomó el rostro de su mujer y la besó largamente, sorprendiéndola y conmoviéndola por lo inesperado del gesto. Él se alejó enseguida.

París era prácticamente un desierto en el distrito XIII y los cuerpos de emergencia tenían tomada la ciudad junto con la policía. Sergei intentaba camuflarse con los soldados que iban llegando pero acabó por irse a través de los techos, constatando que el tiroteo aun no terminaba y se aproximaba a Bércy.

-Cumber, corre a Saint Denis - Avisó por celular y luego llamó a Adelina, quién tardó en contestar.

-Sé que no te importa pero inicia el protocolo Magnussen.
-¿Qué cosa?
-Que llames a Thorm Magnussen.
-Ah, ¿qué le digo?
-"Protocolo", sabrá qué hacer.
-¿Todo está bien, amado líder?
-Mientras dure, Thorm será el jefe, a mí no me fastidien.
-¿Qué va a hacer, amado líder?
-Es mi asunto, Adelina.

Sergei terminó la llamada y abandonó el teléfono antes de seguir saltando hacia el norte y toparse con Tennant Lutz, que sacaba su motocicleta de un callejón.

-¡A Saint Denis! - le gritó y el chico aguardó a que descendiera.
-¿Has sabido algo?
-Vamos.

El guerrillero parecía tan serio que Tennant pensó que contenía el enojo. Los alrededores de Saint Denis, de acuerdo a los murmullos de la poca gente que encontraban, era un caos en el que nadie distinguía entre heridos y gente que buscaba informes, mucho tránsito adyacente y ambulancias que no cesaban de llegar. Fue entonces que Sergei se fingió lastimado.

-¿Crees que funcione?
-Lutz, cállate.

Ambos continuaron hasta el hospital y un retén ocasionó que justificaran su arribo.

-Es mi amigo, le dieron un tiro en el estómago, por favor, déjenme pasar, no pudieron admitirlo en Bércy - pretextó Tennant y como Sergei se doblaba, los oficiales les dieron la oportunidad de cruzar.

-Iré con Joubert, tú te vas a buscar a Carlota Liukin y más te vale no echarlo a perder.
-¿Cómo vamos a entrar?
-Pasando de largo.

Trankov estaba enojado y pronto descendió de la motocicleta para mezclarse entre las personas que entraban y salían del hospital. Tennant lo alcanzó como pudo y los dos terminaron en la sala de espera, viendo como a Joubert Bessette lo rodeaba parte del personal en una habitación en la que ningún otro paciente podía estar presente. Ambos alcanzaron a ver a Judy Becaud llorando cerca.

-Sergei ¿qué vas a hacer?
-Dejar que todos se vayan.
-Nos van a descubrir.
-No.

Sergei Trankov se acercó lo que le pareció prudente y Carlota Liukin lo reconoció desde su asiento. Verlo de pie la hizo salir del efecto del sedante.

-Matt...
-Sergei, siempre dime Sergei.

Ella volteó de nuevo hacia Joubert y no tardó en contemplar al guerrillero colándose al cuarto, ocultándose detrás de los médicos y una planta hasta que salieron y la puerta se cerró firmemente. Desde el exterior, cualquiera podía saber que Sergei tomaba asiento y comenzaba su llanto al abrazar a su amigo. Carlota no tardó en colocarse frente al cristal aunque no escuchara ninguna palabra e imaginaba que Sergei se disculpaba por algo. Aquello se volvió cierto minutos después, al leer en los labios de su guerrillero que lamentaba haberla besado y no alejarse a tiempo para evitar lo de Vérlhac. Le confesaba a Joubert de sus momentos con ella en ausencia, de ser su cómplice cuando le pidió ir a Notre Dame para encontrarse con Guillaume y sobretodo, de lo ocurrido en Hammersmith y en el cumpleaños después de la pelea con Bérenice. De todo eso, Sergei se sentía culpable y lamentaba no tener valor para decirlo antes ni tenerlo cuando Joubert despertara. Luego vinieron otras anécdotas que Carlota no alcanzó a entender pero le conmovía que estuvieran juntos, recordando que se conocían desde mucho antes de imaginar que ella entraría en sus vidas.

-¡Lutz, ven acá! - exclamó Sergei al salir y sujetó al muchacho violentamente.

-¿Dónde estabas cuando pasó todo esto?
¡Te dije que cuidaras a mis amigos, idiota!
-Sergei, yo no creí....
-¡Te preparé para evitar peligros y Joubert se va a morir por tu culpa, imbécil!
-¡Sergei, déjalo ya! - intervino Carlota - ¡Tennant estaba salvando a los que se quedaron en "I cipollini"! ¡Los tipos se fueron porque él desarmó a uno de ellos! ¡Déjalo en paz! - Acercándose al guerrillero pronunció - Y nunca, nunca te atrevas a decir que Joubert va a morir ¡Nunca! - Acto seguido, la chica golpeó a Trankov en el rostro y se quedó frente al cristal, llorando por ver a Joubert tan frágil.

-Perdona, Lutz - susurró el guerrillero y eligió estar de pie junto a Carlota.

-No vuelvas a... - Siguió ella.
-Perdón, es que Joubert está muy grave.
-¿Despertará?
-Necesita una transfusión y su padre se negó dos veces.
-¡Por Dios! ¿En qué está pensando?
-No te preocupes, si las cosas empeoran, le donaré lo que tengo.
-¿Por qué Joubert?
-No lo sé.
-¡Siempre sabes algo!
-Hoy no.

Era tan remota la posibilidad de que Sergei Trankov derramara lágrimas alguna vez, que la chica lo abrazó fuertemente y besó su frente para confortarlo.

-Carlota, debemos hablar.
-Me siento muy mal.
-¿Le contarás a Joubert?
-¿Qué?
-Lo que hicimos en el departamento de Cumber, lo que ha pasado entre nosotros, lo tuyo con Guillaume...
-Lo lastimaría mucho, con esto tiene bastante.
-Soy tan cobarde...
-No recordará nada de lo que dijiste cuando despierte.
-¿Fue lo que te ocurrió?
-Sólo me acuerdo de tu voz, de los demás no hay nada.
-Es horrible volver al mundo.
-Joubert estaba junto a mí, toda la sangre me cayó encima.
-Carlota...
-Quiero mucho a Joubert, no lo puedo perder.
-No lo perderemos, no pasará.
-No crees en tus palabras.

La joven volvió a su asiento y estrechó sus patines para distraerse; Tennant le contaría a Sergei que había estado en una pista de hielo antes de ocurrírsele ir a "La maison rouge". El guerrillero se colocó junto a ella.

-Soy amigo de Joubert desde que era niño.
-Él habla de ti.
-¿Bien?
-Eres su mejor amigo.
-Joubert también es así contigo.
-¿De verdad?
-Según él, eres una gran chica.
-Sabemos que no.
-Al menos lo aceptas, brujita.
-No empieces, imbécil.
-No da risa.
-Estoy muy asustada.

Sergei giró para darse cuenta de que Carlota no había cambiado su ropa y la sangre seca también tocaba su rostro, así como su cabello, que parecía tener mechones rojos.

-Pude ser yo.
-No, Sergei.
-Cuando me detuvieron en Moscú, creí que me degollarían, sobretodo porque amenazaste a Putin.
-Me dijo que te llevarían a Cobbs.
-Comentó que llenaría un tarro con mi sangre y te lo enviaría o me desmambraría para luego darme de regalo en tu puerta.
-¿En serio?
-Me salvaste.
-A Joubert, tal vez no.

Sergei enjugó las lágrimas de Carlota y le devolvió el beso en la cabeza antes de apretar su mano.

-Eres un amor imposible.
-A veces no sé que siento por ti.
-¿Me quieres un poco?
-No habría pasado el dos de agosto contigo, solos.
-Perdón por ver Hey Arnold!
-Ja, ja,  la siesta me gustó.
-¿Aun sueñas conmigo?
-Dormir me tranquiliza desde hace días.
-Es un alivio, no te resbalas más frente a mí.
-Si quiero que patines, sólo tengo que pedírtelo.
-He anhelado regresar el tiempo para que se repita el desfile y el día que fuimos con Makarova con tal de que estés conmigo en el hielo o ir al baile.
-Carlota, es tiempo de olvidarme.
-Temía que lo dijeras.
-Házlo por Joubert, porque lo amarás un día y ...
-Siempre serás tú.

Sergei Trankov guardó silencio y miró a la jovencita con una expresión de agrado, aunque ninguno de los dos detenía sus lágrimas. Se incorporaron pasados unos segundos y se situaron frente al cristal que los apartaba de Joubert, habiendo decidido Carlota que el guerrillero permanecería a su lado, sin sospechar que él tenía un equipaje preparado para marcharse a donde ella deseara.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Try: La parte de Judy. (París, La esperanza)

  
Tessa Virtue y Scott Moir / Foto cortesía de tumblr.com

Hospital Saint Denis, medianoche.

Llegó septiembre justo en el minuto que Judy Becaud luchaba por no terminar su embarazo y la enfermera, por no perderle a ella, le sostenía la mano. En la sala de espera, la única persona que se había presentado hasta ese momento era una Carlota Liukin que impactada por verse cubierta de sangre, estaba bajo los efectos de un sedante que la mantenía sentada y con los ojos fijos en Joubert Bessette, que era atendido en el cuarto de al lado después de salir del quirófano. Andrew Bessette no había autorizado la transfusión que el chico requería.

-¿Creen que pueda hablar con la policía?
-La pobre niña apenas puede con su alma porque llegó casi muerta del susto, no ha llamado ni a su casa.
-¿Qué hay de la mujer que venía con ella?
-Tampoco ha venido nadie y eso que espera un bebé; de menos, esa si alcanzó a avisarle al marido.

Las enfermeras comentaban cualquier cosa y una hizo notar que Judy se había maquillado para no delatar un moretón al lado de la boca que nada tenía que ver con los otros que le había provocado el tirador de La maison rouge.

-Otra a la que le pegan, no sé por qué nos sorprende.
-Ay queridas, es que aquí viene a parar cada sufrida.
-Y de ellas vivimos, así que mejor a trabajar, ya veremos que gañán es el que le tocó a esta tonta.

Carlota poco pudo hacer por reaccionar, excepto voltear a ver a Judy, que ya lucía el mencionado golpe y le daba una apariencia de tristeza permanente.

-Va a terminar por no sentir nada - remató otra enfermera cuando Judy gritó desesperada y llorosa, preguntando si su esposo iba en camino.

Horas antes, calle Bruyère, Montmartre.

-Jean, buenos días.

Judy Becaud acababa de despertar y saludaba a su marido normalmente, así este le ignorara y fuera a desayunar solo, sin voltearla a ver. Él llevaba algunos días enojado y cualquier pretexto era bueno para comenzar a gritar o desatar una discusión, así que ella intentó levantarse para al menos servirle el café, pero se sintió tan cansada que no pudo hacerlo. Su presión estaba un poco baja.

-¿Qué, te vas a quedar ahí? - le preguntó Jean pasado el mediodía.
-Perdón, no estoy bien.
-Ah, mira, levántate ¿quieres? ¿No vas a trabajar? ¿Lo hago todo solo...?
-Ya voy, dame un minuto.
-Ojalá estuvieras enferma.
-¿Qué dices?
-¿Por qué no te dio gripe o gastritis? Estás insoportable.
-¡Jean!
-Ah, no me hables porque vas a empezar a llorar con eso de que estás embarazada y a mí ni me interesa.
-No iba a decir nada.
-¿Cuándo te deshaces del problema?
-¿Qué?
- Ningún niño cabe en la casa.
-No me digas eso.
-Oye, acordamos que cero hijos y no vas a criar ese que esperas.
-No estoy de ánimos para pelear contigo.
-No peleamos, nos recordamos las reglas.
-Necesito estar tranquila.
-Iré buscando orfanatos.
-No.
-Judy, en serio, con dar en adopción te irá mejor.
-Es nuestro bebé.
-Tuyo, porque yo paso.
-Pero estamos juntos.
-Querida, o tú o el niño porque no hay espacio para dos, suponiendo que no vayas con tu madre a rogarle que te acepte con todo y regalo.
-No hagas esto.
-Me casé contigo con la condición de no salirme con estas cosas, si no te parece, ahí está la puerta y mandaré tu maleta a donde quieras.

Judy tocó su vientre y las lágrimas le brotaron en automático, incrédula por las palabras de Jean, mismas que se reiteraban y se antojaban más agresivas. Él ahora se metía con el asunto del dinero y le reprochaba ser una egoísta que sabiendo lo perjudicial de un embarazo en sus circunstancias, se negaba a  renunciar y generaba más y más gastos.

-¡Basta, basta! - estalló ella, levantándose - ¡Déjame en paz, si estoy embarazada es por tu culpa!
-¡No tomaste las malditas pastillas!
-¡No se me pegó la gana y tú nunca te cuidaste!
-¿Qué pensaste? ¿"Ya embauqué a este idiota"? ¡Desházte de tu caprichito o ve pensando en que te largas!
-¡No me voy a mudar!
-¡Te me vas a abortar ahorita!
-¡A mi no me truenas los dedos!
-¡Me urge!
-¡Vete al demonio, Jean! ¡Tendré al bebé!
-¡Fuera de mi casa!
-¡Esto ni siquiera es tuyo!
-¡Pero pago la renta con mi dinero!
-¡Ese dinero es mío, yo me mato cocinando para que sigas siendo un inútil!
-¡Tan inútil pero a la hora de pedir regalos y mantenerte era tu "marido adorado"! ¿Ya se te olvidó que te di de tragar cuando te recogí de la calle y que te pagué tus cositas porque llegaste sin nada?
-¡Vivía con mi madre y la dejé por ti!
-No tenías ni trabajo y yo te di uno, hasta te quité lo corriente; yo te hice y te puse las reglas que aceptaste así que lárgate.
-¡Eres un desgraciado!
-Cállate.
-A nadie le importan tus libros, ni siquiera puedes recuperarlos y eres un imbécil ¡No eres quien para cerrarme la boca, no eres nadie! ¡No eres nadie!

Jean respondió jalándole el cabello, cacheteándola y arrojándola violentamente al suelo en varias ocasiones, con toda la intención de hacerle daño al bebé. Luego se marchó.

Cuando Judy se incorporó, anochecía en París. Ella no quería mirarse al espejo, pero se atrevió a alzar la cara, dándose cuenta de que del lado izquierdo tenía una inflamación que se pondría roja y en el resto del cuerpo sentía mucho dolor, como si además, le hubiesen dado una paliza. Convencida de que debía irse, se maquilló para disimular todo, prefiriendo dar una apariencia de afición al color excesivo a la sola insinuación de un golpe y se vistió y peinó aprisa, abandonando su casa antes de que alguien la buscara.

En lugar de pedir ayuda a su madre o denunciar a su marido, Judy caminó largamente hasta el distrito XI, colocándose un enorme suéter cuando vio en sus brazos las primeras huellas de próximos moretones y buscó refugio para no llorar más y lidiar después con ello. Así llegó Judy a "La maison rouge", pidió una mesa exterior y se dedicó a devorar spaghetti, esto hasta ser reconocida por Carlota Liukin y acercarse para seguir dismulando.

Hospital Saint Denis, 2:00 am.

Judy se negaba a rendirse cuando Jean Becaud apareció en la sala de espera, ansioso por recibir la noticia del aborto. Lejos de cumplirse la expectativa, la mujer se calmó al verlo y minutos más tarde sus signos volvieron a la normalidad.

-La tendremos en observación pero el embrión está bien - concluyó el médico que la atendía - Cuidado con el estrés.

Judy asentó y mejor preguntó por el paciente de al lado, Joubert.

-Le indujeron un coma.
-Hace meses, Carlota tuvo uno también.
-Se invirtieron los papeles.
-¡Por lo menos esos dos se quieren, es tan injusto que pasen por esto otra vez!
-Descanse.
-Si mi esposo me quisiera, yo no habría ido a "La maison rouge" ni esperaría a su hijo.
-Descanse, no piense en eso.
-El chico que me iba a matar se compadeció de mí ¿por qué Jean no puede hacerlo?
-No se altere, le pondré un calmante.
-¡No! ¡Vea a mi esposo que ni siquiera se acerca! Él quiere saber que su hijo pudo morir, a mí ya no me quiere.
-Por favor, guarde la cordura.
-¡Jean, no quiero estar sola, haré lo que pidas pero ven, te perdono todo! ¡Jean ven conmigo, no me sueltes nunca!

Carlota Liukin, aun con el efecto de su sedante, giró sus ojos hacia Jean Becaud, que indiferente, se alejó para no oír los ruegos de Judy, que entraba en crisis de nuevo y amenazaba con colapsar de la angustia mientras sus moretones comenzaban a notarse por todo su cuerpo. Nadie volvería a advertir siquiera que un terrorista había sido mucho más sensible con ella y quiénes la veían, tomaban el conveniente atajo de pensar que gritaba por la impresión de un tiroteo sin precedentes.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Try (París, primer cuento de la serie navideña "La esperanza")



"El Hotel de Ville ha inaugurado una pista de hielo al aire libre como novedad para los parisinos y los turistas. Aunque la entrada es libre, los visitantes distinguidos no se han hecho esperar y de manera sorpresiva y para beneplácito de curiosos y admiradores, los primeros han sido la estrella del patinaje artístico internacional Carlota Liukin y el músico de rock y socialité Joubert Bessette.

-'Es muy agradable estar aquí, Joubert y yo hemos venido para convivir con la gente y mantener los patines ocupados'.

Con un despliegue de técnica en piruetas y saltos dobles, Carlota ha maravillado a los presentes y ha dejado claro sus aptitudes para la competencia.

-'Apoyarla es grandioso, Carlota es talentosa, me encanta verla, el hielo le sienta bien'.

Y los rumores sobre una posible renuncia a torneos próximos no han hecho eco esta noche. Los admiradores únicamente esperan ver a Carlota Liukin en el Trophée Éric Bompard en noviembre.

-'Estaré lista, es una promesa'

En el Hotel de Ville ha caído la noche y el glamour del hielo ha brillado doblemente. Carlota Liukin y Joubert Bessette se deslizan con gracia".

-Salimos muy rápido en televisión, creí que el reportaje era mañana - comentó Carlota al verlo en la espera por un lugar en un bistro llamado "I cippolini"  junto a Joubert, quien aun no se acostumbraba a la atención que recibía. No pasó mucho tiempo antes de que un admirador los abordara.

-Mademoiselle Liukin, monsieur Bessette ¿me regalarían un autógrafo?
-Sí, ¿cómo te llamas? - replicó la jovencita.
-Hugo Maizuradze.
-¿Qué?

En aquél instante, Luke Cumberbatch susurraría al oído del fan que no fuera idiota y cambiara su nombre, en vista de que Carlota era amiga de su hermano Anton.

-Hugo Griezmann, perdón.
-Un placer.
-A mi hermanos también les agradan.Él es Cumber y él Maxim.
-Gracias, pasen una linda noche.

Los desconocidos se apartaron y Joubert tuvo la ocurrencia de abandonar la fila en vista de que el restaurante de junto, "La maison rouge" estaba más vacío. Carlota leía el menú y decidió que estaba de ánimos para comer pescado.

-Lo sirven con uvas, eso me gusta.
-Y no esperaremos tanto.
-Gracias, Joubert.

Ambos estaban a punto de tomar una mesa al exterior del local cuando ella reconoció a su tío Joachim que pasaba de largo y a Judy Becaud que comía spaghetti ansiosamente. Llamó a ambos, sólo que Judy sí cambió de sitio.

-¡Hola!
-Qué lindo verlos, creí que cenaría sola.
-Pero estamos juntos.
-Casi termino, lo bueno es que pedí otro plato.
-Joubert y yo ordenamos el atún con ensalada.
-Este restaurante es muy bueno, venía aquí desde chiquita.
-¿Y Jean?
-Jean se quedó en casa, no estaba de ánimos.

Carlota y Judy platicaban un poco mientras el mesero traía sus órdenes y Joubert advertía que Joachim se quedaba por ahí. La velada podía ser como cualquier otra, de no ser porque Viktoriya Maizuradze y Gwendal se encontraban igualmente afuera del bistro de enfrente y desde allí saludaban, alegres por la coincidencia. En algún negocio habían puesto música y se escuchaba por toda la calle, como una fiesta.

-Gwendal pasa mucho tiempo con su novia - comentó Judy, apresurándose a tomar bocado y sonreír después.
-Vika en Hammersmith no se le despegó y la verdad está super linda, es la primera vez que le conozco a Gwendal una chica que sí me cae bien.
-La que trabajaba en Vogue era odiosa.
-Bérenice Mukhin era peor.
-¿Esa quién es?
-Una chica que me cae terrible, sólo eso.
-Gwendal tiene un gusto extraño de vez en cuando.

Joubert escuchaba de lo más entretenido, creyendo que a ellas les gustaba criticar y que era mejor dejarlas. Alrededor, los comensales que reconocían a Carlota comentaban lo bonita que era y Hugo Griezmann con sus hermanos obtenía una mesa también en "I cipollini" lo suficientemente próxima como para que cualquiera creyera que la acompañaban.

-Al parecer no estaremos cenando solos nunca - comentó la joven Liukin discretamente a su chico y tomaba un poco de agua mineral cuando se percibió un sonido que muchos identificaron como pirotecnia.

-No creo que haya sido - añadió Luke Cumberbatch y el tío de Carlota, compartiendo la sospecha, fue donde ella.

-Es muy insistente, vámonos - ordenó Joachim.
-Le haremos caso, señor - contestó Judy y justo terminaba la frase cuando un comensal se levantó y directamente, le disparó a Joubert Bessette en el cuello. Los tiros a los presentes comenzaron enseguida, con agresores que se descubrían entre los transeúntes y otros corrían desde calles aledañas, sin hacer distinciones ni mirar a nadie. En los alrededores, se desataba la estampida.

-¡Joubert! - gritaba Carlota mientras un aparente silencio breve llegaba y su tío la escondía detrás de una mesa caída en vista de que no había otro refugio. Al interior de "I cipollini" se alcanzaba a observar a un hombre armado que buscaba sobrevivientes y en "La Maison Rouge" nadie osaba moverse debido a que el tirador de Joubert, bastante más aterrado, sostenía una kálashnikov y apuntaba al azar sin atreverse a disparar. El tipo, de forma un tanto involuntaria, tenía a una petrificada Judy Becaud como rehén.

-¡Todos cállense o la mato! - insistía y esperaba por su compañero - ¡Maldición, esto era rápido!... ¡No me miren la cara!

Y Judy comenzaba a llorar de sólo ver el cuadro. Hugo, Cumber y Maxim estaban el piso, uno de ellos herido en el brazo y el propio Cumber los cubría como podía; en otro extremo, descubría a Javier y Adrien Liukin ocultándose entre unos cadáveres y Andreas Liukin huía a la estación del metro próxima junto con otros que lograban pasar inadvertidos. Gwendal, que tenía la posibilidad de irse con él, no lo hizo porque Viktoriya sangraba un poco y se había desmayado.

-¡Dile a la niña estúpida esa que cierre la boca o te mato! - sentenció el atacante a Judy.
-Carlota, cálmate, no digas nada.
-¡Díselo en serio!
-¡Carlota, cállate!... No me mates.
-¡Qué te haga caso o te mueres, maldita!
-¡Carlota, cállate! ¿No sabes cerrar tu maldita boca? ¡Cállate, Carlota, eres una maldita urraca!

Joachim tapó la boca de su sobrina, complaciendo al tirador.

-¡Ahora quiero que...! - siguió el tirador.
-Niño, vete - murmuró Judy.
-¡No me hables!
-Si dejas esto ahora, diré que no te conozco, que no eras tú, me creerán, por favor, no me hagas daño.
-¡No me digas nada!

El chico perdió un poco el control, golpeó a Judy en el rostro un par de veces y le colocó su arma en la cabeza.

-¡No!
-¡Te vas a morir, maldita!
-¡Por favor, no!
-¡Cállate loca!
-¡No lo hagas! ¡Estoy embarazada!

El joven la sujetó con fuerza y estuvo a punto de disparar pero su compañero salió de "I cipollini" y la mirada de Judy, tan verde y suplicante, le despertó una pequeña compasión a la que cedió para irse.

-No me siento bien - anunció Judy previo a caer con la mirada extraviada y las personas reaccionaban para llamar a emergencias o a casa. Las sirenas de las asistencias médicas saturaban los oídos en el distrito XI pero un grito espeluznante, rabioso y lleno de dolor y desesperación cubrió a la ciudad de París entera, paralizando a los habitantes cada vez que se repetía.

En el suelo, rodeada de hielo y brillantes, con los ojos llenos de lágrimas cortantes, Carlota Liukin sostenía en su regazo al joven Bessette, que cada vez más palido y débil sostenía su mano con el horror atravesado en su rostro. La ropa de ella, pulcra hasta ese instante, se teñía de rojo y de su cabello escurría el mismo color mientras de sus manos pendía la vida de él, que se negaba a soltarla.

-¡Joubert! - gritaba Carlota, conmoviendo a los testigos incapaces de aproximársele - ¡Joubert! - se angustiaba, intentando acordarse de los primeros auxilios, de cualquier cosa - ¡Joubert! - insistió, paralizando todo, hasta los latidos que volvían una y otra vez en quienes lograban sentirlos - ¡Joubert! - iniciaba y terminaba, perdiendo su propio aliento cada vez, helándose con sus propios cristales, que también acumulaban sangre dándole el aspecto de una fuente -¡Joubert, Joubert! - pronunciaba de forma casi infinita - ¡Joubert! ¡Joubert!

domingo, 15 de noviembre de 2015

Try (París)


Bern, Suiza, 7:00 am

Joubert Bessette había visitado los hospitales de la ciudad y aquello lo llevó hasta la recepción del modesto St. Hope, lugar en el que tenían la consideración de verificar sus registros. Llovía ligero.

-Joubert.
-¡Trankov! ¿Te vería más tarde?
-Olvida lo que haces, regresamos a casa.
-No he comprado el pasaje.
-Tu madre no está aquí.
-¿Cómo supiste?
-Habla con tu padre.

Sergei Trankov miró al otro lado y el chico captó que era en serio.

-¿Mi mamá está muy grave?
-Te veo en la estación en una hora.
-Oye ¿Cómo sigue todo en París?
-Más o menos, no salgo mucho.
-¿Qué hay de Verlhac?
-Nada tuve que ver, lo prometo.
-¿Carlota ha estado bien?
-Más calmada, no te preocupes.

El guerrillero se alejó en cuanto notó que una enfermera caminaba en dirección a Joubert Bessette y enseguida fue a aguardar por el tren, dado que el hangar se hallaba cercano y el mal tiempo arreciaba. Hambriento y en vela, Trankov alcanzaba a sentirse poco menos que hipócrita, dándose cuenta de que sus engaños le caerían sobre la cabeza y serían suficientes para perder a los pocos amigos que le restaban.
Especialmente Joubert le angustiaba porque compartían una historia, porque se involucraba y confiaba más en él que en otra persona e inclusive, era un amigo más importante que Alban Anissina o Jean Becaud.

El dilema de revelarle o no lo que giraba en torno a Carlota Liukin era casi un juego comparado con decir "lo siento, a tu madre le importabas mucho" y quebrarlo para siempre. Ni siquiera Andrew Bessette ahogado en alcohol se atrevía y nadie tomaría la responsabilidad por la noticia, así que Trankov dejaría pasar unos días más.

Las aguas se estaban tranquilizando en París y había que aprovecharlas antes de que se agitaran por cualquier razón.

París, día siguiente, 5:00 pm

Carlota Liukin salía de una práctica y atravesaba el puente de Bércy mientras Guillaume Cizeron caminaba a su lado. A momentos se miraban, cuando los curiosos les solicitaban autógrafos o fotos, pero entre los dos sólo era posible el silencio, evitando cualquier roce, reprimiendo los suspiros.

Al cabo de un rato, ambos tomaban rumbos separados y Guillaume coincidió de frente con Joubert y Trankov, quienes no lo tomaron en cuenta, pero lo alentaban extrañamente a seguirlos. La joven Liukin en cambio, nada advertía y al dar vuelta a la izquierda, observó el reflejo de Trankov, razón que la empujó a retocar su brillo labial y revisar que su cabello no estuviese lleno de estática. El guerrillero, sin embargo, se apartó y ella giró emocionada, siendo sorprendida por un feliz Joubert al que le hacía falta un regalo o un mejor atuendo, pero Carlota acabó por recibirlo con un enorme abrazo y tomándole las manos.

-¡Te extrañé, Joubert!
-¿Cómo estás?
-Cuéntame ¿cómo te fue en Suiza?
-¡Mi madre está en París!
-¡Tienes que ir con ella!
-La veré mañana.
-¡Qué buena noticia, Joubert! Pasen mucho tiempo juntos.
-¿La saludo de tu parte?
-Claro que sí, pero hay que escogerle un detalle.
-¿Qué propones?
-No puede ser cualquier cosa, una pulsera le gustará.
-Podría hacerle una.
-Cómprala.
-Pero estaría mejor darle algo hecho por mí.
-Le obsequiarás algo bonito de alguna tienda.
-Me quiero esforzar.
-Podemos pasar por unos cristales, cerca del Hotel de Ville hay una distribuidora.
-Preferiría tejerla.
-Tengo unos hilos y listones, le diseñaré una especial.
-Sólo pienso en bolitas.
-¡Le pondremos mariposas y flores! ¡O una de lunas y estrellas!
-Se notaría que no se me ocurrió, creo que la haré como pueda.
-Puedo armarla rápido.
-Pero esto es personal.

Carlota cerró la boca y asentó, mirando a Joubert con un poco de sonrojo.

-Sé que quieres ayudar.
-Perdona, me emocioné.
-¿Me compañarías a dársela?
-¡Claro que sí!
-Gracias Carlota, te amo.

Ella se desconcertó pero apretó al chico contra sí, experimentando una suerte de felicidad instantánea que se disipaba ante la imposibilidad de contestar, máxime que Trankov atestiguaba a idéntica distancia que Guillaume con el rostro confuso; no obstante, el abrazo se prolongara lo necesario para que Joubert terminara tocándole el cabello y fuera correspondido con un beso en la mejilla.

-Guillaume, tú y yo sabemos que Carlota eligió - comentó el guerrillero a su distancia, comprobando que ella se iba.
-Desde antes de que hablara con nosotros, ese era el resultado.
-Hasta hace un minuto, pensaba que tu amor era una tontería, pero la dejas marchar, felicitaciones.
-Es increíble que Carlota sienta algo bonito por ti.
-Eres más noble que yo, Guillaume. Lo que sí es increíble es que ustedes terminen así.
-Es un acuerdo que nos hace felices desde el principio.
-¿Cuál es la razón?
-Trankov, eres muy atractivo, ¿te habían dicho?

El guerrillero sonrió y comprendió la situación de Guillaume sin necesidad de explicaciones, al fin y al cabo, no era relevante.

-¿Vamos tras ellos?
-No.
-¿Sientes celos?
-Tampoco.
-Unos pocos de mi parte, gracias por preguntar.
-Oye Guillaume, no te alteres. Ni en mil años me podría enamorar de tu chica.

La risa de Trankov nunca había sido tan sincera, a pesar de que Carlota a menudo lo ponía en aprietos y le provocaba dudas. Viendo a Joubert partir, se dio cuenta de que cada quien iría por su lado.

El camino que Carlota Liukin y Joubert Bessette tomaron, los llevaba a una mercería y a una dulcería que les recordaba Bonbons Carousel y después de hacerse de una dotación de goma de mascar, tomaron asiento en el pasto de un parque vecino al Hotel de Ville. La joven sacaba las cuentas de plástico y los listones para repartirlos y él intentaba imaginarse como unirlos para que la pulsera resultante fuera bonita.

-¡Le haremos a tu mamá una pulsera para el otoño! Hay mucho anaranjado y amarillo, lo matizamos con café oscuro y cuentas doradas - sugirió Carlota cuando descubrió a Joubert combinando verde con morado y cuentas rosadas - o le hacemos una amarilla con rosa y le ponemos flores ¡se verá hermosa!
-¿Qué tiene de malo la mía?
-Que no combina.
-Quiero algo original.
-Déjame elegirte los colores.
-Carlota, perdón, pero dijimos que esto depende de mí.
-Pero no se ve linda.
-Entonces haré una y tú otra
-¡Se me ocurrió darle una de cristal! ¡Tu mamá se verá maravillosamente contenta y hermosa!

Joubert se sintió apreciado y por lapsos, mejor contemplaba a Carlota en lugar de tejer su pulsera. Comúnmente, él se preguntaba por qué se habían encontrado, por qué ella había entrado en su vida y por qué siempre que la tenía en mente, varias melodías nacían en su guitarra o en un theremin que por causa del azar sonaba muy bello cuando ella posaba sus manos y vibraba el aire.

-¡Acabé la primera! ¿No quieres....?
-Dejemos esto un momento, deseo hablar contigo.
-Adelante.
-Es que hemos pasado por muchas cosas.
-Créeme, agradezco que no hayas estado aquí.
-¿Me cuentas?
-Sueño a diario con Verlhac.
-No llores.
-La psicóloga de INSEP dice que si lo platico mucho, lo voy a entender.
-Sergei...
-No fue él, estoy tan segura que tengo la tentación de gritar para que no lo culpen más.
-¿De verdad?
-Cuando testifiqué, tuve que jurar que no sabía pero Sergei me había dicho la verdad ¡Desearía hacer algo por él!

Joubert consoló a Carlota y besó su frente, con certeza de que, a pesar de todo, las cosas entre los dos iban bien.

-Prefiero que me digas qué pasó en Suiza.
-Nada importante.
-Estabas triste.
-Este mes ha sido para olvidar.
-Pero nuestro baile fue bonito.
-Le contaré a mamá.
-Prometo acompañarte a verla.
 
Carlota recargó su cabeza en el hombro de Joubert, como si fuera recíproca. Él no hablaría de sus sueños, razón por la que sus murmullos eran simples y olvidables. Ella pensaba más bien en su propio remordimiento, mismo que compensaba siendo comprensiva y generosa.  

En un mes repleto de paranoia, volver a ver a Joubert era una gran noticia y contar con su cercanía le brindaba a Carlota una seguridad invaluable. El siempre estaba allí, ante cualquier circunstancia y ella se limitaba a darle las gracias, aunque ahora él fuera quien necesitaba de ella y no sabía corresponderle sin pasar por alto sus momentos con Guillaume y con Trankov, inequívocos de una traición imperdonable ya que Joubert confiaba ciegamente en ella.

-¿Quieres patinar en el Hotel de Ville? Han instalado una pista como si estuviéramos en Nueva York.
-Ha de ser hermoso, Joubert.
-Estamos muy cerca.
-Vamos.

Carlota sacó sus botines en medio del arrepentimiento por lo que había hecho en ausencia de él, aunque Joubert tomaba cualquier lagrimilla como si fuera de alegría.

-¡Joubert no te vayas otra vez! - exclamó ella abrazándolo y dándole un beso en los labios - Me hiciste falta, ¡perdón por no llamarte más!

Carlota continuó actuando como si fuera ponerse más contenta y dio los primeros pasos hacia el Hotel de Ville, tomando la mano de Joubert.

Una lluvia de hojas cubrió el camino, el cielo se abrió y el otoño anunció su fugaz paso por París como el final de un ciclo, uno en el que Carlota y Joubert estarían unidos, que su prueba duraría por un tiempo más.