jueves, 7 de enero de 2021

La noche especial (Cuento de la Navidad Ortodoxa e inicio de la temporada diez)


París, Francia. 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo.

-Cariño ¿A dónde vamos? - preguntó Katrina cerca de la medianoche.
-Te dije que iríamos por tu hamburguesa - contestó Maragaglio mientras se vestía luego de darse una ducha. La chica apenas se ponía un suéter.

-¿A esta hora?... ¿Estás bien, corazón?
-Estoy mejor, Katrina.
-Es que te quedaste tan dormido hace rato que creí que ibas a descansar hasta mañana
-El Mckee más cercano está en la Rue d'Échelle.
-Es muy tarde.
-Quiero llevarte.

Maragaglio encontraba cada vez menos resistencia en los labios de su amante y luego de ajustar su abrigo, la observó colocarse un sombrero colorido. Ella no creía que salir fuera una buena idea, pero prefería seguirle la corriente y se permitió tomarle la mano al dejar la habitación. Desde la estancia se escuchaba el interminable llanto de Judy Becaud.

-Corazón, pasemos rápido si quieres.
-No te preocupes, Katrina.
-¿Hablarás con ella?
-No.

Maragaglio guió a la joven hacia la salida y decidieron caminar rumbo a la pirámide del Museo del Louvre, misma que resultaba más lejana de lo que aparentaba en la Rue de la Poinsettia. Nevaba calmadamente pero se podía caminar y Katrina notó que le gustaba que los copos cayeran y se posaran apenas en sus hombros mientras su chamarra le ayudaba a mantener el calor. La sensación de no estar tiritando era nueva para ella, así como la de andar en silencio sin que le molestara. Para ser un sueño, era más que perfecto.

Pero Maragaglio estaba con un ánimo pesimista aunque su rostro no lo demostraba y contaba las veces que había roto su estricta dieta en París. Por supuesto, evadía parte de su realidad con otras preocupaciones como el aumento de sus canas o si pronto sufriría calvicie, a final de cuentas nunca le había ido bien durante los viajes a Francia o no solían presentársele tantas dificultades juntas en otro lugar. La ceguera, lastimar a Katarina, enterarse de golpe sobre su origen, pelear con Carlota además de descubrir su negocio semi ilegal de diamantes y que había dormido con Marat, odiar a Marine y que el Almirante de Flota de la Marina Mundial lo quisiera matar, le habían dado los mejores elementos para contar a cualquiera si llegaba a ser un anciano. Lo increíble era que había dejado pasar las pistas sobre cada drama, como si subestimara a la gente común y corriente o muy en el fondo, hubiera esperado semejante semana tan mala y prefiriera enfrentarla de una vez. Aún no decidía como proceder pero vio a Katrina sonreír, imitándola aunque apenas tuviera ganas, preguntándose si a pesar de las circunstancias, ella disfrutaba de su compañía y llamarlo "cariño" o "corazón" había sido sincero en alguna ocasión. 

-Se ve hermoso - comentó Katrina y él continuó su paso sin agregar un gesto, intentando encontrar el disfrute, aunque todo se viera gris. Maragaglio no deseaba asumir nada durante la velada y al alcanzar el Louvre, se dedicó a besar a la joven mientras mantenía por fin la mente en blanco y el equilibrio firme.

-Maragaglio, no hagas esto... Te pido que pares - se apartó ella.
-¿Te molesto?
-No, cariño, es que te he dicho que mi boca es para mi novio.
-Lo lamento.
-No es así, corazón.
-Tienes razón.
-Me vas a acostumbrar y no quiero.
-Acostum... ¿qué? Jajajaja, Katrina, sabes que no funciona así.
-Eres adictivo.

Ella hablaba con gran seriedad y él retornó a su silencio reflexivo que le hacía parecer un niño regañado ¿Acaso Katrina le halagaba o le recriminaba? ¿Protestaba acaso? Se moría por preguntar pero la mirada lo detenía y ella lo sabía.

-Aun podemos volver y no será extraño que tengamos sexo - mencionó la joven.
-Comamos algo juntos por lo menos.
-No te sientes bien, corazón.
-Te prometí algo en la tarde, déjame cumplirlo.
-Ay, Maragaglio.
-Estoy tranquilo.
-Te siento enojado.
-No tendría ánimos para cenar.

La chica lo miró con lástima pero siguió la ruta hacia un local de la cadena Mckee cuya puerta estaba rodeada de flores muertas. El interior tenía un lindo piso de madera oscura y unas mesas pequeñas con vista a la calle mientras su letrero luminoso rosa anunciaba su servicio de veinticuatro horas y café ilimitado a partir de medianoche y hasta el amanecer. Katrina y Maragaglio agradecían que la calefacción estuviera en uso al marcar en una papeleta las características de su orden. Él quiso aceptar de una vez por todas que el tocino era su mayor debilidad y ella elegía al azar mientras a la encargada le daba risa.

-Carlota Liukin nos vio entrar, cariño.
-No es que interese, Katrina.
-Está con Maurizio.
-A ese imbécil le rompí la ceja por ti, así que tampoco importa.
-Nos están llamando.

Maragaglio suspiró fastidiado y optó por aguardar su orden en el mostrador. Anton Maizuradze, sin embargo, se aproximó para darles gorritos de fiesta y Katrina se colocó el suyo como si estuviera en tregua. 

-Lo único bueno de mi trabajo son las fiestas - mencionó mientras miraba el pastel que Maurizio Leoncavallo iba a partir de un momento a otro.

-¿Son frecuentes?
-No, quizás por eso acepto cuando me prometen ir a una.
-¿Cuál ha sido la mejor, Katrina?
-Él año pasado cumplí dieciocho y mi cliente más fiel me llevó a un club con sus amigos en Fontainebleau así que terminé muy ebria, me enfermé pero hubo destrozos, escapamos sin pagar y me quedé dormida en un sillón que alguien tiró en la calle.
-¿Te divierte recordarlo?
-Fue un buen verano, Maragaglio. Me dieron un pelotazo mientras bailaba y me aventaron champagne.
-Fue una fiesta muy cara.
-Conocí a mi novio ahí.
-¿Qué estaba haciendo?
-Dejó las bebidas con su camión.
-Si un día se porta como idiota, avísame.
-¿Por qué?
-Sólo házlo y lo arreglaré.

Como si recibiera una descarga ligera, Katrina sintió cierto cosquilleo en su columna vertebral y sus rodillas querían arrojarla al piso sin dejarla levantarse. Iba a maldecir al hombre que estaba frente a ella, pero Maragaglio era más atento a buscar lugares distantes de Carlota Liukin y no advertía gran cosa. La joven entendió que podía frenar en ese segundo y se entretuvo mirando la cocina del lugar con la fascinación que el hambre provoca durante una racha en que es posible aplacarla.

-Katrina y Maurizio - pronunció la empleada que los atendía y ambos tomaron sus charolas de plástico con idéntico gesto, aunque a ella la detuvo el tenue reflejo en un cristal rayado. Katrina pudo apreciar a su amante formando una hermosa imagen que amenazaba con atraparla. 

-"¿Quién eres? - se intrigó en silencio y tuvo el tino de voltear hacia su comida para distraerse de nuevo en algo menos problemático.

-¡Ven Katrina, te aparté un asiento! - exclamaba Anton Maizuradze y la chica se adelantó para entrar en el ánimo de la fiesta de inmediato. Alguien le sopló con una serpentina para darle la bienvenida.

-Creí que no vendrían - reprochó Carlota Liukin.
-Te habría encantado y mi trabajo es arruinarte - contestó Maragaglio.
-Éramos felices sin ti.
-Con gusto me voy.
-Gracias.

Maragaglio dio la media vuelta pero Maurizio Leoncavallo no permitió que se fuera, recordando que en ese festejo estarían en paz. A esas alturas, los amigos de Carlota Liukin encontraban parecidos a los que no les habían prestado atención y ahora sabían que Maragaglio y la misma Carlota fácilmente podían ser la misma persona si un día cambiaban lugares.

-Es mi cumpleaños y esfuércence porque no acabe mal - regañó Maurizio y enseguida sonrió para alentar a los demás a abrir sus cajas y comenzar a comer. Katrina de inmediato se fascinó al probar una papa frita con pimienta y Carlota y Maragaglio se miraron confusos al notar que habían escogido los mismos ingredientes para una hamburguesa triple e idéntica bebida de melón.

-¿Cantamos "Feliz Cumpleaños" o no? - consultó Maurizio y el grupo respondió que no pero la pequeña Amy de inmediato sacó un paquetito envuelto en papel verde brillante.

-Gracias por el regalo ¿Me dejan verlo?... ¿Un suéter?
-Carlota me ayudó a escogerlo - dijo la niña.
-Muchas gracias ¿Algo más?
-Tengo una pluma para ti - añadió la joven Liukin.
-La envolviste, te lo agradezco... ¿Cómo sabías lo que quería?
-No tenía idea, sólo se me ocurrió.

Las risitas empezaron a aparecer y al intentar probar su hamburguesa, Katrina no pudo sostenerla, así que la carne y demás ingredientes se le cayeron.

-Me llené las manos de salsa - se rió ella.
-No te preocupes, tengo los dedos llenos de grasa - replicó Maragaglio.
-Manché mi blusa.
-Mañana iremos por otra... ¡Te pusiste roja!
-¡Ay, no!

Todos continuaban con su gran carcajada mientras el restaurante se vaciaba y acaso entraban los empleados del servicio de limpia por generosos vasos de café. Nevaba tan despacio que nadie reparaba en cómo la capa blanca se iba haciendo más espesa en el suelo.

-Una vez mi abuelo me preguntó que quería de cumpleaños y se negó a comprar hamburguesas, entonces Maragaglio me llevó a escondidas al día siguiente - evocó Maurizio.
-Eras un niño de siete años.
-Eres tan viejo.
-¡Siempre me ha llamado "viejo"! Déjame en paz, jajajaja.
-Maragaglio era el primo divertido.
-Era rockero y joven.
-Pero nació Katarina y te volviste aburrido.

Se suscitó un breve silencio y Katrina volvió a ver con detenimiento a Maragaglio.

-Tu hermana necesitaba los cuidados de cualquier bebé y Susanna y yo hicimos lo que se pudo.
-Yo siempre estuve para Katy.
-Pero eras un niño, Mauri. Alguien debía librarte del abuelo.

Todos fingieron que la cena seguía en paz y Katrina levantaba los trozos de carne que podía mientras Anton Maizuradze y David Becaud le enseñaban a rearmar su hamburguesa y le sugerían maneras de agarrarla. Su rostro de primeriza causaba mucha ternura y la mancha de mostaza en su nariz era coqueta, ocasionando que Maragaglio le diera un beso encantador.

-Esto es tan raro - comentó Carlota.
-No le digas a Susanna - solicitó Maurizio Leoncavallo.
-Mi boca no es tan grande.
-Ella es linda.
-¿Susanna o Katrina?
-Katrina.
-¿Por qué Maragaglio y tú no se llevan bien?
-Tenemos diferencias por Katy. Maragaglio siempre fue o intentó ser una clase de papá y ahora quiere seguir mandándonos.
-Yo creí que era mi padre.
-¿Enloqueciste, Carlota?
-Tiene una foto con mi mamá.
-Eso no significa nada y menos ahora que soy tu tío.
-Maragaglio y mi papá van a estar felices, no sabes.
-¿Qué hay de ti?
-¿Le llamaré hermana a Judy alguna vez? 
-No si no te nace.
-Entonces me lleva la cachetada.

Carlota dio el sorbo a su bebida mientras pensaba en que Maragaglio se sentía peor que los demás y había recibido las noticias más atroces. Por lógica limitación por la edad, la joven no comprendía cómo se podía disfrazar la frustración y la rabia con la careta de la seducción. 

La noche era linda y luminosa y los presentes siempre la recordarían cuando quisieran estar solos, por destrozados que estuvieran. 

-No sé comer - admitía Katrina luego de su último intento por sostener algo de pan y preguntar si le darían pastel. Maurizio Leoncavallo admitiría que había conseguido tal postre con un relleno salado y el contraste entre la crema de mantequilla y un tocino pulverizado impulsó numerosas bromas sobre si Carlota podría comerlo en un concurso. Maragaglio admitía ser capaz de retarla.

-Cariño ¿Así se siente estar con una familia? - consultó Katrina.
-Es parecido - dijo Maragaglio.
-¿Celebras así con tus hijos y con tu esposa?
-Son cosas más pequeñas, comida en casa. No creo que entiendan muy bien de qué se trata o tal vez sólo mi hijo mayor.
-¿Te quieren?
-¿Los niños? Aún no tienen edad para odiarme.
-¿Tu esposa te ama?
-Sí.
-¿La amas?
-¿A Susanna? Nunca lo he sabido.
-¿En serio?
-Cuando me di cuenta, no me imaginaba sin ella.
-Es que amas tanto a otra mujer, que cualquiera reventaría de celos.
-Dejé ir a Katarina.
-Corazón ¿lo hiciste?
-Prefiero quedarme sin ella a hacerla gastar su juventud. Y deseo estar contigo antes de volver a casa.
-Maragaglio, no me beses.
-No lo haré.
-Déjame consentirte, cariño, quiero ser yo quien te bese.

Katrina sujetó el rostro de Maragaglio y rozó sus labios apenas, saboreando el peligro de dejarse llevar por ello. Nunca había sentido a un cliente apasionado como él, ni había encontrado a ese hombre con el que le fascinara estar, ni siquiera se había sentido parte de alguien y ahora estaba frente a él, convertido en amante. 

-El martes tomo un vuelo pero estaré de vuelta, mujer.
-Yo veré a mi novio.
-¿Aceptas ir conmigo a Helsinki?
-Cuenta conmigo, corazón.

Ambos se sonrieron y abrazaron antes de reintegrarse a la fiesta y también cooperaron con la diversión y las canciones mientras el tiempo pasaba en cámara lenta. Lo ocurrido era tan íntimo, que Katrina casi lloraba de felicidad. 

jueves, 31 de diciembre de 2020

Los Leoncavallo y los Liukin (Final de temporada)

Créditos de la imagen: Vivre Paris Magazine.

Sábado, 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo. París, Francia.

 -Bien, hice lo que me pidieron. Hablé con su esposa - anunció Marine Lorraine al salir de una cabina telefónica en la Rue de la Poinsettia, a unos pasos del bistro "La belle époque". Courtney Rostov-Diallo, Madice Lison Hubbell y Kleofina Lozko la rodeaban con interés.

-¿Qué te dijo? - preguntó Courtney.
-Que soy una maldita zorra - replicó Marine.
-Ouch, lo siento.
-¿A qué más me van a obligar ustedes tres? Más bien cuatro ¿porque tienen a su amiga en el teléfono, verdad?
-Quizás Eva nos apoya a la distancia.
-Su amiga chismosa no tiene mejores ideas que ustedes.
-¿Qué pasó con esa llamada a Venecia?
-¿Tengo que explicarles todo, Courtney?
-Si Maragaglio no deja en paz a los Liukin, te arrancamos el cabello.
-¿Por qué tengo que hacer esto?
-Porque tú eras cómplice de ese idiota.
-Yo no sé para qué los quería.
-Pero tú los encontraste.

Marine movió los brazos para reforzar que no tenía idea y prefirió asomarse por el ventanal de "La belle époque" para constatar que el personal trabajaba.

-El servicio inicia en unos minutos - dijo el chico que escribía el menú en la pizarra y todas actuaron amablemente, sobretodo Marine, cuya sonrisa fingida tenía cierto aire de sinceridad. 

-Nos siguen, muévanse - hizo notar la mujer de repente.
-¿Qué sucede? - curioseó Kleofina.
-Es Sergei Trankov, lo vi.
-¿Trankov? Qué bueno...
-¡Que camines!
-No lo veo por ninguna parte.
-Está escondido arriba de nosotras. 
 
El grupo se disponía a seguir a Marine cuando sonó una campanita y alguien salió a anunciar que el bistro "La belle époque" estaba listo para recibir a sus comensales. Madice Hubbell creyó que no tenían opción y entró al local mientras tiritaba de frío.

-¿Qué rayos haces? - regañaban las demás.
-Tengo frío y he pasado todo el día despierta desde que nos escapamos de Tell no Tales ¿Puedo comer algo por lo menos? Además, ya estamos aquí ¿O van cambiar el plan?

Courtney se llevó la mano a la cabeza pero tomó una mesa y las demás se ubicaron junto a ella. Un ingenuo mesero se acercó con la carta y les anunció el desayuno del día.

-Tenemos croissants con chocolate, ensalada de frutas, jugos de tomate y naranja y hay sopa de cebolla con pan de la casa.

Las mujeres volvieron a sonreír forzadamente y Madice ordenó un plato de sopa en el acto. Las demás le siguieron la corriente y sólo Marine se quedó en silencio luego de aceptar apenas un café.

-"No debí venir, mi boda es en dos semanas y con este viaje voy a faltar a la charla prematrimonial" - pensó ella mientras notaba la gran foto de Kleofina Lozko al otro lado del ventanal y se preguntaba por qué ninguna le prestaba atención. Luego se acordó de que el día anterior, Courtney y sus amigas la habían raptado para tomar el tren y una de ellas había concretado el agotamiento de sus ahorros para el vuelo más próximo a París. Marine se había dedicado a realizar varias llamadas a sus antiguos contactos en Intelligenza Italiana y había tenido que anunciarle su boda a personas de las que apenas se acordaba para poder llegar ahí, a "La belle époque" y descubrir por qué Maragaglio continuaba siendo un obsesivo de la familia Liukin y de paso, volver a verlo para saber si amaba a un recuerdo o la pasión era abrasadora como a sus veinte años. Alguna vez habían estado juntos en esa ciudad y ella no recordaba ni las calles ni los paseos, pero si el cuerpo de él y cómo la hacía sonreír.

-¡Marine, agacha la cabeza! - dijo de repente Kleofina.
-¿Qué pasa? Perdón, me distraje.
-¿No te habían dicho que Maragaglio estaba en otro lado?
-¿Dónde viene?
-En las escaleras del fondo ¡que no te vea!
-¿Con quién está? No creo que ande solo.
-Alcanzo a ver a una chica de pelo negro.

Marine ocultó su cara y por el reflejo quiso entender la situación. Fue entonces que confundió a aquella chica desconocida con Katarina Leoncavallo y prefería no escuchar de lo que hablaban. Por la forma de tratarse, era evidente que ambos sostenían una aventura.

-Marine ¿todo bien? - consultó Courtney.
-Está con Katarina.
-No hay tiempo de llorar.
-Todo lo que me dijo en Venecia era verdad.
-Olvídate de eso ¿Recuerdas el plan?
-Recuperar el sobre con el ADN y evitar que Sergei Trankov lo vuelva a robar.
-Explícame algo: ¿Por qué investigaste a Maragaglio?
-Él estaba buscando a su padre y se me ocurrió mandarle a hacer un rastreo, Thorm Magnussen lo robó y cuando el Gobierno Mundial lo quiso recuperar, Trankov se apareció y se llevó todo.
-¿Cómo sabían de ese sobre?
-Le pedí el trabajo a un laboratorio secreto pero yo no sabía que el encargado era Magnussen. Era un análisis con las ramificaciones familiares de un banco ruso de muestras.
-¿Un qué?
-Los rusos guardaban ADN de millones de personas, no se cuántas. Sufrieron un problema grave que echó a perder su depósito y lo que cuenta es que tomé una copia del historial de Maragaglio pero Thorm Magnussen escapó de un tren con Trankov y la otra que quedaba.
-¿Qué le pasó a la tuya?
-Cometí un error.
-¿Dónde están tu valiosos papeles, Marine?
-¿Creen que pueda detener a la paquetería exprés?
-¿Tu qué?
-Le envié todo a la esposa de Maragaglio.
-¡Eres una idiota!

No hubo manera de reclamar cuando Maragaglio abandonó el lugar del brazo de su acompañante y Marine no resistió la tentación de verlos a través del cristal. La pareja coqueteaba abiertamente y él hablaba al oído de esa chica antes de darle su tarjeta de crédito y un beso apasionado que la sonrojaba y la hacía sentir muy hermosa. 

-No hagas eso, Maragaglio se daría cuenta de que estás aquí - aconsejó Madice y el grupo siguió quieto al distinguir a Carlota Liukin y Maurizio Leoncavallo abandonando el lugar para irse a Bércy. 

-Courtney ¿todo bien contigo? - continuó Kleofina.
-Descubrí que no siento nada.
-Menos mal.
-Maurizio no es tan guapo.
-Al menos tenemos una mujer consciente aquí - remató la propia Kleofina al cruzarse de brazos y mirar a Marine perdiéndose ante la presencia de Maragaglio

-Esto no va a funcionar - dijo Madice.
-¿Qué harás? - preguntó Courtney.
-Iré por los documentos ¿Alguien imagina en donde pueden estar?
-Sabemos que Trankov se los dió a Maragaglio. Marine ¿en dónde está la habitación de ese tipo? ¡Oye, despierta! ¿Marine? ¿Estás aquí?
-No le insistas, no puede ni hablar.
-¡No vayas, Madice!
-Alguien debe encargarse y no hay plan B.

La joven Madice se levantó para dirigirse a la escalera y por poco lograba su objetivo cuando topó al mismo Maragaglio de frente. Aquél le sonrió y ella fingió que buscaba el tocador, así que un mesero se acercó para auxiliarla. 

-¿A qué rayos regresó? - murmuraban las demás tratando de ocultarse, pero él volvió a retirarse velozmente y no sabían si respirar de alivio o dejar el asunto en paz.

-Sí nos vamos, será mejor para todas - concluyó Marine antes de cubrir su rostro con las manos y sentir una enorme vergüenza por el plan fracasado. Su única esperanza era que él no la hubiera visto y al observarlo contestar su celular, se dio cuenta de que estaba trabajando en algún asunto que lo tenía preocupado.

-Me reconoció - descubrió Marine y él volteó a su distancia, dedicándole un gesto de sorpresa y cansancio, pero no de desprecio.

-Hay que abortar misión, muchas gracias, Marine - reprochó Courtney.
-Perdóname.
-¡No lo veas! 
-¿Nos podemos ir?
-¿Le dejarás el sobre?
-¡Él sabe de nosotras! Perdimos, vámonos.
-¡Por lo menos acaba con tu café! Desperdiciamos demasiado con este viaje.
-Uno que no debimos hacer.
-¡Tu ex novio idiota se está pasando de la raya con una familia! 
-Es su trabajo.
-Comienzo a entender por qué te botó.
-Courtney, tú no sabes de lo que hablas.
-¿Qué hay en el sobre?
-Nada que te importe en realidad.
-Nos hiciste perder el tiempo, Marine.
-¡Ustedes lo perdieron solas! ¿Creías que después de raptarme, las iba a ayudar?

Marine Lorraine se rindió sobre la mesa y Kleofina Lozko colocó una mano sobre su espalda en un intento pequeño de consuelo.

-¿Leíste ese informe de ADN, Marine? - añadió Courtney.
-Todo - respondió aquella con tono pagado.
-¿Maragaglio sabría de qué va el asunto si lo revisara?
-No sabe nada.
-¿Ni un poco?
-No sospecha de los Liukin como su familia.
-No es cierto.
-Maragaglio no imagina ni un poco.
-¿Por qué los buscó?
-Nunca me contó pero el apellido le pareció llamativo y los hallé por él.
-Se va a enterar de todo cuando hable con su esposa.
-¡Yo quiero que este asunto acabe de una maldita vez!

Marine se levantó y salió del lugar sin que nadie le siguiera. Madice alcanzó a sentarse de nuevo y terminar con su plato mientras Kleofina y Courtney se quedaban en silencio.

Desde que inició la tarde, Marine Lorraine se dedicó a caminar por París, a tratar de ubicarse, a dormir en una cama del hotel al que había ido con Maragaglio alguna vez. Encontrarlo le resultaba doloroso, sobretodo porque Katarina estaba con él. De la impresión, no se había dado cuenta de que no era la misma mujer, que ese hombre continuaba viviendo un sueño que consideraba inalcanzable. Pero sus ojos contemplándola en el bistro la hacían feliz. Maragaglio había cambiado su peinado, se notaba más delgado y su voz era más bella. Marine tuvo la certeza de que, si un día volvían a convivir, iba a enamorarse aún más.

-Debo recuperar esos papeles - sentenció luego de unas horas y se levantó deprisa sin avisar a las demás. Aquello se convertía en una prueba de honor y luego de llamar a sus contactos para detener el paquete con destino a Venecia, se fue a la Rue de la Poinsettia con tal de colarse y buscar un sobre grande por cada habitación que existiera. Un taxi llegó a su auxilio a la hora acordada y Courtney tuvo la sensación de que debía correr detrás cuando notó su ausencia.

La vida es una sucesión de momentos específicos el día que se afecta a los demás. Lo único que queda en la memoria es haber ido y venido sin reparar en obstáculos, con el impulso de corregir o de caer, perdiendo las demás escenas sin encontrar un nexo entre ellas. Marine Lorraine había cometido la torpeza de enfurecer después de que Maragaglio se negara a contestar sus llamadas y el sobre con la verdad era su venganza ante él y ante Susanna Maragaglio, que tendría que lidiar con el precio de la revelación. También se había dejado forzar a ir a París para huir de su familia y volverse loca mientras veía a los demás arder y odiarse. Pero con el remordimiento no se juega y al arribar a "La belle époque" a las cinco de las tarde, la mujer supo que debía seguir las indicaciones de Sergei Trankov, mismo que pasaba la jornada en el techo, con su eterna labor de vigía. Él mismo le ayudó a subir por la escalera de servicio hasta el segundo piso y la introdujo al dormitorio de Maragaglio, sin mediar palabra.

-¿Por qué me ayudas? - curioseó, pero él la dejó frente a la cajonera donde descansaba el sobre, así que lo tomó, aunque aquello coincidiera con una escena de pelea en la estancia. Estaba entreabierto, así que ella distinguió a la falsa Katarina intentando persuadir a Maragaglio de no irse a los golpes con su primo Maurizio.

-¡No le vas a faltar al respeto a Katrina, infeliz! - gritaba Maragaglio, Carlota Liukin y sus amigos no sabían donde meterse, el escándalo se escuchaba por todas partes y a Marine le comenzaba el dolor de oídos cuando Judy Becaud salió del baño, descubriendo a la intrusa en el acto.

-¿Quién es usted y que hace aquí?
-Es Marine y trae algo para ti, Judy - Tomó Sergei Trankov la palabra.
-¿Algo mío? ¿Es importante?
-Si ella no te da ese sobre, te enterarás de todos modos. Ella mandó la misma información a Venecia y aunque trató de cancelar la correspondencia, alguien del Correo Exprés llamó a Maragaglio y él dio instrucciones de continuar la entrega. Marine, le das esos documentos ahora a la señora Becaud o en serio, no te dejaré escapar... Por cierto, me alegra que te hayas ido de los servicios de inteligencia, cometes errores de novata.

La joven se paralizó un momento y Judy Becaud agarró los papeles con la intriga sembrada en la cabeza. Marine huyó apenas la otra inició la lectura.

-¡Ay, me están mintiendo, no es cierto! - exclamó Judy al entender qué estaba ante sus ojos. Parecía que iba a desmayarse.

-Trankov ¿qué es esto? ¡Explícame! 
-Un árbol genealógico, cortesía del Gobierno Mundial.
-¿Quién era esa mujer? ¿Por qué tenía esto?
-Judy, ahora sabes la verdad.
-¡No puedo tener tres hermanos!
-Maragaglio no quiere conocer nada.
-¿Cómo lo consiguieron?
-Fui yo.

Judy Becaud se llenó de furia y atravesó la puerta, parando el espectáculo de golpes con una contundente cachetada a Maragaglio y aventando sus análisis al piso.

-¡Deseo que usted se vaya al infierno! - gritó ella.
-¿Por qué entró a mi habitación?
-Porque necesitaba pasar al baño y usted es un animal y un imbécil que está haciendo un carnaval en mi casa desde que llegó ¡Púdrase y lárguese, Maragaglio!
-¿Qué le sucede?
-¡Ojalá se muriera de la vergüenza!

Maurizio Leoncavallo sostuvo a Judy junto a Jean Becaud y Carlota Liukin levantó del suelo los documentos junto a sus amigos, pero a Anton Maizuradze le ganó la curiosidad y al distinguir el nombre de Ricardo Liukin, no evitó mostrarle a su amiga.

-¿Qué es esto? - preguntó Carlota y juntó cuánto papel había, llevándose una de las grandes conmociones de su vida.

-Muérete, Maragaglio - musitó..
-¿Ahora qué hice?
-¡Siempre supiste! ¡Sólo muérete!
-¿A qué te refieres?
-¡No te me vuelvas a acercar!

La chica le entregó a Maragaglio el informe aquel y se alejó llorando. Él no agregó más y como deseó comprender los motivos del rechazo, escudriñó cada página, percatándose de que habían violado su intimidad y Sergei Trankov tenía que ver.

-¿Por qué abrieron esto? ¿Quién les dio permiso de meterse con mis cosas? - reclamó.
-Yo sólo soy el mensajero - señaló Trankov.
-¿Es un montaje?
-¿Qué ganaría con eso?
-¡No puede ser cierto! ¡Ellos no son...! Carlota no.
-Maragaglio, sé que tú no querías enterarte pero Judy Becaud tenía derecho a saber de dónde viene.
-¿Tú le diste el sobre?
-En realidad, fue Marine.
-¿Marine? 
-Ella te mandó investigar y tuviste la suerte de que Thorm Magnussen se dedicara a encontrarte los parentescos.
-Yo no puedo ser... ¿Mi abuelo me odió por esto? 
-Le avergonzaba, tal vez.
-¡Yo soy inocente! No quise saber, no me hacía falta. Yo...

Maragaglio se derrumbó frente a Katrina y Maurizio recogió el desastre faltante, descubriendo que Judy Becaud era hija de Ricardo Liukin y a su vez, este era hermano de Maragaglio. El impacto, sin embargo, era más fuerte, porque de acuerdo al informe, Lía Leoncavallo no sólo era abuela suya; también lo era del mismo Ricardo y de Lorenzo y Gwendal Liukin. Aquello lo volvía a él y a Katarina primos directos de la familia Liukin y Carlota y sus hermanos pasaban a ser su sobrinos. Pero el papel más importante lo dejó estupefacto. Maragaglio siempre había sido el primo bastardo, el indeseable y al mismo tiempo, el obligado a ser el fuerte para soportar el peso de la familia entera. En un segundo, Maurizio Leoncavallo conoció el por qué.

-Tus padres son hermanos.

Maragaglio apenas lo miró.

-¿Cómo se llama ese maldito?
-Maragaglio ¿estás seguro?
-¿Seguirá vivo? Mi madre debió sentirse tan apenada.
-Él es Goran Liukin Jr. y es hijo de la abuela Lía.
-¿Mis padres me abandonaron por eso? ¡El abuelo hizo de mi vida un infierno por su culpa! ¡Me dejaron solo! ¡Me hicieron hermano de un hombre que también me odia!
-¡Maragaglio, cálmate!

Como si volviera a ser un niño, Maurizio Maragaglio mordió sus nudillos y miró alrededor para buscar un sitio en el cuál esconderse, hallando los brazos de Katrina.

-Cariño, llora lo que necesites - dijo ella y aquél le hizo caso por unos minutos, aunque sabía que los demás lo contemplaban desde los otros cuartos.

-Trankov ¿Quién consiguió esta información? No mientas - reaccionó de repente.
-Te he dicho que Marine Lorraine. 
-¿La conoces?
-De vista.
-¿Conocías cada detalle, imbécil?
-Es mi trabajo.
-De acuerdo. Marine me la va a pagar.

Maragaglio se soltó de Katrina con el rostro serio y enseguida, se dedicó a realizar un sinfín de llamadas a Intelligenza Italiana para conocer el siguiente movimiento de Marine Lorraine. Los nombres de sus acompañantes de viaje, su última cuenta saldada, el número de la habitación donde se hospedaba en París y la fecha y lugar de su boda salieron a relucir, así como detalles de su prometido, la etiqueta de su vestido de novia y su itinerario prematrimonial.

-Así que tengo dos semanas.
-Cariño ¿qué estás pensando?
-Katrina, nunca me preguntes algo cuando esté enfadado.

Maragaglio se notaba lleno de ira y enseguida se comunicó a casa, enterándose en el acto que su esposa había recibido la correspondencia de parte de Marine pero también había conversado con ella. Susanna Maragaglio se oía destrozada y aquello acabó con la paciencia que ese hombre se había esforzado por guardar. 

viernes, 25 de diciembre de 2020

Las pestes también se van: El cuento de Navidad

Venecia, Italia. 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo.

Cerca de la medianoche y luego de tomar dos dosis de antiviral, Ricardo Liukin empezó a sentirse mejor. Su asiento en el hospital de San Marco Della Pietà no era tan incómodo como había creído al principio y no decidía entre irse o aguardar al amanecer luego de informarse sobre su hijo Tennant, internado en el sexto piso; su novia Maeva, que descansaba en el quinto nivel y Katarina Leoncavallo, aún delicada en Terapia Intensiva. A su lado se encontraba Miguel, mismo que comenzaba su propia experiencia con una congestión nasal fuerte.

-No entiendo cómo puede escurrir tanto moco - se quejaba el joven.
-De eso se trata estar enfermo - replicó Ricardo.
-Estoy muy cansado ¿Es normal que me molesten los ojos?
-Miguel, todo tiene sentido.
-¿Así se siente estar muy mal? 
-¿Tomaste la medicina?
-Creo que necesito más.

Ricardo respiró profundamente y recargó su cabeza en la pared. Poco después, un médico de guardia le envió a casa y aunque no deseaba irse, accedió para poder descansar y aislarse. Dejando sus datos para que lo pusieran al tanto de cualquier acontecimiento, el hombre notó que no tenía forma de volver al barrio Cannaregio y que el cercano hotel Messner era utilizado para hospedar a los pacientes moderados. Una enfermera le entregó un par de formas para que le dejaran pasar.

-¿Quién va a pagar la estancia, señorita?
-A los pacientes los cubre el seguro de viajero si son turistas.
-Soy residente extranjero.
-Creo que le harán cubrir la cuenta.
-¿Por qué no me sorprende? Así son las cosas ¿Cuánto le debo al hospital?
-Nada, señor.
-¿En serio?
-¿El chico es buzo, no?
-¿Conocen a Miguel?
-Él tiene servicio médico como prestación laboral y su familia también.
-Miguel va a matarme.

Ricardo Liukin palideció más y se cruzó de brazos luego de firmar su salida y pensar de nuevo que había traicionado a su hijo. Por su cuenta, Miguel intercambiaba sus prescripciones médicas y cualquiera que le veía le deseaba que se recuperara pronto. Como los buzos eran muy queridos, el joven recibió una cajita con cubrebocas y le colocaron uno que le hacía ver la cara más amigable. Luego se acercó a su padre para emprender camino.

-¿Por qué vienes tapado?
-Me han dicho que así no contagiaré a nadie, papá.
-Creo que te haré caso.
-Toma, son bonitos.
-¿Qué dices, Miguel? Cubrirse el rostro no es agradable.
-Yuko a veces lo hace.
-En su cultura ha de ser normal.
-No parece mala idea con los enfermos.
-Me urge dormir, vamos.

El señor Liukin hablaba de mal humor y salió a la calle mirando al suelo, caminando como si los pies le pesaran. Alcanzó a ponerse su abrigo gris cuando una llovizna inició, notando que ni siquiera había llamado a casa para saber si su hijo Andreas estaba con Adrien o Yuko había adquirido suficientes víveres. Tampoco imaginaba las noticias y le sorprendió ver una pantalla afuera de una farmacia en la que los empleados de una estación de góndolas se iban enterando de las restricciones al transporte a iniciar inmediatamente. 

-Parece grave - dijo Miguel.
-Vamos a descansar y luego pensamos en cómo volver a casa - replicó Ricardo. El hotel Messner estaba detrás de una puerta de madera vieja y apenas estaba señalizado, aunque por el servicio que daba esa noche, había un médico a la entrada que iba ubicando a los enfermos con ayuda del recepcionista.

-Ciao, nos enviaron del hospital para acá - inició Miguel.
-¿Puedo ver sus prescripciones?
-Claro, mi padre se las da.
-¿Eres buzo, ragazzo? Qué suerte, te atenderán primero en cualquier emergencia... Te daremos una habitación para dos personas y por favor, no salgas una vez que entres. Le recomiendo a los dos que tomen una ducha y cámbiense de ropa, nosotros nos encargaremos del resto ¿Han comido algo?
-No que recuerde.
-Veremos qué hacer, tomen la llave de esta bandeja y mañana alguien los evaluará.
-Grazie molto.
-Buona notte.

Miguel le dio una pequeña palmada a Ricardo y se ocupó de guiarlo por la escalera hasta un cuarto pequeño en un nivel que aún no estaba lleno. La ventana daba hacia una piscina y luego de cerrar, ambos notaron que afuera alguien limpiaba el pasillo.

-Oye, Miguel, haré lo que nos pidieron de bañarnos. Regreso en unos minutos - anunció Ricardo al notar una bata de enfermo sobre una de las camas y saber que abandonar su ropa no era opcional, aunque lo disfrazaran de lo contrario. A esa hora, su sentido del olfato había vuelto y se precipitó a encerrarse en la regadera, prácticamente agradecido de que su hijo no pudiera notar que sucedía algo extraño. El olor de Katarina Leoncavallo estaba impregnado en su camisa, en sus pantalones, cubría su cabello y se concentraba en su pecho con bastante fuerza. Miguel también había llevado parte de ese hermoso aroma algunas veces y en casa se reconocía fácilmente.

Mientras se duchaba, Ricardo pensó mucho en lo sucedido en Lido con aquella mujer y le era complicado de creer con su belleza, lo apasionada que había demostrado ser, lo desinhibida y alegre a cada minuto. Nunca se imaginó rebasar su límite moral de esa forma y se redescubrió como egoísta y traicionero. Nunca más podría juzgar a Maragaglio ni a nadie sin la sensación de haber cometido un acto más ruin aunque ¿cómo lo sabrían los demás? Si no le contaba a nadie, entre Katarina y él existiría un secreto. Un secreto con la mujer que más le había atraído en la vida.

Ricardo Liukin tenía que recuperar el sentido a pesar de todo y recordó que Miguel merecía estar libre de engaños. Katarina después de todo no era confiable y su confidencia sobre Maragaglio en París evidenciaba más su inestabilidad. Partirse en dos, como hombre y como padre era hipócrita pero asumir alguno de los papeles era pertinente debido a las consecuencias y el abrazo que su hijo adoptivo seguramente necesitaría si su novia cumplía su parte del trato y se alejaba de él.

Al volver con Miguel, Ricardo se quedó callado un largo rato y se colocó en una cama, a la espera de la cena. El muchacho estaba más que cansado e impresionaba su manera de gastar pañuelos.

-Nunca me había enfermado, papá - confesó Miguel.
-¿Seguro? 
-No sabía que era un dolor de cabeza.
-Alguna vez te iba a pasar.
-¿Quieres que le llame a Carlota?
-¿Traes celular?
-No te encontraba desde ayer.
-Tuve unas cosas que hacer.
-Gracias por ayudar a Katy.
-No me agradezcas, Miguel.
-No sé por qué no me dijo que se sentía mal.
-Fue de repente, la escuché cuando comentó que no respiraba bien y tuve que llamar a la ambulancia.
-¿No te habían avisado en el hospital?

Por un momento, Ricardo Liukin creyó que su mentira sería descubierta.

-Katarina te estaba buscando, Miguel. Yo le sugerí por teléfono que consiguiera un médico pero la oí mal y preferí ayudarla. Ella dio mi referencia porque bueno, oíste al tal Gatell, nadie en su familia contestó por ella.
-Gracias, papá.

Miguel limpió su nariz de nuevo, molesto por su enrojecimiento y porque sus ojos lloraban de repente. 

-Todo estará bien mientras no tengas fiebre.
-Papá, esto es muy loco pero creo que estoy feliz de que enfermáramos juntos.
-¿Por qué?
-No te tienes que preocupar por los demás hoy.
-Al contrario, Miguel. Hoy debo angustiarme, no sé que han hecho tus hermanos en todo el día y tampoco he llamado a París para que Carlota me cuente otra de sus aventuras.
-Hablé con Andreas en el hospital.
-¿Él está bien?
-Tuvo que salirse pero creo que no se contagió.
- Me tranquilizaría mucho eso.
-Yuko se quedó con Adrien.
-Voy a comenzar a apanicarme. Miguel, no te comprometas con hijos.
-Jajaja, no es tan malo.
-¿Que no? Intenta pagar las cuentas de ropa, comida y cosas que no son tuyas y luego me dices. Además, no puedes confiar en nadie para cuidar de los niños, ni siquiera en tu sombra 
-¿Somos tan malos?

Ricardo empezó a reírse.

-Son una plaga, Miguel ¿Sabes que empecé a rezar por culpa de Andreas? Y tú saliste igual, así que suplico porque no se les ocurra ahogarse mientras trabajan.
-No soy surfista.
-Con ser aprendiz de buzo, basta... Me preocupa el futuro de Tennant, tiene talento pero no es listo y ni hablemos de Carlota porque me asusto el doble.
-¿Por?
-¡Le gustan los tipos tatuados y con motocicleta! 
-No es cierto.
-Marat, Joubert y Trankov tienen pintadas cosas y tu hermana cree que no me di cuenta.
-¿Por qué es malo un rayón en el cuerpo?
-Si ella se hace uno, me mato... Es que le gustan esos tipos un poco malos y mientras ella los ve lindos, yo identifico a Sal Mineo peleando en una película.
-¿A quién?
-Soy viejo, Miguel. He hecho tantas locuras en mi vida que apenas me doy cuenta de lo aterradoras que son cuando veo a todos ustedes crecer.
-Siempre dices que eras un rufián.
-Me divertía con las camisetas mojadas en las fiestas ¿Crees que me gustan ahora?
-Sí.
-Pero odiaría que ustedes... Lo odiaría.

Miguel guardó silencio para intentar entender qué le sucedía a su padre.

-El abuelo me regañó sin descanso, me decía "eso no se hace" y siempre le respondí que yo era joven. No hubo día que no me llamara estúpido y no entendí hasta que me dediqué a cuidar de mis hijos. Fui irrespetuoso, definitivamente lastimé personas y sigo tomando decisiones que lamento mucho.

Ricardo se había sumergido en la melancolía y le asustaba dejar de sentirse culpable pero entre más vueltas daba su cabeza, más gratitud encontraba en la evocación de los besos de Katarina Leoncavallo.

-Quiero preguntar algo.
-Adelante, Miguel.
-¿Por qué odias a Maragaglio? 
-¿Qué tiene que ver?
-¿Te recuerda a ti?
-Cuando yo tenía veinte años.
-Lo veo claro.
-Él se niega a envejecer y respeto eso; es sólo que crecí antes y de pronto no sé, me molesta su inmadurez. 

Miguel se rió y pese a sentir que dormía, se metió a la ducha. En tanto, Ricardo resolvía envolverse en las sábanas que tenía y se dio cuenta de que llevaba un largo rato abrazando la almohada, anhelando no estar solo mientras contemplaba como una tímida nevada y una noche estrellada se combinaban con las sirenas y las alarmas de emergencia, revelando una epidemia atroz. 

Venecia vivía horas tristes y afuera, la gente que se esforzaba para mantenerla de pie no podía cuantificar cuánto daño sería hecho. Mientras la escena de los ataúdes se preparaba para revelarse al amanecer, la incertidumbre quedaba cautiva en cada rostro y rincón con gestos de enfermedad o de vida y la encrucijada de continuar o extraviar algo en el camino. Para Ricardo Liukin la pérdida era un asunto de confesiones que no haría y notó que sus pugnas personales con Maragaglio y Miguel eran sus nuevas derrotas, aunque le fuera indiferente aquél resultado al recibir la llamada del hospital San Marco Della Pietà y discretamente la contestara para que su hijo no la advirtiera. Las buenas nuevas eran que Maeva descansaba bajo observación constante, la fiebre de Tennant había bajado y Katarina Leoncavallo se había animado a probar bocado a pesar de seguir grave. Pero sólo de ella preguntó los detalles, recibiendo a cambio un comentario de lo hermosa que se veía en batón y de su pequeña sonrisa al cerrar los ojos. Ricardo quiso creer de inmediato que la joven estaba pensando en él y supo que le preguntaría apenas tuviera la oportunidad o ella quisiera hablarle. El asunto estaba trabado entre ambos y en privado, no iba a actuar como si no se hubieran deseado mutuamente.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Las pestes también se van (La recuperación)

Venecia, Italia. 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo.

Una vez confirmada la noticia de su embarazo, el estado de salud de Juulia Töivonen se restableció lo suficiente para que Alessandro Gatell decidiera trasladarla a una habitación regular al anochecer. La joven reaccionó muy feliz y observó como la Unidad de Terapia Intensiva parecía tener una hora de paz.

-¿Cómo que no hay camas en el segundo piso? - preguntaba Gatell con molestia.
-Estamos adaptando los cuartos y en algunos hemos metido cinco o seis pacientes - le decía la Jefa de Admisiones.
-Tengo una paciente embarazada ¿dónde la van a meter?
-En el quinto piso estamos juntando a las mujeres. 
-Búsquele un sitio que no esté lleno, por favor.
-No es la única enferma que está en esa condición.
-¿Alguna otra llegó a Terapia Intensiva? Dele una habitación que no esté llena.

Gatell se había enojado, aunque a Juulia le parecía gracioso que pronto la sacaran de ahí por su mejora récord. El aislamiento seis volvería a ser exclusivo de Katarina Leoncavallo con su fantasmagórico aspecto de los labios invisibles y su siesta que evocaba a un cadáver fresco. Después de llorar sin calmarse, las enfermeras la habían sedado ligeramente y Gatell no había podido hacer nada por contradecirlas. La chica tenía todas las señales de hallarse triste.

-No me despediré de ella - señaló Juulia.
-No se preocupe, Katarina necesita dormir - añadió el doctor.
-La forzaron a hacerlo.
-Ha sido un día agotador.
-Si no amáramos al mismo hombre, seríamos buenas amigas. Ella es todo corazón ¿sabe? Cada semana le pinta una tarjeta a sus padres para decirle que los quiere y lo hace con mucho empeño y colores lindos.
-¿Katarina es cariñosa?
-La gente le tiene miedo porque es muy bonita. Supe que los jueces han querido darle medallas de oro todo el tiempo y no lo hacen porque las federaciones dan muchos donativos y tienen patrocinadores muy fuertes que prefieren sostener lobby por otras patinadoras ¿Sabe cuántas empresas no contratan a Katy porque es demasiado bella? 
-Estoy seguro de que ella está consciente.
-Doctor Gatell, sé que a usted no le impresiona Katarina. 
-Le ayudo.
-¿Podría saber por qué?
-Le resultará llamativo, pero no lo sé.

Juulia no añadió más, quedándose en la espera por irse de una sala que hacía tanto que se le había vuelto cálida. Luego miró a su compañera como si aquella fuera de cristal y no quería verla haciéndose añicos. Fue entonces cuando Gatell, recordando los recados, la interrumpió abruptamente.

-¡Juulia! Casi olvido decirle que Maurizio Leoncavallo ha llamado para saber cómo está.
-¡Qué buena noticia! ¿Sabe algo más sobre él?
-Se irá a Helsinki y volverá a París por dos semanas más pero prometió estar al pendiente ¿Sabe que esta tarde se ha puesto a Venecia en cuarentena? Por eso él no la verá tan pronto.
-No tenía manera de enterarme.
-Es cierto, una disculpa. Maurizio ha estado al teléfono tres veces. Le deseé un feliz cumpleaños por usted.
-¿Le ha anunciado el embarazo?
-Considero prudente reservar la sorpresa. Usted podrá decirle.
-¿No me harán más análisis?
-No se preocupe, Juulia, cuando suba a piso le ordenarán lo que sea necesario.
-Muchas gracias.
-Me alegra ayudar.

Gatell sonrió detrás de su cubrebocas y luego de terminar sus anotaciones, revisó de nuevo a Katarina Leoncavallo, notando que su oxigenación presentaba un mejor nivel, el sudor intenso había cedido un poco e incluso, su fiebre, si bien seguía presente, era menos alarmante.

-Parece que responde bien. Si mañana se repone más, habrá que llevarla a otra habitación - dijo el médico, ansioso por preguntarle a Katarina cómo se sentía. Juulia Töivonen volteó a verla como si quisiera celebrar y luego de comprobar que dormiría más tiempo, se dedicó a esperar por su propio destino.

Eran las veinte horas cuando los cambios terminaron en la sala de Terapia Intensiva y Alessandro Gatell finalmente abandonó su puesto para descansar un poco. El caos en el hospital continuaba, pero las calles se encontraban solas. La Polizia, los buzos nocturnos, los veladores del vaporetti, los panaderos y los técnicos de mantenimiento de la ciudad laboraban como cualquier otro día mientras se preguntaban si los alcanzaría el contagio. En las noticias, se anunciaba a Italia entera que la situación era grave y que la región del Véneto no recibiría visitantes. Los funcionarios públicos declaraban desordenadamente sobre el asunto y la alcaldesa de Venecia resultaba ser una paciente más en una pequeña clínica de Santa Croce. Tal y como un boletín de emergencia anticipaba, los turistas neoyorkinos abarrotaban los hospitales de Cannaregio y San Polo y las enfermeras realizaban demasiadas preguntas, enterándose de pacientes que se sentían mal antes de tomar sus vacaciones. El enojo también se contagia y Katarina Leoncavallo despertó al oír de un par de personas que habían estado en Skate America y en una pizzería de nombre East Village buscando a la patinadora Michelle Kwan, pero en su lugar, se habían encontrado con ella. En San Polo se hallaban las personas que la habían infectado y claro que quería saber sus rostros para vengarse. En esos instantes y por una idea de alguien, se hacían "cadenas de contactos", así que la habían hallado y pronto, supo que un hombre llamado Thomas Schiavone había mencionado su nombre también.

-¿Usted se encontró primero con los turistas o con el señor Schiavone? - preguntó el enfermero que notó que Katarina oía al personal en lugar de saludar.
-Patiné y comí pizza antes de encontrarme... con Tommy - respondió ella de mala gana.
-¿Acudió a alguna fiesta, señorita? 
-A un concierto... en el bar Coney Island y al banquete de clausura... de Skate America.
-¿Antes o después de la pizzería?
-El concierto fue el mismo día de esa pizza horrible... El banquete fue el domingo por la tarde.
-¿Cuándo estuvo con el señor Schiavone?
-¿Importa? 
-Es para el informe epidemiológico. Me mandaron a hacer esto.
-Fui al concierto y por la pizza antes de patinar... A Tommy lo conocí después, cuando salí de competir ¿Algo más?
-¿Tuvo contacto con otras personas?
-Díganle a Sasha Cohen que si se siente mal, es mi culpa y por eso voy a morir feliz.

El enfermero empezó a reírse y olvidó hacer su cuestionario completo, aunque Katarina pensó mucho en qué quizás Maragaglio sufriría de influenza y tal vez era un justo karma luego de abandonarla en París. Quedarse desnuda frente a él y ser rechazada le entristecía todavía y comprobó que la hacía llorar. Era mejor quedarse en silencio al respecto y luego pensó que Ricardo Liukin era víctima suya.

-¡Ay, por Dios! ¡Va a matarme! - exclamó y notó que tenía energía para levantarse, aunque poca. 

-Gatell va a saltar de alegría cuando le diga - señaló alguien y luego, un empleado llegó con varias charolas para los enfermos que pudieran alimentarse. Aquél se negó a acercarse a Katarina, dejando a otro muchacho a cargo. Ambos evitaban mirarla.

-Estoy a dieta, no puedo tocar el pan ¡Es horrible! ¡Carlota Liukin come grasa y patina mejor que yo y es tan delgada! - refunfuñaba la chica para después sentir que se ahogaba y regresaba al berrinche pasada la pequeña crisis.

-Haré el esfuerzo por el pollo - declaró sin saber si su cuerpo mandaba la señal de estar hambriento o no. Los demás pacientes intentaban ignorarla y ella vio su reflejo en un vaso de agua, notando que la influenza parecía hablarle de frente con su pretensión de provocarle dolor. Katarina Leoncavallo solía dialogar con sus enfermedades, como si deseara conocer qué buscaban además de matarla. Pero supo que estaba invadida por un virus que no tenía aquella intención. Simplemente, la había detenido para que pensara, aunque empleara el más escandaloso medio posible.

-¿Qué quieres de mí? - curioseó ella, sin saber si alucinaba y dando el bocado a una pechuga. La influenza le concedía el poder de sostener su tenedor sin problemas.

-¡Me dijiste que estabas enamorada de Maurizio! ¡Vaya montón de mentiras! - le declaraba el virus.
-¡Amo a ese hombre! ¿Por qué lo dudas desde que empezamos? - replicó Katarina en silencio.
-¡Porque te vi con Ricardo Liukin! Si estuvieras enamorada, jamás te habrías acostado con él.
-¿Qué te importa?
-¿Lo hiciste porque estás enojada?
-¡Claro que no!
-¿Lo ves? 
-¿Veo qué?
-¿Ricardo te gusta? 
-Demasiada locura por hoy.
-Mírame de frente.
-¡Ni siquiera eres un ser vivo!
-Pero soy tu consciencia mientras te infecte, querida.

Cuando Katarina terminó con esa parte, notó que su ración de pollo no existía más y tenía en la mano media pieza de pan.

-Anda, me volveré parte de tus defensas y no podré ser tu amiga de nuevo. Dime ¿te gusta Ricardo?

Katarina lo pensó un poco.

-Me encanta - confesó.
-¿Desde antes del sexo?
-No me había dado cuenta.
-¿Qué vas a hacer, Katarina?
-Miguel también es muy guapo.
-Dormiste con su padre.
-Los Liukin van a matarme.
-Crees a menudo que lo harán.
-Cierto.
-¿Sabes que golpear tu cuerpo fue muy difícil? Tuve que aprovechar tu descuido con Maragaglio.
-¿Cuánto tiempo esperaste desde Nueva York? 
-Me repliqué en Tommy.
-Se lo merece.
-Quieres volver a encontrártelo.
-Eso también.
-¿Hueles? Es crema de maíz y no nos sirvieron.
-No tengo olfato.
-¿Desde hace cuánto no la comes?
-Maragaglio cocina una que está muy rica pero tiene mucha grasa. Renuncié para caber en mis vestidos.
-La pizza no fue light.
-¡Cállate, virus!
-Desde que te conozco, piensas más en Maragaglio que en otras personas.
-Es que siempre me apoya.
-Sí, claro.

Katarina no sabía que tan hambrienta se encontraba hasta que notó que le habían mandado una barra de chocolate. Los trabajadores de radiología la habían colocado al interior de su bandeja y contaban con la complicidad del cocinero del hospital.

-Espero que sepas esconder eso - continuó la extraña presentación con la influenza.
-Me lo comeré, trae almendras.
-Oye, Katarina, estoy en tu mente ¿Puedo saber por qué odias a Carlota Liukin? 
-¿Porque me quitó la atención de mi hermano? 
-Lo que tienes es envidia.
-Qué sorpresa.
-Pero si te agrada Ricardo, tienes que aguantarla.
-No me voy a quedar con él.
-¿Sientes que Carlota es mejor que tú?
-Ricardo y Miguel son mejores que toda mi familia. Pero ella es odiosa.
-¿Hipócrita?
-Lo dijiste tú, yo no.
-¿Es por el tal Marat, Katarina?
-¿No tienes nada qué hacer como tirarme al colchón? Eres una influenza muy metiche.
-¿Esta crisis es por él?
-Maragaglio y Marat me tienen así ¿contenta?

Katarina se recostó de nuevo y notó que llevaba dos semanas enteras sin pensar en Maurizio, dos semanas sin amarlo como antes. Pensó que en Mónaco y en París se había angustiado por nada; que su dilema de "infidelidad" a su hermano era en realidad el inicio de su desamor ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Por qué había querido entregarse a Maragaglio? ¿Por qué Tommy Gunn era tan excitante? ¿Por qué Marat le lucía tan perfecto y detestaba no tener la oportunidad de cautivarlo? Porque Maurizio era el hombre equivocado.

-No te aferres - le aconsejó su virus de pronto.
-Tengo miedo.
-¿De qué, Katarina?
-Cuando salga de aquí, no voy a querer estar con mi hermanito.
-¿Y eso qué?
-¡Lo amo!
-No es cierto, tú quieres a otro. 
-Marat no me va a hacer caso.
-Tampoco interesa. Es más ¿qué te asusta? ¿El sexo? ¿No es lo que deseas ahora? 
-¿Cuál es el punto?
-Katarina, tu Maurizio no es tan encantador ¿Sabes de qué más te has dado cuenta? De que si te gusta un tipo, no tienes ningún problema en llevarlo a la cama y luego botarlo.
-No le haría eso a Ricardo Liukin.
-¿Por qué no te emparejaste con él?
-Por tonta.
-Mejor olvídalo y corta con su hijo.
-Van a asesinarme.
-Deja de decirlo... O llama al tal Tommy y diviértete.
-No creo verlo de nuevo.
-Sabrás donde encontrarlo.
-Según el enfermero, él está aquí.
-Entonces salgamos de esta sala.
-Virus, estás loca.
-Tal vez me necesitabas para sincerarte contigo misma.

Katarina se quedó dormida al poco tiempo y cuando el personal retiró su bandeja vacía, los dos encargados no se contuvieron de contemplarla un largo rato. La chica, contrario a su apabullante voz interna, aún continuaba muy enferma y frágil, como si le bastara una corriente de aire frío para morir. La influenza, por supuesto, no era su amiga. Pero la sensualidad de Katarina Leoncavallo apareció de nuevo, ajustando su sudado batón de enferma a su cintura, revelando parte de sus muslos, resaltando su busto, descubriendo la forma de cada parte de su cuerpo. No era una belleza que invitara a tocarla. Era una belleza extrema, apabullante, una que asustaba de tan perfecta y que intimidaba, a la vez que admiraba, a los cobardes y a los ordinarios. Y la enfermedad, en lugar de arrebatársela, se ocupaba de golpearla mientras cumplía su función de volverla más atractiva. La naturaleza, que había amado intensamente al abuelo Leoncavallo, odiaba con todas sus fuerzas a Katarina por heredar la hermosura de ese hombre, pero no era tiempo de cobrarle la cuenta. Con hacerla sufrir y azotarla, aún bastaba.

jueves, 10 de diciembre de 2020

El cumpleaños de Maurizio Leoncavallo

Lily Collins en "Emily in Paris"

París, Francia. Sábado, 16 de noviembre de 2002.

La "Gran Gala del Patinaje Artístico" en el Trofeo Éric Bompard Cachemire inició al mediodía y terminó a las dos de la tarde. Con ello, Carlota Liukin tendría tiempo libre y había planeado celebrar el cumpleaños de su entrenador en un restaurante de hamburguesas. Quien se había entusiasmado con la idea era Katrina y no se despegaba con la intención de que le extendieran la invitación, aunque todos sabían que iría de cualquier forma a aquella cena. Como Maragaglio no estaba, la joven paseaba por el Pont Neuf con un bolso rojo bajo el brazo y un celular de color gris que no podía dejar de usar.

-A alguien no le va a gustar cuando reciba la cuenta - rió Maurizio Leoncavallo cuando se atrevió a acercarse. Ella apartó el aparato de su oreja y le dirigió su cara sonriente como parte de su respuesta.

-Es un regalo, cariño. 
-¿Quién pagará tus llamadas?
-¿Tú quien crees?
-La esposa de Maragaglio lo va a matar.
-No lo ha acuchillado en veinticinco años.
-¿Te contó?
-No hay nada que no sepa, corazón.
-Katrina ¿no crees que haces mal?
-Si tienes un problema, háblalo con tu primo.

Katrina iba a adelantarse cuando su teléfono sonó y no tardó en responder, reanudando sus risitas presumidas con alguien que sin duda, estaba igual de feliz que ella y también ansiaba curiosear con el regalo de un cliente generoso.

-Me compró una bolsa de piel y un perfume caro ¡También me dio dinero para conseguirme ropa y me llevó a un salón de belleza! ¡Me siento como Julia Roberts, cariño! - seguía la chica y Maurizio miró alrededor, constatando que Carlota Liukin no llevaba la mano a su cabeza a pesar de su creciente vergüenza, Judy Becaud pasaba saliva y Marat Safin curioseaba con la actitud de ambas mientras el resto del séquito parecía más interesado en Levan Reviya que, por cuestiones de familiarización con Amy, se les había unido y no decía media palabra.

-¡No me voy a poner un vestido escotado, mi amor! ¡Me vestiré de amarillo como tanto te gusta! - revelaba Katrina y así supo Maurizio Leoncavallo que aquella mujer llevaba un buen tiempo contándole sus aventuras a su novio camionero, mismo que hablaba en futuro sobre el día que podía ir a verla y de lo que recibiría por transportar mariscos desde Marsella. 

-¿Sabes que me invitaron a McKee? Nunca he comido una hamburguesa y estoy nerviosa ¡Cuando regreses, podemos ir también! - remataba la emocionada chica y los demás recordaron que habían olvidado quien era ella. Katrina nada tenía y conocer a Maragaglio era el equivalente a ganar un modesto premio de la lotería o celebrar la llegada de un fugaz dinero extra. Cada que Carlota Liukin y sus amigos hablaban de una patineta o un videojuego, para aquella era apenas imaginarse la experiencia de usarlos y eso explicaba porque había abrazado con fuerza un kit con productos de aseo personal que la misma Carlota había recibido de regalo en el Trofeo Bompard y por el que no tenía intención de quedarse. Quizás, era por ello que Anton Maizuradze y David Becaud compartían sus galletas, bufandas y tonterías con la simpática prostituta de Les Marais y le celebraban su celular a la menor oportunidad.

-Yo te invito la cena ¿Te parece? - mencionó Maurizio Leoncavallo cuando Katrina terminó su larga charla.

-Gracias, pero Maragaglio me cubre.
-¿Te dio su tarjeta de crédito?
-La que le dio el Gobierno Mundial. Dime si no es bonita ¡es negra! 
-Wow, con eso puedes entrar a dónde quieras.
-Me iban correr de una tienda y como se la enseñé al gerente, salí con esta bolsa linda.
-¿Por qué no nos dijiste? Te habríamos defendido.
-Debiste ver la cara de ese señor tan feo cuando le dije que quería esta cosita roja del mostrador
-¿En dónde la vas a usar?
-No lo sé, la guardaré, pero ¿dónde?
-¿Estás pensando en eso? 
-¡Ya sé! ¡Se la encargaré a la señora Becaud! Ella me la cuidaría y me dejaría abrazar y besar mi bolsa de vez en cuando.

Judy eligió el silencio y Carlota le preguntó discretamente si haría algo así. La respuesta quedó pendiente.

-Jajaja, es un gran plan - prosiguió Maurizio.
-Es que si lo llevo al trabajo o a mi hotel, me lo robarán
-¿En dónde vives, Katrina?
-En el Leopard.
-No he oído de él.
-Es un lugar barato y no hay luz.
-¿Estás sola ahí?
-Vivo con otras dos compañeras. Me prestan una cobija naranja que está muy vieja y aunque me la ponga, me da mucho frío.
-Podrías aprovechar para conseguir una mejor.
-No puedo tener cosas bonitas.
-Pero te han dado un teléfono.
-No te preocupes, Maragaglio no tendrá facturas que cubrir.

Maurizio Leoncavallo no agregó más y como ironía, revisó sus propias llamadas, sin obtener novedad.

-¿Estás preocupado, cariño?
-No, Katrina.
-Maragaglio me contó ¿Cómo sigue tu hermana?
-¿Cuánto habla mi primo sobre Katarina?
-Poco.
-¿Mientes?
-No, Maurizio.
-No te creo.
-¿Ella sigue mal?
-No sólo Katy.

Katrina no quiso prolongar la plática y se dedicó a jugar con su celular cuando el grupo paró cerca de Notre Dame. Ilê de la Cité era el sitio preferido de Carlota Liukin para descansar y luego de hallar un asiento para Judy Becaud, el grupo se ocupó de mirar hacia el Quai de Montebello. Todos querían volver a casa antes de la celebración pero disfrutaban del calor que siguió a una mañana tan fría.

-Te pareces a mi hermana - confesó Maurizio estar pensando y Katrina fingió que no le hacía caso al revisar su bolso. 

-Mi padre vino hoy a verme y a reprocharme por Katarina otra vez. Siempre lo hace ¿sabes? Me acusa de algo que no puedo controlar.

La joven volteó a verlo apenas.

-No te escuché, cariño.
-Da igual.
-Qué bueno que no te importa.
-Mi familia cree que espero la oportunidad para seducir a mi hermana.
-Maragaglio dice que Katarina te quiere.
-Está enamorada de mí.
-Ella no está tan loca.
-Maragaglio la idealiza mucho, por eso lo niega.
-Él la conoce mejor que nadie.
-Ese idiota no tiene idea de lo que pasa entre Katarina y yo.
-Tú eres el que no sabe lo que existe entre Katarina y Maragaglio.
-El imbécil la mandó a vigilar en Nueva York.
-Maurizio, sigue engañándote solo.

Katrina al fin guardó su celular y recargó sus brazos sobre la pequeña muralla de roca que rodeaba ese corredor.

-Perdóname.
-No te preocupes, corazón.
-Me he sentido muy tenso hoy.
-Se nota.
-Estoy preocupado, es todo. Terminé una relación que duró mucho tiempo, mi hermana se enfermó, mi novia también está en el hospital, mi padre cree que soy un pervertido y mi tío Enzo me ahoga poniéndome a elegir trajes.
-Qué tragedia, es lo peor que a alguien le puede pasar.
-¿Qué dices?
-Oye, después de que Maragaglio se vaya, yo regreso a la mierda en Les Marais. Voy a tener hambre, me dará frío, pasarán días antes de que tenga tiempo de darme una ducha y mi padrote buscará robarme cada billete que gane ¿Sabes de cuántos policías me debo cuidar y a cuántos asquerosos tengo que complacer? Si no tuviera algo que perder, no me importaría terminar muerta en el río ¿Tú qué sabes de problemas? Tu madre no te prostituyó ni te vendió con un traficante a cambio de una dosis de heroína.

Maurizio Leoncavallo enmudeció y contempló a Katrina llevando su teléfono a la oreja izquierda para charlar con Maragaglio sobre lo que harían esa noche. Ella decía que aún no sabía qué ropa conseguir y preguntaba si tenía algún límite de gastos. 

Durante esos minutos, Maurizio creyó entender por qué la joven le gustaba a su primo. Era tan similar a Susanna Maragaglio en la forma de caminar y con su tono de voz divertido y calmo. Pero también podía ser empalagosa como Katarina, miraba como ella y olían similar, sin contar con que el rostro tenía algunos razgos familiares de los Leoncavallo, aunque Katrina nada tenía que ver con ellos. 

-Bueno, me quedaré con este top y estos jeans ¡Maragaglio me va a acompañar de compras mañana! - celebraba ella al colgar y entonces, sus ojos se cruzaron con el brazo de Maurizio, que exhibía marcas que conocía bien.

-Mi última dosis fue hace dos meses. Intento dejarla, Katrina - expresó él.
-¿Te la inyectas para no sufrir o sólo eres un idiota?
-Maragaglio me sacó de un problema con la Agencia Antidopaje y este año recaí.
-No eres frecuente, se nota.
-Me volví adicto en Moscú. Tuve una novia, se llamaba Jyri, consumíamos juntos y conocí a cada dealer de la ciudad. Casi pierdo mi carrera por esto, mis padres pagaron mis deudas. Si mi hermana no me hace su entrenador, yo no habría podido controlarme.
-¿Por qué me cuentas tu vida?
-Katrina ¿Has sentido una atracción tan inadecuada, que buscas olvidarla como sea?
-¿Con quién quieres estar?
-Tengo una novia nueva, sólo mi padre y mi tío lo saben.
-¿A qué quieres llegar? 
-Acuéstate conmigo esta tarde. Maragaglio no está.

Katrina se imaginó de inmediato frente a Maurizio, tocándolo y consolándolo, sin comprender por qué se sentía desnuda aunque estuvieran en la calle. La escena no le agradó y acabó golpeando al hombre con su bolso, dejando a los demás desconcertados sobre la escena y con la palabra en la boca.

-Maragaglio ¿ya vienes? - preguntó Katrina cuando aquél le contestó la llamada y se apartó para narrarle todo, sin parar de llorar.