Venecia, Italia. Sábado 23 de noviembre de 2002.
Entre Katarina Leoncavallo y Marco Antonioni hubo una noche de bodas linda y en la mañana, un nuevo ataque de risa los asaltó mientras hacían el amor, prometiéndose esperar a ser dados de alta para repetir esa clase de intimidad en un entorno más privado. Afuera, una enfermera y el doctor Pelletier les esperaban.
-Tenemos que regresar con Juulia y Tennant - recordó Katarina.
-Si pudiéramos quedarnos, te daría el doble de besos.
-Ay, Marco, no me hagas quebrar mis votos y pedirle al doctor unas horas extra.
-Uy, más tiempo para nosotros.
-Nos tiene que dar la medicina... Esto de dormir juntos se siente tan bien.
-Mejor que todo.
-Acabemos pronto para que nos revisen.
Aunque se tomarían treinta minutos más, los dos no se rehusaron a seguir las instrucciones de Pelletier al salir de la habitación nupcial, que en realidad sólo era el depósito de escobas con unas sábanas y almohadas colocadas sobre un catre de algún residente. A Katarina sin embargo, le era adorable y más cómodo que su cama en la habitación regular y le sonrojaba saber que los pacientes no necesitaban un chisme para adivinar qué había pasado después de la ceremonia.
-Nos tienen envidia - aseguró Marco y ella caminó más tranquila por el pasillo.
-Buenos días, Katy. Hola, Marco - saludó el doctor Pelletier.
-Me gustaría que me dijera "señora Antonioni".
-De acuerdo, señora Antonioni. Debo hacer unas preguntas.
Katarina sonrió y respiró profundamente, aunque la cánula nasal le lastimaba.
-¿Algunos de los dos tuvo fiebre durante la noche?
-No - contestó la pareja al unísono.
-¿Náuseas, mareo... El corazón agitado?
Marco Antonioni tomó con cierto humor la pregunta.
-Nadie tuvo eso - replicó.
-¿Sudoración, hormigueo?
-Quizás un poco de sudor, pero no parábamos de convivir como... ¡No sé si voy a resistir hasta que nos vayamos!
El chico tomó a Katarina por la cintura y ambos se miraron como si estuvieran planeando algo. El doctor Pelletier no sabía si volverse estricto o compartir el entusiasmo, pero tenía claro que recibirían un par de inyecciones con antiviral y se aseguraría de que dedicaran a dormir y descansar, cosa que no habían hecho desde que los había puesto juntos.
-Marco, hay que discutir lo de la sudoración y los triglicéridos - recordó Pelletier en voz baja cuando el chico volvió a andar de la mano de Katarina.
-¿Necesitas otro electrocardiograma?
-Y una radiografía por lo de tu escoliosis.
-¿Las cosas no van bien, verdad?
-Marco, estás bajo tratamiento, enfoquémonos en ello. También está pendiente revisar tu oxigenación.
-Me siento mejor.
-Pero aún tienes neumonía... No sé qué tipo de influenza sea esta, pero todos andan como si estuvieran sanos.
Al regresar a su habitación, Katarina y Marco retomaron sus respectivos lugares y luego de su revisión de signos vitales, su medicación y degustar el desayuno, ambos resolvieron descansar y dejar que los demás continuaran con su ambiente festivo. A pesar de las recaídas, muchos pacientes iban recuperándose y a Tennant Lutz y Juulia Töivonen les dió por carcajear una vez que comprobaron que sus vecinos no se despertaban ni a gritos.
-¡Estoy roja como tomate, no puede ser! - decía Juulia.
-Igual yo.
-Oye, Tennant ¿Tú crees que la hayan pasado bien anoche?
-Huele a que sí.
-¡No digas eso!
-Tú preguntaste.
-Pero no por los olores.
-Hablo de lo que capta mi nariz ¿Qué más puedo hacer? ¿O prefieres que imagine?
-Mejor eso.
-Katarina la paso excelente.
-¿Ella te gusta?
-No has visto sus curvas.
-¡Creí que ella había exagerado cuando dijo que te golpearía! ¡Te lo mereces, Tennant!
-La primera vez fue accidental y después me disculpé.
-Lo bueno es que a mí no me puedes observar.
-Es diferente, estás embarazada.
-¿Me tienes consideración por eso?
-Me caes bien, así que tampoco te molestaré. En realidad, no soy curioso y creo que estoy quedando como un patán.
-Poquito, sí.
-Perdón.
-¿No has disculpado a Katarina por dormir con tu papá, verdad?
-Le soy leal a Ricardo y no entiendo por qué pasó. Quizás le pregunte alguna vez, pero con que Miguel no se entere...
-Todos tendrán que explicarle muchas cosas aunque no quieran.
-Es un buen tipo, no creo que la paciencia le alcance.
-¿Porque Katarina y su papá...?
-Porque todos actuamos a sus espaldas. Katarina como sea, se ha ido. Ricardo y yo nos quedaremos.
Juulia miró a Tennant y asentó para darle la razón.
-También hay algo que quiero saber, Juulia.
-¿Sobre qué?
-Katarina y tú conversaron antes de la boda.
-Ella estaba tensa.
-Estás embarazada de su hermano.
-Maurizio y yo acordamos tener un bebé.
-Katarina no lo tomó bien ¿A qué se refería cuando dijo que "nunca le dió esa alegría"?
-Creo que no es tu asunto, Tennant.
-Prometió desaparecer y le agradeciste.
-Maurizio y yo tenemos mucho por hacer.
-¿Katarina se enamoró de su hermano?
-Eh... No lo sé, son cercanos.
-Por algo ella te pidió que lo ames.
-No tendrás una respuesta.
-Hay algo que entiendo menos.
-¿Qué será?
-Maurizio tenía otra novia, Karin ¿No se iban a casar?
-Pero no pasará.
-¿Qué ocurrió?
-Maurizio quiere hijos y ella no. Karin rechazó un tratamiento de fertilidad y terminaron.
-Pero tienes ocho semanas de embarazo.
-Si lo que preguntas es sí he estado con Maurizio aún sabiendo de su novia, no puedo negarlo.
-¿A escondidas?
-Karin sabía.
-¿Cómo?
-Nos vió.
-¿No reclamó?
-Eso creo.
-Maurizio parecía muy centrado.
-Me propuso tener hijos si lo suyo con Karin no funcionaba y también me pidió matrimonio.
-Si Karin estuviera como tú ¿Qué habrías hecho?
-Karin misma platicó conmigo, ella decidió que no iba a continuar buscando un bebé y yo supe que seré mamá hace unos días.
-¿Puedo saber por qué aceptaste?
La respuesta fue inaudible para Ricardo Liukin y Susanna Maragaglio, quienes se vieron mutuamente con la confusión por delante. Algo tenían incluso los potenciales miembros de la familia Leoncavallo, que su vida dejaba de ser un secreto entre ellos, excepto por detalles que podían esclarecer sus decisiones. En ese instante Tennant se dió cuenta de por qué no los quería junto a sí:
Los Leoncavallo eran demasiado prácticos. Vínculo que les impedía hacer su voluntad era desechado sin remordimiento. Persona que no se ajustara a sus elecciones y consecuencias, no los volvía a ver y cualquier oposición a alguna convicción de carácter o moral, los hacía buscar alternativas que acabarían imponiéndose tarde o temprano. Eso último era el caso entre Maurizio y Juulia.
En ese momento de reflexión, Tennant se percató de que Katarina era una Leoncavallo hasta la médula: Había prescindido de Ricardo Liukin luego de su inesperada noche juntos, que era respuesta a su frustrado intento de seducir a Marat. Como el mismo Tennant no podía saberlo por razones de distancia y de confianza, antes de Marat había existido Tommy Gunn, sustituto no cristalizado y fugaz del propio Maurizio Leoncavallo y claro, el rechazo de Maragaglio, quien habría podido convertirse en la compensación del mismo Tommy o en la respuesta para calmar sus deseos por Marat, sin hablar de proyectar años de sentimientos intensos, de nueva cuenta, por su hermano Maurizio. Miguel cabía en la ecuación si se tomaba en cuenta el noviazgo impulsivo y breve, dónde él era una salida para evitar que Katarina perdiera aún más la cabeza por su hermano. Su matrimonio con Marco dejó de tener sentido para todos por carecer de la información, aunque la única pista era el hecho de que Maurizio esperara un hijo con una mujer diferente a Karin. Katarina de seguro se había torturado pensando en que no era posible que no se diera cuenta.
Juulia por su parte, navegaba en pensamientos sobre sus acciones en los últimos meses. Sus coqueteos con Maurizio, tan sutiles durante los entrenamientos, sus encuentros en Ghetto Vecchio, sus citas al finalizar los torneos. Ella era una Leoncavallo hecha y derecha, igual que él. Había bastado expresar en una conversación casual el deseo de formar una familia para acabar definiendo los planes el mismo día y no despertar las sospechas de Katarina era casi un triunfo. La mujer leía los pensamientos de Tennant, no por cuestiones sobrenaturales, sino porque en la enfermedad se logra conocer a la gente.
-Katarina siempre fue novia de ese gondolero - pronunció ella.
-¿Es en serio?
-Ustedes, los Liukin, son tan nuevos en Venecia, que nadie les avisó.
-Sigo sin entender.
-Marco acompaña a Katarina a casa todas las tardes, la defiende y la cuida ¡No sabes cuántas veces los oí hablando a gritos sobre citas que no tendrían! Y cualquiera sabe que esos dos iban a la biblioteca a coquetearse y no a leer.
-No los entiendo.
-A Maurizio le molestaba mucho y a mis suegros más.
-Nadie me explica esa parte.
-Es que Marco no tiene mucho qué ofrecer. La casa no es suya, lo que gana con los turistas no es tanto, es un académico sin premios, su familia tampoco sobresale... No encajan, Tennant.
-¿En qué?
-Los Leoncavallo son exitosos naturales, si quieres verlo así.
-¿Por qué Maragaglio es diferente? - pensó el chico en voz alta y no compartió sus razones. Si continuaba pensando, menos lógica tenía, pero de nuevo, Tennant todavía no contaba con las novedades. Maragaglio había cambiado de vínculos al igual que sus primos, sustituyendo a Alondra Alonso por un rechazo a seducir a Katarina Leoncavallo y a su vez, hallar a Katrina para volcar sus deseos, incluyendo los que aún tuviera por una desconocida Marine Lorraine que le ocasionaba estrés tal, que junto a sus culpas por serle infiel a su esposa y no cuidar de su prima, tenía como consecuencias los ataques de ansiedad que requerían de atención en una clínica en ese momento. La familia Leoncavallo era demasiado complicada y agotadora.
La conversación dejó a Tennant con una sensación de vacío, de sinsentido. Volteó a ver a Katarina y Marco, quienes habían despertado al escucharlos en la última parte, la que los señalaba a ellos y de nuevo, la risa mutua apareció, ocasionando mayores dudas sobre la realidad.
-Ricardo Liukin se comporta igual - susurró Susanna Maragaglio al terminar finalmente los alegatos y Alessandro Gatell estuvo de acuerdo con ella. El señor Liukin a esa hora había elegido estar en la cama junto a Maeva Nicholas, con cuya compañía evadía los hechos de que Katarina Leoncavallo se hubiera olvidado de él rápidamente y sobretodo, la vergüenza, por escasa que fuera, de haber dormido con ella mientras seguía siendo la novia de Miguel, su hijo. Pero antes, Maeva también había sido un escape, un alivio de cierta soledad que Ricardo padecía desde su viudez. Y por supuesto, Susanna no quiso indagar en otros Liukin, como Carlota o Andreas, porque de seguro encontraría otra historia de evasión y compensación. Al fin y al cabo, los Leoncavallo y los Liukin eran la misma familia.
-Marco - llamó Katarina en voz baja.
-¿Qué necesitas?
-Yo nada, excepto algo caliente ¿No tienes frío?
-Ahora que lo pienso, sí y mucho.
-Las sábanas aquí no sirven, me quejaré.
-Te dirán que no pueden usar otras.
-¿Puedes beber café?
-Si no es más de una taza.
-Iré a la máquina.
-Te acompaño.
-¡No! Te quiero consentir.
-Señora Antonioni ¿Qué trama usted?
-Sólo mantenerte sin tiritar.
-Un espresso, por favor y vainilla latte para ti.
-Lo sabes.
-No sería tu marido sino te conociera.
-Uy, esas son confesiones fuertes.
-¿Y esa risita?
-Debí decidirme antes.
Katarina besó a su esposo y se incorporó para ir al pasillo, segura de que cada movimiento suyo atraía la curiosidad de los presentes. Pero Marco, más conciente, optó por cuidarla desde la puerta de su habitación, llevándose la sorpresa de que ella estaba pensando en Tennant, en Juulia, en Susanna, en Gattel, en Maeva y en Ricardo al momento de escoger las bebidas y a él en especial, le elaboraba un café moka con la supervisión del doctor Pelletier, que parecía aconsejar algo que permanecería siendo un misterio, pero uno importante.
Marco supo que lo simple y detallista era lo que Katarina había anhelado toda su vida.
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