lunes, 21 de septiembre de 2015

De vuelta al mundo


Tamara y Ricardo pasaron el tiempo charlando sobre peces y asoleándose que lamentaron tener que ir a tierra en punto de las once. Él no había conseguido pescar algo y los demás no festejaban una gran captura. Era un mal día para buscar merluza.

-En el mercado pagan una miseria - comentó ella.
-¿Por eso no eres pescadora?
-Si no hay merluza, es la ruina.
-Pero disfrutas el paseo.
-De vez en cuando.
-¿Qué es lo que más te gusta hacer cuando visitas a tu familia?
-Dormir y venir hasta acá.
-¿Después?
-No salgo mucho, me encantaba el valle cuando nadie era dueño de nada.
-¿Ahora no?
-Si hay algo que me gusta, pero es mi empleo en el pueblo.
-¿A qué te dedicas?
-Doy mis clases de patinaje a niños.
-¿No estás inhabilitada?
-Ellos no compiten.
-Buen punto.
-Por la tarde leo las noticias locales y me ocupo de unos manzanos.
-¿En serio?
-El fin de semana acompaño a papá a vender las verduras de la granja y nada más.
-Es una vida sencilla.
-No me agrada.
-Tienes menos problemas.
-Si nos olvidamos del juicio, entonces sí.
-Extrañaba que habláramos de ti.
-Lo siento.
-Lo digo en serio, me estaba cansando girar alrededor de Carlota.

Ricardo tomó consciencia de su exabrupto y Tamara lo miró comprensiva, sin comentar por ser prudente. Conforme avanzaba el bote, menos palabras tenían ánimos de decirse.

En Saint Jean de Luz, las embarcaciones atracaban y se comunicaban las malas nuevas. Los comerciantes se negaban a adquirir el poco pescado disponible, los bistros aprovechaban las ofertas y los pocos turistas se asombraban del desorden. Bernard y Anne Didier, para evitarse dificultades, negociaban el precio abordo de lo que pretendían llevarse para abandonar el muelle seguros de que habían pagado lo justo.

Distanciados de la escena, Tamara y Ricardo descendieron del bote apenas este tomó su sitio y se introdujeron en el jeep sólo para aburrirse mientras les daba sed. Ella en particular deseaba dormir un poco más, pero él se arriesgó a no permitírselo, un poco ansioso por conocer qué clase de duda había implantado su hijo Andreas en la mente de la joven y por qué no se la había externado si la habría aclarado sin problemas.

-Dijiste que Andreas te insinuó, comentó... No se me ocurre qué pudo pensar.
-Sobre eso ¿no sería mejor más tarde?
-¿No prefieres solucionarlo aquí?
-No es el lugar.
-Nadie nos escucha, Tamara.
-Te enfadarías.
-Nada me sorprende si mi hijo está involucrado.
-Es algo de niños.
-Andreas ya no está pequeño.
-Pero lo que dijo no vale la pena, es una ingenuidad.
-¿Crees que se me acabará la curiosidad?
-Tal vez no, pero te daría risa, es absurdo.
-Para ti, no imagino si para mí.
-Tómalo como una broma.
-Veremos, ¿de qué se trata?

La mujer juntó sus manos y con una sonrisa, prosiguió.

-Es que en el avión que tomamos en Hammersmith, Andreas aprovechó que no estabas y cosas más, cosas menos, mencionó que a ti te gustan las "chicas malas".
-¿Disculpa?
-Y que yo, por mi pasado bochornoso, soy mala.
-¿Qué?
-Casi casi me insinuaba que yo te gusto, ¿es increíble, no?
-¿Andreas?
-El mismo.
-Es gracioso porque también me hizo una observación sobre ti cuando cambiaste de lugar.
-¿Cuál?
-Más o menos fue que tú solías compartir actividades conmigo con insistencia.
-¿Te dio a entender que me agradas más que un amigo?
-Es una gran coincidencia.
-A lo mejor quiso animarnos.
-¿A qué?
-A mí, no tengo idea, pero a ti tal vez te quiso conseguir una cita.
-No estoy tan dispuesto.
-¿No?
-Ni siquiera lo he considerado más allá de algunos consejos que luego me dan.
-Ah, entonces si pasa por tu mente.
-¿Salir contigo?
-La pregunta no era por mí.
-Vaya, perdona.
-¿Pero lo has pensado?
-Vagamente ¿y tú?
-Bueno, Andreas sonaba tan seguro que a momentos quería saber si ... Si me volteabas a ver.
-Claro, por algo tomé el tren.
-Mi mamá te llamó.
-De todas formas vendría.
-Je, je, creía que tu hijo hablaba con seriedad.
-Fue convincente al parecer.
-Logró confundirnos.
-Contemplé la posibilidad de que fuera real.
-¿Qué me gustaras?
-¿Y no?

Tamara sonrojó un poco y agachó la cabeza, nerviosa pero alegre.

-Andreas no es muy inteligente - añadió Ricardo con idéntica pena.
-Fue audaz.
-Ojalá usara esa cualidad en la escuela.
-Estoy de acuerdo.

Ambos compartían la sonrisa y se hallaron a punto de ignorar el tema, pero Tamara presintió que debía zanjarlo.

-¿Yo te gusto? - él giró hacia ella, con desconcierto.
-¿Necesitas una respuesta?.
-Hasta mi pregunta es mala.
-Es prematura.
-Lo siento.
-Sería muy chistoso que tú y yo nos...
-Atrajéramos.
-Exactamente.
-Lo mismo sostengo.
-No hemos dicho que no.
-¿No?
-¿Tú sí?

Tamara abrió un poco más los párpados.

-Eres una mujer hermosa.
-¿Lo soy?
-Con mucho carácter.
-Infinito, no sabes cuánto.
-Me encanta quien eres ahora.
-¿Hablamos más tarde?
-Claro.
-Tengo un amigo, Christophe Simmond.
-Oh, entiendo.
-No le va a gustar.
-No me meteré.
-Quiero decir que aprecio mucho a Christophe.
-¿Qué significa?
-Le he dado vueltas a este asunto todo el mes.
-¿Entonces, tú y yo...?

Ambos voltearon por su lado, inhibidos momentáneamente hasta que los padres de ella se dirigieron al jeep. Ricardo optó por comentar que agradecía el hospedaje y que esperaba no molestar a nadie en su breve estancia. Tamara le respondió escuetamente que tendría que ocuparse de algo en la granja.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Hermanos


"Naturaleza muerta", dibujo de Federico García Lorca.

París.

Luke Cumberbatch se encontró a Viktoriya Maizuradze en un puesto de periódicos y la observó al punto de incomodarla y hacerla marcharse. Después siguió su camino hacia el café "Meité" en Saint Ettiene.

Varias personas se concentraban en el local únicamente para tomar un espresso antes del trabajo, pero él eligió una mesa y ordenó un desayuno para soportar una impaciente espera. La puntualidad era un lujo si se trataba de una cita de última hora y dependía más de quienes lo habían llamado, mismos a los que no tenía ganas de ver.

El apetito se le iba conforme se asomaba al exterior y le cambió el semblante cuando dos jovencitos se sentaron junto a él. Sus nombres eran Hugo y Maxim.

-¡Cumber! - exclamó el primero.
-Cállate, manouche*.
-No sé si tomarlo como chiste.
-Manouche, gitano, es lo mismo.... ¿Y éste androide, qué? - refiriéndose a Maxim - Coman si quieren.
-Gracias, pero tomamos algo en el hotel.
-Da igual.
-Estamos de paseo, en la tarde iremos al cementerio.
-Emocionante.
-Bueno, Max visita la ciudad por primera vez.
-¿Y está mudo?
-No sabe francés.

Hugo y Cumber sonrieron, comprendiendo Maxim que se burlaban de él.

-¿Qué habla este androide?
-Ruso y algo de japonés.
-¿Le entiendes algo?
.Que papá lo llama y le escribe a menudo.
-¿Qué hace contigo?
-Supe que venía por un viaje de estudios...
-Seré preciso ¿Qué hace el teniente Maizuradze contigo?
-¿Qué estás preguntando?
-Que si te habla.
-Estuvimos almorzando hace unos días.
-Oh, mira, qué novedad.
-Le dije que la familia me interesa, que sería bueno juntarnos un día.
-He visto a Viktoriya casi diario y me ignora completamente.
-Eres grosero.
-No entiendes, manouche.
-Gitano.
-Lo que sea.
-Con razón ella no te soporta.
-Menos si se entera que soy su hermano.
-Te conoce.
-Eh, no.
-Papá dijo que nos reuniremos en Navidad.
-Si regresa vivo de la guerra.
-¿Qué?
-Te vio la cara.
-¿A qué te refieres, Cumber?
-A que tu adorado padre fue enviado a Chechenia.
-No es cierto.
-Te lo puedo probar, fue a visitar a mi jefe y a su esposa.
-Supongo que también a ti.
-Cuando me reconoció, fingió demencia.
-Nunca nos niega.
-Nadie sabe que somos hijos "de las otras".
-Por favor.
-¿Tú crees que a Viktoriya o a Anton les causará gracia? Ni al androide que traes al lado le gusta la idea.
-Me tomé una foto con Viktoriya en Hammersmith.
-¿Qué?
-Me trató muy bien y me aceptó un detalle, dijo que le daba gusto que la visitara.
-¿Te llamó "hermanito"?
-No, pero no me rechazó.
-¿Platicaron sobre papá?
-Ella mencionó que lo ve a veces.
-¿Seguro que no te confundió con un fan?
-Viktoriya y Anton saben de nosotros, no digamos Válerie.
-Te mintió, manouche.
-¡No me digas así!
-Pues no seas idiota.
-Te estás ganando una paliza.
-De una vez.

Hugo y Cumber estuvieron a punto de levantarse de no ser por un intrigado Maxim que se colocó en medio. Ambos se disculparon con él.

-Max se parece a papá - notó Hugo antes de dar un sorbo al jugo que despreciaban todos y escribir en un papelito su teléfono por si alguien lo necesitaba.
-Tengo que ganarme mi dinero.
-Quédate Cumber, aún no te he dicho algo importante.
-Rápido, manouche.
-Papá nos dejó unos cheques.
-Depositaré el mío en el banco de mi basurero más cercano.
-No seas cretino.
-No es el dinero, es que lo tocan tus manos de gitano.

Hugo recordó entonces que los Maizuradze, legítimos o no, tenían un prejuicio contra su raza, pero no era personal. En el caso de Cumber lo entendía más, dado su origen serbio; no obstante Maxim también le tuviera sus reservas. En el pasado, Anton y Válerie habían huido de él durante unas vacaciones en Jamal y le habían dicho a su madre que un gitano los molestaba. De Vika, lo cierto era lo que atendía por mera cortesía debido a que distinguía su procedencia y le desagradaba profundamente. En ese segundo, Hugo se convenció de los argumentos de Cumber y aunque la oscuridad podía ser humillante, no quería ser la gota que rebasara el vaso y ocasionar que la familia entera se destruyera.

-Ten un buen día, Cumber.
-Diviértete con el androide.
-Oye, una pregunta.
-¿Ahora, qué?
-¿Es tan malo que sea gitano?
-¿Nos ves felices?
-¿Cuál es el problema?
-Maizuradze que no es robado por un gitano, es un pobre diablo. Le dices a tu madre que no le regalé mi cartera.
-¡No la ofendas!
-Preferiría morir ahogado en bilis o recibir sangre de un gitano serbio que compartir algo contigo, pero ni modo.
-No sé por que me pongo a discutir.
-Si se arman los golpes, me pongo del lado de Anton y Viktoriya.
-Imbécil.
-¿No quieres algo fresco? En tu comuna no saben que es eso.

Hugo perdió los cabales pero Cumber lo detuvo con un certero puñetazo. Las cosas no pasaron de ahí, pero el segundo murmuró "lo siento, me duele mucho que seas gitano" y abrazó a su hermano. El gesto se repitió con Maxim.

De vuelta al exterior, Cumber caminó deprisa, cálmandose poco a poco y coincidiendo en otra esquina con Viktoriya y el todavía desconocido Gwendal que le hacía compañía. A dos metros, ella le miró compasiva y se fue de inmediato.

A unas cuadras. la joven exhaló profundamente.

-¿Qué sucede?
-Ese tal Cumber ¿sabes quién es?
-No.
-Es que trabaja con los Becaud y como son tus amigos, creí que te lo habían presentado.
-Para nada, además no los he visto.
-Cumber tiene algo que me simpatiza.
-¿Te gusta?
-El que me gusta está frente a mí.
-¿Qué hay con aquél?
-Es que siento como si la sangre se me hiciera burbujas, pero cuando pienso en Válerie y en Anton me pasa lo mismo. A lo mejor es porque papá no está.
-Estás un poco asustada, se te quitará pronto.
-Ojalá porque me hace falta estar tranquila.

Viktoriya se recostó en el hombro de Gwendal y pretendió no seguir pensando. Suficiente tenía con su propia angustia.

*La palabra manouche cuenta con dos significados; la principal se refiere al jazz interpretado por solistas o ensambles gitanos, la segunda es la denominación que en Francia se le da al pueblo gitano (manouches), aunque también se les llama sinti

Valse Manouche (Django Reinhardt)

sábado, 12 de septiembre de 2015

Un viaje excepcional


Fauve Hautot / Foto cortesía de facebook.

Hesparren, Francia.

Aunque Tamara tardó algunas noches en decidirse, al final se obligó a realizar una llamada a Ricardo Liukin con la esperanza de que no hubiese cambiado el número de su celular. Aquella noche hacía un poco de calor y ella entendió que era un poco tarde pero no lo suficiente para que le reclamaran por la hora.

-¿Alguien contesta? - preguntaba en lugar de saludar y alcanzaba a escuchar una especie de estática que bien podía indicarle que su enlace era débil o que no estaba comunicándose bajo ninguna circunstancia.
-Deja eso, hija - clamaba Anne Didier - Mejor hazlo mañana, sal a divertirte mejor.
-No tengo vestido.
-Con cualquier cosa te ves bien, ¿no quieres conocer chicos en el pueblo?
-Mamá, te dije que hablaría con Ricardo.
-¿Ahora?
-No creo interrumpirlo.
-Entonces debes levantarte temprano, tu padre te llevará a pescar merluza.
-Dame un momento.
-Pues si no vas a salir o ir a roncar, tienes cinco minutos.
-Hecho.
-Hasta mañana.
-Adiós, mamá.

Tamara y Anne Didier se besaron mutuamente la mejilla y la última se introdujo en su habitación para no incomodar. La primera por su parte, colgaba y volvía a marcar, preguntándose porque no se le había ocurrido contactar a su amigo directamente en lugar de insistir en casa de Haguenauer cuando podía hacerlo.

-¿Hola? - insistió y la llamada se cortó. Pesimista, lo intentó nuevamente, segura de que se quedaría toda la noche insistiendo hasta al menos saber si su conexión estaba dañada.
-¿Ricardo? - preguntó en cuanto oyó claro y se mordió las uñas.
-¿Quién?
-¿Ricardo Liukin?
-Sí, ¿quién es?
-Buenas noches, soy yo, yo Tamara Didier... Tamara.
-Ho.. hola.
-Creí que no lo encontraría.
-¿Por qué tardó tanto en ...?
-¿Sabe? No importa mucho, de todas formas era para preguntar como está.
-Gracias por la consideración, estoy bien... Carlota está descansando, ¿quiere hablar con ella?
-¡No! ... Eh, quería saludarlo Ricardo, perdón por irme sin avisar.
-Sé lo de su juicio.
-Mi abogado se encarga.
-¿Podría decirme dónde está?
-¿Qué, yo?
-¿No es posible?
-Claro que sí, estoy en Hesparren, en una granja... con mis padres.
-¿Por qué no me dijo antes? Pude visitarla y darle mi apoyo.
-Ricardo, créame que estoy aquí por cualquier motivo menos el de evitar que me lleven a la cárcel.
-¿De verdad?
-La defensa no es gratis, he trabajado este tiempo.
-¿Qué hace?
-No quisiera decirle por teléfono pero debería ver mis manos, ahora siento músculos que no sabía que tenía.
-Si le consuela, yo estoy en búsqueda de ocuparme en algo.
-¿Cómo va la memoria?
-Bien, no he olvidado nada en semanas.
-Qué buena noticia.
-Me acaba de alegrar su llamada.
-Pensé que no podría hablarle.
-¿Tiene tiempo?
-No mucho, iré a Saint Jean de Luz mañana y debo recostarme de una vez.
-¿Puedo preguntarle en donde está su granja?
-En un valle, el de Hesparren.
-¿Está bien?
-Sí, a veces me falta hablar con alguien pero me alegra que usted me responda. Creí que no tenía más este número, no sé por qué.
-Oh, Tamara, no te sientas mal, es un momento difícil, cualquiera lo pasaría en familia.
-También tú lo haces ahora, con lo de Trankov.
-No lo menciones.
-Es que traicionó tu confianza, con lo de Verlhac.... Bueno, también yo te he defraudado.
-Tamara, contigo es diferente.
-¿Por qué?
-Cometiste errores antes de conocerme y eso los convierte en asuntos entre Gwendal y tú; Trankov en cambio, se metió con mi hija.

Tamara suspiró para no decir nada y Ricardo lo notó enseguida, pero en lugar de envolverse una discusión inútil, prefirió cambiar el ánimo.

-¿Qué harás mañana?
-Iré a pescar.
-¿Te gusta?
-Sólo subirme al bote.
-¿A qué hora te vas?
-A las cinco de la mañana, es que la merluza lleva su tiempo.
-¿En serio?
-En el mercado también reciben todo temprano y la verdad es que prefiero ver como lo sacan del mar y escogerlo.
-¿Estás lejos?
-No, la verdad es que todo me queda a media hora, Biarritz, Hendaye, Bayonne... Bueno, Saint Jean de Luz como a quince minutos si no me detuviera a ver hortalizas.
-¿De verdad?
-Es que son coloridas aunque con la oscuridad que me va tocar no las veré.
-¿Me podrías repetir el nombre de ..?
-¿El pueblo? Aunque más bien es el valle.
-Por favor.
-Hesparren, granja Didier.
-Creería todo, menos que provienes del campo.
-También me parece increíble.
-Me alegra saber de ti.
-Y a mi de ti, pero me sorprende que me tutees.
-Somos amigos.
-Ricardo, te extraño mucho; a ti y a Judy.
-También te extraño.
-Tengo que despedirme.
-Antes de que te vayas, ¿me contestarías algo?
-¿Qué pasa?
-¿Tú crees que nos veremos pronto?
-No tengo la respuesta, Ricardo.
-Pero ¿te gustaría?
-Definitivamente.
-Bueno, es algo. Te dejo para que puedas dormir.
-Gracias ¿te pasó el número de mi casa o...?
-Mi celular lo registró, lo guardaré.
-Gracias por contestarme.
-Nada que agradecer, al contrario, es ... Sé que estás contenta, suenas así.
-Es porque hablamos.
-Adiós Tamara.
-Adiós Ricardo.
-Diviértete.
-Gracias.

Tamara finalizó la charla y fue directo a su cama de lo más satisfecha, durmiendo en el acto. Su madre, que la había escuchado para constatar lo ciertas de sus sospechas, la arropó y después corrió al auricular.


París.

-Judy, sé que esto es difícil para usted pero necesito hacer este viaje y no confío en nadie más para cuidar a mis hijos.
-Lo entiendo, vaya sin cuidado.
-La policía continúa con nosotros y no quiero que las cosas se alteren, regreso en unos días cuando mucho.
-¿A qué hora sale su tren?
-A las diez y con suerte, llegaré a Biarritz a las tres o las cuatro de la mañana; me las arreglaré para encontrar a Tamara como sea, de seguro alguien conoce la granja de sus padres.
-Pero hay demasiadas en el Pays Basque.
-¿Qué?
-Es el campo, pensé que usted lo sabía.
-Nunca me pasó por la cabeza.
-Pero es tan obvio que Tamara es vasca, le gustan los estofados, se muere por el pescado y las verduras con muchos colores, el queso artesanal, ¡habla euskera!
-¿Eso hace?
-¿Nunca la oído?
-Jamás, ¿por qué no me contó?
-Una vez me dijo que hubiera deseado nacer en esta ciudad y yo en su granja y la verdad es que no me hubiera disgustado.
-Al menos tendré que preguntarle.
-No quisiera apurarlo pero debe irse.
-Judy, por favor, vigile a Carlota, anda en las nubes desde esta tarde y cuando se pone así pareciera que no usa la razón.
-Entendido.
-Que Andreas no se meta en problemas y que Adrien se quede con su primo Javier si quiere dormir tranquila.
-Cuente conmigo, tenga buen viaje.
-Le diré a Tamara que usted la quiere ver.
-Mejor que la saludo.
-De acuerdo.
-Buen viaje.
-Cuídese.
-Usted más, hasta pronto.
Judy abrazó a Ricardo y procuró no hacer ruido para que nadie lo viera marchar.

En el camino a Biarritz no había gran ciencia excepto aquella escapada que el señor Liukin hacía exitosa con un sigilo que ni ese momento se imaginaba que poseía y consiguió un taxi a escasas cuadras con la petición por delante de que el traslado a la estación de tren fuese lo más rápido posible. El tiempo presionaba ya.


Biarritz, 5:00 pm

-¿Dónde estaba? Le pedí que tomara un tren que le hiciera llegar temprano.
-Hubo un problema en el camino, lo siento.
-Al menos está aquí, soy Anne Didier.
-Ricardo Liukin, mucho gusto.
-Venga, es por acá.
-Traje una maleta chica, no planeo quedarme mucho tiempo.
-No importa, venga, venga.
-¿Dónde está su auto?
-Es el jeep blanco.
-¿Es Tamara?
-No soy muy discreta, hice tanto ruido que desperté a mi marido y a mi hija y tuve que traerlos.
-Gracias, Anne.
-¿En serio?
-Es maravilloso, es una linda sorpresa.

Ricardo y Anne se sonrieron mutuamente y se dirigieron al jeep, mismo en el que Tamara dormitaba mientras su padre ponía cara de pocos amigos.

-Entonces hay que hablar muy bajito, Bernard ¿por qué dejaste que esto pasara?
-Porque tu hija no me hizo caso.
-Vaya, supongo que me quedaré con ella, Ricardo ¿no le importa ir enfrente?
-No, de hecho me encantaría.
-Bernard, mira, es el amigo de Tamara.

Pero el señor Didier no reaccionó y Ricardo asumió que no estaba muy entusiasmado en verlo. El puerto de Saint Jean de Luz por lo que podía ver en un mapa estaba a escasos kilómetros y el calor era demasiado, similar al de Tell no Tales en un día normal. El olor a sal se percibía poco y en una ciudad como Biarritz realmente no parecía importar ver gaviotas por doquier, sería por ser un sitio pequeño o demasiado mundano para molestarse por ese detalle. La vibra eso sí, era demasiado española y se podía entender el rostro de los Didier, lleno de desdén cuando veían a las multitudes que salían de los bares.

-Turistas que se creen al otro lado de la frontera - murmuró Bernard Didier mientras conducía con la desesperación de no poder ir tan rápido como quisiera y sintiéndose incómodo con la visita, sin pretender averiguar que quería o a qué iba -Cuando lleguemos al bote, espero silencio - advirtió en su lugar y Ricardo asentó con una sensación de que aquello no era en serio. Por el retrovisor, observaba a Tamara abrazando a su madre mientras se esforzaba en abrir los ojos.

-A ella le dará gusto verle - añadió Anne Didier al darse cuenta de ello.
-No esperaba encontrarla tan pronto.
-Desde que le llamé ha estado muy inquieta y como no ha dormido bien...
-Entiendo, así es ella.
-¿Cómo se conocieron?
-Me la presentó mi hermano.
-¿Gwendal?
-Ella dijo que se convertiría en la entrenadora de mi hija.
-¿Carlota?
-Tamara habló con usted.
-A veces lo hace... ¿Qué tal el tren?
-Pese al retraso, estuvo muy bien.
-Gracias por venir, ella lo ha mencionado tanto que pensé que sería buena idea reunirlos.
-Muchas gracias.
-Pueden aprovechar la pesca para charlar.
-No imaginaba que a ella le gustara.
-Sólo el paseo.
-Era en serio.
-¿Le platicó sobre ir por merluza?
-Al teléfono, pero pensé que le gustaba la captura.
-Ella sólo toma el sol y se acabó.
-¿Pero sabe usar la caña por lo menos?
-No es muy coordinada pero de vez en cuando sacaba una tilapia.
-Eso es muy bueno.
-Se divertirán mucho, la levantaré de una vez.

Cuando Anne Didier se volcó en despertar a su hija, Ricardo se dio tiempo de ver el embarcadero, ya en Saint Jean de Luz, donde Bernard Didier se detenía y preguntaba por un pescador que se apareció poco después, dándole la mano. Aquellos hombres eran amigos, pero por una razón, ninguno estaba interesado en saludar a las Didier y menos a Ricardo, excepto cuando Bernard lo anunció como "el idiota que viene con mi hija".

-Mi padre es muy educado - susurró Tamara a los oídos de su amigo. Él en cambio se detuvo a verla para no echársele encima por el entusiasmo de estar enfrente y saber que estaba bien.
-Oh por Dios, ¿cómo estás?
-¡Me asfixias!
-Perdón, es que ...
-Me viste dormida, peor pena no puede haber.
-No te preocupes, no vi nada extraño.
-Mi mamá te contactó.
-Así es.
-¿Viniste solo?
-No pensé en nadie, como no te veía hace tanto, quise hablar contigo personalmente, los niños no lo entenderían si se me ocurría traerlos.
-¿Por qué no?
-Adrien no se encuentra muy estable, Carlota está en sus cosas y Andreas es un dolor de cabeza.
-Hiciste bien, me habría incomodado oír lo que piensan de nosotros.
-Somos amigos.
-Y eso es mucho mejor. ¿Me ayudas a subir al bote?
-Con gusto, vamos.

Tamara y Ricardo únicamente se fijaron en donde abordaba Bernard Didier y se dirigieron a proa antes de recibir la explicación del dueño respecto a los cuidados que debían guardar si no querían sufrir un accidente. La temporada de merluza comenzaba y a veces la carga era tanta que se devolvía la mitad al agua y eso era riesgoso.

-No quiero juegos ni tonterías, lo digo por la pareja.
-Ricardo, ¿escuchaste? ¡Cree que somos pareja! - y ambos se abrazaron, echándose a reír en el acto.
-Los vigilaré - añadió Anne Didier poco antes de preguntar si la tripulación había desayunado y disponiéndose a preparar algo para todos.

Al avanzar el bote, Bernard Didier apenas expresó que no le gustaba el tamaño de las redes y se dedicó a observar a su hija, misma que tomaba asiento junto a Ricardo y encontraba gracioso que el reencuentro se tornara en una simple reunión en la que ambos tomaban café y comentaban la cotidianidad. Eran tan poco atrayentes que nadie les volvería a prestar atención.

-¿Sabes pescar?- preguntó Tamara a Ricardo cuando supo que no los verían más.
-No gran cosa, habré sacado una trucha hace diez años.
-¿Te gustó hacerlo?
-Si quieres, acepto agarrar una caña.
-Es para que no digan que no hiciste nada.
-Excepto coquetear con una hermosa mujer.
-Qué envidia.
-Tu humor me sigue impresionando.
-Algo conservo.
-¿Traes un bikini abajo?
-¿Qué estás mirando?
-Es que los vestidos transparentes me gustan pero no me gustan.
¿Qué dices?
-No es usual que uses algo tan ligero.
-Creí que el dia que fuimos a Jamal me habías visto, traía lo mismo.
-Iba con los niños y mi esposa.
-Perdón.
-No te apures, me acostumbro a no tener nostalgia.
-¿Incluso cuando estás solo?

Ricardo no respondió.

-Con tus hijos recordándola, ha de ser complicado.
-Andreas no me hace caso, Adrien sigue en su mundo y Carlota está más ocupada con ese enredo que se trae con Joubert y Trankov que no he preguntado cómo se sienten.
-Lo de Verlhac fue terrible.
-Lo que pasó antes fue peor.
-¿Por qué?
-Carlota se peleó en su cumpleaños.
-¡La vi! Casi me mata de risa!
-A mí no.
-Ay, disculpa.
-Después de eso se fue con Trankov y apareció horas más tarde. Por la forma en que contestó mis preguntas, estoy seguro de que él se aprovechó.
-¡Claro que no! Trankov la odia más que a cualquiera, en Hammersmith se metían el pie; además, si alguien es obvia cuando le pasa algo es ella y sabemos que a pesar de todo, no hace tantas tonterías.
-Ayer andaba tan distraída y feliz
-Tranquilo.
-Extraño tu mano de hierro.
-Pero soy bien blanda.
-Sin ti, nadie tiene brújula, menos yo.

Tamara sonrió de nuevo y aguardó el anuncio de su madre para compartir una especie de desayuno con la tripulación y la reiteración de las indicaciones de seguridad a las que no atendía por saberlas de memoria. Lo que anhelaba era era que saliera el sol para imitar a las lagartijas en lugar de llenarse las manos de escamas. Ricardo entendería.

-¿Qué piensas?
-¿Nos podemos quedar solos?
-Abordo es complicado.
-Más bien, por nuestro lado.
-¿Motivo?
-¿Te acuerdas de cuando íbamos en el avión con Andreas?
-Sí ¿qué pasó?
-Tu hijo insinúo algo, luego te explico.
-¿Qué te dijo?
-Me dejó una duda, lo aclararemos después.

La mujer se aproximó a sus padres y miró el reloj, advirtiendo que Ricardo también buscaba conversar con ella.

viernes, 10 de abril de 2015

Las cosas no son iguales


Carlota Liukin salió de Notre Dame con un ánimo extraordinario y se encontró con el hecho de que Tennant Lutz era quien la esperaba para regresar al hotel en lugar de Sergei Trankov. Por vez primera, la joven no se quejó.

-Él tuvo que irse.
-Comprendo.
-¿Pasamos por helado o solo quieres...?
-Caminemos.
-De acuerdo.
-¿Qué hay con el perro?
-Lo traje a despejarse, hacer ejercicio, divertirse, lo necesita de vez en cuando.
-Se ve muy lindo pero hay que irnos.
-Bien.
-¿Sergei se fue a...?
-Misión, lo conoces.
-Ojalá hubiera sido con Lubov.

Tennant Lutz se encogió de hombros y emprendió camino mientras Carlota acariciaba la cabeza del perro cada que podía.

-¿Es tuyo?
-¿Algo así?
-¿De quién es?
-Pongámoslo en que lo paseo.
-¿Tienes algo que hacer más tarde?
-Trabajo en un bar.
-Ah, creí que habías dejado tu oficio.
-Gano mejores propinas.
-Obvio, es París.

El chico sonrió nervioso y no agregó más, seguro de que a ella le importaba un comino lo que hiciera. Esto le posibilitaba ocultar que anhelaba separarse de los guerrilleros y se volcaba en buscar trabajo por la ciudad. A veces hallaba ocupaciones de tres días o dos como mesero o afanador, como vendedor de productos en stands de esquina y aquel día como cuidador de una mascota, pero el dinero no le alcanzaba y contra su voluntad, había regresado donde Sergei Trankov para no tener que pagar una renta en un departamento de siete metros cuadrados donde el colchón era un lujo y el baño brillaba por inexistente.

-Mira, hay alguien ahí, ¿de qué sabor quieres tu helado?
-De fresas ¿No quieres?
-No, sólo te invito.
-Bien, sujetaré la correa un momento.

Lutz en cambio, miraba con un poco de pánico sus monedas y casi no quería entregar la que saldaba la cuenta pero pensaba "es Carlota, hay que impresionar".

-¿Te gusta?
-Está delicioso, pruébalo.

Cuando Tennant y Carlota se alejaron del carrito, continuaron su plática.

 -Un poco más de vainilla y cobrarían 10€ por el barquillo.
-Que suerte que lo vendan en la calle.
-Que suerte tienes de que te lo compre...
-¿Qué dijiste?
-Nada, que me contarás lo que pasó.
-No diría mucho.
-¿No sabré, verdad?
-Me contenta decirte que no.
-Es la primera vez que te veo de buen humor.
-Lo estoy... ¿Seguro que no quieres uno?
-No, gracias.
-¿A qué hora entras a trabajar?
-A las nueve.
-Falta mucho. ¿En qué calle está?
-Eh, en... en... Rue de l'Université.
-¡Cerca del Petit Palais!
-Más o menos, hay que caminar y...
-Conseguir un empleo ahí es súper difícil.
-Soy un buen bartender.
-Cantinero.
-Pero el caso es que lo tengo.
-Por cierto, Tennant, yo quería preguntarte hace tiempo sobre lo que me hiciste en Hammersmith.
-¿Quitarte al público?
-Chistoso que eres.
-Soy súper gracioso.
-Me refiero a ese beso.
-¿Cuál, bonita?
-No me digas bonita y sí, es "ese" beso ¿Por qué lo hiciste?
-Porque quise, no fue tan especial.
-Dijiste que estabas interesado.
-Interesado en desconcertarte, más no en alimentar tu ego.

Carlota se cruzó de brazos y cerró sus ojos en señal de divertida incredulidad, preguntándose que era lo que en realidad él pretendía o porque le daba la impresión de que era un tonto no muy perdido. Tennant Lutz en cambio, creía que ella se había dado cuenta de su farsa y que se burlaba muy en sus adentros, como sucedía desde que la vio por primera oportunidad.

-Oye chico, me vas a matar.
-¿Ahora qué?
-Tengo hambre.
-Termina ese helado y te llevo al hotel a que te sirvan lo que sea.
-Pero detesto la comida de ese lugar.
-No pasaré por una pâtisserie*.
-No quiero pan.
-¿Traes con que sobrevivir?
-Creo que sí - revisando su bolso - 200€.
-¿Eres rica?
-Mi papá dice que no.
-Eres de las que siempre tienen dinero ¿miento?
-No.
-Y ni pregunto de donde lo sacas.
-De mi mesada.
-¿Pues cuánto te dan?
-¿Quieres sushi?
-¿Te gusta?
-Joubert me hizo adicta.
-¿Vas a pagar?
-Si me invitas las bebidas.
-¿Hablamos de soda o té?
-Lo que yo pida.
-¿No quieres que te prepare algo más tarde?
-¡No seas tacaño!
-Te di un helado.
-Tennant, nunca serás más que un cantinero si actúas así.
-Los millonarios escatiman centavos.
-No con toda la gente.

Carlota se reía por nervios pero el chico se sentía avergonzado y sabía que iba a ser un extraño error negarle la invitación.

-No nos dejarán entrar con el perro.
-¿A qué hora lo devuelves?
-Ya casi, debo dejarlo en Cambon.
-Estamos lejos.
-Algo así pero traje la moto.
-¿Dónde la estacionaste?
-En, cerca de ese árbol.
-Rayos.
-La encontraré.
-Tennant, mejor dime que iremos a pie.
-Pero en serio la traje.
-¿Cómo vas a llevar a este lindo perro y a mí en ella?
-Era el otro problema que no consideré.
-Ni te esfuerces, mejor iré a casa.
-Carlota, disculpa no sería cortés dejarte sola.
-Chico, entiendo, está bien.
-Oye no...
-Nos vemos.

Carlota se dio la media vuelta y él sobreentendió que aquella despedida era seria. Ir por ella era estúpido y el perro de alguna forma reclamaba ir con sus dueños, al punto de intentar sacarse la correa, complicando una eventual petición de aguardar un poco. Tennant Lutz se llevó las manos a la cabeza y se dio cuenta de que carecía de posibilidades cuando miró a la jovencita sacando su celular nuevo y llamando a su mensajero para que la regresara con seguridad a Montparnasse.

-¿No quieres el sushi?
-Iré con Miguel Ángel, no te preocupes.
-Trankov me va a acuchillar o algo si no te cuido.
-Él entenderá y mejor regresa a ese perro.
-Esperaré.
-¿A qué?
-A Miguel porque me aseguraré de que en serio te vayas con él.
-Tennant, no quiero que te regañen, vete.
-Carlota, no me voy a mover.
-No soy yo la que trae a la mascota de alguien y menos la que va a cobrar por caminar.

El chico sin embargo, se detuvo junto a ella y aunque no se dirigían la palabra, ambos se observaban de reojo, la chica deseando que se marchara de una buena vez; él haciendo lo mismo, nada más que con la intención de que Miguel sufriera un accidente, se enfermara o mínimo llegara tan tarde que Carlota le reclamara horriblemente.

-¡Señorita! - gritaría el mensajero a escasos instantes, desconcertando a Tennant por su velocidad y constatando que hasta el todavía desconocido tenía una expresión similar a la que Carlota había puesto antes por la motocicleta.

-Perdone si he demorado.
-De hecho me sorprendiste, Miguel, qué rápido eres.
-Es por el trabajo, ¿necesita pasar a algún lado antes del hotel?
-En el camino te digo.
-¿Su amigo?
-Tennant te presento a Miguel, Miguel te presento a Tennant y Tennant es ... Un conocido que me acompañó mientras venías.
-En ese caso le doy las gracias, ambos pueden estar seguros de que la señorita Carlota llegará bien a su destino. Hasta luego.
-Adiós Tennant.

El muchacho atinó a despedirse con la mano antes de que fuese jalado por la desesperada mascota y se diera cuenta de que iba tarde, que su motocicleta se hallaba en su nariz y que Carlota Liukin se mofaba de él con placer. Contenido apenas por el buen carácter que a pesar de todo le demostraba su acompañante, Tennant tomó el camino hacia Cambon, soportando que los parisinos transitaran con dificultad y con imprudencia al cambiar de carril o los niños lo señalaran porque de solo verlo ahora querían su propio perro. Su retraso le costaría un reproche y además Lubov Trankova lo regañaría si le contaba porque llegaba a la cena y no se dedicaba a escoltar a Carlota. Después de mucho tiempo, se estacionó cerca del domicilio de su nuevo amigo, que lamía su mano como camaradería.

-¿Dónde estabas? - le dijo un hombre.
-El tráfico me detuvo.
-Por lo menos regresas a mi perro en buenas condiciones. Toma tu dinero y adiós.
-¿Treinta? Acordamos más.
-Llegaste media hora tarde y no avisaste, además el perro se ve cansado y tiene las patas llenas de tierra.
-Por el paseo.
-¿Dónde lo metiste, en un arenal?
-Notre Dame.
-Diez más y vete, para la próxima contrataré al servicio profesional, por lo menos son puntuales.
-Una disculpa.
-Sal de aquí, das mala imagen.

Tennant Lutz suspiró un poco frustrado y resolvió recorrer la zona en busca de una barra de sushi más o menos decente para al menos dejarle a Carlota la cena y demostrarle que realmente deseaba haberla acompañado. Por unos instantes, el dinero no le interesaba, dándole prioridad a escoger una tarjeta de disculpa y unas flores blancas adicionalmente. Después de irse por calles pequeñas para evitar otro embotellamiento, notó que Miguel estaba en la puerta del hotel donde la joven se hospedaba y con cierto rechinar de dientes, se obligó a hablarle.

-Hola.
-Hola ¿Lo que traes es para la señorita Carlota?
-Es el sushi que quería.
-Hemos pasado por unos rollos de atún cuando veníamos para acá.
-Oh, creí que por la hora, ustedes...
-Te lo recibo, a ella le gustará.
-La tarjeta y las flores también.
-De acuerdo.
-¿Por qué me ves como ella lo haría?
-Si te miraras desde mi ángulo, también te incomodarías.
-Me lo dice el pelagato de Carlota.

Pero Miguel dejó los obsequios de Lutz en la mesita de recepción y enseguida sujetó a este último por el cuello de la camisa para hacerlo retroceder hasta la banqueta.

-La señorita Carlota ni siquiera te voltea a ver porque cree que eres un idiota.
-¿Y tú no lo eres?
-Te comportas como idiota, sonríes como idiota, vistes como idiota y eres un idiota. Cualquiera se da cuenta de que eres un idiota y tú mismo le gritas al mundo que eres un idiota con ese aire pretencioso de sabelotodo y cínico que ni siquiera te consigue una cita con una mujer en cinco sentidos. A Carlota le desagradas por bocazas y hoy por demostrarle que no vales ni medio centavo afuera de tu cantina. Ella se dio cuenta de que no eres tan sofisticado, nunca serás dueño de nada y que no necesita a alguien como tú. Eliges ser perdedor porque crees que eso es lo que te mereces y por lo mismo nunca tendrás una vida mejor* y tampoco que alguien te aprecie. Buenas noches, le diré que viniste.

Tennant no contestó y se limitó a observar a Miguel tomando sus regalos para realmente llevarlos. Era curioso notar como hasta el mensajero lucía mejor que él, más fuerte y de mejor posición a pesar de que en el mundo exterior podía pasar por insignificante y entonces, captó el punto.

Caminando de nuevo hacia la motocicleta, se percató de que algo en su aspecto indicaba su idiotez: Era hora de despojarse de la gabardina, de tal vez aceptar una ligera miopía y usar sus lentes, de cortar su cabello y optar por las camisas de mangas hasta el codo; también era tiempo de ahorrar dinero y trabajar duro, de volverse estricto y no egoísta con sus finanzas, de admitir que era solitario y que hasta su música debía cambiar para no quedarse atrás. Sobrepasado por tal conclusión, se dirigió a Le Marais para preguntar por diversos empleos, recibiendo en respuesta muchas negativas y siendo echado de los bares por no tener lugares disponibles para él. Sin embargo, a las afueras del barrio existía una tienda que solicitaba ayudante y a pesar del color rosa de las luces, entró ahí solo para ver si tenía suerte. Una chica de unos veintinueve años, con notable busto y cuyo rostro aparecía en todas partes del local, lo atendió enseguida.

-¿Tu nombre?
-Tennant Lutz.
-Parece de cómic, como de Scott Pilgrim.
-Gracias.
-¿Qué sabes hacer?
-Tratar con los clientes.
-Cualquiera lo hace... ¿Sabes de porno, actores, literatura erótica, recomendaciones de hoteles?
-No.
-¿Pero eres ordenado?
-Por orden alfabético si es necesario.
-¿Qué musica te gusta?
-Blur, Suede, Tennage Fanclub, Underworld...
-¿Algo que sí sea gay?
-¿Björk?
-Le gusta a las lesbianas, está bien.
-Si ayuda, trabajé en un bar de Jamal, puedo cubrir el horario que digas.
-¿Qué hacías?
-Servía los tragos.
-¿Eres bueno con los sabores?
-De hecho sí, los que sean.
-¿Ves las botellas de allí? Házme un coctel.
-Son lubricantes.
-Hay clientes que buscan nuevos todo el tiempo, si eres bueno mezclando, tienes el trabajo.
-¿Tienes ropa comestible?
-Al fondo.
-Me diste una idea.

Ante la chica que casi se reía por su cara de sorpresa, Tennant mezcló un par de sabores y decoró una copa con tiras finas de provenientes de una prenda frutal cuyo color era tan encendido como el de las lámparas. El chico se cercioraba gracias a su olfato de que aquello combinara.

-Listo.
-¿Qué pusiste?
-Vainilla y fresas.
-Huele muy bien.
-Pruébalo.
-¿No deberías estar en un antro por lo menos?
-Necesito el trabajo.
-La gabardina, quítatela.
-De acuerdo.
-A las cuatro de la tarde grabo mis videos en la cabina de allá, si alguien me molesta, te despido.
-Claro.
-¿Tienes identificación?
-Ésta ¿sirve?
-Eres menor de edad.
-Por favor, no me corras.
-¿En serio trabajabas en un bar?
-Puedo probarlo.
-Me han contado que en Jamal la fiesta es extrema.
-No mucho.
-¿Qué voy a hacer contigo?
-Debo pagar las cuentas.
-Si viene la policía dales cosas gratis, la caja de allá es la basura que tocan.
-¿Otra cosa?
-Estarás aquí a las nueve, te pagaré a la semana dependiendo de las ventas.
-Supongo que está bien para comenzar.
-Espero que no seas una rata, me daré cuenta antes de que se te ocurra llevarte algo.
-No, no haría eso.
-Hay unos volantes, repártelos y te veo mañana.
-Gracias por...
-Sólo esfúmate y no llegues tarde.

Tennant abandonó el lugar sintiéndose un poco confundido y con las manos en los bolsillos, topándose con Miguel al bajar los escalones.

-Me disculpo por las palabras que usé, no son cordiales.
-¿También descubriste que eres un idiota?
-Lo que te he dicho ha sido como amigo, lo que pasa es que los mortales no son muy sinceros.
-¿Qué?
-No me tomes a mal, la verdad duele.
-¿Me seguiste?
-En parte, es que necesitas ayuda y tienes el estómago vacío. Andando.
-¿Qué haces?
-Conozco una barra de sushi que bastante buena, te invito.
-¿Carlota dijo algo sobre lo que le di?
-Te lo agradece.
-Aunque sea la primera en detestarme.
-Lo que pasa es que no sabe como darte su amistad, tú le caes bien y le gustaría ver que logras algo en París.
-¿En serio?
-Es todo.

Miguel le indicó a Tennant que dejara la motocicleta frente a la tienda y recorrieron un par de calles hasta un buffet japonés más o menos barato. Los dos dejaron de tratarse con reticencia pero Miguel pensaba que el chico había pasado muchos años solo y que le haría un gran favor si le recomendaba quedarse cerca de Carlota. A veces, la amistad nacía por necesidad y esa era una gran enseñanza.


*panadería
*(Casi) paráfrasis de una frase de la película Blue Jasmine (Woody Allen, 2014)

viernes, 3 de abril de 2015

Instrucciones para ser un ángel (Carlota y Guillaume. Cuento de Pascua.)


Gabriella et Guillaume: Pour les champions du monde! Yay!

“Amar es una angustia, una pregunta, una suspensa y luminosa duda; es un querer saber todo lo tuyo y a la vez un temor de al fin saberlo.” - Xavier Villaurrutia.

Número 1: Nunca mientas.

Hesparren, Francia.

-Guillaume, ¿estás seguro de querer irte antes que tu entrenador?
-Me están esperando en INSEP.
-¿Podrías relajarte?
-Antje, estoy bien.
-¿Por qué tienes la cara de enojado?
-¿Me pasas los zapatos?
-Toma pero no me has respondido.
-¡Estoy perfecto! ¿contenta?
-No me grites.
-Perdón.
-¿Qué es lo que te tiene así?
-No me quería marchar.
-Todavía puedes decir que no.
-¿Qué entrenador va venir hasta acá?
-¿Hablaste con Nikolai Morozov?
-Me dijo que no y de todas formas yo no abandonaría el grupo de Christophe.
-Entonces no te quejes.
-Mira, todo va a estar muy bien siempre y cuando no me tope con, tú sabes.
-¿Carlota Liukin?
-No me menciones ni su nombre.
-¿Qué traes con ella?
-¿Otra vez?
-Tú la sacas a colación.
-No la voy a ver, ni hablarle, ni nada. Christophe me prometió tener a esa loca lejos de mí y él siempre cumple.
-¿Cuál es tu problema?
-No lo sé, Antje, lo único de lo que estoy seguro es que llegaré a Paris y no la volveré a ver... ¿Estás lista?
-Sólo te acompaño a la estación.
-Gracias por todo.
-Ay amigo, buena suerte.
-¿Te debo algo por prestarme tu casa?
-Nada y cuando quieras, vámonos.

Guillaume abrazó a Antje y salió con maleta en mano, sin avisarle a nadie.

Número 2: No le resuelvas la vida a nadie y no te conviertas en empleado.

París, día siguiente:

-¡Señorita Carlota!
-Qué bueno que llegas ¿tengo mensajes, Miguel?
-Hasta ahora ninguno.
-La llamada de Joubert me dejó preocupada, ¿podrías averiguar si todo anda bien?
-Claro, cuente con ello, a las siete le tendré detalles.
-¿Puedes hacer eso?
-Por supuesto que sí.
-Excelente, eh ¿trajiste mi té?
-También los artículos de la prensa.
-¡Qué bien! Salí en L' équipe, mira.
-Luce muy linda.
-La parte buena es que tengo entrenamiento y me tomarán más fotos esta tarde ¿Afilaron mis cuchillas?
-Llegaron hace rato, las puse en su mesita junto a sus botines.
-Ha de ser la caja verde que vi y que confundí con un regalo.
-Pero si lo es; los patines están en una bolsa dorada.
-¿Quién me envió el paquete?
-Tengo que bajar la voz.
-¿Es importante?
-Considero que sí.
-De acuerdo - volteando hacia atrás y constatando que no había nadie - Habla.
-Un tal Guillaume.
-¿Guillaume? ¿Guillaume qué?
-Tengo el remitente en esta tarjeta... Cizeron Guillaume, no dejó dirección.
-Ha de ser una confusión ¿Qué quiere?
-No se preocupe, señorita, no le mandó ranas.
-¿Cómo sabes que no me gustan?
-Porque se asustó el otro día que se topó con una en Saint Martin.
-Lo había olvidado, qué espanto, qué asqueroso.
-Pero la salvé.
-Me habría muerto del susto, pero no es lo que quiero recordar ahora. ¿Tienes idea de qué puede estar dentro del... ? ¿Guillaume escribió un recado?
-Nada.
-Qué cosas. Investiga lo de Joubert y le consigues algo de mi parte, un peluche, una tarjeta, lo que se pueda mandar a Suiza, ya sabes del hotel donde se hospedó. Por favor, que le llegue a más tardar mañana temprano y escríbele que lo quiero, lo extraño y que deseo que le dejen ver a su mamá.
-Lo que usted diga.
-Antes de que te vayas, dime ¿qué hay en la caja?
-Debería descubrirlo personalmente.
-¿Es bueno?
-Si me pregunta, arréglese muy bien.
-Gracias, Miguel.
-Tenga buena tarde, señorita. Estaré cerca de usted por si quiere algo.
-Hasta luego.

Número 3: No salves a nadie de sí mismo.

Recepción de INSEP, París.

-¿Llegó Carlota Liukin?
-Llamó para cancelar.
-¿Explicó por qué?
-Al parecer surgió un contratiempo, se presentará mañana para una sesión doble.
-Ese afán por dejarme plantado...
-No se moleste, Guillaume, ha de ser una decisión de la policía, Carlota Liukin va a todos lados escoltada y posiblemente hoy pensaron que sería bueno dejarla en casa.
-Si hay una novedad, infórmeme.
-Por supuesto, ¿algo más?
-Avise que he venido y que entrenaré aquí a partir de mañana, gracias y buenas tardes.
-De nada.
-Oh, aguarde.
-¿Qué se le ofrece?
-¿Tiene un bolígrafo?
-Le presto el mío.
-Este es mi número de teléfono, si Carlota Liukin cambia de opinión... Olvídelo, se lo daré yo mismo, de nuevo gracias.

Guillaume salió de ahí procurando que nadie lo reconociera y revisó su celular sin mensajes ni llamadas perdidas. Poco después, un taxi se detenía frente a él y lo tomaba para indicar que lo trasladasen a cualquier lugar y que indicaría en cualquier momento dónde detenerse, no sin antes pedir que le avisaran cuando darían las cinco. El tránsito en París era igual de intenso que siempre.

-Mejor dígame donde va, hay lugares donde medio mundo se ha detenido.
-¿Me convendría caminar?
-Eso depende, ¿qué quiere hacer?
-Tengo una cita cerca de Ilê de la cité.
-Puedo acercarlo, ¿no importa?
-Hágalo.
-Recomiendo que avise, tal vez se retrase.
-Sólo vayamos a donde se pueda.
-Nos tardaremos.

El joven asentó y nuevamente sacó el teléfono de su bolsillo, descubriendo que esta vez sí tenía algo que leer y era el recado de que su envío había sido entregado con éxito.

Entretanto y en un punto de París más distante, Montparnasse, Carlota Liukin abría con intriga la caja verde que Miguel le señalaba, encontrando al instante frascos de té, especias, miel del campo y unos aretes de perla de color durazno.

-¿Por qué me habría mandado esto? - se inquirió y ocultó aquello debajo de su cama, no sin antes localizar la ansiada nota que Guillaume le había dejado.

-"Notre Dame, cinco de la tarde" ¿Para qué querrá verme? Debo cambiarme, tendré un vestido preparado, ¿cómo voy a salir? - murmuró - ¡Miguel, Miguel! - llamó y su ángel de la guarda acudió enseguida.

-¿Me conseguirías un atuendo en la tienda de la esquina?
-Claro, ¿qué le gustaría?
-El vestido durazno del aparador que combina con estos aretes y un broche con flores, ¿cuánto dinero crees que gastaré?
-200€ tal vez.
-Iré yo misma .... Mejor no, recordé que tengo algo, trenzaré mi cabello, ¿donde pusiste el atuendo que me trajeron?
-En su clóset.
-Perfecto, si llama Joubert dile que fui a practicar.
-Pero tengo prohibido mentir.
-Entonces que salí y vuelvo más tarde; me cambiaré.
-¿Cómo va a salir de aquí?
-Ve por Sergei Trankov, ahora.

Miguel accedió de inmediato, captando que el alma de Carlota se tornaba más luminosa a la sola mención de Sergei, exaltando sus sentidos y apresurándola a maquillar un poco su rostro, pero el pensamiento de Guillaume la impulsaba a tomar finalmente la determinación de colocarse los pendientes nuevos y de usurpar un traje de patinaje como una suerte de vestido vaporoso que la hacía lucir más etérea que de costumbre. En su rostro se dibujaba el nerviosismo y su expresión angelical se transformaba en la de una deidad inflamada por una pasión no explorada. Miguel se preguntaba si entre los mortales aquel sentimiento se manifestaba así y también si en un momento genuino de arrebato, Carlota Liukin creía experimentarlo sin ser rebasada. El gesto se volvió más expresivo cuando Trankov se apareció en la ventana silenciosamente. Carlota extendió su mano y el guerrillero la tomó en brazos, sin saludar, ni pronunciar palabra, únicamente sin apartarle la mirada antes de huir con ella, porque solo necesitaba una palabra de él en ese segundo para desvanecerse de amor.

Número 4: No vayas contra lo inevitable. 

Notre Dame, cinco de la tarde.

Sergei sujetaba a Carlota fuertemente al momento de depositarla en tierra. La joven temblaba y su voz se atoraba en su garganta mientras se atrevía a tocar una mejilla de él, mientras imaginaba que todo París cabía en los ojos de ambos y que en cada rincón alguien encontraría los trozos de un amor imposible.

-Alguien me espera dentro, Sergei ¿Me llevarías a casa luego?
-No te tardes.
-Que nadie te vea.
-Ve con quien tengas que hacerlo.
-Se llama Guillaume.
-¿Desde cuándo están sintiendo esto?
-Él desde que era amigo de Andreas hace mucho tiempo, yo estoy por caer.
-¿Por qué no hablabas de Guillaume?
-Porque empezaré a amarlo cuando entre allí.
-¿Te olvidarás de los demás?
-A ti te amo mucho más.
-Carlota...
-Adiós Sergei.

La chica derramó una lágrima y dio la media vuelta, como si fuera una devota creyente, sonriente como al tener fe.

Número 5: Sólo eres un espectador.

Carlota ingresó a Notre Dame y pronto localizó a Guillaume dándole la espalda, de pie frente al atrio. Un reflejo dorado dibujaba bien su silueta, pero el viento con aroma a violetas que caracterizaba a Carlota lo hacía cerrar los ojos. Ella podía descifrarlo y sentirlo con cada paso que la acercaba. Su natural frío, su real presencia, su mirada subyugante, perturbaban todo alrededor pero no a él que se permitía sonreír ante ello y que al tenerla junto, se limitó a continuar en su postura.

-Puntual como siempre, señorita Carlota Liukin.
-¿Cuánto he demorado?
-Como cuatro años.
-Llegar tan tarde a una cita no es muy adecuado.
-Pero has venido.
-Tenía temor de verte, Guillaume Cizeron.
-¿Alguna razón es especial?
-Estaba pensando en otro amor.
-¿Aquél es Sergei Trankov?
-Escondértelo no sirve.
-Olvidarlo tampoco, siempre estará contigo.
-Pero no como tú y yo.
-¿Cómo continuaremos?
-Te toca decidir.
-Esto va en contra de mí mismo.
-Lo sé y por eso nunca pediré nada.

Guillaume unió su mano derecha con la de Carlota y se atrevió a mirarla, contento de que ese amor era así, intocable y apasionado, profundo y distante, contenido pero inmenso, enloquecido pero único e íntimo. Ella no alcanzaba ni a sonreírle por contemplarlo tan lejano pero tan palpable que perderse en su dulce mirada le confirmaba que no había nadie más que él y que a pesar de no tenerlo jamás, sería suyo para siempre.

Los dos se abrazaron de una manera tan fuerte, que aparentaban fundirse y aquella inocente pero desesperada acción se coronaba con la decisión de despedirse por aquella tarde, inclinándose él para concretar un beso, que de tan hondo y bello era como ver un milagro.

Carlota y Guillaume se amaban por la eternidad.

Independientemente de la disciplina, este video muestra la belleza por la misma, vale la pena.