Sábado, 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo. París, Francia.
-Bien, hice lo que me pidieron. Hablé con su esposa - anunció Marine Lorraine al salir de una cabina telefónica en la Rue de la Poinsettia, a unos pasos del bistro "La belle époque". Courtney Rostov-Diallo, Madice Lison Hubbell y Kleofina Lozko la rodeaban con interés.
-¿Qué te dijo? - preguntó Courtney.
-Que soy una maldita zorra - replicó Marine.
-Ouch, lo siento.
-¿A qué más me van a obligar ustedes tres? Más bien cuatro ¿porque tienen a su amiga en el teléfono, verdad?
-Quizás Eva nos apoya a la distancia.
-Su amiga chismosa no tiene mejores ideas que ustedes.
-¿Qué pasó con esa llamada a Venecia?
-¿Tengo que explicarles todo, Courtney?
-Si Maragaglio no deja en paz a los Liukin, te arrancamos el cabello.
-¿Por qué tengo que hacer esto?
-Porque tú eras cómplice de ese idiota.
-Yo no sé para qué los quería.
-Pero tú los encontraste.
Marine movió los brazos para reforzar que no tenía idea y prefirió asomarse por el ventanal de "La belle époque" para constatar que el personal trabajaba.
-El servicio inicia en unos minutos - dijo el chico que escribía el menú en la pizarra y todas actuaron amablemente, sobretodo Marine, cuya sonrisa fingida tenía cierto aire de sinceridad.
-Nos siguen, muévanse - hizo notar la mujer de repente.
-¿Qué sucede? - curioseó Kleofina.
-Es Sergei Trankov, lo vi.
-¿Trankov? Qué bueno...
-¡Que camines!
-No lo veo por ninguna parte.
-Está escondido arriba de nosotras.
El grupo se disponía a seguir a Marine cuando sonó una campanita y alguien salió a anunciar que el bistro "La belle époque" estaba listo para recibir a sus comensales. Madice Hubbell creyó que no tenían opción y entró al local mientras tiritaba de frío.
-¿Qué rayos haces? - regañaban las demás.
-Tengo frío y he pasado todo el día despierta desde que nos escapamos de Tell no Tales ¿Puedo comer algo por lo menos? Además, ya estamos aquí ¿O van cambiar el plan?
Courtney se llevó la mano a la cabeza pero tomó una mesa y las demás se ubicaron junto a ella. Un ingenuo mesero se acercó con la carta y les anunció el desayuno del día.
-Tenemos croissants con chocolate, ensalada de frutas, jugos de tomate y naranja y hay sopa de cebolla con pan de la casa.
Las mujeres volvieron a sonreír forzadamente y Madice ordenó un plato de sopa en el acto. Las demás le siguieron la corriente y sólo Marine se quedó en silencio luego de aceptar apenas un café.
-"No debí venir, mi boda es en dos semanas y con este viaje voy a faltar a la charla prematrimonial" - pensó ella mientras notaba la gran foto de Kleofina Lozko al otro lado del ventanal y se preguntaba por qué ninguna le prestaba atención. Luego se acordó de que el día anterior, Courtney y sus amigas la habían raptado para tomar el tren y una de ellas había concretado el agotamiento de sus ahorros para el vuelo más próximo a París. Marine se había dedicado a realizar varias llamadas a sus antiguos contactos en Intelligenza Italiana y había tenido que anunciarle su boda a personas de las que apenas se acordaba para poder llegar ahí, a "La belle époque" y descubrir por qué Maragaglio continuaba siendo un obsesivo de la familia Liukin y de paso, volver a verlo para saber si amaba a un recuerdo o la pasión era abrasadora como a sus veinte años. Alguna vez habían estado juntos en esa ciudad y ella no recordaba ni las calles ni los paseos, pero si el cuerpo de él y cómo la hacía sonreír.
-¡Marine, agacha la cabeza! - dijo de repente Kleofina.
-¿Qué pasa? Perdón, me distraje.
-¿No te habían dicho que Maragaglio estaba en otro lado?
-¿Dónde viene?
-En las escaleras del fondo ¡que no te vea!
-¿Con quién está? No creo que ande solo.
-Alcanzo a ver a una chica de pelo negro.
Marine ocultó su cara y por el reflejo quiso entender la situación. Fue entonces que confundió a aquella chica desconocida con Katarina Leoncavallo y prefería no escuchar de lo que hablaban. Por la forma de tratarse, era evidente que ambos sostenían una aventura.
-Marine ¿todo bien? - consultó Courtney.
-Está con Katarina.
-No hay tiempo de llorar.
-Todo lo que me dijo en Venecia era verdad.
-Olvídate de eso ¿Recuerdas el plan?
-Recuperar el sobre con el ADN y evitar que Sergei Trankov lo vuelva a robar.
-Explícame algo: ¿Por qué investigaste a Maragaglio?
-Él estaba buscando a su padre y se me ocurrió mandarle a hacer un rastreo, Thorm Magnussen lo robó y cuando el Gobierno Mundial lo quiso recuperar, Trankov se apareció y se llevó todo.
-¿Cómo sabían de ese sobre?
-Le pedí el trabajo a un laboratorio secreto pero yo no sabía que el encargado era Magnussen. Era un análisis con las ramificaciones familiares de un banco ruso de muestras.
-¿Un qué?
-Los rusos guardaban ADN de millones de personas, no se cuántas. Sufrieron un problema grave que echó a perder su depósito y lo que cuenta es que tomé una copia del historial de Maragaglio pero Thorm Magnussen escapó de un tren con Trankov y la otra que quedaba.
-¿Qué le pasó a la tuya?
-Cometí un error.
-¿Dónde están tu valiosos papeles, Marine?
-¿Creen que pueda detener a la paquetería exprés?
-¿Tu qué?
-Le envié todo a la esposa de Maragaglio.
-¡Eres una idiota!
No hubo manera de reclamar cuando Maragaglio abandonó el lugar del brazo de su acompañante y Marine no resistió la tentación de verlos a través del cristal. La pareja coqueteaba abiertamente y él hablaba al oído de esa chica antes de darle su tarjeta de crédito y un beso apasionado que la sonrojaba y la hacía sentir muy hermosa.
-No hagas eso, Maragaglio se daría cuenta de que estás aquí - aconsejó Madice y el grupo siguió quieto al distinguir a Carlota Liukin y Maurizio Leoncavallo abandonando el lugar para irse a Bércy.
-Courtney ¿todo bien contigo? - continuó Kleofina.
-Descubrí que no siento nada.
-Menos mal.
-Maurizio no es tan guapo.
-Al menos tenemos una mujer consciente aquí - remató la propia Kleofina al cruzarse de brazos y mirar a Marine perdiéndose ante la presencia de Maragaglio
-Esto no va a funcionar - dijo Madice.
-¿Qué harás? - preguntó Courtney.
-Iré por los documentos ¿Alguien imagina en donde pueden estar?
-Sabemos que Trankov se los dió a Maragaglio. Marine ¿en dónde está la habitación de ese tipo? ¡Oye, despierta! ¿Marine? ¿Estás aquí?
-No le insistas, no puede ni hablar.
-¡No vayas, Madice!
-Alguien debe encargarse y no hay plan B.
La joven Madice se levantó para dirigirse a la escalera y por poco lograba su objetivo cuando topó al mismo Maragaglio de frente. Aquél le sonrió y ella fingió que buscaba el tocador, así que un mesero se acercó para auxiliarla.
-¿A qué rayos regresó? - murmuraban las demás tratando de ocultarse, pero él volvió a retirarse velozmente y no sabían si respirar de alivio o dejar el asunto en paz.
-Sí nos vamos, será mejor para todas - concluyó Marine antes de cubrir su rostro con las manos y sentir una enorme vergüenza por el plan fracasado. Su única esperanza era que él no la hubiera visto y al observarlo contestar su celular, se dio cuenta de que estaba trabajando en algún asunto que lo tenía preocupado.
-Me reconoció - descubrió Marine y él volteó a su distancia, dedicándole un gesto de sorpresa y cansancio, pero no de desprecio.
-Hay que abortar misión, muchas gracias, Marine - reprochó Courtney.
-Perdóname.
-¡No lo veas!
-¿Nos podemos ir?
-¿Le dejarás el sobre?
-¡Él sabe de nosotras! Perdimos, vámonos.
-¡Por lo menos acaba con tu café! Desperdiciamos demasiado con este viaje.
-Uno que no debimos hacer.
-¡Tu ex novio idiota se está pasando de la raya con una familia!
-Es su trabajo.
-Comienzo a entender por qué te botó.
-Courtney, tú no sabes de lo que hablas.
-¿Qué hay en el sobre?
-Nada que te importe en realidad.
-Nos hiciste perder el tiempo, Marine.
-¡Ustedes lo perdieron solas! ¿Creías que después de raptarme, las iba a ayudar?
Marine Lorraine se rindió sobre la mesa y Kleofina Lozko colocó una mano sobre su espalda en un intento pequeño de consuelo.
-¿Leíste ese informe de ADN, Marine? - añadió Courtney.
-Todo - respondió aquella con tono pagado.
-¿Maragaglio sabría de qué va el asunto si lo revisara?
-No sabe nada.
-¿Ni un poco?
-No sospecha de los Liukin como su familia.
-No es cierto.
-Maragaglio no imagina ni un poco.
-¿Por qué los buscó?
-Nunca me contó pero el apellido le pareció llamativo y los hallé por él.
-Se va a enterar de todo cuando hable con su esposa.
-¡Yo quiero que este asunto acabe de una maldita vez!
Marine se levantó y salió del lugar sin que nadie le siguiera. Madice alcanzó a sentarse de nuevo y terminar con su plato mientras Kleofina y Courtney se quedaban en silencio.
Desde que inició la tarde, Marine Lorraine se dedicó a caminar por París, a tratar de ubicarse, a dormir en una cama del hotel al que había ido con Maragaglio alguna vez. Encontrarlo le resultaba doloroso, sobretodo porque Katarina estaba con él. De la impresión, no se había dado cuenta de que no era la misma mujer, que ese hombre continuaba viviendo un sueño que consideraba inalcanzable. Pero sus ojos contemplándola en el bistro la hacían feliz. Maragaglio había cambiado su peinado, se notaba más delgado y su voz era más bella. Marine tuvo la certeza de que, si un día volvían a convivir, iba a enamorarse aún más.
-Debo recuperar esos papeles - sentenció luego de unas horas y se levantó deprisa sin avisar a las demás. Aquello se convertía en una prueba de honor y luego de llamar a sus contactos para detener el paquete con destino a Venecia, se fue a la Rue de la Poinsettia con tal de colarse y buscar un sobre grande por cada habitación que existiera. Un taxi llegó a su auxilio a la hora acordada y Courtney tuvo la sensación de que debía correr detrás cuando notó su ausencia.
La vida es una sucesión de momentos específicos el día que se afecta a los demás. Lo único que queda en la memoria es haber ido y venido sin reparar en obstáculos, con el impulso de corregir o de caer, perdiendo las demás escenas sin encontrar un nexo entre ellas. Marine Lorraine había cometido la torpeza de enfurecer después de que Maragaglio se negara a contestar sus llamadas y el sobre con la verdad era su venganza ante él y ante Susanna Maragaglio, que tendría que lidiar con el precio de la revelación. También se había dejado forzar a ir a París para huir de su familia y volverse loca mientras veía a los demás arder y odiarse. Pero con el remordimiento no se juega y al arribar a "La belle époque" a las cinco de las tarde, la mujer supo que debía seguir las indicaciones de Sergei Trankov, mismo que pasaba la jornada en el techo, con su eterna labor de vigía. Él mismo le ayudó a subir por la escalera de servicio hasta el segundo piso y la introdujo al dormitorio de Maragaglio, sin mediar palabra.
-¿Por qué me ayudas? - curioseó, pero él la dejó frente a la cajonera donde descansaba el sobre, así que lo tomó, aunque aquello coincidiera con una escena de pelea en la estancia. Estaba entreabierto, así que ella distinguió a la falsa Katarina intentando persuadir a Maragaglio de no irse a los golpes con su primo Maurizio.
-¡No le vas a faltar al respeto a Katrina, infeliz! - gritaba Maragaglio, Carlota Liukin y sus amigos no sabían donde meterse, el escándalo se escuchaba por todas partes y a Marine le comenzaba el dolor de oídos cuando Judy Becaud salió del baño, descubriendo a la intrusa en el acto.
-¿Quién es usted y que hace aquí?
-Es Marine y trae algo para ti, Judy - Tomó Sergei Trankov la palabra.
-¿Algo mío? ¿Es importante?
-Si ella no te da ese sobre, te enterarás de todos modos. Ella mandó la misma información a Venecia y aunque trató de cancelar la correspondencia, alguien del Correo Exprés llamó a Maragaglio y él dio instrucciones de continuar la entrega. Marine, le das esos documentos ahora a la señora Becaud o en serio, no te dejaré escapar... Por cierto, me alegra que te hayas ido de los servicios de inteligencia, cometes errores de novata.
La joven se paralizó un momento y Judy Becaud agarró los papeles con la intriga sembrada en la cabeza. Marine huyó apenas la otra inició la lectura.
-¡Ay, me están mintiendo, no es cierto! - exclamó Judy al entender qué estaba ante sus ojos. Parecía que iba a desmayarse.
-Trankov ¿qué es esto? ¡Explícame!
-Un árbol genealógico, cortesía del Gobierno Mundial.
-¿Quién era esa mujer? ¿Por qué tenía esto?
-Judy, ahora sabes la verdad.
-¡No puedo tener tres hermanos!
-Maragaglio no quiere conocer nada.
-¿Cómo lo consiguieron?
-Fui yo.
Judy Becaud se llenó de furia y atravesó la puerta, parando el espectáculo de golpes con una contundente cachetada a Maragaglio y aventando sus análisis al piso.
-¡Deseo que usted se vaya al infierno! - gritó ella.
-¿Por qué entró a mi habitación?
-Porque necesitaba pasar al baño y usted es un animal y un imbécil que está haciendo un carnaval en mi casa desde que llegó ¡Púdrase y lárguese, Maragaglio!
-¿Qué le sucede?
-¡Ojalá se muriera de la vergüenza!
Maurizio Leoncavallo sostuvo a Judy junto a Jean Becaud y Carlota Liukin levantó del suelo los documentos junto a sus amigos, pero a Anton Maizuradze le ganó la curiosidad y al distinguir el nombre de Ricardo Liukin, no evitó mostrarle a su amiga.
-¿Qué es esto? - preguntó Carlota y juntó cuánto papel había, llevándose una de las grandes conmociones de su vida.
-Muérete, Maragaglio - musitó..
-¿Ahora qué hice?
-¡Siempre supiste! ¡Sólo muérete!
-¿A qué te refieres?
-¡No te me vuelvas a acercar!
La chica le entregó a Maragaglio el informe aquel y se alejó llorando. Él no agregó más y como deseó comprender los motivos del rechazo, escudriñó cada página, percatándose de que habían violado su intimidad y Sergei Trankov tenía que ver.
-¿Por qué abrieron esto? ¿Quién les dio permiso de meterse con mis cosas? - reclamó.
-Yo sólo soy el mensajero - señaló Trankov.
-¿Es un montaje?
-¿Qué ganaría con eso?
-¡No puede ser cierto! ¡Ellos no son...! Carlota no.
-Maragaglio, sé que tú no querías enterarte pero Judy Becaud tenía derecho a saber de dónde viene.
-¿Tú le diste el sobre?
-En realidad, fue Marine.
-¿Marine?
-Ella te mandó investigar y tuviste la suerte de que Thorm Magnussen se dedicara a encontrarte los parentescos.
-Yo no puedo ser... ¿Mi abuelo me odió por esto?
-Le avergonzaba, tal vez.
-¡Yo soy inocente! No quise saber, no me hacía falta. Yo...
Maragaglio se derrumbó frente a Katrina y Maurizio recogió el desastre faltante, descubriendo que Judy Becaud era hija de Ricardo Liukin y a su vez, este era hermano de Maragaglio. El impacto, sin embargo, era más fuerte, porque de acuerdo al informe, Lía Leoncavallo no sólo era abuela suya; también lo era del mismo Ricardo y de Lorenzo y Gwendal Liukin. Aquello lo volvía a él y a Katarina primos directos de la familia Liukin y Carlota y sus hermanos pasaban a ser su sobrinos. Pero el papel más importante lo dejó estupefacto. Maragaglio siempre había sido el primo bastardo, el indeseable y al mismo tiempo, el obligado a ser el fuerte para soportar el peso de la familia entera. En un segundo, Maurizio Leoncavallo conoció el por qué.
-Tus padres son hermanos.
Maragaglio apenas lo miró.
-¿Cómo se llama ese maldito?
-Maragaglio ¿estás seguro?
-¿Seguirá vivo? Mi madre debió sentirse tan apenada.
-Él es Goran Liukin Jr. y es hijo de la abuela Lía.
-¿Mis padres me abandonaron por eso? ¡El abuelo hizo de mi vida un infierno por su culpa! ¡Me dejaron solo! ¡Me hicieron hermano de un hombre que también me odia!
-¡Maragaglio, cálmate!
Como si volviera a ser un niño, Maurizio Maragaglio mordió sus nudillos y miró alrededor para buscar un sitio en el cuál esconderse, hallando los brazos de Katrina.
-Cariño, llora lo que necesites - dijo ella y aquél le hizo caso por unos minutos, aunque sabía que los demás lo contemplaban desde los otros cuartos.
-Trankov ¿Quién consiguió esta información? No mientas - reaccionó de repente.
-Te he dicho que Marine Lorraine.
-¿La conoces?
-De vista.
-¿Conocías cada detalle, imbécil?
-Es mi trabajo.
-De acuerdo. Marine me la va a pagar.
Maragaglio se soltó de Katrina con el rostro serio y enseguida, se dedicó a realizar un sinfín de llamadas a Intelligenza Italiana para conocer el siguiente movimiento de Marine Lorraine. Los nombres de sus acompañantes de viaje, su última cuenta saldada, el número de la habitación donde se hospedaba en París y la fecha y lugar de su boda salieron a relucir, así como detalles de su prometido, la etiqueta de su vestido de novia y su itinerario prematrimonial.
-Así que tengo dos semanas.
-Cariño ¿qué estás pensando?
-Katrina, nunca me preguntes algo cuando esté enfadado.
Maragaglio se notaba lleno de ira y enseguida se comunicó a casa, enterándose en el acto que su esposa había recibido la correspondencia de parte de Marine pero también había conversado con ella. Susanna Maragaglio se oía destrozada y aquello acabó con la paciencia que ese hombre se había esforzado por guardar.
Venecia, Italia. 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo.
Cerca de la medianoche y luego de tomar dos dosis de antiviral, Ricardo Liukin empezó a sentirse mejor. Su asiento en el hospital de San Marco Della Pietà no era tan incómodo como había creído al principio y no decidía entre irse o aguardar al amanecer luego de informarse sobre su hijo Tennant, internado en el sexto piso; su novia Maeva, que descansaba en el quinto nivel y Katarina Leoncavallo, aún delicada en Terapia Intensiva. A su lado se encontraba Miguel, mismo que comenzaba su propia experiencia con una congestión nasal fuerte.
-No entiendo cómo puede escurrir tanto moco - se quejaba el joven.
-De eso se trata estar enfermo - replicó Ricardo.
-Estoy muy cansado ¿Es normal que me molesten los ojos?
-Miguel, todo tiene sentido.
-¿Así se siente estar muy mal?
-¿Tomaste la medicina?
-Creo que necesito más.
Ricardo respiró profundamente y recargó su cabeza en la pared. Poco después, un médico de guardia le envió a casa y aunque no deseaba irse, accedió para poder descansar y aislarse. Dejando sus datos para que lo pusieran al tanto de cualquier acontecimiento, el hombre notó que no tenía forma de volver al barrio Cannaregio y que el cercano hotel Messner era utilizado para hospedar a los pacientes moderados. Una enfermera le entregó un par de formas para que le dejaran pasar.
-¿Quién va a pagar la estancia, señorita?
-A los pacientes los cubre el seguro de viajero si son turistas.
-Soy residente extranjero.
-Creo que le harán cubrir la cuenta.
-¿Por qué no me sorprende? Así son las cosas ¿Cuánto le debo al hospital?
-Nada, señor.
-¿En serio?
-¿El chico es buzo, no?
-¿Conocen a Miguel?
-Él tiene servicio médico como prestación laboral y su familia también.
-Miguel va a matarme.
Ricardo Liukin palideció más y se cruzó de brazos luego de firmar su salida y pensar de nuevo que había traicionado a su hijo. Por su cuenta, Miguel intercambiaba sus prescripciones médicas y cualquiera que le veía le deseaba que se recuperara pronto. Como los buzos eran muy queridos, el joven recibió una cajita con cubrebocas y le colocaron uno que le hacía ver la cara más amigable. Luego se acercó a su padre para emprender camino.
-¿Por qué vienes tapado?
-Me han dicho que así no contagiaré a nadie, papá.
-Creo que te haré caso.
-Toma, son bonitos.
-¿Qué dices, Miguel? Cubrirse el rostro no es agradable.
-Yuko a veces lo hace.
-En su cultura ha de ser normal.
-No parece mala idea con los enfermos.
-Me urge dormir, vamos.
El señor Liukin hablaba de mal humor y salió a la calle mirando al suelo, caminando como si los pies le pesaran. Alcanzó a ponerse su abrigo gris cuando una llovizna inició, notando que ni siquiera había llamado a casa para saber si su hijo Andreas estaba con Adrien o Yuko había adquirido suficientes víveres. Tampoco imaginaba las noticias y le sorprendió ver una pantalla afuera de una farmacia en la que los empleados de una estación de góndolas se iban enterando de las restricciones al transporte a iniciar inmediatamente.
-Parece grave - dijo Miguel.
-Vamos a descansar y luego pensamos en cómo volver a casa - replicó Ricardo. El hotel Messner estaba detrás de una puerta de madera vieja y apenas estaba señalizado, aunque por el servicio que daba esa noche, había un médico a la entrada que iba ubicando a los enfermos con ayuda del recepcionista.
-Ciao, nos enviaron del hospital para acá - inició Miguel.
-¿Puedo ver sus prescripciones?
-Claro, mi padre se las da.
-¿Eres buzo, ragazzo? Qué suerte, te atenderán primero en cualquier emergencia... Te daremos una habitación para dos personas y por favor, no salgas una vez que entres. Le recomiendo a los dos que tomen una ducha y cámbiense de ropa, nosotros nos encargaremos del resto ¿Han comido algo?
-No que recuerde.
-Veremos qué hacer, tomen la llave de esta bandeja y mañana alguien los evaluará.
-Grazie molto.
-Buona notte.
Miguel le dio una pequeña palmada a Ricardo y se ocupó de guiarlo por la escalera hasta un cuarto pequeño en un nivel que aún no estaba lleno. La ventana daba hacia una piscina y luego de cerrar, ambos notaron que afuera alguien limpiaba el pasillo.
-Oye, Miguel, haré lo que nos pidieron de bañarnos. Regreso en unos minutos - anunció Ricardo al notar una bata de enfermo sobre una de las camas y saber que abandonar su ropa no era opcional, aunque lo disfrazaran de lo contrario. A esa hora, su sentido del olfato había vuelto y se precipitó a encerrarse en la regadera, prácticamente agradecido de que su hijo no pudiera notar que sucedía algo extraño. El olor de Katarina Leoncavallo estaba impregnado en su camisa, en sus pantalones, cubría su cabello y se concentraba en su pecho con bastante fuerza. Miguel también había llevado parte de ese hermoso aroma algunas veces y en casa se reconocía fácilmente.
Mientras se duchaba, Ricardo pensó mucho en lo sucedido en Lido con aquella mujer y le era complicado de creer con su belleza, lo apasionada que había demostrado ser, lo desinhibida y alegre a cada minuto. Nunca se imaginó rebasar su límite moral de esa forma y se redescubrió como egoísta y traicionero. Nunca más podría juzgar a Maragaglio ni a nadie sin la sensación de haber cometido un acto más ruin aunque ¿cómo lo sabrían los demás? Si no le contaba a nadie, entre Katarina y él existiría un secreto. Un secreto con la mujer que más le había atraído en la vida.
Ricardo Liukin tenía que recuperar el sentido a pesar de todo y recordó que Miguel merecía estar libre de engaños. Katarina después de todo no era confiable y su confidencia sobre Maragaglio en París evidenciaba más su inestabilidad. Partirse en dos, como hombre y como padre era hipócrita pero asumir alguno de los papeles era pertinente debido a las consecuencias y el abrazo que su hijo adoptivo seguramente necesitaría si su novia cumplía su parte del trato y se alejaba de él.
Al volver con Miguel, Ricardo se quedó callado un largo rato y se colocó en una cama, a la espera de la cena. El muchacho estaba más que cansado e impresionaba su manera de gastar pañuelos.
-Nunca me había enfermado, papá - confesó Miguel.
-¿Seguro?
-No sabía que era un dolor de cabeza.
-Alguna vez te iba a pasar.
-¿Quieres que le llame a Carlota?
-¿Traes celular?
-No te encontraba desde ayer.
-Tuve unas cosas que hacer.
-Gracias por ayudar a Katy.
-No me agradezcas, Miguel.
-No sé por qué no me dijo que se sentía mal.
-Fue de repente, la escuché cuando comentó que no respiraba bien y tuve que llamar a la ambulancia.
-¿No te habían avisado en el hospital?
Por un momento, Ricardo Liukin creyó que su mentira sería descubierta.
-Katarina te estaba buscando, Miguel. Yo le sugerí por teléfono que consiguiera un médico pero la oí mal y preferí ayudarla. Ella dio mi referencia porque bueno, oíste al tal Gatell, nadie en su familia contestó por ella.
-Gracias, papá.
Miguel limpió su nariz de nuevo, molesto por su enrojecimiento y porque sus ojos lloraban de repente.
-Todo estará bien mientras no tengas fiebre.
-Papá, esto es muy loco pero creo que estoy feliz de que enfermáramos juntos.
-¿Por qué?
-No te tienes que preocupar por los demás hoy.
-Al contrario, Miguel. Hoy debo angustiarme, no sé que han hecho tus hermanos en todo el día y tampoco he llamado a París para que Carlota me cuente otra de sus aventuras.
-Hablé con Andreas en el hospital.
-¿Él está bien?
-Tuvo que salirse pero creo que no se contagió.
- Me tranquilizaría mucho eso.
-Yuko se quedó con Adrien.
-Voy a comenzar a apanicarme. Miguel, no te comprometas con hijos.
-Jajaja, no es tan malo.
-¿Que no? Intenta pagar las cuentas de ropa, comida y cosas que no son tuyas y luego me dices. Además, no puedes confiar en nadie para cuidar de los niños, ni siquiera en tu sombra
-¿Somos tan malos?
Ricardo empezó a reírse.
-Son una plaga, Miguel ¿Sabes que empecé a rezar por culpa de Andreas? Y tú saliste igual, así que suplico porque no se les ocurra ahogarse mientras trabajan.
-No soy surfista.
-Con ser aprendiz de buzo, basta... Me preocupa el futuro de Tennant, tiene talento pero no es listo y ni hablemos de Carlota porque me asusto el doble.
-¿Por?
-¡Le gustan los tipos tatuados y con motocicleta!
-No es cierto.
-Marat, Joubert y Trankov tienen pintadas cosas y tu hermana cree que no me di cuenta.
-¿Por qué es malo un rayón en el cuerpo?
-Si ella se hace uno, me mato... Es que le gustan esos tipos un poco malos y mientras ella los ve lindos, yo identifico a Sal Mineo peleando en una película.
-¿A quién?
-Soy viejo, Miguel. He hecho tantas locuras en mi vida que apenas me doy cuenta de lo aterradoras que son cuando veo a todos ustedes crecer.
-Siempre dices que eras un rufián.
-Me divertía con las camisetas mojadas en las fiestas ¿Crees que me gustan ahora?
-Sí.
-Pero odiaría que ustedes... Lo odiaría.
Miguel guardó silencio para intentar entender qué le sucedía a su padre.
-El abuelo me regañó sin descanso, me decía "eso no se hace" y siempre le respondí que yo era joven. No hubo día que no me llamara estúpido y no entendí hasta que me dediqué a cuidar de mis hijos. Fui irrespetuoso, definitivamente lastimé personas y sigo tomando decisiones que lamento mucho.
Ricardo se había sumergido en la melancolía y le asustaba dejar de sentirse culpable pero entre más vueltas daba su cabeza, más gratitud encontraba en la evocación de los besos de Katarina Leoncavallo.
-Quiero preguntar algo.
-Adelante, Miguel.
-¿Por qué odias a Maragaglio?
-¿Qué tiene que ver?
-¿Te recuerda a ti?
-Cuando yo tenía veinte años.
-Lo veo claro.
-Él se niega a envejecer y respeto eso; es sólo que crecí antes y de pronto no sé, me molesta su inmadurez.
Miguel se rió y pese a sentir que dormía, se metió a la ducha. En tanto, Ricardo resolvía envolverse en las sábanas que tenía y se dio cuenta de que llevaba un largo rato abrazando la almohada, anhelando no estar solo mientras contemplaba como una tímida nevada y una noche estrellada se combinaban con las sirenas y las alarmas de emergencia, revelando una epidemia atroz.
Venecia vivía horas tristes y afuera, la gente que se esforzaba para mantenerla de pie no podía cuantificar cuánto daño sería hecho. Mientras la escena de los ataúdes se preparaba para revelarse al amanecer, la incertidumbre quedaba cautiva en cada rostro y rincón con gestos de enfermedad o de vida y la encrucijada de continuar o extraviar algo en el camino. Para Ricardo Liukin la pérdida era un asunto de confesiones que no haría y notó que sus pugnas personales con Maragaglio y Miguel eran sus nuevas derrotas, aunque le fuera indiferente aquél resultado al recibir la llamada del hospital San Marco Della Pietà y discretamente la contestara para que su hijo no la advirtiera. Las buenas nuevas eran que Maeva descansaba bajo observación constante, la fiebre de Tennant había bajado y Katarina Leoncavallo se había animado a probar bocado a pesar de seguir grave. Pero sólo de ella preguntó los detalles, recibiendo a cambio un comentario de lo hermosa que se veía en batón y de su pequeña sonrisa al cerrar los ojos. Ricardo quiso creer de inmediato que la joven estaba pensando en él y supo que le preguntaría apenas tuviera la oportunidad o ella quisiera hablarle. El asunto estaba trabado entre ambos y en privado, no iba a actuar como si no se hubieran deseado mutuamente.
Venecia, Italia. 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo.
Una vez confirmada la noticia de su embarazo, el estado de salud de Juulia Töivonen se restableció lo suficiente para que Alessandro Gatell decidiera trasladarla a una habitación regular al anochecer. La joven reaccionó muy feliz y observó como la Unidad de Terapia Intensiva parecía tener una hora de paz.
-¿Cómo que no hay camas en el segundo piso? - preguntaba Gatell con molestia.
-Estamos adaptando los cuartos y en algunos hemos metido cinco o seis pacientes - le decía la Jefa de Admisiones.
-Tengo una paciente embarazada ¿dónde la van a meter?
-En el quinto piso estamos juntando a las mujeres.
-Búsquele un sitio que no esté lleno, por favor.
-No es la única enferma que está en esa condición.
-¿Alguna otra llegó a Terapia Intensiva? Dele una habitación que no esté llena.
Gatell se había enojado, aunque a Juulia le parecía gracioso que pronto la sacaran de ahí por su mejora récord. El aislamiento seis volvería a ser exclusivo de Katarina Leoncavallo con su fantasmagórico aspecto de los labios invisibles y su siesta que evocaba a un cadáver fresco. Después de llorar sin calmarse, las enfermeras la habían sedado ligeramente y Gatell no había podido hacer nada por contradecirlas. La chica tenía todas las señales de hallarse triste.
-No me despediré de ella - señaló Juulia.
-No se preocupe, Katarina necesita dormir - añadió el doctor.
-La forzaron a hacerlo.
-Ha sido un día agotador.
-Si no amáramos al mismo hombre, seríamos buenas amigas. Ella es todo corazón ¿sabe? Cada semana le pinta una tarjeta a sus padres para decirle que los quiere y lo hace con mucho empeño y colores lindos.
-¿Katarina es cariñosa?
-La gente le tiene miedo porque es muy bonita. Supe que los jueces han querido darle medallas de oro todo el tiempo y no lo hacen porque las federaciones dan muchos donativos y tienen patrocinadores muy fuertes que prefieren sostener lobby por otras patinadoras ¿Sabe cuántas empresas no contratan a Katy porque es demasiado bella?
-Estoy seguro de que ella está consciente.
-Doctor Gatell, sé que a usted no le impresiona Katarina.
-Le ayudo.
-¿Podría saber por qué?
-Le resultará llamativo, pero no lo sé.
Juulia no añadió más, quedándose en la espera por irse de una sala que hacía tanto que se le había vuelto cálida. Luego miró a su compañera como si aquella fuera de cristal y no quería verla haciéndose añicos. Fue entonces cuando Gatell, recordando los recados, la interrumpió abruptamente.
-¡Juulia! Casi olvido decirle que Maurizio Leoncavallo ha llamado para saber cómo está.
-¡Qué buena noticia! ¿Sabe algo más sobre él?
-Se irá a Helsinki y volverá a París por dos semanas más pero prometió estar al pendiente ¿Sabe que esta tarde se ha puesto a Venecia en cuarentena? Por eso él no la verá tan pronto.
-No tenía manera de enterarme.
-Es cierto, una disculpa. Maurizio ha estado al teléfono tres veces. Le deseé un feliz cumpleaños por usted.
-¿Le ha anunciado el embarazo?
-Considero prudente reservar la sorpresa. Usted podrá decirle.
-¿No me harán más análisis?
-No se preocupe, Juulia, cuando suba a piso le ordenarán lo que sea necesario.
-Muchas gracias.
-Me alegra ayudar.
Gatell sonrió detrás de su cubrebocas y luego de terminar sus anotaciones, revisó de nuevo a Katarina Leoncavallo, notando que su oxigenación presentaba un mejor nivel, el sudor intenso había cedido un poco e incluso, su fiebre, si bien seguía presente, era menos alarmante.
-Parece que responde bien. Si mañana se repone más, habrá que llevarla a otra habitación - dijo el médico, ansioso por preguntarle a Katarina cómo se sentía. Juulia Töivonen volteó a verla como si quisiera celebrar y luego de comprobar que dormiría más tiempo, se dedicó a esperar por su propio destino.
Eran las veinte horas cuando los cambios terminaron en la sala de Terapia Intensiva y Alessandro Gatell finalmente abandonó su puesto para descansar un poco. El caos en el hospital continuaba, pero las calles se encontraban solas. La Polizia, los buzos nocturnos, los veladores del vaporetti, los panaderos y los técnicos de mantenimiento de la ciudad laboraban como cualquier otro día mientras se preguntaban si los alcanzaría el contagio. En las noticias, se anunciaba a Italia entera que la situación era grave y que la región del Véneto no recibiría visitantes. Los funcionarios públicos declaraban desordenadamente sobre el asunto y la alcaldesa de Venecia resultaba ser una paciente más en una pequeña clínica de Santa Croce. Tal y como un boletín de emergencia anticipaba, los turistas neoyorkinos abarrotaban los hospitales de Cannaregio y San Polo y las enfermeras realizaban demasiadas preguntas, enterándose de pacientes que se sentían mal antes de tomar sus vacaciones. El enojo también se contagia y Katarina Leoncavallo despertó al oír de un par de personas que habían estado en Skate America y en una pizzería de nombre East Village buscando a la patinadora Michelle Kwan, pero en su lugar, se habían encontrado con ella. En San Polo se hallaban las personas que la habían infectado y claro que quería saber sus rostros para vengarse. En esos instantes y por una idea de alguien, se hacían "cadenas de contactos", así que la habían hallado y pronto, supo que un hombre llamado Thomas Schiavone había mencionado su nombre también.
-¿Usted se encontró primero con los turistas o con el señor Schiavone? - preguntó el enfermero que notó que Katarina oía al personal en lugar de saludar.
-Patiné y comí pizza antes de encontrarme... con Tommy - respondió ella de mala gana.
-¿Acudió a alguna fiesta, señorita?
-A un concierto... en el bar Coney Island y al banquete de clausura... de Skate America.
-¿Antes o después de la pizzería?
-El concierto fue el mismo día de esa pizza horrible... El banquete fue el domingo por la tarde.
-¿Cuándo estuvo con el señor Schiavone?
-¿Importa?
-Es para el informe epidemiológico. Me mandaron a hacer esto.
-Fui al concierto y por la pizza antes de patinar... A Tommy lo conocí después, cuando salí de competir ¿Algo más?
-¿Tuvo contacto con otras personas?
-Díganle a Sasha Cohen que si se siente mal, es mi culpa y por eso voy a morir feliz.
El enfermero empezó a reírse y olvidó hacer su cuestionario completo, aunque Katarina pensó mucho en qué quizás Maragaglio sufriría de influenza y tal vez era un justo karma luego de abandonarla en París. Quedarse desnuda frente a él y ser rechazada le entristecía todavía y comprobó que la hacía llorar. Era mejor quedarse en silencio al respecto y luego pensó que Ricardo Liukin era víctima suya.
-¡Ay, por Dios! ¡Va a matarme! - exclamó y notó que tenía energía para levantarse, aunque poca.
-Gatell va a saltar de alegría cuando le diga - señaló alguien y luego, un empleado llegó con varias charolas para los enfermos que pudieran alimentarse. Aquél se negó a acercarse a Katarina, dejando a otro muchacho a cargo. Ambos evitaban mirarla.
-Estoy a dieta, no puedo tocar el pan ¡Es horrible! ¡Carlota Liukin come grasa y patina mejor que yo y es tan delgada! - refunfuñaba la chica para después sentir que se ahogaba y regresaba al berrinche pasada la pequeña crisis.
-Haré el esfuerzo por el pollo - declaró sin saber si su cuerpo mandaba la señal de estar hambriento o no. Los demás pacientes intentaban ignorarla y ella vio su reflejo en un vaso de agua, notando que la influenza parecía hablarle de frente con su pretensión de provocarle dolor. Katarina Leoncavallo solía dialogar con sus enfermedades, como si deseara conocer qué buscaban además de matarla. Pero supo que estaba invadida por un virus que no tenía aquella intención. Simplemente, la había detenido para que pensara, aunque empleara el más escandaloso medio posible.
-¿Qué quieres de mí? - curioseó ella, sin saber si alucinaba y dando el bocado a una pechuga. La influenza le concedía el poder de sostener su tenedor sin problemas.
-¡Me dijiste que estabas enamorada de Maurizio! ¡Vaya montón de mentiras! - le declaraba el virus.
-¡Amo a ese hombre! ¿Por qué lo dudas desde que empezamos? - replicó Katarina en silencio.
-¡Porque te vi con Ricardo Liukin! Si estuvieras enamorada, jamás te habrías acostado con él.
-¿Qué te importa?
-¿Lo hiciste porque estás enojada?
-¡Claro que no!
-¿Lo ves?
-¿Veo qué?
-¿Ricardo te gusta?
-Demasiada locura por hoy.
-Mírame de frente.
-¡Ni siquiera eres un ser vivo!
-Pero soy tu consciencia mientras te infecte, querida.
Cuando Katarina terminó con esa parte, notó que su ración de pollo no existía más y tenía en la mano media pieza de pan.
-Anda, me volveré parte de tus defensas y no podré ser tu amiga de nuevo. Dime ¿te gusta Ricardo?
Katarina lo pensó un poco.
-Me encanta - confesó.
-¿Desde antes del sexo?
-No me había dado cuenta.
-¿Qué vas a hacer, Katarina?
-Miguel también es muy guapo.
-Dormiste con su padre.
-Los Liukin van a matarme.
-Crees a menudo que lo harán.
-Cierto.
-¿Sabes que golpear tu cuerpo fue muy difícil? Tuve que aprovechar tu descuido con Maragaglio.
-¿Cuánto tiempo esperaste desde Nueva York?
-Me repliqué en Tommy.
-Se lo merece.
-Quieres volver a encontrártelo.
-Eso también.
-¿Hueles? Es crema de maíz y no nos sirvieron.
-No tengo olfato.
-¿Desde hace cuánto no la comes?
-Maragaglio cocina una que está muy rica pero tiene mucha grasa. Renuncié para caber en mis vestidos.
-La pizza no fue light.
-¡Cállate, virus!
-Desde que te conozco, piensas más en Maragaglio que en otras personas.
-Es que siempre me apoya.
-Sí, claro.
Katarina no sabía que tan hambrienta se encontraba hasta que notó que le habían mandado una barra de chocolate. Los trabajadores de radiología la habían colocado al interior de su bandeja y contaban con la complicidad del cocinero del hospital.
-Espero que sepas esconder eso - continuó la extraña presentación con la influenza.
-Me lo comeré, trae almendras.
-Oye, Katarina, estoy en tu mente ¿Puedo saber por qué odias a Carlota Liukin?
-¿Porque me quitó la atención de mi hermano?
-Lo que tienes es envidia.
-Qué sorpresa.
-Pero si te agrada Ricardo, tienes que aguantarla.
-No me voy a quedar con él.
-¿Sientes que Carlota es mejor que tú?
-Ricardo y Miguel son mejores que toda mi familia. Pero ella es odiosa.
-¿Hipócrita?
-Lo dijiste tú, yo no.
-¿Es por el tal Marat, Katarina?
-¿No tienes nada qué hacer como tirarme al colchón? Eres una influenza muy metiche.
-¿Esta crisis es por él?
-Maragaglio y Marat me tienen así ¿contenta?
Katarina se recostó de nuevo y notó que llevaba dos semanas enteras sin pensar en Maurizio, dos semanas sin amarlo como antes. Pensó que en Mónaco y en París se había angustiado por nada; que su dilema de "infidelidad" a su hermano era en realidad el inicio de su desamor ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Por qué había querido entregarse a Maragaglio? ¿Por qué Tommy Gunn era tan excitante? ¿Por qué Marat le lucía tan perfecto y detestaba no tener la oportunidad de cautivarlo? Porque Maurizio era el hombre equivocado.
-No te aferres - le aconsejó su virus de pronto.
-Tengo miedo.
-¿De qué, Katarina?
-Cuando salga de aquí, no voy a querer estar con mi hermanito.
-¿Y eso qué?
-¡Lo amo!
-No es cierto, tú quieres a otro.
-Marat no me va a hacer caso.
-Tampoco interesa. Es más ¿qué te asusta? ¿El sexo? ¿No es lo que deseas ahora?
-¿Cuál es el punto?
-Katarina, tu Maurizio no es tan encantador ¿Sabes de qué más te has dado cuenta? De que si te gusta un tipo, no tienes ningún problema en llevarlo a la cama y luego botarlo.
-No le haría eso a Ricardo Liukin.
-¿Por qué no te emparejaste con él?
-Por tonta.
-Mejor olvídalo y corta con su hijo.
-Van a asesinarme.
-Deja de decirlo... O llama al tal Tommy y diviértete.
-No creo verlo de nuevo.
-Sabrás donde encontrarlo.
-Según el enfermero, él está aquí.
-Entonces salgamos de esta sala.
-Virus, estás loca.
-Tal vez me necesitabas para sincerarte contigo misma.
Katarina se quedó dormida al poco tiempo y cuando el personal retiró su bandeja vacía, los dos encargados no se contuvieron de contemplarla un largo rato. La chica, contrario a su apabullante voz interna, aún continuaba muy enferma y frágil, como si le bastara una corriente de aire frío para morir. La influenza, por supuesto, no era su amiga. Pero la sensualidad de Katarina Leoncavallo apareció de nuevo, ajustando su sudado batón de enferma a su cintura, revelando parte de sus muslos, resaltando su busto, descubriendo la forma de cada parte de su cuerpo. No era una belleza que invitara a tocarla. Era una belleza extrema, apabullante, una que asustaba de tan perfecta y que intimidaba, a la vez que admiraba, a los cobardes y a los ordinarios. Y la enfermedad, en lugar de arrebatársela, se ocupaba de golpearla mientras cumplía su función de volverla más atractiva. La naturaleza, que había amado intensamente al abuelo Leoncavallo, odiaba con todas sus fuerzas a Katarina por heredar la hermosura de ese hombre, pero no era tiempo de cobrarle la cuenta. Con hacerla sufrir y azotarla, aún bastaba.
La "Gran Gala del Patinaje Artístico" en el Trofeo Éric Bompard Cachemire inició al mediodía y terminó a las dos de la tarde. Con ello, Carlota Liukin tendría tiempo libre y había planeado celebrar el cumpleaños de su entrenador en un restaurante de hamburguesas. Quien se había entusiasmado con la idea era Katrina y no se despegaba con la intención de que le extendieran la invitación, aunque todos sabían que iría de cualquier forma a aquella cena. Como Maragaglio no estaba, la joven paseaba por el Pont Neuf con un bolso rojo bajo el brazo y un celular de color gris que no podía dejar de usar.
-A alguien no le va a gustar cuando reciba la cuenta - rió Maurizio Leoncavallo cuando se atrevió a acercarse. Ella apartó el aparato de su oreja y le dirigió su cara sonriente como parte de su respuesta.
-Es un regalo, cariño.
-¿Quién pagará tus llamadas?
-¿Tú quien crees?
-La esposa de Maragaglio lo va a matar.
-No lo ha acuchillado en veinticinco años.
-¿Te contó?
-No hay nada que no sepa, corazón.
-Katrina ¿no crees que haces mal?
-Si tienes un problema, háblalo con tu primo.
Katrina iba a adelantarse cuando su teléfono sonó y no tardó en responder, reanudando sus risitas presumidas con alguien que sin duda, estaba igual de feliz que ella y también ansiaba curiosear con el regalo de un cliente generoso.
-Me compró una bolsa de piel y un perfume caro ¡También me dio dinero para conseguirme ropa y me llevó a un salón de belleza! ¡Me siento como Julia Roberts, cariño! - seguía la chica y Maurizio miró alrededor, constatando que Carlota Liukin no llevaba la mano a su cabeza a pesar de su creciente vergüenza, Judy Becaud pasaba saliva y Marat Safin curioseaba con la actitud de ambas mientras el resto del séquito parecía más interesado en Levan Reviya que, por cuestiones de familiarización con Amy, se les había unido y no decía media palabra.
-¡No me voy a poner un vestido escotado, mi amor! ¡Me vestiré de amarillo como tanto te gusta! - revelaba Katrina y así supo Maurizio Leoncavallo que aquella mujer llevaba un buen tiempo contándole sus aventuras a su novio camionero, mismo que hablaba en futuro sobre el día que podía ir a verla y de lo que recibiría por transportar mariscos desde Marsella.
-¿Sabes que me invitaron a McKee? Nunca he comido una hamburguesa y estoy nerviosa ¡Cuando regreses, podemos ir también! - remataba la emocionada chica y los demás recordaron que habían olvidado quien era ella. Katrina nada tenía y conocer a Maragaglio era el equivalente a ganar un modesto premio de la lotería o celebrar la llegada de un fugaz dinero extra. Cada que Carlota Liukin y sus amigos hablaban de una patineta o un videojuego, para aquella era apenas imaginarse la experiencia de usarlos y eso explicaba porque había abrazado con fuerza un kit con productos de aseo personal que la misma Carlota había recibido de regalo en el Trofeo Bompard y por el que no tenía intención de quedarse. Quizás, era por ello que Anton Maizuradze y David Becaud compartían sus galletas, bufandas y tonterías con la simpática prostituta de Les Marais y le celebraban su celular a la menor oportunidad.
-Yo te invito la cena ¿Te parece? - mencionó Maurizio Leoncavallo cuando Katrina terminó su larga charla.
-Gracias, pero Maragaglio me cubre.
-¿Te dio su tarjeta de crédito?
-La que le dio el Gobierno Mundial. Dime si no es bonita ¡es negra!
-Wow, con eso puedes entrar a dónde quieras.
-Me iban correr de una tienda y como se la enseñé al gerente, salí con esta bolsa linda.
-¿Por qué no nos dijiste? Te habríamos defendido.
-Debiste ver la cara de ese señor tan feo cuando le dije que quería esta cosita roja del mostrador
-¿En dónde la vas a usar?
-No lo sé, la guardaré, pero ¿dónde?
-¿Estás pensando en eso?
-¡Ya sé! ¡Se la encargaré a la señora Becaud! Ella me la cuidaría y me dejaría abrazar y besar mi bolsa de vez en cuando.
Judy eligió el silencio y Carlota le preguntó discretamente si haría algo así. La respuesta quedó pendiente.
-Jajaja, es un gran plan - prosiguió Maurizio.
-Es que si lo llevo al trabajo o a mi hotel, me lo robarán
-¿En dónde vives, Katrina?
-En el Leopard.
-No he oído de él.
-Es un lugar barato y no hay luz.
-¿Estás sola ahí?
-Vivo con otras dos compañeras. Me prestan una cobija naranja que está muy vieja y aunque me la ponga, me da mucho frío.
-Podrías aprovechar para conseguir una mejor.
-No puedo tener cosas bonitas.
-Pero te han dado un teléfono.
-No te preocupes, Maragaglio no tendrá facturas que cubrir.
Maurizio Leoncavallo no agregó más y como ironía, revisó sus propias llamadas, sin obtener novedad.
-¿Estás preocupado, cariño?
-No, Katrina.
-Maragaglio me contó ¿Cómo sigue tu hermana?
-¿Cuánto habla mi primo sobre Katarina?
-Poco.
-¿Mientes?
-No, Maurizio.
-No te creo.
-¿Ella sigue mal?
-No sólo Katy.
Katrina no quiso prolongar la plática y se dedicó a jugar con su celular cuando el grupo paró cerca de Notre Dame. Ilê de la Cité era el sitio preferido de Carlota Liukin para descansar y luego de hallar un asiento para Judy Becaud, el grupo se ocupó de mirar hacia el Quai de Montebello. Todos querían volver a casa antes de la celebración pero disfrutaban del calor que siguió a una mañana tan fría.
-Te pareces a mi hermana - confesó Maurizio estar pensando y Katrina fingió que no le hacía caso al revisar su bolso.
-Mi padre vino hoy a verme y a reprocharme por Katarina otra vez. Siempre lo hace ¿sabes? Me acusa de algo que no puedo controlar.
La joven volteó a verlo apenas.
-No te escuché, cariño.
-Da igual.
-Qué bueno que no te importa.
-Mi familia cree que espero la oportunidad para seducir a mi hermana.
-Maragaglio dice que Katarina te quiere.
-Está enamorada de mí.
-Ella no está tan loca.
-Maragaglio la idealiza mucho, por eso lo niega.
-Él la conoce mejor que nadie.
-Ese idiota no tiene idea de lo que pasa entre Katarina y yo.
-Tú eres el que no sabe lo que existe entre Katarina y Maragaglio.
-El imbécil la mandó a vigilar en Nueva York.
-Maurizio, sigue engañándote solo.
Katrina al fin guardó su celular y recargó sus brazos sobre la pequeña muralla de roca que rodeaba ese corredor.
-Perdóname.
-No te preocupes, corazón.
-Me he sentido muy tenso hoy.
-Se nota.
-Estoy preocupado, es todo. Terminé una relación que duró mucho tiempo, mi hermana se enfermó, mi novia también está en el hospital, mi padre cree que soy un pervertido y mi tío Enzo me ahoga poniéndome a elegir trajes.
-Qué tragedia, es lo peor que a alguien le puede pasar.
-¿Qué dices?
-Oye, después de que Maragaglio se vaya, yo regreso a la mierda en Les Marais. Voy a tener hambre, me dará frío, pasarán días antes de que tenga tiempo de darme una ducha y mi padrote buscará robarme cada billete que gane ¿Sabes de cuántos policías me debo cuidar y a cuántos asquerosos tengo que complacer? Si no tuviera algo que perder, no me importaría terminar muerta en el río ¿Tú qué sabes de problemas? Tu madre no te prostituyó ni te vendió con un traficante a cambio de una dosis de heroína.
Maurizio Leoncavallo enmudeció y contempló a Katrina llevando su teléfono a la oreja izquierda para charlar con Maragaglio sobre lo que harían esa noche. Ella decía que aún no sabía qué ropa conseguir y preguntaba si tenía algún límite de gastos.
Durante esos minutos, Maurizio creyó entender por qué la joven le gustaba a su primo. Era tan similar a Susanna Maragaglio en la forma de caminar y con su tono de voz divertido y calmo. Pero también podía ser empalagosa como Katarina, miraba como ella y olían similar, sin contar con que el rostro tenía algunos razgos familiares de los Leoncavallo, aunque Katrina nada tenía que ver con ellos.
-Bueno, me quedaré con este top y estos jeans ¡Maragaglio me va a acompañar de compras mañana! - celebraba ella al colgar y entonces, sus ojos se cruzaron con el brazo de Maurizio, que exhibía marcas que conocía bien.
-Mi última dosis fue hace dos meses. Intento dejarla, Katrina - expresó él.
-¿Te la inyectas para no sufrir o sólo eres un idiota?
-Maragaglio me sacó de un problema con la Agencia Antidopaje y este año recaí.
-No eres frecuente, se nota.
-Me volví adicto en Moscú. Tuve una novia, se llamaba Jyri, consumíamos juntos y conocí a cada dealer de la ciudad. Casi pierdo mi carrera por esto, mis padres pagaron mis deudas. Si mi hermana no me hace su entrenador, yo no habría podido controlarme.
-¿Por qué me cuentas tu vida?
-Katrina ¿Has sentido una atracción tan inadecuada, que buscas olvidarla como sea?
-¿Con quién quieres estar?
-Tengo una novia nueva, sólo mi padre y mi tío lo saben.
-¿A qué quieres llegar?
-Acuéstate conmigo esta tarde. Maragaglio no está.
Katrina se imaginó de inmediato frente a Maurizio, tocándolo y consolándolo, sin comprender por qué se sentía desnuda aunque estuvieran en la calle. La escena no le agradó y acabó golpeando al hombre con su bolso, dejando a los demás desconcertados sobre la escena y con la palabra en la boca.
-Maragaglio ¿ya vienes? - preguntó Katrina cuando aquél le contestó la llamada y se apartó para narrarle todo, sin parar de llorar.
París, 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo. Bistro "La belle Époque", 7:00 am.
Maurizio Leoncavallo regresó al Edificio Mèlies y se topó con que el bistro tenía las luces prendidas y la puerta abierta. Una rata pasó encima de su zapato y entonces supo que aquellas plagas de las que tanto le advertía su primo Maragaglio, eran la incómoda realidad en París. Era como ver no sólo a las ratas, también a las chinches y a los piojos apoderarse de las paredes y banquetas cuando había poca gente en la calle y sentir que en cualquier momento, alguna de esas calamidades le saltaría encima. A Maurizio le intrigaban las chinches.
-Tanti auguri, Mauri! - saludó alguien que salía a recibirlo y le abrazaba con gran afecto.
-¡Papá! Me sorprende verte ¿Mi mamá está aquí? -La he dejado descansar; nos hospedamos en el hotel Chouette. -¿Vienes de vacaciones? -He pasado unos días en Mónaco y pensé que a tu madre le gustaría celebrar nuestro aniversario con una copa de vino en Trocádero. -Katarina estuvo en Mónaco también. -La vimos. -¿De veras? -No veo por qué debería interesarte. -Ella me dice todo. -Es alentador que no te hable. -¿Por qué? -Maurizio, tú sabes. -Papá...
-Tu madre y yo seguimos muy angustiados.
-Katarina está confundida.
-¿Y tú?
Maurizio Leoncavallo respiró profundo por la boca y llevó las manos a su cintura con la expresión severa.
-Hijo, mejor entra. Me han servido un café y sé que te has desvelado.
-Papá ¿Nadie te ha llamado de Venecia?
-No.
-Katarina está en el hospital, Maragaglio dice que tiene influenza y le pusieron oxígeno.
-Sabemos que se repondrá.
-¿Y si no?
Federico Leoncavallo no era la clase de hombre que ocultara las preocupaciones que reprobaba y tampoco un padre flexible cuando se trataba de discutir un tema que le resultaba vergonzoso.
-¿Has hablado con Karin? ¿Se hará el tratamiento de fertilidad?
-¿Katarina no te importa, papá?
-¿Crees que no me molesta tener un par de hijos enfermos?
-¡Katarina está grave en Venecia!
-¡Y si muere, dejarás de sentirte atraído por ella!
Maurizio Leoncavallo lo tomó como si le hubieran dado un puñetazo y miró a su padre como si estuviera perdido.
-¿Por qué no le hablaste de Toronto? - prosiguió el señor Leoncavallo.
-Porque no era tiempo, papá.
-Me habrías ahorrado una escena en Mónaco.
-Katarina se moriría.
-Eres incapaz de hacerla entrar en razón.
-Pero está confirmado, se irá en primavera.
-Maurizio, contéstame algo: ¿No has vuelto a estar a solas con ella?
-¿Qué? ¡Por supuesto que no! ¡Es mi hermana!
-En Salt Lake no pensabas lo mismo.
-Fui un estúpido, me embriagué.
-Sabías lo que hacías, Maurizio.
-No recuerdo mucho.
-¿Has dejado de espiarla?
Maurizio Leoncavallo no contestó.
-Eso imaginé.
-Papá...
-¡Quiero salvarte! ¡Trato de que te olvides de ella y que vivas en paz!
-¡La estoy alejando!
-Entonces ocúpate de tu boda y no le hables. Tu madre y yo veremos cómo evitamos que se te acerque.
-Sigo siendo su coach.
-Pero no puedes cometer locuras por tus alumnos.
-Katarina no está lista para dejarme ir.
-Sabrá Dios cuánto nos hemos esforzado para no hacer de esto algo más grande.
-¿Qué?
-¿Por qué no le has dicho que no estás enamorado? ¿Sigues jugando al buen hermano para acostarte con ella?
-¿Perdón?
-Te conozco, Maurizio.
-Te equivocas, papá.
-Entonces entra, que aún hay algo que tratar ¿Te arreglaste con Karin?
-Está hecho.
-¿La boda sigue en pie?
-Juulia dijo que sí.
Federico Leoncavallo abrazó a su hijo y enseguida, se introdujeron a "La belle époque", afuera no dejaba de nevar.
Mientras la familia Becaud y Carlota Liukin dormían un poco antes de cumplir con sus compromisos del día, Maurizio se llevó una sorpresa: Su tío, Enzo Leoncavallo, acompañaba a su padre y al parecer, se hallaba planeando los detalles para una gran fiesta.
-Ciao, Maurizio! Tu padre me llamó y si me dicen que hay un casamiento, estoy dentro ¿Convenciste a Karin?
-Déjame saludarte.
-Ven aquí, felicidades
-Grazie.
-¡Además estás de cumpleaños! Celebraremos un poco.
Maurizio estrechó afectuosamente a su tío y se sentó frente a él, no sin evitar contemplar un blog lleno de bocetos.
-¿Aún te casas en marzo? - preguntó Enzo.
-Eh, sí...
-Muy bien, sobrino. He diseñado unos trajes y me gustaría que eligieras uno.
-Que sea sencillo.
-Consideralo hecho ¿De corbata larga o moño?
-Que luzca bien y ya.
-Maurizio, tómalo en serio.
-Lo siento, tío.
-Vestirás uno de mis diseños y es tan importante como el vestido que Pnina le confeccionará a tu novia.
-¿Cómo está la tía Pnina?
-Emocionada. No se han cansado de crear vestidos y tenemos varios en el taller que se están cortando y bordando a mano.
-Eso es impresionante.
-Ahora dime ¿Qué traje quieres?
-Creo que me gusta el que estás trazando.
-Justo lo que creí. Tiene línea ajustada y chaleco ¿Quieres camisa y corbata negras?
-Todo en negro.
-Menos mal, temí que eligieras otro color. He hecho milagros con los hombres Leoncavallo cada vez que deben vestir formal.
Maurizio mostró su risa ante la actitud de su tío Enzo.
-Se me olvida que sólo mi madre, que en paz descanse, tenía estilo en esta familia. Maurizio ¿Sabes qué vestido va a elegir Karin? Es para que Pnina y yo podamos combinarlos.
-Eh, creo que deberíamos hablar de eso.
-¿Por qué? ¿Ella quiere traje sastre o pantalón?
-No le haría eso a mi tía.
-Entonces deja de asustarme.
-Es que los planes cambiaron.
-¿Será boda civil? Para esmerarnos en algo discreto.
-La iglesia no se ha cambiado.
-Entonces seguiremos en lo espectacular.
-Es que Karin no usará algo de Pnina.
-¿Piensa en otro diseñador? ¿Va a ofender a mi esposa?
A Maurizio se le trabó la lengua involuntariamente y Federico Leoncavallo suspiró para luego hacerse cargo de la conversación.
-Es que Maurizio no se casa con Karin.
-¿Qué? Estoy desolado ¿Qué sucedió?
-Enzo, yo creo que tu mujer y tú deben ocuparse de que su sobrino vista como hombre y ya.
-No entiendo ¿Hay boda pero sin Karin?
-Maurizio tiene otra novia.
-¿En serio?
-Es Juulia, su alumna de danza.
-Asumo que es más joven.
-Tiene veintitrés años o eso me dijeron.
-¡Maurizio ha recuperado la cordura! Me preocupaba que sufriera con Karin porque todavía quiere hijos ¿cierto?
-¡Por supuesto que sí! Y Juulia es bellísima.
-¿Quién es ella? ¿La conozco?
-Es la jovencita rubia a la que le bordaste un vestido de rumba.
-¿Juulia Töivonen? ¡Es preciosa! Maurizio ¿le has dicho de todo esto?
El joven Leoncavallo volvió a emocionarse y retomó la palabra.
-Aceptó el compromiso y sí, Juulia es muy bonita.
-¿Cuánto tiempo llevan juntos?
-Nos vemos desde hace cinco meses, tío.
-¿Y Karin?
-Hablamos y eligió no ser mamá. Creí que estaba entusiasmada por el tratamiento de fertilidad en Milán, pero lo canceló.
-Lo lamento, Maurizio.
-Juulia me hace feliz.
-Eso es lo importante. Pnina amará probarle todos los modelos que guste.
-Si dependiera de mí, me casaba en este momento.
-¡No te perdonaríamos por eso! La familia se está esforzando ¡Déjame ser el padrino!
-Tío Enzo, quiero que Juulia sea la novia más hermosa que Pnina haya vestido. Ella es increíble.
-¿Estás enamorado?
-¡Rayos! Creo que sí.
-¡Estupendas noticias! Felicidades... ¿Por qué no la llamas ahora?
-Eso haré.
-Ve a decirle que no se preocupe, que el tío Enzo y la tía Pnina se encargan de todo.
Maurizio se retiró de la mesa y salió de nuevo a la calle para intentar saber cómo se hallaba Juulia Töivonen en el hospital y darse una idea de qué hacer para avisar a los demás que ella estaba enferma. Pero no dejaba de sentirse contento y con la cara sonrojada. Juulia le gustaba mucho más que Karin y los Leoncavallo no necesitaban explicaciones al respecto. Luego de cinco meses de vivir relaciones simultáneas, las circunstancias al fin definían su decisión y como ambas mujeres habían aceptado las condiciones, no existiría pelea alguna. Claro que sentía pena por Karin, su relación había durado algunos años, incluso pensaron que estarían juntos bastante tiempo más; pero luego de tantos fracasos en la aventura de convertirse en padres, ella se había cansado.
Al mismo tiempo y aún al interior del bistro, Enzo y Federico Leoncavallo abandonaban el talante festivo para adoptar una seriedad casi fúnebre. Ambos se miraron por un minuto y cuando Enzo terminó su boceto, no dudó en preguntar:
-¿Qué van a hacer con Katarina cuando sepa lo de esta boda?
-Cristina y yo hemos pensado en convertirla en la madrina de los anillos.
-¿Van a torturarla?
-¿Una sugerencia?
-Le haré algún vestido simple para que le quede claro que nunca será la novia.
-Grazie, Enzo.
-¿Maurizio sigue dándote problemas?
-He logrado que mande a su hermana a Toronto.
-¿Cuándo?
-Terminada la temporada de patinaje.
-Es algo.
-Me angustian las recaídas de mi hijo.
-¿Le has hablado de lo que pasó en Salt Lake?
-Todavía la espía.
-Esa parte será la más difícil de resolver.
-Preferiría que Maurizio consumiera heroína otra vez.
Enzo abrió más los ojos.
-Federico ¿Qué tan delicado es el tema ahora?
-Katarina se enamora cada día más.
-¿Y él?
-Aun la desea, Enzo. Cada vez menos, pero es suficiente.
-¿Qué harás si todo falla?
-Los mato. Esto no debe pasar nuevamente.
-Perdimos a nuestra madre ¿Estás dispuesto a acabar con tus hijos?
-Es eso o arriesgarnos a tener otro Maragaglio en la familia. Cristina y yo no lo soportaríamos.
-Te ayudaremos. Los Leoncavallo encontraremos una solución, te lo aseguro.
-Enzo, quiero que mantengas ocupado a mi hijo con los preparativos y con su novia.
-¿Qué harás con Katarina?
-Se la encargaré a Maragaglio, él la estima.
-Me parece ¿Algo más?
-Dile a Pnina que Juulia debe lucir como una reina.
-Es seguro.
-¿Cómo van a opacar a mi hija? ¿Encontrarás la forma, Enzo?
Este último lo pensó un poco y sentenció con amargura:
-Heredó la hermosura de su abuelo ¿Cómo la voy a esconder?
Federico Leoncavallo miró al suelo tras un lamento y luego vio a Maurizio por el ventanal con cierta impotencia. Su única esperanza residía en Juulia Töivonen y no era garantía de que algún día respiraría tranquilo porque alguno de sus hijos recuperaría la cabeza. Eran tantos los episodios de atracción mutua, de tensión sexual, entre Katarina y Maurizio, que no quedaba más alternativa que destruir el corazón de ella, sacrificarla, sobretodo porque Maurizio daba señales de una extraña redención. Y los Leoncavallo optaban por rescatarlo, ya que a final de cuentas, le amaban profundamente, era parte del clan, aceptaba las reglas. Katarina en cambio, era peligrosa para ellos, a tal grado, que todos estaban cautivados por su belleza.